Capítulo 12
Capítulo XII
Capítulo XII: Amor
Isabel, en cuya alma no se había eclipsado un momento la imagen del gallardo
mexicano, apenas estuvo sola, se puso a pensar con toda libertad en aquella
aparición que venía a derramar una nueva luz sobre su porvenir.
En las organizaciones dulces y tímidas como la de Isabel, el amor comienza así,
apoderándose rápidamente y con más fuerza, a medida que es más débil el espíritu
que domina.
La joven comenzó a decirse todas esas palabras que, sin salir de los labios,
causan rubor a las niñas y las hacen recelar las miradas y los oídos extraños, como
si el fondo de su pensamiento y de su corazón pudiese ser visto, y como si el
acento de su voz íntima pudiese ser escuchado.
- ¡Qué interesante es! ¡Cuánta elegancia en su traje y en sus actitudes! ¡Qué
delicadeza en sus maneras! ¡Qué valor se descubre en su carácter! ¡Qué talento en
sus palabras! Pero, sobre todo, sus ojos tienen algo que subyuga, que atrae, que
penetra hasta el corazón.
Y luego Isabel pasaba revista en su memoria a sus adoradores antiguos; los
comparaba con Enrique, y aun haciendo todos los esfuerzos posibles para
ennoblecerlos, para poetizarlos, para exagerar sus cualidades brillantes, los
encontraba inferiores, los encontraba prosaicos, por más que evocaba en su favor
toda la antigüedad del afecto, todo el orgullo del patriotismo.
No, no había nadie igual a su nuevo amigo.
- Pero este hombre -añadía- no puede, no debe tener el corazón libre; es
preciso, es seguro que ame a otra, que haaya dejado en México a la querida de su
alma, porque con tales cualidades, sería absurdo suponer que no hubiese habido,
no digo una mujer, sino cien mujeres que le amasen.
Y este pensamiento le hacía mal.
- Y ¿qué me importa, después de todo, que tenga amores y que le adoren en
México o en cualquiera otra parte? ¿Acaso yo puedo amarle, acaso él no es un ave
de paso que durará aquí el tiempo que tarden los franceses en venir? ¿Acaso
sabemos quién es? ¡Qué loca soy en estar pensando esto!
Y procurando distraerse y hacerse ruido, se sentaba al piano y ensayaba una
melodía; pero la música ejercía luego en su espíritu su natural influencia; latía su
corazón, y la imagen del bello oficial venía a interponerse entre sus ojos y el papel
de música extendido sobre el atril. Entonces se interrumpía, quedábase
meditabunda otra vez, y recordaba a Clemencia.
Le parecía que su amiga había hablado de Enrique con más interés del que es
natural respecto de una persona a quien se ve por vez primera. Le había visto
dirigir a Flores frecuentes miradas, y aun estaba segura de que había quedado
impresionada fuertemente. Y era de suponerse; Clemencia era una mujer de
imaginación exaltada y ardiente, amaba también lo bello ¿cómo no había de haber
encontrado digno de atención a aquel joven tan privilegiado? Pero Clemencia era
orgullosa y dominadora, sabía disimular sus inclinaciones, y no quería por nada de
este mundo cometer la debilidad de indicar con una sola mirada, con una sola
palabra, el afecto de su corazón.
Así es que no había motivo para tener una rivalidad... por lo pronto. Pues
aunque Clemencia era acusada de coqueta hacía algún tiempo, y gustaba de
avasallar a todo el mundo, no lograría en este caso nada, interponiéndose, como se
interponía, el amor de una amiga tan querida; sobre todo, Enrique iba a estar
enamorado dentro de poco tiempo, y eso bastaba.
Tales eran las ideas que en tumulto se levantaban en el alma de Isabel.
Y cuando el pensamiento de su antagonismo con Clemencia la preocupaba más
fuertemente, cuando suponía que su amiga, atropellando todas las consideraciones
había de acometer la empresa de subyugar a Enrique, Isabel se levantaba
apresuradamente, se ponía frente a uno de los grandes espejos que adornaban su
salón, veía retratada en él su imagen y sonreía con aire de triunfo. Era bella, no con
la belleza de su amiga, sino con una belleza más pura, más poética, más ideal.
- Enrique no puede enamorarse sino de una mujer que hable a su alma -
pensaba.
