Universo da obra
Universo da obra
¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la
soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la
corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.
A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos porque todos son
tristes: ¡el de los padres, que envejecieron en la pobreza, esperando el
apoyo del hijo ausente; el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a
las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les
lleve el oro restaurador!
¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseos de
descargarla contra mi propia mano, que tocó las monedas sin atraparlas;
mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime, y ha vacilado
en libertarme de la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están
soportando igual dolor!
¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el alma incalmable?
¿Para qué nos dieron alas en el vacío? Nuestra madrastra fue la pobreza,
nuestro tirano, la aspiración. Por mirar la altura tropezábamos en la
tierra; por atender al vientre misérrimo fracasamos en el espíritu. La
medianía nos brindó su angustia. ¡Sólo fuimos los héroes de lo mediocre!
¡El que logró entrever la vida feliz no ha tenido con qué comprarla; el que
buscó la novia halló el desdén; el que soñó con la esposa, encontró la
querida; el que intentó elevarse, cayó vencido ante los magnates
indiferentes, tan impasibles como estos árboles que nos miran languidecer
de fiebres y de hambre entre sanguijuelas y hormigas!
¡Quise hacerle descuento a la ilusión pero incógnita fuerza disparóme más
allá de la realidad! ¡Pasé por encima de la ventura, como flecha que marra
su blanco, sin poder corregir el fatal impulso y sin otro destino que caer!
¡Y a esto lo llamaban mi «porvenir»!
¡Sueños irrealizables, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la
memoria, cual si me quisierais avergonzar? ¡Ved en lo que ha parado este
soñador: en herir al árbol inerte para enriquecer a los que no sueñan; en
soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer!
Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu prisión;
ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como la selva, cuyas
bóvedas verdes tienen por fosos ríos inmensos. ¡No sabéis del suplicio de
las penumbras, viendo al sol que ilumina la playa opuesta, adonde nunca
lograremos ir! ¡La cadena que muerde vuestros tobillos es más piadosa que
las sanguijuelas de esos pantanos; el carcelero que os atormenta no es tan
adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!
Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizarlos gasto nueve
días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia cada uno desbrocé un camino.
Al recorrer la taimada tropa de vegetales para derribar a los que no
lloran, suelo sorprender a los castradores robándose la goma ajena. Reñimos
a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas
enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del
vegetal? ¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que
nunca perdona!
¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de
fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones que
no lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado
por la hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo
será menor. Otro tanto harán conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado
para mis padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos!
Mientras le ciño al tronco goteante el tallo acanalado del «caraná», para
que corra hacia la tazuela su llanto trágico, la nube de mosquitos que lo
defiende chupa mi sangre y el vaho de los bosques me nubla los ojos. ¡Así
el árbol y yo, con tormento vario, somos lacrimatorios ante la muerte y nos
combatimos hasta sucumbir!
Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor de ramas no es rebeldía
que me inspire afecto. ¿Por qué no ruge toda la selva y nos aplasta como a
reptiles para castigar la explotación vil? ¡Aquí no siento tristeza sino
desesperación! ¡Quisiera tener con quién conspirar! ¡Quisiera librar la
batalla de las especies, morir en los cataclismos, ver invertidas las
fuerzas cósmicas! ¡Si Satán dirigiera esta rebelión!...
¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los
árboles puede hacerlo contra los hombres!
—Sepa usted, don Clemente Silva —le dije al tomar la trocha del Guaracú—,
que sus tribulaciones nos han ganado para su causa. Su redención encabeza
el programa de nuestra vida. Siento que en mí se enciende un anhelo de
inmolación; mas no me aúpa la piedad del mártir, sino el ansia de contender
con esa fauna de hombres de presa, a quienes venceré con armas iguales,
aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se
pronuncia entre los rendidos. ¿Qué ha ganado usted con sentirse víctima? La
mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de los
explotados sirve de incentivo a la explotación. Su bondad y su timidez han
sido cómplices inconscientes de sus victimarios.
Aunque ya mis iniciativas parecen súplicas al fracaso, porque mi mala
suerte las desvía, tengo el presentimiento de que esta vez se mueven mis
pasos hacia el desquite. No sé cómo se cumplirán los hechos futuros, ni
cuántas pruebas ha de resistir mi perseverancia; lo que menos me importa es
morir aquí, con tal que muera a tiempo. ¿Y por qué pensar en la muerte ante
los obstáculos, si, por grandes que sean, nunca cerraron al animoso la
posibilidad de sobrevivirlos? La creencia en el destino debe valernos para
caldear la decisión.
—Estos jóvenes que me siguen son hazañosos; mas si usted no quiere afrontar
calamidades, escoja al que le provoque y escápese en una balsa por este
río.
—¿Y mi tesoro? ¿No sabe que el Cayeno guarda los despojos de Lucianito?
¿Cree usted que sin esa prenda andaría yo suelto?
Por lo pronto nada tuve que replicar.
—Los huesos de mi hijo son mi cadena. Vivo forzado a portarme bien para que
me permitan asolearlos. Ya les dije a ustedes que ni siquiera los poseo
todos: el día que los exhumé, tuve que dejarle a la sepultura algunas
falanges que aún estaban frescas. Los cargaba envueltos en mi cobija, y
cuando el Cayeno me capturó, a mi regreso del Vaupés, en la trocha que
enlaza al Isani y al Kerari, pretendía botármelos por la fuerza. Ahora los
conservo, limpios, blancos, dentro de una caja de kerosén, bajo la barbacoa
de mi patrón.
—Don Clemente, tiene usted evidencia de que esos restos...
—¡Sí! ¡Ésos son! ¡La calavera es inconfundible: en la encía superior un
diente encaramado sobre los otros! Tal vez con la pica alcancé a perforar
el cráneo, pues tiene un agujero en el frontal.
Hubo una pausa. No sé si en aquel momento se había agrietado la decisión de
mis compañeros, que callaban en corro meditabundo. El mulato dijo,
aproximándose a don Clemente:
—Camaráa, siempre es mejorcito que nos volvamos. Mi mamá se quedó sola, y
mi ganao se mañosea. Tengo cuatro cachonas de primer parto, y de seguro que
ya tan parías. Déjese de güesos, que son guiñosos. Es malo meterse en cosas
de dijuntos. Por eso dice la letanía: «Aquí te encierro y aquí te tapo, el
diablo me yeve si un día te saco». Ruéguele a estos señores que reclamen la
güesamenta y la sepulten bajo una cruz y verá usté que se le compone la
suerte. ¡Resuelva ligero, que ya es tarde!
—¡Cómo! ¿Arriesgarnos a que nos prenda Funes? Usted no sabe en qué tierra
está. Los secuaces del coronel merodean por aquí.
—Y ya no es tiempo de indecisiones —exclamé colérico—. ¡Mulato, adelante!
¡Ya te pasó la hora!
Helí Mesa, entonces, acercóse al «tambo», a prenderle fuego. Don Clemente
lo miraba sin protestar.
—¡No, no! —ordené— se quemarían los mapires envenenados. ¡Los cazadores de
indios pueden volver, y ojalá que se envenenen todos!
Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silenciosos; me hacían daño
mis pensamientos y una especie de pánico me invadía al meditar en mi
situación. ¿Cuáles eran mis planes? ¿En qué se apoyaba mi altanería? ¿Qué
debían importarme las desventuras ajenas, si con las propias iba de rastra?
¿Por qué hacerle promesas a don Clemente, si Barrera y Alicia me tenían
comprometido? El concepto de Franco empezó a angustiarme: «Era yo un
desequilibrado impulsivo y teatral».
Paulatinamente llegué a dudar de mi espíritu: ¿estaría loco? ¡Imposible! La
fiebre me había olvidado unas semanas. ¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte
y mis ideas limpias. No sólo comprendía que era apremiante ocultar mis
cavilaciones, sino que me daba cuenta hasta de los detalles minuciosos. La
prueba estaba en lo que iba viendo: el bosque en aquella parte no era muy
alto, no había camino, y don Clemente abría la marcha, partiendo ramitas en
el rastrojo para dejar señales del rumbo, como se acostumbra entre los
cazadores; Fidel llevaba la carabina atravesada sobre el pecho, engarzando
con el calibre, por encima de las clavículas, los cabestros de la talega,
rica en mañoco, que fingía sobre su espalda inmensa joroba; portaba el
mulato el hatillo de las hamacas, un caldero y dos canaletes; Mesa, en
aquel momento, bajo sus bártulos, saboreaba un cuesco maduro y mecía en el
aire el tizón humeante, que cargaba en la diestra, a falta de fósforos.
¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande! Ya se me había ocurrido un proyecto
lógico: entregarme como rehén en las barracas del Guaracú, mientras el
viejo Silva se marchaba a Manaos, llevando secretamente un pliego de
acusaciones dirigido al Cónsul de mi país, con el ruego de que viniera
inmediatamente a libertarme y a redimir a mis compatriotas. ¿Quién que
fuera anormal razonaría con mayor acierto?
El Cayeno debía aceptar mi ventajosa propuesta: en cambio de un viejo
inútil adquiría un cauchero joven, o dos más, porque Franco y Helí no me
abandonaban. Para halagarlo, procuraría hablarle en francés: «Señor, este
anciano es pariente mío; y como no puede pagarle la cuenta, déjele libre y
dénos trabajo hasta cancelarla». Y el antiguo prófugo de Cayena accedería
sin vacilar.
Cosa fácil habría de serme adquirir la confianza del empresario, obrando
con paciencia y disimulo. No emplearía contra él la fuerza sino la astucia.
¿Cuánto iban a durar nuestros sufrimientos? Dos o tres meses. Acaso nos
enviara a «siringuear» a Yaguanarí, pues Barrera y Pezil eran sus
asociados. Y aunque no lo fuesen, le expondríamos la conveniencia de
sonsacar para sus gomales a los colombianos de aquella zona. En todo caso,
al oponerse a nuestros deseos, nos fugaríamos por el Isana, y, cualquier
día, enfrentándome a mi enemigo, le daría muerte, en presencia de Alicia y
de los enganchados. Después, cuando nuestro Cónsul desembarcara en
Yaguaraní, en vía para el Guaracú, con una guarnición de gendarmes, a
devolvernos la libertad, exclamarían mis compañeros: ¡El implacable Cova
nos vengó a todos y se internó por este desierto!
Mientras discurría de esta manera, principié a notar que mis pantorrillas
se hundían en la hojarasca y que los árboles iban creciendo a cada segundo,
con una apariencia de hombres acuclillados, que se empinaban desperezándose
hasta elevar los brazos verdosos por encima de la cabeza. En varios
instantes creí advertir que el cráneo me pesaba como una torre y que mis
pasos iban de lado. Efectivamente, la cara se me volvió sobre el hombro
izquierdo y tuve la impresión de que un espíritu me repetía: «¡Vas bien
así, vas bien así! ¡Para qué marchar como los demás!».
Aunque mis compañeros caminaban cerca, no los veía, no los sentía.
Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebullición. Tuve miedo de hallarme
solo, y, repentinamente, eché a correr hacia cualquier parte, ululando
empavorecido, lejos de los perros, que me perseguían. No supe más. De entre
una malla de trepadoras mis camaradas me desenredaron.
—¡Por Dios! ¿Qué te pasa? ¿No nos conoces? ¡Somos nosotros!
—¿Qué les he hecho? ¿Por qué me amenazan? ¿Por qué me tienen amarrado?
—Don Clemente —prorrumpió Franco—, desandemos este camino: Arturo está
enfermo.
—¡No, no! Ya me tranquilicé. Creo que quise coger una ardilla blanca. Las
caras de ustedes me aterraron. ¡Tan horribles muecas...!
Así dije, y aunque todos estaban pálidos, porque no dudaran de mi salud me
puse de guía por entre el bosque. Un momento después se sonrió don
Clemente:
—Paisano, usted ha sentido el embrujamiento de la montaña.
—¡Cómo! ¿Por qué?
—Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira atrás. Pero no se afane
ni tenga miedo. Es que algunos árboles son burlones.
—En verdad no entiendo...
—Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trastorna cuando
vagamos en la selva. Sin embargo, creo acertar en la explicación:
cualquiera de estos árboles se amansaría, tornándose amistoso y hasta
risueño, en un parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo
sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos, o agresivos, o
hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas sombras, tienen su manera de
combatirnos: algo nos asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene el
mareo de las espesuras y queremos huir y nos extraviamos, y por esta razón
miles de caucheros no volvieron a salir nunca.
«Yo también he sentido la mala influencia en distintos casos, especialmente
en Yaguanarí».
Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva inhumana.
Arboles deformes sufren el cautiverio de las enredaderas advenedizas, que a
grandes trechos los ayuntan con las palmeras y se descuelgan en curva
elástica, semejantes a redes mal extendidas, que a fuerza de almacenar en
años enteros hojarascas, chamizas, frutas, se desfondan como un saco de
podredumbre, vaciando en la yerba reptiles ciegos, salamandras mohosas,
arañas peludas.
Por doquiera el bejuco de «matapalo» —rastrero pulpo de las florestas— pega
sus tentáculos a los troncos acogotándolos y retorciéndolos, para
injertárselos y transfundírselos en metempsicosis dolorosas. Vomitan los
«bachaqueros» sus trillones de hormigas devastadoras, que recortan el manto
de la montaña y por anchas veredas regresan al túnel, como abanderadas del
exterminio, con sus gallardetes de hojas y de flores. El comején enferma
los árboles cual galopante sífilis, que solapa su lepra supliciatoria
mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza, hasta
derrocarlos, súbitamente, con su pesadumbre de ramazones vivas.
Entretanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al pie del coloso
que se derrumba, el germen que brota; en medio de las miasmas, el polen que
vuela; y por todas partes el hálito del fermento, los vapores calientes de
la penumbra, el sopor de la muerte, el marasmo de la procreación.
¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mariposas que
parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre
fantasía de los poetas que sólo conocen las soledades domesticadas!
¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco, nada de
panoramas sentimentales! Aquí, los responsos de sapos hidrópicos, las
malezas de cerros misántropos, los rebalses de caños podridos. Aquí la
parásita afrodisíaca que llena el suelo de abejas muertas; la diversidad de
flores inmundas que se contraen con sexuales palpitaciones y su olor
pegajoso emborracha como una droga; la liana maligna cuya pelusa enceguece
los animales; la «pringamosa» que inflama la piel, la pepa del «curujú» que
parece irisado globo y sólo contiene ceniza cáustica, la uva purgante, el
corozo amargo.
Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóricas, silencios
fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. Oyese el golpe de la fruta,
que al abatirse hace la promesa de su semilla; el caer de la hoja, que
llena el monte con vago suspiro, ofreciéndose como abono para las raíces
del árbol paterno; el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de
ser devorada; el silbido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del
regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se
inicia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, los
retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. ¡Todo por el
júbilo breve de vivir unas horas más!
Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro
próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En
estas soledades, cuando nos habla, sólo entiende su idioma el
presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz
de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la
asechanza. Los sentidos humanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la
espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama:
¡Huyamos, huyamos!
No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la destrucción. Hay un
valor magnífico en la epopeya de estos piratas que esclavizan a sus peones,
explotan al indio y se debaten contra la selva. Atropellados por la
desdicha, desde el anonimato de las ciudades, se lanzaron a los desiertos
buscándole un fin cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se
despojaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin otras
armas que el winchester y el machete, sufrieron las más atroces
necesidades, anhelando goces y abundancia, al rigor de las intemperies,
siempre famélicos y hasta desnudos porque las ropas se les pudrían sobre la
carne.
Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza y se llaman
«amos de empresa». Teniendo a la selva por enemigo, no saben a quién
combatir, y se arremeten unos a otros y se matan y se sojuzgan en los
intervalos de su denuedo contra el bosque. Y es de verse en algunos lugares
cómo sus huellas son semejantes a los aludes: los caucheros que hay en
Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de
Venezuela el «balatá» desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra
las generaciones del porvenir.
Uno de aquellos hombres se escapó de Cayena, presidio célebre, que tiene
por foso el océano. Aunque sabía que los carceleros ceban los tiburones
para que ronden la muralla, sin zafarse los grillos se arrojó al mar. Vino
a las vegas del Papunagua, asaltó los tambos ajenos, sometió a los
caucheros prófugos, y, monopolizando la explotación de goma, vivía con sus
parciales y sus esclavos en las barracas del Guaracú, cuyas luces lejanas,
al través de la espesura, palpitaban ante nosotros la noche que retardamos
la llegada.
¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros destinos describirían
la misma trayectoria de crueldad!
Durante los días empleados en el recorrido de la trocha hice una
comprobación humillante: mi fortaleza física era aparente, y mi musculatura
—que desgastaron fiebres pretéritas— se aflojaba con el cansancio. Sólo mis
compañeros parecían inmunes a la fatiga, y hasta el viejo Clemente, a pesar
de sus años y lacraduras, resultaba más vigoroso en las marchas. A cada
momento se detenían a esperarme; y aunque me aligeraron de todo peso, del
morral y la carabina, seguía necesitando de que el cerebro me mantuviera en
tensión el orgullo para no echarme a tierra y confesarles mi decaimiento.
