Universo da obra
Universo da obra
Y Erdosain distinguía su semblante como a través de una
neblina de luces titilantes en lo alto, la frente huida con las sienes
hacia las orejas puntiagudas, la huesuda nariz de ave carnicera, el
mentón chato para soportar tremendos golpes y el prolijo nudo de
la corbata negra arrancando del cuello almidonado.
Torpe el timbre de voz, el otro preguntó:
-¿Y Elsa?
Erdosain recobró la lucidez de su entendimiento.
-Salió.
-Ah...
Callaron y Erdosain se quedó contemplando el ángulo recto que
formaba la manga gris del saco en la blanca orilla de la mesa, y la
mejilla que iluminaba la lámpara con un rojo de cobre hasta el dorso
de la nariz, mientras que la otra mitad del rostro permanecía, desde
la raíz de los cabellos hasta el hoyuelo del mentón, en una oscuridad
donde la ojera ahondaba un cuévano de sombra. Barsut movía
lentamente una pierna cruzada sobre otra.
-¡Ah! -escuchó Erdosain y preguntó-: ¿Qué decís?
Es que Erdosain había escuchado aquel «ah» pronunciado unos
segundos antes, recién ahora.
-¿Salió Elsa?...
Barsut enderezó la cabeza, sus cejas se levantaron para dejar
entrar más luz a los párpados, y con los labios ligeramente
entreabiertos, sopló:
-¿Se fue?
Erdosain arrugó el ceño, examinó al soslayo los zapatos del otro,
y entrecerrando los párpados, espiando con esa mirada filtrada a
través de las pestañas la angustia de Barsut, dejó caer lentamente:
-Sí... se... fue... con... un... hombre...
Y guiñando el párpado izquierdo como el farmacéutico Ergueta,
inclinó la cabeza. Bajo la bronceada raya de sus cejas, fieramente
aguardaban sus pupilas.
Erdosain continuó:
-¿Ves? Allí está el revólver. Los pude matar y sin embargo no lo
hice. Qué curioso animal es el hombre, ¿no?
-¿Y vos te dejaste llevar la mujer en tus barbas?
En Erdosain el odio antiguo exasperado por la humillación
reciente se convertía ahora en un motivo de júbilo cruel y con la voz
temblorosa en la garganta, reseca la boca de rencor, exclamó:
-¿Qué te interesa a vos?
Una enorme bofetada lo hizo trastabillar sobre la silla. Más
tarde recordó que el brazo de Barsut retrocedía y avanzaba
amasando su carne. Se tapó el rostro con las dos manos, quiso
escapar a esa mole que siempre avanzaba sobre él como una fuerza
desencadenada de la naturaleza. Su cabeza golpeó sordamente
contra el muro y cayó.
Cuando volvió en sí Barsut estaba arrodillado a su lado. Notó
que tenía el cuello desprendido y unos hilos de agua le corrían hasta
la garganta. Desde el tabique nasal le subía por el hueso un dolor
titilante, y a cada momento le parecía que iba a estornudar. Las
encías le sangraban lentamente y bajo la inflamación de los labios se
notaba la superficie dentaria.
Erdosain se levantó trabajosamente y cayó sobre una silla;
Barsut estaba tan pálido que dos llamas parecían escapar de sus ojos.
De los pómulos a las orejas, haces de músculos trazaban dos arcos
temblorosos. Erdosain tenía la sensación de bambolearse en un
sueño interminable, pero comprendió cuando el otro lo tomó del
brazo, diciéndole:
-Mirá, escupime a la cara, si querés, pero déjame hablar. Es
necesario que te cuente todo. Sentáte... así, ahí. -Erdosain se había
levantado inconscientemente-. Oíme, hacé el favor. Vos ves ¿no? Yo
puedo matarte a trompadas... recién se me fue la mano... te juro... si
querés te pido perdón de rodillas. Qué querés, soy así. Mirá... ah...
ah... si la gente supiera.
Erdosain escupió sangre. Una franja de temperatura le abrazaba
la frente entrándole por las sienes y yéndole a punzar hasta la nuca.
La espalda se le encorvó tanto que dejó apoyada la cabeza en la
orilla de la mesa. Barsut, al verle así, le preguntó:
-¿Querés lavarte la cara? Te va a hacer bien. Espera un
momento, no salgas.- Y corrió hacia la cocina, de donde volvió con la
palangana llena de agua-. Lávate. Eso te va a hacer bien. ¿Querés que
te friccione? Mirá, perdóname, fue un impulso. Vos, también, ¿por
qué guiñaste un ojo como burlándote? Lávate, haceme el favor.
Erdosain, en silencio, se levantó y sumergió varias veces la cara
en la palangana. Cuando le faltaba la respiración retiraba el rostro de
la superficie del agua. Luego se sentó y el aire le evaporaba la
humedad de los cabellos, junto a las sienes. ¡Qué cansado estaba! ¡Ah,
si lo viera Elsa! ¡Cómo lo compadecería! Cerró los ojos. Barsut
arrimó la silla a su lado y dijo:
-Es necesario que te cuente todo. Si no lo hiciera me sentiría un
canalla. Ya ves, te hablo tranquilo. Mirá, si no lo crees poneme la
mano en el corazón. Te soy sincero. Bueno, yo... yo te... yo te
denuncié a la Azucarera... yo fui el que mandó el anónimo.
Erdosain ni levantó la cabeza. El u otro ¡qué importaba!
Barsut lo miró: esperaba quién sabe qué palabras, y dijo:
-¿Por qué no decís nada? Sí, yo te denuncié. ¿Te das cuenta? Yo te
denuncié. Quería hacerte meter preso, quedarme con Elsa, humillarla.
¡No te imaginas las noches que he pasado pensando que te meterían
preso! Vos no tenías de dónde sacar la plata y forzosamente ellos te
denunciarían. ¿Pero, por qué no decís nada?
Erdosain levantó los párpados. Barsut estaba allí, sí, era él, y
decía todas esas cosas. De los pómulos a las orejas, bajo la piel, el
reflejo de los músculos temblaba imperceptiblemente.
Barsut bajó los ojos, apoyó los codos en las rodillas como si se
encontrase frente a un fogón, y con voz lenta insistió.:
-Es necesario que te cuente todo. ¿A quién sino a vos le podría
contar todas estas
cosas que hacen doler el corazón? Dicen, y es cierto, que el corazón
no duele, pero créelo, a momentos me digo: ¿para qué vivir? ¿A
dónde va la vida si yo soy así? ¿Te das cuenta? Vos tenes que ver
todo lo que he cavilado pensando estas cosas. Mirá, ni debía
contártelas. ¿Cómo es eso que uno le hace una canallada a una
persona, luego se acerca a ella y le cuenta sus más íntimos secretos, y
no siente remordimientos? Yo mismo me he dicho muchas veces:
¿Por qué no siento remordimientos? ¿Qué vida es esta si hacemos
una barbaridad y no sentimos nada? ¿Comprendes vos esto? De
acuerdo a lo que hemos estudiado en el colegio, un crimen termina
por volverlo loco al delincuente, ¿y cómo es que en la realidad vos
haces un crimen y te quedas lo más tranquilo?
Erdosain continuaba con la mirada fija en Barsut ahora la
imagen de aquel hombre se depositaba en el fondo de su conciencia.
Las fuerzas de su vida ceñían el pálido relieve de una malla tan
intensa que el calco que se verificaba en aquellos instantes ya nunca
más se borraría.
