Universo da obra
Universo da obra
Cuando la batalla empieza, el tártaro
da un grito terrible, llega, hiere,
desaparece y vuelve como el
rayo.
He necesitado andar todo el camino que dejo recorrido para llegar al
punto en que nuestro drama comienza. Es inútil detenerse en el carácter,
objeto y fin de la revolución de la independencia. En toda la América
fueron los mismos, nacidos del mismo origen, a saber: el movimiento de
las ideas europeas. La América obraba así porque así obran todos los
pueblos. Los libros, los acontecimientos, todo llevaba a la América a
asociarse a la impulsión que a la Francia habían dado Norteamérica y sus
propios escritores; a la España, la Francia y sus libros. Pero lo que
necesito notar para mi objeto es que la revolución, excepto en su
símbolo exterior, independencia del Rey, era sólo interesante e
inteligible para las ciudades argentinas, extraña y sin prestigios para
las campañas. En las ciudades había libros, ideas, espíritu municipal,
Juzgados, derecho, leyes, educación, todos los puntos de contacto y de
mancomunidad que tenemos con los europeos; había una base de
organización, incompleta, atrasada, si se quiere; pero precisamente
porque era incompleta, porque no estaba a la altura de lo que ya se
sabía que podía llegar, se adoptaba la revolución con entusiasmo. Para
las campañas, la revolución era un problema; sustraerse a la autoridad
del Rey era agradable, por cuanto era sustraerse a la autoridad. La
campaña pastora no podía mirar la cuestión bajo otro aspecto. Libertad,
responsabilidad del poder, todas las cuestiones que la revolución se
proponía resolver eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades.
Pero la revolución le era útil en este sentido: que iba a dar objeto y
ocupación a ese exceso de vida que hemos indicado y que iba a añadir un
nuevo centro de reunión, mayor al circunscripto a que acudían
diariamente los varones en toda la extensión de las campañas.
Aquellas constituciones espartanas; aquellas fuerzas físicas tan
desenvueltas; aquellas disposiciones guerreras que se malbarataban en
puñaladas y tajos entre unos y otros; aquella desocupación romana a que
sólo faltaba un Campo de Marte para ponerse en ejercicio activo; aquella
antipatía a la autoridad con quien vivían en continua lucha, todo
encontraba al fin camino por donde abrirse paso y salir a la luz,
ostentarse y desenvolverse.
Empezaron, pues, en Buenos Aires los movimientos revolucionarios, y
todas las ciudades del interior respondieron con decisión al
llamamiento. Las campañas pastoras se agitaron y adhirieron al impulso.
En Buenos Aires empezaron a formarse ejércitos, pasablemente
disciplinados, para acudir al Alto Perú y a Montevideo, donde se
hallaban las fuerzas españolas mandadas por el general Vigodet. El
general Rondeau puso sitio a Montevideo con un ejército disciplinado.
Concurría al sitio Artigas, caudillo célebre, con algunos millares de
gauchos. Artigas había sido contrabandista temible hasta 1804, en que
las autoridades civiles de Buenos Aires pudieron ganarlo y hacerlo
servir en carácter de comandante de campaña en apoyo de esas mismas
autoridades a quienes había hecho la guerra hasta entonces. Si el lector
no se ha olvidado del baqueano y de las cualidades generales que
constituyen el candidato para la comandancia de campaña, comprenderá
fácilmente el carácter e instintos de Artigas.
Un día Artigas, con sus gauchos, se separó del general Rondeau y empezó
a hacerle la guerra. La oposición de éste era la misma que hoy tiene
Oribe sitiando a Montevideo y haciendo a retaguardia frente a otro
enemigo. La única diferencia consistía en que Artigas era enemigo de los
patriotas y de los realistas a la vez. Yo no quiero entrar en
averiguación de las causas o pretextos que motivaron este rompimiento,
ni tampoco quiero darle nombre ninguno de los consagrados en el lenguaje
de la política, porque ninguno le conviene. Cuando un pueblo entra en
revolución, dos intereses opuestos luchan al principio: el
revolucionario y el conservador; entre nosotros se han denominado los
partidos que los sostenían patriotas y realistas. Natural es que,
después del triunfo, el partido vencedor se subdivida en fracciones de
moderados y exaltados; los unos que quieren llevar la revolución en
todas sus consecuencias; los otros, que quieren mantenerla en ciertos
límites. También es del carácter de las revoluciones que el partido
vencido primeramente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de la
división de los vencedores. Pero cuando en una revolución, una de las
fuerzas llamadas en su auxilio se desprende inmediatamente, forma una
tercera entidad, se muestra indiferentemente hostil a unos y a otros
combatientes, a realistas y patriotas; esta fuerza que se separa es
heterogénea; la sociedad que la encierra no ha conocido hasta entonces
su existencia, y la revolución sólo ha servido para que se muestre y
desenvuelva.
Este era el elemento que el célebre Artigas ponía en movimiento;
instrumento ciego, pero lleno de vida, de instintos hostiles a la
civilización europea y a toda organización regular; adverso a la
monarquía como a la república, porque ambas venían de la ciudad y traían
aparejado un orden y la consagración de la autoridad. De este
instrumento se sirvieron los partidos diversos de las ciudades cultas, y
principalmente el menos revolucionario, hasta que, andando el tiempo,
los mismos que lo llamaron en su auxilio sucumbieron, y con ellos la
ciudad, sus ideas, su literatura, sus colegios, sus tribunales, su
civilización.
Este movimiento espontáneo de las campañas pastoriles fué tan ingenuo en
sus primitivas manifestaciones, tan genial y tan expresivo de su
espíritu y tendencias, que abisma hoy el candor de los partidos de las
ciudades que lo asimilaron a su causa y lo bautizaron con los nombres
políticos que a ellos los dividían. La fuerza que sostenía a Artigas en
Entre Ríos era la misma que en Santa Fe a López, en Santiago a Ibarra,
en los Llanos a Facundo. El individualismo constituía su esencia, el
caballo su arma exclusiva, la pampa inmensa su teatro. Las hordas
beduínas que hoy importunan con sus algaradas y depredaciones las
fronteras de la Argelia, dan una idea exacta de la montonera argentina,
de que se han servido hombres sagaces o malvados insignes. La misma
lucha de civilización y barbarie de la ciudad y el desierto existe hoy
en Africa; los mismos personajes, el mismo espíritu, la misma estrategia
indisciplinada entre la horda y la montonera. Masas inmensas de jinetes
vagando por el desierto, ofreciendo el combate a las fuerzas
disciplinadas de las ciudades, si se sienten superiores en fuerza,
disipándose como las nubes de cosacos, en todas direcciones, si el
combate es igual siquiera, para reunirse de nuevo, caer de improviso
sobre los que duermen, arrebatarle los caballos, matar a los rezagados y
a las partidas avanzadas; presentes siempre, intangibles por su falta de
cohesión, débiles en el combate, pero fuertes e invencibles en una larga
campaña, en que, al fin, la fuerza organizada, el ejército, sucumbe
diezmado por los encuentros parciales, las sorpresas, la fatiga, la
extenuación.
