CAPÍTULO II Facundo · Capítulo 2 de 9
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CAPÍTULO II

CAPÍTULO II

ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS.--EL RASTREADOR.--EL BAQUEANO.--EL GAUCHO MALO.--EL CANTOR

Ainsi que l'océan, les steppe

remplissent l'esprit du sentiment

de l'infini.

HUMBOLDT.

Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constituído la

colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una

organización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de la

civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad,

que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta

situación tiene su costado poético, fases dignas de la pluma del

romancista. Si un destello de literatura nacional puede brillar

momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará

de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de

la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la

inteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que da lugar a

escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de

ideas en que se ha educado el espíritu europeo, porque los resortes

dramáticos se vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, los

usos sorprendentes y originales los caracteres.

El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre

europeo es Fenimore Cooper, y eso porque transportó la escena de sus

descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al límite

entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra en que las

razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por la posesión del

terreno.

No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría ha logrado llamar la

atención del mundo literario español con su poema titulado _La Cautiva_.

Este bardo argentino dejó a un lado a Dido y Arjea, que sus predecesores

los Varelas trataron con maestría clásica y estro poético, pero sin

suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nociones

europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la inmensidad sin

límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona de

fuego que el viajero ve acercarse cuando los campos se incendían, halló

las inspiraciones que proporciona a la imaginación el espectáculo de una

naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces el

eco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación aun por la península

española.

Hay que notar de paso un hecho, que es muy explicativo, de los fenómenos

sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen

costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde

estos accidentes se repiten vuelvan a encontrarse los mismos medios de

parar a ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por qué

la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes,

cualesquiera que sea su raza, su origen y su colocación geográfica.

Cuando leía en _El último de los Mohicanos_, de Cooper, que Ojo de Alcón

y Uncas habían perdido el rastro de los Mingos en un arroyo, dije: «Van

a tapar el arroyo.» Cuando en _La Pradera_, el Trampero mantiene la

incertidumbre y la agonía mientras el fuego los amenaza, un argentino

habría aconsejado lo mismo que el Trampero sugiere al fin, que es

limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderse

retirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido.

Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de los

incendios del pasto. Cuando los fugitivos de _La Pradera_ encuentran un

río, y Cooper describe la misteriosa operación del Pawnie con el cuero

de búfalo que recoge, va a hacer la _pelota_, me dije a mí mismo:

lástima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros son

las mujeres las que cruzan los ríos con la _pelota_ tomada con los

dientes por un lazo. El procedimiento para asar una cabeza de búfalo en

el desierto es el mismo que nosotros usamos para _batear_ una cabeza de

vaca o un lomo de ternera. En fin, otros mil accidentes que omito

prueban la verdad de que modificaciones análogas del suelo traen

análogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razón de

hallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecen

plagiadas de la pampa; así, hallamos en los hábitos pastoriles de la

América, reproducidos, hasta los trajes, el semblante grave y

hospitalidad árabes.

Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales

del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía para

despertarse, porque la poesía es como el sentimiento religioso, una

facultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello, del

poder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de lo

incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar empiezan

las mentiras de la imaginación, el mundo ideal. Ahora yo pregunto: ¿Qué

impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el

simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?

Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso,

indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la

contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano

penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el

peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se

mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres

fantásticas, de sueños que le preocupan despierto.

De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, por

naturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tarde

serena y apacible una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde,

se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repente

el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y

reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen

en torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz; la muerte está

por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en un

momento reconcentrarse en sí mismo y sentir su nada en medio de aquella

naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la

aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para la paleta de

la fantasía? Masas de tinieblas que anublan el día; masas de luz lívida,

temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la pampa a

distancias infinitas, cruzándolas vivamente el rayo, en fin, símbolo del

poder. Estas imágenes han sido hechas para quedarse hondamente grabadas.

Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo,

serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación,

del mismo modo que cuando miramos fijamente el sol nos queda por largo

tiempo su disco en la retina.

Preguntadle al gaucho, a quien matan con preferencia los rayos, y os

introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,

mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones

supersticiosas y groseras. Añádase que, si es cierto que el flúido

eléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo que

llaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende

el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la

imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de

electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea como el

pelo contrariado del gato.

¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas imponentes:

«Gira en vano, reconcentra

su inmensidad, y no encuentra

la vista en su vivo anhelo

do fijar su fugaz vuelo

como el pájaro en la mar.

