Libro tercero - Canto tercero Tabaré · Capítulo 13 de 16
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Libro tercero - Canto tercero

I

Duerme San Salvador entre rumores.

Corre a sus pies el río

Remedando el arrullo de una tórtola

Con su blando y monótono ruido,

El centinela en el bastión se duerme

Y, al verlo allí tranquilo,

Juegan con su arcabuz y con su adarga

Los invisibles genios de los indios.

Con, sus ojos pequeños, y sus cuerpos

Desnudos y cobrizos,

Con sus pechos y pómulos salientes,

Sus labios gruesos y cabellos rígidos:

Engendros microscópicos que miran

Al soldado dormido.

Trepan por él, lo palpan, cuchichean,

Y en grupos los recorren con sigilo,

Y danzan en su torno de las manos,

Golpeando el suelo con alegre ritmo,

O, al compás de los ruedos de la noche,

Se mecen, en los aires suspendidos,

Lanzando esas fugaces carcajadas

Y esos pequeños gritos

Que se oyen en las noches silenciosas

Sin verse quien respira en el vacío

¿Cómo puede dormir, soñar acaso

Ese hombre? ¿No habrá visto

Esas manchas de sangre que aparecen

Del astro solitario sobre el disco?

Las horas impregnadas de indolencia,

Al soldado han vencido;

Juegan con su arcabuz y con su yelmo

Los invisibles genios de los indios.

II

¿Sentís moverse ese cardal cercano,

Y ese roce de cuerpos escondidos

Que se arrastran, cual suele entre los juncos

Arrastrarse callado el cocodrilo?

¿No veis entre las ramas asomarse

Las temerosas caras de los indios

Embijadas de rojo, y dibujadas

Con trazos verdes, negros y amarillos?

Las plumas de sus frentes se confunden

Con las hojas del cardo; el remolino

Del viento suave, al girar las ramas,

Descubre acá y allá rostros cobrizos,

Brazos que se abren paso cautelosos;

Entre el tupido bosque de espinillos,

Cuerpos a medio incorporarse. VedIos.

Salen al llano en dirección al río

Aquél es Ibiqué. ¿Quién no conoce

Al tubicha, tan fiero como listo,

Que al avestruz alcanza y al venado,

Y apresa entre las aguas al carpincho?

Cayú es aquel que corre entre las chircas.

Se le conoce en el profundo signo

Que le grabó con su hacha en la cabeza

Hace algún tiempo el arachán Siripo.

¿También tú, Guaycurú? De los cristianos

Tú te dijiste servidor sumiso,

Y ese casco que llevas y esa daga

De Garay los ganaste en el servicio.

Tú fuiste el mensajero de tu tribu;

Rompiste en la rodilla tu macizo

Arco de ñandubay y, en tu piragua,

O a nado, en son de paz, cruzaste el río,

¿No es ésa una mujer? Es Tabolía.

Sabe arrancar la piel al enemigo

Y ya más de una de ellas ha colgado

En el movible toldo de sus hijos.

Ella no exprime el fruto del quebracho,

Ni recoge en la selva para su indio

La miel de guabiyú, ni lleva el toldo,

Ni entona el yaraví de triste ritmo.

Tiene en su labio el signo del guerrero;

Suena en la lucha su salvaje grito,

Y en el desnudo seno apoya el arco

En que viene la muerte a hacer su nido.

Yamandú va adelante. El negro brazo

Hacia atrás extendido,

Silencio impone a la jadeante turba

Con ademán nervioso y expresivo,

Mientras él se incorpora; la cabeza

Saca de entre las matas y, al tranquilo

Resplandor de la luna, ya cercano

Observa el silencioso caserío.

III

Blanca duerme. La lámpara en la alcoba

De la inocente niña

Su dormida cabeza en la almohada

Con trémulas aureolas ilumina.

Entreabiertos sus párpados,

Dejan adivinar en sus pupilas,

Como en el lago el brillo de una estrella

La lumbre palpitante de la vida.

Los invisibles labios de un ensueño

Parecen apoyarse en su mejilla,

Y comprimir su boca

Con los pliegues del llanto o la sonrisa.

Una oración acaso,

A medio terminar, interrumpida

Por el sueño ha quedado abandonada

Entre los labios de la hermosa niña.

Que unos ratos parece recogerla,

Moverla entre ellos pura e instintiva,

Y ofrecerla a los ángeles que nadan

En el callado ambiente que respira.