La montonera, tal como apareció en los primeros días de la República
bajo las órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad
brutal, y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero
de Buenos Aires estaba reservado convertir en un sistema de legislación
aplicado a la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la América
avergonzada, a la contemplación de la Europa. Rosas no ha inventado
nada; su talento ha consistido sólo en plagiar a sus antecesores y hacer
de los instintos brutales de las masas ignorantes, un sistema meditado y
coordinado fríamente. La correa de cuero sacada al coronel Maciel y de
que Rosas se ha hecho una _manea_ que enseña a los agentes extranjeros,
tiene sus antecedentes en Artigas y los demás caudillos bárbaros,
tártaros. La montonera de Artigas _enchalecaba_ a sus enemigos; esto es,
los cosía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba así
abandonados en los campos. El lector suplirá todos los horrores de esta
muerte lenta. El año 36 se ha repetido este horrible castigo con un
coronel del ejército. El ejecutar con el cuchillo, _degollando_ y no
fusilando, es un instinto de carnicero que Rosas ha sabido aprovechar
para dar todavía a la muerte formas gauchas y al asesino placeres
horribles; sobre todo, para cambiar las formas _legales_ y admitidas en
las sociedades cultas, por otras que él llama americanas y en nombre de
las cuales invita a la América para que salga a su defensa, cuando los
sufrimientos del Brasil, del Paraguay, del Uruguay invocan la alianza de
los poderes europeos a fin de que les ayuden a librarse de este caníbal
que ya los invade con sus hordas sanguinarias. ¡No es posible mantener
la tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdad
histórica, cuando se tropieza a cada paso con la idea de que ha podido
engañarse a la América y a la Europa tanto tiempo con un sistema de
asesinatos y crueldades, tolerables tan sólo en Ashanty o Dahomey, en el
interior de Africa!
Tal es el carácter que presenta la montonera desde su aparición; género
singular de guerra y enjuiciamiento que sólo tiene antecedentes en los
pueblos asiáticos que habitan las llanuras y que no ha debido nunca
confundirse con los hábitos, ideas y costumbres de las ciudades
argentinas, que eran, como todas las ciudades americanas, una
continuación de la Europa y de España. La montonera sólo puede
explicarse examinando la organización íntima de la sociedad de donde
procede. Artigas, baqueano, contrabandista, esto es, haciendo la guerra
a la sociedad civil, a la ciudad; comandante de campaña por transacción,
caudillo de las masas de a caballo, es el mismo tipo que, con ligeras
variantes, continúa reproduciéndose en cada comandante de campaña que ha
llegado a hacerse caudillo. Como todas las guerras civiles en que
profundas desemejanzas de educación, creencias y objetos dividen a los
partidos, la guerra interior de la República Argentina ha sido larga
obstinada, hasta que uno de los elementos ha vencido. La guerra de la
revolución argentina ha sido doble: 1.º, guerra de las ciudades,
iniciadas en la cultura europea, contra los españoles, a fin de dar
mayor ensanche a esa cultura, y 2.º, guerra de los caudillos contra las
ciudades, a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver su
carácter y su odio contra la civilización. Las ciudades triunfan de los
españoles, y las campañas de las ciudades. He aquí explicado el enigma
de la revolución argentina, cuyo primer tiro se disparó en 1810 y el
último aún no ha sonado todavía.
No entraré en todos los detalles que requeriría este asunto; la lucha es
más o menos larga; unas ciudades sucumben primero, otras después. La
vida de Facundo Quiroga nos proporcionará ocasión de mostrarlos en toda
su desnudez. Lo que por ahora necesito hacer notar es que, con el
triunfo de estos caudillos, toda forma _civil_, aun en el estado en que
la usaban los españoles, ha desaparecido totalmente en unas partes; en
otras, de un modo parcial, pero caminando visiblemente a su destrucción.
Los pueblos en masa no son capaces de comparar distintamente unas épocas
con otras; el momento presente es para ellos el único sobre el cual
extienden sus miradas; así es como nadie ha observado hasta ahora la
destrucción de las ciudades y su decadencia, lo mismo que no prevén la
barbarie total a que marchan visiblemente los pueblos del interior.
Buenos Aires es tan poderosa en elementos de civilización europea, que
concluirá al fin con educar a Rosas y contener sus instintos
sanguinarios y bárbaros. El alto puesto que ocupa, las relaciones con
los gobiernos europeos, la necesidad en que se ha visto de respetar a
los extranjeros, la de mentir por la Prensa y negar las atrocidades que
ha cometido, a fin de salvarse de la reprobación universal que lo
persigue, todo, en fin, contribuirá a contener sus desafueros, como ya
se está sintiendo; sin que esto estorbe que Buenos Aires venga a ser,
como la Habana, el pueblo más rico de América, pero también el más
subyugado y más degradado.
Cuatro son las ciudades que han sido aniquiladas ya por el dominio de
los caudillos que sostienen hoy a Rosas, a saber: Santa Fe, Santiago del
Estero, San Luis y La Rioja. Santa Fe, situada en la confluencia del
Paraná y otro río navegable que desemboca en sus inmediaciones, es uno
de los puntos más favorecidos de la América, y, sin embargo, no cuenta
hoy con dos mil almas; San Luis, capital de una provincia de cincuenta
mil habitantes, y donde no hay más ciudad que la capital, no tiene mil
quinientas.
Para hacer sensible la ruina y decadencia de la civilización y los
rápidos progresos que barbarie hace en el interior, necesito tomar dos
ciudades: una ya aniquilada, la otra caminando sin sentirlo a la
barbarie: La Rioja y San Juan. La Rioja no ha sido en otro tiempo una
ciudad de primer orden; pero, comparada con su estado presente, la
desconocerían sus mismos hijos. Cuando principió la revolución de 1810,
contaba con un crecido número de capitalistas y personajes notables que
han figurado de un modo distinguido en las armas, en el foro, en la
tribuna, en el púlpito. De La Rioja ha salido el doctor Castro Barros,
diputado al Congreso de Tucumán y canonista célebre; el general Dávila,
que libertó a Copiapó del poder de los españoles en 1817; el general
Ocampo, presidente de Charcas; el doctor don Gabriel Ocampo, uno de los
abogados más célebres del foro argentino, y un número crecido de
abogados del apellido de Ocampo, Dávila y García, que existen hoy
desparramados por el territorio chileno, como varios sacerdotes de
luces, entre ellos el doctor Gordillo, residente en el Huasco.
