Libro segundo - Canto cuarto Tabaré · Capítulo 8 de 16
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Libro segundo - Canto cuarto

En la limpia armadura

De un grupo de guerreros

Dejaba el sol, al trasponer las lomas,

Su resplandor postrero.

Las flotantes cimeras

De los ferrados yelmos

Al viento de la tarde se agitaban

Con blando movimiento.

Como españoles bravos;

Como soldados, crédulos;

Siempre el brazo a la lucha apercibido

Y el alma a las consejas y a los cuentos,

Los del corro escuchaban

A un camarada viejo,

En su adarga los unos apoyados

Y sentados los otros en el suelo.

II

-¿Dicen que es un fantasma

Eso que ancla de noche por el pueblo?

-No es otra cosa, a mi sentir: la sombra

De algún cacique muerto.

-Que es un indio no hay duda;

Lleva en la frente plumas, y su cuerpo...

-Su cuerpo! ¿Acaso piensas

Que esa sombra impalpable ha de tenerlo?

-¡Será posible!

-¡Y tanto!

No es el primer espectro

Que, haciendo yo la guardia en los bastiones

Se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo.

La noche en que Garay venció a los indios

En aquel llano que se ve a lo lejos,

Vi muchas de esas sombras

Que cruzaban gimiendo entre los muertos.

La flor y nata de indios y caciques

Cayó en el lance aquel. Si los espectros

No se hubieran entonces presentado.

No sé cuándo lo hicieran, voto al cielo!

No es de extrañar, por ende.

Que ese fantasma que de noche vemos,

Viniera a presagiar ruinas o males

Y es fuerza le arranquemos su secreto.

III

Más que con los oídos,

Con los ojos oyeron,

Los soldados absortos, las consejas

Del camarada viejo;

No quisieron los unos

Habérselas con muertos;

Pero los más serenos y esforzados

No sin algún recelo,

En velar esa noche

Se pusieron de acuerdo,

Para tender una emboscada heroica

Al vagabundo espectro.

IV

El último soldado

De los que por las calles discurrieron,

Se perdió en la penumbra de las chozas

Del villorrio desierto.

Cayó la noche, y embozado en ella

Quedó San Salvador. El viejo Tiempo

Sobre las altas horas se adelanta

Con paso soñoliento. .

Todos duermen! las aves en el nido,

Los niños en el cielo,

En las cunas los ángeles

Y en las ramas inmóviles el viento.

Sólo vela el soldado

Que está de guardia en el bastión del pueblo,

Y algún perro que ladra, se levanta,

Y sobre el musgo tiéndese gruñendo.

Tranquila está la noche; las estrellas

Se ven brillar muy lejos;

Como una sombra que entre ruinas anda

La luna entre las nubes va en silencio.

V

Alguien también en vela está sin duda

Allá en un aposento

De la casa del jefe, en cuyos vidrios

Se proyecta una sombra por intervalos;

Es la del Padre Esteban,

Encarnación de aquellos misioneros

Que del reguero de su sangre hacían

La primer senda en medio del desierto,

Y marcaban el sitio

Hasta el cual penetraba el Evangelio,

Con el cadáver solo y mutilado

De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.

La lumbre, en las paredes

Del aposento estrecho,

Dibujaba con mano temblorosa

Las formas sin color de los objetos;

Y la negra silueta

Del pensativo monje, sobre el suelo,

Obediente a la luz se estremecía

Con un imperceptible movimiento.

Meditaba el anciano

Los destinos secretos

De aquella pobre raza moribunda

Que el abismo atraía hacia su seno.

Miraba el Crucifijo,

Símbolo dulce del amor eterno,

Interrogaba a sus cerrados ojos,

y a su labio espirante y entreabierto,

Y entonces recordaba

Al indio de ojos de color de cielo;

Miraba en él su estirpe redimida

Y el clarear de un horizonte nuevo.

Quizá advirtió en la frente del salvaje

El imborrable sello

Del bautismo del bosque y en su alma

Vio brillar algo vacilante y trémulo.

¡Cuántas veces, sentado

Junto al indio infeliz, de sus recuerdos

El enjambre dormido despertaba

Con sólo una palabra o un consejo!

¡Cuántas veces el indio

Sus pupilas clavó en el misionero,

Pugnando por secar entre sus ojos

Gotas de llanto con esfuerzo Interno,

Y bebió sus palabras

Inmóvil y suspenso

Cuando su oído absorto recogía

El tierno son de los cristianos rezos!

Cuando el indio escuchaba

El nombre de la Madre del Eterno,

Madre también del hijo de los bosques,

Virgen que vive en el azul inmenso,

Entonces se agitaba,

Se incorporaba y del anciano al cielo,

Y de éste nuevamente hasta el anciano

Pasaban sus miradas. En el viejo

Por fin clavaba los azules ojos

Con triste desaliento,

Y escondiendo la frente entre los brazos,

Se tendía clamando: ¡No la encuentro¡

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

El fraile meditaba, meditaba

Con desolado empeño.

