Universo da obra
Universo da obra
Cuando se encolerizaba sus rugidos sobresaltaban a la canalla,
que le temía. Se manejaba con ésta utilizando una violencia sorda. Un
perdulario hacía más escándalo del tácitamente tolerado, y de pronto
el fondero se acercaba, el bullanguero sabía que el otro le pegaría,
pero aguardaba en silencio, y entonces el gigante descargaba con el
filo del puño terribles golpes cortos en el borde del cráneo del
culpable.
Un enmudecimiento gozoso acompañaba al castigo, el
desgraciado era lanzado a la calle a puntapiés, y el vocerío se
renovaba más injurioso y resonante, desplazando nubes de humo
hacia el vidriado cuadrilátero de la puerta. A veces a esta leonera
entraban músicos ambulantes, frecuentemente un bandoneón y una
guitarra.
Afinaban los instrumentos y un silencio de expectativa
acurrucaba a cada fiera en su rincón, mientras que una tristeza
movía su oleaje invisible en esa atmósfera de acuario.
El tango carcelario surgía plañidero de las cajas, y entonces los
miserables acompasaban inconscientemente sus rencores y sus
desdichas. El silencio parecía un monstruo de muchas manos que
levantara una cúpula de sonidos sobre las cabezas derribadas en los
mármoles. ¡Quizás en lo que pensaban! Y esa cúpula terrible y alta
adentrada en todos los pechos multiplicaba el langor de la guitarra y
del bandoneón, divinizando el sufrimiento de la puta y el horrible
aburrimiento de la cárcel que pincha el corazón cuando se piensa en
los amigos que están afuera «escorzándose» hasta la vida.
Entonces en las almas más letrinosas, bajo las jetas más puercas,
estallaba un temblor ignorado; luego todo pasaba y no había mano
que se extendiera para dejar caer una moneda en la gorra de los
músicos.
-Allí iba yo -le decía Erdosain a su interlocutora hipotética-. En
busca de más angustia, de la afirmación de saberme perdido y a
pensar en mi esposa que sola en mi casa sufriría de haberse casado
con un inútil como yo. Cuántas veces, arrinconado en esa fonda, me
la imaginé a Elsa fugitiva con otro hombre. Y yo caía siempre más
abajo, y ese antro no era nada más que el anticipo de lo peor que
había de ocurrirme más adelante. Y muchas veces, mirando a esos
miserables, me decía: ¿No llegaré a ser como uno de éstos? Ah, yo
no sé cómo, pero siempre he tenido el presentimiento de lo que más
adelante ocurriría. No me he equivocado nunca. ¿Se da cuenta
usted? Y allí, en la caverna, lo encontré un día meditando a Ergueta.
Sí, a él mismo. Estaba solo en una mesa, y algunos diarieros lo
miraban con asombro, aunque otros debían creer que era un ladrón
bien vestido, nada más.
Erdosain se imaginó que la Coja le preguntaba ahora:
-¿Cómo, mi marido estaba allí?
-Sí, y con su cara de «perrero» roía el puño de su bastón,
mientras que un negro le soliviantaba el trasero a un menor. Pero él
no hacía caso de nada. Parecía que estaba clavado en el piso de la
caverna. Cierto es que me dijo que había ido a esperar a un vareador
que tenía que pasarle unos «datos» para la próxima carrera, mas la
verdad es que estaba allí, como si de pronto se hubiera sentido
perdido y entró a ese paraje para buscarle un sentido a la vida. Esa
quizá sea la verdad exacta. Buscarle sentido a la vida entre los
acontecimientos que vive la canalla. Allí supe por primera vez su
determinación de casarse con una prostituta, y cuando le pregunté
de su farmacia, me contestó que había dejado al idóneo en Pico a
cargo de ella, porque de primera intención supuse que había venido
a jugar. No sé si usted sabrá que lo expulsaron de un club por hacer
trampas. Hasta se dijo que había falsificado fichas, pero ese asunto
nunca se puso en claro. Sólo me habló de usted cuando le pregunté
por la novia, una muchacha millonaria de Cachar!, y que estaba muy
enamorada de él.
-Corté hace rato -me contestó.
-¿Por qué?
-No sé... me «esgunfiaba»... estaba aburrido.
-¿Pero por qué la dejaste? -insistí.
Una luz agria convulsionaba su pupila. Malhumorado insistió
apartando de un manotón las moscas que hacían círculo en su chop
de cerveza:
-¡Qué se yo!... De aburrido... de turro que soy. Y me quería la
pobrecita. Pero qué iba a hacer conmigo. Además, ya no tiene
remedio...
-¿Le dijo Ergueta que eso ya no tenía remedio?...
-Sí, señora; dijo así: «Eso ya no tiene remedio, porque mañana
me caso».
El tren eléctrico dejó atrás Flores. Erdosain, apoltronado en el
sillón, recordó que lo miró seriamente al farmacéutico, en cuyo rostro
se difundía ese acechador movimiento de los músculos que le da al
semblante una expresión malévola.
-¿Y con quién te casas?
El semblante de Ergueta empalideció hasta las orejas. A medida
que inclinaba su cabeza hacia Erdosain, guiñaba un párpado,
mientras que el otro ojo inmóvil trataba de recoger toda la sorpresa
que lo demudaría dentro de un segundo a Erdosain:
-Me caso con la Ramera. -Después levantó la cabeza y sólo se le
veía el blanco de los ojos. Yo no me moví.
El farmacéutico tenía en el semblante una expresión de
arrobamiento como la que se ve en las tricromías populares, en las
que aparece un santo arrodillado con el canto de las manos apoyado
en el pecho.
Y Erdosain recordaba que en esas circunstancias, el negro que le
tocaba el trasero al menor, ahora llevaba las manos de éste a sus
partes pudendas, mientras un círculo de diarieros armaba un vocerío
infernal y el patrón gigantesco cruzaba el salón con un plato de sopa
en una mano y otro de guiso rojo, para una comandita de dos
rateros que devoraban en un rincón.
Sin embargo, su resolución no le extrañó. Ergueta tenía esas
desesperadas resoluciones de las naturalezas frenéticas que
obedecen al imperio de las obsesiones con furor lento, una explosión
profunda de la que ellos no escucharon el estampido, pero cuyo
crecimiento de volumen centuplica el instinto. Sin embargo,
aparentando una gran serenidad:
-¿La Ramera?.... ¿Quién es la Ramera? -le pregunté.
Una oleada de sangre le enrojecía el semblante. Hasta sus ojos
sonreían.
-¿Quién es, che?... Un ángel, Erdosain. En mi cara, en mi propia
cara, rompió un cheque de mil pesos que le dejó un querido. A la
sirvienta le regaló un collar de perlas que valía cinco mil pesos. A los
porteros del departamento toda la vajilla de plata. «Entraré en tu casa
desnuda», me dijo ella.
-¡Pero si todo eso es mentira! -sentía ahora que le decía Hipólita
en su recuerdo.
-Yo le creí en esas circunstancias. Y él continuó contándome:
-Si vos supieras lo que ha sufrido esa mujer. Una vez, era el
séptimo aborto que le hacían, tan desesperada estaba que fue a
tirarse desde el cuarto piso por la ventana. De pronto, qué
maravilla, che... en el balcón se le apareció Jesús. Estiró el brazo y no
la dejó pasar.
Aún sonreía Ergueta. Súbitamente echó mano al bolsillo y le
extendió un retrato a Erdosain.
La deliciosa criatura lo sugestionó.
Ella no sonreía. A sus espaldas los espacios estaban abigarrados
de palmas y heléchos. Sentada en un banco con la cabeza
ligeramente inclinada, miraba una revista que su rodilla sostenía,
pues cruzaba una pierna sobre otra. De esta forma, a poca distancia
del césped, el vuelo de su vestido suspendía una campana. El alto
peinado y los cabellos huidos de sus sienes hacían más clara y ancha
la luna de su frente. A los lados de la fina nariz, el arco de las cejas era
delgado como conviene a los ojos que son ligeramente oblicuos en un
rostro delicadamente ovalado.
Y mirándola, Erdosain supo de pronto que junto a Hipólita él
no experimentaría jamás ningún deseo, y esa certidumbre lo alegró
de tal forma que pensó en la delicia de acariciar con los dedos en
horqueta la barbilla de la extraña joven y escuchar el crujido de la
arena bajo la suela de sus zapatitos. Luego murmuró:
-¡Qué linda que es!... ¡Debe tener una gran sensibilidad!...
¡Qué distinta era en la realidad!
El tren eléctrico cruzaba ahora por Villa Luro. Entre montes de
carbón y los gasómetros velados por la neblina relucían tristemente
los arcos voltaicos. Grandes huecos negros se abrían en los galpones
de las locomotoras, y las luces rojas y verdes, suspendidas irregular¬
mente en la distancia, hacían más tétrica la llamada de las
locomotoras.
¡Qué distinta era la Coja en la realidad! Sin embargo, recordaba
que le había dicho a Ergueta:
-¡Qué linda es!... ¡Debe tener una gran sensibilidad!...
-Sí, es así; además es muy delicada en sus modales. Me gusta la
aventura. Mirá la cara que pondrán los que dudaban de mi
comunismo. He plantado a una cogotuda, a una virgen, para
casarme con una prostituta. Pero el alma de Hipólita está por encima
de todo. A ella también le gusta la aventura y los corazones nobles.
Juntos haremos grandes cosas, porque los tiempos han llegado...
Erdosain recogió la frase del farmacéutico:
-¿Así que vos crees que los tiempos han llegado?...
-Sí, tienen que ocurrir cosas terribles. ¿No te acordás que vos una
vez me dijiste que el presidente Roosvelt había hecho un gran elogio
de la Biblia?
-Sí... pero hace mucho.
Erdosain respondió con tales palabras porque en realidad no
recordaba jamás haberle hecho una cita de esa naturaleza al
farmacéutico. Este continuó:
-Afuera he leído bastante la Biblia...
-Lo cual no te impide «escolazar».
-Eso no te importa -interrumpió Ergueta adusto.
Erdosain lo miró fastidiado, el farmacéutico sonrió con su
sonrisa pueril y mientras el patrón depositaba otro medio litro de
cerveza en el mármol, dijo:
-Fijate qué palabras misteriosas están escritas en la Biblia: «Y
salvaré la coja, y recogeré la descarriada y pondrélas por alabanza y
por renombre en todo país de confusión».
Un silencio extraordinario se produjo en la fonda. Sólo se veían
cabezas inclinadas o grupos que miraban pensativamente el ir y venir
de las moscas en la pringue de las mesas. Un ladrón enseñaba a un
consocio un anillo de brillantes y las dos cabezas permanecían
conjuntamente inclinadas en la observación de las piedras.
Por la entreabierta puerta de vidrios opacos penetraba un rayo
de sol que como una barra de azufre cercenaba en dos la atmósfera
azulosa.
El otro repitió: «y salvaré la coja, y recogeré la descarriada»,
insistiendo y guiñando maliciosamente un párpado al repetir esto: «y
pondrélas por alabanza y por renombre en todo país de confusión...»
-Pero si Hipólita no es coja...
-No, pero ella es la descarriada y yo el fraudulento, el «hijo de
perdición». He ido de burdel en burdel, y de angustia buscando el
amor. Yo creía que era el amor físico y después leyendo ese libro que
me iluminó comprendí que mi corazón buscaba el amor divino. ¿Te
das cuenta? El corazón se orienta por su cuenta. Vos estás engrupido,
querés hacer tu voluntad, y fallas... por qué fallas... es misterio...
Luego un día, de golpe, sin saber cómo, se aparece la verdad. Y mirá
que yo he vivido. «Hijo de perdición», ésa es mi vida. Papá antes de
morir en Cosquín me escribió una carta terrible, entre vómitos de
sangre y recriminándome, ¿sabes? Y la carta no la firmaba con su
nombre, sino que ponía: «Tu padre El Maldito». ¿Te das cuenta? -y
otra vez guiñó el párpado levantando de tal forma las cejas que
Erdosain se preguntó:
-¿No estará loco éste?
Luego salieron de la fonda. Los automóviles se deslizaban por
la calle Corrientes centelleando bajo el sol, pasaba mucha gente que
se dirigía a su trabajo, y bajo los toldos amarillos el rostro de las
mujeres aparecía sonrosado. Entraron al café Ambos Mundos. Rue¬
das de «canfinfleros» rodeaban las mesas. Jugaban al naipe, a los
dados o al billar. Ergueta miró en redor, luego, escupiendo, dijo en
voz alta:
-Todos cafishios. Habrá que ahorcarlos sin mirarles las caras.
Nadie se dio por aludido.
Erdosain, sin quererlo, se quedó cavilando en algunas palabras
del otro.
«Buscaba el amor divino». Entonces Ergueta llevaba una vida
frenética, sensual. Pasaba las noches y los días en los garitos y en los
prostíbulos, bailando, embriagándose, trabándose en espantosas
peleas con malevos y macrós. Un ímpetu sordo lo llevaba a realizar
las más brutales hazañas.
Una noche, Ergueta se encontraba en la plaza de Flores, frente
a la confitería de Niers. Estaba allí el borracho Déla vene que se
había recibido de abogado hacía un mes y otros muchos patoteros
del Club de Flores. Molestaban a los que pasaban. De pronto, Ergueta,
al ver aproximarse a un gallego se desprendió la bragueta y cuando
el otro llegó hasta él, lo mojó con un chorro de orín. El hombre fue
prudente, y desapareció rezongando. Entonces el farmacéutico dijo
mirando a Delavene que fanfarroneaba con exceso:
-Bueno... ¿a que no lo meás al primero que pase?
-¿A que sí?
Todos se regocijaron, porque el vasco Delavene era un salvaje.
Un hombre dobló en la esquina y Delavene comenzó a orinar. El
desconocido se hizo a un lado, pero el «vasco» casi atropellándolo,
lo mojó.
Sucedió algo terrible.
Sin pronunciar una palabra el ofendido se detuvo, la patota
miraba riéndose y silbando, de pronto el desconocido desenfundó el
revólver, oyóse un estampido, y Delavene cayó de rodillas
apretándose, el vientre con las manos. La agonía del «vasco» fue larga
y dolorosa.
Antes de morir, noblemente reconoció que había provocado el
drama, y cuando Ergueta estaba borracho y se nombraba a
Delavene, aquél se arrodillaba y con la lengua hacía una cruz en el
polvo.
Mientras amasaba un cigarrillo, el farmacéutico contestó a una
pregunta de Erdosain sobre Delavene:
-Sí, era un corazón noble... un amigo único. Yo pagaré por él
algún día -mas replegando su pensamiento a una preocupación más
actual, dijo-: ¡Ah, he pensado mucho estos últimos tiempos. Y yo me
decía si era justo que un hombre estéril, enfermo, vicioso e inmoral se
casara con una virgen...
-¿Hipólita... sabe?