Para que una provincia haya podido producir en una época dada tantos
hombres eminentes e ilustrados, es necesario que las luces hayan estado
difundidas sobre un número mayor de individuos y sido respetadas y
solicitadas con ahinco. Si en los primeros días de la revolución sucedía
esto, ¿cuál no debiera ser el acrecentamiento de luces, riqueza y
población que hoy día debería notarse, si un espantoso retroceso a la
barbarie no hubiese impelido a aquel pobre pueblo continuar su
desenvolvimiento? ¿Cuál es la ciudad chilena, por insignificante que
sea, que no pueda enumerar los progresos que ha hecho en diez años, en
ilustración, aumento de riqueza y ornato, sin excluir aún de este número
las que han sido destruídas por los terremotos?
Pues bien; veamos el estado de La Rioja, según las soluciones dadas a
uno de los muchos interrogatorios que he dirigido para conocer a fondo
los hechos sobre que fundo mis teorías. Aquí es una persona respetable
la que habla, ignorando siquiera el objeto con que interrogo sus
recientes recuerdos, porque sólo hace cuatro meses que dejó La
Rioja[23].
P.--¿A qué número ascenderá aproximadamente la población actual de la
ciudad de La Rioja?
R.--_Apenas mil quinientas almas. Se dice que sólo hay quince varones
residentes en la ciudad._
P.--¿Cuántos ciudadanos notables residen en ella?
R.--_En la ciudad serán seis u ocho._
P.--¿Cuántos abogados tienen estudio abierto?
R.--_Ninguno._
P.--¿Cuántos médicos asisten a los enfermos?
R.--_Ninguno._
P.--¿Qué jueces letrados hay?
R.--_Ninguno._
P.--¿Cuántos hombres visten frac?
R.--_Ninguno._
P.--¿Cuántos jóvenes riojanos están estudiando en Córdoba o Buenos
Aires?
R.--_Sólo sé de uno._
P.--¿Cuántas escuelas hay y cuántos niños asisten?
R.--_Ninguna._
P.--¿Hay algún establecimiento público de caridad?
R.--_Ninguno, ni escuela de primeras letras. El único religioso
franciscano que hay en aquel convento, tiene algunos niños._
P.--¿Cuántos templos arruinados hay?
R.--_Cinco; sólo la Matriz sirve de algo._
P.--¿Se edifican casas nuevas?
R.--_Ninguna, ni se reparan las caídas._
P.--¿Se arruinan las existentes?
R.--_Casi todas, porque las avenidas de las calles son tantas._
P.--¿Cuántos sacerdotes se han ordenado?
R.--_En la ciudad sólo dos mocitos: uno es clérigo cura, otro es
religioso de Catamarca. En la provincia, cuatro más._
P.--¿Hay grandes fortunas de a cincuenta mil pesos? ¿Cuántas de veinte
mil?
R.--_Ninguna; todos pobrísimos._
P.--¿Ha aumentado o disminuído la población?
R.--_Ha disminuído más de la mitad._
P.--¿Predomina en el pueblo algún sentimiento de terror?
R.--_Máximo. Se teme aun hablar lo inocente._
P.--La moneda que se acuña, ¿es de buena ley?
R.--_La provincial es adulterada._
Aquí los hechos hablan con toda su horrible y espantosa severidad. Sólo
la historia de la conquista de los mahometanos sobre la Grecia presenta
ejemplos de una _barbarización_, de una destrucción tan rápida. ¡Y esto
sucede en América en el siglo XIX! ¡Es la obra sólo de veinte años, sin
embargo! Lo que conviene a La Rioja es exactamente aplicable a Santa Fe,
a San Luis, a Santiago del Estero, esqueletos de ciudades, villorrios
decrépitos y devastados. En San Luis hace diez años que sólo hay un
sacerdote, y que no hay escuela ni una persona que lleve frac. Pero
vamos a juzgar en San Juan la suerte de las ciudades que han escapado a
la destrucción, pero que van _barbarizándose_ insensiblemente.
San Juan es una provincia agrícola y comerciante exclusivamente; el no
tener campaña la ha librado por largo tiempo del dominio de los
caudillos. Cualquiera que fuese el partido dominante, gobernador y
empleados eran tomados de la parte educada de la población, hasta el año
1833, en que Facundo Quiroga colocó a un hombre vulgar en el gobierno.
Este, no pudiéndose sustraer a la influencia de las costumbres
civilizadas que prevalecían en despecho del poder, se entregó a la
dirección de la parte culta, hasta que fué vencido por Brizuela, jefe de
los riojanos, sucediéndole el general Benavides, que conserva el mando
hace nueve años, no ya como una magistratura periódica, sino como
propiedad suya. San Juan ha crecido en población a causa de los
progresos de la agricultura y de la emigración de La Rioja y San Luis,
que huye del hambre y de la miseria. Sus edificios se han aumentado
sensiblemente; lo que prueba toda la riqueza de aquellos países, y
cuánto podrían progresar si el gobierno cuidase de fomentar la
instrucción y la cultura, únicos medios de elevar un pueblo.
El despotismo de Benavides es blando y pacífico, lo que mantiene la
quietud y la calma en los espíritus. Es el único caudillo de Rosas que
no se ha hartado de sangre; pero la influencia _barbarizadora_ del
sistema actual no se hace sentir menos por eso.
En una población de cuarenta mil habitantes reunidos en una ciudad, no
hay hoy un solo abogado hijo del país ni de las otras provincias.
Todos los tribunales están desempeñados por hombres que no tienen el más
leve conocimiento del derecho, y que son, además, hombres estúpidos en
toda la extensión de la palabra. No hay establecimiento ninguno de
educación pública. Un colegio de señoras fué cerrado en 1840; tres de
hombres han sido abiertos y cerrados sucesivamente del 40 al 43, por la
indiferencia y aun hostilidad del gobierno.
Sólo tres jóvenes se están educando fuera de la provincia.
Sólo hay un médico sanjuanino.
No hay tres jóvenes que sepan el inglés, ni cuatro que hablen el
francés.
Uno sólo hay que ha cursado matemáticas.
Un solo joven hay que posee una instrucción digna de un pueblo culto, el
señor Rawson, distinguido ya por sus talentos extraordinarios. Su padre
es norteamericano, y a esto ha debido que reciba educación.
