Y Erdosain distinguía su semblante como a través de una Los siete locos · Capítulo 2 de 6
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Y Erdosain distinguía su semblante como a través de una

Y Erdosain distinguía su semblante como a través de una

neblina de luces titilantes en lo alto, la frente huida con las sienes

hacia las orejas puntiagudas, la huesuda nariz de ave carnicera, el

mentón chato para soportar tremendos golpes y el prolijo nudo de

la corbata negra arrancando del cuello almidonado.

Torpe el timbre de voz, el otro preguntó:

-¿Y Elsa?

Erdosain recobró la lucidez de su entendimiento.

-Salió.

-Ah...

Callaron y Erdosain se quedó contemplando el ángulo recto que

formaba la manga gris del saco en la blanca orilla de la mesa, y la

mejilla que iluminaba la lámpara con un rojo de cobre hasta el dorso

de la nariz, mientras que la otra mitad del rostro permanecía, desde

la raíz de los cabellos hasta el hoyuelo del mentón, en una oscuridad

donde la ojera ahondaba un cuévano de sombra. Barsut movía

lentamente una pierna cruzada sobre otra.

-¡Ah! -escuchó Erdosain y preguntó-: ¿Qué decís?

Es que Erdosain había escuchado aquel «ah» pronunciado unos

segundos antes, recién ahora.

-¿Salió Elsa?...

Barsut enderezó la cabeza, sus cejas se levantaron para dejar

entrar más luz a los párpados, y con los labios ligeramente

entreabiertos, sopló:

-¿Se fue?

Erdosain arrugó el ceño, examinó al soslayo los zapatos del otro,

y entrecerrando los párpados, espiando con esa mirada filtrada a

través de las pestañas la angustia de Barsut, dejó caer lentamente:

-Sí... se... fue... con... un... hombre...

Y guiñando el párpado izquierdo como el farmacéutico Ergueta,

inclinó la cabeza. Bajo la bronceada raya de sus cejas, fieramente

aguardaban sus pupilas.

Erdosain continuó:

-¿Ves? Allí está el revólver. Los pude matar y sin embargo no lo

hice. Qué curioso animal es el hombre, ¿no?

-¿Y vos te dejaste llevar la mujer en tus barbas?

En Erdosain el odio antiguo exasperado por la humillación

reciente se convertía ahora en un motivo de júbilo cruel y con la voz

temblorosa en la garganta, reseca la boca de rencor, exclamó:

-¿Qué te interesa a vos?

Una enorme bofetada lo hizo trastabillar sobre la silla. Más

tarde recordó que el brazo de Barsut retrocedía y avanzaba

amasando su carne. Se tapó el rostro con las dos manos, quiso

escapar a esa mole que siempre avanzaba sobre él como una fuerza

desencadenada de la naturaleza. Su cabeza golpeó sordamente

contra el muro y cayó.

Cuando volvió en sí Barsut estaba arrodillado a su lado. Notó

que tenía el cuello desprendido y unos hilos de agua le corrían hasta

la garganta. Desde el tabique nasal le subía por el hueso un dolor

titilante, y a cada momento le parecía que iba a estornudar. Las

encías le sangraban lentamente y bajo la inflamación de los labios se

notaba la superficie dentaria.

Erdosain se levantó trabajosamente y cayó sobre una silla;

Barsut estaba tan pálido que dos llamas parecían escapar de sus ojos.

De los pómulos a las orejas, haces de músculos trazaban dos arcos

temblorosos. Erdosain tenía la sensación de bambolearse en un

sueño interminable, pero comprendió cuando el otro lo tomó del

brazo, diciéndole:

-Mirá, escupime a la cara, si querés, pero déjame hablar. Es

necesario que te cuente todo. Sentáte... así, ahí. -Erdosain se había

levantado inconscientemente-. Oíme, hacé el favor. Vos ves ¿no? Yo

puedo matarte a trompadas... recién se me fue la mano... te juro... si

querés te pido perdón de rodillas. Qué querés, soy así. Mirá... ah...

ah... si la gente supiera.

Erdosain escupió sangre. Una franja de temperatura le abrazaba

la frente entrándole por las sienes y yéndole a punzar hasta la nuca.