-Sí, ella sabe todo. Además, una virgen merece un nombre de
virgen. Un hombre que tenga el alma y el cuerpo virgen. Así será
algún día. ¿Te imaginas un macho hermoso y virgen y fuerte?
-Así debía ser -susurró Erdosain.
El farmacéutico observó su reloj.
-¿Tenes que hacer?
-Sí, dentro de un rato voy a casa a ver a Hipólita.
-Esta vez me asombré -contábale más tarde Erdosain al cronista
de esta historia -. La casa de la familia Ergueta era suntuosa y el
espíritu de la gente que allí se movía como los caracoles,
absolutamente conservador y rutinario. Erdosain le preguntó:
-¿Cómo?... ¿La llevaste a tu casa?
-¡Y las historias que tuve que inventar!... Ella no quería ir, mejor
dicho, aceptaba de ir, pero como lo que es...
-¿Fue capaz?...
-Tan capaz que sólo al final la pude convencer. A mamá le dije
que la había robado en el momento de embarcarse con sus tíos para
Europa... una «muía» más grande que una casa.
-¿Y tu mamá?
Erdosain iba a preguntarle si su madre creyó semejante
mentira, como si Hipólita llevara escrito en el semblante los trabajos
que le habían convulsionado la vida...
-¿Y tu mamá cómo recibió la noticia?
-Me dijo que se la llevara inmediatamente. Cuando se la
presenté, la abrazó y le dijo: «¿Te ha respetado, hija?» Y ella, bajando
los ojos, le contestó: «Sí, mamá». Lo cual es cierto. Te prevengo que
mamá y mi hermana Sara están encantadas con Hipólita.
En aquel momento Erdosain tuvo el presentimiento que esos
desdichados se habían preparado un desastre futuro. No se
equivocó, y al recordar ahora en el tren eléctrico la certidumbre que
no había fallado, se dijo al tiempo que pasaba por Liniers: «Es
curioso, las primeras impresiones no lo engañan nunca a uno», y al
preguntarle a Ergueta cuándo se casaba, éste le respondió:
-Mañana salimos para Montevideo. Nos casamos allá, por si
acaso no nos entendemos. -Al pronunciar estas palabras volvió a
guiñar el párpado sonriendo cínicamente, y agregó-: No soy ningún
caído del catre, che.
A Erdosain le molestó ese lujo de precauciones. No pudiendo
contenerse, le dijo:
-¿Cómo... no te casaste y ya estás pensando en el divorcio? ¿Qué
hazaña de comunista es la tuya? En el fondo seguís siendo el
jugador tramposo.
Pero el farmacéutico se regodeaba con la suficiencia de un
usurero a quien no le importan los insultos, si se los dirigen en el
momento de pagar los intereses. Guarango, repuso:
Pero el farmacéutico se regodeaba con la suficiencia de un
usurero a quien no le importan los insultos, si se los dirigen en el
momento de pagar los intereses. Guarango, repuso:
-Hay que ser turbo, che.
Erdosain estaba asombrado frente a tanta grosería.
Pensó en la deliciosa criatura y se la imaginó soportando a ese
bruto bajo un cielo oscurecido por grandes nubes de polvo e
incendiado por un sol amarillo y espantoso. Ella se marchitaría como
un helécho trasplantado a un pedregal. Ahora Erdosain lo examinó
nuevamente al farmacéutico pero con rabia.
El jugador reparó en la malevolencia de su compañero y dijo:
-Es necesario hacer algo contra esta sociedad, che. Hay días que
sufro de un modo insoportable. Parece que todos los hombres se
hubieran vuelto bestias. Dan ganas de salir a la calle y predicar al
exterminio o poner una ametralladora en cada bocacalle. ¿Te das
cuenta? Vienen tiempos terribles.
«El hijo se levantará contra el padre y el padre contra el hijo. Es
necesario hacer algo contra esta sociedad maldita. Por eso me caso
con una prostituta. Bien dicen las Escrituras: «Y tú, hijo de hombre,
no juzgarás tú a la ciudad derramadora de sangre y le mostrarás
todas sus abominaciones». Y estas otras palabras, fíjate en estas otras
palabras: «Y enamoróse de sus rufianes cuya carne es como carne de
asno y cuyo flujo como flujo de caballos». -Y señalando a los
«cafishios», que jugaban en torno de las mesas, dijo-: Ahí los tenes.
Entra al Royal Keller, al Marzzoto, al Pigall, al Maipú, en todas partes
donde entres los vas a encontrar. Fuerzas perdidas. Hasta esa canalla
se aburre en el fondo. Cuando llegue la revolución se les ahorcará o
se les mandará a la primera fila. Carne de cañón. Yo pude ser como
ellos y renuncié. Ahora vienen tiempos terribles. Por eso dice el libro.
«Y salvaré a la coja y recogeré a la descarriada y pondréla por
alabanza y por renombre en todo el país de confusión». Porque hoy
la ciudad está enamorada de sus rufianes y ellos hundieron a la coja
y a la descarriada, pero tendrán que humillarse y besarle los pies a
la coja y a la descarriada.
-¿Pero vos la querés o no a Hipólita?
-Claro que la quiero. A momentos me parece que ha bajado de la
luna por una escalera. Donde está ella todos se sentirán felices.
Y Erdosain creyó por un instante que ella hubiera bajado de la
luna para que todos los hombres acudieran a extasiarse en su
sencillez, tranquila.
El farmacéutico continuó:
-Ahora vienen tiempos de sangre, che, de venganza. Los
hombres adentro de sus almas están llorando. Pero no quieren
escuchar el llanto de su ángel. Y las ciudades están como las
prostitutas, enamoradas de sus rufianes y de sus bandidos. Esto no
puede seguir así.
Miró un instante a la calle, y después con la atención fijada
como en un sonido interior, el jugador dijo con voz patética en el
café del aburrimiento:
-Tendrá que venir un hombre, un ángel, yo qué sé. Se
arrodillará en medio de la Avenida de Mayo. Los automóviles se
detendrán, los gerentes de los bancos y los ricos de los hoteles se
asomarán a los balcones y moviendo los brazos indignados le dirán:
«¿Qué quieres, tú, cara de sapo? No nos seas molesto -pero él se
levantará- y cuando vean su carita triste y sus ojos encendidos de
fiebre, a todos se les caerán los brazos, y él se dirigirá a los
cogotudos, les hablará, les preguntará por qué hicieron mal, por qué
se olvidaron del huérfano y machacaron al hombre y han hecho un
infierno de la vida que era tan linda. Y ellos no sabrán qué contestar,
y la voz del ángel postrero resonará de tal forma que se les pondrá la
piel de gallina, y hasta los más rufianes llorarán».
La bocaza del farmacéutico se deformó de angustia. Parecía que
masticara un veneno elástico y amargo.
-Sí, es necesario que venga Cristo otra vez. Los hombres más
perros, los cínicos más letrinosos sufren todavía. Y si él no viene,
¿quién nos va a salvar?
El tren se detuvo en Ramos Mejía. El reloj de la estación
marcaba las ocho de la noche. Erdosain bajó.
Una neblina densa pesaba en las calles fangosas del pueblo.
Cuando se encontró solo en la calle Centenario, bloqueado de
frente y a las espaldas por dos murallas de neblina, recordó que al
día siguiente lo asesinarán a Barsut. Era cierto. Lo asesinarían.
Hubiera querido tener un espejo frente a sus ojos para ver su cuerpo
asesino, tan inverosímil le parecía ser él (el yo) quien con tal crimen
se iba a separar de todos los hombres.
Los faroles ardían tristemente vertiendo a través del fangal
cataratas de luz algodonosa que goteaban en los mosaicos haciendo
invisible el pueblo más allá de dos pasos. Un enorme desconsuelo
estaba en Erdosain que avanzaba más triste que un leproso.
Tenía ahora la sensación de que su alma se había apartado para
siempre de todo afecto terrestre. Y su angustia era la de un hombre
que lleva en su conciencia un siniestro jaulón, donde entre huesos de
pecados, bostezan teñidos de sangre, elásticos tigres, afirmando el ojo
en una proyección de salto.
Y Erdosain, a medida que avanzaba, pensaba en su vida como si
fuera la de otro, tratando de comprender esas fuerzas oscuras que le
subían desde las raíces de las uñas hasta agolparse silbando en sus
rejas como el simún.
Envuelto en la neblina que llevaba hasta la última celdilla de su
pulmón una gota de humedad pesada, Erdosain llegó a la calle
Gaona, donde se detuvo para enjugarse la frente cubierta de sudor.
Golpeó a una puerta de tablas, la única entrada de un enorme
frente de fábrica a cuyo costado estaba suspendida una lámpara de
querosene... De pronto una mano abrió el portón y el joven
farfullando malas palabras siguió los costados de un murallón por
un sendero de ladrillos que se doblaban en el fango bajo sus
pisadas.
Se detuvo frente a los vidrios de una puerta iluminada, golpeó
las manos y una voz ronca le gritó:
-Adelante.
Erdosain entró.
Una lámpara de acetileno iluminaba, con fulginosa llama, las
cinco cabezas de la familia Espila, que hacía un instante estaban
inclinadas sobre los platos. Todos le saludaron sonriendo con alegres
voces, mientras que Emilio Espila, un muchachón alto, flaco y cabe¬
lludo, corrió hacia él para estrecharle las manos.
Erdosain saludó por orden, primero a la anciana Espila
encorvada por el tiempo y cubierta de ropas negras; luego a las dos
hermanas mozas, Luciana y Elena; luego al sordo Eustaquio, un
gigantón encanecido y delgado como si estuviera tuberculoso, que,
según su costumbre, comía con la nariz en el plato, mientras sus ojos
grises vigilaban el jeroglífico de una revista, interpretándolo al
tiempo que masticaba.
Erdosain se sintió un poco reanimado por la sonrisa cordial de
Luciana y Elena.
Luciana era carilarga y rubia, con la nariz respingada y la boca
de largos y finos labios sinuosos teñidos de rosa. Elena tenía aspecto
monjil, con su semblante ovalado y color de cera y las polleras
largas, y las manos gordezuelas y pálidas.
-¿Querés cenar? -dijo la anciana.
Erdosain, al observar cuán enjuta estaba la fuente, respondió que
ya lo había hecho.
-¿De veras que cenaste?
-Sí... voy a tomar un poco de té.
Le hicieron sitio junto a la mesa, y Erdosain tomó asiento entre
el sordo Eustaquio que continuaba vigilando su jeroglífico y Elena,
que distribuía el resto del guisote entre Emilio y la anciana.
Erdosain los observó compadecido. Hacía muchos años que
conocía a los Espila. En otro tiempo la familia ocupaba una posición
relativamente desahogada, luego una sucesión de desastres los había
arrojado en plena miseria, y Erdosain, que encontró casualmente un
día en la calle a Emilio, los visitó. Hacía siete años que no los veía y
se asombró de reencontrarlos a todos viviendo en un cuchitril, ellos,
que en otra época tenían criada, sala y antesala. Las tres mujeres
dormían en la habitación atestada de muebles viejos y que hacia en las
horas de cenar o almorzar, las veces de comedor, mientras que
Emilio y el sordo se guarecían en una cocinita de chapas de zinc.
Para subvenir a los gastos de la casa, efectuaban los trabajos más
extraordinarios: vendían guías sociales, aparatos caseros para fabricar
helados, y las dos hermanas hacían costura. Un invierno, era tanta la
pobreza, que robaron un poste de telégrafos y lo aserraron en la
noche. Otra vez se llevaron todos los pilares de un alambrado, y las
aventuras que corrían para muñirse de dinero lo divertían y
compadecían a un tiempo a Erdosain.
La impresión que recibió la primera vez que lo visitó, fue
enorme. Vivían los Espila en un caserón cerca de Chacarita, un
cuartel de tres pisos y divisorias de chapas de hierro. El edificio tenía
el aspecto de un transatlántico, y los chiquillos brotaban de allí
como si el conventillo fuera un falansterio. Durante algunos días
Erdosain recorrió las calles pensando en los sufrimientos que
debieron sobrellevar los Espila, para resignarse a esa catástrofe, y
más tarde, cuando inventó la rosa de cobre, se dijo que para levantar
el espíritu de esa gente era necesario injertarles una esperanza, y con
parte del dinero robado en la Azucarera compró un acumulador
usado, un amperímetro y los diversos elementos para instalar un
primitivo taller de galvanoplastia.
Y convenció a los Espila que debían dedicarse a ese trabajo en
horas perdidas, pues de tener éxito todos se enriquecerían. Y él, cuya
vida carecía por completo de consuelo y esperanza, él, que se sentía
perdido hacía mucho tiempo, llegó a sugestionarlos con esperanzas
tan intensas que los Espila se avinieron a iniciar los experimentos, y
Elena se dedicó muy en serio a estudiar galvanoplastia, mientras que
el sordo preparaba los baños y se ponía práctico en ese trabajo de
unir en serie o tensión los cables del amperímetro y en manejar la
resistencia. Hasta la anciana participó en los experimentos y nadie
dudó, cuando consiguieron cobrear una chapa de estaño, que en
breve tiempo se enriquecerían si la rosa de cobre no fracasaba.
Erdosain les habló además de confeccionar puntillas de oro,
visillos de plata, gasas de cobre, y hasta esbozó un proyecto de
corbata metálica que los asombró a todos. Su plan en esencia era
sencillo. Se fabricarían camisas de pecheras, puño y cuellos
metálicos, tomando género, bañándolo en una solución salina y
sometiéndolo a un baño galvanoplastia) de cobre o níquel. Gath y
Chaves, Harrods o San Juan podrían comprarle la patente, y
Erdosain, que no creía sino a medias en esas aplicaciones, llegó a
pensar un día que se había extralimitado en hacer soñar a esa gente,
porque ahora, a pesar de que no pagaban a nadie y se morían casi de
hambre, lo menos que soñaban era adquirir un Rolls-Royce y un
chalet, que de no estar en la Avenida Alvear no les interesaba como
propiedad. Erdosain se inclinó sobre la taza de té, y entonces
Luciana, que estaba ligeramente sonrosada, correspondió a la sonrisa
petulante de Emilio con una señal, pero éste, que a causa de estar
extraordinariamente desdentado no podía hablar sino ceceando
mucho, dijo:
-Zabez... la roza ez un hecho...
-Sí, gracias a Dios la hemos conseguido sacar. -Pero Luciana
saltó impaciente, abrió un cajón de lavatorio y Erdosain sonrió
entusiasmado.
Entre los dedos de la rubia doncella se erguía la rosa de cobre.
En el miserable cuchitril la maravillosa flor metálica esfoleaba
sus pétalos bermejos. El temblor de la llama de la lámpara de
acetileno hacía jugar una transparencia roja, como si la flor se
animara de una botánica vida, que ya estaba quemada por los ácidos
y que constituía su alma.
