Libro segundo - Canto segundo Tabaré · Capítulo 6 de 16
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Libro segundo - Canto segundo

I

¿Que queda entonces de la tribu errante

Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?

Aun resta su agonía asida al suelo,

La fiera agita su convulsa zarpa.

Quedan indios aún para la muerte

Que cautelosos por los bosques andan,

Cual rebaños de tigres que en el pueblo

Siempre encendidas sus pupilas clavan.

De noche, por las lomas o entre el bosque,

Como gritos de luz, se ven las llamas

De señales charrúas que se cruzan,

Se avivan, se repiten o se apagan;

Y alguna vez, el temeroso aullido

Que algún consejo al terminar levanta,

Al pueblo llega, en ráfaga del aire,

Como rumor de tempestad lejana.

Un temor imprevisto y repentino

Entonces suele atravesar las mallas;

Los soldados se miran, y suspenden

La ardiente relación de sus hazañas;

Parece que en sus labios animados

Tropezase un momento la palabra

mas pronto, cuando advierten con despecho,

Que, sin quererlo, ha vacilado el alma,

Sus risas y burlescas maldiciones

En el silencio momentáneo estallan

Y, al amor de la lumbre, se reanuda

Con nuevo ardor la interrumpida plática,

II

Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro,

Manda en jefe la plaza;

La cimera encarnada de su yelmo

Marcó siempre el peligro en la batalla.

Olvidó muchas veces en la lucha.

El toque a retirada;

Era noble y valiente, noble y bueno,

Bueno y celoso de su estirpe hidalga.

III

¿Por qué el valiente aventurero trajo

Consigo a Doña Luz la castellana,

y a su mujer expone a los peligros

Que ambicionó para lustrar sus armas?

Que hace a su lado. qué hace de sus días

En esta vasta soledad: qué aguarda

Esa otra niña, la de tez morena,

Blanca, la hermosa, la inocente Blanca?

¿Para qué brillan esos ojos negros,

Profundos hasta el alma.

Y en que la luz del sol de Andalucía

Brillo, de estrellas presta a las miradas?

Exprimió el mismo seno que Gonzalo;

Lloró la misma madre. y solitaria.

Riendo con el cielo

En que su madre se perdió llamándola.

Quedó en el mundo sin más sombra amiga

Que la armadura de su hermano hidalga;

Allí recuerda su niñez reciente.

Y espera el porvenir allí sentada.

¿Qué impulso los condujo

A la salvaje tierra americana?

¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso

Que une las notas que en el aire vagan.

En prolongado acorde

De transparentes arpas.

Que suenan en el viento, en los recuerdos,

En los vagos crepúsculos del alma.

Que en las noches serenas,

Y en los rayos de luna columpiadas,

Se acercan, y se alejan y en los aires

Las lentas trovas del dolor ensayan:

Ese impulso secreto

Que, aun de entre las lágrimas,

Hace brotar a: veces las sonrisas

Como luces que rielan en las aguas.

Que el polen encendido

Lleva de palma a palma.

Y hace nacer los lirios en las tumbas.

Y en el dolor abriga la esperanza.

Quizá la niña, en cuyos dulces ojos

Se mueven las miradas

Como insectos de luz aprisionados

En urnas de cristal negras y diáfanas,

Allí, en la tierra en que una raza expira,

Es la nota con alas

Que mezclada a un acorde moribundo,

De gritos de dolor hará plegarias.

El Uruguay, al verla en sus orillas,

Palpitaba en sus aguas,

Y templaba en los juncos, y en la arena

Dejaba notas, quejas y palabras.

El astro que pasea las colinas,

Con su dulce mirada

Seguía a la española que en la tarde

Paseaba tristemente por la playa;

Y buscaba sus ojos cuando, sola,

Sentada en la barranca,

Quedaba confundida en las tinieblas

Que sus esbeltas líneas esfumaban.

Parece que este mundo americano

A aquella niña aguarda

Porque en sus ojos brillen sus estrellas,

Porque su viento pueda acariciarla,

Porque sus flores tengan quien recoja

La esencia de sus almas

Y las corrientes de sus grandes ríos

Que oiga y ame sus canciones vagas.