Iba descalzo, en pernetas, malhumorado, esguazando tembladeros y lagunas,
por en medio de un bosque altísimo cuyas raigambres han olvidado la luz del
sol. La mano de Fidel me prestaba ayuda al pisar los troncos que
utilizábamos como puentes, mientras los perros aullaban en vano porque les
soltara en aquel paraíso de cazadores, que ni por serlo, me entusiasmaba.
Esta situación de inferioridad me tornó desconfiado, irritable, díscolo.
Nuestro jefe en tales emergencias era, sin duda, el anciano Silva, y
principié a sentir contra él una secreta rivalidad. Sospecho que aposta
buscó ese rumbo, deseoso de hacerme experimentar mi falta de condiciones
para medirme con el Cayeno. No perdía don Clemente oportunidad de
ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de
cualquier fuga, sueño perenne de los caucheros, que lo ven esbozarse y
nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la
montaña.
Estas prédicas tenían eco en mis camaradas y se multiplicaron los
consejeros. Yo no les oía. Me contentaba con replicar:
—Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo. ¿Estáis fatigados? Podéis
ir caminando en pos de mí.
Entonces, silenciosos, me tomaban la delantera y al esperarme cuchicheaban
mirándome de soslayo. Esto me indignaba. Sentía contra ellos odio súbito.
Probablemente se burlaban de mi jactancia. ¿O habrían tomado una dirección
que no fuera la del Guaracú?
—Oigame, viejo Silva —grité deteniéndole—. ¡Si no me lleva al Isana, le
pego un tiro!
El anciano sabía que no lo amenazaba por broma. Ni sintió sorpresa ante mi
amenaza. Comprendió que el desierto me poseía. ¡Matar a un hombre! ¿Y por
qué? ¿Por qué no? Era un fenómeno natural. ¿Y la costumbre de defenderme?
¿Y la manera de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de solucionar los
diarios conflictos?
Y por este proceso —¡oh selva!— hemos pasado todos los que caemos en tu
vorágine.
Agachados entre la fronda, con las manos en las carabinas, atisbábamos las
luces de las barracas, miedosos de que alguien nos descubriera. En aquel
escondite debíamos pernoctar sin encender fuego. Sollozando en la oscuridad
pasaba una corriente desconocida. Era el Isana.
—Don Clemente —dije abrazándolo— en esto de rumbos es usted la más alta
sabiduría.
—Sin embargo, le cogí miedo a la profesión: anduve perdido más de dos meses
en el siringal de Yaguanarí.
—Tengo presentes los pormenores. Cuando su fuga para el Vaupés...
—Éramos siete caucheros prófugos.
—Y quisieron matarlo...
—Creían que los extraviaba intencionalmente.
—Y unas veces lo maltrataban...
—Y otras me pedían de rodillas la salvación.
—Y lo amarraron una noche entera...
—Temiendo que pudiera abandonarlos.
—Y se dispersaron por buscar el rumbo...
—Pero sólo toparon el de la muerte.
Este mísero anciano Clemente Silva siempre ha tenido el monopolio de la
desventura. Desde el día que yendo de Iquitos para Manaos oyó noticias del
hijo muerto, cifró su esperanza en prolongar la esclavitud. Quería ser
cauchero unos años más, hasta que la tierra le permitiera exhumar los
restos. La selva, indirectamente, lo reclamaba como a prófugo, y era el
espectro de Lucianito el que le pedía volver atrás.
Aunque la madona hubiera querido darlo libre, ¿qué ganaría con la libertad
si de nuevo debía engancharse, obligado por la indigencia, en la cuadrilla
de cualquier amo que quizás lo alejara del Vaupés? En Manaos recorrió las
agencias donde buscan trabajo los inmigrantes, y salió descorazonado de
esos tugurios donde la esclavitud se contrata, porque los patrones sólo
«avanzaban» gente para el Madeira, para el Purús, para el Ucayali. Y él
quería irse al infausto río que guardaba al pie de su raudal la enmalezada
tumba, distinguida por cuatro piedras.
El turco Pezil no tenía trabajos en esos parajes, pero se lo llevaba al
alto Río Negro, y eso era mucho. Solo que fingía no querer comprarlo, y al
fin accedió a sus ruegos, estipulando con la madona una retroventa, por si
no le satisfacían las aptitudes del «colombiano». Lo trajo a su hermosa
quinta de Naranjal, en la margen opuesta de Yaguanarí, y lo tuvo un tiempo
en oficios fáciles, bajo su vigilancia de musulmán, despreciativo y
taciturno, sin maltratarlo ni escarnecerlo.
Mas cierta vez riñeron unas mujeres en la cocina y despertaron a su señor,
que dormía la siesta. Don Clemente estaba en el corredor, observando el
mapa del muro. En esa actitud lo sorprendió el amo. Ordenóle a gritos que
desnudara a las contrincantes hasta la cintura y las azotara. El viejo
Silva se resistió a cumplir la orden. Esa misma tarde lo despacharon a
siringuear a Yaguanarí.
Una de las cuitadas era la antigua camarera de la madona, la que conoció en
el Vaupés a Luciano Silva cuando su mancebía con doña Zoraida. «No lo vio
muerto», pero sabía el lugar de la sepultura, junto al correntón de
Yavaraté, y le había dado ya a don Clemente todas las señas indispensables
para hallarla.
La desobediencia del colombiano no consiguió indultarla de los azotes,
porque el turco feroz, con un látigo en cada mano, la llenó de sangre y
contusiones. Gimoteando entre la despensa escribió un papel para su
querido, que trabajaba en los siringales, y rogó a don Clemente que se lo
entregara al destinatario, sin omitir detalle alguno sobre la cobarde
flagelación.
Este hombre, que se llamaba Manuel Cardoso, era capataz en un barracón del
caño Yurubaxi. Al saber los percances de la mujer, ofreció matar a Pezil
donde lo encontrara, y, por vengarse interinamente, quiso proceder contra
los intereses de su patrón, aconsejándoles a los gomeros que se fugaran con
la goma que tenían en el tambo.
El viejo Silva aparentó rechazar esa idea, receloso de alguna celada. Sin
embargo, en los días siguientes, comentaba con los peones la insinuación
del vigilante, mientras procedían a fumigar la leche extraída. La respuesta
no cambió nunca: «Cardoso sabe que no hay rumbero capaz de enfrentársele a
estas montañas».
De noche, los caucheros dictaminaban sobre tal hipótesis, tan
sugestionadora como imposible, por tener de qué conversar:
—Es claro que la fuga sería irrealizable por el Río Negro: las lanchas del
amo parecen perros de cacería.
—Mas logrando remontar el Cababurí es fácil descender al Maturacá y salir
al río Casiquiare.
—Conforme. Pero el Río Negro tiene una anchura de cuatro kilómetros. Hay
que descartar los afluentes de su banda izquierda. Más bien, aguas arriba
por este caño Yurubaxí, a los sesenta y tantos días de curiara, dizque se
encuentra un «igarapé» que desemboca en el Caquetá.
—¿Y para el río Vaupés no hay rumbo directo?
—¿A quien se le ocurre esa estupidez?
El barracón estaba situado sobre un arrecife que no se inunda, único
refugio en aquel desierto. Mensualmente llegaba la lancha de Naranjal a
recoger la goma y a dejar víveres. Los trabajadores eran escasos y el
beriberi mermaba el número, sin contar los que perecían en las lagunas,
lanzados por la fiebre desde el andamio donde se trepaban a herir los
árboles.
Pese a todo, muchos pasaban meses enteros sin verle la cara al capataz,
guareciéndose en chozas mínimas, y volvían al tambo con la goma ya
fumigada, convertida en bolones, que entregaban a la corriente en vez de
conducirlos en las curiaras. Acostumbrados a no alejarse de las orillas,
carecían del instinto de orientación, y esta circunstancia ayudó al
prestigio de don Clemente, cuando se aventuraba por la floresta y clavando
el machete en cualquier lugar, los instaba días después a que lo
acompañaran a recogerlo, partiendo del sitio que quisieran.
Una mañana, al salir el sol, vino una catástrofe impresentida. Los hombres
que en el caney curaban su hígado, oyeron gritos desaforados y se agruparon
en la roca. Nadando en medio del río como si fueran patos descomunales,
bajaban los bolones de goma, y el cauchero que los arreaba venía detrás, en
canoa minúscula, apresurando con la palanca a los que se demoraban en los
remansos. Frente al barracón, mientras pugnaban por encerrar su rebaño
negro en la ensenada del puertecito, elevó estas voces, de más gravedad que
un pregón de guerra:
—¡Tambochas, tambochas! ¡Y los caucheros están aislados!
¡Tambochas! Esto equivalía a suspender trabajos, dejar la vivienda, poner
caminos de fuego, buscar otro refugio en alguna parte. Tratábase de la
invasión de hormigas carnívoras, que nacen quién sabe dónde y al venir el
invierno emigran para morir, barriendo el monte en leguas y leguas, con
ruidos lejanos, como de incendio. Avispas sin alas, de cabeza roja y cuerpo
cetrino, se imponen por el terror que inspiran su veneno y su multitud.
Toda guarida, toda grieta, todo agujero; árboles, hojarascas, nidos,
colmenas, sufren la filtración de aquel oleaje espeso y hediondo, que
devora pichones, ratas, reptiles, y pone en fuga pueblos enteros de hombres
y de bestias.
Esta noticia derramó la consternación. Los peones del tambo recogían sus
herramientas y «macundales» con revoltosa rapidez.
—¿Y por qué lado viene la ronda? —preguntaba Manuel Cardoso.
—Parece que ha cogido ambas orillas. ¡Las dantas y los cafuches atraviesan
el río desde esta margen, pero en la otra están alborotadas las abejas!
—¿Y cuáles caucheros quedan aislados?
—¡Los cinco de la ciénaga de «El Silencio», que ni siquiera tienen canoa!
—¿Qué remedio? ¡Que se defiendan! ¡No se les puede llevar socorro! ¿Quién
se arriesga a extraviarse en estos pantanos?
—Yo —dijo el anciano Clemente Silva.
Y un joven brasileño, que se llamaba Lauro Coutinho:
—Iré también. ¡Allá está mi hermano!
Recogiendo los víveres que pudieron y provistos de armas y de fósforos,
aventuráronse los dos amigos por una trocha que, partiendo de la barraca,
profundiza las espesuras en dirección del caño Marié.
Marchaban presurosos por entre el barro de las malezas, con oído atento y
ojo sagaz. De pronto, cuando el anciano, abriéndose de la senda, empezó a
orientarse hacia la ciénaga de El Silencio, lo detuvo Lauro Coutinho.
—¡Ha llegado el momento de picurearnos!
Don Clemente ya pensaba en ello, mas supo disimular su satisfacción.
—Habría que consultarlo con los caucheros...
—¡Respondo de que convienen, sin vacilar!
Y así fue, porque al día siguiente los hallaron en un bohío, jugando a los
dados sobre un pañuelo y emborrachándose con vino de «palmachonta», que se
ofrecían en un calabazo.
—¿Hormigas? ¡Qué hormigas! ¡Nos reímos de las tambochas! ¡A picurearnos! ¡A
picurearnos! ¡Un rumbero como usted es capaz de sacarnos de los infiernos!
Y allá van por entre la selva, con la ilusión de la libertad, llenos de
risas y de proyectos, adulando al guía y prometiéndole su amistad, su
recuerdo, su gratitud. Lauro Coutinho ha cortado una hoja de palma y la
conduce en alto, como un pendón; Souza Machado no quiere abandonar su balón
de goma, que pesa más de dieciocho kilos, con cuyo producto piensa adquirir
durante dos noches las caricias de una mujer, que sea blanca y rubia y que
trascienda a brandy y a rosas; el italiano Peggi habla de salir a cualquier
ciudad para emplearse de cocinero en algún hotel donde abunden las sobras y
las propinas; Coutinho, el mayor, quiere casarse con una moza que tenga
rentas; el indio Venancio anhela dedicarse a labrar curiaras; Pedro Fajardo
aspira a comprar un techo para hospedar a su madre ciega; don Clemente
Silva sueña en hallar una sepultura. ¡Es la procesión de los infelices,
cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte!
¿Y cuál era el rumbo que perseguían? El del río Curí-curiarí. Por allí
entrarían al Río Negro, setenta leguas arriba de Naranjal, y pasarían a
Umarituba, a pedir amparo. El señor Costanheira Fontes era muy bueno. En
aquel sitio el horizonte se les ampliaba. En caso de captura, era
incuestionable la explicación: salían del monte derrotados por las
tambochas. Que le preguntaran al capataz.
Al cuarto día de montaña principió la crisis: las provisiones escasearon y
los fangales eran intérminos. Se detuvieron a descansar, y, despojándose de
las blusas, las hacían jirones para envolverse las pantorrillas,
atormentadas por las sanguijuelas. Souza Machado, generoso por la fatiga, a
golpes de cuchillo dividió su bolón de goma en varios pedazos para
obsequiar a sus compañeros. Fajardo se negó a recibir su parte: no tenía
alientos para cargarla. Souza la recogió. Era caucho, «oro negro», y no se
debía desperdiciar.
Hubo un indiscreto que preguntaba:
—¿Hacia dónde vamos ahora?
Todos replicaron reconviniéndolo:
—¡Hacia delante!
Mientras tanto, el rumbero había perdido la orientación. Avanzaba a
tientas, sin detenerse ni decir palabra, para no difundir el miedo. Por
tres veces en una hora volvió a salir a un mismo pantano, sin que sus
camaradas reconocieran el recorrido. Concentrando en la memoria todo su
ser, mirando hacia su cerebro, recordaba el mapa que tantas veces había
estudiado en la casa de Naranjal, y veía las líneas sinuosas, que parecían
una red de venas, sobre la mancha de un verde pálido en que resaltaban
nombres inolvidables: Teya, Marié, Curí–curiarí. ¡Cuánta diferencia entre
una región y la carta que la reduce! ¡Quién le hubiera dicho que aquel
papel, donde apenas cabían sus manos abiertas, encerraba espacios tan
infinitos, selvas tan lóbregas, ciénagas tan letales! Y él, rumbero
curtido, que tan fácilmente solía pasar la uña del índice de una línea a
otra línea, abarcando ríos, paralelos y meridianos, ¿cómo pudo creer que
sus plantas eran capaces de moverse como su dedo?
Mentalmente empezó a rezar. ¡Si Dios quisiera prestarle el sol!... ¡Nada!
La penumbra era fría, la fronda transpiraba un vapor azul. ¡Adelante! ¡El
sol no sale para los tristes!
Uno de los gomeros declaró con certeza súbita que le parecía escuchar
silbidos. Todos se detuvieron. Eran los oídos que les zumbaban. Souza
Machado quería meterse entre los demás: juraba que los árboles le hacían
gestos.
Estaban nerviosos, tenían el presentimiento de la catástrofe. La menor
palabra les haría estallar el pánico, la locura, la cólera. Todos se
esforzaban por resistir. ¡Adelante!
Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre, le soltó una pulla a Souza
Machado, que se había detenido a botar el caucho. Esto forzó los ánimos a
resignarse a la hilaridad. Hablaron un trecho. No sé quién le hizo
preguntas a don Clemente.
—¡Silencio! —gruñó el italiano—. ¡Recuerden que a los pilotos y a los
rumberos no se les debe hablar!
Pero el anciano Silva, deteniéndose de repente, levantó los brazos, como el
hombre que se da preso, y, encarándose con sus amigos, sollozó:
—¡Andamos perdidos!
Al instante, el grupo desventurado, con los ojos hacia las ramas y aullando
como perros, elevó su coro de blasfemias y plegarias:
—¡Dios inhumano! ¡Sálvanos, mi Dios! ¡Andamos perdidos!
«Andamos perdidos». Estas dos palabras, tan sencillas y tan comunes, hacen
estallar, cuando se pronuncian entre los montes, un pavor que no es
comparable ni al «sálvese quien pueda» de las derrotas. Por la mente de
quien las escucha pasa la visión de un abismo antropófago, la selva misma,
abierta ante el alma como una boca que se engulle los hombres a quienes el
hambre y el desaliento le van colocando entre las mandíbulas.
Ni los juramentos, ni las advertencias, ni las lágrimas del rumbero, que
prometía corregir la ruta, lograban aplacar a los extraviados. Mesábanse
las greñas, retorcíanse las falanges, se mordían los labios, llenos de una
espuma sanguinolenta que envenenaba las inculpaciones.
—¡Este viejo es el responsable! ¡Perdió el rumbo por querer largarse para
el Vaupés!
—¡Viejo remalo, viejo bandido, nos llevabas con engañifas para vendernos
quién sabe dónde!
—¡Sí, sí, criminal! ¡Dios se opuso a tus planes!
Viendo que aquellos locos podían matarlo, el anciano Silva se dio a correr,
pero un árbol cómplice lo enlazó por las piernas con un bejuco y lo tiró al
suelo. Allí lo amarraron, allí Peggi los exhortaba a volverlo trizas.
Entonces fue cuando don Clemente pronunció aquella frase de tanto efecto:
—¿Queréis matarme? ¿Cómo podríais andar sin mí? ¡Yo soy la esperanza!
