Libro segundo - Canto primero Tabaré · Capítulo 5 de 16
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Libro segundo - Canto primero

I

¿Quién ata las pasadas sensaciones

En haces de quimeras

Que, al roce de un recuerdo no buscado

Juntas en el cerebro se despiertan,

Y nadando en un medio indefinible

Con nuestras almas piensan?

Las notas ignoradas que en la noche

Hasta nosotros llegan

¿Por quién son recogidas, ajustadas

A un ritmo misterioso, a una cadencia,

Para formar ese himno prolongado

Con que las sombras ruega:

Esa flotante ebullición sonora

Que en el aire semeja

De mil voces distintas y lejanas

Los ayes, las palabras o las quejas

Que a extinguirse temblando a nuestro lado

Como heridas se acercan?

¿Quién llora con la luna en los sepulcros,

Y ríe en las estrellas.

Y respira en las auras otoñales,

Y anima la hoja seca,

Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia

Y en la Pupila idea?

Acaso en los espacios infinitos

Que el hombre no penetra,

La vida y la armonía se difunden

En cuyas formas entran,

Corno elemento indispensable y justo,

Los ignorados llantos de la tierra.

Los ayes de las razas extinguidas,

Su soledad eterna,

Los destinos obscuros, lo, suspiros,

Las lágrimas secretas.

Los latidos que el mundo no comprende

Y en la eterna armonía se condensan.

vosotros, los que améis losimposibles,

Los que vivís la vida de la idea,

Los que sabéis de ignotas muchedumbres

Que los espacios infinitos pueblan;

Los que escucháis quejidos y palabras

Donde el silencio reina

Y algo más que la idea del invierno

Os sugiere el rodar de la hoja seca.

Escuchad el acorde arrebatado

Al rumor misterioso de la selva,

La voz de aquella noche sin aurora

Que difunde, su sombra en mi leyenda.

II

La corriente del tiempo,

En brazos del pasado,

Como el cadáver de otros tantos hijos,

Ha dejado los años tras los años.

Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro

Deja envuelto en la sombra de las islas

A un villorrio español, que fue fundado

En la desierta margen donde el río

San Salvador, hermoso tributario

Del Uruguay, derrama en éste

Su caudal, entre sauces y guayabos.

El pueblo aquel, sentado en el desierto

Como un aventurero temerario,

¿Es algo más que una visión de gloria?

¿Brotó del suelo o descendió de lo alto?

Sus cimientos han sido varias veces

Con sangre de dos razas amasados;

Sus techos convertidos en hogueras,

Varias veces al campo iluminaron;

Y ya, más de una vez en la colina

Quedaron sus escombros solitarios,

Como los negros miembros de un gigante

Por la zarpa del tigre hecho pedazos.

Desde el fondo del bosque, los charrúas

Observan los bastiones castellanos,

Las rudas estancadas

De troncos de algarrobos y quebrachos

Antemura sin fosos ni poternas,

Remedo de baluarte que, hacia el campo

Defiende el caserío

Cuyos techos se asoman al barranco.

Techos pajizos de bambú, con hebras

de la raíz del ñapindá amarrados;

Muros de tierra negros

Entre despojos de bateles náufragos,

Que rodean la casa construida

Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado,

Con sillares de piedra

Que el tiempo y los incendios respetaron;

Tal es la población conquistadora

En que aun tremola el pabellón hispano,

Sereno corno siempre

El desierto sin nombre desafiando,

En una tierra, madriguera hermosa

Del indio más bizarro

De los que aullaron y aguzaron flechas

En el salvaje mundo americano:

Como el cachorro oculto bajo el cuerpo

Del tigre provocado,

Así se esconde la uruguaya tierra

De su indómito rey bajo los arcos.

El indio ruge, al escuchar la planta

Del extranjero blanco,

Con rugidos de rabia y de deseo,

Siempre en acecho, cauteloso, huraño.

Brilla el ojo del indio en la espesura;

Suena por todos lados

Su alarido feroz; brotan rabiosos

De entre las flores sus agudos dardos.

¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento

Sus gritos ignorados.

Donde esconde la muerte las lumbreras

Que enciende sobre el haz de los pantanos.

Allí donde tan sólo se ve un grupo

De chircas o de cardos,

Hay rostros, escondidos en la sombra,

Siempre despiertos, sangre olfateando.

Allá en el matorral algo se mueve...

¿Quién trepa en el barranco?

¿Sentís un grito en la lejana orilla?

Es la muerte... si vais, veréis su rastro.

¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto,

Quizá lo sobrehumano;

Algo más que la muerte, más oscuro...

¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo?

