La prenda del payador Santos Vega · Capítulo 3 de 4
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La prenda del payador

La prenda del payador

El sol se oculta: inflamado

el horizonte fulgura,

y se extiende en la llanura

ligero estambre dorado.

Sopla el viento sosegado,

y del inmenso circuito

no llega al alma otro grito,

ni al corazón otro arrullo,

que un monótono murmullo,

que es la voz de lo infinito.

Santos Vega cruza el llano,

alta el ala del sombrero,

levantada del pampero

al impulso soberano.

Viste poncho americano,

suelto en ondas de su cuello,

y chispeando en su cabello

y en el bronce de su frente,

lo cincela el sol poniente

con el último destello.

¿Dónde va? Vese distante

de un ombú la copa erguida,

como espiando la partida

de la luz agonizante.

Bajo la sombra gigante

de aquel árbol bienhechor,

su techo, que es un primor

de reluciente totora,

alza el rancho donde mora

la prenda del payador.

Ella, en el tronco sentada,

meditabunda le espera,

y en su negra cabellera

hunde la mano rosada.

Le ve venir: su mirada,

más que la tarde, serena,

se cierra entonces sin pena,

porque es todo su embeleso

que él la despierte de un beso

dado en su frente morena.

No bien llega, el labio amado

toca la frente querida,

y vuela un soplo de vida

por el ramaje callado...

Un ¡ay! apenas lanzado,

como susurro de palma

gira en la atmósfera en calma;

y ella, fingiéndole enojos,

alza a su dueño unos ojos

que son dos besos del alma.

Cerró la noche. Un momento

quedó la Pampa en reposo,

cuando un rasgueo armonioso

pobló de notas el viento.

Luego, en el dulce instrumento

vibró una endecha de amor,

y en el hombro del cantor,

llena de amante tristeza,

ella dobló la cabeza

para escucharlo mejor.

«Yo soy la nube lejana

(Vega en su canto decía)

que con la noche sombría

huye al venir la mañana;

soy la luz que en tu ventana

filtra en manojos la luna;

la que de niña, en la cuna,

abrió tus ojos risueños;

la que dibuja tus sueños

en la desierta laguna.

Yo soy la música vaga

que en los confines se escucha,

esa armonía que lucha

con el silencio, y se apaga;

el aire tibio, que halaga

con su incesante volar

que del ombú, vacilar

hace la copa bizarra;

y la doliente guitarra

¡que suele hacerte llorar!...»

Leve rumor de un gemido,

de una caricia llorosa,

hendió la sombra medrosa,

crujió en el árbol dormido.

Después, el ronco estallido

de rotas cuerdas se oyó;

un remolino pasó

batiendo el rancho cercano

y en el circuito del llano

todo en silencio quedó.

Luego, inflamando el vacío,

se levantó la alborada,

con esa blanca mirada

que hace chispear el rocío;

y cuando el sol en el río

vertió su lumbre primera

se vio una sombra ligera

en occidente ocultarse,

y el alto ombú balanceare

sobre una antigua tapera .

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