Los agresores, maquinalmente, se contuvieron.
—¡Sí, sí, es preciso que viva para que nos salve!
—¡Pero sin soltarlo, porque se nos va!
Y aunque no le quitaron las ligaduras, postráronse de rodillas a implorarle
la salvación, y le limpiaban los pies con besos y llantos.
—¡No nos desampare!
—¡Regresemos a la barraca!
—¡Si usted nos abandona, moriremos de hambre!
Mientras unos plañían de este jaez, otros halábanlo de la cuerda,
suplicando el regreso. Las explicaciones de don Clemente parecían
reconciliarlos con la cordura. Tratábase de un percance muy conocido de
rumberos y de cazadores y no era razonable perder el ánimo a la primera
dificultad, cuando había tantos modos de solucionarla. ¿Para qué lo
asustaron? ¿Para qué se pusieron a pensar en el extravío? ¿No los había
instruído una y otra vez en la urgencia de desechar esa tentación, que la
espesura infunde en el hombre para trastornarlo? Él les aconsejó no mirar
los árboles, porque hacen señas, ni escuchar los murmurios, porque dicen
cosas, ni pronunciar palabra, porque los ramajes remedan la voz. Lejos de
acatar esas instrucciones, entraron en chanzas con la floresta y les vino
el embrujamiento, que se transmite como por contagio; y él también, aunque
iba adelante, comenzó a sentir el influjo de los malos espíritus, porque la
selva principió a movérsele, los árboles le bailaban ante los ojos, los
bejuqueros no le dejaban abrir la trocha, las ramas se le escondían bajo el
cuchillo y repetidas veces quisieron quitárselo. ¿Quién tenía la culpa?
Y luego, ¿por qué diablos se ponían a gritar? ¿Qué lograban con hacer
tiros? ¿Quién sino el tigre correría a buscarlos? ¿Acaso les provocaba su
visita? ¡Bien podían esperarla al oscurecer!
Esto los aterró y guardaron silencio. Mas tampoco hubieran podido hacerse
entender a más de dos yardas: a fuerza de dar alaridos, la garganta se les
cerró, y dolorosamente, hablaban a la sordina, con un jadeo gutural y torpe
como el de los gansos.
Antes de la hora en que el sol sanguíneo empenacha las lejanías, fuéles
imperioso encender la hoguera, porque entre los bosques la tarde se enluta.
Cortaron ramas, y, esparciéndolas sobre el barro, se amontonaron alrededor
del anciano Silva a esperar el suplicio de las tinieblas. ¡Oh, la tortura
de pasar la noche con hambre, entre el pensar y el bostezar, a sabiendas de
que el bostezo ha de intensificarse al día siguiente! ¡Oh, la pesadumbre de
sentir sollozos entre las sombras cuando los consuelos saben a muerte!
¡Perdidos! ¡Perdidos! El insomnio les echó encima su tropel de
alucinaciones. Sintieron la angustia del indefenso cuando sospecha que
alguien lo espía en lo oscuro. Vinieron los ruidos, las voces nocturnas,
los pasos medrosos, los silencios impresionantes como un agujero en la
eternidad.
Don Clemente, con las manos en la cabeza, estrujaba su pensamiento para que
brotara alguna idea lúcida. Sólo el cielo podía indicarle la orientación.
¡Que le dijera de qué lado nace la luz! Eso le bastaría para calcular otro
derrotero. Por un claro de la techumbre, semejante a una claraboya,
columbró un retazo de éter azul, sobre el cual inscribía su varillaje una
rama seca. Esta visión le recordó el mapa. ¡Ver el sol, ver el sol! Allí
estaba la clave de su destino. ¡Si hablaran aquellas copas enaltecidas que
todas las mañanas lo ven pasar! ¿Por qué los árboles silenciosos han de
negarse a decirle al hombre lo que debe hacer para no morir? ¡Y, pensando
en Dios, comenzó a rezarle a la selva una plegaria de desagravio!
Treparse por cualquiera de aquellos gigantes era casi imposible: los
troncos eran tan gruesos, las ramas tan altas y el vértigo de la altura
acechando en las frondas. Si se atreviera Lauro Coutinho, que nervioso
dormía abrazándolo por los pies... Quiso llamarlo, pero se contuvo: un
ruidillo raro, como de ratones en madera fina, rasguñó la noche... ¡eran
los dientes de sus compañeros que roían pepas de tagua!
Don Clemente sintió por ellos tal compasión que resolvió darles el alivio
de la mentira.
—¿Qué hay? —le susurraron a media voz, acercándole las caras oscuras.
Y palparon los nudos de la soga que le ciñeron.
—¡Estamos salvados!
Estúpidos de gozo repitieron la misma frase: «¡Salvados! ¡Salvados!». Y,
postrándose en tierra, apretaban el lodo con las rodillas, porque el dolor
los dejó contritos, y entonaron un gran ronquido de acción de gracias, sin
preguntar en qué consistía la salvación. Bastó que otro hombre la
prometiera para que todos la proclamaran y bendijeran al salvador.
Don Clemente recibió abrazos, súplicas de perdón, palabras de enmienda.
Algunos querían atribuírse el exclusivo mérito del milagro:
—¡Las oraciones de mi madrecita!
—¡Las misas que ofrecí!
—¡El escapulario que llevo puesto!
Mientras tanto, la Muerte debió reírse en la oscuridad.
Amaneció.
La ansiedad que los sostenía les acentuó en el rostro la mueca trágica.
Magros, febricitantes, con los ojos enrojecidos y los pulsos trémulos, se
dieron a esperar que saliera el sol. La actitud de aquellos dementes bajo
los árboles infundía miedo. Olvidaron el sonreír, y cuando pensaban en la
sonrisa, les plegaba la boca un rictus fantástico.
Recelaban del cielo, que no se divisaba por ninguna parte. Lentamente
empezó a llover. Nadie dijo nada, pero se miraron y se comprendieron.
Decididos a regresar, moviéronse sobre el rastro del día anterior, por la
orilla de una laguna donde las señales desaparecían. Sus huellas en el
barro eran pequeños pozos que se inundaban. Sin embargo, el rumbero cogió
la pista, gozando del más absoluto silencio como hasta las nueve de la
mañana, cuando entraron a unos «chuscales» de plebeya vegetación donde
ocurría un fenómeno singular: tropas de conejos y guatines, dóciles o
atontados, se les metían por entre las piernas buscando refugio. Momentos
después, un grave rumor como de linfas precipitadas se sentía venir por la
inmensidad.
—¡Santo Dios! ¡Las tambochas!
Entonces sólo pensaron en huir. Prefirieron las sanguijuelas y se
guarecieron en un rebalse, con el agua sobre los hombros.
Desde allí miraron pasar la primera ronda. A semejanza de las cenizas que a
lo lejos lanzan las quemas, caían sobre la charca fugitivas tribus de
cucarachas y coleópteros, mientras que las márgenes se poblaban de
arácnidos y reptiles, obligando a los hombres a sacudir las aguas mefíticas
para que no avanzaran en ellas. Un temblor continuo agitaba el suelo, cual
si las hojarascas hirvieran solas. Por debajo de troncos y raíces avanzaba
el tumulto de la invasión, a tiempo que los árboles se cubrían de una
mancha negra, como cáscara movediza, que iba ascendiendo implacablemente a
afligir las ramas, a saquear los nidos, a colarse en los agujeros. Alguna
comadreja desorbitada, algún lagarto moroso, alguna rata recién parida eran
ansiadas presas de aquel ejército, que las descamaba, entre chillidos, con
una presteza de ácidos disolventes.
¿Cuánto tiempo duró el martirio de aquellos hombres, sepultados en cieno
líquido hasta el mentón, que observaban con ojos pávidos el desfile de un
enemigo que pasaba, pasaba y volvía a pasar? ¡Horas horripilantes en que
saborearon a sorbo y sorbo las alquitaradas hieles de la tortura! Cuando
calcularon que se alejaba la última ronda, pretendieron salir a tierra,
pero sus miembros estaban paralizados, sin fuerzas para despegarse del
barrizal donde se habían enterrado vivos.
Mas no debían morir allí. Era preciso hacer un esfuerzo. El indio Venancio
logró cogerse de algunas matas y comenzó a luchar. Agarróse luego de unos
bejucos. Varias tambochas desgaritadas le royeron las manos. Poco a poco
sintió ensancharse el molde de fango que lo ceñía. Sus piernas al
desligarse de lo profundo produjeron chasquidos sordos. «¡Upa! ¡Otra vez y
no desmayar! ¡Animo! ¡Animo!».
Ya salió. En el hoyo vacío burbujeó el agua.
Jadeando, boca arriba, oyó desesperarse a sus compañeros que imploraban
ayuda. «¡Déjenme descansar!». Una hora después, valiéndose de palos y
maromas, consiguió sacarlos a todos.
Ésta fue la postrera vez que sufrieron juntos. ¿Hacia qué lado quedó la
pista? Sentían la cabeza en llamas y el cuerpo rígido. Pedro Fajardo empezó
a toser convulsivamente y cayó bañándose en sangre por un vómito de
hemoptisis.
Mas no tuvieron lástima del cadáver. Coutinho, el mayor, les aconsejaba no
perder tiempo. «Quitarle el cuchillo de la cintura y dejarlo ahí. ¿Quién lo
convidó? ¿Para qué se vino si estaba enfermo? No los debía perjudicar». Y
en diciendo esto, obligó a su hermano a subir por una copaiba para observar
el rumbo del sol.
El desdichado joven, con pedazos de su camisa, hizo una manea para los
tobillos. En vano pretendió adherirse al tronco. Lo montaron sobre las
espaldas para que se prendiera de más arriba, y repitió el forcejeo
titánico, pero la corteza se despegaba y lo hacía deslizarse y recomenzar.
Los de abajo lo sostenían apuntalándolo con horquetas y, alucinados por el
deseo, como que triplicaban sus estaturas para ayudarlo. Al fin ganó la
primera rama. Vientre, brazos, pecho, rodillas, le vertían sangre. «¿Ves
algo? ¿Ves algo?», le preguntaban. ¡Y con la cabeza decía que no!
Ya ni se acordaban de hacer silencio para no provocar la selva. Una
violencia absurda les pervertía los corazones y les requintaba un furor de
náufragos, que no reconoce deudos ni amigos cuando, a puñal, mezquina su
bote. Manoteaban hacia la altura al interrogar a Lauro Coutinho. «¿No ves
nada? ¡Hay que subir más y fijarse bien!».
Lauro sobre la rama, pegado al tronco, acezaba sin responderles. A tamaña
altitud, tenía la apariencia de un mono herido, que anhelaba ocultarse del
cazador. «¡Cobarde, hay que subir más!». Y locos de furia lo amenazaban.
Mas, de pronto, el muchacho intentó bajarse. Un gruñido de odio resonó de
abajo. Lauro, despavorido, les contestaba: «¡Vienen más tambochas! ¡Vienen
más tambo...!».
La última sílaba le quedó magullada entre la garganta, porque el otro
Coutinho, con un tiro de carabina que le sacó el alma por el costado, lo
hizo descender como una pelota.
El fratricida se quedó viéndolo. «¡Ay, Dios mío, maté a mi hermano, maté a
mi hermano!». Y, arrojando el arma se echó a correr. Cada cual corrió sin
saber a dónde. Y para siempre se dispersaron.
Noches después los sintió gritar don Clemente Silva, pero temió que lo
asesinaran. También había perdido la compasión, también el desierto lo
poseía. A veces lo hacía llorar el remordimiento, mas se sinceraba ante su
conciencia con sólo pensar en su propia suerte. A pesar de todo, regresó a
buscarlos. Halló las calaveras y algunos fémures.
Sin fuego ni fusil, vagó dos meses entre los montes, hecho un idiota,
ausente de sus sentidos, animalizado por la floresta, despreciado hasta por
la muerte, masticando tallos, cáscaras, hongos, como bestia herbívora con
la diferencia de que observaba qué clase de pepas comían los micos para
imitarlos.
No obstante, alguna mañana tuvo repentina revelación. Paróse ante una
palmera de «cananguche», que, según la leyenda, describe la trayectoria del
astro diurno, a la manera del girasol. Nunca había pensado en aquel
misterio. Ansiosos minutos estuvo en éxtasis, constatándolo, y creyó
observar el alto follaje moviéndose pausadamente, con el ritmo de una
cabeza que gastara doce horas justas en inclinarse desde el hombro derecho
hasta el contrario. La secreta voz de las cosas le llenó su alma. ¿Sería
cierto que esa palmera, encumbrada en aquel destierro como un índice hacia
el azul, estaba indicándole la orientación? Verdad o mentira, él lo oyó
decir. ¡Y creyó! Lo que necesitaba era una creencia definitiva. Y por el
derrotero del vegetal comenzó a perseguir el propio.
Fue así como al poco tiempo encontró la vaguada del río Tiquié. Aquel caño
de estrechas curvas parecióle rebalse de estancada ciénaga, y se puso a
tirarle hojitas para ver si el agua corría. En esa tarea lo encontraron los
Albuquerques, y, casi a la rastra, lo condujeron al barracón.
—¿Quién es ese espantajo que han conseguido en la cacería? —les preguntaron
los siringueros.
—Un picure que sólo sabe decir: ¡Coutinho!... ¡Peggi!... ¡Souza Machado!...
De allí, al terminar el año, se les fugaba en una canoa para el Vaupés.
Ahora está aquí, sentado en mi compañía, esperando que raye el alba para
que lleguemos a las barracas del Guaracú. Quizás piensa en Yaguanarí, en
Yavaraté, en los compañeros extraviados. «No vaya usted a Yaguanarí», me
aconseja siempre. Yo, recordando a Alicia y a mi enemigo, exclamo colérico:
—¡Iré, iré, iré!
Al amanecer suscitóse una discusión en que, por fortuna, no perdí el
aplomo. Tratábase de la forma como debíamos demandar la hospitalidad.
Era indudable que la presencia inesperada de cuatro hombres desconocidos
provocaría en los tambos serias alarmas. Uno de nosotros debía arriesgarse
a explorar el ánimo del empresario, para que los demás, que quedarían en
expectativa, con la selva libre, no se expusieran a sufrir irreparable
servidumbre. Al fin se convino en que aquella misión me correspondía; pero
mis compañeros se negaban resueltamente a dejarme ir armado.
Con esta precaución ofendían mi cordura, y, sin embargo, la acepté de
manera tácita. Evidentemente, ciertos actos como que se anticipan a mis
ideas: cuando el cerebro manda, ya mis nervios están en acción. Era bueno
privarme de cualquier medio que pudiera encender mi agresividad; y todo
hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia.
Entregándoles el revólver que tenía al cinto, les repetí mis advertencias:
—Esperadme aquí; si algo grave sucede, escaparé esta misma noche y nos
reuniremos para...
Y partí solo, con el día ya entrado, hacia la vivienda del capataz.
Mientras que marchaba con paso azaroso, empezó a tomar cuerpo mi decisión y
recordé el proyecto del Catire Mesa: asaltar la barraca, apoderarnos del
«tesoro» de don Clemente, coger los víveres que halláramos y huir con el
rumbero por entre los bosques, en busca de las cercanas fuentes del río
Guainía, apercibidos para descenderlo, sin correr contingencias con el
Isana, su tributario.
¿No sería mejor invadir los tambos a plomo y cuchillo? ¿Por qué llegar como
pordiosero a pedir amparo? Me detuve indeciso y miré atrás. Mis camaradas,
sacando las cabezas por entre las frondas, esperaban alguna orden. En otra
situación, les hubiera gritado con ásperas voces: «¡Mentecatos! ¡Para qué
dejan venir los perros!».
Porque Martel y Dólar corrían presurosos sobre mi rastro; y en breve
instante, desesperándome de inquietud, llevaban por las barracas el anuncio
de mi presencia. ¡Imposible retroceder!
Avancé. No creía lo que estaba viendo. ¿Esas pobres ramadas de estilo
indígena eran los tan mentados barracones del Guaracú? ¿Esas viles
casuchas, amenazadas por el rastrojo, podían ser la sede de un sátrapa, que
tenía esclavos y concubinas, señor de los montes y amo de los ríos? Cierto
que los caucheros sólo construyen habitaciones ocasionales y mudan su
residencia de un caño a otro, conforme a la abundancia del siringal; cierto
que el Cayeno, establecido años antes cerca de los raudales del Guaracú,
fue moviéndose Isana arriba, sin cambiarle el nombre a la empresa, hasta
situarse en el istmo de Papunagua para ejercer dominio sobre el Inírida, en
contra de Funes. Pero estas razones no aliviaban mi desencanto ante el mal
aspecto de la cauchería.
Uno de los tambos, a paciencia de sus moradores, estaba casi enmallado por
andariego bejuco de hojas lanudas y calabacitas amarillentas. En el suelo,
espinas de pescado, conchas de armadillo, vasijas de latas carcomidas por
el orín. En sucios chinchorros, tendidos sobre un humazo de tizones que
ahuyentaba zancudos, se aburrían unas mujeres de fístulas hediondas a
yodoformo y pañuelos amarrados en la cabeza. No me sintieron, no se
movieron. Parecíame haber llegado a un bosque de leyenda donde dormitaba la
Desolación.