-Mirá -continuó Barsut-, yo sabía que me tenías rabia, que de
haberme podido matar lo hubieras hecho, y eso me alegraba y
entristecía a un tiempo. ¡Cuántas noches me acosté pensando en el
modo de secuestrarte! Hasta se me ocurrió mandarte una bomba por
correo, o una víbora en una caja de cartón. O pagarle a un chofer
para que te atropellara por la calle. Cerraba los ojos y las horas se me
pasaban pensando en ustedes. ¿Vos te pensás que la quería a ella? -
Erdosain observó más tarde que en la conversación de esa noche
Barsut evitó llamar a Elsa por su nombre-. No, no la he querido
nunca. Pero me hubiera gustado humillarla ¿sabes? Humillarla
porque sí: verte a vos hundido para que ella me pidiera de rodillas
que te ayudara. ¿Te das cuenta? Nunca la he querido. Si te denuncié
fue por eso, para humillarla a ella que siempre fue tan orgullosa
conmigo. Y cuando vos me dijiste que habías defraudado a la
Azucarera, una alegría de salvaje me revolvió las entrañas. Y no
terminabas de hablar cuando yo me dije: bueno, vamos a ver ahora
dónde termina su orgullo.
Erdosain dejó escapar la pregunta:
-¿Pero vos la querías?...
-No, no la he querido nunca. ¡Si supieras lo que me ha hecho
sufrir! ¿Quererla yo a ella, que nunca me dio la mano? Cada vez que
me miraba me parecía que me escupía a la cara. ¡Ah, vos fuiste el
marido, pero nunca la conociste! ¡Qué sabes vos qué mujer es ella!
Mirá, te podría ver morir y no tendría un gesto de lástima. ¿Te das
cuenta? Me acuerdo. Cuando la casa Astraldi quebró y ustedes se
quedaron en la calle, si ella me hubiera pedido todo lo que yo tenía,
se lo hubiera dado. Le hubiera dado toda mi fortuna para que me
dijera «gracias». Nada más que gracias. Para que me dijera esa
palabra yo me hubiera quedado sin nada. Un día que entablé una
conversación me contestó: Remo es suficiente hombre para ganar
para nosotros dos. ¡Ah, vos no la conoces! Sería capaz de verte morir
sin hacer un gesto. Y yo pensaba. ¡Cuántas cosa. Dios mío, pasan por
la cabeza de un hombre! Me tiraba en una cama y me ponía a
imaginar cosas. ..vos habías asesinado a un hombre... era necesario
salvarte y entonces ella me venía a pedir que te ayudara y yo, sin
decirle una palabra de mis sacrificios, corría de un lado a otro. ¡Qué
mujer. Remo! ¡Qué mujer! Me acuerdo de cuando cosía. Me hubiera
quedado al lado, ¿sabes? sosteniéndole la costura, y yo sabía que no
era feliz con vos. Lo veía en la cara, en su cansancio, en su sonrisa.
Erdosain recordó las palabras que Elsa había pronunciado hacía
una hora:
-No importa... Estoy contenta. ¿Te das cuenta de tu sorpresa.
Remo? Estás sólito de noche, estás solo... De pronto, cric... la puerta
se abre... y soy yo... yo, que he venido.
Barsut continuó:
-Y claro, yo me preguntaba qué era lo que le hacía soportar la
vida a tu lado, al lado de un hombre como vos...
-Y vine a pie sola por las calles oscuras, buscándote, pero vos no
me ves, estás solo, la cabeza...
Erdosain sentía que las ideas se le atorbellinaban en la superficie
del cerebro como un remolino de agua. El cono gigante hundía la
espiral hasta la raíz de sus miembros. Torbellino cuyo roce suave
arrancaba a su alma una ternura dolorida, nueva. ¡Qué buenas las
palabras de Elsa, qué extraordinario contenido!
-Siempre te quise. Ahora también te quiero... nunca ¿por qué
nunca hablaste como esta noche? Siento que te voy a querer toda la
vida, que el otro a tu lado es la sombra de un hombre.
Erdosain tenía ahora la certidumbre de que estas palabras
salvaban para siempre su alma, mientras que Barsut amontonaba
una envidiosa angustia:
-Y yo hubiera querido preguntarle a ella qué es lo que encontraba
a tu lado, abrirte el pecho delante de ella y demostrarle hasta cansarla
que vos eras un loco, un canalla, un cobarde... Te juro que digo estas
palabras sin rabia.
-Lo creo -repuso Erdosain.
-Ahora mismo, yo me pregunto, mirándote: ¿Con qué ojos mira
una mujer a un hombre? Eso es lo que nunca sabremos. ¿No te
parece? Vos para mí eras un desgraciado, al que de un revés se lo
saca uno de adelante. Pero para ella, ¿quién eras vos? Ese es el punto
oscuro. ¿Lo supiste alguna vez? Decíme francamente: ¿supiste vos en
tu corazón qué hombre eras para tu mujer? ¿Qué es lo que ella vio en
vos para sufrir tanto a tu lado, y soportarte como lo hizo?
¡Qué gravemente conversaba Barsut! Sus enronquecidas
preguntas requerían una contestación. Erdosain lo sentía en sus
inmediaciones no como a un hombre, sino precisamente como a un
doble, un espectro de nariz huesuda y cabello de bronce que de
pronto se había convertido en un pedazo de su conciencia, ya que
como ésta en otras circunstancias, él ahora le dirigía las mismas
preguntas. Sí, era probable que para vivir tranquilo fuera necesario
exterminarlo, y la «idea» se reveló fríamente en él.
-Semejante a una espada entrando en un bloque de algodón -diría
más tarde Erdosain.
Barsut ni remotamente se imaginó que en aquel instante. Remo
acababa de condenarlo a muerte. Explicándome luego las
circunstancias de esa concepción, Erdosain me decía:
«¿Usted ha visto a un general en un campo de batalla?... Pero
para hacerle más accesible mi idea le diré como inventor: Usted busca
durante cierto tiempo la solución de un problema. Usted sabe, tiene
la seguridad de que la clave, el secreto, está en usted, pero no lo
puede conocer, tan cubierto está el secreto de capas de misterio. Y un
día, en el momento más inesperado, de pronto el plan, la visión
completa de la máquina, aparece ante sus ojos, deslumbrándolo con
su fácil exactitud. ¡Es algo maravilloso! Imagínese un general en un
campo de batalla... todo está perdido, y de pronto, clara, precisa, se
le aparece una solución que jamás había soñado concebir, y que, sin
embargo, tenía allí, al alcance de su mano, en el interior de sí
mismo. Yo, en aquel instante, supe que tenía que hacerlo matar a
Barsut, y él, frente a mí, amontonando palabras inútiles no se
imaginaba que yo, con la boca hinchada, la nariz dolorida, retenía
una alegría estupenda, un deslumbramiento semejante al que se
experimenta cuando lo que se ha descubierto es fatal como una ley
matemática. Quizás existe también una matemática del espíritu cuyas
terribles leyes no son tan inviolables como las que rigen las
combinaciones de los números y de las líneas. Porque es curioso.
Aquella bofetada que aun me hacía sangrar la encía, como el cuño de
una prensa hidráulica estampó en mi conciencia las líneas definitivas
de un plan de muerte. ¿Se da cuenta? Un plan son tres líneas
generales, tres admisibles líneas rectas, nada más. Y en tumulto, se
amontonaba mi regocijo
sobre ese relieve en frío cuyas tres sintéticas líneas encerraban esto:
secuestrar a Barsut, hacerlo matar y con su dinero fundar la sociedad
secreta como deseaba el Astrólogo. ¿Se da cuenta usted? El plan del
crimen surgió espontáneamente en mí, mientras que el otro hablaba
tristemente de nuestras dos almas condenadas. El plan apareció en
mí como si lo hubieran estampado en una plancha de hierro a miles
de libras de presión.