España va, la cruz de su bandera,

Su incomparable hidalgo;

La noble raza madre en cuyo pecho

Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos,

El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,

Era el cerebro acaso

Del continente muerto,

Ya sumergido en el abismo Atlántico.

Que, no teniendo en sí, para el cadáver

De aquel coloso espacio.

Dejó asomar, sobre la vasta tumba

Miembro insepulto, el mundo americano,

Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo,

Con pasmo temerario.

Luchar con lo fatal desconocido;

Despertar el abismo y provocarlo;

Llegarse a herir el lomo del desierto

Dormido en el regazo

De la infinita soledad su madre,

Y en él cavar el pabellón cristiano,

Y resistir la convulsión suprema

Del monstruo aquél al revolverse airado,

Sin que el pavor le acongojara el alma,

Ni el resistir le desarmara el brazo.

III

En las torcidas calles del villorio

La guarnición se ve diseminada:

Quién aguza en la piedra

El hierro de su lanza,

Quién enluce un mohoso

Capacete, o remalla

Alguna vieja cota, o busca en vano

Sobre la gola encaje a la celada;

Quién las piezas ajusta

De sus gastadas armas,

Espaldares o antiguas escarcelas

De coseletes varios arrancadas;

Mientras allá, a la sombra

Tendido en una acacia,

Algún soldado arrulla sus recuerdos

Con un cantar querido de la patria.

El brazo desfallece,

Sin que por ello desfallezca el alma

De los rudos guerreros españoles

Que para dar la postrimer lanzada,

Persiguen y no encuentran

El corazón de la invencible raza

Que prolonga el honor de su agonía

Más allá de su vista legendaria

En el cobrizo Pecho de algún indio

Postrado en la batalla,

Las escamas grabadas y arabescos

Se hallaron de las cotas Y corazas.

De los blancos guerreros que el charrúa,

Con fuerza extraordinaria,

Estrujaba en el nudo de sus brazos

Que la Muerte tan sólo desataba;

Y en los dientes de muchos,

O en sus manos crispadas

Trozos sangrientos de enemiga carne

Con vestigios de vida palpitaban

Pero jamás un ruego,

Nunca una Sola lágrima

Plegó los labios ni anublo los ojos

Del sueño de las selvas uruguayas.

IV

Sapicán, el cacique mas anciano,

Ya cayó en la batalla

Después que Por Garay en la llanura

Vio deshechas sus tribus más bizarras.

Sopló la Muerte y apagó en sus ojos,

Sedientos de venganza

El último fulgor. Pero aun la muerta

Bel indio en las pupilas amenaza,

Cuando las tribus, con clamor inmenso,

Del combate separan

Su cadáver, envuelto en los vapores

De la caliente sangre que derrama.

Murió; pero en la noche, cuando el astro

No alumbra las barrancas

Y se duermen las víboras, y agita

Sólo el ñacurutú sus lentas alas;

Cuando las sombras salen de los árboles

Y con los vientos andan.

Y la nutria nadando cruza el río,

Y canta el grillo oculto entre las matas,

El cacique aparece.

Ya lo han visto las tribus espantadas

Buscar en vano su arco entre los juncos

0 su maza de pórfido en las aguas.

Cuando como jauría

De lebreles con alas,

Vientos de tempestad cruzan rabiosos

Aullando de la selva entre las ramas;

Cuando las nubes negras

Se ven amontonadas

Un momento no más sobre el relámpago

Que por el fondo de los cielos pasa,

Y las gotas de lluvia

En las hojas restallan,

Y golpean el lomo de los tigres

Que encandilados y encogidos braman.

La sombra silenciosa

Cruza en los aires pálida,

En medio la tormenta que acaudilla

Con su antigua actitud siempre gallarda.

Esa es su frente estrecha,

Su cabellera lacia,

Y su saliente pómulo, y sus ojos

Pequeños, de pupila prolongada.

Al acecho dispuesta

Y a devorar distancias;

A encenderse, a apagarse entre la sombra,

Y a comprimir relámpagos de rabia.

El viento que en su torno

Los centenarios ñandubáis descuaja,

No mueve ni un cabello del cacique

Que a través de los árboles resbala,

y si acaso dispersa

Los miembros de la sombra alguna ráfaga

De los vientos del Sur vuelven al punto

A reunirse y cobrar la forma humana,

El rayo no lo ofende

Aunque a liarse a su cabeza vaya,

O silbando en su cuerpo se retuerza

Y lo ilumine con su lumbre cárdena.

El indio sigue mudo,

Buscando siempre su guerrera maza,

Y a su paso los tigres se espeluznan

Y las tribus se esconden espantadas.

Las plumas erizando,

Dando graznidos, el fulgor apagan

De sus redondos ojos las lechuzas

Que huyen a guarecerse en las barrancas.

