Capítulo XXXII - LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS El sombrero de tres picos · Capítulo 34 de 38
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Capítulo XXXII - LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS

Capítulo XXXII - LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS

TENGAN Vds. muy buenas noches,--pronunció el recién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, y hablando con la boca sumida, como solía D. Eugenio de Zúñiga.

En seguida se adelantó por el salón, balanceándose en todos sentidos, y fue a besar la mano de la Corregidora.

Todos se quedaron estupefactos.--El parecido del tío Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.

Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan López, no pudieron contener una carcajada.

D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzó sobre el tío Lucas como un basilisco.

Pero la señá Frasquita metió el montante, apartando al Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio, se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.--Estaba visto que aquella mujer había nacido para domadora del pobre viejo.

El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y, con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la mano al corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedando siempre al Corregidor:

--¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado ya a tu sobrino el nombramiento?

¡Hubo que ver entonces a la navarra!--Tirose la mantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona, y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos puñales:

--¡Te desprecio, Lucas!--le dijo en mitad de la cara.

Todos creyeron que le había escupido.

¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron aquella frase!

El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de su mujer. Una especie de inspiración, semejante a la de la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándola de luz y de alegría... Así es que, olvidándose por un momento de cuanto había visto y creído ver en el molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y la sinceridad en los labios:

--¿Conque tú eres mi Frasquita?

--¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no soy ya tu Frasquita!--Yo soy... ¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...

Y se echó a llorar, como una montaña de hielo que se hunde y principia a derretirse.

La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse, y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.

La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sin saber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos, como una niña que busca amparo en su madre:

--¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!

--¡No tanto como V. se figura!--contestábale la Corregidora, llorando también generosamente.

--¡Yo sí que soy desgraciado!--gemía al mismo tiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas, como avergonzado de verterlas.

--Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio, sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás, o esperando salvarse también por la vía húmeda; quiero decir, por la vía del llanto).--¡Ah, yo soy un pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que ha llevado su merecido!

Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barriga del Sr. Juan López.

Y éste y los criados lloraban de igual manera, y todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se había explicado.

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