La espalda se le encorvó tanto que dejó apoyada la cabeza en la

orilla de la mesa. Barsut, al verle así, le preguntó:

-¿Querés lavarte la cara? Te va a hacer bien. Espera un

momento, no salgas.- Y corrió hacia la cocina, de donde volvió con la

palangana llena de agua-. Lávate. Eso te va a hacer bien. ¿Querés que

te friccione? Mirá, perdóname, fue un impulso. Vos, también, ¿por

qué guiñaste un ojo como burlándote? Lávate, haceme el favor.

Erdosain, en silencio, se levantó y sumergió varias veces la cara

en la palangana. Cuando le faltaba la respiración retiraba el rostro de

la superficie del agua. Luego se sentó y el aire le evaporaba la

humedad de los cabellos, junto a las sienes. ¡Qué cansado estaba! ¡Ah,

si lo viera Elsa! ¡Cómo lo compadecería! Cerró los ojos. Barsut

arrimó la silla a su lado y dijo:

-Es necesario que te cuente todo. Si no lo hiciera me sentiría un

canalla. Ya ves, te hablo tranquilo. Mirá, si no lo crees poneme la

mano en el corazón. Te soy sincero. Bueno, yo... yo te... yo te

denuncié a la Azucarera... yo fui el que mandó el anónimo.

Erdosain ni levantó la cabeza. El u otro ¡qué importaba!

Barsut lo miró: esperaba quién sabe qué palabras, y dijo:

-¿Por qué no decís nada? Sí, yo te denuncié. ¿Te das cuenta? Yo te

denuncié. Quería hacerte meter preso, quedarme con Elsa, humillarla.

¡No te imaginas las noches que he pasado pensando que te meterían

preso! Vos no tenías de dónde sacar la plata y forzosamente ellos te

denunciarían. ¿Pero, por qué no decís nada?

Erdosain levantó los párpados. Barsut estaba allí, sí, era él, y

decía todas esas cosas. De los pómulos a las orejas, bajo la piel, el

reflejo de los músculos temblaba imperceptiblemente.

Barsut bajó los ojos, apoyó los codos en las rodillas como si se

encontrase frente a un fogón, y con voz lenta insistió.:

-Es necesario que te cuente todo. ¿A quién sino a vos le podría

contar todas estas

cosas que hacen doler el corazón? Dicen, y es cierto, que el corazón

no duele, pero créelo, a momentos me digo: ¿para qué vivir? ¿A

dónde va la vida si yo soy así? ¿Te das cuenta? Vos tenes que ver

todo lo que he cavilado pensando estas cosas. Mirá, ni debía

contártelas. ¿Cómo es eso que uno le hace una canallada a una

persona, luego se acerca a ella y le cuenta sus más íntimos secretos, y

no siente remordimientos? Yo mismo me he dicho muchas veces:

¿Por qué no siento remordimientos? ¿Qué vida es esta si hacemos

una barbaridad y no sentimos nada? ¿Comprendes vos esto? De

acuerdo a lo que hemos estudiado en el colegio, un crimen termina

por volverlo loco al delincuente, ¿y cómo es que en la realidad vos

haces un crimen y te quedas lo más tranquilo?

Erdosain continuaba con la mirada fija en Barsut ahora la

imagen de aquel hombre se depositaba en el fondo de su conciencia.

Las fuerzas de su vida ceñían el pálido relieve de una malla tan

intensa que el calco que se verificaba en aquellos instantes ya nunca

más se borraría.

-Mirá -continuó Barsut-, yo sabía que me tenías rabia, que de

haberme podido matar lo hubieras hecho, y eso me alegraba y

entristecía a un tiempo. ¡Cuántas noches me acosté pensando en el

modo de secuestrarte! Hasta se me ocurrió mandarte una bomba por

correo, o una víbora en una caja de cartón. O pagarle a un chofer

para que te atropellara por la calle. Cerraba los ojos y las horas se me

pasaban pensando en ustedes. ¿Vos te pensás que la quería a ella? -

Erdosain observó más tarde que en la conversación de esa noche

Barsut evitó llamar a Elsa por su nombre-. No, no la he querido

nunca. Pero me hubiera gustado humillarla ¿sabes? Humillarla

porque sí: verte a vos hundido para que ella me pidiera de rodillas

que te ayudara. ¿Te das cuenta? Nunca la he querido. Si te denuncié

fue por eso, para humillarla a ella que siempre fue tan orgullosa

conmigo. Y cuando vos me dijiste que habías defraudado a la

Azucarera, una alegría de salvaje me revolvió las entrañas. Y no

terminabas de hablar cuando yo me dije: bueno, vamos a ver ahora

dónde termina su orgullo.