IV

Era una hermosa tarde.

Huía la sonrisa de los cielos

En los labios del sol que la llevaba

A imprimirla en la faz de otro hemisferio.

De su excursión al bosque

Tornan Gonzalo y diez arcabuceros,

Fue eficaz la batida: un grupo de indios

Viene sombrío caminando entre ellos.

Otros muchos quedaron

Tendidos en el campo; el viento fresco

La sangre orea en las hispanas armas,

Y en la piel de los indios prisioneros.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ...

No son tigres, aunque algo

Del ademán siniestro

Del dueño de las selvas se refleja

En su fiera actitud. Caminan; vedlos.

Son el hombre charrúa,

La sangre del desierto,

La desgracia estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo,

Se estrechan se revuelven,

Las frentes sobre el pecho,

En los ojos obscuros el abismo,

Y en el abismo luz, luz y misterio.

Parece que en el fondo

De esos ojos a intervalos,

Un monstruo luminoso se moviera

Sus anillos flexibles revolviendo;

Con rápidos espasmos

Se sacuden sus miembros;

Sus músculos elásticos y duros

Al salto y la carrera están dispuestos;

La sangre apresurada

Circula bajo de ellos

Como corre callado entre las breñas

Un rebaño de fieras que va huyendo;

No hay en su rostro inmóvil

Ni siquiera un reflejo

Del espíritu extraño y concentrado

Que, al parecer, lo anima desde lejos;

Se advierte en su mirada

Un constante recelo,

Y una impasible languidez que tiene

Algo de triste, mucho de siniestro.

Son esbeltas sus formas,

Duros sus movimientos;

La tez cobriza, el pómulo saliente,

Negros los ojos, como el odio negros.

Sobre los fuertes hombros

Se derrama el cabello

En crenchas lacias. rígidas y obscuras,

Que enlutan más aquel huraño aspecto.

Pupila prolongada

Que prolongó el acecho:

Dilatada nariz y estrecha frente

A que se ajusta enhiesto.

Un erizado matorral de plumas

De colores diversos

Que parecen brotar de la cabeza

Como brotan de un tronco los renuevos.

Jamás mira de frente,

Jamás alza la voz: muere en silencio,

Jamás un signo de dolor se posa

Entre sus labios pálidos y gruesos.

No borra ni el suplicio

Su ademán de desprecio

Sólo el combate en su fragor arranca

Estridente alarido de su pecho.

Entonces, semejantes

A los colmillos del jaguar sediento,

Brillan entre los labios del salvaje

Los dientes blancos con horrible gesto.

Son el hombre-charrúa

La sangre del desierto,

La desgraciada estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo.

V

El grupo de Indios, como viva masa

De apeñuscados cuerpos,

Adelanta, rodeado de arcabuces,

Entre las casas del pajizo pueblo.

Salen de sus viviendas las mujeres

Y los hombres a verlos;

Ni una impresión se nota en sus semblantes,

Todos caminan impasibles, fieros.

Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese

Que se detiene trémulo?

¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda.

¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo?

¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas

A ese organismo esbelto?

Hay en su cráneo hogar para la idea,

Hay en su frente espacio para el genio.

Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana.

Ese mirar es tierno. ..

¿No hay en el fondo de esos ojos claros

Un ser oculto con los ojos negros?

La blanda piel de un tigre

Ha ceñido su cuerpo;

No se ha pintado el rostro, ni su labio

Ha atravesado el signo del guerrero.

Es pálido, muy triste; en su semblante

Y en su azorado aspecto,

Hay algo misterioso

Que inspira amor, o desazón, o duelo.

¿Por qué se ha desprendido de su grupo?

¿Se ha apoderado un vértigo

De ese salvaje enfermo que venía

Entre los otros indios prisionero?

La onda de un suspiro

Se ha notado quizá sobre su pecho,

Y se hubiera creído al observarlo,

Que ha roto entre los dientes un lamento

No es ira, no es encono; ¿qué es entonces

Ese temblor extraño de sus miembros?

¡Así sacude su prisión el alma

Cuando estallan en ella los recuerdos!