No hay diez ciudadanos que sepan más que leer y escribir.
No hay un militar que haya servido en los ejércitos de línea fuera de la
República.
¿Creeráse que tanta mediocridad es natural a una ciudad del interior?
¡No! Ahí está la tradición para probar lo contrario. Veinte años atrás,
San Juan era uno de los pueblos más cultos del interior, y ¿cuál no debe
de ser la decadencia y postración de una ciudad americana, para ir a
buscar sus épocas brillantes veinte años atrás del momento presente?
El año 1831 emigraron a Chile doscientos ciudadanos jefes de familia,
jóvenes, literatos, abogados, militares, etcétera. Copiapó, Coquimbo,
Valparaíso y el resto de la República, están llenos aún de estos nobles
proscriptos, capitalistas algunos, mineros inteligentes otros,
comerciantes y hacendados muchos, abogados, médicos varios. Como en la
dispersión de Babilonia, todos éstos no volvieron a ver la tierra
prometida. ¡Otra emigración ha salido, para no volver, en 1840!
San Juan había sido hasta entonces suficientemente rico en hombres
civilizados, para dar al célebre Congreso de Tucumán un presidente de la
capacidad y altura del doctor Laprida, que murió más tarde asesinado por
los Aldao; un prior a la Recolecta Domínica de Chile en el distinguido,
sabio y patriota Oro, después obispo de San Juan; un ilustre patriota,
don Ignacio de la Roza, que preparó con San Martín la expedición a
Chile, y que derramó en su país las semillas de la igualdad de clases
prometida por la revolución; un ministro al gobierno de Rivadavia; un
ministro a la legación argentina en don Domingo de Oro, cuyos talentos
diplomáticos no son aún debidamente apreciados; un diputado al Congreso
de 1826 en el ilustrado sacerdote Vera; un diputado a la convención de
Santa Fe en el presbítero Oro, orador de nota; otro a la de Córdoba en
don Rudecindo Rojo, tan eminente por sus talentos y genio industrial
como por su grande instrucción; un militar al ejército, entre otros, en
el coronel Rojo, que ha salvado dos provincias sofocando motines con
sólo su serena audacia, y de quien el general Paz, juez competente en la
materia, decía que sería uno de los primeros generales de la República.
San Juan poseía entonces un teatro y compañía permanente de actores.
Existen aún los restos de seis o siete bibliotecas de particulares en
que estaban reunidas las principales obras del siglo XVIII y las
traducciones de las mejores obras griegas y latinas. Yo no he tenido
otra instrucción hasta el año 36, que la que esas ricas, aunque truncas
bibliotecas, pudieron proporcionarme. Era tan rico San Juan en hombres
de luces el año 1825, que la sala de representantes contaba con seis
oradores de nota. Los miserables aldeanos que hoy (1845) deshonran la
sala de representantes de San Juan, en cuyo recinto se oyeron oraciones
tan elocuentes y pensamientos tan elevados, que sacudan el polvo de las
actas de aquellos tiempos y huyan avergonzados de estar profanando con
sus diatribas aquel augusto santuario.
Los juzgados, el ministerio, estaban servidos por letrados, y quedaba
suficiente número para la defensa de los intereses de las partes.
La cultura de los modales, el refinamiento de las costumbres, el cultivo
de las letras, las grandes empresas comerciales, el espíritu público de
que estaban animados los habitantes, todo anunciaba al extranjero la
existencia de una sociedad culta, que caminaba rápidamente a elevarse a
un rango distinguido, lo que daba lugar para que las prensas de Londres
divulgasen por América y Europa este concepto honroso: «...manifiestan
las mejores disposiciones para hacer progreso en la civilización; en el
día se considera a este pueblo como el que sigue a Buenos Aires más
inmediatamente en la marcha de la reforma social; allí se han adoptado
varias de las instituciones nuevamente establecidas en Buenos Aires, en
proporción relativa; y en la reforma eclesiástica han hecho los
sanjuaninos progresos extraordinarios, incorporando todos los regulares
al clero secular y extinguiendo los conventos que aquéllos tenían».
Pero lo que dará una idea más completa de la cultura de entonces, es el
estado de la enseñanza primaria. Ningún pueblo de la República Argentina
se ha distinguido más que San Juan en su solicitud por difundirla, ni
hay otro que haya obtenido resultados más completas. No satisfecho el
gobierno de la capacidad de los hombres de la provincia para desempeñar
cargo tan importante, mandó traer de Buenos Aires el año 1815 un sujeto
que reuniese, a una instrucción competente, mucha moralidad. Vinieron
unos señores Rodríguez, tres hermanos dignos de rolar con las primeras
familias del país, y en las que se enlazaron, tal era su mérito y la
distinción que se les prodigaba. Yo, que hago profesión hoy de la
enseñanza primaria, que he estudiado la materia, puedo decir que si
alguna vez se ha realizado en América algo parecido a las famosas
escuelas holandesas descritas por M. Cousin, es en la de San Juan. La
educación moral y religiosa era acaso superior a la instrucción
elemental que allí se daba; y no atribuyo a otra causa el que en San
Juan se hayan cometido tan pocos crímenes, ni la conducta moderada del
mismo Benavides, sino a que la mayor parte de los sanjuaninos, él
incluso, han sido educados en esa famosa escuela, en que los preceptos
de la moral se inculcaban a los alumnos con una especial solicitud. Si
estas páginas llegan a manos de don Ignacio y de don Roque Rodríguez,
que reciban este débil homenaje que creo debido a los servicios
eminentes hechos por ellos, en asocio de su finado hermano don José, a
la cultura y moralidad de un pueblo entero[24].
Esta es la historia de las ciudades argentinas. Todas ellas tienen que
reinvindicar glorias, civilización y notabilidades pasadas. Ahora el
nivel barbarizador pesa sobre todas ellas. La barbarie del interior ha
llegado a penetrar hasta las calles de Buenos Aires. Desde 1810 hasta
1840, las provincias que encerraban en sus ciudades tanta civilización,
fueron demasiado bárbaras, empero, para destruir con su impulso la obra
colosal de la revolución de la independencia. Ahora que nada les queda
de lo que en hombres, luces e instituciones tenían, ¿qué va a ser de
ellas? La ignorancia y la pobreza, que es la consecuencia, están como
las aves mortecinas, esperando que las ciudades del interior den la
última boqueada, para devorar su presa, para hacerlas campo, estancia.
Buenos Aires puede volver a ser lo que fué, porque la civilización
europea es tan fuerte allí, que en despecho de las brutalidades del
gobierno se ha de sostener. Pero en las provincias, ¿en qué se apoyará?
