CAPÍTULO II Facundo · Capítulo 5 de 9
Obra Menu

CAPÍTULO II

CAPÍTULO II

LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAÑA

The sides of the mountains enlarge

and assume an aspect at

once more grand and more barren.

By little and little the scanty vegetation

languishes and dies; and

mosse disappear, and a red burning

hue suceeds.

ROUSSEL. _Palestine._

En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado el

nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja.

Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de San

Juan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas por

valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la

parte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblos

y Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a la

fama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiende

una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en

cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubierta

hasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de La

Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al pie

del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura

arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes

regulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces es

una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones y

castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de

extensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, en

despecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otro

tiempo millares de rebaños.

El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador;

la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_

para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He

tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es

parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,

la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos,

vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían donde

corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación de

montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y

erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como

los cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estas

reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los

campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no

causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial

de los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso la

vista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la

barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de

aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burros

y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugares

hay en que la población se alimenta exclusivamente de miel silvestre y

de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_

es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable y

más bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no

lo acosa.

Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos el

aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los

recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices

orientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dos

familias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en los

feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis. Las

querellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de La

Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder

largo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos y

gibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. De

estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las

armas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataron

siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene

consagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró no

pocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de

Lautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señorita

Doria y Dávila, para reconciliarlas.

Todos saben que ésta era la práctica en Italia. Romeo y Julieta fueron

aquí más felices. Hacia los años 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a fin

de poner término también a los feudos de aquellas casas, mandó un

gobernador de fuera de la provincia, un señor Barnachea, que no tardó

mucho en caer bajo la influencia del partido de los Dávilas, que

contaban con el apoyo de don Prudencio Quiroga, residente en los Llanos

y muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fué llamado a la

_ciudad_ y hecho tesorero y alcalde. Nótese que, aunque de un modo

legítimo y noble, con don Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra en

los partidos _civiles_ a figurar ya la campaña pastora como elemento

político. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montañoso de

pastos, enclavado en el centro de una extensa travesía; sus habitantes,

pastores exclusivamente, viven la vida patriarcal y primitiva que aquel

aislamiento conserva en toda su pureza bárbara y hostil a las ciudades.

La hospitalidad es allí un deber común, y entre los deberes del peón

entra el de defender a su patrón en cualquier peligro o riesgo de su

vida. Estas costumbres explicarán ya un poco los fenómenos que vamos a

presenciar.

Después del suceso de San Luis, Facundo se presentó en los Llanos

revestido del prestigio de la reciente hazaña y premunido de una

recomendación del Gobierno. Los partidos que dividían a La Rioja no

tardaron mucho en solicitar la adhesión de un hombre que todos miraban

con el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas.

Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el título de

sargento mayor de las milicias de los Llanos, con la influencia y

autoridad de _comandante de campaña_.

Desde este momento principia la vida pública de Facundo. El elemento

pastoril, bárbaro, de aquella provincia; aquella tercera entidad que

aparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en La

Rioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la

_ciudad_. Este es un momento solemne y crítico en la historia de todos

los pueblos pastores de la República Argentina; hay en todos ellos un

día en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que ya

inspira un hombre audaz, se le elige comandante de campaña. Es éste el

caballo de los griegos que los troyanos se apresuran a introducir en la

_ciudad_.

Por este tiempo ocurría en San Juan la desgraciada sublevación del

número 1 de los Andes, que había vuelto de Chile a rehacerse. Frustrados

en los objetos del motín, Francisco Aldao y Corro emprendieron una

retirada desastrosa al norte, a reunirse a Güemes, caudillo de Salta. El

general Ocampo, gobernador de La Rioja, se dispone a cerrarles el paso,

y al efecto convoca todas las fuerzas de la provincia y se prepara a dar

una batalla. Facundo se presenta con sus llanistas. Las fuerzas vienen a

las manos, y pocos minutos bastaron al número 1 para mostrar que con la

rebelión no había perdido nada de su antiguo brillo en los campos de

batalla. Corro y Aldao se dirigieron a la ciudad, y los dispersos

trataron de rehacerse, dirigiéndose hacia los Llanos, donde podían

aguardar las fuerzas que de San Juan y Mendoza venían en persecución de

los fugitivos. Facundo, en tanto, abandona el punto de reunión, cae

sobre la retaguardia de los vencedores, los tirotea, los importuna, les

mata o hace prisioneros a los rezagados. Facundo es el único que está

dotado de vida propia, que no espera órdenes, que obra de su _proprio

motu_. Se ha sentido llamado a la acción, y no espera que le empujen.