«¡ Ah! ¿Cómo explicarle? De pronto yo me olvidé de todo
retenido por una contemplación helada, llena de gozo, algo así como
la aurora que descubre un trasnochador consuetudinario que lo
alivia de su cansancio en la mañana que sucedió a una noche llena
de fatigas. ¿Se da cuenta? Hacerlo asesinar a Barsut por un hombre
que imperiosamente necesitaba dinero para llevar a cabo una idea
genial. Y esta nueva aurora que latía en mí estaba tan perfectamente
individualizada que muchas veces, más tarde, me he preguntado
qué secreto llega a encerrar el alma de un hombre que,
sucesivamente, le van mostrando horizontes nuevos, descascarando
sensaciones que para él mismo son un asombro por su origen
aparentemente ilógico».
En el curso de esta historia he olvidado decir que cuando
Erdosain se entusiasmaba, giraba en torno de la «idea» eje con
palabras numerosas. Necesitaba agotar todas las posibilidades de
expresión, poseído por ese frenesí lento que a través de las frases le
daba a él la conciencia de ser un hombre extraordinario y no un
desdichado. Que decía la verdad, no me cabía duda. Lo que muchas
veces me confundió fue la pregunta que a mí mismo me hice: ¿de
dónde sacaba ese hombre energías para soportar su espectáculo tanto
tiempo? No hacía otra cosa que examinarse, que analizar lo que en él
ocurría, como si la suma de detalles pudiera darle la certidumbre de
que vivía. Insisto. Un muerto que tuviera el poder de conversar no
hablaría más que él, para cerciorarse de que en apariencia no estaba
muerto.
Bersut, sin darse cuenta de todo lo que acababa de ocurrir en el
otro, continuó:
-¡Ah!, vos no la conociste.., no la conociste nunca. Fíjate, escucha
lo que te voy a contar. Una tarde fui a verte, sabía que no estabas,
quería encontrarme con ella, verla no más, aunque fuera. Llegué
sudado, no sé cuántas cuadras caminé al sol antes de resolverme.
-Igual que yo, al sol -pensó Erdosain.
-Y eso que vos sabes que a mí no me faltaba plata para tomar un
automóvil, y aun cuando pregunté por vos, ella, sin moverse del
umbral, me contestó:
-Disculpe, no lo hago pasar porque no está mi esposo. ¿Te das
cuenta qué perra?
Erdosain pensó:
-Todavía hay un tren para Témperley.
Barsut continuó:
-Y yo, que te veía tan pobre hombre, me dije: ¿qué le habrá visto
Elsa a este infeliz para enamorarse de él?
Con tranquilísima voz le preguntó Erdosain:
-¿Y en la cara se me nota que soy un infeliz?
Barsut levantó la cabeza, extrañado. Durante un momento
mantuvo inmóviles las translúcidas pupilas verdosas en su
interlocutor. El lienzo de luz que caía sobre él y Erdosain interponía
una distancia de ensueño. Y Barsut se comprendía tan fantasma
como el otro, porque moviendo penosamente la cabeza, como si
repentinamente todos los músculos del cuello se le hubieran
enrigecido, contestó:
-No, mirándote bien pareces un tipo agarrado por una idea fija...
vaya a saber qué.
Erdosain repuso:
-Sos psicólogo. Naturalmente, yo no sé todavía en qué consiste
esa idea fija, pero es curioso, lo que nunca se me ocurrió fue que vos
pensaras en quitarme mi mujer... Y la tranquilidad con que decís
esas cosas...
-No me negarás que te soy franco...
-No...
-Además, quería humillarla... no robártela, ¿para qué? Si yo
sabía que nunca me querría.
-¿Y en qué lo adivinabas?
-Eso es lo que no sé. Porque uno hace ciertas cosas que no se
puede explicar. Porque te trataba y vos me tratabas no pudiéndonos
«pasar». Venía porque viniendo te hacía sufrir y sufría. Todos los días
me decía: No iré más... no iré más... Pero en cuanto llegaba la hora, me
ponía nervioso. Era como si me llamaran desde algún lado, y
entonces me vestía apurado... venía...
Erdosain de pronto tuvo una idea singular, y dijo:
-Hablando de todo un poco... No sé si sabrás que esta mañana
me hablaron en la Azucarera del anónimo. Si no rindo cuentas me
ponen preso mañana. El único culpable, y creo que no tendrás
inconveniente en admitirlo, de que esto pase sos vos, de modo que
me tenes que facilitar la plata. ¿De dónde voy a sacar esa cantidad?
Barsut se irguió asombrado.
-Pero, ¿cómo? ¿Después que yo resulto cornudo y apaleado,
después que Elsa se va y hago una infamia, el que te tiene que dar la
plata soy yo? ¿Vos estás loco? ¿Con qué ventaja te voy a dar
seiscientos pesos?...
-Con siete centavos...
Erdosain se levantó.
-¿Esa es tu última palabra?
-Pero, comprendé, ¿cómo yo?...
-Bueno «m'hijo»... Paciencia. Ahora haceme el favor de irte, que
quiero dormir.
-¿No querés que salgamos?
-Estoy cansado. Déjame.
Barsut vaciló. Luego, levantándose y con el sombrero cogido de
un ala, salió torpemente de la pieza.
Erdosain escuchó el golpe que hizo la puerta al cerrarse, caviló
ceñudo un instante, buscó en su bolsillo una guía de ferrocarriles,
miró el horario, luego volvió a lavarse, y ante el espejo se peinó.
Tenía el labio amoratado, una mancha roja bordeábale la nariz, así
como otra circunvalaba la sien, junto a la entrada del cabello.
Miró en derredor buscando algo, vio el revólver caído, lo recogió
y salió. Pero como dejara la luz encendida, volvió y apagó la lámpara.
Todo estaba oscuro ahora, como el rastro de una luz brilló ante sus
ojos y salió. Por segunda vez en aquel día iba a la casa del Astrólogo-
Un trozo de andén de la estación de Témperley estaba
débilmente iluminado por la luz que salía de una puerta de la oficina
de los telegrafistas. Erdosain sentóse en un banco junto a las palancas
para los cambios de vías, en la oscuridad. Tenía frío y tal vez fiebre.
Además experimentaba la impresión de que la idea criminosa era
una continuidad de su cuerpo, como el hombre de tiniebla que
pudiera arrojar en la luz. Un disco rojo brillaba al extremo del brazo
invisible del semáforo: más allá otros círculos rojos y verdes estaban
clavados en la oscuridad, y la curva del riel galvanoplastiado de esas
luces sumergía en las tinieblas su redondez azulenca o carminosa. A
veces la luz roja o verde, descendía. Luego
todo permanecía quieto, dejando de rechinarlas cadenas en las
roldanas y cesando el roce de los alambres en las piedras.
Quedóse amodorrado.
-¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me quedo aquí? ¿Es cierto que
quiero matarlo? ¿O es que quiero tener la voluntad de sentir el deseo
de matarlo? ¿Es necesario eso? Ahora ella estará revolcándose con él.
Pero, ¿qué me importa a mí? Antes, cuando la sabía sola en casa,
mientras yo estaba en el café, sufría por ella, sufría porque era
desdichada a mi lado... ahora — claro... ya se habrán dormido, ella con
la cabeza sobre el pecho de él. ¡Nombre de Dios! ¿Y ésta es la vida?