Erdosain dejó escapar la pregunta:

-¿Pero vos la querías?...

-No, no la he querido nunca. ¡Si supieras lo que me ha hecho

sufrir! ¿Quererla yo a ella, que nunca me dio la mano? Cada vez que

me miraba me parecía que me escupía a la cara. ¡Ah, vos fuiste el

marido, pero nunca la conociste! ¡Qué sabes vos qué mujer es ella!

Mirá, te podría ver morir y no tendría un gesto de lástima. ¿Te das

cuenta? Me acuerdo. Cuando la casa Astraldi quebró y ustedes se

quedaron en la calle, si ella me hubiera pedido todo lo que yo tenía,

se lo hubiera dado. Le hubiera dado toda mi fortuna para que me

dijera «gracias». Nada más que gracias. Para que me dijera esa

palabra yo me hubiera quedado sin nada. Un día que entablé una

conversación me contestó: Remo es suficiente hombre para ganar

para nosotros dos. ¡Ah, vos no la conoces! Sería capaz de verte morir

sin hacer un gesto. Y yo pensaba. ¡Cuántas cosa. Dios mío, pasan por

la cabeza de un hombre! Me tiraba en una cama y me ponía a

imaginar cosas. ..vos habías asesinado a un hombre... era necesario

salvarte y entonces ella me venía a pedir que te ayudara y yo, sin

decirle una palabra de mis sacrificios, corría de un lado a otro. ¡Qué

mujer. Remo! ¡Qué mujer! Me acuerdo de cuando cosía. Me hubiera

quedado al lado, ¿sabes? sosteniéndole la costura, y yo sabía que no

era feliz con vos. Lo veía en la cara, en su cansancio, en su sonrisa.

Erdosain recordó las palabras que Elsa había pronunciado hacía

una hora:

-No importa... Estoy contenta. ¿Te das cuenta de tu sorpresa.

Remo? Estás sólito de noche, estás solo... De pronto, cric... la puerta

se abre... y soy yo... yo, que he venido.

Barsut continuó:

-Y claro, yo me preguntaba qué era lo que le hacía soportar la

vida a tu lado, al lado de un hombre como vos...

-Y vine a pie sola por las calles oscuras, buscándote, pero vos no

me ves, estás solo, la cabeza...

Erdosain sentía que las ideas se le atorbellinaban en la superficie

del cerebro como un remolino de agua. El cono gigante hundía la

espiral hasta la raíz de sus miembros. Torbellino cuyo roce suave

arrancaba a su alma una ternura dolorida, nueva. ¡Qué buenas las

palabras de Elsa, qué extraordinario contenido!

-Siempre te quise. Ahora también te quiero... nunca ¿por qué

nunca hablaste como esta noche? Siento que te voy a querer toda la

vida, que el otro a tu lado es la sombra de un hombre.

Erdosain tenía ahora la certidumbre de que estas palabras

salvaban para siempre su alma, mientras que Barsut amontonaba

una envidiosa angustia:

-Y yo hubiera querido preguntarle a ella qué es lo que encontraba

a tu lado, abrirte el pecho delante de ella y demostrarle hasta cansarla

que vos eras un loco, un canalla, un cobarde... Te juro que digo estas

palabras sin rabia.

-Lo creo -repuso Erdosain.

-Ahora mismo, yo me pregunto, mirándote: ¿Con qué ojos mira

una mujer a un hombre? Eso es lo que nunca sabremos. ¿No te

parece? Vos para mí eras un desgraciado, al que de un revés se lo

saca uno de adelante. Pero para ella, ¿quién eras vos? Ese es el punto

oscuro. ¿Lo supiste alguna vez? Decíme francamente: ¿supiste vos en

tu corazón qué hombre eras para tu mujer? ¿Qué es lo que ella vio en

vos para sufrir tanto a tu lado, y soportarte como lo hizo?