Mas todavía habla con desdén del Gobierno y del general, y anuncia su

disposición de obrar en adelante según su dictamen y de echar abajo el

Gobierno. Dícese que un consejo de los principales del ejército instaba

al general Ocampo para que lo prendiese, juzgase y fusilase; pero el

general no consintió, menos acaso por moderación que por sentir que

Quiroga era ya, no tanto un súbdito, cuanto un aliado temible.

Un arreglo definitivo entre Aldao y el Gobierno dejó acordado que aquél

se dirigiría a San Luis, por no querer seguir a Corro, proveyéndole el

Gobierno de medios hasta salir del territorio por un itinerario que

pasaba por los Llanos. Facundo fué encargado de la ejecución de esta

parte de lo estipulado, y regresó a los Llanos con Aldao. Quiroga lleva

ya la conciencia de su fuerza, y cuando vuelve la espalda a La Rioja, ha

podido decirle en despedida: «¡Ay de ti, ciudad! En verdad os digo que

dentro de poco no quedará piedra sobre piedra.»

Aldao, llegado a los Llanos, y conocido el descontento de Quiroga, le

ofrece cien hombres de línea para apoderarse de La Rioja, a trueque de

aliarse para futuras empresas. Quiroga acepta con ardor, encamínase a la

ciudad, la toma, prende a los individuos del Gobierno, les manda

confesores y orden de prepararse para morir. ¿Qué objeto tiene para él

esta revolución? Ninguno; se ha sentido con fuerzas, ha estirado los

brazos y ha derrotado la _ciudad_. ¿Es culpa suya?

Los antiguos patriotas chilenos no han olvidado, sin duda, las proezas

del sargento Araya, de granaderos a caballo, porque entre aquellos

veteranos la aureola de la gloria solía descender hasta el simple

soldado. Contábame el presbítero Meneses, cura que fué de Los Andes, que

después de la derrota de Cancha Rayada, el sargento Araya iba

encaminándose a Mendoza con siete granaderos.

Ibaseles el alma a los patriotas de ver alejarse y repasar los Andes a

los soldados más valientes del ejército, mientras que Las Heras tenía

todavía un tercio bajo sus órdenes, dispuesto a hacer frente a los

españoles. Tratábase de detener al sargento Araya; pero una dificultad

ocurría. ¿Quién se le acercaba? Una partida de 60 hombres de milicias

estaba a la mano; pero todos los soldados sabían que el prófugo era el

sargento Araya, y habrían preferido mil veces atacar a los españoles que

a este león de los granaderos; don José María Meneses entonces se

adelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, le

reconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergüenza de una fuga

sin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las súplicas

y órdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre a

detener otros grupos de granaderos que le precedían en la fuga, y

gracias a su diligencia y reputación, vuelve a incorporarse en el

ejército con 60 compañeros de armas, que se lavaron en Maipú de la

mancha momentánea que había caído sobre sus laureles.

Este sargento Araya y un Lorca, también un valiente conocido en Chile,

mandaban la fuerza que Aldao había puesto a las órdenes de Facundo. Los

reos de La Rioja, entre los que se hallaba el doctor don Gabriel Ocampo,

ex ministro de Gobierno, solicitaron la protección de Lorca para que

intercediese por ellos. Facundo, aun no seguro de su momentánea

elevación, consintió en otorgarles la vida; pero esta restricción puesta

a su poder le hizo sentir otra necesidad. Era preciso poseer esa fuerza

veterana para no encontrar contradicciones en lo sucesivo. De regreso a

los Llanos, se entiende con Araya, y poniéndose de acuerdo, caen sobre

el resto de la fuerza de Aldao, la sorprenden, y Facundo se halla en

seguida jefe de 400 hombres de línea, de cuyas filas salieron después

los oficiales de sus primeros ejércitos.