¡Estar perdidos, siempre perdidos! ¿Pero yo seré realmente el que
soy? ¿O seré otro? ¡La tristeza! ¡vivir con extrañeza! Esto es lo que me
pasa. Igual que a él. Cuando está lejos me lo imagino tal cual es,
canalla, desdichado. Casi me rompe la nariz. ¡Pero qué formidable!
¡Resulta ahora al final de cuentas que el cornudo y apaleado es él y no
yo! ¡Yo!... ¡Realmente, la vida es una bufonada! Y sin embargo, hay
algo serio. ¿Por qué me repugna cuando está cerca?
Unas sombras se mecían ante la vidriera amarilla de los
telegrafistas.
-¿Matarlo o no matarlo? ¿Qué me importa esto a mí? ¿Me
importa matarlo? Seamos sinceros. ¿Me importa matarlo? ¿O es que
no me importa nada? ¿Que me da igual que viva? Y sin embargo
quiero tener voluntad de matarlo. Si ahora viniera un dios y me
preguntara: ¿Quieres tener fuerzas para destruir a la humanidad?
¿Yo la destruiría? ¿La destruiría yo? No, no la destruiría. Porque el
poder hacerlo le quitaría interés al asunto. Además, ¿qué iba a hacer
yo solo en la tierra? ¿Mirar cómo se oxidaban las dínamos en los
talleres y cómo se desmoronaban los esqueletos que estaban a caballo
encima de las calderas? Cierto es que él me ha abofeteado, pero, ¿me
importa eso? ¡Qué lista! ¡Qué colección! El capitán, Elsa, Barsut, el
Hombre de Cabeza de Jabalí, el Astrólogo, el Rufián, Ergueta. ¡Qué
lista! ¿De dónde habrán salido tantos monstruos? Yo mismo estoy
descentrado, no soy el que soy, y, sin embargo, algo necesito hacer
para tener conciencia de mi existencia, para afirmarla. Eso mismo,
para afirmarla. Porque yo soy como un muerto. No existo ni para el
capitán ni para Elsa, ni para Barsut. Ellos si quieren pueden hacerme
meter preso, Barsut abofetearme otra vez, Elsa irse con otro en mis
barbas, el capitán llevársela nuevamente. Para todos soy la negación
de la vida. Soy algo así como el no ser. Un hombre no es como
acción, luego no existe. ¿O existe a pesar de no ser? Es y no es. Ahí
están esos hombres. Seguramente tienen mujer, hijos, casa. Quizá son
unos miserables. Pero si alguien tratara de invadir su casa, de
arrebatarles un centavo o de tocarles la mujer, se volverían como
fieras. ¿Y yo por qué no me he rebelado? ¿Quién puede contestarme a
esta pregunta? Yo mismo no puedo. Sé que existo así, como
negación. Y cuando me digo todas estas cosas no estoy triste, sino
que el alma se me queda en silencio, la cabeza en vacío. Entonces,
después de ese silencio y vacío me sube desde el corazón la
curiosidad del asesinato. Eso mismo. No estoy loco, ya que sé
pensar, razonar. Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que
debe ser mi ultima tristeza, la tristeza de la curiosidad. O el demonio
de la curiosidad. Ver cómo soy a través de un crimen. Eso, eso
mismo. Ver cómo se comporta mi conciencia y mi sensibilidad en la
acción de un crimen.
«Sin embargo, estas palabras no me dan la sensación del crimen
del mismo modo que el telegrama de una catástrofe en China no me
da la sensación de la catástrofe. Es como si yo no fuera el que piensa
el asesinato, sino otro. Otro que sería como yo un hombre liso, una
sombra de hombre, a la manera del cinematógrafo. Tiene relieve, se
mueve, parece que existe, que sufre, y, sin embargo, no es nada más
que una sombra. Le falta vida. Que diga Dios si esto no está bien
razonado. Bueno: ¿qué es lo que haría el hombre sombra? El hombre
sombra percibiría el hecho, pero no sentiría su pesantez, porque le
faltaba volumen para
contener un peso. Es sombra. Yo también veo el suceso, pero no lo
contengo. Esta debe ser una teoría nueva. ¿Qué diría un Juez del
Crimen de conocerla? ¿Se daría cuenta de lo sincero que soy? ¿Mas
cree esa gente en la sinceridad? Fuera de mí, de los límites de mi
cuerpo, existe el movimiento, pero para ellos la vida mía debe ser tan
inconcebible como vivir al mismo tiempo en la Tierra y en la Luna.
Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiró una bomba,
o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe,
el hombre para quien infinitas generaciones de jurisconsultos
prepararon castigos, cárceles y teorías. Yo, que soy la nada, de
pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes,
secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches
celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre
antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. ¡Eso sí que
es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia,
como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra. Y yo
sería el Erdosain, previsto, temido, caracterizado por el código, y
entre los miles de Erdosain anónimos que infectan el mundo, sería el
otro Erdosain, el auténtico, el que es y será. Realmente, es curioso
todo esto. Sin embargo, a pesar de todo existen las tinieblas y el alma
del hombre es triste. Infinitamente triste. Mas la vida no puede ser
así. Un sentimiento interno me dice que la vida no debe ser así. Si yo
descubriera la particularidad de por qué la vida no puede ser así, me
pincharía, y como un globo me desinflaría de todo este viento de
mentira y quedaría de mi apariencia actual un hombre flamante,
fuerte como uno de los primeros dioses que animaron la creación.
Con todo esto me he ido a las ramas. ¿Lo veo o no al Astrólogo?
¿Qué dirá cuando me vea llegar otra vez? Quizá me espere. El es,
como yo, un misterio para sí mismo. Esa es la verdad. Sabe tanto
hacia dónde va como yo. La sociedad secreta. Toda la sociedad se
resume en él en estas palabras: sociedad secreta. Otro demonio. ¡Qué
colección! Barsut, Ergueta, el Ruñan y yo... Ni expresamente se podía
reunir tales ejemplares. Y para colmo, la ciega embarazada. ¡Qué
bestia!
El vigilante de la estación pasó por segunda vez ante Erdosain.
Remo comprendió que llamaba la atención del hombre y entonces,
levantándose, se dirigió hacia la casa del Astrólogo. No había luna.
Los arcos voltaicos lucían entre las aéreas enramadas de las boca¬
calles. De alguna quinta salían los sones de un piano y a medida que
caminaba, su corazón se empequeñecía más, oprimido por la
angustia que le producía el espectáculo de la felicidad que adivinaba
tras de los muros de aquellas casas refrescadas por las sombras, y
frente a cuyas puertas cocheras se hallaba detenido un automóvil.
El Astrólogo se disponía a acostarse cuando escuchó pasos en el
sendero que conducía a la casa. Como el perro no ladró, entreabrió el
postigo. Un paralelogramo de luz cortó las tinieblas hasta la cúpula
de los granados y por este cajón amarillo vio avanzar a Erdosain, a
quien la luz daba de lleno en el rostro.
-¡Qué curioso! -pensó el Astrólogo-. ¡Todavía no me había fijado
que este muchacho usa sombrero de paja! ¿Qué es lo que querrá? -Y
después de asegurarse que tenía el revólver en la cintura (este
movimiento era instintivo en él) abrió la cerradura de la puerta y
Erdosain entró.
-Creí que estaba acostado.
-Pase.