VI

Es que Blanca, al pasar lo está mirando

Con inocente empeño,

Y él clava en ella los azules ojos

Cual poseído de un pavor intenso.

La mira absorto, fijo, con el labio

Inmóvil y entreabierto:

Parece interrogar alzo invisible,

A al mismo, a su sombra, a su recuerdo.

Diríase que alumbra sus pupilas

El cercano reflejo

De algo como una aparición radiosa

Sensible sólo para el indio enfermo.

Y por la lumbre intensa de una idea

Que viene desde adentro;

Que arde en el alma y llega hasta los ojos

Y con la otra visión se funde en ellos.

Esperando a Gonzalo estaba Blanca

En el umbral de su morada: al verlo

Corrió hacia él, y distinguió al salvaje

Que allí venía entre los otros presos.

Ved como tiembla el indio

De ojos extraños de color de cielo.

Blanca esa noche se encontró llorando

Al acordarse del salvaje enfermo,

VII

Cavó una flor al río.

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes

Y entre los brazos del juncal murieron.

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento.

Guarda el perfume de la flor caída,

La flor no existe: ha muerto.

Así el himno cantaban

Los desmayados ecos:

Así lloraba el urutí en 1as ceibas.

Y se quejaba en el sauzal el viento,

VIII

¿Quién es ese charrúa que suspira?

¿Quién es el prisionero

Que es capaz de alumbrar con luz del alma

Esos sus ojos de color de cielo?

Tabaré lo apellidan los charrúas,

O el hijo de los ceibos. . .

¡Hijo de mi dolor! una española

Le decía llorando ha mucho tiempo.

... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ..

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento;

Tiene el hábito de la muerte,

Su extrema palidez y su misterio.

IX

El pánico del indio indescriptible

Duró sólo un momento;

Marchando confundido entre los otros

Se aleja Tabaré; pero a lo lejos

Entre el grupo cobrizo se destacan

Las líneas de su cuerpo

De una amarilla palidez. La niña

Lo sigue con los ojos largo tiempo,

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

X

-¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste,

El de la frente Pálida.

Qué me miró de un modo tan extraño

Cuándo venía entre tus hombres de armas?

¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta

Una profunda lástima.

¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas?

¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

-¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio,

Es un misterio, Blanca.

Al cruzar aquel bosque lo encontramos

En actitud de duelo o de plegaria.

Y es el mismo, lo es, estoy seguro,

Que he visto en las batallas

Reír con el peligro y con la muerte,

Bravo como el aliento de su raza.

¡Y qué! ¿Tiene algún crimen?

¿No lucha por su hogar y por su patria?

¿No defiende la, tierra en que ha nacido,

La libertad que el español le arranca?

Cuando a él nos llegamos,

No sintió nuestros pasos a su espalda,

Ni demostró sorpresa, al verse solo,

Rodeado de arcabuces y de adargas.

Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado.

El ha de respetarla.

Yo probaré en ese hombre si se encuentra

Capaz de redención su heroica raza.

¡Qué! ¿,Sólo duelo y muerte

Ha de obtener América de España?

¡La sangre de esos hijos del desierto

Más que el orín deslustra nuestras armas!

Gonzalo. no te olvides

De la española sangre derramada,

Le dijo Doña Luz-, esos salvajes

Hombres no son; la redención cristiana

No alcanza a redimirlos,

Pues para ellos no fue: no tienen alma;

No son hijos de Adán no son, Gonzalo;

Esa estirpe feroz no es raza humana.

XI

Duermen los indios prisioneros, duermen

Tendidos en el suelo, como masa

De bronce que se mueve y que palpita

Con aliento vital en las entrañas.

Sobre aquellas cabezas que, en los brazos

Y, entre cabellos rígidos descansan,

No se siente pasar un solo ensueño;

Nada invisible por los aires anda.

Pero entre el grupo de dormidos cuerpos,

Despierta una figura se destaca;

Inmóvil, con los ojos encendidos,

Clavada en el vacío la mirada.

Las horas, una a una, la encontraron,

Como una sombra vana;

La vio la noche, la abrazó el Insomnio,

Y así la halló la claridad del alba.

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