Fueron mis cachorros los que disiparon el marasmo: en el caney próximo
hicieron chillar a un mico, que amarrado por la cintura, colgábase de un
palo al extremo de la correa. La dueña salió. Gentes enfermas aparecieron.
Por todas partes chicuelos desnudos y mujeres grávidas.
—¿Usted trajo mañoco para vender?
—Sí. ¿El amo está en casa?
—En aquel caney. Dígale que compre. ¡Estamos con hambre!
—¡Mañoco, hay mañoco! ¡De cualquier modo se lo pagamos!
Y con anticipada salivación saboreaban su propio deseo.
El caney del amo no tenía paredes; tabiques de palma dividían los
departamentos. Propiamente carecía de puertas, pero sus huecos se tapaban
con planchas de «chusque». Yo no supe en aquel momento a dónde llamar. Por
encima de la palmicha que le servía de muro a una alcoba, miré hacia
adentro, con sutil sospecha. En una hamaca de floreados flecos fumaba una
mujer vestida de encajes. Era la madona Zoraida Ayram. ¡Y me vio
fisgándola!
—¡Váquiro! ¡Váquiro! ¡Aquí hay un hombre!
No hallé qué decir. Me acerqué a la puerta inmediata. La madona tenía en la
mano un revólver, pequeñito como un juguete. Mis camaradas estarían
observando mis movimientos. El entrar sin sombrero en el barracón era señal
de que el capataz estaba presente. Más tardé yo en pensarlo que él en salir
de la pieza próxima encapsulando la carabina.
—¿Qué quiere «busté»?
—Señor, soy Arturo Cova. Gente de paz.
La madona, como burlándose de sus nervios, dijo con pintoresca
pronunciación, reparando en mí, mientras que guardaba el revólver entre el
corpiño:
—¡Oh, Alá! ¡Lleven a ese mugroso a la cocina!
El Váquiro repuso extendiéndome su cuadrada mano.
—¡Soy Aquiles Vácares, veterano de Venezuela, «guapo» pal plomo y pa
cualquier hombre!
Por lo cual murmuré descubriéndome reverente:
—¡Salud, General!
El Váquiro ocupó su chinchorro del corredor, con la carabina en las
piernas. Ordenóme que me sentara en el banco próximo. Quedéme perplejo,
pero expliqué mi indecisión con estas razones:
—General, ¿podría ser posible que yo tome asiento al lado de un jefe? Sus
fueros militares me lo prohiben.
—Eso sí es verdá.
El Váquiro era borracho, bizco, gangoso. Sus bigotes, enemigos del beso y
la caricia, se le alborotaban, inexpugnables, sobre la boca, en cuyo
interior la caja de dientes se movía desajustada. En su mestizo rostro
pedía justicia la cicatriz de algún machetazo, desde la oreja hasta la
nariz. Por el escote de su franela irrumpía del pecho un reprimido bosque
de vello hirsuto, tan ingrato de emanaciones como abundante en sudor
termal. Su cinturón de cuero curtido se daba pretensiones de muestrario
bélico: cuchillo, puñal, cápsulas, revólver. Vestía pantalones de kaki
sucio y calzaba cotizas sueltas, que, al moverse, le palmoteaban bajo los
talones.
—¿Cómo hizo busté para adivinar los grados que tengo?
—Un veterano tan eminente debe haber recorrido el escalafón.
—¿El qué?
—El escalafón.
—Dígame: ¿y en Colombia suena mi nombre?
—¿Quién no ha oído nombrar al «valiente Aquiles»?
—Eso sí es verdá.
—¡Paladín homérida!
—Le advierto que no soy de Mérida sino de Coro.
En ese momento, en grupo acezante, aparecieron mis camaradas, desarmados,
en la extremidad del corredor. El Váquiro, sospechoso, se mantuvo en pie.
Hice una modesta presentación.
—Señor General, éstos son compañeros míos.
Los tres, sin acercarse, murmuraron confusos:
—¡Señor General!... ¡Señor General!
Comprendí que era tiempo de improvisar un discurso lírico para que el
Váquiro se calmara. Tergiversé las instrucciones de don Clemente. Pronto
adquirió mi lengua un tono irresistible de convicción. Yo mismo me admiraba
de mi inventiva, riendo, por dentro, de mi propia solemnidad.
Eramos barraqueros del río Vaupés y residíamos en una zona equidistante de
Calamar y de la confluencia del Itilla y el Unilla. Trabajábamos en mañoco,
siringa y tagua. Teníamos en Manaos un cliente espléndido, la casa Rosas,
en cuyo poder me quedaba un ahorro de unas mil libras, que representaba mi
trabajo de penosos meses como productor y comisionista.
Al decir esto, noté que la madona ponía cuidado a mi relato, porque dejó de
sonar la hamaca en el cuarto próximo. Este detalle me produjo cierta
zozobra y viré de rumbo en mis fantasías.
—Señor General, por desgracia, el Vaupés nos opone raudales pérfidos; y
perdimos en un «trambuque», en el correntón de Yavaraté, nuestra cosecha de
ahora tres años.
Y repetí intencionalmente:
—En el propio raudal de Yavaraté, contra las raíces de un jacarandá.
La madona asomó a la puerta, llenando con su figura quicio y dintel. Era
una hembra adiposa y agigantada, redonda de pechos y de caderas. Ojos
claros, piel láctea, gesto vulgar. Con sus vestidos blancos y sus encajes
tenía la apariencia de una cascada. Luengo collar de cuentas azules se
descolgaba desde su seno, cual una madreselva sobre una cima. Sus brazos,
resonantes por las pulseras y desnudos desde los hombros, eran pulposos y
satinados como dos cojincillos para el placer, y en la enjoyada mano tenía
un tatuaje que representaba dos corazones atravesados por un puñal.
¡Entretanto que miraba, absolví mentalmente tu inexperiencia, desventurado
Luciano Silva, y adiviné el desenlace de tu pasión!
—¿Cuáles son los muchachos que conocen el río Vaupés? —preguntó regando en
la atmósfera el cálido perfume de su abanico.
—Los cuatro, señora.
—¿Y el afiliado a la casa Rosas? ¿El comisionista?
—Su admirador.
—¿A cómo le ordenaron pagar el caucho?
—El de primera, a un conto de reis. Poco más o menos a trescientos pesos.
—¿No te lo dije, Váquiro, que no se puede pagar a más?
—¡Mire: no le permito apodarme así! Dígame por mi nombre: ¡General Vácares!
Aprenda del joven Cova, que sí sabe tratar a los jefes.
—Nada tengo que ver con nombres y títulos. Devuélvame mi plata o páguemela
en caucho, a razón de trescientos pesos, menos el flete, porque yo no viajo
de balde. ¡Lo demás me importa un comino!
—¡No sea grosera!
—¡Pues entonces no sea tramposo, no sea canalla, ni tal por cual! Sepa que
a las damas se les atiende con guante blanco. Aprenda también de este
caballero, que me ha dicho «su admirador».
—Calma, mi señora; calma, General.
El sofocado jefe ordenóme con gesto heroico:
—¡Vámonos pa juera, onde no nos vengan a interrumpir!
Al despedirme de la madona hice una profunda reverencia.
—Y como le decía, la casa Rosas me ordenó que en lo sucesivo esquiváramos
el Vaupés y por Caño Grande descendiéramos al Inírida, hacia San Fernando
del Atabajo, donde podíamos consignarle al Gobernador los productos que
consiguiéramos, pues era agente suyo y tenía el encargo de remitírselos,
por el Orinoco, a la isla de Trinidad.
—¡Chicos! ¿Y no sabían que a Pulido lo asesinaron?
—General, vivimos en el limbo de los desiertos...
—Pues lo descuartizaron, por robarle lo que tenía y por coger la
Gobernación.
—¡El coronel Funes!...
—¡Qué coronel! ¡Está degradado! ¡Escupa ese nombre! ¡Cuidao con volverlo a
mentar aquí!
Y por darme ejemplo, dejó caer ancha saliva y la refregó con los
calcañales.
—Señor General, yo fui precavido: le hice saber a la casa Rosas que en
ningún caso respondería por los accidentes que la nueva ruta ocasionara; y,
aprobada esta base, dejamos nuestras barracas hace ya dos meses, cargados
de mañoco, sarrapia y goma. ¡Pero el Inírida es tan envidioso como el
Vaupés, y al llegar a la boca del Papunagua perdimos todo! ¡Hemos venido
por entre el monte, en el colmo de la miseria, a pedir amparo!
—¿Y qué será lo que busté quiere?
—Que me tripulen una canoa para enviar un correo a Manaos, a llevar el
aviso de la catástrofe y a traer dinero, sea de la caja de nuestro cliente,
sea de mi cuenta; y que nos den posada a los cuatro náufragos hasta que
regrese tal expedición.
—¡No tenemos marina..., estamos escasísimos de mañoco!
—Déme usted un boga conocedor y el mulato Correa se irá con él. Pagaremos
lo que se nos pida. Los jefes no conocen dificultades.
—¡Eso sí es verdá!
La madona, que oía este diálogo, me llamó aparte:
—Caballero, yo le podría vender un boga que es mío.
—¡No interrumpa busté! ¡Déjenos conversar!
—¿Es que acaso no es mío el rumbero Silva? ¿No les probé que era el picure
del personal de Yaguanarí? ¿No saben que Pezil no me lo pagó?
—Señora, si usted desea... Si el General no me lo prohibe...
—¡Qué General! ¡Éste no es el que manda sino el Cayeno! Éste es un pobre
diablo que fanfarronea de administrador.
—¡No sea deslenguada! ¡Le voy a probar que sí tengo mando: joven, puede
contar con la embarcación!
—¡Gracias! ¡Gracias! En cuanto al boga, si la señora me vende el picure, si
me acepta un giro sobre Manaos...
—¿Y qué me da en prenda mientras lo pagan?
—Nuestras personas.
—¡Oh, no! ¡Eso no! ¡Alá!
—No me sorprende la desconfianza. Es verdad que nuestras figuras nos
contradicen la solvencia: descalzos, astrosos, necesitados. Sólo aspiro a
poner en manos de ustedes cuanto poseemos. Escojan el personal que ha de
realizar la comisión. Lo indispensable es que salga pronto con nuestras
cartas y tenga cuidado con los valores y mercancías que solicitamos y que
ustedes mismos recibirán: drogas, vituallas, y especialmente algunos
licores, porque conviene alegrar la vida en este desierto.
—Eso sí es verdá.
Cuando la madona, pensativa, nos dejó solos, le rogué al jefe:
—¡Júreme, General, que contaremos con su valía!
—Joven, poco me gusta jurar en cruz, porque soy ateo. ¡Mi religión es la de
la espada!
Y llevando la diestra al cinto, como garantía de su juramento, murmuró
solemne:
—¡Dios y Federación!
Al atardecer la madona reapareció. Por frente a la ramada que nos destinó
el Váquiro, me hizo el honor de pasear su tedio, cubierta con un velo de
gasa nívea que la defendía de los «jejenes».
Junto al fogón ocioso bostezábamos en silencio, esperando a los pescadores
que fueron al río a conseguir la cena. Franco vació mañoco del bolsillo y
lo comíamos a puñados, cuando reparamos en la mujer. Al verla, volví la
cara a otro lugar, con el sombrero sobre la frente, avergonzado de la
miseria en que me hallaba.
—¿Me está mirando?
—Mucho, pero aparenta disimular.
—¿Se fue?
—Les está haciendo cariños a los perros.
—Déjate de observarla porque se acerca.
—¡Ya viene! ¡Ya viene!
Levanté el rostro para afrontarla, y la vi venir hollando las yerbas,
blanca, entre la penumbra semilunar. Pasó junto a mí, saludándome con la
mano, y envolvió este reproche en una sonrisa:
—¡Caramba! Estamos esquivos. ¡No hay como tener saldo en la casa Rosas!
Mudo, la vi alejarse hacia su caney, cuando Franco me sacudió:
—¿Oíste? Ya está intrigada por el dinero. ¡Hay que conquistarla
inmediatamente!
—¡Sí! A ver si vuelve a decirme «mugroso». ¡Caerá! ¡Caerá! ¡El desprecio de
una mujer no tiene perdón! ¡Mugroso! Esta noche lavaremos nuestros vestidos
y los secaremos a la candela. Mañana...
La turca extendió en el patio su silla portátil y se reclinó bajo los
luceros a respirar fragancias del monte. Aquella actitud no tenía más fin
que el de fascinarme, aquellos ojos dirigidos a las alturas querían que los
contemplara, aquel pensamiento que fingía vagar en la noche estaba
conspirando contra mi reposo. ¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra
bestial y calculadora, sedienta de provechos, me vendía su tentación!
Observándola de reojo, comencé a sentir la agresividad que precede a los
desafíos. ¡Mujer singular, mujer ambiciosa, mujer varonil! Por los ríos más
solitarios, por las correntadas más peligrosas, atrevía su batelón en busca
de los caucheros, para cambiarles por baratijas la goma robada,
exponiéndose a las violencias de toda suerte, a la traición de sus propios
bogas, al fusil de los salteadores, deseosa de acumular centavo a centavo
la fortuna con que soñaba, ayudándose con su cuerpo cuando el buen éxito
del negocio lo requería. Por hechizar a los hombres selváticos ataviábase
con grande esmero, y al desembarcar en los barracones, limpia, olorosa,
confiaba la defensa de sus haberes a su prometedora sensualidad.
¡Cuántas noches como ésta, en desiertos desconocidos, armaría su catre
sobre las arenas todavía calientes, desilusionada de sus esfuerzos, ansiosa
de llorar, huérfana de amparo y protección. Tras el día sofocante, cuyo sol
retuesta la piel y enrojece los ojos con doble llama al quebrarse en la
onda fluvial, la sospecha nocturna de que los bogas van a disgusto y han
concebido algún plan siniestro; tras el suplicio de los mosquitos, el
tormento de los zancudos, la cena mezquina, el rezongo del temporal, la
borrasca encendida y vertiginosa! ¡Y aparentar confianza en los marineros
que quieren robarse la embarcación, y relevarlos en la guardia, y
aguantarles refunfuños y malos modos, para que al alba continúe el viaje,
hacia el raudal que prohibe el paso, hacia las lagunas donde el gomero
prometió entregar un kilo de goma, hacia los ranchos de los deudores que
nunca pagan y que se ocultan al divisar la nave tardía!
Así, continuando el éxodo repetido, al monótono chapoteo de los canaletes,
debió de medir la inmensa distancia que hay entre la miseria y el oro
espléndido. Sentada sobre los fardos, en la proa del batelón, al abrigo de
su paraguas, repasaría en la mente sus cuentas, confrontando deudas e
ingresos, viendo impaciente cómo pasaba un año tras otro sin dejarle en las
manos valiosa dádiva, igual a esos ríos que donde confluyen sólo arrojan
espumas en el arenal. Quejosa de la suerte, agravaría su decepción al
pensar en tantas mujeres nacidas en la abundancia, en el lujo, en la
ociosidad, que juegan con su virtud por tener en qué distraerse, y que
aunque la pierdan siguen con honra, porque el dinero es otra virtud. Y
ella, uncida al yugo de la pobreza, luchando a brazo partido para comprar
el descanso de la vejez, y volver a su tierra, que le negó todos los
placeres, menos el de quererla, el de recordarla. Quizás tendría madre a
quien mantener, hermanos que educar, deudas sagradas que redimir. Y por eso
la forzaría la necesidad a pulir su rostro, ataviar su cuerpo, refinar su
labia, para que los artículos adquirieran categoría; los cobros, provecho;
las ofertas, solicitud.
Esto pensaba yo con juicio romántico, desposeído de encono, viéndola
ingeniarse por adquirir imperio sobre mi ser. ¿Ambicionaba mi oro o mi
juventud? Bien podía escoger lo que le placiera. En aquel momento sentía
por ella la solidaridad de los desgraciados. Su alma, endurecida por el
comercio, debía pagar tributo a la pesadumbre y a la ilusión, aunque sus
ambiciones fueran siempre vulgares. Quizás, como yo, del amor humano sólo
conocería la pasión sexual, que no deja lágrimas sino tedio. ¿Alguien
habría rendido su corazón? Pareció no acordarse de Lucianito cuando, al
mencionar al Yavaraté, hice veladamente la evocación de la sepultura. Acaso
otros pesares constituirían el patrimonio de su dolor, pero era seguro que
su maciza femineidad no vivía insensible a las sugestiones espirituales:
sus grandes ojos denuncian a ratos una congoja sentimental, que parece
contagiada por la tristeza de los ríos que ha recorrido, por el recuerdo de
los paisajes que no ha vuelto a ver.
Lentamente, dentro del perímetro de los ranchos, empezó a flotar una
melodía semirreligiosa, leve como el humo de los turíbulos. Tuve la
impresión de que una flauta estaba dialogando con las estrellas. Luego me
pareció que la noche era más azul y que un coro de monjas cantaba en el
seno de las montañas, con acento adelgazado por los follajes, desde
inconcebibles lejanías. Era que la madona Zoraida Ayram tocaba sobre sus
muslos un acordeón.