¡Qué gravemente conversaba Barsut! Sus enronquecidas

preguntas requerían una contestación. Erdosain lo sentía en sus

inmediaciones no como a un hombre, sino precisamente como a un

doble, un espectro de nariz huesuda y cabello de bronce que de

pronto se había convertido en un pedazo de su conciencia, ya que

como ésta en otras circunstancias, él ahora le dirigía las mismas

preguntas. Sí, era probable que para vivir tranquilo fuera necesario

exterminarlo, y la «idea» se reveló fríamente en él.

-Semejante a una espada entrando en un bloque de algodón -diría

más tarde Erdosain.

Barsut ni remotamente se imaginó que en aquel instante. Remo

acababa de condenarlo a muerte. Explicándome luego las

circunstancias de esa concepción, Erdosain me decía:

«¿Usted ha visto a un general en un campo de batalla?... Pero

para hacerle más accesible mi idea le diré como inventor: Usted busca

durante cierto tiempo la solución de un problema. Usted sabe, tiene

la seguridad de que la clave, el secreto, está en usted, pero no lo

puede conocer, tan cubierto está el secreto de capas de misterio. Y un

día, en el momento más inesperado, de pronto el plan, la visión

completa de la máquina, aparece ante sus ojos, deslumbrándolo con

su fácil exactitud. ¡Es algo maravilloso! Imagínese un general en un

campo de batalla... todo está perdido, y de pronto, clara, precisa, se

le aparece una solución que jamás había soñado concebir, y que, sin

embargo, tenía allí, al alcance de su mano, en el interior de sí

mismo. Yo, en aquel instante, supe que tenía que hacerlo matar a

Barsut, y él, frente a mí, amontonando palabras inútiles no se

imaginaba que yo, con la boca hinchada, la nariz dolorida, retenía

una alegría estupenda, un deslumbramiento semejante al que se

experimenta cuando lo que se ha descubierto es fatal como una ley

matemática. Quizás existe también una matemática del espíritu cuyas

terribles leyes no son tan inviolables como las que rigen las

combinaciones de los números y de las líneas. Porque es curioso.

Aquella bofetada que aun me hacía sangrar la encía, como el cuño de

una prensa hidráulica estampó en mi conciencia las líneas definitivas

de un plan de muerte. ¿Se da cuenta? Un plan son tres líneas

generales, tres admisibles líneas rectas, nada más. Y en tumulto, se

amontonaba mi regocijo

sobre ese relieve en frío cuyas tres sintéticas líneas encerraban esto:

secuestrar a Barsut, hacerlo matar y con su dinero fundar la sociedad

secreta como deseaba el Astrólogo. ¿Se da cuenta usted? El plan del

crimen surgió espontáneamente en mí, mientras que el otro hablaba

tristemente de nuestras dos almas condenadas. El plan apareció en

mí como si lo hubieran estampado en una plancha de hierro a miles

de libras de presión.

«¡ Ah! ¿Cómo explicarle? De pronto yo me olvidé de todo

retenido por una contemplación helada, llena de gozo, algo así como

la aurora que descubre un trasnochador consuetudinario que lo

alivia de su cansancio en la mañana que sucedió a una noche llena

de fatigas. ¿Se da cuenta? Hacerlo asesinar a Barsut por un hombre

que imperiosamente necesitaba dinero para llevar a cabo una idea

genial. Y esta nueva aurora que latía en mí estaba tan perfectamente

individualizada que muchas veces, más tarde, me he preguntado

qué secreto llega a encerrar el alma de un hombre que,

sucesivamente, le van mostrando horizontes nuevos, descascarando

sensaciones que para él mismo son un asombro por su origen

aparentemente ilógico».

En el curso de esta historia he olvidado decir que cuando

Erdosain se entusiasmaba, giraba en torno de la «idea» eje con

palabras numerosas. Necesitaba agotar todas las posibilidades de

expresión, poseído por ese frenesí lento que a través de las frases le

daba a él la conciencia de ser un hombre extraordinario y no un

desdichado. Que decía la verdad, no me cabía duda. Lo que muchas

veces me confundió fue la pregunta que a mí mismo me hice: ¿de

dónde sacaba ese hombre energías para soportar su espectáculo tanto

tiempo? No hacía otra cosa que examinarse, que analizar lo que en él

ocurría, como si la suma de detalles pudiera darle la certidumbre de

que vivía. Insisto. Un muerto que tuviera el poder de conversar no

hablaría más que él, para cerciorarse de que en apariencia no estaba

muerto.