El sordo levantó la nariz del plato de escarola, y con voz tenante,
exclamó, después de examinar el jeroglífico y la rosa:
-No hay vuelta, che... Erdosain... sos un genio...
-Zi de ezta hecha noz hazemos ricoz...
-Dios te oiga -murmuró la anciana.
-Pero mamá... no zea tan ezéptica...
-¿Te costó mucho trabajo?
Elena, con una gravedad sonriente y talante científico, se
explicó.
-Fijate, Remo, que como a la primera rosa éste le largaba exceso
de amperaje, se quemaba...
-¿Y el baño no se precipitó?
-No... eso sí, lo entibiamos un poquito...
-Para darle el baño a ésta; la encolamos...
-Zabez... un baño de cola fina... zuave...
Remo examinó nuevamente la rosa de cobre, admirando su
perfección. Cada pétalo rojo era casi transparente, y bajo la película
metálica se distinguía apenas la forma nervada del pétalo natural,
que había ennegrecido la cola. El peso de la flor era leve, y Erdosain
agregó:
-¡Qué liviana!... Pesa menos que una moneda de cinco
centavos...
Luego observando una sombra amarilla que cubría los pistilos
de la flor, estriándose al retrepar a los pétalos, agregó:
-Sin embargo, cuando saquen las flores del baño tienen que
lavarlas con mucha agua. ¿Ven estas estrías amarillas? Es el cianuro
del baño que ataca al cobre. -Todas las cabezas formaban círculo en
torno de él, y le escuchaban con religioso silencio. Continuó: -Se
forma cianato de cobre, que hay que evitarlo, porque si no no ataca
el baño de níquel. ¿Cuánto duró?
-Una hora.
Al levantar los ojos de la rosa su mirada se encontró con la de
Luciana. Los ojos de la doncella parecían aterciopelados de una
calidez misteriosa y sus labios sonreían dejando entrever los dientes
brillantes. Erdosain la miró extrañado. El sordo examinaba la rosa y
todas las cabezas estrechadas contra él seguían con atención las rayas
amarillas del cianuro. Luciana no bajó los párpados. De pronto
Erdosain recordó que al día siguiente intervendría en el asesinato de
Barsut, y una tristeza enorme le hizo bajar los ojos: luego,
súbitamente hostil para esa gente ilusionada y que no tenía una idea
de sus sufrimientos y de las angustias que hacia meses estaba
soportando, se levantó y dijo:
-Bueno, hasta luego.
Hasta el sordo lo miró desencajado.
Elena dejó la silla y la anciana quedóse con el brazo inmóvil
sosteniendo un plato que iba a colocar frente a Eustaquio.
-¿Qué te pasa. Remo?
-Pero, che, Erdosain...
Elena lo observó seriamente:
-¿Te pasa algo. Remo?
-Nada, Elena... créame...
-¿Estás enojado? -preguntó Luciana llenos los ojos de su calidez
misteriosa y triste.
-No, nada... sentía unas enormes ganas de verlos... Ahora tengo
que irme...
-¿De veras que no estás enojado?
-No, señora.
-Zon las preocupacionez... me explico...
-Calíate vos, badulaque...
El sordo se resolvió a abandonar el jeroglífico e insistió en lo
que dijera antes.
-Te prevengo que esto tenes que tomarlo en serio, porque te vas
a hacer rico.
-¿Pero no te pasa nada a vos?
Erdosain recogió su sombrero. Experimentaba una repugnancia
enorme al pronunciar palabras inútiles. Todo estaba resuelto. ¿A qué
hablar, entonces? Sin embargo, se esforzó y dijo:
-Créanme... los quiero mucho a ustedes... como antes... No estoy
enojado... tranquilícense... tengo más ideas... Pondremos una
tintorería de perros y venderemos perros teñidos de verde, de azul,
de amarillo y de violeta... Ya ven que ideas me sobran... Ustedes van a
salir de esta horrible miseria... yo los voy a sacar... ya ven, me sobran
ideas.
Luciana lo miró compadecida y dijo:
-Yo te acompaño -así salieron juntos hasta la calle.
La neblina encajaba en el callejón un cubo en el cual
reverberaban tristemente los mecheros de los faroles de petróleo.
De pronto, Luciana tomóse del brazo de Erdosain y le dijo con
voz muy suave:
-¡Te quiero, te quiero mucho!
Erdosain la miró irónicamente, su pena se había transfigurado
en crueldad. La miró:
-Ya lo sé.
Ella continuó:
-Te quiero tanto, que para serte agradable me he estudiado cómo
es un alto horno y el transformador de Beseemer. ¿Querés que te
diga lo qué son los atalajes y cómo funciona la refrigeración?
Erdosain la envolvió en una mirada fría, pensando: «Esta mujer
está mal».
Ella continuó:
-Siempre pensaba en vos. ¿Querés que te explique el análisis de
los aceros y cómo se funde el cobre, mirá, y el lavado del oro y lo qué
son las muflas?
Erdosain, apretando obstinadamente los labios, caminaba por el
callejón pensando que la existencia de los hombres era un absurdo, y
otra vez el rencor injustificado brotaba de él hacia la dulce muchacha
que, apretada contra su brazo decía:
-¿Te acordás de aquella vez que hablaste de que tu ideal era ser
jefe de un alto horno? Me has vuelto loca. ¿Por qué no hablas?
Entonces me puse a estudiar metalurgia. ¿Querés que te explique la
diferencia que existe entre una distribución irregular de carbono y
otra molecular perfecta? ¿Por qué no hablas, querido?
Sintióse el fragor sordo del tren que pasó a lo lejos, la lechosidad
de la neblina se convertía en oscuridad a poca distancia de los
faroles, y Erdosain hubiera querido hablar, explicarle sus desdichas,
pero aquel la malignidad sorda y enconada, lo mantenía rígido junto
a la doncella, que insistió:
-Pero, ¿qué tenes? ¿Estás enojado con nosotros? Sin embargo, a
vos te deberemos nuestra fortuna.
Erdosain la miró de pies a cabeza, apretó el brazo de la
muchacha y le dijo sordamente:
-No me interesas.
Luego le volvió la espalda, y antes de que ella atinara a volverse
hacia él, a rápido paso se perdió entre la neblina.
Comprendía que gratuitamente había ultrajado a la muchacha,
y esta convicción le proporcionó una alegría tan cruel, que murmuró
entre dientes:
-Ojalá revienten todos y me dejen tranquilo.
A las dos de la madrugada, aun andaba Erdosain entre
murallas de viento, por las calles del centro, en busca de un
lenocinio.
Un rumor sordo jadeaba en sus orejas, mas siguiendo el frenesí
del instinto caminaba a la sombra que las altas fachadas arrojaban
hasta el afirmado. Una tristeza horrible estaba en él. En ese momento
no tenía rumbos.
Sonámbulo, marchaba, con los ojos inmóviles en las flechas
niqueladas que en los cascos de los vigilantes hacían relucir en las
bocacalles los cilindros de luz que caían de los arcos voltaicos... Un
impulso extraordinario arrojaba su cuerpo a en largos pasos... Así
venía Plaza Mayo, y ahora, por Cangallo, dejaba atrás la estación del
Once.
Una tristeza horrible estaba en él.
Su pensamiento, inmóvil en un hecho, repetía:
-Es inútil, soy un asesino -mas, de pronto, al aparecer el cubo
rojo o amarillo del zaguán de un lenocinio, se detenía, vacilaba un
instante bañado por la neblina rojiza o amarillenta, luego,
diciéndose-: Será en otro -continuaba su camino.
Silencioso, a su lado, rodaba un automóvil en la veloz
desaparición, y Erdosain pensaba en la dicha que no tendría nunca y
en su juventud perdida, y su sombra se adelantaba rápidamente en
las baldosas, luego perdía longitud, e, iniciándose pisoteada,
brincaba sobre sus espaldas u oscilaba en la reja brillosa de una
alcantarilla... Mas su angustia se hacía a cada instante más pesada,
como si fuera una masa de agua, fatigando con una marea la
verticalidad de sus miembros. A pesar de esto, Erdosain se
imaginaba que, por beneficio de su providencia, había entrado a un
prostíbulo singular.
La regenta le abría la puerta del dormitorio, él se arrojaba vestido
encima del lecho... en un rincón hervía el agua de una olla sobre el
quemador de kerosene... súbitamente entraba la pupila
semidesnuda... y deteniéndose asombrada de un motivo que sólo él y
ella conocían, la ramera exclamaba:
-¡Ah! ¿sos vos?... ¡vos!... ¡por fin viniste!...
Erdosain le respondía:
-Sí, soy yo... ¡Ah, si supieras cuánto te he buscado!
Mas como esto era imposible que aconteciera, su tristeza
rebotaba como pelota de plomo en una muralla de goma. Y bien
sabía que siempre sus anhelos de ser súbitamente compadecido, por
una ramera desconocida, serían durante el desenvolverse de los días,
ineficaces como esa pelota, para horadar la vida espesa. Nuevamente
se repitió:
-¡Ah! ¿sos vos? vos... ¡Ah! por fin viniste, mi triste amor... -pero
todo era inútil, él no encontraría jamás esa mujer, y una energía
despiadada, de desesperación, le ensanchaba los músculos, se
dinfundía en los setenta kilos de su pesadez, moviéndola con
agilidad a través de las tinieblas, mientras que en el cubo de su
pecho, una tristeza enorme hacía pesados los latidos de su corazón.
De pronto se encontró frente al portalón de la pensión donde
vivía; entonces resolvió entrar. Su corazón latía impaciente.
En puntillas cruzó la galería y acercándose a la puerta de su
pieza la abrió sigilosamente. Luego, con las manos extendidas en la
oscuridad, fue hacia el ángulo donde estaba el sofá y lentamente se
acurrucó allí, evitando crujieran los muelles. Más tarde no encontró
explicación para esta actitud. Estiró las piernas en el sofá y durante
unos minutos permaneció con la nuca apoyada en el
entrecruzamiento de sus manos. Y había más oscuridad en su alma
que en aquel momento de tinieblas, que se convertiría en un cubo
empapelado si encendiera la lámpara. Quería fijar su pensamiento
en algo objetivo, lo cual le fue imposible. Esto le causó cierto miedo
pueril; durante unos instantes extremó su atención, pero ningún
sonido llegaba hasta él y entonces cerró los ojos. Su corazón
trabajaba con golpes roncos, propulsando la masa de su sangre, y
una frialdad de agua le erizó el vello de la espalda. Con los
párpados tiesos y el cuerpo rígido aguardaba un acontecimiento. De
pronto comprendió que si continuaba en esa postura gritaría de
miedo, y recogiendo los talones, con las piernas cruzadas como un
Buda, aguardó en la oscuridad. Su aniquilamiento era intenso, mas
no podía llamar a nadie, ni tampoco llorar. Y sin embargo, no era
cosa de continuar así toda la noche, encuclillas.
Encendió un cigarrillo y lo inmovilizó un gran frío.
La Coja estaba de pie junto al canto del biombo, examinándolo
con su venenosa mirada fría. El cabello dividido en dos lisos bandos
le cubría las orejas con sus alas rojas, y los labios de la mujer estaban
apretados. Todo denotaba en ella un exceso de atención, pero
Erdosain tuvo miedo. Por fin atinó a decir:
-¡Usted!
El fósforo le quemaba las uñas... y de pronto, un impulso más
fuerte que su timidez lo levantó. En la oscuridad caminó hacia ella, y
dijo:
-¿Usted?... ¿No dormía usted?
El sintió que ella estiraba el brazo; la mano de la mujer tomó
entre los dedos su mentón e Hipólita dijo con una voz profunda:
-¿Que tiene que no duerme?
-¿Usted me acaricia a mí, señora?
-¿Por qué no duerme?
-Usted me toca a mí?.... ¡Pero qué fría está su mano!... ¿Por qué
está tan fría su mano?
-Encienda la lámpara.
Bajo la luz vertical, Erdosain quedóse contemplándola. Ella se
sentó en el sofá.
Erdosain murmuró tímidamente:
-¿Quiere que me siente a su lado? No podía dormir.
Hipólita le hizo espacio, y junto a la intrusa, Erdosain no pudo
contener la fuerza que levantaba sus manos, y con la yema de los
dedos le acarició la frente.
-¿Por qué es usted así? -le preguntó él.
La mujer lo miró serena.
Erdosain la contempló un instante con muda desesperación; y al
fin, recogió su fina mano. Iba a llevársela a los labios, pero una fuerza
extraña chocó en su sensibilidad, y sollozando se desmoronó sobre la
falda de la mujer.
Lloraba convulsivamente a la sombra de la intrusa erguida y de
su mirada inmóvil en los sacudimientos de su cabeza. Lloraba
aciegado, retorcida la vida de un furor ronco, conteniendo gritos
cuyos desgarramientos incompletos renovaban su dolor horrible, y
el sufrimiento brotaba de él inagotablemente, se inundaba de más
pena, una pena que subía en sollozos en su garganta. Así agonizó
varios minutos, mordiendo su pañuelo para no gritar, mientras que
el silencio de ella era una blandura en la que se recostaba su espíritu
extenuado. Luego el sufrimiento gritante se agotó; lágrimas en su
pecho y encontró consuelo en estar caído así, con las mejillas
mojadas, sobre el regazo de una mujer. Un enorme cansancio lo
agobiaba, la figura de su esposa distante terminó por borrarse de la
superficie de su pena, y mientras permanecía así, un encalmamiento
crepuscular vino a resignarlo para todos los desastres que se habían
preparado.
Levantó el enrojecido rostro, rayado por los repliegues de la tela
y húmedo de lágrimas.
Ella lo mirada serena.
-¿Está triste? -preguntó.
-Sí.
Luego callaron y un relámpago violeta iluminó los recovecos del
patio oscuro. Llovía.
-¿Quiere que tomemos mate?
-Sí.
En silencio preparó el agua. Ella miraba abstraída los cristales
donde tamborileaba la lluvia, mientras Erdosain aprontaba la yerba.
Luego, sonriendo entre las lágrimas, dijo:
-Yo lo cebo a mi modo. Le gustará.
-¿Por qué estaba triste?
-No sé... la angustia... hace mucho tiempo que no vivo tranquilo.
Ahora tomaba el mate en silencio, y en la habitación con el
empapelado descolado en un rincón, se hacía más perfecta la figura
de la mujer, envuelta en el abrigo de lutre, con el cabello rojo peinado
en dos bandos que cubrían la punta de sus orejas.
Con sonrisa pueril, agregó Erdosain:
-Cuando estoy solo... a veces suelo tomar.
Ella sonrió amigablemente con una pierna cruzada sobre otra, la
espalda ligeramente inclinada, un codo apoyado en la palma de la
mano y los dedos de la otra sosteniendo el mate, cuya bombilla
niquelada chupaba con lentitud.