Pero inmediatamente, y cándida e inexperta como era, sentía que en las
miradas de Enrique y en su sonrisa había algo que no era enteramente puro, algo
semejante al deseo, algo que parecía abrasar, y la niña recordaba que sus mejillas
se habían encendido, y sus labios habían temblado, y palpitado su corazón al sentir
la influencia de esos ojos azules que parecían despedir llamas sobre todo aquello en
que se fijaban.
Entonces un misterioso terror se apoderaba de ella, y había alguna voz íntima
que le decía que aquel hombre era peligroso para su virtud y para su reposo, o bien
que Clemencia, la mujer de las miradas de fuego, era la que debía cautivar la
naturaleza sensual del joven mexicano.
Tan diversos pensamientos estuvieron atormentando a la bella rubia durante
algunas horas, hasta que la llegada de algunos amigos jóvenes de Guadalajara, que
tenían costumbre de hacerle la corte, vino a distraerla de su penosa agitación.
Pero, en lugar de que la visita y la conversación de sus antiguos adoradores
pudieran consolarla y aun hacerle olvidar sus preocupaciones anteriores, sólo
sirvieron para darles más fuerza.
Isabel, que permanecía obstinadamente callada o que apenas se dignaba
mezclar en la conversación algunas palabras sin sentido, había estado observando,
fijamente y como pensativa, a los jóvenes, los había comparado con aquella imagen
que tenía tan presente en la memoria y concluía con hacer un pequeño movimiento de impaciencia, que cualquiera que hubiese leído en su aalma habría traducido de
este modo.
- Ninguno es como él.
Y en efecto, no podían comparársele desde ningún punto de vista.
Los pobres muchachos se despidieron sin comprender el porqué de aquella
taciturnidad y preocupación que habían notado en la bella rubia, por lo regular tan
risueña, tan franca y comunicativa.
Vino la noche, y con ella el insomnio de la mujer enamorada y el tropel de
profundas meditaciones y de vehementes sentimientos.
Nuevas reflexiones la asaltaron en las horas de reposo, otra vez vino la imagen
de Clemencia a aparecérsele con todo el brillo de una hermosura irresistible y con
la actitud y la sonrisa del triunfo, y todo esto, unido al violento deseo de que fuera
de día y de volver a ver al bello oficial, la hizo pasar en una verdadera tortura las
primeras horas de aquella noche malhadada.
Había llegado para Isabel el fatal instante de amar. Los afectos que antes
abrigaba en su alma y que se habían apoderado de ella, lenta y tibiamente,
desaparecieron para dar lugar sólo a ese amor imperioso que había venido como la
tempestad y que había herido como el rayo.
Todavía no era una pasión, pero sin duda alguna podía llegar a serlo; e Isabel lo
comprendía en el vago temor que sentía al pensar en Enrique, y que la obligaba a
rezar para buscar apoyo en Dios, contra ese sentimiento que parecía dominar su
corazón de una manera tan desconocida como inesperada.
Al día siguiente, Isabel estaba tan pálida, tan pensativa, demostraba tal
agitación y tal malestar, que su madre, alarmada, no pudo menos de preguntarle la
causa de aquella novedad que era tan perceptible. Isabel pretextó un fuerte dolor
de cabeza, procuró ocultar a los ojos de todos sus sensaciones, fingiendo una
alegría que a medida que era más extraordinaria parecía menos natural.
Vistióse con esmero, y aun podría decirse con coquetería. Sentóse al piano;
pero cambiando a menudo papeles y no concluyendo ninguna pieza que
comenzaba, más bien parecía agitada por una impaciencia febril, que inspirada por
el numen de la melodía. Jugaba con las teclas, improvisaba, mezclaba las armonías
tristes de los maestros italianos con las notas profundas de la música alemana o
con las alegres y ligeras de los maestros franceses. En fin, pensaba tocando y
traducía en el piano sus pensamientos desordenados y confusos, y se volvía
frecuentemente hacia la puerta, como si esperase la aparición que evocaba en lo
íntimo de su alma.
Así pasaron como siglos las horas de la mañana. Llegó la tarde, e Isabel pensó
salir a dar un paseo para distraerse; pero temiendo que su primo y su amigo no la
encontrasen, en caso de venir, prefirió quedarse sufriendo aquellos dulces
tormentos de la expectativa y de la soledad.
No se engañó: dieron las cuatro, y la voz armoniosa de Enrique sonó en los
corredores. El corazón de Isabel palpitó apresurado y, cubierto de rubor el semblante, la joven miró a la puerta por donde en efecto aparesemblante, la joven miró a la puerta por donde en efecto aparecieron los dos
oficiales.