Hasta que, al oír el indio

La primera canción que anuncia el alba,

En el aire sutil pierde sus formas,

Se diluye en la luz, se va o se apaga.

V

También Abayubá cayó en la lucha!

Abayubá a quien llaman

En vano con sus grandes alaridos

Las tribus que el cacique acaudillaba.

Era el joven amado

Del viejo Sapicán; con sus palabras

Encendía el valor de los charrúas

Y con su paso y su actitud gallarda.

Aun contaba sus fríos

Por sus manos que, hiriendo con la maza,

Eran rudas y fuertes como el viento

Que sopla al Uruguay desde las pampas.

¡Cómo cayó! Al sentirse

Pasado por el hierro de una lanza,

Trepó por ésta hasta morir, cortando

Con el diente afilado por la rabia.

La rienda del caballo en cuya grupa

El español acaba

Con el puñal, la destructora brega

Que la ocupada lanza comenzara.

VI

¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona?

También sus sombras vagan

En la noche sin lunas, y se envuelven

En el triste vapor de las montañas.

¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto

Buscaba en el combate la venganza

De Abayubá, cuando del sueño frío

Sintió en los huesos la corriente helada.

El fiero Magaluna.

Ligero como el tigre, se abalanza

Al cuello del corcel del enemigo

Al que sus dientes y sus uñas clava:

Se agita, grita, ruge.

Mientras el jinete el pecho le traspasa:

Sólo la muerte lo desprende, y yerto

El cuerpo sólo se desploma y calla.

No volverá a tenderse

El arco de algarrobo que ajustaba

La mano de Yaci, del joven indio

Que daba muerte al yacaré en las aguas:

No encenderá sus fuegos

En el bosque del Hum ni en sus barrancas

El valiente Terú; las sombras negras

Gimen cuando se posan en sus armas.

Maracopá y Abaroré no existen¡

¡Gualconda ya es esclava!

Ya no reirá la dulce Liropeya,

La virgen más hermosa de la playa.

Hija del tiempo de los soles largos,

Que brillan en las ramas

Cuando el botón del ceibo se revienta

Como urna de sangre. Por llevaría

A sus toldos de pieles, muchos indios

Se hendieron con sus hachas;,

Venció Yandubayú,

Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda.

Murió Yandubayú, ¡también ha muerto?

Jamás en su piragua

Vendrá a buscar a Liropeya, nunca

Se oirá su voz en medio la batalla.

Los hijos valerosos

De muchas indias, cuando no contaban

Haber visto diez veces hojas nuevas.

Abrir en el penacho de las palmas,

Han caído en la lucha

Dando débiles gritos de venganza;

Sus brazos no eran fuertes y sus flechas

Eran temidas sólo de las gamas.

Los viejos que habían visto

Nacer la primer luna, y en los talas

En que hoy las uñas el leopardo afila

Habían visto correr la primer savia,

También hicieron arcos,

Y aguzaron las puntas de las lanzas,

Y fueron al combate lentamente

Apoyados en ellas o arrastrándolas.

Y todos han caído

Unos tras otros en la diestra pampa;

Y nadie abrió sus párpados; la noche

Bajo de ellos quedó, la noche larga,

Triste, sin lunas, la del viento negro,

En la que nunca aclara.

Ya no se mueven los caciques indios,

No encienden fuegos; para siempre callan.

VII

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas!

¡Estirpe lentamente sumergida

En la infinita soledad arcana!

¡Lumbre espirante que apagó la aurora,

Sombra desnuda muerta entre las zarzas

Ni las manchas siquiera

De vuestra sangre nuestra tierra guarda,

Y aun viven los jaguares amarillos!

¡Y aun sus cachorros maman!

¡Y aun brotan las espinas que mordieron

La piel cobriza de la extinta raza!

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas;

Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido?

¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?

Como el pájaro canta en una ruina,

El trovador levanta

La trémula elegía indescifrable

Que a través de los árboles resbala,

Cuando os siente pasar en las tinieblas

Y tocar con las alas

Su cabeza, que entrega a los embates

Del viento secular de las montañas.

Sombras desnudas que pasáis de noche

En pálidas bandadas

Goteando sangre que, al tocar el suelo,

Como salvaje imprecación estalla:

Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso

Mártires de una patria,

Monstruoso engendro a quien feroz la gloria

Para besarlo, el corazón arranca?

Sois del abismo en que la mente se hunde

Confusa resonancia;

Un grito articulado en el vacío

Que muere sin nacer, que a nadie llama;

Pero algo sois. El trovador cristiano

Arroja, húmedo en lágrimas

Un ramo de laurel a vuestro abismo...

Por si mártires fuisteis de una patria!

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