Doquier campo y heredades

del ave y bruto guaridas;

doquier cielo y soledades

de Dios sólo conocidas,

que El sólo puede sondar»[20],

o el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?:

«De las entrañas de América

dos raudales se destacan:

el Paraná, faz de perlas,

y el Uruguay, faz de nácar.

Los dos entre bosques corren

o entre floridas barrancas,

como dos grandes espejos

entre marcos de esmeraldas.

Salúdanlos en su paso

la melancólica pava,

el picaflor y jilguero,

el zorzal y la torcaza.

Como ante reyes se inclinan

ante ellos seibos y palmas,

y le arrojan flor del aire,

aroma y flor de naranja;

luego en el Guazú se encuentran,

y reuniendo sus aguas,

mezclando nácar y perlas,

se derraman en el Plata»[21].

Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace

oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y

desaliñada del gaucho.

También nuestro pueblo es músico. Esta es una predisposición nacional

que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la

primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o

le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, o

extrañan y no le creen, «porque siendo argentino--dicen--debe ser

músico». Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos

nacionales. En efecto: el joven culto de las ciudades toca el piano o

la flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi

exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e

instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye

sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche

el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos

ambulantes.

El pueblo campesino tiene sus cantares propios.

El _triste_, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio,

plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, según

Rousseau.

La _vidalita_, canto popular con coros, acompañado de la guitarra y un

tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando el

cortejo y el estrépito de las voces; este canto me parece heredado de

los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó, en

celebración de la Candelaria, y como canto religioso, debe ser antiguo,

y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles

argentinos. La _vidalita_ es el metro popular en que se cantan los

asuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso que

canta, y lo populariza por las asociaciones que su canto exige.

Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos

artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones

generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas, que

ensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El joven

Echeverría residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de sus

versos sobre la pampa le había precedido ya; los gauchos lo rodeaban con

respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdén

hacia el _cajetilla_, alguno le insinuaba al oído: «Es poeta», y toda

prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.

Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular de

los españoles y que es común en América. En Buenos Aires, sobre todo,

está todavía muy vivo el tipo popular español, el _majo_. Descúbresele

en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. El _jaleo_

español vive en el _cielito_; los dedos sirven de castañuelas. Todos los

movimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de los

hombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera de

escupir por entre los colmillos, todo es un andaluz genuino.

Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan

especialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte

original al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquí

algunos que servirán a completar la idea de las costumbres, para trazar

en seguida el carácter, causas y efectos de la guerra civil.

El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador.

Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan

dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,

y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es

preciso saber seguir las huellas de un animal y distinguirlas de entre

mil, conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de

vacío. Esta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un

camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía

echó, como de costumbre, la vista al suelo. «Aquí va--dijo luego--una

mulita mora muy buena... ésta es la tropa de don N. Zapata..., es de muy

buena silla..., va ensillada..., ha pasado ayer...» Este hombre venía de

la Sierra de San Luis; la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año

que él había visto por última vez la mulita mora, cuyo rastro estaba

confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho.

Pues esto, que parece increíble, es, con todo, la ciencia vulgar; éste

era un peón de árrea y no un rastreador de profesión.

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones

hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee

le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan con

consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o

denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un

robo se ha ejecutado durante la noche; no bien se nota, corren a buscar

una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que el

viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el rastro

y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus ojos

vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el

curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y,

señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: «¡Este es!» El delito

está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación.

Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la

evidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a

este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismo

he conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficio

durante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años;

encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y

lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta:

«Ya no valgo nada; ahí están los niños.» Los niños son sus hijos, que

han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que

durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.

Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbar

regresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no

se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajo

por una calle de los suburbios, entra en una casa y encuentra su

montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado

el rastro de su raptor después de dos años! El año 1830 un reo condenado

a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fué encargado de

buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado todas

las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió. ¡Precauciones

inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle, porque comprometido

Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con

calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosa

vista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no

dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta del

pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio y

volvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la pista; si le sucedía

momentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: «¡Dónde te

_mi-as-dir_!» Al fin llegó a una acequia de agua en los suburbios, cuya

corriente había seguido aquél para burlar al rastreador... ¡Inútil!

Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se

detiene, examina unas hierbas, y dice: «¡Por aquí ha salido; no hay

rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican!» Entra en una

viña; Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentro

está». La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta

de la inutilidad de las pesquisas. «No ha salido» fué la breve respuesta

que sin moverse, sin proceder a nuevo examen, dió el rastreador. No

había salido, en efecto, y al día siguiente fué ejecutado. En 1830

algunos presos políticos intentaban una evasión; todo estaba preparado:

los auxiliares de fuera prevenidos; en el momento de efectuarla, uno

dijo: «¿Y Calíbar?» «¡Cierto!--contestaron los otros anonadados,

aterrados--. ¡Calíbar!» Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que

estuviese enfermo cuatro días, contados desde la evasión, y así pudo

efectuarse sin inconveniente.

¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se

desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime

criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!

Después del rastreador viene el baqueano, personaje eminente y que tiene

en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El

baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos veinte mil

leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más

completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los

movimientos de su campaña. El baqueano va siempre a su lado. Modesto y

reservado como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; la

suerte del Ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una

provincia, todo depende de él.

El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general

tiene en él plena confianza. Imagináos la posición de un jefe condenado

a llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientos

indispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que hace

cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada remota conduce; si

encuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien leguas, él las conoce

todas, sabe de dónde vienen y adónde van. El sabe el vado oculto que

tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cien

ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos un sendero por donde

pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien ciénagos

distintos.

En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras

sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en

círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, se

inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura

en que se halla, monta en seguida, y les dice para asegurarlos: «Estamos

en dereseras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el

camino ha de ir al sur», y se dirige hacia el rumbo que señala,

tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones

que el temor o la fascinación sugiere a los otros.

Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad es

impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y

la tierra, las masca, y después de repetir este procedimiento varias

veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo salado, o de

agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El general

Rosas, dicen, conoce por el gusto el pasto de cada estancia del sur de

Buenos Aires.

Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para atravesarla,

y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje distante

cincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce el horizonte,

examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con la

rectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo

él sabe, y galopando día y noche, llega al lugar designado.

El baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es, diez

leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los

avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.

Cuando se aproxima observa los polvos, y por su espesor cuenta la

fuerza: «son dos mil hombres»--dice--, «quinientos», «doscientos», y el

jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible. Si los cóndores

y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir si hay

gente escondida, o es un campamento recién abandonado, o un simple

animal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay de un lugar a

otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y a más una

senda extraviada e ignorada por donde se puede llegar de sorpresa y en

la mitad del tiempo; así es que las partidas de montoneras emprenden

sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas de distancia, que

casi siempre las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No! El general Rivera,

de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que conoce cada árbol que

hay en toda la extensión de la República del Uruguay. No la hubieran

ocupado los brasileños sin su auxilio, y no la hubieran libertado sin él

los argentinos. Oribe, apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años

de lucha con el general baqueano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy

con sus numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay,

puede desaparecer destruído a pedazos, por una sorpresa, por una fuerza

cortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho,

por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo,

o por otro accidente inapercibido o insignificante.

El general Rivera principió sus estudios del terreno el año 1804, y

haciendo la guerra a las autoridades entonces, como contrabandista, a

los contrabandistas después como empleado, al rey en seguida como

patriota, a los patriotas más tarde como montonero, a los argentinos

como jefe brasilero, a éstos como general argentino, a Lavalleja como

presidente, al presidente Oribe como jefe proscripto, a Rosas, en fin,

aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para

aprender un poco de la ciencia del baqueano.

El Gaucho Malo: éste es un tipo de ciertas localidades, un _outlaw_, un

_squatter_, un misántropo particular. Es el _Ojo del Alcón_, el

_Trampero_ de Cooper, con toda su ciencia del desierto, con toda su

aversión a las poblaciones de los blancos, pero sin su moral natural y

sin sus conexiones con los salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin que

este epíteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue desde

muchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio

y casi con respeto. Es un personaje misterioso: mora en la pampa, son su

albergue los cardales, vive de perdices y _mulitas_; si alguna vez

quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea solo, la

mata, saca su bocado predilecto y abandona lo demás a las aves

montesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la

partida acaba de salir, conversa pacíficamente con los buenos gauchos,

que lo rodean y lo admiran; se prevee _de los vicios_, y si divisa la

partida, monta tranquilamente en su caballo y lo apunta hacia el

desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. La

partida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos, porque el

que monta el Gaucho Malo es un parejero _pangaré_ tan célebre como su

amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la

justicia, acomete a lo más espeso de la partida, y a merced de cuatro

tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los

soldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose sobre el lomo del

caballo para sustraerse a la acción de las balas que lo persiguen,

endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entre

él y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Los

poetas de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía del

héroe del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña. A

veces se presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha que

ha robado; entra en el baile con su pareja, confúndese en las mudanzas

del _cielito_, y desaparece sin que nadie se aperciba de ello. Otro día

se presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la

grupa a la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de los

padres que le siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.