Bersut, sin darse cuenta de todo lo que acababa de ocurrir en el

otro, continuó:

-¡Ah!, vos no la conociste.., no la conociste nunca. Fíjate, escucha

lo que te voy a contar. Una tarde fui a verte, sabía que no estabas,

quería encontrarme con ella, verla no más, aunque fuera. Llegué

sudado, no sé cuántas cuadras caminé al sol antes de resolverme.

-Igual que yo, al sol -pensó Erdosain.

-Y eso que vos sabes que a mí no me faltaba plata para tomar un

automóvil, y aun cuando pregunté por vos, ella, sin moverse del

umbral, me contestó:

-Disculpe, no lo hago pasar porque no está mi esposo. ¿Te das

cuenta qué perra?

Erdosain pensó:

-Todavía hay un tren para Témperley.

Barsut continuó:

-Y yo, que te veía tan pobre hombre, me dije: ¿qué le habrá visto

Elsa a este infeliz para enamorarse de él?

Con tranquilísima voz le preguntó Erdosain:

-¿Y en la cara se me nota que soy un infeliz?

Barsut levantó la cabeza, extrañado. Durante un momento

mantuvo inmóviles las translúcidas pupilas verdosas en su

interlocutor. El lienzo de luz que caía sobre él y Erdosain interponía

una distancia de ensueño. Y Barsut se comprendía tan fantasma

como el otro, porque moviendo penosamente la cabeza, como si

repentinamente todos los músculos del cuello se le hubieran

enrigecido, contestó:

-No, mirándote bien pareces un tipo agarrado por una idea fija...

vaya a saber qué.

Erdosain repuso:

-Sos psicólogo. Naturalmente, yo no sé todavía en qué consiste

esa idea fija, pero es curioso, lo que nunca se me ocurrió fue que vos

pensaras en quitarme mi mujer... Y la tranquilidad con que decís

esas cosas...

-No me negarás que te soy franco...

-No...

-Además, quería humillarla... no robártela, ¿para qué? Si yo

sabía que nunca me querría.

-¿Y en qué lo adivinabas?

-Eso es lo que no sé. Porque uno hace ciertas cosas que no se

puede explicar. Porque te trataba y vos me tratabas no pudiéndonos

«pasar». Venía porque viniendo te hacía sufrir y sufría. Todos los días

me decía: No iré más... no iré más... Pero en cuanto llegaba la hora, me

ponía nervioso. Era como si me llamaran desde algún lado, y

entonces me vestía apurado... venía...

Erdosain de pronto tuvo una idea singular, y dijo:

-Hablando de todo un poco... No sé si sabrás que esta mañana

me hablaron en la Azucarera del anónimo. Si no rindo cuentas me

ponen preso mañana. El único culpable, y creo que no tendrás

inconveniente en admitirlo, de que esto pase sos vos, de modo que

me tenes que facilitar la plata. ¿De dónde voy a sacar esa cantidad?

Barsut se irguió asombrado.

-Pero, ¿cómo? ¿Después que yo resulto cornudo y apaleado,

después que Elsa se va y hago una infamia, el que te tiene que dar la

plata soy yo? ¿Vos estás loco? ¿Con qué ventaja te voy a dar

seiscientos pesos?...

-Con siete centavos...

Erdosain se levantó.

-¿Esa es tu última palabra?

-Pero, comprendé, ¿cómo yo?...

-Bueno «m'hijo»... Paciencia. Ahora haceme el favor de irte, que

quiero dormir.

-¿No querés que salgamos?

-Estoy cansado. Déjame.

Barsut vaciló. Luego, levantándose y con el sombrero cogido de

un ala, salió torpemente de la pieza.

Erdosain escuchó el golpe que hizo la puerta al cerrarse, caviló

ceñudo un instante, buscó en su bolsillo una guía de ferrocarriles,

miró el horario, luego volvió a lavarse, y ante el espejo se peinó.

Tenía el labio amoratado, una mancha roja bordeábale la nariz, así

como otra circunvalaba la sien, junto a la entrada del cabello.

Miró en derredor buscando algo, vio el revólver caído, lo recogió

y salió. Pero como dejara la luz encendida, volvió y apagó la lámpara.

