Capítulo III - DO UT DES
Capítulo III - DO UT DES
En aquel tiempo, pues, había cerca de la ciudad de *** un famoso molino, harinero (que ya no existe), situado como a un cuarto de legua de la población, entre el pie de suave colina poblada de guindos y cerezos y una fertilísima huerta que servía de margen (y algunas veces de lecho) al titular, intermitente y traicionero río.
Por varias y diversas razones, hacía ya algún tiempo que aquel molino era el predilecto punto de llegada y descanso de los paseantes más caracterizados de la mencionada ciudad...--Primeramente, conducía a él un camino carretero, menos intransitable que los restantes de aquellos contornos.--En segundo lugar, delante del molino había una plazoletilla empedrada, cubierta por un parral enorme, debajo del cual se tomaba muy bien el fresco en el verano y el sol en el invierno, merced a la alternada ida y venida de los pámpanos....--En tercer lugar, el molinero era un hombre muy respetuoso, muy discreto, muy fino, que tenía lo que se llama don de gentes, y que obsequiaba a los señorones que solían honrarlo con su tertulia vespertina, ofreciéndoles... lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan y aceite; macarros que se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de aquella misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño, algún mantecado, algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.
--¿Tan rico era el molinero, o tan imprudentes sus tertulianos?--exclamaréis, interrumpiéndome.
Ni lo uno ni lo otro. El molinero sólo tenía un pasar, y aquellos caballeros eran la delicadeza y el orgullo personificados. Pero en unos tiempos en que se pagaban cincuenta y tantas contribuciones diferentes a la Iglesia y al Estado, poco arriesgaba un rústico de tan claras luces como aquél en tenerse ganada la voluntad de regidores, canónigos, frailes, escribanos y demás personas de campanillas. Así es que no faltaba quien dijese que el tío Lucas (tal era el nombre del molinero) se ahorraba un dineral al año a fuerza de agasajar a todo el mundo.
--«Vuestra Merced me va a dar una puertecilla vieja de la casa que ha derribado,» decíale a uno.--«Vuestra Señoría (decíale a otro) va a mandar que me rebajen el subsidio, o la alcabala, o la contribución de frutos-civiles.»--«Vuestra Reverencia me va a dejar coger en la huerta del convento una poca hoja para mis gusanos de seda.»--«Vuestra Ilustrísima me va a dar permiso para traer una poca leña del monte X.»--«Vuestra
Paternidad me va a poner dos letras para que me permitan cortar una poca madera en el pinar H.»--«Es menester que me haga Usarcé una escriturilla que no me cueste nada.»--«Este año no puedo pagar el censo.»--«Espero que el pleito se falle a mi favor.»--«Hoy le he dado de bofetadas a uno, y creo que debe ir a la cárcel por haberme provocado.»--«¿Tendría su Merced tal cosa de sobra?»--«¿Le sirve a Usted de algo tal otra?»--«¿Me puede prestar la mula?»--«¿Tiene ocupado mañana el carro?»--«¿Le parece que envíe por el burro?»
Y estas canciones se repetían a todas horas, obteniendo siempre por contestación un generoso y desinteresado... «Como se pide.»
Conque ya veis que el tío Lucas no estaba en camino de arruinarse.