CAPÍTULO III Facundo · Capítulo 6 de 9
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CAPÍTULO III

CAPÍTULO III

SOCIABILIDAD.--CÓRDOBA.--BUENOS AIRES.

La société du moyen âge était

composée des debris de mille autres

sociétés. Toutes les formes de

liberté et servitude se recontraient:

la liberté monarchique du roi, la

liberté individuelle du prêtre, la liberté

privilegiée des villes, la liberté

représentative de la nation, l'esclavage

romain, le servage barbare,

la servitude de l'aubain.

CHATEAUBRIAND.

Facundo posee La Rioja como árbitro y dueño absoluto; no hay más voz que

la suya, más interés que el suyo. Como no hay letras, no hay opiniones,

y como no hay opiniones diversas, La Rioja es una máquina de guerra que

irá adonde la lleven. Hasta aquí Facundo nada ha hecho de nuevo, sin

embargo; esto era lo mismo que habían hecho el doctor Francia, Ibarra,

López y Bustos; lo que habían intentado Güemes y Araoz en el Norte:

destruir todo el derecho para hacer valer el suyo propio. Pero un mundo

de ideas, de intereses contradictorios, se agitaba fuera de La Rioja, y

el rumor lejano de las discusiones de la Prensa y de los partidos

llegaba hasta su residencia en los Llanos. Por otra parte, él no había

podido elevarse sin que el ruido que hacía en el edificio de la

civilización que destruía no se oyese a la distancia y los pueblos

vecinos no fijasen en él sus miradas. Su nombre había pasado los

límites de La Rioja; Rivadavia lo invitaba a contribuir a la

organización de la República; Bustos y López a oponerse a ella; el

Gobierno de San Juan se preciaba de contarlo entre sus amigos, y hombres

desconocidos venían a los Llanos a saludarlo y pedirle apoyo para

sostener este o el otro partido. Presentaba la República Argentina en

aquella época un cuadro animado e interesante. Todos los intereses,

todas las ideas, todas las pasiones se habían dado cita para agitarse y

meter ruido. Aquí un caudillo que no quería nada con el resto de la

República; allí un pueblo que nada más pedía que salir de su

aislamiento; allá un Gobierno que transportaba la Europa a la América;

acullá otro que odiaba hasta el nombre de civilización; en unas partes

se rehabilitaba el Santo Tribunal de la Inquisición; en otras se

declaraba la libertad de las conciencias como el primero de los derechos

del hombre; unos gritaban federación, otros gobierno central. Cada una

de estas diversas fases tenía intereses y pasiones fuertes, invencibles

en su apoyo. Yo necesito aclarar un poco este caos para mostrar el papel

que tocó desempeñar a Quiroga, y la grande obra que debió realizar. Para

pintar el comandante de campaña que se apodera de la ciudad y la

aniquila al fin, he necesitado describir el suelo argentino, los hábitos

que engendra, los caracteres que desenvuelve. Ahora, para mostrar a

Quiroga saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, una

idea, y llevándola a todas partes en la punta de las lanzas, necesito

también trazar la carta geográfica de las ideas y de los intereses que

se agitaban en las ciudades. Para este fin necesito examinar dos

ciudades, en cada una de las cuales predominaban las ideas opuestas:

Córdoba y Buenos Aires, tales como existían hasta 1825.

Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque se

ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más

bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno

elevado, llamado _Los Altos_, se ha visto forzada a replegarse sobre sí

misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. El

cielo es purísimo, el invierno seco y tónico, el verano ardiente y

tormentoso. Hacia el oriente tiene un bellísimo paseo de formas

caprichosas, de un golpe de vista mágico. Consiste en un estanque de

agua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces añosos y

colosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo una

reja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatro

costados, de manera que el paseo es una prisión encantada en que se da

vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega,

que está inmóvil en el centro del fingido lago. En la plaza principal

está la magnífica catedral de orden romano, con su enorme cúpula

recortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la América

del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra está el templo

y convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa

que da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad y

van a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado los

calabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis,

pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las

formas de aquella célebre orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus

grandes establecimientos centrales de América.

En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un

monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía

entonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se

contentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motilón,

un sacristán o un monacillo.

Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estaban

reproduciéndose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos,

mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernas

bruñidas como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas las

gracias, con más de una dentadura de origen africano, que servía de cebo

a las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento a

que estas huríes pertenecían.

Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebre

Universidad de Córdoba, fundada nada menos que el año de 1613, y en

cuyos claustros sombríos han pasado su juventud ocho generaciones de

doctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores y

casuístas. Oigamos al célebre deán Funes describir la enseñanza y

espíritu de esta famosa Universidad, que ha provisto durante dos siglos

de teólogos y doctores a una gran parte de la América: «El curso

teológico duraba cinco años y medio... La Teología participaba de la

corrupción de los estudios filosóficos. Aplicada la filosofía de

Aristóteles a la Teología, formaba una mezcla de profano y espiritual.

Razonamientos puramente humanos, sutilezas, sofismas engañosos,

cuestiones frívolas e impertinentes, esto fué lo que vino a formar el

gusto dominante de estas escuelas.» Si queréis penetrar un poco más en

el espíritu de libertad que daría esta instrucción, oíd al deán Funes

todavía: «Esta Universidad nació y se creó exclusivamente en manos de

los jesuítas, quienes la establecieron en su colegio llamado Máximo, de

la ciudad de Córdoba.» Muy distinguidos abogados han salido de allí,

pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educación en Buenos

Aires y con los libros europeos.

Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la

ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha

podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y

escolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre las

procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios,

profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.

Hasta dónde puede esto influir en el espíritu de un pueblo ocupado de

estas ideas durante dos siglos, no puede decirse; pero algo debe

influir, porque ya lo véis: el habitante de Córdoba tiende los ojos en

torno suyo y no ve el espacio; el horizonte está a cuatro cuadras de la

plaza; sale por las tardes a pasearse, y en lugar de ir y venir por una

calle de álamos, espaciosa y larga como la cañada de Santiago, que

ensancha el ánimo y lo vivifica, da vueltas en torno de un lago

artificial de agua sin movimiento, sin vida, en cuyo centro está un

cenador de formas majestuosas, pero inmóvil, estacionario. La ciudad es

un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con

verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; la

Universidad es un claustro en que todos llevan sotana o manteo; la

legislación que se enseña, la Teología, toda la ciencia escolástica de

la Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta la

inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario.

Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba; ha oído,

es verdad, decir que Buenos Aires está por ahí; pero si lo cree, lo que

no sucede siempre, pregunta: «¿Tiene Universidad? Pero será de ayer.

Veamos: ¿cuántos conventos tiene? ¿Tiene paseo como éste? Entonces eso

no es nada...»

«¿Por qué autor estudian ustedes legislación allá?--preguntaba el grave

doctor Jigena a un joven de Buenos Aires--.--Por Bentham.--¿Por quién

dice usted? ¿Por Benthancito?--señalando con el dedo el tamaño del

volumen en dozavo en que anda la edición de Bentham--. ¡Ja, ja, ja!...

¡Por Benthancito! En un escrito mío hay más doctrina que en esos

mamotretos. ¡Qué Universidad y qué doctorzuelos!--Y ustedes, ¿por quién

enseñan?--¡Oh, el cardenal de Luca!...--¿Qué dice usted?...--¡Diez y

siete volúmenes en folio!...»

Es verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en

el horizonte la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo y

borlas de doctor. Al fin el arriero le dice: «Vea ahí... abajo..., entre

los pastos...» Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a corta

distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulas

y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España de

la Edad Media.

Por lo demás, el pueblo de la ciudad, compuesto de artesanos, participa

del espíritu de las clases altas; el maestro zapatero se daba los aires

de doctor en zapatería y os enderezaba un texto latino al tomaros

gravemente la medida; el ergo andaba por las cocinas, en boca de los

mendigos y locos de la ciudad, y toda disputa entre ganapanes tomaba el

tono y forma de las conclusiones. Añádase que durante toda la revolución

Córdoba ha sido el asilo de los españoles en todas las demás partes

maltratados. Estaban allí como en casa. ¿Qué mella haría la revolución

de 1810 en un pueblo educado por los jesuítas y enclaustrado por la

naturaleza, la educación y el arte? ¿Qué asidero encontrarían las ideas

revolucionarias, hijas de Rousseau, Mably, Beynal y Voltaire, si por

fortuna atravesaban la pampa para descender a la catacumba española, en

aquellas cabezas disciplinadas por el peripato para hacer frente a toda

idea nueva, en aquellas inteligencias que, como su paseo, tenían una

idea inmóvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas, que

estorbaba penetrar hasta ellas?