Todo estaba oscuro ahora, como el rastro de una luz brilló ante sus

ojos y salió. Por segunda vez en aquel día iba a la casa del Astrólogo-

«SER» A TRAVÉS DE UN CRIMEN

Un trozo de andén de la estación de Témperley estaba

débilmente iluminado por la luz que salía de una puerta de la oficina

de los telegrafistas. Erdosain sentóse en un banco junto a las palancas

para los cambios de vías, en la oscuridad. Tenía frío y tal vez fiebre.

Además experimentaba la impresión de que la idea criminosa era

una continuidad de su cuerpo, como el hombre de tiniebla que

pudiera arrojar en la luz. Un disco rojo brillaba al extremo del brazo

invisible del semáforo: más allá otros círculos rojos y verdes estaban

clavados en la oscuridad, y la curva del riel galvanoplastiado de esas

luces sumergía en las tinieblas su redondez azulenca o carminosa. A

veces la luz roja o verde, descendía. Luego

todo permanecía quieto, dejando de rechinarlas cadenas en las

roldanas y cesando el roce de los alambres en las piedras.

Quedóse amodorrado.

-¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me quedo aquí? ¿Es cierto que

quiero matarlo? ¿O es que quiero tener la voluntad de sentir el deseo

de matarlo? ¿Es necesario eso? Ahora ella estará revolcándose con él.

Pero, ¿qué me importa a mí? Antes, cuando la sabía sola en casa,

mientras yo estaba en el café, sufría por ella, sufría porque era

desdichada a mi lado... ahora — claro... ya se habrán dormido, ella con

la cabeza sobre el pecho de él. ¡Nombre de Dios! ¿Y ésta es la vida?

¡Estar perdidos, siempre perdidos! ¿Pero yo seré realmente el que

soy? ¿O seré otro? ¡La tristeza! ¡vivir con extrañeza! Esto es lo que me

pasa. Igual que a él. Cuando está lejos me lo imagino tal cual es,

canalla, desdichado. Casi me rompe la nariz. ¡Pero qué formidable!

¡Resulta ahora al final de cuentas que el cornudo y apaleado es él y no

yo! ¡Yo!... ¡Realmente, la vida es una bufonada! Y sin embargo, hay

algo serio. ¿Por qué me repugna cuando está cerca?

Unas sombras se mecían ante la vidriera amarilla de los

telegrafistas.

-¿Matarlo o no matarlo? ¿Qué me importa esto a mí? ¿Me

importa matarlo? Seamos sinceros. ¿Me importa matarlo? ¿O es que

no me importa nada? ¿Que me da igual que viva? Y sin embargo

quiero tener voluntad de matarlo. Si ahora viniera un dios y me

preguntara: ¿Quieres tener fuerzas para destruir a la humanidad?