¿Duerme? ¿O en el vahido indescriptible

Intermedio entre el sueño y la vigilia

La realidad y la ilusión se estrechan

Y en su espíritu flotan confundidas?

¿Conserva esa conciencia vacilante,

Esa confusa actividad que infiltra

La voluntad del hombre en los ensueños

Que en lo obscuro procuran sumergirla?

IV

Acaso no dormía. Se incorpora;

En el espacio la mirada fija;

Separa los cabellos de su frente,

Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida.

Vedla en el borde del revuelto lecho,

¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira?

¿Quién derrama en el alma de la virgen

Ese terror que asoma a sus pupilas?

¡Ah! Blanca no ha soñado.

La ronca gritería

Que llegó hasta su oído se repite,

Crece, arrecia, se acerca no es mentira.

El malón salvaje

Derramado en la villa;

El bramido terrible de la fiera

Que ataca y se revuelve en su agonía.

¡Indios! ¡Los indios vienen!

En medio de la grita

Se oye el clamar: ¡Los indios! ¡El charrúa!

¡Abál ¡Ahú! ¡Ahú! ... Suena la esquila,

Sobre el pajizo techo

De la humilde capilla,

Con ayes repetidos de rebato;

Estalla un arcabuz, el plomo silba.

¡Ah del valiente hidalgo!

¡Los indios en la villa!

¿Do está la espada, brazo de la muerte,

Que en las batallas Don Gonzalo vibra?

El salvaje alarido

Con que las tribus su valor excitan,

Suena, cual sí los átomos del aire

Para aullar y gemir cobraran vida.

Y vuelan las saetas

Que sus colmillos en el aire afilan

Y en ellas, discurriendo por la sombra,

Silba la muerte como errante víbora.

Como el penacho ardiente

Del yelmo de un demonio, va encendida

Su roja cabellera desgarrando

En los aires la bola arrojadiza;

Y se quiebran las ramas,

Los árboles oscilan,

Despierta el arcabuz, pero sin rumbo

El plomo vuela, el fogonazo brilla.

Y el salvaje alarido

Levanta a los jaguares que dormían

Y se alejan corriendo, y a los pájaros

Que huyen despavoridos a las islas.

Y el malón se dilata

Como reptil inmenso, que se agita

En mortal convulsión, y envuelve al pueblo,

Y lo estruja y lo ahoga en sus anillas,

¡Ay del pueblo dormido!

¡Ay de la hermosa niña!

¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa

Al lado de la fiera que agoniza?

V

Mal ajustado el yelmo,

La cota mal ceñida,

Con la espada desnuda, Don Gonzalo,

Ha estrechado a su esposa; a sus rodillas.

Se ha abrazado gimiendo

Su hermana Blanca. El capitán vacila.

Ruge el malón afuera... Cierra España!

Se oye clamar en medio de la grita.

¡Gonzalo, no nos dejes!

¡Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia?

¡Santiago! ¡Cierra España!. . Ruge el indio:

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla!

De los queridos brazos

Se arranca el capitán, corre a la lidia;

Ha huido. Doña Luz, y junto al lecho,

Blanca ha caído como flor marchita.

VI

Las macanas que agitan los charrúas

Ya están en sangre tintas,

Y los desnudos cuerpos brotan sangre

Y fuego las pupilas.

Rueda el incendio en los pajizos techos,

Como de aladas víboras

Una bandada extensa que, entre el humo

Y el rojizo fulgor, se arremolina.

Con retumbante son, en las rodelas

Chocan las mazas indias.

Mudo está el arcabuz, porque el charrúa

El cuerpo ciñe a la armadura misma.

Del español, y clava

En él sus dientes que la rabia irrita;

Y ruedan ambos en estrecho nudo

Estremeciendo el suelo en su caída.

Crecen los alaridos;

La brega recrudece, y la rojiza

Claridad del incendio, los pintados

Rostros de los salvajes ilumina;

Se refleja en las aguas

En fantástica danza, y en la villa

Las desnudas siluetas de los indios

Por todas partes cruzan fugitivas.

Como sombras extrañas e impalpables

Que los aires vomitan,

Y, a la voz de un conjuro,

Cuajan en las tinieblas sacudidas.

¡Ay de la dulce hermana

De la estrella que alumbra las colinas

Cuando la tarde entona sus rumores

Al quedarse dormida entre las islas!

VII

¿No es Yamandú el cacique

El que huye allá en la sombra?