Cuando creía su Ilusión cumplida,

Tocaba lo imposible y el misterio.

VI

De pronto, penetró por la ventana

Algo como un lamento

Que el monje ya otras noches había oído,

A ilusión atribuyéndolo;

Pero en aquella noche, claramente

Al oírlo de nuevo

Se llegó a la ventana presuroso

Y la abrió con estrépito.

Una sombra medrosa entre los árboles

Se levantó del suelo,

Y, esquivando la luz, huyó hacia el río

Como empujada por extraño vértigo.

Las plumas que en su frente

Hacía mover el viento,

Denunciaron la forma de un charrúa,

Que conoció al instante el misionero.

Miró a la alcoba en que dormía Blanca,

Miró en seguida al cielo,

Y una oración cruzó, sin hacer sombra,

La inmensa soledad del firmamento.

¿Quién es ese charrúa? Es la fantasma

Que han visto los guerreros,

Y que acertaron al mirar en ella

Una sombra, un espectro:

Es Tabaré que cuando todo duerme,

Huye de sus sueños;

Vaga en lo oscuro, huyendo de sí mismo.

Y llevando la fiebre en el cerebro,

Hasta caer, guiado noche a noche

Por un instinto ciego,

Allí, frente a la casa de Gonzalo,

Donde hasta el alba permanece yerto.

De la casa del jefe

Tendido junto al cerco,

¡Cuántas noches lloraron su rocío

De aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo!

Allí el fiacurutú lo contemplaba

Con sus ojos de fuego,

Y, sin temor, las alas agitando,

Muy cerca de él pasaba el teru-tero.

Allí estaba la noche

En que oyó el Padre Esteban su lamento,

Y al verse sorprendido huyó sin rumbo

Sobrecogido de un pavor intenso.

De su amor imposible,

De su desconocido sentimiento

Volaba ante la sombra, que sentía

Correr tras él, asida a sus cabellos;

Las carnes erizadas,

Temblorosos y rígidos los miembros,

Dilatadas y ardientes las pupilas,

Corría tropezando y sin aliento.

Las sombras de los árboles

Que la luna trazaba sobre el suelo;

Las zarzas que sus pies ensangrentados

Mordían, al romperse con estrépito;

Los ladridos agudos

De los perros despiertos;

Las aves que, a su paso, levantaban

De aquí y de allá su sonoroso vuelo;

Todo atronaba el exaltado oído,

Todo enconaba el vértigo

De Tabaré el charrúa que seguía

Su carrera sin rumbo y sin objeto.

VII

Los soldados que el golpe concertaron,

A su paso febril se interpusieron,

Asestando sus picas y arcabuces

A su desnudo pecho.

Los dilatados ojos

Clavó el salvaje en ellos,

Escondido en la sombra proyectada

Por un grupo de ceibos.

La fiebre comprimía su cabeza

Con sus dedos de acero,

Y un temblor convulsivo sacudía

Sus ateridos miembros.

-¡Dinos quién eres!

- Háblanos!

-Si eres fantasma bueno,

Habla, en nombre de Dios!

-¡Si no respondes,

Espíritu infernal, te juzgaremos!

¡Dale tu con la lanza

Veremos si habla; hiérelo

Y Por Si fuere espíritu maligno,

El signo de la cruz haz en el hierro.

Cuida que no te esquivo

Porque mucho me temo

Que nos haga cegar. Este fantasma

Al irse o estallar puede ofendernos.

-¡Ca No tiene bastante

Potestad para eso.

¿No ves que está temblando? ¿No lo sientes?

¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo!

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ....

Cual tigre acorralado,

Volvía el indio su mirar de fuego,

Todo el furor salvaje

Sintiendo en su alma y en sus duros nervios;

Y el asta de la lanza

Dirigida a su pecho,

Como por un zarpazo arrebatada

Crujió y saltó en astillas de sus dedos.

Aunque el asombro embarga a los soldados,

No vacilan por ello,

Y con creciente ardor, sus alabardas

Buscan herir al infernal engendro.

El indio, sacudido por la fiebre,

Siente que ya su cuerpo

Va a desplomarse, pues sus piernas trémulas

Se doblan a su peso,

Cuando a espaldas del grupo,

Clamó una voz cansada: ¡Deteneos!

Y con la frente cana descubierta

Se vio llegar jadeante al misionero.

Se abrió paso hasta el indio

Tendiéndole los brazos: éste al verlo

Se aferró a su sayal, dobló la frente

Y en tierra dió con su extenuado cuerpo.

VIII

Del seno de una nube,

Sus desflecadas orlas encendiendo,

Salió la luna que alumbró piadosa

La yerta faz del infeliz enfermo.

-Tabaré -prorrumpieron los soldados.

-¡El indio de los ceibos!

-¡El Indio loco!

-¡El de los ojos verdes!

-¡El fantasma del cuento

El fraile la cabeza

De Tabaré apoyó sobre su pecho.

Los soldados entonces se engañaban

Al creer que el Indio aquel no era un espectro!

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