Erdosain pasó al escritorio. Todavía estaba allí el mapa de los
Estados Unidos con las banderas negras clavadas en los territorios
donde dominaba el Ku-Klux-Klan. El Astrólogo había estado
trabajando en un horóscopo porque sobre la mesa estaba la caja de
compases abierta. El viento que entraba por la reja movía los papeles,
y Erdosain, después de esperar que aquél guardara algunos
documentos en el armario, se sentó dando la espalda al jardín.
Ya allí, quedóse mirando el anchuroso semblante del otro, la
nariz torcida arrancando de la frente tumultuosa, la oreja arrepollada,
el pecho enorme contenido dentro de la ropa negra y sin lustre, su
cadena de cobre cruzando de parte a parte el chaleco, el anillo de
acero con una piedra violeta en su mano de dedos deformes y piel
curtida. Ahora que el hombre estaba sin sombrero, se veía que su
cabello era crespo, enmarañadísimo y corto. Había estirado las
piernas y cargaba todo el cuerpo sobre los brazos del sillón. Con sus
botas sin lustrar parecía un hombre de la montaña, quizás un
buscador de oro. ¿Por qué no habían de ser así los buscadores de oro
de la Patagonia? -pensó Erdosain-, y sin explicarse su distracción se
quedó mirando el mapa de los Estados Unidos y repitiendo
mentalmente las palabras que le había escuchado esa tarde al
Astrólogo, mientras con el puntero le señalaba los estados federales
al Rufián.
-El Ku-Klux-Klan es fuerte en Texas, Ohio, Indianápolis,
Oklahoma, Oregón...
-¿Y qué dice, amigo... cómo?...
-¡ Ah, es cierto!... He venido a verle...
-Precisamente yo me iba a acostar. Estuve trabajando en el
horóscopo de un imbécil...
-Si le molesto me voy.
-No, quédese. ¿Se ha trompeado usted? ¿Qué es lo que le pasa?
-Muchas cosas. Dígame, si usted pudiera... ¿No se va a asombrar
de la pregunta?... Si usted, para fundar su logia, es decir, para
conseguir los veinte mil pesos que se necesitan, si para conseguir
veinte mil pesos usted tuviera que matar a un individuo, ¿usted qué
haría?
El Astrólogo se incorporó en la silla, quedando ahora su cuerpo,
soliviantado por el asombro, en ángulo recto... Y aunque su cabeza
estaba erguida por los pensamientos que en él había suscitado
Erdosain, aquélla parecía pesar prodigiosamente sobre sus hombros.
Restregóse las manos y escrutó el rostro de Remo.
-¿Por qué se le ocurre, hacerme esta pregunta?
-Es que he encontrado el candidato que tiene veinte mil pesos.
Lo podemos secuestrar, y si se niega a firmarnos el cheque lo
torturamos.
El Astrólogo frunció el ceño. Ante los enigmas que encerraba
esa propuesta, su perplejidad acrecentóse, y con los dedos de la mano
izquierda comenzó a hacer girar el anillo sobre el anular de la
derecha. La piedra violeta pasaba a cada instante frente a la cadena
de bronce, y aunque él mantenía el rostro inclinado, bajo la línea de
sus cejas, sus pupilas horizontales escudriñaban el rostro de
Erdosain. Y la nariz torcida cobraba en esa posición el vigor de una
defensa con el mentón hundido en la negra tela del corbatín.
-A ver, explíqueme todo eso, porque yo no entiendo ni una
palabra.
Ahora se había incorporado y su rostro parecía desafiar una
lluvia de golpes.
-Es fácil y genial. Mi mujer esta noche se ha ido a vivir con otro
hombre. Entonces él...
-¿Quién es él?...
-Barsut, el primo de mi mujer... Gregorio Barsut, vino a verme y
a confesarme que fue él quien me denunció a la Azucarera.
-¡Ah!... ¿Fue él quien lo denunció?...
-Sí, y para colmo...
-Pero, ¿por qué motivo lo denunció?...
-¡Qué sé yo!... Para humillarme... En fin, es medio loco. Un
individuo que vive frenéticamente. Tiene veinte mil pesos. El padre
murió en un manicomio. El va a terminar también allí. Los veinte mil
pesos son la herencia de una tía por parte del padre.
El Astrólogo se cogió la frente. Estaba más perplejo que nunca.
A él le interesaba el asunto, mas no lo comprendía. Insistió:
-Cuénteme todo con detalle, ordenadamente.
Erdosain recomenzó su relato. Narró todo lo que conocemos.
Hablaba despacio, meticulosamente, pues había desaparecido de él
esa tensión nerviosa que precedía a la propuesta que le hizo al
Astrólogo.
Ahora estaba sentado al borde de la silla, la espalda arqueada, los
codos apoyados en las rodillas, las mejillas enrejadas por los dedos,
la mirada fija en el pavimento. La piel amarilla pegada a los huesos
planos del semblante le daba la apariencia de un tísico. Un cúmulo
de iniquidades salía de su garganta, sin interrupciones, sordamente,
como si recitara una lección estampada al frío en el plano de su
conciencia. El Astrólogo, tapados los labios con los dedos, lo
escuchaba mirándolo extrañado. Se había imaginado muchas cosas,
mas no tantas.
Con una lentitud derivada del exceso de atención para no
equivocarse, Erdosain acumulaba angustias, humillaciones,
recuerdos, sufrimientos, noches que paso sin dormir, riñas
espantosas. Dijo entre otras cosas:
-Le parecerá mentira a usted que yo, yo que he venido a
proponerle el asesinato de un hombre, le hable de inocencia, y, sin
embargo, tenía veinte años y era un chico. ¿Sabe usted qué clase de
tristeza es esa que le hace pasar a uno la noche en un asqueroso
despacho de bebidas, perdiendo el tiempo entre conversaciones
estúpidas y tragos de caña? ¿Sabe lo qué es estar en un prostíbulo y
de pronto contenerse para no llorar desesperadamente? Usted me
mira asombrado, claro, veía un hombre raro, quizá, pero no se daba
cuenta de que toda esa rareza derivaba de la angustia que yo llevaba
escondida en mí. Vea, hasta me parece mentira hablar con precisión
como lo hago. ¿Quién soy? ¿Adonde voy? No lo sé. Tengo la
impresión de que usted es igual a mí, y por eso he venido a
proponerle el asesinato de Barsut. Con el dinero fundaremos la logia
y quizá podamos remover los cimientos de esta sociedad.
El Astrólogo lo interrumpió:
-Pero, ¿por qué usted ha procedido siempre así?...
-Eso es lo que yo no sé. ¿Por qué usted quiere organizar la logia?
¿Por qué el Rufián Melancólico continúa explotando mujeres y
lustrándose los botines a pesar de tener fortuna? ¿Por qué Ergueta se
casó con una prostituta y dejó a la millonaria? ¿Cree usted acaso que
yo he tolerado la bofetada de Barsut y la presencia del capitán, porque
sí? Aparentemente soy un cobarde, Ergueta un loco, el Rufián un
avaro, usted un obsesionado. Aparentemente somos todo eso, pero
en el fondo, adentro, más abajo de nuestra conciencia y de nuestros
pensamientos hay otra vida más poderosa y enorme... y si
soportamos todo es porque creemos que soportando o procediendo
como lo hacemos llegaremos por fin hasta la verdad... es decir, a la
verdad de nosotros mismos.