-Sí, estaba angustiado -repitió Erdosain-; pero, ¡qué frías sus
manos!... ¿Siempre las tiene así frías?
-Sí.
-¿Me quiere dar su mano?
Enderezó la intrusa la espalda y casi señorial se la alcanzó.
Erdosain la tomó con precaución y se la llevó a los labios, y ella lo
miró largamente, derretida la frialdad de sus pupilas en un calor
súbito que le sonrojó las mejillas. Recordó entonces Erdosain al
encadenado, y sin que esto pudiera vencer la pálida alegría que
estaba en él, dijo:
-Vea... si usted me pidiera ahora que me matara, yo lo hacía.
Tan contento estoy.
El calor que hacía un instante convulsionó las aguas de sus ojos
se perdió otra vez en la frialdad de su mirada. La mujer lo
examinaba encurioseada.
-Se lo digo seriamente. Voy... es mejor... pídame usted que me
mate... dígame, ¿no le parece a usted que ciertas personas harían
mejor en irse?
-No.
-¿Aunque hagan lo peor?
-Eso está en manos de Dios.
-Entonces no vale la pena que hablemos de eso.
Otra vez tomaban el mate en silencio, un silencio que sobrevenía
para que él pudiera gozar el espectáculo de la mujer de cabello rojo,
envuelta en su abrigo de lutre, con las transparentes manos
recogiendo la rodilla por sobre el vestido de seda verde.
Y de pronto, no pudiendo contener su curiosidad, exclamó:
-¿Es cierto que usted ha sido sirvienta?
-Sí... ¿qué tiene de particular?
-¡Qué raro!
-¿Por qué?
-Sí, es raro. A veces me parece que voy a encontrar en otra vida
lo que falta en la mía. Y se le ocurre a uno que hay gentes que han
descubierto el secreto de la felicidad... y que si nos cuentan un secreto
nosotros también seremos felices.
-Mi vida, sin embargo, no es ningún secreto.
-¿Pero usted nunca sintió la extrañeza de vivir?
-Sí, eso sí.
-Cuénteme.
-Fue cuando era muchachita. Trabajaba en una linda casa de la
Avenida Alvear. Había tres niñas y cuatro sirvientas. Y yo me
despertaba a la mañana y no terminaba de convencerme de que era
yo la que me movía entre esos muebles que no me pertenecían y esa
gente que sólo me hablaba para que yo la sirviera. Y a momentos me
parecía que los otros estaban bien clavados en la vida, y en sus casas,
mientras que yo tenía la sensación de estar suelta, ligeramente atada
con un cordón a la vida. Y las voces de los otros sonaban en mis
oídos como cuando una está dormida y no sabe si sueña o está
despierta.
-Debe ser triste.
-Sí, es muy triste ver felices a los otros y ver que los otros no
comprenden que una será desdichada para toda la vida. Me acuerdo
que a la hora de la siesta entraba a mi piecita y en vez de zurcir mi
ropa, pensaba: ¿yo seré sirvienta toda la vida? Y ya no me cansaba el
trabajo, sino mis pensamientos. ¿Usted no se ha fijado qué obstinados
son los pensamientos tristes?
-Sí, no se van nunca. ¿Qué edad tenía usted entonces?
-Dieciséis años.
-¿Y no se había acostado ya con ningún hombre?
-No... pero estaba rabiosa... rabiosa de ser sirvienta para toda la
vida... además, había algo que me impresionaba más que todo. Era
uno de los niños. Estaba de novio y era muy católico. Yo lo sorprendí
acariciándose más de una vez con una prima que era su novia, ahora
me doy cuenta: una muchacha sensual, y me preguntaba cómo era
posible conciliar el catolicismo con esas porquerías.
Involuntariamente terminé por espiarlo... pero él, que era tan asiduo
con su novia, era correctísimo conmigo. Después me di cuenta que lo
había deseado... pero era tarde... yo estaba en otra casa...
Siempre con el peso de mis ideas. ¿Qué era lo que quería de la
vida? ¿Entonces no lo sabía? En todas partes fueron amables
conmigo. Más tarde he oído hablar mal de la gente rica... pero yo no
supe ver esa maldad. Ellos vivían así. ¿Qué necesidad tenían de ser
malos, no es cierto? Ellas eran las niñas y yo la sirvienta.
-Recuerdo que un día iba en el tranvía acompañando a una de
mis patronas. En el asiento venían conversando dos mozos. ¿Usted
ha observado que hay días en que ciertas palabras suenan en los
oídos como bombos... como si una hubiera estado siempre sorda y por
primera vez oyera hablar a las personas? Bueno. Uno de los mozos
decía: «Una mujer inteligente, aunque fuere fea, si se diera a la mala
vida se enriquecería y si no se enamorara de nadie podría ser la
reina de una ciudad. Si yo tuviera una hermana, la aconsejaría así».
Al escucharlo, yo me quedé fría en el asiento. Estas palabras
derritieron instantáneamente mi timidez y cuando llegamos al final
del viaje me parecía que no eran los desconocidos los que habían
pronunciado esas palabras, sino yo, yo que no me acordaba de ellas
hasta ese momento. Y durante muchos días me preocupó el
problema de cómo ser una mujer de mala vida.
Erdosain sonrió:
-¡Qué maravilla!
-El primer mensual que cobré lo gasté en un montón de libros
que hablaban de la mala vida. Me equivoqué, porque casi todos eran
libros pornográficos... estúpidos... ésa no era la mala vida, sino la
mala vida del placer... Y, quiere creerme, ninguna de mis amigas
sabía explicarme, en substancia, lo que era la mala vida.
-Siga... ahora no me extraña que Ergueta se haya enamorado de
usted. Usted es una mujer admirable.
Hipólita sonrió ruborizada.
-No exagere... soy una mujer sensata, nada más.
-Cuente, la deliciosa criatura.
-¡Qué chico es usted!... Bueno -Hipólita cerró las solapas del
abrigo sobre su pecho y continuó-: Trabajaba como antes, todo el día,
pero el trabajo se me hizo extraño... quiero decir, que mientras
fregaba o hada una cama, mi pensamiento estaba lejos y al mismo
tiempo tan adentro de mí, que a momentos me parecía que si ese
pensamiento se hacía más grande se me iba a reventar la piel. Pero el
problema no se resolvía. Escribí a una librería preguntando si no
tenía algún manual para ser una mujer de mala vida y no me
contestaron, hasta que un día decidí verlo a un abogado para que me
aclarara ese punto. Fui hasta los tribunales y di vueltas por un
montón de calles, miraba una chapa, otra, otra, hasta que, enfilando
por la calle Juncal, me detuve ante una casa lujosa, hablé con el
portero y me llevó en presencia de un doctor en leyes. Me acuerdo
como si fuera hoy. Era un hombre delgado, serio, tenía toda la cara
de un bandido perverso, pero al sonreír su alma parecía la de un
mocoso. Más tarde, pensando, llegué a la conclusión de que ese
hombre debió sufrir mucho.
Chupó largamente el mate, luego, devolviéndoselo, dijo:
-¡Qué calor hace aquí! ¿Quiere abrir la ventana?
Erdosain entreabrió una hoja. Llovía aún. Hipólita continuó:
-Sin inmutarme, le dije: «Doctor, vengo a verlo porque quiero
saber lo que es la mala vida». El otro se quedó mirándome
asombrado. Después de reflexionar unos momentos, me dijo: «¿Con
qué objeto desea usted saberlo?» Yo le expliqué tranquilamente mis
propósitos y él me escuchaba con atención, frunciendo el ceño.
cavilando mis palabras. Por fin dijo: «En la mujer se llama mala vida
los actos sexuales ejecutados sin amor y para lucrar». Es decir,
repuse yo, que mediante la mala vida, una se libra del cuerpo... y
queda libre.
-¿Usted le contestó eso?
-Sí.
-¡Qué raro!
-¿Por qué?
-¿Y luego?
-Casi sin despedirme, salí a la calle, listaba contenta, nunca
estuve más contenta que ese día. La mala vida. Erdosain, era eso,
librarse del cuerpo, tener la voluntad libre para realizar todas las
cosas que se le antojaran a una. Me sentía tan feliz que al primer buen
mozo que pasó y que me deseó con bonitas palabras, me entregué.
-¿Y luego?
-¡Qué sorpresa!, cuando el hombre... ya le dije que era un guapo
mozo, cayó como una res después de satisfacerse. Lo primero que se
me ocurrió fue que estaba enfermo... nunca me imaginaba eso. Mas
cuando el otro me explicó que aquello era natural en todos los
hombres, no pude contener las ganas de reír. Así que el hombre,
cuya fortaleza parecía inmensa como la de un toro... en fin, ¿usted
nunca vio a un ladrón en una pieza llena de oro? En ese momento yo,
la sirvienta, era el ladrón en la pieza llena de oro. Y comprendí que
el mundo era mío... Después, antes de lanzarme a la prostitución,
resolví estudiar... sí, no me mire asombrado, leía de todo... había
llegado a la conclusión leyendo novelas, que el hombre admitía
extraordinarias facultades de amor en la mujer culta... no sé si me
explico bien... quiero decirle que la cultura era un disfraz que
avaloraba a la mercadería.
-¿Encontró placer usted en la posesión?
-No... pero volviendo a lo primero: leía de todo.
Erdosain se sintió entusiasmado por el cinismo de la mujer, y
enternecido, le dijo:
-¿Me quiere dar su mano?
Ella se la entregó, seria.
Erdosain la tomó con precaución; luego la llevó a los labios y ella
ya lo miró largamente; mas Remo de pronto recordó al encadenado;
él estaría ahora despierto en el establo, y sin que esto pudiera vencer
la dulzura que amodorraba sus sentidos, dijo:
-Mira, si vos... si usted me pidiera ahora que me matara, lo
haría encantado.
Largamente lo miró ella a través de sus pestañas rojas.
-Se lo digo en serio. Mañana... hoy... es mejor... pídame que me
mate... dígame, ¿no le parece a usted que cierta gente debería irse de
la tierra?
-No... eso no se hace.
-¿Aunque lleguen a ser bandidos?
-¿Quién puede juzgar a otro?
-Entonces no hablemos más.
-Otra vez chupaban en silencio la bombilla. Erdosain
comprendía la dulzura de muchas cosas. La miró, luego dijo:
-¡Qué criatura extraña es usted!
Ella sonrió halagada, y una fiesta entró en el alma de él.
-¿Quiere que ponga más yerba?
-Sí.
De pronto Hipólita lo miró seria.
-¿De dónde sacó usted esa alma que tiene?
Erdosain iba a hablar de sus sufrimientos, pero se retuvo por
pudor y dijo:
-No sé... muchas veces pensaba en la pureza... yo hubiera
querido ser un hombre puro -y entusiasmándose, continuó-: Muchas
veces sentí la tristeza de no ser un hombre puro. ¿Por qué? No lo sé.
¿Pero se imagina usted un hombre de alma blanca, enamorado por
ver primera... y que todos fueran iguales? ¿Se imagina usted qué
amor enorme entre una mujer pura y un hombre puro? Entonces,
antes de entregarse el uno al otro, se matarían... o no; sería ella la que
se ofrecería un día a él... luego se suicidarían, comprendiendo la
inutilidad de vivir sin ilusiones.
-Sin embargo, eso no es posible.
-Pero existe. ¿No ha visto usted cuántos tenderos y modistas se
suicidan juntos? Se quisieron... no pueden casarse... van a un hotel...
ella se entrega y luego se matan.
-Sí, pero lo hacen de inconscientes.
-Quizá.
-¿Dónde cenó usted anoche?
Habló Erdosain de los Espila, explicándole la caída de esa gente
en la miseria.
-¿Y por qué no trabajan?
-¿De dónde sacar trabajo? Lo buscan y no encuentran. Eso es lo
terrible. Hasta me pareció observar que la miseria había destruido en
ellos el deseo de vivir. El sordo Eustaquio tiene talento para las
matemáticas... sabe cálculo infinitesimal; pero eso no le sirve para
nada. El «Don Quijote» también se lo sabe de memoria... pero debe
tener algo descentrado en el entendimiento... se lo pintará este hecho:
a los dieciséis años lo mandaron a comprar yerba y fue a una botica
en vez de ir a un almacén. Después de muchas explicaciones dijo
que la yerba era un producto medicinal... que así lo había estudiado
en botánica.
-No tiene sentido práctico.
-Eso mismo. Además, es jugador caviloso... para resolver un
acertijo es capaz de perder la comida y cuando tiene algunos
centavos entra a las confiterías a atracarse de dulces.
-¡Qué raro!
-En cambio, Emilio es buen muchacho. Tiene... así me lo ha
dicho, la certidumbre de que ese estado psíquico de ellos, abúlico y
extraño, es consecuencia hereditaria, y sobre esa base rige toda su
vida, se mueve con la lentitud de una tortuga. Es capaz de tardar dos
horas en vestirse... parece que todas sus cosas las hace en una
atmósfera de indecisión extraordinaria.
-¿Y las hermanas?
-Las pobres hacen lo que pueden... cosen... una cuida en la casa
de una amiga un chico hidrocéfalo con la cabeza más grande que un
melón.
-¡Qué horror!
-Lo que no me explico es cómo se acostumbraron a todo
aquello. Por eso después que los visité, sentí la gran necesidad de
ilusionarlos... y como yo hablaba bastante bien, lo conseguí. Y se
dedicaron a la rosa de cobre.
-¿Qué es eso?
Erdosain le explicó sus cavilaciones de inventor. Había sido al
comienzo, poco después que se casó, cuando soñaba enriquecerse
con un descubrimiento. Su imaginación ocupaba las noches de
máquinas extraordinarias, trozos incompletos de mecanismos
girando sus engranajes lubrificados...
-¿Pero entonces usted es inventor?...
-No... ahora no... aquello tuvo importancia para mí. Hubo una
época en que tenía el hambre... la terrible hambre del dinero...
posiblemente estuviera enfermo de una locura que ha cambiado...
Ahora, cuando yo les hablé a ellos de eso, no era porque me
interesaba el asunto económicamente, sino porque necesitaba verlos
ilusionados, necesitaba ver con mis ojos esas pobres muchachas
soñando con vestidos de seda, en un novio buen mozo, y con un
automóvil a la puerta de un chalet que no tendrían. Y ahora estoy
seguro que creen en todo eso.
-¿Siempre fue usted así?
-No, a veces. ¿No le ha ocurrido a usted sentir en un momento
dado el deseo de hacer obras de misericordia? Me acuerdo ahora de
este otro hecho. Se lo cuento porque usted antes me preguntó qué
alma era la mía. Me acuerdo. Hace un año. Era un sábado, a las dos
de la madrugada. Recuerdo que estaba triste y entré en un
prostíbulo. La sala llena de gente que esperaba turno. De pronto la
puerta del dormitorio se abrió apareciendo la mujer... imagínese
usted... una carita redonda de chica de dieciséis años... ojos celestes y
una sonrisa de colegiala. Estaba envuelta en un tapado verde y era
más bien alta... pero su carita era la de una colegiala... Ella miro en
redor... ya era tarde; un negro espantoso, con labios de cartón, se
levantó, y entonces ella, que nos había envuelto a todos en una
promesa, retrocedió triste hacia el dormitorio, bajo la dura mirada de
la regenta.