Dos siglos no bastarán para volverlas al camino que han abandonado,
desde que la generación presente educa a sus hijos en la barbarie que a
ella le ha alcanzado. Pregúntasenos ahora, ¿por qué combatimos?
¿Combatimos? Combatimos para volver a las ciudades su vida propia.
Au surplus, ces traits appartiennent
au caractère originel du genre
humain. L'homme de la nature
et qui n'a pas encore appris à contenir
ou deguiser ses passions, les
montre dans toute leur énergie, et
se livre à toute leur impétuosité.
ALIX, _Histoire de l'Empire Ottoman_
Media entre las ciudades de San Luis y San Juan un dilatado desierto
que, por su falta completa de agua, recibe el nombre de _travesía_. El
aspecto de aquellas soledades es por lo general triste y desamparado, y
el viajero que viene del oriente no pasa la última _represa_ o aljibe de
campo, sin prever sus _chifles_ de suficiente cantidad de agua. En esta
travesía tuvo lugar una vez la extraña escena que sigue. Las
cuchilladas, tan frecuentes entre nuestros gauchos, habían forzado a uno
de ellos a abandonar precipitadamente la ciudad de San Luis, y ganar la
_travesía_ a pie, con la montura al hombro, a fin de escapar de las
persecuciones de la justicia. Debían alcanzarlo dos compañeros tan luego
como pudieran robar caballos para los tres.
No eran por entonces sólo el hambre o la sed los peligros que le
aguardaban en el desierto aquel, que un tigre _cebado_ andaba hacía un
año siguiendo los rastros de los viajeros, y pasaban ya de ocho los que
habían sido víctimas de su predilección por la carne humana. Suele
ocurrir a veces en aquellos países en que la fiera y el hombre se
disputan el dominio de la naturaleza, que éste cae bajo la garra
sangrienta de aquélla; entonces el tigre empieza a gustar de preferencia
su carne y se llama _cebado_ cuando se ha dado a este nuevo género de
caza, la caza de hombres. El juez de la campaña inmediata al teatro de
sus devastaciones convoca a los varones hábiles para la correría, y bajo
su autoridad y dirección se hace la persecución del tigre _cebado_, que
rara vez escapa a la sentencia que lo pone fuera de la ley.
Cuando nuestro prófugo había caminado cosa de seis leguas, creyó oír
bramar al tigre a lo lejos, y sus fibras se estremecieron. Es el bramido
del tigre un gruñido como el del chancho, pero agrio, prolongado,
estridente, y que, sin que haya motivo de temor, causa un sacudimiento
involuntario en los nervios, como si la carne se agitara ella sola al
anuncio de la muerte.
Algunos minutos después el bramido se oyó más distinto y más cercano; el
tigre venía ya sobre el rastro, y solo a una larga distancia se divisaba
un pequeño algarrobo. Era preciso apretar el paso, correr, en fin,
porque los bramidos se sucedían con más frecuencia, y el último era más
distinto, más vibrante que el que le precedía.
Al fin, arrojando la montura a un lado del camino, dirigióse el gaucho
al árbol que había divisado, y no obstante la debilidad de su tronco,
felizmente bastante elevado, pudo trepar a su copa y mantenerse en una
continua oscilación, medio oculto entre el ramaje. Desde allí pudo
observar la escena que tenía lugar en el camino: el tigre marchaba a
paso precipitado, oliendo el suelo y bramando con más frecuencia a
medida que sentía la proximidad de su presa. Pasa adelante del punto en
que aquél se había separado del camino y pierde el rastro; el tigre se
enfurece, remolinea, hasta que divisa la montura, que desgarra de un
manotón, esparciendo en el aire sus prendas. Más irritado aún con este
chasco, vuelve a buscar el rastro, encuentra al fin la dirección en que
va, y levantando la vista, divisa a su presa haciendo con el peso
balancearse al algarrobillo, cual la frágil caña cuando las aves se
posan en sus puntas.
Desde entonces ya no bramó el tigre; acercábase a saltos, y en un abrir
y cerrar de ojos sus poderosas manos estaban apoyándose a dos varas del
suelo sobre el delgado tronco, al que comunicaban un temblor convulsivo
que iba a obrar sobre los nervios del mal seguro gaucho. Intentó la
fiera un salto impotente; dió vuelta en torno del árbol midiendo su
altura con ojos enrojecidos por la sed de sangre, y al fin, bramando de
cólera, se acostó en el suelo, batiendo sin cesar la cola, los ojos
fijos en su presa, la boca entreabierta y reseca. Esta escena horrible
duraba ya dos horas mortales; la postura violenta del gaucho y la
fascinación aterrante que ejercía sobre él la mirada sanguinaria,
inmóvil, del tigre, del que por una fuerza invencible de atracción no
podía apartar los ojos, habían empezado a debilitar sus fuerzas, y ya
veía próximo el momento en que su cuerpo extenuado iba a caer en su
ancha boca, cuando el rumor lejano de galope de caballos le dió
esperanza de salvación.
En efecto, sus amigos habían visto el rastro del tigre y corrían sin
esperanza de salvarlo. El desparramo de la montura les reveló el lugar
de la escena, y volar a él, desenrollar sus lazos, echarlos sobre el
tigre, _empacado_ y ciego de furor, fué la obra de un segundo. La fiera,
estirada a dos lazos, no pudo escapar a las puñaladas repetidas con que
en venganza de su prolongada agonía le traspasó el que iba a ser su
víctima. «Entonces supe lo que era tener miedo»--decía el general don
Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso.
También a él le llamaron _Tigre de los Llanos_, y no le sentaba mal esta
denominación, a fe. La frenología o la anatomía comparadas han
demostrado, en efecto, las relaciones que existen en las formas
exteriores y las disposiciones morales entre la fisonomía del hombre y
de algunos animales a quienes se asemeja en su carácter. Facundo, porque
así lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior, el general don
Facundo Quiroga, el excelentísimo brigadier general don Juan Facundo
Quiroga, todo eso vino después, cuando la sociedad lo recibió en su seno
y la victoria lo hubo coronado de laureles; Facundo, pues, era de
estatura baja y fornido; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello
corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y
ensortijado. Su cara poco ovalada estaba hundida en medio de un bosque
de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente
crespa y negra, que subía hasta los pómulos, bastante pronunciados, para
descubrir una voluntad firme y tenaz.
Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas,
causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos a quienes
alguna vez llegaban a fijarse, porque Facundo no miraba nunca de frente,
y por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía de
ordinario la cabeza inclinada y miraba por entre las cejas, como el
Alí-Bajá de Montvoisin. El Caín que representa la famosa Compañía Ravel
me despierta la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artísticas de
la estatuaria que no le convienen. Por lo demás, su fisonomía era
regular, y el pálido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesas
en que quedaba encerrada.
La estructura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta
selvática, la organización privilegiada de los hombres nacidos para
mandar. Quiroga poseía esas cualidades naturales que hicieron del
estudiante de Brienne el genio de la Francia, y del mameluco obscuro que
se batía con los franceses en las Pirámides, el Virrey de Egipto. La
sociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial de
manifestarse; sublimes, clásicos, por decirlo así, van al frente de la
humanidad civilizada en unas partes; terribles, sanguinarios y malvados,
son en otras su mancha, su oprobio.
Facundo Quiroga fué hijo de un sanjuanino de humilde condición, pero
que, avecindado en los Llanos de La Rioja, había adquirido en el
pastoreo una regular fortuna. El año 1799 fué enviado Facundo a la
patria de su padre a recibir la educación limitada que podía adquirirse
en las escuelas: leer y escribir. Cuando un hombre llega a ocupar las
cien trompetas de la fama con el ruido de sus hechos, la curiosidad o el
espíritu de investigación van hasta rastrear la insignificante vida del
niño, para anudarla a la biografía del héroe, y no pocas veces, entre
fábulas inventadas por la adulación, se encuentran ya en germen en ella
los rasgos característicos del personaje histórico.
Cuéntase de Alcibíades que, jugando en la calle, se tendía a lo largo
del pavimento para contrariar a un cochero que le prevenía que se
quitase del paso a fin de no atropellarlo; de Napoleón, que dominaba a
sus condiscípulos y se atrincheraba en su cuarto de estudiante para
resistir a un ultraje. De Facundo se refieren hoy varias anecdotas,
muchas de las cuales lo revelan todo entero.
En la casa de sus huéspedes jamás se consiguió sentarlo a la mesa común;
en la escuela era altivo, huraño y solitario; no se mezclaba con los
demás niños sino para encabezar actos de rebelión y para darles de
golpes. El _magister_, cansado de luchar con este carácter indomable, se
provee una vez de un látigo nuevo y duro, y enseñándolo a los niños,
aterrados, «éste es--les dice--para estrenarlo en Facundo». Facundo, de
edad de once años, oye esta amenaza y al día siguiente la pone a prueba.
No sabe la lección, pero pide al maestro que se la tome en persona,
porque el pasante lo quiere mal. El maestro condesciende; Facundo comete
un error, comete dos, tres, cuatro; entonces el maestro hace uso del
látigo, y Facundo, que todo lo ha calculado, hasta la debilidad de la
silla en que su maestro está sentado, dale una bofetada, vuélcalo de
espaldas, y entre el alboroto que esta escena suscita, toma la calle y
va a esconderse en ciertos parrones de una viña, de donde no se le saca
sino después de tres días. ¿No es ya el caudillo que va a desafiar más
tarde a la sociedad entera?
Cuando llega a la pubertad, su carácter toma un tinte más pronunciado.
Cada vez más sombrío, más imperioso, más selvático, la pasión del juego,
la pasión de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos para
salir del sopor que las adormeciera, domínalo irresistiblemente a la
edad de quince años. Por ella se hace una reputación en la ciudad; por
ella se hace intolerable en la casa en que se le hospeda; por ella, en
fin, derrama por un balazo dado a un Jorge Peña el primer reguero de
sangre que debía entrar en el ancho torrente que ha dejado marcado su
pasaje en la tierra.
Desde que llega a la edad adulta, el hilo de su vida se pierde en un
intrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblos
vecinos; oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando en
clase de peón, dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo
puñaladas. En San Juan muéstranse hoy en la esquina de los Godoyes
tapias pisadas por Quiroga. En La Rioja las hay de su mano en Fiambalá.
Él enseñaba otras en Mendoza en el lugar mismo en que una tarde hacía
traer de sus casas a veintiséis oficiales de los que capitularon en
Chacón para hacerlos fusilar, en expiación de los manes de Villafañe; en
la campaña de Buenos Aires también mostraba algunos momentos de su vida
de peón errante. ¿Qué causas hacen a este hombre, criado en una casa
decente, hijo de un hombre acomodado y virtuoso, descender a la
condición del gañán, y en ella escoger el trabajo más estúpido, más
brutal, en el que sólo entra la fuerza física y la tenacidad? ¿Será que
el tapiador gana doble sueldo y que se da prisa para juntar un poco de
dinero?
Lo más ordenado que de esta vida obscura y errante he podido recoger, es
lo siguiente: Hacia el año 1806 vino a Chile con un cargamento de grana
de cuenta de sus padres. Jugólo con la tropa y los troperos, que eran
esclavos de su casa. Solía llevar a San Juan y Mendoza arreos de ganado
de la estancia paterna, que tenían siempre la misma suerte; porque en
Facundo era el juego una pasión feroz, ardiente, que le resecaba las
entrañas. Estas adquisiciones y pérdidas sucesivas debieron cansar las
larguezas paternales, porque al fin interrumpió toda relación amigable
con su familia. Cuando era ya el terror de la República, preguntábale
uno de sus cortesanos: «¿Cuál es, general, la parada más grande que ha
hecho en su vida?» «Sesenta pesos»--contestó Quiroga con indiferencia;
acababa de ganar, sin embargo, una de doscientas onzas. Era, según lo
explicó después, que en su juventud, no teniendo sino sesenta pesos, los
había perdido juntos a una sota.
Pero este hecho tiene su historia característica. Trabajaba de peón en
Mendoza en la hacienda de una señora, sita aquélla en el Plumerillo.
Facundo se hacía notar hacía un año por su puntualidad en salir al
trabajo y por la influencia y predominio que ejercía sobre los demás
peones. Cuando éstos querían hacer falla para dedicar el día a una
borrachera, se entendían con Facundo, quien lo avisaba a la señora,
prometiéndole responder de la asistencia de todos al día siguiente, la
que era siempre puntual. Por esta intercesión llamábanle los peones el
padre.
Facundo, al fin de un año de trabajo asiduo, pidió su salario, que
ascendía a sesenta pesos; montó en su caballo sin saber adónde iba, vió
gente en una pulpería, desmontóse y alargando la mano sobre el grupo que
rodeaba al tallador, puso sus sesenta pesos a una carta; perdiólos y
montó de nuevo marchando sin dirección fija, hasta que a poco andar, un
juez Toledo, que acertaba a pasar a la sazón, le detuvo para pedirle su
papeleta de conchavo.