Aquella música de secreto y de intimidad daba motivo a evocaciones y a
saudades. Cada cual comenzó a sentir en su corazón que lo interrogaba una
voz conocida. Varias mujeres con sus chicuelos vinieron a acurrucarse junto
a la tañedora. Paz, misterio, melancolía. Elevado en pos del arpegio, el
espíritu se desligaba de la materia y emprendía fabulosos viajes, mientras
el cuerpo se quedaba inmóvil, como los vegetales circunvecinos.
Mi psiquis de poeta, que traduce el idioma de los sonidos, entendió lo que
aquella música les iba diciendo a los circunstantes. Hizo a los caucheros
una promesa de redención, realizable desde la fecha en que alguna mano
(ojalá fuera la mía) esbozara el cuadro de sus miserias y dirigiera la
compasión de los pueblos hacia las florestas aterradoras; consoló a las
mujeres esclavizadas, recordándoles que sus hijos han de ver la aurora de
la libertad que ellas nunca miraron, e individualmente nos trajo a todos el
don de encariñarnos con nuestras penas por medio del suspiro y de la
ensoñación.
En breves minutos volví a vivir mis años pretéritos, como espectador de mi
propia vida. ¡Cuántos antecedentes indicadores de mi futuro! ¡Mis riñas de
niño, mi pubertad agreste y voluntariosa, mi juventud sin halagos ni amor!
¿Y quién me conmovía en aquel momento hasta ablandarme a la mansedumbre y
desear tenderles los brazos, en un ímpetu de perdón, a mis enemigos?
¡Tal milagro lo realizaba una melodía casi pueril! ¡Indudablemente, la
madona Zoraida Ayram era extraordinaria! Intenté quererla, como a todas,
por sugestión. ¡La bendije, la idealicé! Y recordando las circunstancias
que me rodeaban, lloré por ser pobre, por andar mal vestido, por el sino de
la tragedia que me persigue.
Franco fue a despertarme por la mañana y encontró el chinchorro vacío.
Corrió luego al caño donde yo cumplía mi ablución matinal y me dio esta
noticia despampanante:
—¡Vístete ligero, que la madona va a proponerte una transacción!
—¡Mis ropas están húmedas todavía!
—¿Qué importa? ¡Hay que aprovechar! Ella salió del baño al amanecer, y ya
nos hizo un presente regio: galletas, café, dos potes de atún. Quiere
hablar contigo, ahora que estamos solos, pues el Váquiro se marchó desde
temprano a vigilar a los siringueros y sólo volverá de tardecita.
—¿Y qué quiere decirme?
—Que la prefieras en el negocio. Que si pides dinero para comprar caucho,
le tomes al Cayeno todo el que tenga en estos depósitos, a ver si él le
paga lo que le está debiendo. ¡Aprisa, vamos!
La madona, en el patio, conversaba animadamente con el Mulato y el Catire,
mostrándoles los encajes y los dedos, cual si quisiera instarlos a
desmayarse de admiración.
—Es un muestrario andante, —advirtióme Franco— nos propone que le compremos
telas, sortijas, joyas, semejantes a las que usa o de mejor laya. Dice que
llegó sola en una curiara, tripulada por tres naturales, y que dejó su
lancha en el caserío de San Felipe, en pleno Río Negro, porque el alto
Isana es intransitable. ¿Pero dónde tiene la mercancía que nos ofrece?
Podría yo jurar que su batelón está escondido en alguna ciénaga, por temor
de que puedan desvalijarlo, y que gentes adictas la esperan allí.
Al calor de la siesta, resolví presentármele a la mujer en su propia
alcoba, sin anunciarme, repensando un discurso preparado y con cierta
emoción que aumentaba mi palidez. La sorprendí aspirando su cigarrillo en
boquilla de ámbar, tendida en la hamaca soporosa, un pie sobre el otro, y
el ruedo de la falda barriendo el suelo en tardo compás. Al verme, logró
sentarse, con fingido disgusto de mi imprudencia, ajustóse la blusa
desabrochada, y, observándome, enmudeció.
Entonces, con ilusoria teatralidad, que, por cierto, fue muy sincera,
murmuré bajando los ojos:
—No repares, señora, en mis pies descalzos, ni en mis remiendos, ni en mi
figura; mi porte es la triste máscara de mi espíritu, mas por mi pecho
pasan todas las sendas para el amor.
Me bastó una mirada de la madona para comprender mi equivocación. Tampoco
entendía la necesidad de mi rendimiento, cuando hubiera podido darle a mi
ánima, ansiosa de un afecto cualquiera, las orientaciones definitivas;
tampoco supo velarse con el espíritu para hacerme olvidar la hembra ante la
mujer.
Disgustado por mi ridículo, me senté a su lado, decidido a vengarme de mi
estupidez, y tendiéndole el brazo sobre los hombros la doblé contra mí,
bruscamente, y mis dedos tenaces le quedaron impresos en la piel.
Arreglándose las peinetas, protestó anhelante:
—¡Estos colombianos son atrevidos!
—¡Sí, pero en empresas de mucha monta!
—¡Quieto! ¡Quieto! ¡Déjame reposar!
—¡Eres insensible como tus cabellos!
—¡Oh! ¡Alá!
—Te besé la cabeza y no sentiste.
—¡Para qué!
—¡Cual si hubiera besado tu inteligencia!
—¡Oh, sí!
Durante un momento quedóse inmóvil, menos pudorosa que alarmada, sin
mirarme ni protestar. De repente, se puso en pie.
—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!
—¡Nunca se equivoca mi corazón!
Y diciendo esto, le mordí la mejilla, una sola vez, porque en mis dientes
quedó un saborcillo de vaselina y polvos de arroz. La madona, estrechándome
contra su seno, prorrumpió llorosa:
—¡Ángel mío, prefiéreme en el negocio! ¡Prefiéreme!
¡Lo demás fue cuenta mía!
Hasta diez chiquillos panzudos me cercaron con sus totumas, gimoteando un
ruego enseñado por sus mamás, quienes en corrillo famélico los instigaban
desde otro caney, ayudándoles con los ojos en la súplica mendicante:
—¡Mañoco, ay, mañoco!
Entonces, la madona Zoraida Ayram, con su mano usurera y blanca, que aún
tenía la agitación de las últimas sensaciones, quiso demostrar su
munificencia y obtener mi aplauso: ejerciendo derechos de ama de casa,
franqueó la despensa a los pedigüeños y les ordenó colmar sus vasijas hasta
saciarse. Abalanzáronse los muchachos sobre el mapire, como chisgas sobre
el trigal, cuando, de súbito, una vieja envidiosa los alarmó con estas
palabras:
—¡Uiií! ¡Güipas! ¡El viejo!
Y la turba despavorida desbandóse con tal precipitación que algunos cayeron
derramando el afrecho precioso, pese a lo cual, los más listos recogieron
del suelo varios puñados y lleváronlos a la boca con tierra y todo.
El «espanto» de aquellos párvulos era el rumbero Clemente Silva, que,
habiendo ido a pescar, regresaba con las redes ineficaces. Grave recelo
sienten ante el anciano, con quien los asustan desde que salen de la
lactancia, enseñándoles que, cuando crezcan, va a extraviarlos en el centro
de los rebalses, bajo siringales oscurecidos, donde la selva habrá de
tragárselos.
La arisca timidez de los indiecitos crece al influjo de grotescas
supersticiones. Para ellos el amo es un ser sobrenatural, amigo del
«maguare», es decir, el diablo, y por eso los montes le prestan ayuda y los
ríos le guardan los secretos de sus violencias. Ahí está la isla del
«Purgatorio», en donde han visto perecer, por mandato del capataz, a los
caucheros desobedientes, a las indias ladronas, a los niños díscolos,
amarrados a la intemperie en total desnudez, para que los zancudos y los
murciélagos los ajusticien. Semejante castigo amedrenta a los pequeñuelos,
y antes de cumplir cinco años de edad salen a los cauchales, en la
cuadrilla de las mujeres, y con miedo al patrón, que los obliga a picar los
troncos, y con miedo a la selva, que debe odiarlos por su crueldad. Siempre
anda con ellos algún hachero que les derriba determinado número de árboles,
y es de verse, entonces, cómo, en el suelo, torturan al vegetal, hiriéndole
ramas y raíces con clavos y puyas, hasta extraerle la postrera gota de
jugo.
—¿Qué opina usted, don Clemente, de estos rapaces?
—Que en mí le tienen miedo a su porvenir.
—Pero usted es hombre de buen agüero. Compare nuestros temores de hace dos
días con la tranquilidad de que gozamos.
Así dije; y pensando en nuestra pronta separación, nos arrepentimos
íntimamente de haber hablado, y enmudecimos, procurando que nuestros ojos
no se encontraran.
—¿Hoy ha conferenciado con mis compañeros?
—Como amanecimos pescando, estarán durmiendo la siesta.
—¡Vamos a verlos!
Y cuando pasamos ante un caney, cercano al río, vi un grupo de niñas de
ocho a trece años, sentadas en el suelo, en círculo triste. Vestían todas
chingues mugrientos, terciados en forma de banda y suspendidos por sobre el
hombro con un cordón, de suerte que les quedaban pecho y brazo desnudos.
Una espulgaba a su compañera, que se le había dormido sobre las rodillas;
otras preparaban un cigarrillo en una corteza de «tabarí», fina como papel;
ésta, de cuando en cuando, mordía con displicencia un caimito lechoso;
aquélla, de ojos estúpidos y greñas alborotadas, distraía el hambre de una
criatura que le pataleaba en las piernas, metiéndole el meñique entre la
boquita, a falta del pezón ya exhausto. ¡Nunca veré otro grupo de más
infinita desolación!
—Don Clemente, ¿qué se quedan haciendo estas indiecitas mientras tornan sus
padres a la barraca?
—Éstas son las queridas de nuestros amos, se las cambiaron a sus parientes
por sal, por telas y cachivaches o las arrancaron de sus bohíos como
impuesto de esclavitud. Ellas casi no han conocido la serena inocencia que
la infancia respira, ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro de cargar
agua o el hermanito sobre el cuadril. ¡Cuán impuro fue el holocausto de su
trágica doncellez! Antes de los diez años, son compelidas al lecho, como a
un suplicio; y descaderadas por sus patronos, crecen entecas, taciturnas,
¡hasta que un día sufren el espanto de sentirse madres, sin comprender la
maternidad!
Mientras íbamos caminando, estremecidos de indignación, observé un
semitecho de «mirití», sostenido por dos horcones, de los cuales pendía un
chinchorro misérrimo, donde descansaba un sujeto joven de cutis ceroso y
aspecto extático. Sus ojos debían tener alguna lesión porque los velaba con
dos trapillos amarrados sobre la frente.
—¿Cómo se llama aquel individuo que se tapó la cara con la cobija, como
disgustado por mi presencia?
—Un paisano nuestro. Es el solitario Esteban Ramírez, que tiene la vista a
medio perder.
Entonces, acercándome al chinchorro y descubriéndole la cabeza, le dije con
voz tenue y emocionada:
—¡Hola, Ramiro Estévanez! ¿Crees que no te conozco?
Un singular afecto me ligó siempre a Ramiro Estévanez. Hubiera querido ser
su hermano menor. Ningún otro amigo logró inspirarme aquella confianza que,
manteniéndose dignamente sobre la esfera de lo trivial, tiene elevado
imperio en el corazón y en la inteligencia.
Siempre nos veíamos, nunca nos tuteábamos. Él era magnánimo; impulsivo, yo.
Él, optimista; yo, desolado. Él, virtuoso y platónico; yo, mundano y
sensual. No obstante, nos acercó la desemejanza, y, sin desviar innatas
inclinaciones, nos completábamos en el espíritu, poniendo yo la
imaginación, él la filosofía. También, aunque distanciados por las
costumbres, nos influimos por el contraste. Pretendía mantenerse incólume
ante la seducción de mis aventuras, pero al censurármelas lo inundaba
cierta curiosidad, una especie de regocijo pecaminoso por los desvíos de
que lo hizo incapaz su temperamento, sin dejar de reconocerles vital
atractivo a las tentaciones. Creo que, por encima de sus consejos, más de
una vez hubiera cambiado su temperancia por mis locuras. De tal suerte
llegué a habituarme a comparar nuestros pareceres, que ya en todos mis
actos me preocupaba una reflexión: ¿Qué pensará de esto, mi amigo mental?
Amaba de la vida cuanto era noble: el hogar, la patria, la fe, el trabajo,
todo lo digno y lo laudable. Arca de sus parientes, vivía circunscripto a
su obligación, reservándose para sí los serenos goces espirituales y
conquistando de la pobreza el lujo real de ser generoso. Viajó, se
instruyó, comparó civilizaciones, comprendió a hombres y mujeres, y por
todo aquello, adquirió después una sonrisilla sardónica, que tomaba relieve
cuando ponía en sus juicios la pimienta del análisis y en sus charlas la
coquetería de la paradoja.
Antaño, apenas supe que galanteaba a cierta beldad de categoría, quise
preguntarle si era posible que un joven pobre pensara compartir con otra
persona el pan escaso que conseguía para sus padres. Nada le traté a fondo
porque me interrumpió con frase justa: «¿No me queda derecho ni a la
ilusión?».
Y la loca ilusión lo llevó al desastre. Tornóse melancólico, reservado, y
acabó por negarme su intimidad. Con todo, algún día le dije por indagarlo:
«Quiera el destino reservarle mi corazón a cualquier mujer cuya parentela
no se crea superior, por ningún motivo, a mi gente». Y me replicó: «Yo
también he pensado en ello. ¿Pero qué hacer? ¡En esa doncella se detuvo mi
aspiración!».
Al poco tiempo de su fracaso sentimental no lo volví a ver. Supe que había
emigrado a no sé dónde, y que la fortuna le fue risueña, según lo
predicaban, tácitamente, las relativas comodidades de su familia. Y ahora
lo encontraba en las barracas de Guaracú, hambreado, inútil, usando otro
nombre y con una venda sobre los párpados.
Gran desconcierto me produjo su pesadumbre, y, por compasiva delicadeza, no
me atreví a inquirir detalle ninguno de su suerte. En vano esperé a que
iniciara la confidencia. El tal Ramiro estaba cambiado; ni un apretón, ni
una palabra cordial, ni un gesto de regocijo por nuestro encuentro, por
todo ese pasado que en mí renacía y en el cual poseíamos partes iguales. En
represalia, adopté un mutismo glacial. Después, por mortificarlo, le dije
secamente:
—¡Se casó! Sí, ¿sabías que se casó?
Al influjo de esta noticia resucitó para mi amistad un Ramiro Estevánez
desconocido, porque en vez del suave filósofo apareció un hombre mordaz y
amargo, que veía la vida tal como es por ciertos aspectos. Asiéndome de la
mano interrogó:
—¿Y será verdadera esposa, o sólo concubina de su marido?
—¿Quién lo podrá decir?
—Claro que ella posee virtudes para ser la esposa ideal de que nos habla el
Evangelio; pero unida a un hombre que no la pervirtiera y «encanallara».
Entiendo que el suyo es uno de tantos como conozco, viudos de mancebía,
momentáneos, desertores de los burdeles, que se casan por vanidad o por
interés, hasta por adquirir hembra de alcurnia a beneplácito de la
sociedad. Pero pronto la depravan y la relegan, o en el santuario del hogar
la convierten en meretriz, pues su ardor marital ya no prospera sino
reviviendo prácticas de prostíbulo.
—¿Y eso qué importa? Con tal de llevar apellido ilustre que se cotice en el
gran mundo...
—¡Bendito sea Dios, porque aún existe la candidez!
Esta frase me hizo la impresión de un alfilerazo en mi epidermis de hombre
corrido. Y me di a acechar el momento de probarle a Estévanez que yo
también entendía de mordacidad; pero la ocasión no se presentaba y él
expuso:
—A propósito de apellidos, recuerdo cierta anécdota de un ministro, de
quien fui escribiente. ¡Qué ministro tan popular! ¡Qué despacho tan
visitado! Pronto me di cuenta de un fenómeno paradójico: los aspirantes
salían sin gangas, pero rebosaban de orgullo prócer. Una vez penetraron en
la oficina dos caballeros de punta en blanco, elegantes de oficio,
profesores de simpatía en garitos y salones. El ministro, al tenderles la
mano, puso atención a sus apellidos.
“—Yo soy Zárraga —dijo uno.
»—Yo soy Cómbita —murmuró el otro.
»—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Cuánto honor, cuánto gusto! ¡Ustedes son descendientes
de los Zárragas y de los Cómbitas!
”Y cuando salieron, le pregunté a mi augusto jefe:
»—¿Quiénes son los antepasados de estos señorones, cuya prosapia arrancó a
usted un elogio tan espontáneo?
»—¿Elogio? ¡Qué sé yo! ¡Mi pleitesía fue de simple lógica: si el uno es
Cómbita y el otro es Zárraga, sus respectivos padres llevarán esos
apellidos! ¡Nada más!».