Hacia los años de 1816, el ilustrado y liberal deán Funes logró

introducir en aquella antigua Universidad los estudios hasta entonces

tan despreciados: Matemáticas, idiomas vivos, Derecho público, Física,

Dibujo y Música. La juventud cordobesa empezó desde entonces a encaminar

sus ideas por nuevas vías, y no tardó mucho en sentirse los efectos, de

lo que trataremos en otra parte, porque por ahora sólo caracterizo el

espíritu maduro, tradicional, que era el que predominaba.

La revolución de 1810 encontró en Córdoba un oído cerrado, al mismo

tiempo que las provincias todas respondían a un tiempo: «¡A las armas!

¡A la libertad!» En Córdoba empezó Liniers a levantar ejércitos para que

fuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolución; a Córdoba mandó la

Junta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la España. Córdoba, en

fin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparación, escribió

con la mano docta de la Universidad, y en el idioma del breviario y los

comentadores, aquel célebre anagrama que señalaba al pasajero la tumba

de los primeros realistas sacrificados en los altares de la patria:

=C L A M O R=

o i l o r o

n n l r e d

c i e e l r

h e n n l í

a r d o a g

s e n u

a e

z

¡Ya lo véis. Córdoba protesta y clama al cielo contra la revolución de

1810!

En 1820 un ejército se subleva en Arequito, y su jefe, cordobés,

abandona el pabellón de la patria y se establece pacíficamente en

Córdoba, que no ha tomado parte en la revolución y que se goza en

haberle arrebatado un ejército. Bustos crea un Gobierno español, sin

responsabilidad; introduce la etiqueta de corte, el quietismo secular de

la España, y así preparada, llega Córdoba al año 25, en que se trata de

organizar la República y constituir la revolución y sus consecuencias.

Examinemos ahora a Buenos Aires. Durante mucho tiempo lucha con los

indígenas que la barren de la haz de la tierra; vuelve a levantarse, cae

en seguida, hasta que por los años 1620 se levanta ya en el mapa de los

dominios españoles lo suficiente para elevarla a capitanía general,

separándola de la del Paraguay a que hasta entonces estaba sometida. En

1777 era Buenos Aires ya muy visible. Tanto, que fué necesario rehacer

la geografía administrativa de las colonias para ponerla al frente de un

virreinato creado exprofeso para ella.

En 1806 el ojo especulador de Inglaterra recorre el mapa americano y

sólo ve a Buenos Aires, su río, su porvenir. En 1810 Buenos Aires pulula

de revolucionarios avezados en todas las doctrinas antiespañolas,

francesas, europeas. ¿Qué movimiento de ascensión se ha estado operando

en la ribera occidental del Río de la Plata? La España colonizadora no

era ni comerciante ni navegante; el Río de la Plata era para ella poca

cosa; la España _oficial_ miró con desdén una playa y un río. Andando el

tiempo, el río había depuesto su sedimento de riquezas sobre esta playa,

pero muy poco del espíritu español, del Gobierno español. La actividad

del comercio había traído el espíritu y las ideas generales de Europa;

los buques que frecuentaban sus aguas traían libros de todas partes y

noticia de todos los acontecimientos políticos del mundo. Nótese que la

España no tenía otra ciudad comerciante en el Atlántico.

La guerra con los ingleses aceleró el movimiento de los ánimos hacia la

emancipación y despertó el sentimiento de la propia importancia. Buenos

Aires es un niño que vence a un gigante, se infatúa, se cree un héroe y

se aventura a cosas mayores. Llevada de este sentimiento de la propia

suficiencia, inicia la revolución con una audacia sin ejemplo, la lleva

por todas partes, se cree encargada de lo Alto de la realización de una

grande obra. El _Contrato Social_ vuela de mano en mano; Mably y Raynal

son los oráculos de la prensa; Robespierre y la Convención, los modelos.

Buenos Aires se cree una continuación de la Europa, y si no confiesa

francamente que es francesa y norteamericana en su espíritu y

tendencias, niega su origen español, porque el Gobierno español, dice,

la ha recogido después de adulta. Con la revolución vienen los ejércitos

y la gloria, los triunfos y los reveses, las revueltas y las sediciones.