El Astrólogo se levantó, avanzó hasta Erdosain y, poniéndole la
mano sobre la cabeza, dijo caviloso:
-Tiene usted razón, hijo mío. Nosotros somos místicos sin
saberlo. Místico es el Rufián Melancólico, místico es Ergueta, usted,
yo, ella y ellos... El mal del siglo, la irreligión nos ha destrozado el
entendimiento y entonces buscamos fuera de nosotros lo que está en
el misterio de nuestra subconciencia. Necesitamos de una religión
para salvarnos de esa catástrofe que ha caído sobre nuestras cabezas.
Me dirá usted que yo no le digo nada nuevo. De acuerdo; pero
acuérdese que en la tierra lo único que puede cambiar es el estilo, la
costumbre, la substancia es la misma. Si usted creyera en Dios no
habría pasado esa vida endemoniada, si yo creyera en Dios no estaría
escuchando su propuesta de asesinar a un prójimo. Y lo más terrible
es que para nosotros ha pasado ya el tiempo de adquirir una
creencia, una fe. Si fuéramos a verlo a un sacerdote, éste no
entendería nuestros problemas y sólo acertaría a recomendarnos que
recitáramos un Padre Nuestro y que nos confesáramos todas las
semanas.
-Y uno se pregunta qué es lo que debe hacerse...
-Ahí está. Lo que debe hacerse. En otras épocas para nosotros
hubiera quedado el refugio de un convento o de un viaje a tierras
desconocidas y maravillosas. Hoy usted puede tomar un sorbete a la
mañana en la Patagonia y comer bananas a la tarde en el Brasil. ¿Qué
es lo que debe hacerse? Yo leo mucho, y créame, en todos los libros
europeos encuentro este fondo de amargura y de angustia que me
cuenta de su vida usted. Vea Estados Unidos. Las artistas se hacen
colocar ovarios de platino y hay asesinos que tratan de batir el
récord en crímenes horrorosos. Usted que ha caminado lo sabe.
Casas, más casas, rostros distintos y corazones iguales. La
humanidad ha perdido sus fiestas y sus alegrías. ¡Tan infelices son
los hombres que hasta a Dios lo han perdido! Y un motor de 300
caballos sólo consigue distraerlos cuando lo pilotea un loco que se
puede hacer pedazos en una cuneta. El hombre es una bestia triste a
quien sólo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías.
Pues bien, nosotros con nuestra sociedad le daremos prodigios,
pestes de cólera asiático, mitos, descubrimientos de yacimientos de
oro o minas de diamantes. Yo lo he observado conversando con
usted. Sólo se anima cuando lo prodigioso interviene en nuestra
conversación. Y así le pasa a todos los hombres, canallas o santos.
-Entonces, ¿lo secuestramos a Barsut?
-Sí. Ahora hay que ver de qué modo podemos apoderarnos de él
y del dinero.
El viento removió el follaje. Erdosain quedó unos segundos
mirando la franja de luz que por la ventana entreabierta caía sobre
los granados. El Astrólogo había corrido su silla hasta el armario de
modo que apoyaba la cabeza en el tablero ocre, y sus dedos jugaron
nuevamente con el anillo de acero haciéndolo girar ante sus ojos.
-¿Cómo nos apoderaremos? Es muy fácil. Yo le diré a Barsut
que he averiguado dónde se encuentra el capitán con Elsa...
-Sí, eso está bien. Pero, ¿cómo lo ha averiguado usted? Es lo que
no va a dejar de preguntarle el otro...
-Diciéndole que me he dirigido a la Dirección del Personal del
Ministerio de Guerra.
-Perfecto... muy bien... clarísimo...
Ahora el Astrólogo se había incorporado vivamente y miraba
interesado a Erdosain.
-Y con el pretexto de que convenza a Elsa para que vuelva otra
vez a mi lado, lo traemos.
-Admirable. Deje que piense un poco. Todo lo que plantea
usted... claro... está muy bien. Ah... dígame una cosa, ¿tiene parientes
él?
-Salvo mi señora, no.
-¿Y dónde vive?
-En una pensión. La hija de la dueña es bizca.
-¿Qué dirán cuando desaparezca Barsut?
-Podemos hacer esto, que es admirable. Le enviamos a la patrona
un telegrama desde Rosario, firmado por él, diciendo que le envíe los
baúles a un determinado hotel, donde usted estará viviendo bajo el
nombre de Gregorio Barsut.
-Esto mismo. ¿Sabe que usted lo ha estudiado muy bien? Es
perfecto el plan. Cierto es que todo se presta, el capitán, las
direcciones del Ministerio, no tener parientes, el vivir en una
pensión. Es más claro que una jugada de ajedrez. Está bien.
Dicho esto comenzó a pasearse de un lado a otro de la
habitación. Cada vez que cruzaba ante la reja de la ventana,
el jardín oscurecía o en el armario se volcaba una sombra que
llegaba hasta los tirantes del techo. No le faltó razón a
Erdosain, cuando dijo que el plan era nítido «como si lo
hubiera estampado en una plancha de hierro a miles de
libras de presión». Y mientras en la habitación las botas del
Astrólogo resonaban sordamente en cada paso, Erdosain se
lamentaba ya de que el «plan» fuera tan simple y poco
novelesco. Le hubiera agradado una aventura más peligrosa,
menos geométrica.
-¡Qué diablo! ¡Esto no tiene gracia! ¡Así cualquiera es asesino!
-¿Y Gregorio no tiene relaciones con la bizca?
-No.
-¿Y por qué usted me habló de ella, entonces?
-No sé.
-¿Y usted no tiene miedo de tener remordimientos después que
«eso» suceda?
-Vea, yo creo que eso sólo ocurre en las novelas. En la
realidad yo he hecho acciones malas y buenas y ni en un caso
ni en el otro he sentido ni la mayor alegría ni el menor
remordimiento. Yo creo que se ha dado en llamar
remordimiento el temor al castigo. Aquí a uno no lo ahorcan,
y sólo los cobardes...
-¿Y usted?...
-Permítame. Yo no soy un hombre cobarde. Soy un frío
que es distinto. Razone usted. Si impasiblemente me he
dejado llevar la mujer, y abofetear por un individuo que me
traicionó, ¿con cuánta más razón asistiré impasiblemente a la
escena de su muerte, siempre que ésta no sea una carnicería?
-Cierto. Es muy lógico. Todo en usted es lógico. ¿Sabe usted,
Erdosain, que es un
individuo interesante?
-Lo mismo decía mi esposa. Esto no le impidió irse con otro.
-¿Y usted lo odia a él?
-A veces. Depende. Quizá en mí pueda más la repulsión
física que el odio. En verdad, odio no, porque nunca
podemos odiar a las personas que sabemos son capaces de
hacer exactamente las mismas canalladas que nosotros.
-¿Y por qué quiere matarlo, entonces, usted?
-¿Y por qué quiere usted fundar la sociedad?
-¿Y cree usted que ese crimen va a tener alguna influencia en su
vida?
-Esa es la curiosidad que tengo. Saber si mi vida, mi
forma de ver las cosas, mi sensibilidad, cambian con el
espectáculo de su muerte. Además, que tengo ya necesidad
de matar a alguien. Aunque sea para distraerme, ¿sabe?
-¿Y usted quiere que yo le saque las castañas del fuego?
-¡Claro!... porque para usted en estas circunstancias,
sacarme las castañas del fuego equivale a tener veinte mil
pesos para instalar la sociedad y los prostíbulos...
-¿Y cómo se le ocurrió a usted que yo era capaz de hacer «eso»?
