Universo da obra
Universo da obra
Le _Gaucho_ vit de privations,
mais son luxe est la liberté. Fier
d'une indépendance sans bornes,
ses sentiments sauvahes comme sa
vie, sont pourtant nobles et bons.
En el capítulo primero hemos dejado al campesino argentino en el momento
en que ha llegado a la edad viril tal cual lo ha formado la naturaleza y
la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre,
independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin ideas de
gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo punto
imposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a entrar
en otra escala de la vida campestre que, aunque vulgar, es el punto de
partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver
desenvolverse muy luego.
No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente pastores; que en
éstos toma la fisonomía fundamental, dejando las modificaciones
accidentales que experimentan para indicar a su tiempo los efectos
parciales. Hablo de la asociación de estancias, que, distribuídas de
cuatro en cuatro leguas más o menos, cubren la superficie de una
provincia.
Las campañas agrícolas se subdividen y se diseminan también en la
sociedad, pero en una escala muy reducida: un labrador colinda con otro,
y los aperos de la labranza y la multitud de instrumentos, aparejos,
bestias que ocupa, etcétera, lo variado de sus productos y las diversas
artes que la agricultura llama en su auxilio, establecen relaciones
necesarias entre los habitantes de un valle y hacen indispensable un
rudimento de villa que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidados
y faenas que la labranza exige requieren tal número de brazos, que la
ociosidad se hace imposible y los varones se ven forzados a permanecer
en el recinto de la heredad. Todo lo contrario sucede en esta singular
asociación. Los límites de la propiedad no están marcados; los ganados,
cuanto más numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga de
todas las faenas domésticas y fabriles. El hombre queda desocupado, sin
goces, sin ideas, sin atenciones forzosas; el hogar doméstico le
fastidia, lo expele, digámoslo así. Hay necesidad, pues, de una sociedad
ficticia para remediar esta desasociación normal. El hábito contraído
desde la infancia de andar a caballo es un nuevo estímulo para dejar la
casa. Los niños tienen el deber de echar caballos al corral apenas sale
el sol, y todos los varones, hasta los pequeñuelos, ensillan su caballo,
aunque no sepan qué hacerse. El caballo es una parte integrante del
argentino de los campos; es para él lo que la corbata para los que viven
en el seno de las sociedades. El año 41, el Chacho, caudillo de los
llanos, emigró a Chile.«--¿Cómo le va, amigo?--le preguntaba uno.--¡Cómo
me ha de ir!--contestó con el acento del dolor y de la melancolía--, en
Chile y a pie.» Sólo un gaucho argentino sabe apreciar todas las
desgracias y todas las angustias que estas dos frases expresan.
Aquí vuelve a aparecer la vida árabe, tártara. Las siguientes palabras
de Víctor Hugo parecen escritas en la Pampa: «No podría combatir a pie;
no hace sino una sola persona con su caballo. Vive a caballo; trata,
compra y vende a caballo; bebe, come, duerme y sueña a caballo.»
Salen, pues, los varones sin saber fijamente adónde. Una vuelta a los
ganados, una visita a una cría o a la querencia de un caballo
predilecto, invierte una pequeña parte del día; el resto lo absorbe una
reunión en una venta o _pulpería_. Allí concurren cierto número de
parroquianos de los alrededores; allí se dan y adquieren las noticias
sobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas del
ganado; sábese dónde caza el tigre, dónde se le han visto los rastros al
león; allí se arman las carreras, se reconocen los mejores caballos;
allí, en fin, está el cantor, allí se fraterniza por el circular de la
copa y las prodigalidades de los que poseen.
En esta vida tan sin emociones, el juego sacude los espíritus enervados,
el licor enciende las imaginaciones adormecidas. Esta asociación
accidental de todos los días viene por su repetición a formar una
sociedad más estrecha que la de donde partió cada individuo, y en esta
asamblea sin objeto público, sin interés social, empiezan a echarse los
rudimentos de las reputaciones que más tarde, y andando los años, van a
aparecer en la escena política. Ved cómo:
El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas físicas, la
destreza en el manejo del caballo, y, además, el valor. Esta reunión,
este _club_ diario es un verdadero circo olímpico, en que se ensayan y
comprueban los quilates del mérito de cada uno.