Erdosain se detuvo un momento, luego, con voz más pura y
lenta, continuó:
-Créame... es muy vergonzoso esperar en un prostíbulo. Nunca
se siente uno más triste que allí adentro, rodeado de caras pálidas
que quieren esconder con sonrisas falsas, huidas, la terrible urgencia
carnal. Y hay algo además humillante... no se sabe lo que es... pero el
tiempo corre en las orejas, mientras el oído afinado escucha el crujir
de una cama allí dentro, luego, un silencio, más tarde, el ruido del
lavado... pero antes de que nadie ocupara el sitio del negro, dejé mi
silla y fui a la otra. Esperaba con el corazón dando grandes golpes, y
cuando ella apareció en el umbral yo me levanté.
-Siempre eso... uno tras otro.
-Me levanté y entré, otra vez la puerta se cerró; dejé el dinero
encima del lavatorio, y cuando ella iba a entreabrir su batón, yo la
tomé de un brazo y le dije: «No, yo no he entrado para acostarme con
vos».
Ahora la voz de Erdosain había adquirido una fluidez vibrante.
-Ella me miró y seguramente lo primero que pensó fue si yo no
sería algún vicioso; mas mirándola seriamente, créame, estaba
conmovido, le dije: «Mirá, entré porque me dabas lástima». Ahora
nos habíamos sentado junto a la consola de un espejo dorado, y ella,
con su carita de colegiala, me examinaba gravemente. ¡Me acuerdo!...
Como si fuera ahora. Le dije: «Sí, me dabas lástima. Yo ya sé que
ganarás dos o tres mil pesos mensuales... y que hay familias que se
darían por felices con tener lo que vos tiras en zapatos... ya lo sé...
pero me diste lástima, una lástima enorme, viendo todo lo lindo que
ultrajas en vos». Ella me miraba en silencio, pero yo no tenía olor a
vino. «Entonces pensé... se me ocurrió en seguida de que entró el
negro, dejarte un recuerdo lindo... y el más lindo recuerdo que se me
ocurrió dejarte fue éste... entrar y no tocarte... y vos después te
acordarás siempre de ese gesto». Fíjese que en tanto yo hablaba, el
batón de la prostituta se había entreabierto encima de sus senos,
mientras que sobre la pierna cruzada se... de pronto ella, al mirarse
en el espejo se dio cuenta y apresuradamente bajó el vestido sobre
sus rodillas, cerrándose el escote. Ese gesto me hizo una impresión
extraña... ella me miraba sin decir palabra... vaya a saber lo qué
pensaba... de pronto la regenta golpeó con el nudillo de los dedos en
la puerta, ella miró en esa dirección con afligimiento, luego su carita
se volvió hacia mí... me miró un momento... se levantó... tomó los
cinco pesos y forcejeando los entró en mi bolsillo al tiempo que decía:
«No vengas más porque si no te hago echar por el portero».
Estábamos de pie... yo ya iba a salir por la otra puerta, y de pronto,
con la mirada fija en la mía, sentí que sus brazos se anudaban en mi
cuello... me miró todavía a los ojos y me besó en la boca... ¡qué le
diré yo a usted de ese beso!... pasó su mano por mi frente y cuando
ya estaba en el umbral, me dijo: «Adiós, hombre noble».
-¿Y usted no volvió más?
-No, pero tengo la esperanza de que algún día nos
encontraremos... vaya a saber en dónde, pero ella, Lucién, no se
olvidará nunca de mí. Pasarán los tiempos, rodará por los
prostíbulos más miserables... se volverá monstruosa... pero yo
siempre estaré en ella como me había propuesto, como el recuerdo
más precioso de su vida.
Batía la lluvia en los cristales de la puerta y en los mosaicos del
patio. Erdosain chupaba lentamente su mate.
Hipólita se levantó, fue hasta los cristales y miró un instante el
patio negro. Luego volvióse y dijo:
-¿Sabe que usted es un hombre extraño?
Erdosain caviló un instante.
-Le soy sincero... yo no sé qué va a ser de mi vida... pero, créame,
no estuvo en mis manos el ser un hombre bueno. Otras fuerzas
oscuras me torcieron... me tiraron abajo.
-¿Y ahora?
-Ahora voy a hacer un experimento. Encontré a un hombre
admirable que está firmemente convencido de que la mentira es la
base de la felicidad humana y me he decidido a secundarlo en todo.
-¿Y lo hace feliz eso a usted?
-No... hace tiempo que he sentido que ya nunca más seré
dichoso.
-¿Pero cree en el amor?
-¡Para qué hablar de eso! -mas de pronto vislumbró cuál era el
motivo de todas las incoherencias que estaba diciendo hacía unos
minutos, y dijo-: ¿Qué es lo que pensaría usted de mí si mañana... me
refiero a cualquier día... si cualquier día supiera que yo había asesina¬
do a un hombre?
Hipólita, que se había sentado, levantó lentamente la cabeza y
dejándola apoyada en el respaldar del sofá, miró largamente el techo.
Luego, entornando los párpados, dijo filtrando una mirada fría entre
sus pestañas rojas:
-Pensaría que usted era inmensamente desdichado.
Erdosain dejó su sillón, guardó el calentador, la yerba y el mate
en el cajón del ropero, y entonces Hipólita le dijo:
-Venga aquí... a mis pies.
Una enorme dulzura estaba en él.
Sentóse en la alfombra de forma que su costado se apoyaba en
las piernas de ella, abandonó la cabeza en sus rodillas, e Hipólita
cerró los ojos.
Estaba bien así. Reposaba en el regazo de la mujer, y el calor de
sus miembros traspasaba la tela, entibiándole la mejilla. Aquella
situación además le parecía muy natural; la vida adquiría ese aspecto
cinematográfico que siempre había perseguido, y no se le ocurrió
pensar en Hipólita, tiesa en el sofá, pensaba en él, era un débil y un
sentimental. El tic tac del reloj espaciaba en el intervalo de su
engranaje una gota de sonido que caía sucesivamente como una
lenteja de agua en el cúbico silencio de la habitación. E Hipólita se
dijo:
-Toda la vida no hará nada más que quejarse y sufrir. ¿Para qué
me sirve un muchacho así? Tendría que mantenerlo. Y la rosa de
cobre debe ser una pavada. ¿Qué mujer va a llevar en el sombrero
adornos de metal, pesados, y que se ennegrecen? Todos son así, sin
embargo. Los débiles, inteligentes e inútiles; los otros, brutos y
aburridos. Todavía no he encontrado entre ellos uno digno de
cortarle el pescuezo a los otros, o de ser un tirano. Dan lástima.
Pensaba así frecuentemente, a media que la realidad deslucía los
fantoches que su imaginación teñía de vivos arrogantes un momento.
Podía señalarlos con el dedo. Este pelele erguido, perfumado y severo
que los días hábiles hacia reputación de su empaque y silencio, era
un infeliz lascivo, aquel otro pequeño y modosito, siempre gentil,
discreto y sensato, era víctima de vicios atroces, aquel brutal como un
carretero y fuerte como un toro, más inexperto que un escolar, y así
todos pasaban ante sus ojos anudados por el deseo semejante e
inextinguible, todos habían abandonado un instante las cabezas en
sus rodillas desnudas, mientras que ella, ajena a las manos torpes y a
los transitorios frenesíes que envaraban los fantoches tristes pensaba,
áspera, la sensación de vivir como una sed en el desierto.
-Así era. A los hombres sólo los movía el hambre, la lujuria y el
dinero. Así era.
Angustiada, decíase que el único que la había interesado era el
farmacéutico, capaz de levantarse por unos instantes por encima de
su carnadura vehemente, pero el terrible juego había desvanecido su
mecanismo, y ahora yacía más roto que los otros muñecos.
¡Qué vida la suya! En otros tiempos, cuando era mocita
desvalida, pensaba que nunca tendría dinero ni una casa alhajada
con hermosos muebles, ni vajilla reluciente, y esa imposibilidad de
riqueza la entristecía tanto como hoy saber que ningún hombre de
los que podían encamarse con ella tenía empuje para convertirse en
un tirano o conquistador de tierras nuevas.
-¡Sí había sonado!
Días hubo en que se imaginó un encuentro sensacional, algún
hombre que le hablara de las selvas y tuviera en su casa un león
domesticado. Su abrazo sería infatigable y ella lo amaría como una
esclava; entonces encontraría placer en depilarse por él los sobacos y
pintarse los senos. Disfrazada de muchacho recorría con él las
ruinas donde duermen las escolopendras y los pueblos donde los
negros tienen sus cabañas en la horqueta de los árboles. Pero en
ninguna parte había encontrado leones, sino perros pulguientos, y los
caballeros más aventureros eran cruzados del tenedor y místicos de
la olla. Se apartó con asco de estas vidas estúpidas.
En el transcurso de los días los raros personajes de novela que
había encontrado, no eran tan interesantes como en la novela, sino
que aquellos caracteres que los hacían nítidos en la novela eran
precisamente los aspectos odiosos que los tornaban repulsivos en la
vida. Y, sin embargo, se les había entregado.
Mas, ya saciados, se apartaban de ella como si se sintieran
humillados de haberle ofrecido el espectáculo de su debilidad.
Ahora se sumergía en la esterilidad de su vivir igual a un arenal
geográficamente explorado.
Así como era imposible transmutar el plomo en oro, asiera
imposible transformar el alma del hombre.
Cuántas veces había caído desnuda entre los brazos de un
desconocido y le había dicho: «¿No te gustaría ir al Africa?» El otro
respingó como sí a su lado hubiera silbado un crótalo. Y entonces
tenía la impresión de que esos cuerpos armados de huesos,
devanados en músculos, eran más débiles que los de los tiernos
infantes, más asustadizos que los niños en el bosque.
Las mujeres le eran odiosas. Las veía abatirse bajo la sensualidad
de los machos para ofrecer por todas partes la fealdad de sus vientres
hinchados. Tenían exclusivamente capacidad para el sufrimiento,
éste era un mundo de gente fatigada, fantasmas apenas despiertos
que apestaban a tierra con su grávida somnolencia, como en las
primeras edades los monstruos perezosos y gigantescos. De allí que
toda su alma voladora se sintiera aplastada por la inutilidad de los
prójimos.
Porque Hipólita hubiera querido moverse en un universo
menos denso, un mundo liviano como una pompa de jabón donde la
materia no estuviera sometida a la gravedad, y se imaginaba la dicha
riente de recorrer todas las veredas del planeta metamorfoseaba a su
voluntad y dándole a los días la realidad de un juego que
compensara aquel que su niñez había carecido.
Todo le había sido negado cuando pequeña. Recordaba que una
de las quimeras de su infancia fue soñar que sería la criatura más
dichosa del mundo si viviera en una habitación empapelada.
Había visto en las vidrieras de las ferreterías papeles pintados
que en su reducida imaginación se le figuraba que tornarían
soñadora la vida de los que se rodeaban de ellos, papeles pintados
que eran como trasplantar en una casa el Bosque de los
Encantamientos, con sus flores arbitrarias de azules y retorcidas en
fondos listados de oro, y este sueño de los siete años fue en ella tan
intenso, como más tarde cuando criada la idea que se hizo acerca del
placer que experimentaría si pudiera tener un Rolls-Royce, cuya
tapicería de cuero era tan preciosa en su imaginación, como lo
fueran los imposibles papeles pintados que tan sólo costaban
sesenta centavos el rollo.
Había declinado en tiempos idos. Recordaba ahora, con la
cabeza del hombre sobre sus rodillas, aquellos atardeceres de
domingo cuando súbitamente se encapotaba el tiempo y la brisa fría
empujaba a sus amas del jardín a la sala. Picoteaba la lluvia en los
cristales, ella se refugiaba en la cocina resplandeciente de limpia, y a
través de las habitaciones llegaba la voz de las visitas, las señoras
conversaban mientras que las niñas hojeaban revistas deteniéndose
en las fotografías de las ceremonias nupciales, o tocaban el piano.
Y ella sentada ante la mesa, con la punta del delantal
retorciéndose entre sus dedos el busto ligeramente inclinado, se
dejaba penetrar de los sonidos, que le eran siempre tristes, aunque
hablaran de cosas alegres. Como una leprosa se sentía aislada de la
felicidad. La música le traía una visión de lugares distintos, hoteles
entre montañas, y ella no sería jamás la recién casada que baja al
comedor en compañía de su esposo hermoso, mientras tintinea la
vajilla y los pájaros revolotean en torno de las ventanas por donde se
distingue el caer de una cascada.
Retorcía lentamente la punta del delantal entre sus dedos,
inclinada la frente, las piernas cruzadas.
No tendría jamás un esposo como Marcelo, ni extendería su
mantilla sobre la aterciopelada baranda de un palco, mientras
centellean los diamantes en las orejas de las duquesas y los violines
ante el proscenio chirrían suavemente.
Tampoco sería una señora, una de esas jóvenes señoras que ella
había servido y cuyos esposos mimosean dulcemente a medida que
la preñez avanza sus sufridores vientres. Y su pena crecía
dulcemente como la oscuridad en el crepúsculo.
-¡Servir... siempre servir!
Entonces un rencor se infiltraba en su angustia, la frente le
pesaba y sus párpados rojos caían sancionando una resignación.
Y en la sala el piano hacía pasar los países distintos por su
atención soñera y se imaginaba que la educación de esas señoritas
debía hacer sus almas más hermosas y apetecibles para el deseo del
novio y su cabeza pesaba como si el cráneo se le hubiera trasmutado
en un casco de huesos de plomo.
Todo lo que la rodeaba, cacerolas y fogones y las limpias
maderas de las estanterías de la cocina, y los espejos del cuarto de
baño y las pantallas rojas de las lámparas, le parecían representar un
valor que ponía para siempre a esos enseres fuera de su alcance, y el
repasador como la alfombra, así como el triciclo de los niños, le
parecía haber sido creado para proporcionar la felicidad a seres de
distinta pasta de la que ella estaba formada.
Los mismos vestidos de las niñas, las telas livianas con que
adornaban sus preciosos cuerpos, las puntillas y cintas, se le
figuraban de distinta naturaleza que las que ella podía comprar por
el mismo dinero. Esta sensación de convivir provisoriamente con
gente situada en un mundo desemejante al que ella pertenecía la
desazonaba, al extremo que la desesperanza aparecía como un
estigma en el rostro.
¡Qué podía ser ella, sino sirvienta, siempre sirvienta!