Facundo aproximó su caballo en ademán de entregársela, afectó buscar
algo en su bolsillo, y dejó tendido al juez de una puñalada. ¿Se vengaba
en el juez de la reciente pérdida? ¿Quería sólo saciar el encono de
gaucho malo contra la autoridad civil y añadir este nuevo hecho al
brillo de su naciente fama? Lo uno y lo otro. Estas venganzas sobre el
primer objeto que se presentaba, son frecuentes en su vida. Cuando se
apellidaba general y tenía coroneles a sus órdenes, hacía dar en su
casa, en San Juan, doscientos azotes a uno de ellos por haberle ganado
mal, decía; a un joven doscientos azotes, por haberse permitido una
chanza en momentos en que él no estaba para chanzas; a una mujer en
Mendoza que le había dicho al paso, «adiós mi general», cuando él iba
enfurecido porque no había conseguido intimidar a un vecino tan
pacífico, tan juicioso, como era valiente y gaucho, doscientos azotes.
Facundo reaparece después en Buenos Aires, donde en 1810 es enrolado
como recluta en el regimiento de _Arribeños_ que manda el general
Ocampo, su compatriota, después presidente de Charcas. La carrera
gloriosa de las armas se abría para él con los primeros rayos del sol de
Mayo; y no hay duda que con el temple de alma de que estaba dotado, con
sus instintos de destrucción y carnicería, Facundo, moralizado por la
disciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de la lucha,
habría vuelto un día del Perú, Chile o Bolivia, uno de los generales de
la República Argentina, como tantos otros valientes gauchos que
principiaron su carrera desde el humilde puesto del soldado. Pero el
alma rebelde de Quiroga no podía sufrir el yugo de la disciplina, el
orden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se sentía llamado a
mandar, a surgir de un golpe, a crearse él solo a despecho de la
sociedad civilizada, en hostilidad con ella, una carrera a su modo,
asociando el valor y el crimen, el gobierno y la desorganización. Más
tarde fué reclutado para el ejército de los Andes, y enrolado en
_Granaderos a caballo_; un teniente García lo tomó de asistente, y bien
pronto la deserción dejó un vacío en aquellas gloriosas filas. Después
Quiroga, como Rosas, como todas esas víboras que han medrado a la
sombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a los
militares de la independencia, en los que uno y otro han hecho una
horrible matanza.
Facundo, desertando de Buenos Aires, se encamina a las provincias con
tres compañeros. Una partida le da alcance; hace frente, libra una
verdadera batalla, que permanece indecisa por algún tiempo, hasta que,
dando muerte a cuatro o cinco, puede continuar su camino, abriéndose
paso todavía a puñaladas por entre otras partidas que hasta San Luis le
salen al paso. Más tarde debía recorrer este mismo camino con un puñado
de hombres, disolver ejércitos en lugar de partidas, e ir hasta la
Ciudadela famosa de Tucumán a borrar los últimos restos de la República
y del orden civil.
Facundo reaparece en los Llanos en la casa paterna. A esta época se
refiere un suceso que está muy válido y del que nadie duda. Sin embargo,
en uno de los manuscritos que consulto, interrogado su autor sobre este
mismo hecho, contesta: «Que no sabe que Quiroga haya tratado nunca de
arrancar a sus padres dinero por la fuerza»; y contra la tradición
constante, contra el asentimiento general, quiero atenerme a este dato
contradictorio. ¡Lo contrario es horrible! Cuéntase que habiéndose
negado su padre a darle una suma de dinero que le pedía, acechó el
momento en que padre y madre durmieran la siesta, para poner aldaba a la
pieza donde estaban, y prender fuego el techo de paja con que están
cubiertas por lo general las habitaciones de los Llanos[25].
Pero lo que hay de averiguado es que su padre pidió una vez al Gobierno
de La Rioja que lo prendieran para contener sus demasías, y que Facundo,
antes de fugarse de los Llanos, fué a la ciudad de La Rioja, donde a la
sazón se hallaba aquél, y cayendo de improviso sobre él, le dió una
bofetada, diciéndole: «¿Usted me ha mandado prender? ¡Tome, mándeme
prender ahora!», con lo cual montó en su caballo y partió a galope para
el campo. Pasado un año, preséntase de nuevo en la casa paterna, échase
a los pies del anciano ultrajado, confunden ambos sus sollozos, y entre
las protestas de enmienda del hijo y las reconvenciones del padre, la
paz queda restablecida, aunque sobre base tan deleznable y efímera.
Pero su carácter y hábitos desordenados no cambian, y las carreras y el
juego, las correrías del campo, son el teatro de nuevas violencias, de
nuevas puñaladas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerse
intolerable para todos e insegura su posición. Entonces un gran
pensamiento viene a apoderarse de su espíritu, y lo anuncia sin empacho.
El desertor de los _Arribeños_, el soldado de _Granaderos a caballo_,
que no ha querido inmortalizarse en Chacabuco y en Maipú, resuelve ir a
reunirse a la montonera de Ramírez, vástago de la de Artigas, y cuya
celebridad en crímenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, ha
llegado hasta los Llanos y tiene lleno de espanto a los gobiernos.
Facundo parte a asociarse a aquellos filibusteros de la Pampa, y acaso
la conciencia que deja de su carácter e instintos, y de la importancia
del refuerzo que va a dar a aquellos destructores, alarma a sus
compatriotas, que instruyen a las autoridades de San Luis, por donde
debía pasar, del designio infernal que lo guía. Dupuy, gobernador
entonces (1818), lo hace aprehender, y por algún tiempo permanece
confundido entre los criminales vulgares que las cárceles encierran.
Esta cárcel de San Luis, empero, debía ser el primer escalón que había
de conducirlo a la altura a que más tarde llegó. San Martín había hecho
conducir a San Luis un gran número de oficiales españoles de todas
graduaciones de los que habían sido tomados prisioneros en Chile. Sea
hostigados por humillaciones y sufrimientos, sea que previesen la
posibilidad de reunirse de nuevo a los ejércitos españoles, el depósito
de prisioneros se sublevó un día, y abrió la puerta de los calabozos a
los reos ordinarios, a fin de que le prestasen ayuda para la común
evasión. Facundo era uno de estos reos; no bien se vió desembarazado de
las prisiones, cuando enarbolando el _macho_ de los grillos, abre el
cráneo al español mismo que se los había quitado, hiende por entre el
grupo de los amotinados y deja una ancha calle sembrada de cadáveres en
el espacio que ha querido recorrer. Dícese que el arma de que usó fué
una bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres; Quiroga, empero,
hablaba siempre del _macho_ de los grillos y de catorce muertos.