El gaucho anda armado del cuchillo, que ha heredado de los españoles;
esta peculiaridad de la península, este grito característico de
Zaragoza: _¡Guerra a cuchillo!_, es aquí más real que en España. El
cuchillo, a más de un arma, es un instrumento que le sirve para todas
sus ocupaciones; no puede vivir sin él; es como la trompa del elefante:
su brazo, su mano, su dedo, su todo. El gaucho, a la par del jinete,
hace alarde de valiente, y el cuchillo brilla a cada momento,
describiendo círculos en el aire, a la menor provocación, sin
provocación alguna, sin otro interés que medirse con un desconocido;
juega a las puñaladas como jugaría a los dados. Tan profundamente entran
estos hábitos pendencieros en la vida íntima del gaucho argentino, que
las costumbres han creado sentimientos de honor y una esgrima que
garantiza la vida. El hombre de la plebe de los demás países toma el
cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para
pelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy borracho, es preciso
que tenga instintos verdaderamente malos o rencores muy profundos, para
que atente contra la vida de su adversario. Su objeto es sólo
_marcarlo_, darle una tajada en la cara, dejarle una señal indeleble.
Así se ve a estos gauchos llenos de cicatrices que rara vez son
profundas. La riña, pues, se traba por brillar, por la gloria del
vencimiento, por amor a la reputación. Ancho círculo se forma en torno
de los combatientes, y los ojos siguen con pasión y avidez el centelleo
de los puñales que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangre
corre a torrentes, los espectadores se creen obligados en conciencia a
separarlos. Si sucede alguna _desgracia_, las simpatías están por el que
se desgració; el mejor caballo le sirve para salvarse a parajes lejanos,
y allí lo acoge el respeto o la compasión. Si la justicia le da alcance,
no es raro que haga frente, y si _corre a la partida_, adquiere un
renombre desde entonces que se dilata sobre una ancha circunferencia.
Transcurre el tiempo, el juez ha sido mudado, y ya puede presentarse de
nuevo en su pago sin que se proceda a ulteriores persecuciones; está
absuelto. Matar es una desgracia, a menos que el hecho se repita tantas
veces, que inspire horror el contacto del asesino. El estanciero don
Juan Manuel Rosas, antes de ser hombre público, había hecho de su
residencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jamás
consintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que se
explicarían fácilmente por su carácter de gaucho propietario, si su
conducta posterior no hubiese revelado afinidades que han llenado de
espanto el mundo.
En cuanto a los juegos de equitación, bastaría indicar uno de los muchos
en que se ejercitan, para juzgar del arrojo que para entregarse a ellos
se requiere. Un gaucho pasa a todo escape por enfrente de sus
compañeros. Uno le arroja un tiro de bolas que en medio de la carrera
maniata al caballo. Del torbellino de polvo que levanta éste al caer,
vese salir al jinete corriendo, seguido del caballo, a quien el impulso
de la carrera interrumpida hace avanzar obedeciendo a las leyes de la
física. En este pasatiempo se juega la vida y a veces se pierde.
¿Creeráse que estas proezas, la destreza y la audacia en el manejo del
caballo, son las bases de las grandes ilustraciones que han llenado con
su nombre la República Argentina y cambiado la faz del país? Nada es más
cierto, sin embargo. No es mi ánimo persuadir que el asesinato y el
crimen hayan sido siempre una escala de ascensos. Millares son los
valientes que han parado en bandidos obscuros; pero pasan de centenares
los que a estos hechos han debido su posición. En todas las sociedades
despotizadas, las grandes dotes naturales van a perderse en el crimen;
el crimen, el genio romano que conquistara el mundo, es hoy el terror de
los Lagos Pontinos, y los Zumalacárregui, los Mina españoles, se
encuentran a centenares en Sierra Leona. Hay una necesidad para el
hombre de desenvolver sus fuerzas, su capacidad y ambición, que, cuando
faltan los medios legítimos, él se forja un mundo con su moral y sus
leyes aparte, y en él se complace en mostrar que había nacido Napoleón o
César.
Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espíritu es inútil e
imposible, donde los negocios municipales no existen; donde el bien
público es una palabra sin sentido, porque no hay público, el hombre
dotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello los
medios y los caminos que encuentra. El gaucho será un malhechor o un
caudillo, según el rumbo que las cosas tomen en el momento en que ha
llegado a hacerse notable.
Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión, y
para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún. Lo que
al principio dije del capataz de carretas, se aplica exactamente al juez
de campaña. Ante toda otra cosa, necesita valor; el terror de su nombre
es más poderoso que los castigos que aplica. El juez es, naturalmente,
algún famoso de tiempo atrás, a quien la edad y la familia han llamado a
la vida ordenada. Por supuesto que la justicia que administra es de todo
punto arbitraria: su conciencia o sus pasiones lo guían, y sus
sentencias son inapelables. A veces suele haber jueces de éstos que lo
son de por vida y que dejan una memoria respetada. Pero la conciencia de
estos medios ejecutivos y lo arbitrario de las penas forman ideas en el
pueblo sobre el poder de la _autoridad_, que más tarde viene a producir
sus efectos. El juez se hace obedecer por su reputación de audacia
temible, su autoridad, su juicio sin formas, su sentencia, un _yo lo
mando_ y sus castigos inventados por él mismo. De este desorden, quizá
por mucho tiempo inevitable, resulta que el caudillo que en las
revueltas llega a elevarse, posee sin contradicción, y sin que sus
secuaces duden de ello, el poder amplio y terrible que sólo se encuentra
hoy en los pueblos asiáticos.