Pero Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes, muestra la fuerza

revolucionaria de que está dotada. Bolívar es todo; Venezuela es la

peana de aquella colosal figura; Buenos Aires es una ciudad entera de

revolucionarios; Belgrano, Rondeau, San Martín, Alvear y los cien

generales que mandan sus ejércitos son sus instrumentos, sus brazos, no

su cabeza ni su cuerpo. En la República Argentina no puede decirse el

general tal libertó el país, sino la junta, el directorio, el congreso,

el Gobierno de tal o tal época mandó al general tal que hiciese tal

cosa, etc. El contacto con los europeos de todas las naciones es mayor

aún desde los principios que en ninguna parte del continente

hispanoamericano; la _desespañolización y la europeificación_ se

efectúan en diez años de un modo radical, sólo en Buenos Aires, se

entiende.

No hay más que tomar una lista de vecinos de Buenos Aires para ver cómo

abundan en los hijos del país los apellidos ingleses, franceses,

alemanes e italianos. El año 1820 se empieza a organizar la sociedad

según las nuevas ideas de que está impregnada, y el movimiento continúa

hasta que Rivadavia se pone a la cabeza del Gobierno. Hasta este momento

Rodríguez y Las Heras han estado echando los cimientos ordinarios de los

Gobiernos libres. Ley de olvido, seguridad individual, respeto a la

propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes,

educación pública; todo, en fin, se cimenta y constituye pacíficamente.

Rivadavia viene a Europa, se trae a la Europa; más todavía, desprecia a

la Europa; Buenos Aires, y por supuesto, decían, la República Argentina,

realizará lo que la Francia republicana no ha podido, lo que la

aristocracia inglesa no quiere, lo que la Europa despotizada echa de

menos. Esta no era una ilusión de Rivadavia, era el pensamiento general

de la _ciudad_, era su espíritu y su tendencia.

El más o el menos en las pretensiones dividía los partidos, pero no

ideas antagonistas en el fondo. ¿Y qué otra cosa había de suceder en un

pueblo que sólo en catorce años había escarmentado a la Inglaterra,

correteado la mitad del continente, equipado diez ejércitos, dado cien

batallas campales, vencido en todas partes, mezcládose en todos los

acontecimientos, violado todas las tradiciones, ensayado todas las

teorías, aventurádolo todo y salido bien en todo, que vivía, se

enriquecía, se civilizaba? ¿Qué había de suceder cuando las teorías de

gobierno, la fe política que le había dado la Europa estaba plagada de

errores, de teorías absurdas y engañosas, de malos principios, porque

sus políticos no tenían obligación de saber más que los grandes hombres

de la Europa, que hasta entonces no sabían nada en materia de

organización política? Este es un hecho grave que quiero hacer notar.

Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, la

historia, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prácticos que

nos aleccionan contra el brillo de las teorías concebidas _à priori_;

pero antes de 1820 nada de esto había transcendido por el mundo europeo.

Con las paradojas del _Contrato Social_ se sublevó la Francia; Buenos

Aires hizo lo mismo; Voltaire había desacreditado al cristianismo, se

desacreditó también en Buenos Aires; Montesquieu distinguió tres

poderes, y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamín Constant y

Bentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituyó allí;

Smith y Say predicaban el comercio libre, libre el comercio se repitió.

Buenos Aires confesaba y creía todo lo que el mundo sabio de Europa

creía y confesaba. Sólo después de la revolución de 1830 en Francia, y

de sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nueva

dirección y se comienzan a desvanecer las ilusiones.

Desde entonces empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestran

que Voltaire no tenía mucha razón, que Rousseau era un sofista, que

Mably y Raynal eran unos anárquicos, que no hay tres poderes, ni

contrato social, etcétera, etc. Desde entonces sabemos algo de razas, de

tendencias, de hábitos nacionales, de antecedentes históricos.

Tocqueville nos revela por la primera vez el secreto de Norteamérica;

Sismondi nos descubre el vacío de las constituciones; Thierry, Michelet

y Guizot, el espíritu de la historia; la revolución de 1830, toda la

decepción del constitucionalismo de Benjamín Constant; la revolución

española, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza. ¿De

qué culpan, pues, a Rivadavia y a Buenos Aires? ¿De no tener más saber

que los sabios europeos que los extraviaban? Por otra parte, ¿cómo no

abrazar con ardor las ideas generales el pueblo que había contribuído

tanto y con tan buen suceso a generalizar la revolución? ¿Cómo ponerle

rienda al vuelo de la fantasía del habitante de una llanura sin límites,

dando frente a un río sin ribera opuesta, a un paso de la Europa, sin

conciencia de sus propias tradiciones, sin tenerlas en realidad, pueblo

nuevo improvisado, y que desde la cuna se oye saludar pueblo grande?