Porque Ramiro no advirtiera que su talento provocaba mi admiración,
aparenté displicencia ante sus palabras. Quise tratarlo como a pupilo,
desconociéndolo como a mentor, para demostrarle que los trabajos y
decepciones me dieron más ciencia que los preceptores de filosofismo, y que
las asperezas de mi carácter eran más a propósito para la lucha que la
prudencia débil, la mansedumbre utópica y la bondad inane. Ahí estaban los
resultados de tan grande axioma: entre él y yo, el vencido era él.
Retrasado de las pasiones, fracasado de su ideal, sentiría el deseo de ser
combativo, para vengarse, para imponerse, para redimirse, para ser hombre
contra los hombres y rebelde contra su destino. Viéndolo inerme, inepto,
desventurado, le esbocé con cierta insolencia mi situación para
deslumbrarlo con mi audacia:
—Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por estas selvas?
—La energía sobrante, la búsqueda de El Dorado, el atavismo de algún abuelo
conquistador...
—¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar al que la tenga!
—Mal te cuadra el penacho rojo de Lucifer.
—¿Pero no crees acaso en mi decisión?
—¿Y la tal mujer merece la pena? Si es como la madona Zoraida Ayram...
—¿Sabes algo?
—Me pareció que entrabas en su caney...
—¿De modo que tus ojos no están perdidos?
—Todavía no. Fue una incuria mía, mientras fumigaba un bolón de goma.
Prendí fuego, y, al taparlo con el embudo que se habilita de chimenea, una
rama rebelde que chirriaba quemándose me lanzó al rostro un chorro de humo.
—¡Qué horror! ¡Como si se tratara de una venganza contra tus ojos!
—¡En castigo de lo que vieron!
Esta frase fue para mí una revelación; Ramiro era el hombre que, según don
Clemente Silva, presenció las tragedias de San Fernando del Atabapo y solía
relatar que Funes enterraba la gente viva. Él había visto cosas
extraordinarias en el pillaje y la crueldad, y yo ardía por conocer
detalles de esa crónica pavorosa.
Hasta por ese aspecto Ramiro Estévanez resultaba interesantísimo; y como,
al parecer, reaccionaba contra el divorcio de nuestra fraterna intimidad,
fuese amenguando en mi corazón el resentimiento y empezamos a hacer el
canje de nuestras desdichas, refiriéndolas a grandes rasgos. Aquel día no
cambiamos palabra sobre la tiranía del coronel Funes, porque Ramiro no
cesaba de hacerme el inventario de sus cuitas, como urgido de protección.
Lo que más me dolió de cuanto contaba fueron las inauditas humillaciones a
que dio en someterlo un capataz a quien llamaban el Argentino, por decirse
oriundo de aquel país. Este hombre, odioso, intrigante y adulador, les
impuso a los siringueros el tormento del hambre, estableciendo la práctica
insostenible de pagar con mañoco la leche del caucho, a razón de puñado por
litro. Había llegado a las barracas del Guaracú con unos prófugos del río
Vestuario, y, queriendo vendérselos al Cayeno, convirtióse en explotador de
sus propios amigos, forzándolos con el foete a trabajos agobiadores, para
demostrar la pujanza física de los cuitados y exigir por ellos óptimo
precio. Gerenciaba también el zarzo de las mujeres, premiando con sus
cuerpos avejentados la abyección de ciertos peones y a fuerza de mala
índole ganóse el ánimo del Cayeno, hasta posponer al Váquiro mismo, que lo
odiaba y reñía.
En el preciso instante que relataba Ramiro Estévanez tan torpes abusos,
principió a llegar a los tambos la desolada fila de caucheros, con los
tarros de goma líquida y las ramas verdes del árbol «massaranduba», que
prefieren para fumigar porque produce humo denso. Mientras unos guindaban
sus chinchorros para tenderse a sudar la fiebre o a lamentarse del beriberi
que los hinchaba, otros prendían fuego, y las mujeres amamantaban a sus
criaturas, que no les daban tiempo para quitarse de la cabeza las tinajas
rebosantes de jugo.
Llegó con ellos y con el Váquiro un individuo que usaba abrigo impermeable
y esgrimía en los dedos un latiguillo de balatá. Hizo limpiar una gran
vasija y se puso a medir con una totuma la leche que cada gomero presentaba
atortolándolos con insultos, con amenazas y reclamos, y mermándoles el
mañoco a que tenían derecho para cenar.
—Mira —exclamó temblando Ramiro—. ¡Mi hombre es aquel sujeto del
impermeable!
—¡Cómo! ¿Ése que me observa por bajo el ala del sombrero? ¡No hay tal
argentino. Ése es el famoso «Petardo Lesmes», popularísimo en Bogotá!
Al sentirse objeto de mi atención, multiplicaba las reprensiones y
trajinaba de aquí y de allí, como para que yo quedara lelo ante sus
portentosas actividades de hombre de empresa y me diera cuenta de lo
difícil que me sería contentar al futuro patrón. Dándoselas de afanoso y
ocupadísimo, marchó hacia mí, fingiendo escribir, mientras caminaba, en una
libreta, para tener pretexto de atropellarme.
—Amigo, ¿el nombre de usted? ¿Los informes de su cuadrilla?
Picado por la insolencia del fantoche, volví la cara hacia los caucheros y
respondí por soflamarlo:
—Soy de la cuadrilla de los «pepitos». Los envidiosos que me conocieron en
Bogotá me apodaron el «Petardo Lesmes», aunque hace tiempo que no les pido
nada, pese a los desembolsos que ocasiona la sociedad. Preferiría empeñar
mi argolla de compromiso en cubículos y trastiendas, aun a riesgo de que lo
supiera mi prometida, con tal de ser munífico, cual lo requiere mi posición
social. Ocupé mis ratos de estudio en dirigir anónimos a mis primas contra
sus pretendientes que no eran ricos o que no eran «chic». Alegré corrillos
de esquinas señalando con dedo cínico a las mujeres que desfilaban,
calumniándolas en mil formas, para acreditar mi cartel de perdonavírgenes.
Fui cajero de la Junta de Crédito Distrital, por llamamiento unánime de sus
miembros. Los cien mil dólares del alcance no salieron todos en mi maleta:
me dieron únicamente el quince por ciento. Acepté la designación con previo
acuerdo de firmar recibo por un caudal que ya no existía. Palabra dada,
palabra sagrada. Al principio tuve vagos escrúpulos de inexperto, pero la
Junta me decidió. Recordóme el ejemplo de tanto «pisco» que saquea con
impunidad habilitaciones, bancos, pagadurías, sin menoscabar su buena
reputación. Fulano de tal falsificó cheques: Zutano adulteró cuentas y
depósitos, Perencejo se puso por la derecha un sueldo adecuado a su
categoría de novio elegante, en lo cual procedió muy bien, pues no es justo
ni humano trajinar con talegas y mazos de billetones, padeciendo
necesidades, con el suplicio de Tántalo día por día, y ser como el asno que
marcha hambriento llevando la cebada sobre su lomo. Vine por aquí mientras
olvidan el desfalco; tornaré presto, diciendo que andaba por Nueva York, y
llegaré vestido a la moda, con abrigo de pieles y zapatos de caña blanca, a
frecuentar mis relaciones, mis amistades, y a obtener otro empleo
fructuoso. ¡Éstos son los informes de mi cuadrilla!
Así terminé, remirando a Estévenez y feliz de haber encontrado ocasión de
exhibir mi mordacidad. El Petardo Lesmes, sin inmutarse, me argumentó:
—¡Mis tías y mis hermanas pagarán todo!
—¿Con qué, con qué? Ustedes son pobres, hijos de ricos. Dividida la
herencia, nos igualamos.
—¿Arturo Cova igualarse a mí? ¿Cómo, de qué manera?
—¡De ésta! —Y rapándole el látigo, le crucé el rostro.
El Petardo salió corriendo, entre el ruido del impermeable, gritando que le
prestaran una carabina. ¡Y no me mató!
El Váquiro, la madona y mis compañeros acudieron a contenerme. Entonces un
cauchero corpulentísimo sonrió cuadrándose:
—Eso sí que no sería con yo. ¡Si usté me hubiera tocao la cara, uno de los
dos estaría en el suelo!
Varios del corrillo que nos rodeaba le replicaron:
—¡No se meta de guapetón, acuérdese del Chispita, que en el Putumayo le
echaba rejo!
—¡Sí, pero onde lo vea, le corto las manos!
—Franco, ¿qué te dice Ramiro Estévanez, qué se murmura en los barracones?
—Ramiro se entusiasma por tu ardentía y se apoca ante tu imprudencia. Los
gomeros aplauden la humillación del Petardo Lesmes, pero en todos veo
cierta inquietud, el presentimiento de alguna cosa sensacional. Yo mismo
empiezo a sentir una desconfianza preocupadora. Ayudado por el Catire, he
procurado cumplir tus órdenes respecto de la insurrección; pero nadie
quiere meterse en sublevaciones, desconfían de nuestros planes y de ti
mismo. Suponen que los quieres acaudillar para esclavizarlos cuando pase el
golpe o venderlos después. Temo haberles hablado a los delatores. El
Petardo Lesmes partió esta mañana en exploración y quería llevarse como
rumbero a Clemente Silva. Gracias a que el Váquiro no convino en que éste
marchara.
—¡Qué has dicho! ¡Es imperioso que la canoa salga esta misma noche para
Manaos!
—Lo lamentable es que sea tan pequeña. Si pudiéramos caber todos...
—¿Pero no comprendes tu desvarío? Aquí debemos permanecer. Nuestra
residencia en el Guaracú es la garantía de los viajeros. Si los atajaran,
si los prendieran, ¿quién velaría por su destino? Hay que darles tiempo de
que desciendan al Isana. Después haremos lo que se pueda para escaparnos.
Mientras tanto, nuestro cónsul estará en viaje y lo avistaremos en el Río
Negro. Dos meses de espera, porque la madona les presta su lancha a los
emisarios y la tomarán desde San Felipe.
—Óyeme: el viejo Silva dice que no quiere dejarte solo, que no puede
admitir favores que provengan de esa mujer, quien lo tuvo esclavo tras de
haber sido concubina de Lucianito.
—¡Si eso quedó arreglado desde ayer! ¡Se irá don Clemente con el mulato y
dos bogas más! Ya les tengo firmados los pasaportes. Los víveres listos.
¡Sólo me falta escribir la correspondencia!
Alarmado por este informe, corrí luego a buscar al anciano Silva y le rogué
con acento apremiante, provocando sus lágrimas:
—¡No se detenga por mis peligros! ¡Váyase, por Dios, con los huesos de su
pequeño! ¡Piense que, si se queda, descubren todo y no saldremos jamás de
aquí! ¡Guarde ese llanto para ablandar el alma de nuestro cónsul y hacer
que se venga inmediatamente a devolvernos la libertad! Regrese con él y
viajen de día y de noche, en la seguridad de hallarnos pronto, porque para
entonces estaremos en el Guainía. Búsquenos usted en el Yaguanarí, en el
barracón de Manuel Cardoso; y si le dicen que nos internamos en la montaña,
coja nuestra pista, que muy en breve nos encontrará. Desde ahora le repito
las mismas súplicas de Coutinho y de Souza Machado, cuando, perdidos en la
floresta, le besaban los pies: «Apiádese de nosotros. Si usted nos
abandona, moriremos de hambre».
Después, estrechando contra mi pecho al mulato Antonio Correa:
—¡Vete, pero no olvides que merecemos la redención! ¡No nos dejen botados
en estos montes! ¡Nosotros también queremos regresar a nuestras llanuras,
también tenemos madre a quien adorar! ¡Piensa que si morimos en estas
selvas, seremos más desgraciados que el infeliz Luciano Silva, pues no
habrá quien repatrie nuestros despojos!
Y aunque el Váquiro, ebrio, y la madona concupiscente me esperaban para
yantar, me encerré en la oficina del patrón, y, en compañía de don Ramiro
Estévanez, redacté para nuestro cónsul el pliego que debía llevar don
Clemente Silva, una tremenda requisitoria, de estilo borbollante y
apresurado como el agua de los torrentes.
Esa noche, el Váquiro, deteniéndose en el umbral, interrumpía nuestra labor
con impertinencias:
—¡Pida cachaza, pida tabaco y tiros de winchester!
A su vez, el Catire Mesa, provisto de una antorcha, se presentaba a
repetir:
—La canoa está lista, pero no hay quien entregue el quintal de caucho que
deben llevar como dinero para cubrir los costos del viaje.
Y la madona, con fastidiosa desfachatez, entraba en el cuartucho mal
iluminado, me interrogaba familiarmente, me servía pocillos de café tinto,
que ella misma endulzaba, a sorbos, dándome por servilleta la punta de su
delantal.
En presencia del casto Ramiro, apoyó la mejilla en mi hombro, viendo correr
la pluma sobre las páginas, a la resinosa luz del candil, admirada de mi
destreza en trazar signos que ella no entendía, tan diferentes del alfabeto
árabe.
—¡Quién supiera escribir tu idioma! Angel mío, ¿qué pones ahí?
—Le estoy diciendo a la casa Rosas que tienes un caucho maravilloso.
Ramiro, indignado, se retiró.
—Amor, no le digas eso, porque me pedirá que se lo dé en pago.
—¿Acaso le debes?
—¡La deuda no es mía, pero... quisiera que me ayudaras!...
—¿Te obligaste como fiadora?
—Sí.
—Pero el deudor te daba lotes de caucho.
—Eran para mí, no para la deuda.
—¡Y lo mató un árbol! ¿No es verdad que lo mató un árbol, el de la ciencia
del bien y del mal?
—¡Oh! ¿Tú sabes? ¿Tú sabes?
—¡Recuerda que he vivido en el Vaupés!
La madona, desconcertada, retrocedía, pero yo, sujetándola por los brazos,
la obligué a hablar.
—¡No te afanes, no te desesperes! ¿Es tuya la culpa de que el muchacho se
matara? ¡No me niegues que se suicidó!
—¡Sí, se mató! ¡Pero no lo cuentes a tus amigos! ¡Tenía tantas deudas!
¡Quería que me quedara en los siringales viviendo con él! ¡Imposible! ¡O
que nos casáramos en manaos! Un absurdo. ¡Y en el último viaje, cuando
pernoctamos en el raudal, lo desengañé, le exigí que me dejara, que se
volviera! Empezó a llorar. ¡Él sabía que yo cargaba el revólver entre el
corpiño! Inclinóse sobre mi hamaca, como oliéndome, como palpándome. ¡De
pronto, un disparo! ¡Y me bañó los senos en sangre!
La madona, sacudida por el relato, fue ganando la puerta, con las manos
sobre la blusa, como si quisiera tapar la mancha caliente. ¡Y me quedé
solo!
Entonces sentí ascender palabras de llanto, juramentos, imprecaciones, que
salían del caney próximo. Don Clemente Silva y mis camaradas me rodearon
enfurecidos:
—¡Me los botaron! ¡Ah, miserables! ¡Me los botaron!
—¡Cómo! ¡Será posible!
—¡Los huesos de mi hijo, de mi hijo desventurado, los tiraron al río,
porque la madona, esa perra cínica, les tenía escrúpulos! ¡Ahora sí,
cuchillo con estas fieras! ¡Mátelos a todos!
Momentos después, sobre la canoa desatracada, vi erguirse en la sombra el
perfil colérico del anciano. Entré en el agua para abrazarlo una y otra
vez, y escuché sus postreras admoniciones:
—¡Mátelos, que yo vuelvo! ¡Pero perdone a la pobre Alicia! ¡Hágalo por mí!
Como si fuera María Gertrudis.
Y se fue la canoa, y comprendíamos que los viajeros agitaban los brazos
hacia nosotros en la lobreguez del cauce siniestro. Llorando, repetimos las
palabras de Lucianito: «¡Adiós, adiós!».
Arriba, el cielo sin límites, la constelada noche del trópico.
¡Y las estrellas infundían miedo!
Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Estévanez, distraigo la
ociosidad escribiendo las notas de mi odisea, en el libro de caja que el
Cayeno tenía sobre su escritorio como adorno inútil y polvoriento.
Peripecias extravagantes, detalles pueriles, páginas truculentas forman la
red precaria de mi narración, y la voy exponiendo con pesadumbre, al ver
que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta
insignificante y perecedero.
Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con deseos de notoriedad, al
correr presuroso en el papel tras de las palabras para irlas fijando sobre
las líneas. No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez
con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el curso de mis
pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó
el destino, y logra estimularse para la acción, pues siempre ha sido
provechosísima disciplina para el pusilánime hacer confrontaciones con el
arriscado.
Todo nos lo hemos dicho y ya no tenemos de qué conversar. Su vida de
comerciante en Ciudad Bolívar, de minero en no sé qué afluente del Carona,
de curandero en San Fernando del Atabapo, carece de relieve y de
fascinación; ni un episodio característico, ni un gesto personal, ni un
hecho descollante sobre lo común. En cambio, yo sí puedo enseñarle mis
huellas en el camino, porque si son efímeras, al menos no se confunden con
las demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas, con jactancia o con
amargura, según la reacción que producen en mis recuerdos, ahora que las
evoco bajo las barracas del Guaracú.