Facundo acordóse de que don Nicolás Dávila estaba en Tucumán

expatriado, y le hizo venir para encargarle de las molestias del

gobierno de La Rioja, reservándose él tan sólo el poder real que lo

seguía a los Llanos. El abismo que mediaba entre él y los Ocampos y

Dávilas era tan ancho, tan brusca la transición, que no era posible por

entonces hacerla de un golpe; el espíritu de ciudad era demasiado

poderoso todavía para sobreponerle la campaña; todavía un doctor en

leyes valía más para el gobierno que un peón cualquiera. Después ha

cambiado todo esto.

Dávila se hizo cargo del gobierno bajo el patrocinio de Facundo, y por

entonces pareció alejado todo motivo de zozobra. Las haciendas y

propiedades de los Dávilas estaban situadas en las inmediaciones de

Chilecito, y allí, por tanto, en sus deudos y amigos se hallaba

reconcentrada la fuerza física y moral que debía apoyarlo en el

gobierno. Habiéndose, además, acrecentado la población de Chilecito con

la provechosa explotación de las minas, y reunídose caudales cuantiosos,

el gobierno estableció una casa de moneda provincial, y trasladó su

residencia a aquel pueblecillo, ya fuese para llevar a cabo la empresa,

ya para alejarse de los Llanos y sustraerse de la sujeción incómoda que

Quiroga quería ejercer sobre él. Dávila no tardó mucho en pasar de estas

medidas puramente defensivas a una actitud más decidida, y aprovechando

la temporaria ausencia de Facundo, que andaba en San Juan, se concertó

con el capitán Araya para que le prendiesen a su llegada. Facundo tuvo

aviso de las medidas que contra él se preparaban, e introduciéndose

secretamente en los Llanos, mandó asesinar a Araya.

El gobierno, cuya autoridad era contestada de una manera tan indigna,

intimó a Facundo que se presentase a responder a los cargos que se le

hacían sobre el asesinato. ¡Parodia ridícula! No quedaba otro medio que

apelar a las armas y encender la guerra civil entre el gobierno y

Quiroga, entre la ciudad y los Llanos. Facundo mandó a su vez una

comisión a la Junta de Representantes, pidiéndole que depusiese a

Dávila. La Junta había llamado al gobernador con instancia para que

desde allí, y con el apoyo de todos los ciudadanos, invadiese los Llanos

y desarmase a Quiroga. Había en esto un interés local, y era hacer que

la Casa de la Moneda fuese trasladada a la ciudad de La Rioja; pero como

Dávila persistiese en residir en Chilecito, la Junta, accediendo a la

solicitud de Quiroga, lo declaró depuesto. El gobernador Dávila había

reunido, bajo las órdenes de don Miguel Dávila, muchos soldados de los

de Aldao; poseía un buen armamento, muchos adictos que querían salvar la

provincia del dominio del caudillo que se estaba levantando en los

Llanos, y varios oficiales de línea para poner a la cabeza de las

fuerzas. Los preparativos de guerra empezaron, pues, con igual ardor en

Chilecito y en los Llanos; y el rumor de los aciagos sucesos que se

preparaban, llegó hasta San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos mandaron un

comisionado a procurar un arreglo entre los beligerantes que ya estaban

a punto de venir a las manos.

Corvalán, ese mismo que hoy sirve de ordenanza a Rosas, se presentó al

campo de Quiroga a interponer la mediación de que venía encargado, y que

fué aceptada por el caudillo; pasó en seguida al campo enemigo, donde

obtuvo la misma cordial acogida. Regresa al campo de Quiroga para

arreglar el convenio definitivo; pero éste, dejándolo allí, se puso en

movimiento sobre su enemigo, cuyas fuerzas, desapercibidas por las

seguridades dadas por el enviado, fueron fácilmente derrotadas y

dispersas. Don Miguel Dávila, reuniendo algunos de los suyos, acometió

denodadamente a Quiroga, a quien alcanzó a herir en un muslo antes que

una bala le llevase la muñeca; en seguida fué rodeado y muerto por los

soldados. Hay en este suceso una cosa muy característica del espíritu

gaucho. Un soldado se complace en enseñar sus cicatrices; el gaucho las

oculta y disimula cuando son de arma blanca, porque prueban su poca

destreza, y Facundo, fiel a estas ideas de honor, jamás recordó la

herida que Dávila le había abierto antes de morir.