_¡Al gran pueblo argentino, salud!_

Porque estas palabras que nuestra canción nacional recuerda y con las

que se nos ha mecido desde la cuna, no las inventó la vanidad del autor,

las tomó de Pradt y de la Prensa de Europa, de las gacetas y

comunicaciones oficiales de los demás Estados americanos. Todos le

llamaban grande, todos se habían complotado a impulsarlo a las grandes

cosas.

Así educada, mimada hasta entonces por la fortuna, Buenos Aires se

entregó a la obra de constituirse ella y la República, como se había

entregado a la de libertarse ella y la América, con decisión, sin medios

términos, sin contemporización con los obstáculos. Rivadavia era la

encarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba la

sociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en el

ancho molde en que debía vaciarse un gran Estado americano, una

República. Traía sabios europeos para la Prensa y las cátedras,

colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertad

para todas las creencias, crédito y Banco Nacional para impulsar la

industria; todas las grandes teorías sociales de la época para modelar

su gobierno; la Europa, al fin, a vaciarla de golpe en la América y

realizar en diez años la obra que antes necesitara el transcurso de

siglos. ¿Era quimérico este proyecto? Protesto que no. Todas sus

creaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas halló incómodas

para sus atentados.

La libertad de cultos, que el alto clero de Buenos Aires apoyó, no ha

sido restringida; la población europea se disemina por las estancias, y

toma las armas de su _motu proprio_ para romper con el único obstáculo

que la priva de las bendiciones que le ofreciera aquel suelo; los ríos

están pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que les

estorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institución tan

hondamente arraigada, que él ha salvado la sociedad de la miseria a que

la habría conducido el tirano.

Sobre todo, por lo fantástico y extemporáneo que fuese aquel gran

sistema a que se encaminan y precipitan todos los pueblos americanos

ahora, era por lo menos ligero y tolerable para los pueblos; y por más

que los hombres sin conciencia lo vociferen todos los días, Rivadavia

nunca derramó una gota de sangre ni destruyó la propiedad de nadie, y de

la presidencia fastuosa descendió voluntariamente a la pobreza noble y

humilde del proscripto. Rosas, que tanto lo calumnia, se ahogaría en el

lago que podría formar toda la sangre que ha derramado; y los 40

millones de pesos fuertes del Tesoro nacional y los 50 de fortunas

particulares que ha consumido en diez años, para sostener la guerra

formidable que sus brutalidades han encendido, en manos del _fatuo_, del

_iluso_ Rivadavia, se habrían convertido en canales de navegación,

ciudades edificadas y grandes y multiplicados establecimientos de

utilidad pública.

Que le quede, pues, a este hombre, ya inútil para su patria, la gloria

de haber representado la civilización europea en sus más nobles

aspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar la

barbarie americana en sus formas más odiosas y repugnantes; porque Rosas

y Rivadavia son los dos extremos de la República Argentina, que se liga

a los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata.

No es el elogio, sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y su

partido, que han muerto para la República Argentina como elemento

político, no obstante que Rosas se obstina suspicazmente en llamar

unitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como el

de la Gironda, sucumbió hace muchos años. Pero en medio de sus

desaciertos y sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y grande,

que la generación que le sucede le debe los más pomposos honores

fúnebres.

Muchos de aquellos hombres quedan aún entre nosotros, pero no ya como

partido organizado; son las momias de la República Argentina, tan

venerables y nobles como las del Imperio de Napoleón. Estos unitarios

del año 25 forman un tipo separado, que nosotros sabemos distinguir por

la figura, por los modales, por el tono de la voz y por las ideas. Me

parece que entre cien argentinos reunidos, yo diría: este es _unitario_.

El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunque

sienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frase

con gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas,

invariables, y a la víspera de una batalla se ocupará todavía de

discutir en toda forma un reglamento o de establecer una nueva

formalidad legal, porque las fórmulas legales son el culto exterior que

rinde a sus ídolos, la Constitución, las garantías individuales.