-¿Cómo? Hace mucho tiempo que lo he observado. Pero
la convicción de que usted era un hombre de embarcarse en
una aventura peligrosa se me ocurrió hace un año cuando lo
conocí en la Sociedad Teosófica.
-¿A ver?...
-Me acuerdo como si fuera ahora. Una carbonera, a su
izquierda, estaba hablando del periespíritu con un zapatero.
¿Usted no se ha fijado qué predilección tienen los zapateros
por las ciencias ocultas?
-En esa circunstancia usted se dirigió a un caballero polaco que
mantenía relaciones con el espíritu de Sobiezki.
-No recuerdo...
-Yo sí. El caballero polaco, usted mismo me lo dijo más tarde, era
peón de albañil... Usted y el caballero polaco pasaron de Sobiezki a
discutir sobre el «sentido de orientación de las palomas» y usted
contestó: «Para mí la única importancia que tiene el sentido de
orientación de las palomas es servir como intermediarias en un
chantage», y allí usted comenzó a explicar... Bueno, cuando usted
terminó de hablar, entre el asombro del polaco, la carbonera y el
zapatero, yo me dije: este hombre es un audaz en disponibilidad...
-¡Jajá! ¡Qué muchacho es usted!
-Perfecto.
-Usted debe tomar en cuenta esto: es un mecanismo que se
desmonta en tres submecanismos que tienen que marchar
armoniosamente, aunque son independientes. Vea: El primer
mecanismo es el secuestro. El segundo, la estada de usted en Rosario,
donde pedirá y recibirá el equipaje con el nombre de Barsut. El
tercero, asesinato y procedimiento para hacerlo desaparecer.
-¿Destruiremos el cadáver?
-Claro. Con ácido nítrico o si no con un horno donde... Si es
horno hay que tener un mínimo de quinientos grados para
carbonizar también los huesos.
-¿Y de dónde ha sacado usted esos datos?
-Ya sabe que soy inventor. Ah, de los veinte mil pesos podemos
dedicar una parte para fabricar la rosa de cobre en gran escala. Ya he
encargado su fabricación a una familia amiga. Posiblemente uno de
los muchachos ingrese en la sociedad. Además, días pasados se me
ha ocurrido un cambio electromagnético para la máquina de vapor de
Stephenson. Bueno, lo que yo he ideado es cien veces más sencillo.
¿Sabe usted lo que a mí me haría falta? Irme un tiempo afuera, estar
en la montaña, descansar y estudiar.
-Y usted podría ir a la colonia que organizaremos...
-¿Entonces está conforme con el plan?
-¡Ah! Una cosa. El dinero, ¿de dónde lo sacó Barsut?
-Hace tres años vendió una propiedad que le tocó en herencia.
-Y lo tiene en caja de ahorros...
-No, en cuenta corriente.
-¿Así que no vive del interés?
-No, lo va gastando de a poco. De a doscientos pesos mensuales.
Dice que antes de terminar con esa suma habrá muerto.
-Es curioso. ¿Y qué tipo es él?
-Fuerte. Cruel. El secuestro va a tener que estudiarlo muy bien,
porque se defenderá como una fiera.
-Muy bien.
-¡Ah!, antes de que me vaya. ¿Usted le dirá algo de esto al
Rufián?
-No. Es un secreto entre nosotros. El Rufián participará como
organizador de los prostíbulos, nada más. ¿Usted paga mañana en
la Azucarera, no?
-Sí.
-Ahora que me acuerdo, conozco a un impresor. El será quien
nos haga la circular del Ministerio de Guerra.
Erdosain paseóse un instante por la habitación.
-El secuestro es fácil. Usted va a Rosario y con un telegrama pide
los baúles. Lo que ocurre es que cuando uno se encuentra frente a la
comisión de un delito...
-Es que no será el único que cometeremos...
-¿Cómo?...
-Y claro. Otra de las cosas que me preocupa es el mantenimiento
del secreto en la sociedad. Yo había pensado lo siguiente. En cada
punto del estado habrá una célula revolucionaria. El comité central
radicará en la capital. Entonces, este comité estaría organizado de la
siguiente forma: jefe de capital de provincia, miembro del comité
central, jefe del distrito de provincia, miembro del comité de la
capital de provincia, jefe de villa principal, miembro del comité del
distrito cabeza.
-¿No le parece muy complicado a usted?
-No sé, se estudiaría. Otros detalles de organización que se me
han ocurrido son: cada célula dispondrá de un transmisor y receptor
radiotelegráfico, siendo además obligación que cada diez asociados
adquieran un automóvil, diez fusiles, dos ametralladoras, debiendo
a su vez cien miembros costear el precio de un aeroplano de guerra,
bombas, etc., etc. Los ascensos serán por disposición del consejo
superior, las elecciones de categoría inferior se regirán por
votaciones calificadas. Pero es hora de acostarse. Dentro de un rato
tiene tren... ¿o se quiere quedar a dormir aquí?
En realidad Erdosain no tenía nada que hacer. Ya el reloj había
dado las tres de la mañana y las palabras que pronunciara el
Astrólogo pasaron por su entendimiento, casi borrosas. No le
interesaba nada. Quería irse, eso era todo. Irse lejos.
Estrechó la mano del otro; el Astrólogo lo despidió en la
gradinata y Erdosain, agobiado, cruzó la quinta. Cuando volvió la
cabeza en las tinieblas, la ventana iluminada ponía un rectángulo
amarillo suspendido en el centro de la oscuridad.
Amanece. Erdosain avanza por el sendero que bordea la vereda
rota junto a las quintas. La frescura de la mañana penetra hasta la más
remota celdilla de sus pulmones fatigados. Aunque arriba el espacio
negrea, y toda esta oscuridad desciende a aproximar las cosas a los
ojos, pues las distantes son invisibles en el horizonte. Por el canal de
callejones, rojean lentamente unas fajas verdegrises.
Erdosain avanza pensando:
-Esto es triste como el desierto. Ahora ella duerme con él.
Rápidamente la claridad aguanosa del alba colma los callejones
de vahos blanquecinos.
Erdosain se dice:
-Sin embargo, hay que ser fuerte. Me acuerdo de cuando era
chico. Creía ver caminar, por las crestas de las nubes, grandes
hombres con el pelo rizado y chapados de la luz los verticales
miembros. En realidad caminaban dentro del país de Alegría que
estaba en mí. ¡ Ah!, y perder un sueño es casi como perder una
fortuna. ¿Qué digo? Es peor. Hay que ser fuerte, ésa es la única
verdad. Y no tener piedad. Y aunque uno se sienta cansado, decirse:
Estoy cansado ahora, estoy arrepentido ahora, pero no lo estaré
mañana. Esa es la verdad. Mañana.
Erdosain cierra los ojos. Un perfume que no puede discernir si
es de nardo o de clavel, riega la atmósfera de un misterioso
embalsamiento de fiesta.
Y Erdosain piensa:
-A pesar de todo es necesario injertar una alegría en la vida. No
se puede vivir así. No hay derecho. Por encima de toda nuestra
miseria es necesario que flote una alegría, qué sé yo, algo más
hermoso que el feo rostro humano, que la horrible verdad humana.
Tiene razón el Astrólogo. Hay que inaugurar el imperio de la
Mentira, de las magníficas mentiras. ¿Adorar a alguien? ¿Hacerse un
camino entre este bosque de estupidez? ¿Pero cómo? Erdosain
continúa su soliloquio con los pómulos teñidos de rosa:
-¿Qué importa que yo sea un asesino o un degradado? ¿Importa
eso? No. Es secundario. Hay algo más hermoso que la vileza de todos
los hombres juntos, y es la alegría. Si yo estuviera alegre, la felicidad
me absolvería de mi crimen. La alegría es lo esencial. Y también
querer a alguien...