El caudillo argentino es un Mahoma, que pudiera a su antojo cambiar la
religión dominante y forjar una nueva. Tiene todos los poderes; su
injusticia es una desgracia para su víctima, pero no un abuso de su
parte; porque él puede ser injusto; más todavía: él ha de ser injusto
necesariamente; siempre lo ha sido.
Lo que digo del juez es aplicable al comandante de campaña. Este es un
personaje de más alta categoría que el primero, y en quien han de
reunirse en más alto grado las cualidades de reputación y antecedentes
de aquél. Todavía una circunstancia nueva agrava, lejos de disminuir, el
mal. El gobierno de las ciudades es el que da el título de comandante de
campaña; pero como la ciudad es débil en el campo, sin influencia y sin
adictos, el gobierno echa mano de los hombres que más temor le inspiran
para encomendarles este empleo, a fin de tenerlos en su obediencia;
manera muy conocida de proceder de todos los gobiernos débiles, y que
alejan el mal del momento presente para que se produzca más tarde en
dimensiones colosales. Así, el gobierno papal hace transacciones con los
bandidos, a quienes da empleos en Roma, estimulando con esto el
vandalaje y creándole un porvenir seguro; así, el Sultán concedía a
Mehemet-Alí la investidura de bajá de Egipto, para tener que reconocerle
más tarde Rey hereditario, a trueque de que no le destronase. Es
singular que todos los caudillos de la revolución argentina han sido
comandantes de campaña: López e Ibarra, Artigas y Güemes, Facundo y
Rosas. Es el punto de partida para todas las ambiciones. Rosas, cuando
hubo apoderádose de la ciudad, exterminó a todos los comandantes que lo
habían elevado, entregando este influyente cargo a hombres vulgares que
no pudiesen seguir el camino que él había traído: Pajarito, Celarrayán,
Arbolito, Pancho el Ñato y Molina, eran otros tantos bandidos
comandantes de que Rosas purgó al país.
Doy tanta importancia a estos pormenores porque ellos servirán a
explicar todos nuestros fenómenos sociales y la revolución que se ha
estado obrando en la República Argentina; revolución que está
desfigurada por palabras del Diccionario civil, que la disfrazan y
ocultan, creando ideas erróneas; de la misma manera que los españoles,
al desembarcar en América, daban un nombre europeo conocido a un animal
nuevo que encontraban, saludando con el terrible de león, que trae al
espíritu la idea de la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, al
miserable gato llamado puma, que huye a la vista de los perros, y tigre
al jaguar de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcan
estos fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendrá
luego a mostrar cuán sólidos e indestructibles son.
La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un
accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociación
característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él sólo basta
para explicar toda nuestra revolución. Había antes de 1810 en la
República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles;
dos civilizaciones diversas: la una española, europea, civilizada, y la
otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades
sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras
distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se
acometiesen y, después de largos años de lucha, la una absorbiese a la
otra. He indicado la asociación normal de la campaña, la desasociación,
peor mil veces que la tribu nómade; he mostrado la asociación ficticia,
en la desocupación; la formación de las reputaciones gauchas: valor,
arrojo, destreza, violencias y oposición a la justicia regular, a la
justicia civil de la ciudad. Este fenómeno de organización social
existía en 1810, existe aún, modificado en muchos puntos, modificándose
lentamente en otros e intacto en muchos aún. Estos focos de reunión del
gauchaje valiente, ignorante, libre y desocupado, estaban diseminados a
millares en la campaña. La revolución de 1810 llevó a todas partes el
movimiento y el rumor de las armas. La vida pública, que hasta entonces
había faltado a esta asociación árabe-romana, entró en todas las ventas,
y el movimiento revolucionario trajo al fin la asociación bélica en la
_montonera_ provincial, hija legítima de la venta y de la estancia,
enemiga de la ciudad y del ejército patriota revolucionario.
Desenvolviéndose los acontecimientos, veremos las montoneras
provinciales con sus caudillos a la cabeza; en Facundo Quiroga,
últimamente triunfante en todas partes, la campaña sobre las ciudades, y
dominadas éstas en su espíritu, gobierno y civilización, formarse al fin
el Gobierno central, unitario, despótico del estanciero don Juan Manuel
de Rosas, que clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho y
destruye la obra de los siglos, la civilización, las leyes y la
libertad.
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