Aquí termina la historia de los Ocampos y Dávilas, y de La Rioja

también. Lo que sigue es la historia de Quiroga. Este día es también uno

de los nefastos de las ciudades pastoras, día aciago que al fin llega.

Este día corresponde en la historia de Buenos Aires al de abril de 1835,

en que su comandante de campaña, su héroe del desierto, se apodera de la

ciudad.

Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir porque hace

honor a Quiroga: en esta noche negra que vamos a atravesar no debe

perderse la más débil lucecilla. Facundo, al entrar triunfante en La

Rioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y después de mandar dar

el pésame a la viuda del general muerto, ordenó pomposas exequias para

honrar sus cenizas. Nombró o hizo nombrar por gobernador a un español

vulgar, un Blanco, y con él principió el nuevo orden de cosas que debía

realizar el bello ideal del gobierno que había concebido; porque Quiroga

en su larga carrera, en los diversos pueblos que ha conquistado, jamás

se ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros.

Momento grande y espectable para los pueblos es siempre aquél en que una

mano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se afirman

o ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados, o más

conformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchas

veces los hilos que, entretejiéndose con el tiempo, llegan a cambiar la

tela de que se compone la historia.

No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando

Atila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas; los

escombros quedan, pero en vano iría después a removerlos la mano de la

filosofía para buscar debajo de ellos las plantas vigorosas que nacieran

con el abono nutritivo de la sangre humana. Facundo, genio bárbaro, se

apodera de su país; las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas

se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes; y en medio de

esta destrucción efectuada por las pisadas de los caballos, nada se

sustituye, nada se establece. El desahogo, la desocupación y la incuria

son el bien supremo del gaucho. Si La Rioja, como tenía doctores hubiera

tenido estatuas, éstas habrían servido para amarrar los caballos.

Facundo deseaba poseer, e incapaz de crear un sistema de rentas, acude a

lo que acuden siempre los gobiernos torpes e imbéciles. Mas aquí el

monopolio llevará el sello de la vida pastoril, la espoliación y la

violencia. Rematábanse los diezmos de La Rioja en aquella época en diez

mil pesos anualmente; ésta era por lo menos el término medio. Facundo se

presenta en la mesa del remate, y ya su asistencia, hasta entonces

inusitada, impone respeto a los postores. «Doy dos mil pesos--dice--y

uno más, sobre la mejor postura.» El escribano repite la propuesta tres

veces y nadie ofrece mejora. Era que todos los concurrentes se habían

escurrido uno a uno al leer en la mirada siniestra de Quiroga que

aquélla era la última postura. Al año siguiente se contentó con mandar

al remate una cedulilla así concebida: «Doy dos mil pesos, y uno más,

sobre la mejor postura.--_Facundo Quiroga._»

Al tercer año se suprimió la ceremonia del remate, y el año 1831 Quiroga

mandaba todavía a La Rioja dos mil pesos, valor fijado a los diezmos.

Pero faltaba un paso que dar para hacer redituar el diezmo un ciento por

uno, y Facundo, desde el segundo año, no quiso recibir el de animales,

sino que distribuyó su marca a todos los hacendados, a fin de que

herrasen el diezmo, y se les guardase las estancias hasta que él lo

reclamase. Las crías se aumentaban, los diezmos nuevos acrecentaban el

piño de ganado, y a la vuelta de diez años se pudo calcular que la mitad

del ganado de las estancias de una provincia pastora, pertenecía al

comandante general de armas y llevaba su marca.