El cielo verdea a lo lejos, mientras que la poca elevada oscuridad
envuelve aún los troncos de los árboles. Erdosain frunce el ceño. De
su espíritu se desprenden vapores de recuerdo, neblinas doradas,
rieles brillantes que se pierden en el campo de una tarde abovedada
de sol. Y el rostro de la criatura, una carita pálida, de ojos verdosos y
rulos negros, escapando debajo de un sombrerito de paño, se eleva
de la superficie de su espíritu.
Hace dos años. No. Tres. Sí, tres años. ¿Cómo se llamaba?
María, María Esther. ¿Cómo se llamaba? La dulce carita ocupa ahora
con su temperatura un anochecido espacio de ensueño. ¡Se acuerda
de tantas cosas! El estaba sentado a su lado, el viento movía sus
rizos negros, de pronto extendió la mano y entre la yema de los
dedos tomó la ardiente barbilla de la criatura. ¿Dónde está ahora?
¿Bajo qué techo duerme? ¿si la encontrara, la reconocería? Hace tres
años. La conoció en un tren, conversó algunos minutos con ella du¬
rante quince días, y después desapareció. Eso es todo y nada más. Y
ella no sabía que estaba casado. ¿Qué es lo que hubiera dicho de
saberlo? Sí, ahora se acuerda. Se llamaba María. ¿Pero importa algo
eso? No. Había algo más hermoso en todo aquello, la dulce fiebre
que caía de sus ojos a momentos verdes y a momentos pardos. Y su
silencio. Erdosain recuerda viajes en ferrocarril; está sentado junto a
la criatura que ha dejado caer la cabeza sobre su hombro, él enreda
los dedos en los rizos y la criatura de quince años tiembla en silencio.
Si ella supiera ahora que él proyecta matar a un hombre, ¿qué diría?
Posiblemente no entendiera esa palabra. Y Erdosain recuerda con
qué timidez de colegiala levantaba el brazo y apoyaba la mano en
sus mejillas rispidas de barba; y quizá esa felicidad que es la que él
perdió es la que se necesita para borrar del semblante humano tanto
vestigio de fealdad.
Erdosain se examina ahora con curiosidad. ¿Por qué piensa
tantas cosas? ¿Con qué derecho? ¿Desde cuándo los candidatos a
asesinos piensan? Y sin embargo, hay algo en él que le da las gracias
al Universo. ¿Consiste en humildad o en amor? No lo sabe, pero
comprende que en la incoherencia hay dulzura, se le ocurre que una
pobre alma al enloquecer abandona con gratitud los sufrimientos de
esta tierra. Y más abajo de esta piedad, una fuerza implacable, casi
irónica, le tuerce el labio con un mohín de desprecio.
Los dioses existen. Viven escondidos bajo la envoltura de ciertos
hombres que se acuerdan de la vida en el planeta cuando aún la tierra
era niña. El encierra también a un dios. ¿Es posible? Se toca la nariz,
adolorida por las trompadas que recibió de Barsut, y la fuerza
implacable insiste en esa afirmación: El lleva un dios escondido bajo
su piel doliente. ¿Pero el Código Penal ha previsto qué castigo puede
aplicarse a un dios homicida? ¿Qué diría el Juez de Instrucción si él
le contestara: «Peco porque llevo un dios en mí»?
¿Mas no es cierto? Este amor, esta fuerza que él conduce en el
amanecer, bajo la humedad de los árboles que gotean rocío en la
oscuridad, ¿no es una virtud de los dioses? Y nuevamente de la
superficie de su espíritu se desprende el relieve de aquel recuerdo:
Una ovalada carita pálida que tenía los ojos verdosos y rulos negros a
veces arrollados a la garganta por el viento. ¡Qué sencillo es esto! No
necesita decir nada, tan perfecto es su arrobamiento. Aunque nada
de improbable tendría que se hubiera vuelto loco pensando en la
colegiala bajo los árboles que gotean humedad. Si no, ¿cómo se
explica que su alma sea tan distinta a la que lo endemoniaba por la
noche? ¿O es que en la noche sólo pueden concebirse pensamientos
sombríos? Aunque así sea no importa. El es otro ahora. Sonríe junto
a los árboles. ¿No es magníficamente idiota esto? El Rufián
Melancólico, la Ciega depravada, Ergueta con el mito de Cristo, el
Astrólogo, todos estos fantasmas incomprensibles, que dicen
palabras humanas, que tienen una palabra carnal, ¿qué son junto a él
que apoyado en un poste, junto a un cerco de ligustro, siente el
avance de la vida que llega a tocarle el pecho?
Es otro hombre, y por el solo hecho de haber pensado en la
criatura que en un vagón de tren dejaba caer la cabeza sobre su
hombro. Erdosain cierra los ojos. El acre olor de la tierra le
escalofría. Un vértigo sube de su carne cansada.
Otro hombre avanza por el camino. Un silbato bronco llega
desde la estación. Otros hombres de gorra o sombrero torcido cruzan
a la distancia.
En realidad, ¿qué diablos hace allí? Erdosain guiña un párpado,
tiene conciencia de que le está haciendo trampa a Dios, de que
representa la comedia de un hombre que no ha podido desviar la
maldición de Dios. Sin embargo, ante sus ojos pasan a momentos
ráfagas de oscuridad, y una especie de embriaguez sorda se va
apoderando de sus sentidos. Quisiera violar algo. Villar el sentido
común. Si por allí hubiera una parva le prendía fuego... Algo
repugnante abotarga su rostro: son las expresiones torvas de la
locura; de pronto mira un árbol, da un salto, alcanza una rama, se
aterra a ella y prendiéndose con los pies al tronco, ayudándose con
los codos, logra encaramarse hasta la horqueta de la acacia.
Le resbalan los zapatos en la corteza lustrosa, los ramojos le
fustigan elásticamente el rostro, alarga el brazo y se coge a una rama,
asomando la cabeza por entre las hojas mojadas. La calle, abajo, sigue
en declive hacia un archipiélago de árboles.
Está arriba del árbol. Ha violado el sentido común, porque sí, sin
objeto, como quien asesina a un transeúnte que se le cruzó al paso,
para ver si luego puede descubrirlo la policía. Hacia el este, sobre lo
verdinoso del cielo, se recortan fúnebres chimeneas; luego, montes de
verdura como monstruosos rebaños de elefantes rellenan los bajos de
Bánfield, y la misma tristeza está en él. No es suficiente haber
violado el sentido común para sentirse feliz. Sin embargo, hace un
esfuerzo y dice en voz alta:
-¡Eh! bestias dormidas: ¡eh!, juro que... pero no... yo quiero violar
la ley del sentido común, tranquilos animalitos... No. Lo que quiero
es pregonar la audacia, la nueva vida. Hablo desde encima del árbol,
no estoy «en la palmera», sino en la acacia: ¡eh! bestias dormidas.
Rápidamente decrecen sus fuerzas. Mira en redor casi extrañado
de encontrarse en semejante posición, de pronto el semblante de la
remota criatura estalla en él como una flor, e inmensamente
avergonzado de la comedia que representa, baja de la planta. Está
vencido. Es un desgraciado.
Texto original em espanhol preservado no Literunico para leitura comparada com a edição/tradução da Copa Literunico. Fonte-base: https://archive.org/details/LosSieteLocos_201807
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