Corre volviendo el rostro abigarrado,

Huye trepando las cercanas lomas.

Es él; bien se distinguen

Sus gigantescas formas;

Bien se conoce el matorral de plumas

Que su cabeza en el combate adorna.

Es él. ¿Por qué va huyendo?

¿Por qué a sus compañeros abandona?

¿Teme la muerte el guaraní cobarde

Después que él mismo concitó las hordas?

No: el indio ha conquistado

Lo que su ardor provoca

El fue una vez a la española villa,

Y vio una virgen. Lo siguió su sombra

Al bosque de los talas,

A su movible choza;

Hirvió su sangre; la pasión salvaje

Brutal y ciega devoró sus horas.

Miradlo: entre sus brazos

Conduce a la española:

¡Es Blanca! ¡Blanca, la inocente hermana

De la tranquila estrella de las lomas!

Blanca, cuyos lamentos

En el aire sofoca

El último clamor de la batalla

Que desgarrando los espacios

Blanca que se retuerce,

Y forceja y se ahoga

En ese nudo de viviente hierro

Que hace crujir sus delicadas formas.

Lleva tan sólo de su lecho aun tibio

Las desceñidas ropas;

Entre los brazos del charrúa

Se ven alas de un nido de palomas;

Y entre el pecho nervudo

Y la mano callosa,

La cabeza de Blanca va oprimida

Inmóvil y encajada entre dos rocas.

VIII

Allá en el horizonte

Una raya de luz traza la aurora;

Luz vaga y cenicienta que franjea

Los ropajes talares de las sombras.

Los últimos charrúas

El incendiado pueblo ya abandonan,

Y en grupos se dirigen a la selva

Dando alaridos que el espacio asordan.

Y, sobre el nimbo tenue

Que circunda la frente de las lomas,

A ratos se proyecta, siempre. huyendo,

La silueta del indio y la española.

IX

Cuando se lo dijeron,

La planta vaciló de Don Gonzalo;

Perdió el mundo las formas a sus ojos

Y, para no caer, se asió de un árbol.

Zumbaron sus oídos

Con gritos y lamentos prolongados,

Y ese llanto sin lágrimas, que riega

La raíz del dolor, secó sus párpados,

El nombre de su hermana,

Como un ruego, brotó de entre sus labios;

Sintió la sombra de su madre extinta

Alzarse suplicante allí a su lado.

Y tal cual aparecen

Las nubes sobre el fondo de un relámpago,

De Tabaré el recuerdo presentése

En el fondo del alma de Gonzalo.

Tabaré a quien el jefe

Buscó siempre en la lucha sin hallarlo;

¿Quién sino él, pensaba, de los indios

La turba vil como caudillo trajo?

¿Qué otra cosa en su mente

Acariciaba aquel salvaje huraño,

Cuando en las altas horas por el pueblo

Solía discurrir con sobresalto?

X

Duró sólo un instante

Del abatido joven el letargo;

Un instante mortal en que perdiera

La conciencia del tiempo y del espacio.

Cuando alzó la mirada,

Vió que sus hombres de armas, a su lado,

Por su intenso dolor sobrecogidos

En silencio lo estaban contemplando.

Los vio como quien vuelve

De larga ausencia, y los hallaba extraños;

Meditó, recordó... y un grito sordo

Lanzó al hallar de su dolor el rastro.

¡Ah, ya os entiendo amigos!

El bosque entero arrancaréis de cuajo.

Lo arrancaréis, ¿verdad? i Oh, en vuestras venas

Sangre española no discurre en vano

Mis valientes, mis fieles!

¿La oís? Os llama sollozando... i Vamos!

¿Cuándo una dama ha recurrido en balde

Al hidalgo valor de un castellano?

¡Es mi Blanca! ¡Mi hermana!

La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado

Y no está muerta... ¡Ni siquiera muerta!

¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos?

Yo a mi maldita suerte

Su inocencia y su vida he vinculado;

Yo la arrojé a las fauces de las fieras

Del salvaje desierto americano.

¡Y era el último ruego

De mi madre espirante su cuidado!

Para ella fue, para mi tierna hermana

La última gota del sagrado llanto.

Yo juro al que la salve

Ceder mi vida, mi blasón hidalgo.

¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban!

Es tiempo aún, y nos está esperando.

Corramos a salvarla...

¿Españoles no sois? ¿No sois soldados?

¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno,

Si el infierno se pone ante mi paso!

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