Una costumbre inmemorial en La Rioja hacía que los ganados _mostrencos_,

o no marcados a cierta edad, perteneciesen de derecho al fisco, que

mandaba sus agentes a recoger estas espigas perdidas, y sacaba de la

colecta una renta no despreciable, si bien se hacía intolerable para los

estancieros. Facundo pidió que se le adjudicase este ganado en

resarcimiento de los gastos que le había demandado la invasión a la

ciudad; gastos que se reducían a convocar las milicias, que concurren en

sus caballos y viven siempre de lo que encuentran. Poseedor ya de

partidas de seis mil novillos al año, mandaba a las ciudades sus

abastecedores, y ¡desgraciado el que entrase a competir con él! Este

negocio de abastecer los mercados de carne lo ha practicado dondequiera

que sus armas se presentaron, en San Juan, Mendoza, Tucumán, cuidando

siempre de monopolizarlo en su favor por algún bando o un simple

anuncio. Da asco y vergüenza, sin duda, tener que descender a estos

pormenores indignos de ser recordados. Pero, ¿qué hacer? En seguida de

una batalla sangrienta que le ha abierto la entrada a una ciudad, lo

primero que el general ordena es que nadie pueda abastecer de carne el

mercado... En Tucumán supo que un vecino, contraviniendo la orden,

mataba reses en su casa. El general del ejército de los Andes, el

vencedor de la Ciudadela, no creyó deber confiar a nadie la pesquisa de

delito tan horrendo. Va él en persona, da recios golpes a la puerta de

la casa, que permanecía cerrada, y que, atónitos los de adentro, no

aciertan a abrir. Una patada del ilustre general la echa abajo, y expone

a su vista esta escena, una res muerta que desollaba el dueño de la

casa, que a su vez cae también muerto a la vista terrífica del general

ofendido[26].

No me detengo en estos pormenores a designio. ¡Cuántas páginas omito!

¡Cuántas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo! Pero hago

la historia del gobierno bárbaro, y necesito hacer conocer sus resortes.

Mehemet-Alí, dueño de Egipto por los mismos medios que Facundo, se

entrega a una rapacidad sin ejemplo aun en la Turquía; constituye el

monopolio en todos los ramos, y los explota en su beneficio; pero

Mehemet-Alí sale del seno de una nación bárbara, y se eleva hasta desear

la civilización europea e injertarla en las venas del pueblo que oprime.

Facundo, empero, rechaza todos los medios civilizados que ya son

conocidos, los destruye y desmoraliza; Facundo, que no gobierna, porque

el gobierno es ya un trabajo en beneficio ajeno, se abandona a los

instintos de una avaricia sin medidas, sin escrúpulos.

El egoísmo es el fondo de casi todos los grandes caracteres históricos;

el egoísmo es el muelle real que hace ejecutar todas las grandes

acciones; Quiroga poseía este don político en grado eminente, y lo

ejercitaba en reconcentrar en torno suyo todo lo que veía diseminado en

la sociedad inculta que lo rodeaba; fortuna, poder, autoridad, todo está

con él; todo lo que no puede adquirir: maneras, instrucción,

respetabilidad fundada, eso lo persigue, lo destruye en las personas que

lo poseen. Su encono contra la gente _decente_, contra la _ciudad_, es

cada día más visible; el gobernador de La Rioja puesto por él renuncia

al fin a fuerza de ser vejado diariamente. Un día está de buen humor

Quiroga, y juega con un joven, como el gato juega con la tímida rata:

juega a si lo mata o no lo mata; el terror de la víctima ha sido tan

ridículo, que el verdugo se ha puesto de buen humor, se ha reído a

carcajadas, contra su costumbre habitual.

Su buen humor no debe quedar ignorado: necesita explayarse, extenderlo

sobre una gran superficie. Suena la generala en La Rioja, y los

ciudadanos salen a las calles armados al rumor de alarma. Facundo, que

ha hecho tocar a generala para divertirse, forma a los vecinos en la

plaza a las once de la noche, despide de las filas a la plebe, y deja

sólo a los vecinos padres de familia acomodados, a los jóvenes que aún

conservan visos de cultura.

