Prefacio III
Pensaba muchas veces qué caída nos había afectado en todos los sentidos, en el cuerpo, en el alma, en la vida sujeta a las enfermedades, a la muerte implacable, a la muerte que no conseguimos ni siquiera hacer retroceder, a la muerte irreconciliable y dura como la justicia de Dios. Pensaba muchas veces en la insuficiencia de nuestras palabras naturalmente afectadas por nuestra propia Caída. Inclusive creo que por motivo de ella muchas palabras que el hombre sabía, olvidó, otras se pudrieron, se corrompieron, se agotaron de sus contenidos divinos, se extraviaron perdidas de la memoria del género humano, acogiéndose humildes, expoliadas y desunidas en la memoria falaz de cada uno. La espada de fuego lamió, corrosiva, los sentidos primitivos del hombre. El hombre fue castigado en lo que poseía de más precioso: su sabiduría. La reconquista de esta sabiduría es todo el largo proceso de la filosofía. Sentimos innúmeras incapacidades; nos atormenta la insuficiencia de nuestras voces, pues hasta hoy las soluciones próximas e inmediatas, dependientes de la ciencia, como las profundas y últimas subordinadas a la filosofía, no consiguen callar sus "cómos" y sus "por qués". Esto entraba la filosofía y retarda el advenimiento de la sabiduría que perdimos. Hay significaciones que corren, que sentimos fluir al lado de muchas palabras, pero que el léxico humano no puede ni pronunciar ni manifestar. Siempre presentí al lado de muchos términos de contenido indispensable, como los principios, las causas, las razones y cuerpo de otras palabras que se ausentaron de nuestras bocas semicerradas, semimudas frecuentemente, contorsionadas por el dolor, por el hambre, por la sed, por el miedo, por la proximidad de la muerte que nos visita a todo instante. Tenemos que recurrir a sistemas filosóficos, a elementos de experiencia sensible; tenemos que partir de datos provisorios, de conceptos de verdad, de planos irrealizados, de la relatividad de los fenómenos; tenemos que luchar con la pobreza del vocabulario humano; recurrimos a representaciones jeroglíficas, ideográficas, fonéticas, al lenguaje escrito, cinematográfico, a la fórmula biofísica y bioquímica, a la dialéctica, al estilo, al sinónimo, y sólo el lenguaje universal del dolor frecuente o del fugaz contentamiento es que se traduce en el ser por medio de su mímica, de la expresión de su mirada, de la inquietud, del temblor y del rictus de su carne o de la inmovilidad transida de su inhibición, de su derribo final que todo ayuda la palabra decaída de su contacto con el Verbo.