Acaso es ésta una de esas idealizaciones con que la imaginación poética
del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal que tanto admira;
acaso la historia de los grillos es una traducción argentina de la
quijada de Sansón, el Hércules hebreo; pero Facundo lo aceptaba como un
timbre de gloria, según su bello ideal, y _macho_ de grillos o
bayoneta, él, asociándose a otros soldados y presos a quienes su ejemplo
alentó, logró sofocar el alzamiento y reconciliarse por este acto de
valor con la sociedad y ponerse bajo la protección de la patria,
consiguiendo que su nombre volase por todas partes ennoblecido y lavado,
aunque con sangre, de las manchas que lo afeaban. Facundo, cubierto de
gloria, mereciendo bien de la patria y con una credencial que acredita
su comportación, vuelve a La Rioja y ostenta en los Llanos entre los
gauchos los nuevos títulos que justifican el terror que ya empieza a
inspirar su nombre, porque hay algo de imponente, algo que subyuga y
domina en el premiado asesino de catorce hombres a la vez.
Aquí termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una larga
serie de hechos que sólo pintan el mal carácter, la mala educación y los
instintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Sólo he hecho uso
de aquéllos que explican el carácter de la lucha, de aquéllos que entran
en proporciones distintas, pero formados de elementos análogos, en el
tipo de los caudillos de las campañas que han logrado al fin sofocar la
civilización de las ciudades, y que últimamente han venido a completarse
en Rosas, el legislador de esta civilización tártara, que ha ostentado
toda su antipatía a la civilización europea en torpezas y atrocidades
sin nombre aún en la historia.
Pero aún quédame algo por notar en el carácter y espíritu de esta
columna de la Federación. Un hombre literato, un compañero de infancia y
de juventud de Quiroga que me ha suministrado muchos de los hechos que
dejo referidos, me incluye en su manuscrito, hablando de los primeros
años de Quiroga, estos datos curiosos: «que no era ladrón antes de
figurar como hombre público; que nunca robó, aun en sus mayores
necesidades; que no sólo gustaba de pelear, sino que pagaba por hacerlo
y por insultar al más pintado; _que tenía mucha aversión a los hombres
decentes_; que no solía tomar licor nunca; que de joven era muy
reservado, y no sólo quería infundir miedo, sino aterrar, para lo que
hacía entender a hombres de su confianza que tenía agoreros o era
adivino; que con los que tenía relación los trataba como esclavos; _que
jamás se ha confesado, rezado ni oído misa_; que cuando estuvo de
general lo vió una vez en misa; que él mismo le decía que no creía en
nada». El candor con que estas palabras están escritas revela su verdad.
Toda la vida pública de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veo
en ellos el hombre grande, el hombre genio a su pesar, sin saberlo él,
el César, el Tamerlán, el Mahoma. Ha nacido así y no es culpa suya; se
abajará en las escalas sociales para mandar, para dominar, para combatir
el poder de la ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plaza
en los ejércitos la desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardar
los ascensos, porque hay mucha sujeción, muchas trabas puestas a la
independencia individual, hay generales que pesan sobre él, hay una
casaca que oprime el cuerpo y una táctica que regla los pasos; ¡todo
esto es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros y
emociones fuertes han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tiene
odio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido,
contra los jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa
organización de que se ha sustraído desde la infancia y que lo mira con
prevención y menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema de
este capítulo: «Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a
contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su
energía, entregándose a toda su impetuosidad.» Ese es el carácter del
género humano y así se muestra en las campañas pastoras de la República
Argentina. Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoció
sujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras; la melena de
sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos
en guedejas, como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se
enronquecía y sus miradas se convertían en puñaladas.
Dominado por la cólera mataba a patadas estrellándole los sesos a N por
una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque le
pedía una vez 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él;
abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo porque no había forma de
hacerlo callar; daba de bofetadas en Tucumán a una linda señorita a
quien ni seducir ni forzar podía. En todos sus actos mostrábase el
hombre bestia aún, sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevación
de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido;
pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de arreglar
todas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobre
los pueblos como sobre los soldados, sobre la víctima que iba a ser
ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de manejar
los resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente para
suplir el patriotismo y la abnegación; ignorante, rodeándose de
misterios y haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidad
natural, una capacidad de observación no común y de la credulidad del
vulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos que le daba
prestigio y reputación entre las gentes vulgares.
Es inagotable el repertorio de anecdotas de que está llena la memoria de
los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen
un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta
tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Qué
diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar
partir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre,
y este otro para encontrar un ladrón? Entre los individuos que formaban
una compañía habíase robado un objeto, y todas las diligencias
practicadas para descubrir el raptor habían sido infructuosas. Quiroga
forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos
soldados había, hace en seguida que se distribuyan a cada uno, y luego
con voz segura, dice: «Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que
las demás, ése es el ladrón.» Al día siguiente fórmase de nuevo la
tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de las varitas.
Un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras.
«¡Miserable!--le grita Facundo con voz aterrante--, ¡tú eres!...» Y en
efecto, él era; su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente
es sencillo: el crédulo gaucho, temiendo que, efectivamente, creciese su
varita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita cierta superioridad
y cierto conocimiento de la naturaleza humana para valerse de estos
medios.
Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las
pesquisas habían sido inútiles para descubrir al raptor. Facundo hace
formar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazos
cruzados, la mirada fija, escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: «Yo
sé quién es», con una seguridad que nada desmiente. Empiezan a desfilar,
desfilan muchos, y Quiroga permanece inmóvil; es la estatua de Júpiter
Tonante, es la imagen del Dios del Juicio Final. De repente se abalanza
sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: «¿Dónde
está la montura?» «Allí, señor»--contesta, señalando un bosquecillo.
«Cuatro tiradores»--grita entonces Quiroga. ¿Qué revelación era ésta? La
del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez
un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo;
Facundo le interrumpe diciendo: «Ya este pícaro está mintiendo; ¡a
ver... cien azotes...!» Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno
que se hallaba presente: «Vea, patrón; cuando un gaucho al hablar esté
haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.» Con los
azotes, el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que se
había robado una yunta de bueyes.
Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz, para
confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el
hombre; levanta la cara después de habérselo anunciado varias veces, lo
mira y dice continuando de escribir: «¡Eh!... ¡Ese es un miserable!
¡Pido un hombre valiente y arrojado!» Averiguóse, en efecto, que era un
patán.
De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que, al paso
que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle
una reputación misteriosa entre hombres groseros que llegaban a
atribuirle poderes sobrenaturales.
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