Si el Váquiro deletreara las apreciaciones que me suscita, se vengaría
soltándome, libre de ropas, en la isla del purgatorio, para que las plagas
dieran remate a las sátiras y al satírico. Pero el general es más ignorante
que la madona. Apenas aprendió a dibujar su firma, sin distinguir las
letras que la componen, y está convencido de que la rúbrica es elevado
emblema de sus títulos militares.
A ratos escucho el taloneo de sus cotizas y penetra en el escritorio a
charlar conmigo.
—Calculo que la curiara va más abajo del raudal de Yuruparí.
—¿Y no habrán tenido dificultades?... El Petardo Lesmes...
—¡Pierda cuidado! Anda por el Inírida, y en esta semana debe regresar.
—Señor general, ¿él cumple ciertas órdenes de usted?
—Lo mandé perseguir a los indios del caño Pendare, pa aumentar los
trabajadores. Y busté, joven Cova, ¿qué es lo que escribe tanto?
—Ejercito la letra, mi general. En vez de aburrirme matando zancudos.
—Eso tá bien hecho. Por no haber practicao, se me olvidó lo poco que sé.
Afortunadamente, tengo un hermano que es un belitre en cosas de pluma.
Dicen que era de malas pa la ortografía, pero cuando me vine lo vi
«jalarse» hasta medio pliego sin diccionario.
—¿Su hermano también estuvo en San Fernando del Atabapo?
—¡No, no! Ni pa qué.
—¿Mi paisano Esteban Ramírez era amigo suyo?
—¡Cuántas veces le he repetido que sí y que sí! Juntos nos le fugamos al
indio Funes, porque sabrá busté que el Tomás es indio. Si nos coge, nos
despescueza. Y como yo conocía al Cayeno, resolvimos venir a buscarlo.
Remontamos el río Guainía, desde Maroa, y por el arrastradero de los caños
Mica y Rayao pasamos al Inírida. Y aquí nos ve, establecidos en el isana.
—General, mi paisano agradece tanto...
—A él le consta que si me vine no fue de miedo, sino por no «empuercarme»
matando al Funes. Busté sabe que ese bandido debe más de seiscientas
muertes. Puros racionales, porque a los indios no se les lleva el número.
Dígale a mi paisano que le cuente las matazones.
—Ya me las contó. Ya las anoté.
En el pueblecito de San Fernando, que cuenta apenas sesenta casas, se dan
cita tres grandes ríos que lo enriquecen: a la izquierda, el Atabapo, de
aguas rojizas y arenas blancas; al frente, el Guaviare, flavo; a la
derecha, el Orinoco, de onda imperial. ¡Alrededor, la selva, la selva!
Todos aquellos ríos presenciaron la muerte de los gomeros que mató Funes el
8 de mayo de 1913.
Fue el siringa terrible —el ídolo negro— quien provocó la feroz matanza.
Sólo se trata de una trifulca entre empresarios de caucherías. Hasta el
Gobernador negociaba en caucho.
Y no pienses que al decir «Funes» he nombrado a persona única. Funes es un
sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos
son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico.
La costumbre de perseguir riquezas ilusas a costa de los indios y de los
árboles; el acopio paralizado de chucherías para peones, destinadas a
producir hasta mil por ciento; la competencia del almacén del Gobernador,
quien no pagaba derecho alguno, y al vender con mano oficial recogía con
ambas manos; la influencia de la selva, que pervierte como el alcohol,
llegaron a crear en algunos hombres de San Fernando un impulso y una
conciencia que los movió a valerse de un asesino para que iniciara lo que
todos querían hacer y que le ayudaron a realizar.
Ni creas que delinquía el Gobernador al pegar la boca a la fuente de los
impuestos, con un pie en su despacho y el otro en la tienda. Tan contraria
actitud se la imponían las circunstancias, porque aquel territorio es como
una heredad cuyos gastos paga el favorito que la disfruta, inclusive su
propio sueldo. El Gobernador de esa comarca es un empresario cuyos
subalternos viven de él; siendo sus empleados particulares, tienen una
función constitucional. Uno se llama Juez, otro Jefe Civil, otro
Registrador. Les imparte órdenes promiscuas, les fija salarios y los
remueve a voluntad. Los tiempos del Pretor, que impartía justicia en las
plazas públicas, reviven en San Fernando bajo otra forma: un funcionario
plenipotente legisla, gobierna, y juzga por conducto de parciales
asalariados.
Y no es raro ver en la población a individuos que, llegados de lueñes
tierras, se detienen frente a un ventorro y dicen al ventero con urgida
voz: «Señor Juez, cuando se desocupe de pesar caucho, hágame el favor de
abrir la oficina para presentar nuestras demandas», y se les responde: «Hoy
no los atiendo. En esta semana no habrá justicia: el Gobernador me tiene
atareado en despachar mañoco para sus barranqueros del Beripamoni».
Esto allí es legal, correcto y humano. Cualquiera tiene derecho de
preocuparse por las entradas del patrón: las rentas son el termómetro de
los sueldos. Bolsillo flojo, pago mezquino.
El gobernador, Roberto Pulido, competidor comercial de sus gobernados, no
había establecido impuestos estúpidos; sin embargo, fraguábase la conjura
para suprimirlo. Su mala estrella le aconsejó dictar un decreto en el cual
disponía que los derechos de exportar caucho se pagaran en San Fernardo,
con oro o con plata, y no con pagarés girados contra el comercio de Ciudad
Bolívar. ¿Quién tenía dinero listo? Los guardadosos. Mas éstos no lo
ahorraban para prestarlo: compraban goma barata a quien tuviera necesidad
de pagar tarifas de exportación. Al principio, los mismos conspiradores
entraron en competencia en este negocio; luego sacaron de allí el pretexto
para estallar: decir que Pulido dictó su decreto, aprovechando la carencia
de numerario, para hacerse vender la goma a precio irrisorio, por
intermedio de compinches confabulados. ¡Y lo mataron, lo saquearon y lo
arrastraron, y en una sola noche, desaparecieron setenta hombres!
—Desde días atrás —me refiere Ramiro Estévanez— advertí los preparativos
del ominoso acontecimiento. Ya se decía, a boca tapada, que varios sujetos
habían logrado infundirle a Funes la creencia de que era apto para
adueñarse de la región y hasta para ser Presidente de la república cuando
quisiera. No resultaron falsos profetas los de aquel augurio: porque jamás,
en ningún país, se vio tirano con tanto dominio en la vida y fortunas como
el que atormenta la inconmensurable zona cauchera cuyas dos salidas están
cerradas: en el Orinoco, por los chorros de Atures y de Maipures; y en el
Guainía, por la aduana de Amanadona.
«Un día acudí a la casa del coronel, a tiempo que éste ajustaba la puerta
del patio. Aunque intentó cerrarla rápidamente, alcancé a ver que en el
interior había considerable número de caucheros sentados en los pretiles y
en los poyos de la cocina, limpiando sus armas. Estos hombres fueron
traídos de las barracas del Pasimoni, como después se dijo, y llegaron a
medianoche a la población, en compañía de otros barranqueros pertenecientes
al personal de distintos patrones, que los ocultaron con cautela.
»Funes alarmóse al notar que yo había observado a los gomeros y, buscando
mi oído, secreteó con patibularia amabilidad:
»—¡No los dejo salir porque se emborrachan! ¡Son de los nuestros! ¿Qué se
le ofrece?
»—Le debo mil bolívares a Espinosa y me tiene fundido a cobros. Si usted
quisiera prestármelos...
»—¡Yo nací para los amigos! Espinosa nunca volverá a cobrarle. Usted con
sus propias manos tendrá ocasión de saldar esa deuda. Esperemos que llegue
el gobernador.
»Y Pulido llegó al atardecer, de regreso del Casiquiare, en una lancha de
petróleo llamada “Yasaná”. En compañía de varios empleados, recogióse
pronto porque venía enfermo de fiebre. Mientras tanto, sus enemigos, que
habían limpiado de embarcaciones la costa para evitar fugas posibles,
quitáronle el timón a la lancha y lo escondieron en la trastienda del
coronel, cuyas tapias dan sobre el Atabapo.
»Vino a poco la noche, una noche medrosa y relampagueante. De la casa de
Funes salieron grupos armados de winchesters, embozados en bayetones para
que nadie los conociera, tambaleantes por el influjo del ron que les
enardecía la amabilidad. Por las tres callejas solitarias se distribuyeron
para el asalto, recordando los nombres de las personas que debían
sacrificar. Algunos, mentalmente, incluyeron en esa lista a cuanto
individuo les inspiraba antipatías o resentimientos: a sus acreedores, a
sus rivales, a sus patrones. Marchaban recostados a las paredes, tropezando
con los cerdos que dormitaban en la acera: ‘¡Marrano maldito, me hace
caer!’.
»—¡Chist! ¡Silencio! ¡Silencio!
»En el estanco de Cappecci, gente indefensa jugaba a los naipes, acaballada
en el mostrador. Cinco hombres, entre ellos Funes, quedaron acechándola en
lo oscuro, para cuando se abriera fuego en la esquina próxima. Allá, en la
alcoba del sentenciado, ardía una lámpara que lanzaba contra la lluvia
lívidas claridades. El grupo de López, felonamente, se acercó a la ventana
abierta. Adentro, Pulido, abrigado entre su chinchorro, sorbía la porción
preparada por los enfermeros. De repente, volviendo los ojos hacia la
noche, alcanzó a sentarse. ‘¿Quiénes están ahí?’ ¡Y las bocas de veinte
rifles le contestaron, llenando la estancia de humo y sangre!
»Ésta fue la señal terrible, el comienzo de la hecatombe. En las tiendas,
en las calles, en los solares reventaban los tiros. ¡Confusión, fogonazos,
lamentaciones, sombras corriendo en la oscuridad! A tal punto cundía la
matazón, que hasta los asesinos se asesinaron. A veces, hacia el río, una
procesión consternaba el pasmo de las tinieblas, arrastrando cadáveres que
pendían de los miembros y de las ropas, atropellándose sobre ellos, como
las hormigas cuando transportan provisiones pesadas. ¿Por dónde escapar, a
dónde acudir? Mujeres y chicuelos, desorbitados por un refugio, daban con
la pandilla que los baleaba antes de llegar: ‘¡Viva el Coronel Funes!
¡Abajo los impuestos! ¡Viva el comercio libre!’.
»Como una saeta, como una ráfaga, empezó a correr una voz: ‘¡A la casa del
Coronel! ¡A la casa del Coronel!’ Mientras tanto, en el puerto lóbrego
tableteaba el motor de la Yasaná. ‘¡A dejar el pueblo! ¡A embarcarse! ¡A la
casa del Coronel!’.
»Cesaron los tiros. En su sala, en su tienda, trajinaba Funes, recibiendo a
las gentes incautas, separando con sonrisitas a los que pronto serían
asesinados en el solar. ‘¡Usted, a la lancha! ¡Usted, conmigo!’ En breves
minutos colmóse el patio de rostros pavóricos. Tras la puerta del muro que
da sobre el río se situó González con el machete. ‘¡A bordo, muchachos!’ Y
el que iba saliendo, rodaba decapitado, entre los hoyos que dieron tierra
para levantar la edificación.
»¡Ni un grito, ni una queja!
»¡La noche, el motor, la tempestad!».
«Asomándome a la ventana del corredor, donde parpadeaba una lamparilla, vi
arremolinarse en la oscuridad el rebaño de detenidos, recelosos de desfilar
por la hórrida puerta, escalofriados por la intuición del peligro cruento,
erizados como los toros que perciben sobre la yerba olor de sangre.
»—¡A bordo, muchachos!» —repetía la voz cavernosa, desde el otro lado del
quicio feral. Nadie salía. Entonces la voz pronunciaba nombres.
»Los de adentro intentaron una tímida resistencia: ‘¡Salga primero!’ ‘¡Al
que llaman es a usted!’ ‘¿Pero por qué me acosan a mí?’ ¡Y ellos mismos se
empujaban hacia la muerte!
»En la pieza donde estaba yo comenzaron a descargar bultos y más bultos:
caucho, mercancías, baúles, mañocos, el botín de los muertos, la causa
material de su sacrificio. Unos murieron porque la codicia de sus rivales
estaba clamando por el despojo; otros fueron sacrificados por ser peones en
la cuadrilla de algún patrón a quien convenía mermarle la gente, para poner
coto a la competencia; contra éstos fue ejecutado el fatal designio, pues
debían fuertes avances, y dándoles muerte se aseguraba la ruina de sus
empresarios; aquéllos cayeron, estrangulado el grito agónico, porque eran
del tren gubernamental, empleados, amigos o familiares del aborrecido
gobernador. Los demás, por celos, inquinas, enemistades.
»—¿Cómo es posible que lo encuentre sin carabina? —preguntóme Funes—. Usted
no ha querido ayudarnos en nada. ¡Y eso que ya cubrí su deuda! ¡En este
machete se lee el recibo!
»Y enseñaba contra el farol la hoja sanguinolenta y mellada.
»—No se exponga —agregó— a que el pueblo lo considere enemigo de sus
derechos y su libertad. Es preciso adquirir credenciales: una cabeza, un
brazo, lo que se pueda. ¡Tome este winchester y “rebúsquese»! ¡Ojalá se
topara con Dellipiani o con Baldomero!
»Y cogiéndome por el hombro, muy amablemente, me puso en la calle.
»Por un lado del puerto, hacia la laja de Maracoa, se agruparon unas
linternas y descendieron a lo largo de la orilla, alumbrando las aguas y el
arenal. Eran unas mujeres que gimoteaban al través de los pañolones,
buscando los cadáveres de sus deudos.
»—¡Ay! ¡Aquí le arrancaron los intestinos! ¡Lo tirarían a la resaca, pero
ha de flotar al amanecer!
»En tanto, en los solares, tipos enmascarados movían sus velas, con afán de
esconder entre los hoyos llenos de basuras los cuerpos de las víctimas y la
responsabilidad de los matadores.
»—¡Bótenlos al río! No me los dejen en este patio, que no tardan en ponerse
hediondos.
»Así clamaba una vejezuela, y, al verse desobedecida, amontonó ceniza
caliente en las improvisadas sepulturas.
»A veces ambulaba por las esquinas alguna ronda de hombres protervos, que
se atisbaban con desconfianza recíproca, disfrazando sus estaturas y sus
movimientos por hacer imposible la identidad. Algunos se acercaban para
tentarse la manga de la camisa, que debía estar remangada en el brazo
izquierdo, pero nadie supo de fijo con quién andaba ni a quien perseguía su
acompañante y se separaban sin interrogarse ni reconocerse. Pasó la lluvia,
desaparecieron los cadáveres insepultos, y, sin embargo, el alba indolente
se retrasaba en ponerle fin a tan nefanda noche de pesadilla. Cuando el
pelotón iba a disgregarse, un hombre inclinó la cara sobre el vecino,
alumbrándolo con la brasa del tabaco.
»—¿Vácares?
»—¡Sí!
»Y, en oyendo la voz gangosa, le infirió profunda facada en el ancho
pómulo.
»Hoy me asegura el Váquiro que el mismo Funes fue quien le anduvo por el
carrillo queriendo sajarle la yugular. Sólo que en San Fernando no se
atrevía a revelar el nombre de su agresor, por miedo a las reincidencias
del Coronel, ante quien daba pábulo a la leyenda de que su herida fue
ocasionada en osado duelo, al abatir en la oscuridad a diez contendores
apandillados.
»Y hubieras visto a qué extremos tan deplorables se abajaron los
fernandinos por salvar su débil pellejo, haciéndose gratos al déspota y a
sus áulicos. ¡Qué adhesiones, qué aplausos, qué intimidades! La delación
fue planta parásita que enredaba a vivos y a muertos, y el chisme y la
calumnia progresaron como peste. Los que sobrevivieron a la catástrofe,
perdieron el derecho de lamentarse y comentar, so riesgo de que por siempre
los silenciaran. Cada cual tornóse en espía, y tras de cerraduras y
rendijas, hay ojos y oídos. Nadie puede salir del pueblo, ni averiguar por
el deudo desaparecido, ni inquirir por el paradero del coterráneo, sin
exponerse a ser denunciado como traidor y enterrado vivo hasta la tetilla,
en la excavación que, forzadamente, lo obligan a hacer en un arenal, donde
el calor lo vaya soasando y los zamuros le piquen los ojos.
»Mas no solo a los aledaños del caserío se circunscriben estas tropelías:
por selvas, ríos y estradas va creciendo la onda del sobresalto, de la
conquista, del exterminio. Cada cual mata por cuenta propia, mientras que
muere, y ampara sus crímenes bajo supuestas órdenes del tirano, quien les
da su aprobación tácita, para deshacerse de los autores, que deja
entregados a su mutua ferocidad.
»La especie de que Pulido prosperaba adquiriendo caucho, es inicua farsa.