Hoscamente se levantaba de su corazón una negativa sorda,
respuesta al fantasma invisible que la encocoraba. Su vida era una
resistencia erguida contra la domesticidad. No sabía cómo escaparía
de tal encadenamiento de desdichas, pero no dejaba de repetirse que
ese estado era provisorio, ignorante sin embargo de lo que tenía que
sobrevenirle. Y continuamente observaba los modales de las
señoritas y estudiaba cómo inclinaban las cabezas, así como se
despedían de las amigas en las puertas de sus casas, reproduciendo
luego ante un espejo los saludos y gestos que recordaba. Y estos
actos que ejecutaba en la soledad de su cuartujo dejábanle por
algunas horas en los labios y en el alma una sensación de señoría y
delicadeza y entonces se reconvenía anteriores modales torpes, como
si esos anteriores modales fueran en desmedro de su auténtica y
actual personalidad de señorita.
Durante algunas horas su vida estaba inflamada de delicadeza
penetrante y blanda como la fragancia de una crema perfumada, con
vainilla, y le parecía sentir en su garganta las melifluas voces de los
«sí» y de los «no» hasta hacerse la ilusión de que estaba
respondiéndole a una deliciosa interlocutora que tenía una piel de
zorro azul en torno del cuello.
Su cuarto de sirvienta se repoblaba de fantasmas insinuantes,
sentada en una butaca forrada de seda de color de cocodrilo, recibía a
sus amigas que venían a despedirse para irse a «París de Francia» y
hablaba de noviazgos. «Su mamá no le permitía este verano ir a
veranear a X... porque se encontrarían con S..., ese indiscreto que la
asediaba con exceso». O cruzaba el mar, un mar quieto como los
lagos de Palermo, sentada en una cesta de mimbre como lo había
visto en las fotografías de los puentes de los piróscafos de lujo,
cuando pasaba por las calles a hacer las compras en el mercado.
Tendría una Kodak abandonada en su falda mientras que un joven
con la gorra en la mano e inclinado hacia ella la hablaría con timidez.
Su alma de criada se anegaba de felicidad. Comprendía que
aquello era tan lindo que de haber podido gozarlo su caridad hubiera
sido infinita. Y se veía en un atardecer de invierno recorriendo una
callejuela oscurecida, envuelta en un abrigo de petit-gris, en busca de
una huérfana, hija de un ciego. Le llevaba socorros, la convertía en su
hija adoptiva y un día la huérfana hacía su presentación en sociedad;
sería entonces una deliciosa joven; los hombros descubiertos entre
plumones de gasa, y, sobre la limpia frente, una onda de cabello
rubio concertaría con la delicadeza de sus almendrados ojos.
Y de pronto una voz la llamaba:
-Hipólita... sirva el té.
Erdosain levantó bruscamente la cabeza, e Hipólita, como si
hubiera estado pensando en él, dijo:
-Vos también... vos también fuiste muy desgraciado.
Erdosain tomó la fría mano de la mujer y apoyó en ella los
labios.
Ella continuó despacio:
-A veces me parece un mal sueño esta vida. Ahora que me
siento tuya me aparece otra vez la pena de otros tiempos. Siempre,
en todas partes, sufrimientos.
Luego dijo:
-¿Qué es lo que habrá que hacer para no sufrir?
-Es que llevamos el sufrimiento en nosotros. Una vez llegué a
pensar que flotaba en el aire... era una idea ridicula; pero lo cierto es
que la disconformidad está en uno.
Callaron. Hipólita acariciaba con lentitud su cabello, de pronto la
mano se apartó de su cabeza y Erdosain sintió que la mujer apretaba
su mano contra los labios.
Erdosain, sentándose a su lado, murmuró:
-Decíme, ¿qué te he hecho para que me hagas tan feliz? ¿No
comprendes que haces bajar el cielo para mí? Nunca me había
sentido tan enormemente desgraciado.
-¿Nadie te ha querido?
-No sé; pero nunca el amor me fue mostrado en su pasión
terrible. Cuando me casé tenía veinte años y creía en la
espiritualidad del amor.
Caviló un instante, mas no tardó en levantarse, y después de
apagar la luz, se sentó en el diván junto a Hipólita. Luego dijo:
-Quizá fuera un infeliz. Cuando me casé no la había besado a mi
mujer. Cierto es que jamás había sentido la necesidad de hacerlo,
porque yo confundía con pureza lo que era frialdad de sus sentidos
y además... porque yo creía que a una señorita no se le debe besar.
La otra sonreía en la oscuridad. El estaba ahora sentado a la
orilla del sofá, con los codos clavados en las rodillas y las mejillas
entre la palma de las manos.
Un relámpago violeta iluminó la habitación.
El prosiguió con lentitud:
-La señorita estaba en mi concepto como la más verdadera
expresión de pureza. Además... no se ría... yo era pudoroso... y la
noche del día que nos casamos, cuando ella se desvistió con
naturalidad frente a la lámpara encendida, yo volví la cabeza
avergonzado... y después me acosté con los pantalones puestos.
-¿Usted hizo eso? -en la voz de la mujer temblaba la
indignación.
Erdosain se echó a reír, excitadísimo:
-¿Por qué no? -al tiempo que examinaba oblicuamente a la Coja
se restregaba las manos-. He hecho eso y muchas cosas más graves
aún. Y las que haré... «Han llegado los tiempos», decía su esposo.
Creo que tiene razón. Claro está que dichos episodios se refieren a
una época de mi vida en la que vivía como un idiota. Le digo esto
para que esté segura que si me tuviera que acostar con usted no lo
haría con los pantalones puestos...
Por un momento Hipólita tuvo miedo. Erdosain no hacía nada
más que observarla con el rabillo del ojo, mientras que se restregaba
las manos. Precavida, ella agregó:
-Debe haber pasado que usted estaba enfermo. Como yo
cuando era sirvienta. Se vive entre cielo y tierra...
-Eso, entre cielo y tierra... Precisamente eso. Sí, me acuerdo de
cuando me trataban de imbécil.
-¿También?...
-Sí, en mi cara... yo quedaba mirándolo al que me había
injuriado, y mientras todos los músculos se me relajaban en una
flojedad inmensa, me preguntaba qué es lo que había hecho, no sé en
qué tiempo, para soportar tantas humillaciones y cobardías. Sufrí
mucho... tanto... que más de una vez me sentí tentado a irme a
ofrecer como criado en alguna casa rica... ¿Podía acaso tragar más
vergüenza? Entonces sentí el terror, un espantoso miedo de no tener
un objeto noble en mi vida, un sueño grande, y por fin ahora lo he
encontrado... he condenado a muerte a un hombre... Quédese ahí
sentada... Mañana, porque yo no me opongo, un hombre va a ser
asesinado.
-¡No es posible!
-Sí, es cierto. El hombre de la mentira, el hombre del que le
hablé antes, necesitaba dinero para realizar su proyecto. Así se
realizará, porque yo quiero que suceda. Mañana me entregará un
cheque para cobrar. Cuando yo vuelva será ejecutado.
-No... no es posible.
-Si, y si no vuelvo no lo asesinarían, porque sin el dinero el
crimen es inútil... son quince mil pesos... yo puedo escaparme con
ellos... la sociedad se va al diablo... el hombre se salva. ¿Se da cuenta
usted? De mi honradez criminal depende todo.
-¡Dios mío!
-Quiero que se haga el experimento... Usted comprende, ciertas
determinaciones lo convierten a uno en un dios. Desde hace mucho
tiempo estoy resuelto a matarme. Si antes, cuando le dije, usted
hubiera asentido, yo me mataba. ¡Si supiera lo hermoso y grande
que me siento! No me hable más del otro... ya está resuelto, hasta me
alegra pensar en el pozo que me hundo. ¡Se da cuenta usted!... Y
cualquier día... no, de día no será... cualquier noche, cuando esté
harto de tanta farsa e incoherencia, me iré.
Una arruga se bifurcó en la frente de Hipólita. No cabía duda.
Aquel hombre estaba loco. Su alma aventurera previo
acontecimientos futuros, y se dijo: «Con este imbécil es necesario
proceder prudentemente». Y cruzando los brazos sobre el tapado,
preguntó, como si lo dudara:
-¿Usted tendría coraje de matarse?
-No es lo que usted dice. Ya no hay coraje ni cobardía. Desde
muy adentro tengo la sensación de que suicidarse es como irse a
sacar una muela. Cuando pienso así, todo descansa en mí. Cierto es
que yo había pensado en otros viajes y en otras tierras, en otra vida.
Hay algo en mí que desea todo lo delicado y hermoso. Muchas veces
pensé que sí... pongamos esos quince mil pesos que voy a cobrar
mañana... podría irme a las Filipinas... al Ecuador a recomenzar mi
vida, casarme con alguna doncella millonaria y delicada... estaríamos
durante las siestas acostados en una hamaca, bajo los cocoteros,
mientas que los negros nos ofrecerían naranjas partidas. Y yo miraría
tristemente el mar... ¿y sabe?... esta certidumbre que me dice que
adonde vaya miraré tristemente el mar... esta seguridad de que ya
nunca más seré dichoso... al comienzo me enloqueció... y ahora me
he resignado.
-¿Entonces para qué va a hacer el experimento?
-¿Sabe?... todavía no he llegado al fondo de mí mismo... pero el
crimen es mi última esperanza... y el Astrólogo lo sabe, porque
cuando hoy le pregunté si no temía que me escapara, me contestó:
«No, por el momento, no... Usted más que nadie necesita que esto
resulte para desangustiarse...» Ya ve usted hasta dónde he llegado.
-Nunca me imaginaría tal cosa. ¿Y lo van a matar en
Témperley?
-Sí. Sin embargo... ¡Qué sé yo! La angustia. ¿Sabe usted lo que
es la angustia? ¿Tener la angustia arraigada hasta los huesos como la
sífilis? Vea, hace cuatro meses de esto: esperaba el tren en una
estación de campo. Tardaría tres cuartos de hora en llegar... y enton-
ces crucé a una plaza que había enfrente. A los pocos minutos de
estar sentado en un banco, una chica... tendría nueve años, vino a
sentarse a mi lado. Empezamos a charlar... estaba con un delantal
blanco... vivía en una de las casas que había allí enfrente...
Lentamente, sin poderme contener, desvié la conversación hacia un
tema obsceno... mas con prudencia... sondeando el terreno. Una
curiosidad atroz se había apoderado de mí conciencia. La criatura,
hipnotizada por su instinto semidespierto, me escuchaba
temblando... y yo, despacio, en ese momento debía tener una cara de
criminal... fíjese que desde la garita de los guardagujas dos cambistas
me miraban con atención, le revelé el misterio sexual, incitándola a
que se dedicara a corromper a sus amiguitas...
Hipólita se apretó las sienes con los dedos.
-¡Pero usted es un monstruo!
-Ahora he llegado al final. Mi vida es un horror... Necesito
crearme complicaciones espantosas... cometer el pecado. No me mire.
Posiblemente... vea... las personas han perdido el sentido de la
palabra pecado... el pecado no es una falta... yo he llegado a darme
cuenta que el pecado es un acto por el cual el hombre rompe el débil
hilo que lo mantenía unido a Dios. Dios le está negado para siempre.
Aunque la vida de ese hombre después del pecado se hiciera más
pura que la del más puro santo, no podría llegar jamás hasta Dios.
Yo voy a romper el débil hilo que me unía a la caridad divina. Lo
siento. Desde mañana seré sobre la tierra un monstruo... imagínese
usted una criatura... un feto... un feto que tuviera la virtud de vivir
fuera del seno materno... no crece jamás... velludo... pequeño... sin
uñas camina entre los hombres sin ser un hombre... su fragilidad
horroriza al mundo que lo rodea... pero no hay fuerza humana que
pueda restituirlo al vientre perdido. Es lo que me ocurrirá mañana a
mí. Me alejaré de Dios para siempre. Estaré solo sobre la tierra. Mi
alma y yo, los dos solos. El infinito por delante. Siempre solos. Y
noche y día... y siempre un sol amarillo. ¿Se da cuenta? Crece el
infinito... arriba un sol amarillo y el alma que se apartó de la caridad
divina anda sola y ciega bajo el sol amarillo.
Un golpe sordo estremeció el suelo, y de pronto ocurrió algo
extraordinario. Erdosain calló espantado. Hipólita estaba arrodillada
a sus pies... Ella le tomó la mano y se la cubrió de besos. En la
oscuridad la mujer exclamó:
-Deja... déjame que te bese esas pobres manos. Sos el hombre
más desdichado de la tierra.
-Levántate, Hipólita.
-No, quiero besarte los pies -él sintió que sus brazos le apretaban
las piernas-. Sos el hombre más desgraciado de la tierra. ¡Cuánto
sufriste. Dios mío! ¡Qué grande que sos... qué grande es tu alma!
Erdosain la levantó con dulzura infinita. Sentíase ablandado por
una piedad infinita, la atrajo sobre su pecho, le alisó el cabello en la
frente, y le dijo:
-Si supieras ahora lo fácil que va a ser morir. Como un juego.
-¡Qué alma la tuya!...
-¿Pero estás afiebrada?...
-¡Pobre muchacho!
-¿Por qué? Si ahora somos como dioses... Sentate a mi lado.
¿Estás bien así? Mirá, hermanita, todo lo que sufrí ha sido pagado
con tus palabras. Viviremos un tiempo más...
-Sí, como novios...
-Sólo el gran día serás mi esposa.
-¡Te quiero tanto!... ¡Qué alma la tuya!
-Y después nos iremos.
Y ya no hablaron más. La cabeza de Hipólita estaba caída sobre
su pecho. Faltaba poco para amanecer. Entonces Erdosain dobló ese
cuerpo fatigado sobre el sofá... ella sonrió extenuada; luego Remo
sentóse sobre la alfombra, apoyó la cabeza en el borde del sofá, y así
acurrucado quedóse adormecido.
Semi incorporado en un sofá, con los brazos cruzados y la
galera echada sobre la frente, el Astrólogo meditaba esa noche sus
preocupaciones, en la oscuridad del escritorio. La lluvia batía en los
cristales de la ventana, pero no la escuchaba ensimismado en
numerosos proyectos. Además, le ocurría algo extraño.
La proximidad del crimen a cometer aceleraba en el espacio de
tiempo normal otro tiempo particular. Recibía así la sensación de
existir sensibilizado en dos tiempos. Uno natural a todos los estados
de la vida normal, otro fugacísimo y pesado en los latidos de su
corazón, escapándose entre sus dedos trabados por la meditación
como el agua de un cesto.
