Prefacio V Prefácio · Capítulo 5 de 5
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Prefacio V

De esta vida resta un desmemoriado que empieza, después de probar el fruto de la desobediencia, a comprender lo que había en torno de sí. Pero todo ya está mudado y para conseguir expresar su lenguaje mental tendrá que articular palabras y aun hoy se debate arquitecturando neologismos. Fué la semejanza de una cosa con otra lo que le inspiró el nombre de la última de las dos. No cabe duda que estaba en la primera fase de su imaginación apenas humanamente creadora cuando, mostrándole Dios a su compañera, la llamó Eva, que quiere decir "hueso de mis huesos", "carne de mi carne". A ese proceso primario, de base mística, a través de los ojos, llamaron los filósofos del lenguaje onomatopeya, creación del nombre. Y esta creación del nombre, esta onomatopeya no es como muchos primarios acreditan, un simple eco de la naturaleza, formación de las raíces por la imitación de los sonidos naturales, gritos imitativos, teorías de Bau-Wau o de Pah-Pah, de Max Müller, glotis, cuerda vocal, boca o nariz, sino, antes que nada, onomatopeya mental, que en lugar de venir de fuera para sí a través de gruñidos y de ronquidos, sale de sí, de sus huesos, de su carne, de su pensamiento, como Eva. Mas el proceso de imitación no decorre sólo de la facultad visual. Siendo el lenguaje fenómeno social, la denominación, la nomenclatura, la onomatopeya se amplía y alcanza otros sectores de la inteligencia, provoca otras manifestaciones de la sensibilidad. Entonces la onomatopeya toma formas diversas, a más de la visión y de la audición: los apodos inspirados en los defectos físicos, en la forma de andar y de hablar, son expresiones onomatopéyicas. Onomatopeya no es, pues, repetición, sino creación, como el poiein de su etimología indica Poiein que empezó a dar concomitantemente la poesía, y después, con el defluir de la historia, la epopeya.

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