Bien saben los gomeros que el oro vegetal no enriquece a nadie. Los
potentados de la floresta no tienen más que créditos en los libros, contra
peones que nunca pagan, si no es con la vida, contra indígenas que se
merman, contra bongueros que se roban lo que transportan. La servidumbre en
estas comarcas se hace vitalicia para esclavo y dueño... uno y otro deben
morir aquí. Un sino de fracaso y maldición persigue a cuantos explotan la
mina verde. La selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama
para tragárselos. Los que escapan, aunque se refugien en las ciudades,
llevan ya el maleficio en cuerpo y alma. Mustios, envejecidos,
decepcionados, no tienen más que una aspiración: volver, volver, a
sabiendas de que si vuelven perecerán. Y los que se quedan, los que desoyen
el llamamiento de la montaña, siempre declinan en la miseria, víctimas de
dolencias desconocidas, siendo carne palúdica de hospital, entregándose a
la cuchilla que les recorta el hígado por pedazos, como en pena de algo
sacrílego que cometieron contra los indios, contra los árboles.
»¿Cuál podrá ser la suerte de los caucheros de San Fernando? Causa pavura
considerarla. Pasado el primer acto de la tragedia, palidecieron; pero el
caudillo que improvisaron ya tenía fuerza, ya tenía nombre. Le dieron a
probar sangre y aún tiene sed. ¡Venga acá la Gobernación! Él mató como
comerciante, como gomero, sólo por suprimir la competencia; mas como le
quedan competidores en siringales y en barracas, ha resuelto exterminarlos
con igual fin y por eso va asesinando a sus mismos cómplices.
»—¡La lógica triunfa!
»—¡Que viva la lógica!».
Calamidades físicas y morales se han aliado contra mi existencia en el
sopor de estos días viciosos. Mi decaimiento y mi escepticismo tienen por
causa el cansancio lúbrico, la astenia del vigor físico, succionado por los
besos de la madona. Cual se agota una esperma invertida sobre su llama,
acabó presto con mi ardentía esta loba insaciable, que oxida con su aliento
mi virilidad.
Y la odio y la detesto por calurosa, por mercenaria, por incitante, por sus
pulpas tiranas, por sus senos trágicos. Hoy, como nunca, siento nostalgia
de la mujer ideal y pura, cuyos brazos rinden serenidad para la inquietud,
frescura para el ardor, olvido para los vicios y las pasiones. Hoy, como
nunca, añoro lo que perdí en tantas doncellas ilusionadas, que me miraron
con simpatía y que en el secreto de su pudor halagaron la idea de hacerme
feliz.
La misma Alicia, con todos los caprichos de la inexperiencia, jamás
traicionó su índole aseñorada y sabía ser digna hasta en las mayores
intimidades. Mi encono irascible, mi rencor perenne, el enojo que siento al
recordarla, no alcanzan a deslucir esa honestidad que, por fuerza, debo
reconocerle y abonarle, aunque hoy la repudie por degradada y pérfida.
¡Cuánta diferencia entre ella y la turca, a quien vence en todo, en gracia
como en juventud! Porque esta jamona indecorosa alcanza los límites de la
marchitez y de la obesidad. Así lo noté desde que la vi. Aunque pasa de los
cuarenta, no se le descubre ni una «cana blanca», por milagro de sus
cosméticos: ¡pero yo se las adivino!
¡Oh, fatiga de la presencia que disgusta! ¡Oh, asco de los besos que no se
piden! Estaba obligado a disimular, en provecho de nuestros planes, esa
repulsión que la madona me produce, y a no tener descanso en mi
desabrimiento, pues ninguno de mis amigos ha podido sustituirme en el ruin
oficio de tenerla propicia. Ella los rechaza porque sabe que el del saldo
en la casa Rosas sólo soy yo. Ensayé, para libertarme, el gesto cansado, la
frase dura, el desprecio que levanta ampolla. Por fin rompí con ella
violentamente. Y hoy no hallo qué hacer para reconquistarla.
Sucede que estas noches los siringueros han invadido el zarzo de las
mujeres, para gozarlas como premio de su semana, según vieja costumbre.
Hediondos a humo y a mugre, apenas acaban de fumigar, se le presentan al
centinela y con gesto lascivo encargan el turno. Los menos rijosos cambian
su derecho a los impacientes por tabacos, por goma o por píldoras de
quinina. Anoche, dos niñas montubias lloraban a gritos en lo alto de la
escalera, porque todos los hombres las preferían y les era imposible
resistir más. El Váquiro, amenazándolas con el foete, las insultó. Una de
ellas, desesperada, se tiró al suelo y se astilló un brazo. Acudimos con
luces a recogerla y la guarecí en mi chinchorro.
—¡Infames, infames! ¡Basta de abusos con estas mujeres, desgraciados! ¡La
que no tenga hombre que la defienda, aquí me tiene!
Silencio. Algunos indígenas se me acercaron. En el otro caney sonrieron
unos jayanes que estimulaban su sensualidad con chistes obscenos. Y,
mirándome, continuaron su ocupación, encendidos en la trémula llamarada de
los fogones, sobre cuyo humo hacían voltear —como un asador— el palo en que
se cuajaba el bolón de goma, bañándolo en leche a cada instante con la
«tigelina» o con la cuchara.
—Oiga —me dijo uno— si tanto le duele lo sucedido, hagamos un cambio:
préstenos la madona pa probarla.
Y la madona se enfureció porque no castigué al atrevido.
—¿Te quedas manicruzado ante lo que oíste? ¿Para mí sí no habrá respeto?
¿Quieres decir que no tengo hombre? ¡Alá!
—¡Los tienes a todos!
—¡Pues entonces me paga lo que me debe!
—¡Nada te debo!
Y esta mañana, cuando por consejo de mis amigos fui a darle satisfacciones
y a reconocerme deudor, la encontré ataviada, energúmena, lacrimosa.
—¡Ingrato, decirme que no cumple sus compromisos!
Cogile la mejilla, sin saber en dónde besarla, cuando, de pronto, retrocedí
descolorido de emoción y gané la puerta.
—¡Franco, Franco, por Dios! ¡La madona con los zarcillos de tu mujer! ¡Con
las esmeraldas de la niña Griselda!
¿Cómo pintar la impresión penosa que fue ensombreciendo el rostro de Franco
al escuchar mis exclamaciones? Sentado en la barbacoa, en compañía de
Ramiro Estévanez, miraba tejer mapires de palma al Catire Mesa, quien les
explicaba el modo sencillo de urdir la tramazón. Con denuedo instintivo
apenas pronunció el nombre de su mujer, apretó los puños como
apercibiéndose para defenderla; pero luego inclinó la frente, encendida por
el rubor de la honra agraviada.
—¿Qué me importa la suerte de esa señora? —afirmó rabioso.
Y, destejiendo la canastilla, aparentaba tranquilidad.
De repente dijo con tono brusco, como una cuchillada en nuestro silencio:
—¡Quiero ver los zarcillos, quiero convencerme! ¿Dónde está la turca
ladrona?
—Cállate, que nos pierdes —le suplicamos— porque Zoraida venía hacia
nosotros, trayendo en la boca un cigarrillo sin encender. Franco, taimado,
le brindó fósforos, y cuando la madona se inclinó hacia la llama, lo vi
dominar el impulso de agarrarla por las orejas.
—¡Ésos son, ésos son! —repetía al volver. Y se echó boca abajo en el
chinchorro, sin decir más.
Definitivamente, desde ese momento, me abandonó la paz de espíritu. ¡Matar
a un hombre! ¡He aquí mi programa, mi obligación!
Siento en mi rostro el hálito frío, anuncio de las tempestades. A mal
tiempo llega la hora tan calculada, tan perseguida. Lo que pedí al futuro
es presente ya. Mientras avancé sobre la venganza, el conflicto final me
parecía pequeño, por lo remoto; mas hoy, al ver de cerca el desenlace,
hallo desmesurada esta aventura, cuando estoy sin salud y sin energías para
engallarme y arremeter.
Pero no me verán buscarle la curva al peligro. Iré de frente, contrariando
la reflexión, sordo al oscuro aviso que se eleva desde el fondo de mi
conciencia: ¡morir, morir!
Lo que más me agrava el aturdimiento es la opinión unánime de mis amigos
sobre el modo de rematar la situación:
—Si Barrera está por aquí, ¿cuál es mi deber?
—¡Matarlo, matarlo!
Y tú mismo, Ramiro Estévanez, sostienes el fatal consejo, a tiempo que yo,
tal vez por cobardía, esperaba de tu cordura, fórmulas piadosas. Seré
inexorable, pues lo queréis. ¡Gracias a vosotros, vendrá la tragedia!
¡Que conste!
¡La niña Griselda, la niña Griselda!
Franco y Helí la vieron anoche, sobre el puente de un batelón que ha dado
en venir al rebalse próximo a embarcar el siringa robado. Alumbraba con una
lámpara la faena contrabandista, y si no distinguió a mis compañeros, al
menos ya sabe que la buscamos, porque Martel y Dólar se lanzaron a
agasajarla, y ella, al partir el barco, se llevó los perros.
Fue Ramiro Estévanez quien primero supo que los indios trasponían la goma
de los depósitos, cargándola, entre las tinieblas, hacia embarcaderos
insospechados. Dióle el denuncio mi protegida, cierta noche que le vendaba
el brazo enfermo; y, enterados de la ocurrencia, nos apostó la india en un
escondite para que viéramos sucederse la línea de bultos por entre la
maleza encubridora. Diez, quince, veinte nativos de los que sólo entienden
la lengua yeral, pasaban con sus cargas, pisando en el silencio como en una
alfombra. Para mayor sorpresa cerraba el desfile la madona Zoraida Ayram.
«¡Cogerla! ¡Secuestrarla! ¡Impedir el viaje!». Así cuchicheábamos viéndola
fundirse en la oscuridad. Sin tiempo de echar mano a las carabinas, ocultas
desde nuestra llegada, corrimos al tambo de la mujer. La lamparilla de
encandilar murciélagos latía como una víscera. El equipaje, intacto. La
hamaca, aún tibia, estaba repleta de mantas y cojines, para simular bajo el
mosquitero un cuerpo dormido; aquí las chinelas de piel de tigre; allá la
colilla del último cigarrillo, humeando todavía en el rincón. Estos
detalles nos permitían respirar con sosiego. La madona no había salido para
escaparse. Pero debíamos vigilar.
En la noche siguiente dimos comienzo a nuestros planes: Franco y Helí, con
taparrabos y con fardos al hombro, entraron desnudos en la fila de los
cargadores, por conocer la ruta del incógnito puerto y atisbar las
maniobras de los aborígenes. Mientras tanto, Ramiro entretuvo al Váquiro en
su caney y yo pasé la noche con Zoraida. Sobrevino una imprevisión adversa
o propicia: los perros, viéndose solos, cogieron el rastro de mis
compañeros y encontraron a su antigua dueña, que, mañosamente, se los
llevó, sin decir palabra.
—A no haber sido por los cachorros —me declaraba Franco al amanecer— no la
hubiera reconocido. ¡Tan espectral, tan anémica, tan consumida! Grave error
cometimos al desertar de los indígenas cuando columbramos las luces del
barco. Abiertos de la fila, en la oscuridad, observamos a corto trecho lo
que pasaba. Pero si hubieran descubierto nuestra presencia, nos habrían
asesinado. La pobre mujer, alzando una luz, miraba angustiosa a todas
partes; y en breve desatracaron y se fueron.
—¡Qué desgracia! ¡Corremos el peligro de que ya no vuelva!
Entonces el Catire afirmó:
—Desenterradas nuestras carabinas y en achaques de salir a cauchar,
rondaremos estas lagunas desde hoy. Fácil cosa es hallar la guarida del
bongo. Si la niña Griselda está con los perros, bastará silbarlos.
¡Hace cinco días que se hallan ausentes, y la incertidumbre me vuelve loco!
La madona está cavilosa. Su disimulo es incompatible con mi paciencia. A
ratos he querido reducirla con amenazas, hablarle de Barrera y de los
enganchados, obligarla a revelar todo. Otras veces, desligado de la
esperanza, intento resignarme a los caprichos del destino, a la fatalidad
de los sucesos sobrevivientes, dándoles la espalda, por sentirlos llegar
sin palidecer.
¿En quién esperar? ¿En el anciano Silva? ¡Sábelo Dios si la tal curiara
habrá perecido! De juro que si bajan hasta Manaos, nuestro Cónsul, al leer
mi carta, replicará que su valimiento y jurisdicción no alcanzan a estas
latitudes, o lo que es lo mismo, que no es colombiano sino para contados
sitios del país. Tal vez, al escuchar la relación de don Clemente extienda
sobre la mesa aquel mapa costoso, aparatoso, mentiroso y deficientísimo que
trazó la Oficina de Longitudes de Bogotá, y le responda tras de prolija
indagación: «¡Aquí no figuran ríos de esos nombres! Quizás pertenezcan a
Venezuela. Diríjase usted a Ciudad Bolívar».
Y, muy campante, seguirá atrincherado en su estupidez, porque a esta pobre
patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos.
Ante la madona, mientras tanto, es preciso vivir alerta. Odié su
idiosincrasia menesterosa, que tiene dos antenas, como los cangrejos;
torpeza en el amor y astucia en el lucro. Hoy, más que eso, me desazona su
hipocresía, apenas inferior a mi sagacidad. Pero su habilidoso fingimiento
data de pocos días.
¿Acaso como piensa Ramiro, le llegó algún aviso contra mí? ¿Qué será de
Barrera, qué del Petardo Lesmes y del Cayeno?
—Zoraida, el que dijera que has cambiado conmigo, tendría razón.
—¡Alá! Como tú prefieres las indias...
—Harto convencida debes estar de lo contrario... Tu desvío tiene por causa
el arrebato aquél... ¡Y hasta me reprochaste que no te pagaba! ¿Qué
testimonio puedo aducir como garantía de mi honradez? Sólo un hombre, con
quien tuve negocios en pasadas épocas y reside en este desierto, podría
darte informes de mi rectitud. Cuando regrese la curiara que bajó a Manaos,
iré a buscarlo a Yaguanarí, porque le debo varios contos. ¡Se llama
Ba–rre–ra!
La madona cambió de postura en el catrecillo y pestañeaba abriendo los
labios.
—¿Narciso? ¿Tu compatriota?
—Sí, que tiene negocios con un tal Pezil. Sin conocerme hízome el honor de
enviarme dinero al alto Vaupés para que le enganchara indios y peones. Más
tarde, recibí orden de suspender aquella gestión porque él mismo pensaba
contratarlos en Casanare. ¡Hombre raro y emprendedor, de audaces ideas! Me
ofrecía, a última hora, cederme a bajo precio cuantos siringueros le
sobraran. ¡Sin reparar en que ya le debía las sumas que me confió! Iré a
verlo, a devolvérselas y a hacer un buen trato, porque hoy a los caucheros
se les gana mucho en el Vaupés. Si pudiera, no negociaría en goma sino en
gomeros.
Al oír esto, la madona, poniéndome sus palmas en las rodillas, hizo la
emocionante revelación:
—¡Los peones de Barrera no valen nada! ¡Todos con hambre, todos con peste!
A lo largo del río Guainía desembarcaban en las casas de los «caboclos», a
robarse cuanto encontraban, a tragarse lo que podían: gallinas, cerdos,
fariña cruda, cáscaras de bananas. Tosiendo como demonios, devorando como
langostas. En algunos sitios era indispensable hacerles disparos para
obligarlos a embarcarse. Pezil subió a encontrarlos hasta su fundación en
San Marcelino. Allí estaban enfermas varias colombianas y me dio una a
precio de costo.
—¿Cómo se llama?
—¡No sé! ¿Te importa saberlo?
—Sí... No... Si hubiera venido hablaría con ella, primero para pedirle
datos de esa gente, y, segundo, para encarecerle absoluta reserva y
circunspección.
—¿En qué asunto? ¿Por qué?
—No daré mi confianza a quien me la quita.
—¡Dime! ¡Dime! ¿Cuándo tuve secretos para ti?
Entonces aboqué el problema de lleno:
—Zoraida, quiero ser generoso con la mujer que me hizo erótica dádiva de su
cuerpo. Pero en ningún caso toleraré que se comprometa, imprudentemente,
confiada en mí. Zoraida, aquí todos saben que de noche transportas el
caucho de los depósitos de Cayeno a tu batelón.
—¡Mentira! ¡Mentira de tus amigos, que no me quieren!
—Y que una mujer llamada Griselda les ha escrito cartas a mis compañeros.
—¡Mentira! ¡Mentira!
—Y que al Cayeno se le avisó lo que está pasando.
—¡Tus amigos! ¡En eso andan! ¡Tú permitiste!
—¡Y que algunos gomeros encontraron el escondrijo de tu barco pirata!
—¡Alá! ¿Qué hago? ¡Me roban todo!
Entonces yo, esquivo a la mano que me imploraba, salí del tambo repitiendo
con sardónica displicencia:
—¡Mentira! ¡Mentira!
Texto original em ES preservado no Literunico para leitura comparada com a edição/tradução da Copa Literunico. Fonte-base: https://es.wikisource.org/wiki/La_vor%C3%A1gine
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