Y el Astrólogo, retenido dentro del tiempo del reloj, sentía
deslizarse en su cerebro el otro tiempo rapidísimo e interminable que
como una película cinematográfica, al deslizarse vertiginosamente,
hería con las imágenes que aparejaba, su sensibilidad, de un modo
impreciso y fatigante, ya que antes de percibir con claridad una idea
ésta había desaparecido para ser substituida por otra. Tal que,
cuando miraba el reloj encendiendo un fósforo, comprobaba que el
tiempo transcurrido era de minutos, mientras que en su
entendimiento esos minutos mecánicos, acelerados por su ansiedad,
tenían otra longitud que ningún reloj podía medir.
Sensación que lo retenía en la oscuridad, a la expectativa.
Comprendía que cualquier error cometido en dicho estado podría
serle fatal más tarde.
El asesinato del hombre Barsut no le preocupaba mayormente,
sino las precauciones que debía tomar para que ese hecho no
adquiriera importancia indebida. Y aunque pretendía preparar una
coartada, ello era dificultoso. Tenía la sensación de que el que así
cavilaba en las tinieblas no era él, sino que estaba contemplando a su
doble, un doble forjado de emoción y que tenía su apariencia exacta,
con la cara romboidal, brazos cruzados y la galera echada sobre la
frente. Sin embargo, no podía darse cuenta de qué naturaleza eran
los pensamientos de ese doble tan íntimamente ligado a él y tan
distante de su comprensión. Porque juzgaba que su sentimiento de
existir era en aquellos instante más efectivo que la existencia de su
cuerpo. Mas tarde, explicando dicho fenómeno, dijo que era la
conciencia de la distinta velocidad del tiempo que duraban sus
emociones, dentro del otro tiempo mecánico, como aquellos que
dicen «aquel minuto me pareció un siglo».
Imposibilidad de pensar que no dejaba de ser importante, ya que
se trataba de quitarle la vida a un hombre, paralizar la circulación de
sus cinco litros de sangre, enfriar todas sus células, borrarlo de la vida
como una mancha de un papel blanco eliminando todo rastro en la
superficie. Como tan grave problema no se apartaba del Astrólogo,
éste sentíase dentro del tiempo mecánico del reloj, el hombre físico,
mientras que en la lenta velocidad del otro tiempo que ningún reloj
podía controlar se localizaba su doble, pensativo, enigmático,
auténticamente misterioso, preparando quizá qué coartadas que
luego lo sorprenderían al hombre inteligente.
La certidumbre de haberse convertido por la proximidad del
crimen en un doble mecanismo con dos nociones de tiempo tan
diferentes y dos inercias tan desemejantes, lo apoltronaban sombrío
en la oscuridad.
Una fatiga terrible anonadaba su musculatura, sus miembros
recios, la coyuntura de sus huesos.
La lluvia hacía funcionar en las acequias el breve engranaje de
las ranas, pero él, hombre de acción, ablandado por la inquietud
como si le hubieran reblandecido los huesos y no pudiera ponerse de
pie, «yo, hombre de acción -se decía-, permanezco aquí, estoy así
dentro de mi plazo de tiempo mecánico, palpitando con otro tiempo
que no es mi tiempo y que me relaja para la precaución. Porque es
indudable que matar a un hombre es lo mismo que degollar a un
cordero, pero no lo es para los otros, y aunque estén distantes y mi
conducta sea un misterio para ellos, este tiempo anormal me los
acerca, y yo no me puedo casi mover, como si ellos estuvieran allí, en
la sombra, espiándome. Será el tiempo de nerviosidad lo que me
inutiliza, o el Astrólogo subconsciente que se reserva sus ideas y me
deja exprimido como una naranja para concebir pensamientos que
ahora me hacen falta. Sin embargo, muerto Barsut, la vida
continuará como si nada hubiera ocurrido... y es que nada ha
ocurrido si esto no se descubre».
Encendió nuevamente un fósforo. La habitación quedó flechada
de vértices de sombras movedizas. No había pasado un minuto. Sus
pensamientos eran simultáneos y contenían en la nada del tiempo
hechos que para estar presentes en el tiempo que los recogía
hubieran necesitado en otras circunstancias meses y años. Así había
nacido hacía cuarenta y tres años y siete días, y ese pasado se
aniquilaba de continuo en el presente, presente tan fugaz, que
siempre era el Astrólogo del minuto posterior, en el tiempo de
minuto o segundo venidero. Ahora su vida enfocada hacia un hecho
que aún no existía, pero que se consumaría dentro de algunas horas,
se tendía dentro del tiempo mecánico como un arco, cuya violencia
contenida daba al tiempo del reloj la tensión extraordinaria de ese
otro tiempo de inquietud.
Y aunque muchas veces se había dicho que si tenía oportunidad
de poder asesinar a alguien no desperdiciaría la ocasión, volvió a
detener sus preocupaciones en aquellos tiempos de misterio. Luego
saltó de allí a la imaginación de una dictadura, que se sostendría
mediante el terror impuesto por numerosas ejecuciones y el medio
de anular esa repugnante impresión momentánea era representarse a
los fusilados como hombres horizontales. En efecto, se imaginaba en
el centro de la llanura el pequeño cuerpo de un hombre tendido, y al
comparar la longitud del muerto con la de los millares de kilómetros
que medía la tierra por él tiranizada, se apoderaba de la certidumbre
que la vida de un hombre no tenía ningún valor.
El otro se pudriría bajo la tierra, mientras que él, eliminado el
obstáculo humano cuya longitud era la millonésima parte de la tierra
suya, avanzaría hacia todas las conquistas.
Luego pensaba en Lenin, que, restregándose las manos, repetía
a los comisarios de los Soviets:
Es una locura. ¿Cómo podemos hacer la revolución sin fusilar a
nadie? -Y esto regocijaba el corazón del Astrólogo. Establecería dicho
principio en la sociedad. Los futuros patriarcas de razas serían
educados con un inexorable criterio homicida; y nuevamente se
ensanchaban sus esperanzas. Luego reconocía que todo innovador
debía luchar con ideas antiguas, estampadas por la costumbre en sí
mismo, y que todas sus cavilaciones actuales eran la consecuencia
de una contradicción entre principios a sancionarse y aquellos
establecidos.
El tiempo corría entre sus dedos trabados por la cavilación.
Asesino de hoy sería el conquistador del mañana, pero en tanto
soportaba la hosca malevolencia del presente amasado con ayeres.
Levantóse encolerizado. Llovía aún. Salió hasta la escalinata, donde
se detuvo escudriñando la oscuridad silvestre, estremecida por el
agua que caía espesa y lenta. Las tinieblas parecían allí formar parte
de la existencia de un monstruo que jadeaba pesadamente en la
oscuridad. La tierra mojada se había vuelto ocre... Y él era un
hombre firme en la noche, un animador de acontecimientos
grandiosos, y sin embargo ningún fantasma se levantaba de la
espesura para sancionar su actitud. Ahora se preguntaba si los
hombres de otras edades habían sufrido sus indecisiones, o sí
marchaban al logro de sus fines satisfechos de que la Muerte les diera
un espesor de coraza a sus determinaciones. ¿Pero tenía importancia
la muerte? Decíase que como a ente filosófico lo único que podía
interesarle era la especie, no el individuo, más los que asediaban con
escrúpulos eran sus sentimientos, que contra su voluntad
desdoblaban el tiempo que se necesitaba, en dos tiempos extraños.
Un relámpago interpuso distancias azules entre los bloques de
las montañas de nubes.
Mojado y con la cabellera revuelta, se detuvo a un costado de la
escalinata el Hombre que vio a la Partera.
¡Ah! es usted -dijo el Astrólogo.
-Sí; quería preguntarle qué es lo que piensa usted de esta
interpretación del versículo que dice: «El cielo de Dios». Esto
significa claramente que hay otros cielos que no son de Dios...
-¿De quién, entonces?
-Quiero decir que puede ser que haya cielos en los que no esté
Dios. Porque el versículo añade: «Y bajará la nueva Jerusalén». ¿La
nueva Jerusalén? ¿Será la nueva Iglesia?
El Astrólogo meditó un instante. El asunto no le interesaba,
pero sabía que para mantener su prestigio ante el otro tenía que
responder, y contestó:
-Nosotros, los iluminados, sabemos en secreto que la nueva
Jerusalén es la nueva Iglesia. Por eso dice Swedemborg: «Puesto que
el Señor no puede manifestarse en persona, y habiendo anunciado
que vendrá y establecerá una Nueva Iglesia, sigue que lo hará por
medio de un hombre, que no sólo pueda recibir la doctrina de esta
iglesia, sino también publicarla por medio de la prensa...» pero ¿por
qué usted independientemente de otra escritura llega a admitir la
existencia de varios cielos?
Bromberg, guareciéndose en el pórtico, miró la jadeante
oscuridad estremecida por la lluvia, luego contestó:
-Porque los cielos se sienten como el amor.
El Astrólogo miró sorprendido al judío, y éste continuó:
-Es como el amor. ¿Cómo puede usted negar el amor si el amor
está en usted y usted siente que los ángeles hacen más fuerte su
amor? Lo mismo pasa con los cuatro cielos. Se debe admitir que
todas las palabras de la Biblia son de misterio, porque si así no fuera
el libro sería absurdo. La otra noche leía entristecido el Apocalipsis.
Pensaba que tenía que asesinarlo a Gregorio, y me decía si está
permitido verter sangre humana.
-Cuando se estrangula no se vierte sangre -repuso el Astrólogo.
-Y cuando llegué a la parte del «cielo de Dios» comprendí el
motivo de la tristeza de los hombres. El cielo de Dios les había sido
negado por la iglesia tenebrosa... y por eso los hombres pecaban tan
fuertemente.
En las tinieblas, la voz aniñada de Bromberg sonaba tan
tristemente como si se lamentara de que lo hubiesen excluido del
verdadero cielo. El Astrólogo argüyó:
-El hombre alado que me habla en sueños me ha dicho que el fin
de la iglesia tenebrosa es próximo...
-Así tiene que ser... porque el infierno crece día a día. Son tan
pocos los que se salvan, que el cielo junto al infierno es más chico que
un grano de arena junto al océano. Año tras año crece el infierno, y la
iglesia tenebrosa, que debió salvar al hombre, engorda día por día al
infierno, y el infierno triste crece, crece, sin que haya una posibilidad
de hacerlo más pequeño. Y los ángeles miran con miedo la iglesia
tenebrosa y el infierno rojo inflado como el vientre de un hidrópico.
El Astrólogo repuso, adoptando para hablar un altisonante tono:
-Por eso el hombre alado me ha dicho: «Ve, santo varón, a
edificar a los hombres y a anunciar la buena nueva. Y extermina a los
anticristos y revélale tus secretos y los secretos de la nueva Jerusalén a
Bromberg el judío» -y de pronto el Astrólogo, tomándolo de un brazo
a su compañero, le dijo-: ¿No te acuerdas cuando tu espíritu
conversaba con los ángeles y les servías el pan blanco a la orilla de
los caminos, y les hacías sentar a la puerta de tu cabana y les lavabas
los pies?
-No me acuerdo.
-Pues debías acordarte. ¿Qué dirá el Señor cuando sepa eso?
s
¿Cómo responderé yo de tu alma ante el Angel de la Nueva Iglesia?
Me dirá: ¿Qué es de ese hijo querido, mi piadoso Alfon? ¿Y yo qué le
diré? Que eres un cernícalo. Que te has olvidado de los tiempos en
que realizaste una existencia angélica y que te pasas todo el día en un
rincón ventoseando como un mulo.
Gravemente enfurruñado, objetó Bromberg:
-Yo no ventoseo.
s
-Y bien ruidosamente ventoseas... pero no importa... el Angel
de las Iglesias sabe que tu espíritu arde en la devoción sincera, y que
eres enemigo del Rey de Babilonia, del tenebroso Papa, y por eso
estás elegido para ser el amigo del hombre, que con mandato del
Señor establecerá la Nueva Iglesia sobre la tierra.
Sonaba quedamente la lluvia en las hojas de las higueras y toda
la oscuridad acre y blanda estremecía en la noche su húmedo hedor
vegetal. Bromberg predijo gravemente:
-Y el Papa, el mismo Papa espantado saldrá a la calle descalzo, y
todos se apartarán de él con terror y premura y en los caminos los
cercos se llenarán de flores cuando pase el santo Cordero.
-Así nomás es -continuó el Astrólogo-. Y en el cielo entreabierto
será dado ver a todos los pecadores arrepentidos, las doradas
puertas de la nueva Jerusalén. Porque tan inmensa es la caridad de
Dios, querido Alton, que ningún hombre podría entrar directamente
en contacto con ella sin caer por tierra con los huesos esponjosos.
-Por eso yo daré a los hombres mi interpretación del Apocalipsis
y luego me iré a la montaña a hacer penitencia y a rogar por ellos.
-Así es Alton, pero ahora vete a dormir porque tengo que
meditar y es la hora en que el hombre alado viene a hablarme a la
oreja. Tú también tienes que dormir porque mañana, si no, no tendrás
fuerza para estrangular al réprobo...
-Y al Rey de Babilonia.
-Así es.
Lento separóse de la gradinata el Hombre que vio a la Partera.
El Astrólogo entró a la casa y subiendo por una escalera que estaba a
un costado del vestíbulo, se internó en una habitación
extremadamente alargada, cruzada en los altos por las vigas que
soportaban las alfajías del techo, que allí extendía su oblicua ala.
En los muros desconchados no había ningún grabado. En un
rincón estaban los baúles de Gregorio Barsut y bajo un ojo de buey
una cama de madera pintada de rojo. Una manta negra formaba
baturrillo con las sábanas blancas. Sentóse pensativamente el
Astrólogo a la orilla del lecho. Su gabán se entreabrió dejando ver
desnudo el pecho velludo. En horqueta abrió la yema de los dedos
sobre sus mostachos de foca, y frunciendo el ceño quedóse
contemplando un baúl en el rincón.
Quería hacer salta su pensamiento a una novedad exterior,
que rompiendo el monorritmo de sus sensaciones le devolviera la
presencia de ánimo que, anteriormente a la determinación de
asesinar a Barsut, estaba en él.
-Son veinte mil pesos -pensó-, veinte mil pesos que servirán para
instalar los prostíbulos y la colonia... la colonia...
Sin embargo no veía claro. Las ideas se le escapaban como
sombras, sus pensamientos desleídos por el sobresalto permanente
hacían estéril toda concentración. De pronto dióse una palmada en la
frente y jubiloso pasó al desván inmediato arrastrando un cajón, de
cuya tapa mal retenida por los flejes se desprendía espeso polvo.
Sin cuidarse por las bocamangas del gabán que se le llenaban de
tierra blanca, destapó el cajón. Mezclábanse allí soldados de plomo
con muñecos de madera, y era aquello un hacinamiento de payasos,
generalitos, clowns, princesas y extraños monstruos gordos con
narices averiadas y bocas de sapo.