Este hombre divorciado de la sociedad, proscrito por las leyes; este

salvaje de color blanco, no es en el fondo un ser más depravado que los

que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partida

entera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es un

bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea,

como el robo no entraba en la idea del _Churriador_; roba, es cierto,

pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia. Roba caballos. Una

vez viene al real de una tropa del interior, el patrón propone comprarle

un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,

con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un

momento, y después de un rato de silencio, contesta: «No hay actualmente

caballo así.» ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel momento ha

recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinado

todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color,

señas particulares, y convencido de que no hay ninguno que tenga una

estrella en la paleta; unos la tienen en la frente, otros una mancha

blanca en el anca. ¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napoleón conocía

por sus nombres doscientos mil soldados, y recordaba al verlos todos los

hechos que a cada uno de ellos se referían. Si no se le pide, pues, lo

imposible, en día señalado, en un punto dado del camino, entregará un

caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea un

motivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto el honor de los

tahúres sobre la deuda.

Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fe. Entonces se le ve

cruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante; si alguno lo

encuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos que él lo solicite.

El cantor. Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, de

civilización, de barbarie y de peligros. El gaucho cantor es el mismo

bardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma

escena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos,

entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pago

en pago, «de tapera en galpón», cantando sus héroes de la pampa

perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios

robaron sus hijos en un malón reciente, la derrota y la muerte del

valiente Rauch, la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a

Santos Pérez. El cantor está haciendo candorosamente el mismo trabajo de

crónica, costumbres, historia, biografía, que el bardo de la Edad Media,

y sus versos serían recogidos más tarde como los documentos y datos en

que habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no estuviese

otra sociedad culta con superior inteligencia de los acontecimientos que

la que el infeliz despliega en sus rapsodias ingenuas. En la República

Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo

suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre su

cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad

Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta

realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIX

y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro en

las campañas.

El cantor no tiene residencia fija; su morada está donde la noche lo

sorprende, su fortuna en sus versos y en su voz; dondequiera que el

_cielito_ enreda sus parejas sin tasa; dondequiera que se apure una copa

de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el

festín. El gaucho argentino no bebe si la música y los versos no lo

excitan[22], y cada pulpería tiene su guitarra para poner en manos del

cantor, a quien el grupo de caballos estacionados en la puerta anuncia

a lo lejos dónde se necesita el concurso de su gaya ciencia.

El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propias

hazañas. Desgraciadamente el cantor, con ser el bardo argentino, no está

libre de tener que habérselas con la Justicia. También tiene que dar la

cuenta de sendas puñaladas que ha distribuído, una o dos _desgracias_

(¡muertes!) que tuvo y algún caballo o alguna muchacha que robó. El año

1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso Paraná,

estaba sentado en el suelo, y con las piernas cruzadas, un cantor que

tenía azorado y divertido a su auditorio con la larga y animada historia

de sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto de la querida

con los trabajos que sufrió, lo de la _desgracia_ y la disputa que la

motivó; estaba refiriendo su encuentro con la partida y las puñaladas

que en su defensa dió, cuando el tropel y los gritos de los soldados le

avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se había

cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba hacia el Paraná que

corría 20 varas más abajo: tal era la altura de la barranca. El cantor

oyó la grita sin turbarse; viósele de improviso sobre el caballo,

echando una mirada escudriñadora sobre el círculo de soldados con las

tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, le pone el

poncho en los ojos y clávale las espuelas. Algunos instantes después se

veía salir de las profundidades del Paraná el caballo sin freno, a fin

de que nadase con más libertad, y el cantor tomado de la cola volviendo

la cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, hacia la

escena que dejaba en la barranca. Algunos balazos de la partida no

estorbaron que llegase sano y salvo al primer islote que sus ojos

divisaron.

Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona,

irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento. Más

narrativa que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vida

campestre, del caballo y las escenas del desierto, que la hacen

metafórica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado

malévolo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de

ordinario, elevándose a la altura poética por momentos para caer de

nuevo al recitado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, el

cantor posee su repertorio de poesías populares, quintillas, décimas y

octavas, diversos géneros de versos octosílabos. Entre éstos hay muchas

composiciones de mérito y que descubren inspiración y sentimiento.

Aún podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmente

curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la

peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es

imposible comprender nuestros personajes políticos ni el carácter

primordial y americano de la sangrienta lucha que despedaza a la

República Argentina. Andando esta historia, el lector va a descubrir por

sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo,

el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las

fronteras argentinas y aun en aquéllos que llenan el mundo con el horror

de su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus

costumbres, su organización.

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