Hácelos marchar y contramarchar toda la noche, hacer alto, alinearse,

marchar de frente, de flanco. Es un cabo de instrucción que enseña a

unos reclutas, y la vara del cabo anda por la cabeza de los torpes, por

el pecho de los que no se alínean bien; ¿qué quieren? ¡así se enseña! El

día sobreviene, y los semblantes pálidos de los reclutas; su fatiga y

extenuación revelan todo lo que se ha aprendido en la noche. Al fin da

descanso a su tropa, y lleva la generosidad hasta comprar empanadas, y

distribuir a cada uno la suya, que se apresura a comer, porque es parte

ésta de la diversión.

Lecciones de este género no son inútiles para las ciudades, y el hábil

político que en Buenos Aires ha elevado a sistema estos procedimientos,

los ha refinado y hecho producir efectos maravillosos. Por ejemplo,

desde 1835 hasta 1840, casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado por

las cárceles. Había a veces ciento cincuenta ciudadanos que permanecían

presos dos, tres meses, para ceder su lugar a un repuesto de doscientos

que permanecían seis meses. ¿Por qué? ¿qué habían hecho?... ¿qué habían

dicho? ¡Imbéciles!: ¿no véis que se está disciplinando la _ciudad_?...

¿No recordás que Rosas decía a Quiroga que no era posible constituir la

República porque no había costumbres? ¡Es que está acostumbrando a la

ciudad a ser gobernada; él concluirá la obra, y en 1844 podrá presentar

al mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinión, una

voz, un entusiasmo sin límites por la persona y por la voluntad de

Rosas! ¡Ahora sí que se puede constituir una república!

Pero volvamos a La Rioja. Habíase excitado en Inglaterra un movimiento

febril de empresa sobre las minas de los nuevos Estados americanos;

compañías poderosas se proponían explotar las de Méjico y Perú, y

Rivadavia, residente en Londres entonces, estimuló a los empresarios a

traer sus capitales a la República Argentina. Las minas de Famatina se

presentaban a las grandes empresas. Especuladores de Buenos Aires

obtienen al mismo tiempo privilegios exclusivos para la explotación, con

el designio de venderlos a las compañías inglesas por sumas enormes.

Estas dos especulaciones, la de Inglaterra y la de Buenos Aires, se

cruzaron en sus planes y no pudieron entenderse. Al fin hubo transacción

con otra casa inglesa que debía suministrar fondos, y que, en efecto,

mandó directores y mineros ingleses. Más tarde se especuló en establecer

una Casa de Moneda en La Rioja, que, cuando el Gobierno nacional se

organizase, debía serle vendida en una gran suma. Facundo, solicitado,

entró con un gran número de acciones, que pagó con el Colegio de

Jesuítas, que se hizo adjudicar en pago de _sus sueldos_ de general. Una

comisión de accionistas de Buenos Aires vino a La Rioja para realizar

esta empresa, y desde luego manifestó su deseo de ser presentada a

Quiroga, cuyo nombre misterioso y terrorífico empezaba a resonar por

todas partes. Facundo se le presenta en su alojamiento con media de

_seda_ de patente, calzón de jergón y un poncho de tela ruin. No

obstante lo grotesco de esta figura, a ninguno de los ciudadanos

elegantes de Buenos Aires le ocurrió reírse, porque eran demasiado

avisados para no descifrar el enigma. Quería humillar a los hombres

cultos, y mostrarles el caso que hacía de sus trajes europeos.

Ultimamente, derechos exhorbitantes sobre la extracción de ganados que

no fuesen los suyos, completaron el sistema de administración

establecido en su provincia. Pero a más de estos medios directos de

fortuna, hay uno que me apresuro a exponer, por desembarazarme de una

vez de un hecho que abraza toda la vida pública de Facundo. ¡El juego!