Cogió un trozo de cuerda, y dirigiéndose al rincón, ató ésta a dos
clavos, uniendo así el ángulo que formaban los dos muros con
improvisada bisectriz. Hecho esto tomó del cajón varios fantoches,
arrojándolos sobre la cama. Con trozos de piola amarró la garganta
de cada pelele, y tan absorbido estaba en la labor, que no se apercibió
que el viento empujaba por el ventanillo abierto el agua de la lluvia,
que había arreciado.
Trabajaba entusiasmado. Cuando hubo acollarado la garganta
de los muñecos con piolines que recortaba de mayor a menor, los
llevó hasta el rincón, amarrándolos de la soga. Terminada su obra,
quedóse contemplándola. Los cinco fantoches ahorcados movían
sus sombras de capuchón en el muro rosado. El primero, un pierrot
sin calzones, pero con una blusa a cuadritos blancos y negros; el
segundo, un ídolo de chocolate y labios bermellón, cuyo cráneo de
sandía estaba a la altura de los pies del pierrot; el tercero, más abajo
aún, era un pierrot automático, con un plato de bronce clavado en el
estómago y cara de mono; el cuarto era un marinero de pasta de
cartón azul, y el quinto un negro desnarigado mostrando una llaga
de yeso por la vitola blanca de un cuello patricio. Satisfecho
contempló su obra el Astrólogo. Estaba de espaldas a la lámpara, y
hasta el techo alcanzaba su silueta negra. Habló fuertemente:
-Vos, pierrot, sos Erdosain; vos, gordo, sos el Buscador de Oro;
clown, sos el Rufián; y vos, negro, sos Alfón. Estamos de acuerdo.
Terminada su arenga, separó el baúl de Barsut del muro, y
colocándolo frente a los muñecos sentóse ante ellos. Y así comenzó
un diálogo silencioso, cuyas preguntas partían de él, recibiendo en su
interior la respuesta cuando fijaba la mirada en el fantoche
interrogado.
Su pensamiento tomó una claridad sorprendente. Necesitaba
expresar sus ideas en un sistema telegráfico, vibrante,
interrumpido, como si todo él tuviera que acompasar el ritmo del
pensamiento a una misteriosa trepidación de entusiasmo.
Pensaba:
-Es necesario instalar fábricas de gases asfixiantes. Conseguirse
químico. Células, en vez de automóviles camiones. Cubiertas
macizas. Colonia de la cordillera, disparate. O no. Sí. No. También
orilla Paraná una fábrica. Automóviles blindaje cromo acero níquel.
Gases asfixiantes importantes. En la cordillera y en el Chaco estallar
revolución. Donde haya prostíbulos, matar dueños. Banda asesinos
en aeroplano. Todo factible. Cada célula radiotelegrafía. Código y
onda cambiante sincrónicamente. Corriente eléctrica con caída de
agua. Turbinas suecas. Erdosain tiene razón. ¡Qué grande es la vida!
¿Quién soy yo? Fábrica de bacilos bubónica y tifus exantemático.
Instalar academia estudios comparativos revolución francesa y rusa.
También escuela de propaganda revolucionaria. Cinematógrafo
elemento importante. Ojo. Ver cinematógrafo. Erdosain que estudie
ramo. Cinematógrafo aplicado a la propaganda revolucionaria. Eso
es.
Ahora el ritmo del pensamiento se atemperaba. Decíase:
-¿Cómo poner en cada conciencia el entusiasmo revolucionario
que hay en la mía? Eso, eso, eso. ¿Con qué mentira o verdad? ¡Qué
rápido es el tiempo que pasa! ¡Y qué triste! Porque eso es cierto. Hay
tanta tristeza en mí, que si ellos la conocieran se asombrarían. Y yo
solo sostenerlo todo.
Se acurrucó en el sofá. Tenía frío. En las sienes le batían
fuertemente las venas.
-El tiempo que se escapa. Eso. Eso. Y todos que se dejan estar
caídos como bolsas. Nadie que quiera volar. ¿Cómo convencerlos a
esos burros de que tienen que volar? Y sin embargo, la vida es otra.
Otra como ellos no la conciben tan siquiera. El alma como un
océano agitándose dentro de setenta kilos de carne. Y la misma carne
que quiere volar. Todo en nosotros está deseando subir hasta las
nubes, hacer reales los países de las nubes... pero ¿cómo?... Siempre
aparece este «cómo» y yo... yo aquí, sufriendo por ellos,
queriéndolos como si los hubiera parido, porque los quiero a estos
hombres... a todos los quiero. Están encima de la tierra porque sí,
cuando debían estar de otro modo. Y sin embargo los quiero. Lo estoy
sintiendo ahora. Quiero a la humanidad. Los quiero a todos como si
todos estuvieran atados a mi corazón con un hilo fino. Y por ese hilo
se llevan mi sangre, mi vida, y sin embargo, a pesar de todo, hay
tanta vida en mí, que quisiera que fueran muchos millones más para
quererlos más aun y regalarles mi vida. Sí, regalársela como un
cigarrillo. Ahora me explico el Cristo. ¡Cuánto debió quererla a la
humanidad! Y sin embargo soy feo. Mi enorme cara ancha es fea. Y
sin embargo debiera ser lindo, lindo como un dios. Pero mi oreja es
como un repollo y mi nariz como un tremendo hueso fracturado de
un puñetazo. Pero qué importa eso. Soy hombre y basta. Y necesito
conquistar. Es todo. Y no daría uno solo de mis pensamientos a
cambio del amor de la más linda mujer.
De pronto unas palabras anteriores cruzan su memoria, y el
Astrólogo se dice:
-¿Por qué no?... Podemos fabricar cañones, como dice Erdosain.
El procedimiento es fácil. Además, que no es necesario que tengan
una resistencia para mil descargas. Una revolución que durara ese
tiempo sería un fracaso.
Las palabras callan en él. En la oscuridad se abre hacia el
interior de su cráneo un callejón sombrío, con vigas que cruzan el
espacio uniendo los tinglados, mientras que entre una neblina de
polvo de carbón los altos hornos, con sus atalajes de refrigeración que
fingen corazas monstruosas, ocupan el espacio. Nubes de fuego
escapan de los tragantes blindados y la selva más allá se extiende
tupida e impenetrable.
El Astrólogo siente recobrada su personalidad, que le sensación
del tiempo extraño le había arrebatado.
Piensa, piensa que es posible fabricar acero níquel y construir
cañones de tubos enchufados. ¿Por qué no? Su pensamiento se
desliza ahora sobre los obstáculos con flexibilidad. Entonces con el
dinero suministrado por los prostíbulos se comprarían en los
diversos puntos de la República terrenos a un precio insignificante.
Allí los miembros de la logia pondrían las bases de cemento armado
para emplazar las piezas de artillería, simulándose construcciones
de galpones para conservar cereales.
Le exaltaba la posibilidad de crear un ejército revolucionario
dentro del país, que se sublevaría mediante una señal radiotelefónica.
¿Por qué no? Acero, cromo, níquel. Como un sortilegio la palabra
hiende su imaginación. Acero, cromo, níquel. Cada jefe de célula
estaría a cargo de una batería. ¿Qué es necesario, en resumen? Que
los cañones disparen quinientos, cuatrocientos proyectiles. Y los
automóviles con ametralladoras. ¿Por qué no? Cada diez hombres
una ametralladora, un automóvil, un cañón. ¿Por qué no ensayar?
Lentamente, en el fondo de la negra noche, un gigantesco
huevo de acero al rojo blanco, entre dos columnas, dobla lentamente
su punta hacia una cúpula. Es el convertidor de Bessemer accionado
por un pistón hidráulico. Un torrente de chispas y llamas ardientes
se escapa de la punta del huevo de acero. Es el hierro que se
convierte en acero soliviantado en la base por un chorro de aire de
centenares de atmósferas de presión. Acero, cromo, níquel. ¿Por qué
no ensayar? Su pensamiento se fija en cien detalles. No ha mucho la
voz de adentro le ha preguntado:
-¿Por qué motivo la felicidad humana ocupa tan poco espacio?
Esta verdad le entristece la vida. El mundo debía ser de unos
pocos. Y estos pocos caminar con pasos de gigantes.
Es necesario crearse la complicación. Y ver claro. Primero matarlo
a Barsut, después instalar el prostíbulo, la colonia en la montaña...
pero ¿cómo hacer desaparecer el cadáver? ¿No es estúpido esto de
que él, el hombre que encuentra fácil construir un cañón y fabricar
acero, cromo, níquel, tenga tantas dudas para hacer desaparecer un
cadáver? Cierto es que no debía pensar... se le quemará... quinientos
grados son suficientes para destruir un cadáver contenido en un
recipiente. Quinientos grados.
El tiempo y el cansancio corren por su mente. No quisiera
pensar, y de pronto la voz, la voz independiente de su boca y de su
voluntad, susurra de adentro para distraerlo un poco:
-El movimiento revolucionario estallará a la misma hora en
todos los pueblos de la República. Asaltaremos a los cuarteles.
Comenzaremos por fusilar a todos los que puedan alborotar un
poco. En la capital se lanzarán días antes algunos kilogramos de tifus
exantemático y de peste bubónica. Por medio de aeroplanos y en la
noche. Cada célula inmediata a la capital cortará los rieles del
ferrocarril. No dejaremos entrar ni salir trenes. Dominada la cabeza,
suprimido el telégrafo, fusilados los jefes, el poder es nuestro. Todo
esto es una locura posible, y siempre se vive en una atmósfera de
sueño y como de sonambulismo cuando se está en camino de realizar
las cosas. Sin embargo, se va hacia ellas con una lentitud tan rápida
que todo es sorprendente cuando se ha conseguido. Para ello es
necesario sólo voluntad y dinero... Podemos organizar aparte de las
células una gavilla de asesinos y de asaltantes. ¿De cuántos
aeroplanos dispondrá el ejército? Pero cortados los medios de
comunicación, asaltados los cuarteles, fusilados los jefes, ¿quién
mueve ese mecanismo? Este es un país de bestias. Hay que fusilar.
Es lo indispensable. Sólo sembrando el terror nos respetarán. El
hombre es así de cobarde. Una ametralladora... ¿Cómo se
organizarán las fuerzas que deben combatirnos? Suprimido el
telégrafo, el teléfono, cortados los rieles... Diez hombres pueden
atemorizar a una población de diez mil personas. Basta que tengan
una ametralladora. Son once millones de habitantes. El norte, con los
yerbales, nos respondería. Tucumán y Santiago del Estero, con los
ingenios... San Juan, con los medio-comunistas... Sólo tenemos por
delante el ejército. Los cuarteles se pueden asaltar de noche.
Secuestrado el pañol de armas, fusilados los jefes y ahorcados los
sargentos, con diez hombres nos podemos apoderar de un cuartel
de mil soldados siempre que tengamos una ametralladora. Es tan
fácil eso. Y las bombas de mano, ¿dónde dejo las bombas de mano?
Sólo sorpresa simultánea en todo el país, diez hombres por pueblo y
la Argentina es nuestra. Los soldados son jóvenes y nos seguirán. A
los cabos los ascenderemos a oficiales y tendremos el más
inverosímil ejército rojo que haya conocido la América. ¿Por qué no?
¿Qué es el asalto al banco de San Martín, el asalto del hospital
Rawson, el asalto de la agencia Martelli en Montevideo? Tres
diarieros audaces y se terminó una ciudad.
Un rencor sordo hace latir apresuradamente sus venas. La
sangre corre en tumulto por su cuerpo recio y tenso en una posición
de asalto. Se siente más fuerte que nunca, la fuerza del que puede
hacer fusilar.
Oscilaba la luz eléctrica bajo las sonoras descargas de la
tempestad, pero el Astrólogo sentado de espaldas a la cama, sobre el
baúl, con las piernas cruzadas, el mentón clavado en la palma de la
mano y con el codo apoyado en la rodilla, no apartaba los ojos de sus
cinco peleles cuyas sombras andrajosas temblaban en el muro
enrosado.
Tras él la lluvia que entraba por el ventanillo hacía un charco en
el piso, las preguntas y respuestas se cruzaban en silencio, a
momentos una arruga enfoscaba la frente del astrólogo, luego sus
ojos inmóviles, en su rostro romboidal, asentían con un parpadeo
lento a una contestación en acuerdo con sus deseos, y así permaneció
hasta el amanecer, hora en que, levantándose del baúl, irónicamente
les volvió la espalda a los cinco muñecos que permanecieron en la
soledad del cuartujo, bamboleándose bajo la banderola, como cinco
ahorcados.
Caviló un instante, luego apresuradamente bajó las escaleras,
dejó el portal, y a grandes pasos se dirigió entre las tinieblas a la
cochera donde se encontraba Barsut.
Ya no llovía. Las nubes se habían resquebrajado, dejando ver en
un claro celeste un pedazo amarillo de luna.
Interin ocurrían estos sucesos, en el Hospicio de las Mercedes.
Ergueta entraba en lo que él más tarde llamaría «el conocimiento de
Dios». Así fue.
Despertó al amanecer en la sala. Un paralelepípedo de luna
ponía un rectángulo azul en el encalado del muro frente a su cama.
A través de los barrotes de la ventana abierta se veía al cielo
encuadrado por el contramarco, un cielo poroso y seco de azul como
yeso teñido de metileno. En el retículo de los hierros temblaban los
hilos de agua de una estrella.
Ergueta se rascó concienzudamente la nariz, aunque no sentía
mayor preocupación. Comprendía que se encontraba en la casa de
los locos, pero ése «era un asunto que no le concernía».
Le preocupaba si hubieran encalabozado su espíritu, pero el que
en realidad estaba encarcelado en el manicomio era su cuerpo, su
cuerpo que pesaba noventa kilos, y que ahora con cierto resquemor
inexplicable recordaba que había rodado por los lupanares. Y sin
poder evitarlo revisaba como un espectáculo oprobioso la vida
sensual con que se había regodeado. Mas, ¿qué tenía que ver su
espíritu con tal carnaza furiosa?
Era ésa una realidad tan evidente para su entendimiento, que lo
asombró de que los médicos no repararan aún en tal diferencia.
Ergueta se sintió maravillado de su descubrimiento. El ya no era
un hombre, sino un espíritu, «sensación pura de alma», con riberas
nítidamente recortadas dentro de la carnicera armazón de su físico,
como las nubes en los espacios infinitos.
Estaba ligeramente alegre. Ya noches anteriores tuvo la certeza
de que podía apartarse de su cuerpo, dejarlo abandonado como a un
traje. Al descubrirla, esta súbita seguridad le proporcionó un miedo
liviano. Hasta en determinados momentos tuvo en la epidermis la
sensación que sólo se tocaba con los bordes de su alma, de forma
que el equilibrio de su cuerpo próximo a caer, y el de su piel, le
causaba náuseas. Era como si descendiera a suma velocidad en un
ascensor.
Texto original em espanhol preservado no Literunico para leitura comparada com a edição/tradução da Copa Literunico. Fonte-base: https://archive.org/details/LosSieteLocos_201807
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