Su religión es el porvenir de la República, cuya imagen colosal,

indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horas

cubierta con el manto de las pasadas glorias y no le deja ocuparse de

los hechos que presencia. Estoy seguro de que el alma de cada unitario

degollado por Rosas ha abandonado el cuerpo desdeñando al verdugo que lo

asesina y aun sin creer que la cosa ha sucedido. Es imposible imaginarse

una generación más razonadora, más _deductiva_, más emprendedora y que

haya carecido en más alto grado de sentido práctico. Llega la noticia de

un triunfo de sus enemigos; todos lo repiten, el parte oficial lo

detalla, los dispersos vienen heridos. Un _unitario_ no cree en tal

triunfo, y se funda en razones tan concluyentes, que os hace dudar de lo

que vuestros ojos están viendo. Tiene tal fe en la superioridad de su

causa, y tanta constancia y abnegación para consagrarle su vida, que el

destierro, la pobreza ni el lapso de los años entibiarán en un ápice su

ardor.

En cuanto a temple de alma y energía, son infinitamente superiores a la

generación que les ha sucedido. Sobre todo, lo que más les distingue de

nosotros son sus modales finos, su política ceremoniosa y sus ademanes

pomposamente cultos. En los estrados no tienen rival, y no obstante que

ya están desmontados por la edad, son más galanes, más bulliciosos y

alegres con las damas que lo son sus hijos.

Hoy día las formas se descuidan entre nosotros a medida que el

movimiento democrático se hace más pronunciado, y no es fácil darse idea

de la cultura y refinamiento de la sociedad de Buenos Aires hasta 1828.

Todos los europeos que arribaban creían hallarse en Europa, en los

salones de París; nada faltaba, ni aun la petulancia francesa, que se

dejaba notar entonces en el elegante de Buenos Aires.

Me he detenido en estos pormenores para caracterizar la época en que se

trataba de constituir la República y los elementos diversos que se

estaban combatiendo. Córdoba, española por educación literaria y

religiosa, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias, y

Buenos Aires, todo novedad, todo revolución y movimiento, son las dos

fases prominentes de los partidos que dividían las ciudades todas, en

cada una de las cuales estaban luchando estos dos elementos diversos que

hay en todos los pueblos cultos.

No sé si en América se presenta un fenómeno igual a éste; es decir, dos

partidos, retrógrado y revolucionario, conservador y progresista,

representados altamente cada uno por una ciudad civilizada de diverso

modo, alimentándose cada una de ideas extraídas de fuentes distintas:

Córdoba, de la España, los Concilios, los comentadores, el Digesto;

Buenos Aires, de Bentham, Rousseau, Montesquieu y la literatura francesa

entera.

A estos elementos de antagonismo se añadía otra causa no menos grave;

tal era el aflojamiento de todo vínculo nacional, producido por la

revolución de la Independencia. Cuando la autoridad es sacada de un

centro para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de echar

raíces. _El Republicano_ decía el otro día que «la autoridad no es más

que un convenio entre gobernantes y gobernados». ¡Aquí hay muchos

_unitarios_ todavía! La autoridad se funda en el asentimiento

indeliberado que una nación da a un hecho permanente. Donde hay

deliberación y voluntad, no hay autoridad. Aquel estado de transición se

llama _federalismo_; y después de toda revolución y cambio consiguiente

de autoridad, todas las naciones tienen sus días y sus intentos de

_federación_.

Me explicaré. Arrebatado a la España Fernando VII, la autoridad, aquel

hecho permanente deja de ser, y la España se reúne en juntas

provinciales que niegan la autoridad a los que gobiernan en nombre del

rey. Esto es _federación de la España_. Llega la noticia a la América, y

se desprende de la España, separándose en varias secciones: _federación

de la América_.

Del virreinato de Buenos Aires salen al fin de la lucha cuatro Estados:

Bolivia, Paraguay, Banda Oriental y República Argentina: _federación del

virreinato_.

La República se divide en provincias, no por las antiguas intendencias,

sino por ciudades: _federación de las ciudades_.

No es que la palabra _federación_ signifique separación, sino que, dada

la separación previa, expresa la unión de partes distintas. La República

Argentina se hallaba en esta crisis social, y muchos hombres notables y

bien intencionados de las _ciudades_ creían que es posible hacer

_federaciones_ cada vez que un hombre o un pueblo se siente sin respeto

por una autoridad nominal y de puro convenio.

Así, pues, había esta otra manzana de discordia en la República, y los

partidos, después de haberse llamado realistas y patriotas, congresistas

y ejecutivistas, pelucones y liberales, concluyeron por llamarse

federales y unitarios. Miento, que no concluye aún la fiesta: que a don

Juan Manuel Rosas se le ha antojado llamar a sus enemigos presentes y

futuros _salvajes_, _inmundos unitarios_, y uno nacerá _salvaje_

estereotipado allí dentro de veinte años, como son federales hoy todos

los que llevan la carátula que él les ha puesto. ¡Cómo se reirá en sus

adentros ese miserable de la imbecilidad de los pueblos!