Facundo tenía la rabia del juego, como otros la de los licores, como

otros la del rapé. Un alma poderosa pero incapaz de abrazar una grande

esfera de ideas, necesitaba esta ocupación ficticia en que una pasión

está en continuo ejercicio, contrariada y halagada a la vez, irritada,

excitada, atormentada. Siempre he creído que la pasión del juego es en

los más casos una buena cualidad de espíritu que está ociosa por la mala

organización de una sociedad. Estas fuerzas de voluntad, de temeridad,

de abnegación y de constancia, son las mismas que forman las fortunas

del comerciante emprendedor, del banquero y del conquistador que juega

imperios a las batallas. Facundo ha jugado desde la infancia; el juego

ha sido su único goce, su desahogo, su vida entera. ¿Pero sabéis lo que

es un tallador que tiene en fondos el poder, el terror y la vida de sus

compañeros de mesa?

Esta es una cosa de que nadie ha podido formarse idea, sino después de

haberlo visto durante veinte años. Facundo jugaba sin lealtad, dicen sus

enemigos... Yo no doy fe a este cargo, porque la mala fe le era inútil,

y porque perseguía de muerte a los que la usaban.

Pero Facundo jugaba con fondos ilimitados; no permitió jamás que nadie

levantase de la mesa el dinero con que jugaba; no era posible dejar de

jugar sin que él lo dispusiese; él jugaba cuarenta horas, y más,

consecutivas; él no estaba turbado por el terror, y él podía mandar

azotar o fusilar a sus compañeros de carpeta, que muchas veces eran

hombres comprometidos. He aquí el secreto de la buena fortuna de

Quiroga. Son raros los que le han ganado sumas considerables, aunque

sean muchos los que en momentos dados de una partida de juego han tenido

delante de sí pirámides de onzas ganadas a Quiroga; el juego ha seguido,

porque al ganancioso no le era permitido levantarse, y al fin sólo le ha

quedado la gloria de contar que ya tenía ganado tanto y lo perdió en

seguida.

El juego fué, pues, para Quiroga una diversión favorita y un sistema de

expoliación. Nadie recibía dinero de él en La Rioja, nadie lo poseía sin

ser invitado inmediatamente a jugar y a dejarlo en poder del caudillo.

La mayor parte de los comerciantes de La Rioja quiebran, desaparecen,

porque el dinero ha ido a parar a la bolsa del general, y no es porque

no les dé lecciones de prudencia. Un joven había ganado a Facundo cuatro

mil pesos, y Facundo no quiere jugar más. El joven cree que es una red

que le tienden, que su vida está en peligro. Facundo repite que no juega

más, insiste el joven atolondrado, y Facundo, condescendiendo, le _gana_

los cuatro mil pesos y le manda dar doscientos azotes, _por bárbaro_.

Me fatigo de leer infamias, contestes en todos los manuscritos que

consulto. Sacrifico la relación de ellas a la vanidad de autor, a la

pretensión literaria. Si digo más, los cuadros me salen recargados,

innobles, repulsivos.

Hasta aquí llega la vida del comandante de campaña, después que ha

abolido la _ciudad_, la ha suprimido. Facundo hasta aquí es como todos

los demás, como Rosas en su estancia, aunque ni el juego ni la

satisfacción brutal de todas las pasiones le deshonrasen tanto antes de

llegar al Poder. Pero Facundo va a entrar en una nueva esfera, y

tendremos luego que seguirlo por toda la República, que ir a buscarlo en

los campos de batalla.

¿Qué consecuencias trajo para la provincia de La Rioja la destrucción

del orden _civil_? Sobre esto no se razona, no se discurre. Se va a ver

el teatro en que estos sucesos se desenvolvieron, y se tiende la vista

sobre él: ahí está la respuesta. Los Llanos de La Rioja están hoy

desiertos; la población ha emigrado a San Juan; los aljibes que daban de

beber a millares de rebaños se han secado. En esos Llanos, donde ahora

veinte años pacían tantos millares de rumiantes, vaga tranquilo el

tigre, que ha reconquistado sus dominios; algunas familias de

pordioseros recogen algarroba para mantenerse. Así han pagado los Llanos

los males que extendieron sobre la República. «¡Ay de ti, Betsaida y

Corazain! En verdad os digo que Sodoma y Gomorra fueron mejor tratadas

que lo que debéis serlo vosotras.»

1/1
Menu

Fazer anotação