Pero la República Argentina está geográficamente constituída de tal

manera, que ha de ser unitaria siempre, _aunque el rótulo de la botella_

diga lo contrario. Su llanura continua, sus ríos confluentes a un puerto

único la hacen fatalmente una e indivisible. Rivadavia, más conocedor de

las necesidades del país, aconsejaba a los pueblos que se uniesen bajo

una Constitución común, haciendo nacional el puerto de Buenos Aires.

Agüero, su eco en el Congreso, decía a los porteños con su acento

magistral y unitario: «Demos voluntariamente a los pueblos lo que más

tarde nos reclamarán con las armas en la mano.»

El pronóstico falló por una palabra. Los pueblos no reclamaron de Buenos

Aires el puerto con las armas, sino con la _barbarie_, que le mandaron

en Facundo y Rosas. Pero Buenos Aires se quedó con la barbarie y el

puerto, que sólo a Rosas ha servido y no a las provincias. De manera que

Buenos Aires y las provincias se han hecho el mal mutuamente, sin

reportar ninguna ventaja.

Todos estos antecedentes he necesitado establecer para continuar con la

vida de Juan Facundo Quiroga, porque, aunque parezca ridículo decirlo,

Facundo es el rival de Rivadavia. Todo lo demás es transitorio,

intermediario y de poco momento; el partido federal de las ciudades era

un eslabón que se ligaba al partido bárbaro de las campañas. La

República era solicitada por dos fuerzas unitarias: una que partía de

Buenos Aires y se apoyaba en los liberales del interior; otra que

partía de las campañas y se apoyaba en los caudillos que ya habían

logrado dominar las ciudades; la una, civilizada, constitucional,

europea; la otra, bárbara, arbitraria, americana.

Estas dos fuerzas habían llegado a su más alto punto de

desenvolvimiento, y sólo una palabra se necesitaba para trabar la lucha,

y ya que el partido revolucionario se llamaba _unitario_, no había

inconveniente para que el partido adverso adoptase la denominación de

_federal_, sin comprenderla.

Pero aquella fuerza bárbara estaba diseminada por toda la República,

dividida en provincias, en cacicazgos; necesitábase una mano poderosa

para fundirla y presentarla en un todo homogéneo, y Quiroga ofreció su

brazo para realizar esta grande obra.

El gaucho argentino, aunque de instintos comunes con los pastores, es

eminentemente provincial: lo hay porteño, santafecino, cordobés,

llanista, etc. Todas sus aspiraciones las encierra en su provincia; las

demás son enemigas o extrañas; son diversas tribus, que se hacen entre

sí la guerra. López, apoderado de Santa Fe, no se cura de lo que pasa

alrededor suyo, salvo que vengan a importunarlo, que entonces monta a

caballo y echa fuera a los intrusos. Pero como no estaba en sus manos

que las provincias no se tocasen por todas partes, no podía tampoco

evitar que al fin se uniesen en un interés común, y de ahí les viniese

esa misma _unidad_ que tanto se interesaba en combatir.

Recuérdese que al principio dije que las correrías y viajes de la

juventud de Quiroga habían sido la base de su futura ambición.

Efectivamente: Facundo, aunque gaucho, no tiene apego a un lugar

determinado; es riojano, pero se ha educado en San Juan, ha vivido en

Mendoza, ha estado en Buenos Aires. Conoce la República; sus miradas se

extienden sobre un grande horizonte; dueño de La Rioja, quisiera,

naturalmente, presentarse revestido del poder en el pueblo en que

aprendió a leer, en la ciudad donde levantó unas tapias, en aquella otra

donde estuvo preso e hizo una acción gloriosa. Si los sucesos lo atraen

fuera de su provincia, no se resistirá a salir por cortedad ni

encogimiento. Muy distinto de Ibarra y López, que no gustan sino de

defenderse en su territorio, él acometerá el ajeno y se apoderará de él.

Así la Providencia realiza las grandes cosas por medios insignificantes

e inapercibibles, y la unidad bárbara de la República va a iniciarse a

causa de que un gaucho malo ha andado de provincia en provincia

levantando tapias y dando puñaladas.

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