¿Yo la destruiría? ¿La destruiría yo? No, no la destruiría. Porque el

poder hacerlo le quitaría interés al asunto. Además, ¿qué iba a hacer

yo solo en la tierra? ¿Mirar cómo se oxidaban las dínamos en los

talleres y cómo se desmoronaban los esqueletos que estaban a caballo

encima de las calderas? Cierto es que él me ha abofeteado, pero, ¿me

importa eso? ¡Qué lista! ¡Qué colección! El capitán, Elsa, Barsut, el

Hombre de Cabeza de Jabalí, el Astrólogo, el Rufián, Ergueta. ¡Qué

lista! ¿De dónde habrán salido tantos monstruos? Yo mismo estoy

descentrado, no soy el que soy, y, sin embargo, algo necesito hacer

para tener conciencia de mi existencia, para afirmarla. Eso mismo,

para afirmarla. Porque yo soy como un muerto. No existo ni para el

capitán ni para Elsa, ni para Barsut. Ellos si quieren pueden hacerme

meter preso, Barsut abofetearme otra vez, Elsa irse con otro en mis

barbas, el capitán llevársela nuevamente. Para todos soy la negación

de la vida. Soy algo así como el no ser. Un hombre no es como

acción, luego no existe. ¿O existe a pesar de no ser? Es y no es. Ahí

están esos hombres. Seguramente tienen mujer, hijos, casa. Quizá son

unos miserables. Pero si alguien tratara de invadir su casa, de

arrebatarles un centavo o de tocarles la mujer, se volverían como

fieras. ¿Y yo por qué no me he rebelado? ¿Quién puede contestarme a

esta pregunta? Yo mismo no puedo. Sé que existo así, como

negación. Y cuando me digo todas estas cosas no estoy triste, sino

que el alma se me queda en silencio, la cabeza en vacío. Entonces,

después de ese silencio y vacío me sube desde el corazón la

curiosidad del asesinato. Eso mismo. No estoy loco, ya que sé

pensar, razonar. Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que

debe ser mi ultima tristeza, la tristeza de la curiosidad. O el demonio

de la curiosidad. Ver cómo soy a través de un crimen. Eso, eso

mismo. Ver cómo se comporta mi conciencia y mi sensibilidad en la

acción de un crimen.

«Sin embargo, estas palabras no me dan la sensación del crimen

del mismo modo que el telegrama de una catástrofe en China no me

da la sensación de la catástrofe. Es como si yo no fuera el que piensa

el asesinato, sino otro. Otro que sería como yo un hombre liso, una

sombra de hombre, a la manera del cinematógrafo. Tiene relieve, se

mueve, parece que existe, que sufre, y, sin embargo, no es nada más

que una sombra. Le falta vida. Que diga Dios si esto no está bien

razonado. Bueno: ¿qué es lo que haría el hombre sombra? El hombre

sombra percibiría el hecho, pero no sentiría su pesantez, porque le

faltaba volumen para

contener un peso. Es sombra. Yo también veo el suceso, pero no lo

contengo. Esta debe ser una teoría nueva. ¿Qué diría un Juez del

Crimen de conocerla? ¿Se daría cuenta de lo sincero que soy? ¿Mas

cree esa gente en la sinceridad? Fuera de mí, de los límites de mi

cuerpo, existe el movimiento, pero para ellos la vida mía debe ser tan

inconcebible como vivir al mismo tiempo en la Tierra y en la Luna.

Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiró una bomba,

o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe,

el hombre para quien infinitas generaciones de jurisconsultos

prepararon castigos, cárceles y teorías. Yo, que soy la nada, de

pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes,

secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches

celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre

antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. ¡Eso sí que

es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia,

como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra. Y yo

sería el Erdosain, previsto, temido, caracterizado por el código, y

entre los miles de Erdosain anónimos que infectan el mundo, sería el

otro Erdosain, el auténtico, el que es y será. Realmente, es curioso

todo esto. Sin embargo, a pesar de todo existen las tinieblas y el alma

del hombre es triste. Infinitamente triste. Mas la vida no puede ser

así. Un sentimiento interno me dice que la vida no debe ser así. Si yo

descubriera la particularidad de por qué la vida no puede ser así, me

pincharía, y como un globo me desinflaría de todo este viento de

mentira y quedaría de mi apariencia actual un hombre flamante,

fuerte como uno de los primeros dioses que animaron la creación.

Con todo esto me he ido a las ramas. ¿Lo veo o no al Astrólogo?

¿Qué dirá cuando me vea llegar otra vez? Quizá me espere. El es,

como yo, un misterio para sí mismo. Esa es la verdad. Sabe tanto

hacia dónde va como yo. La sociedad secreta. Toda la sociedad se

resume en él en estas palabras: sociedad secreta. Otro demonio. ¡Qué

colección! Barsut, Ergueta, el Ruñan y yo... Ni expresamente se podía

reunir tales ejemplares. Y para colmo, la ciega embarazada. ¡Qué

bestia!

El vigilante de la estación pasó por segunda vez ante Erdosain.

Remo comprendió que llamaba la atención del hombre y entonces,

levantándose, se dirigió hacia la casa del Astrólogo. No había luna.

Los arcos voltaicos lucían entre las aéreas enramadas de las boca¬

calles. De alguna quinta salían los sones de un piano y a medida que

caminaba, su corazón se empequeñecía más, oprimido por la

angustia que le producía el espectáculo de la felicidad que adivinaba

tras de los muros de aquellas casas refrescadas por las sombras, y

frente a cuyas puertas cocheras se hallaba detenido un automóvil.

LA PROPUESTA

El Astrólogo se disponía a acostarse cuando escuchó pasos en el

sendero que conducía a la casa. Como el perro no ladró, entreabrió el

postigo. Un paralelogramo de luz cortó las tinieblas hasta la cúpula

de los granados y por este cajón amarillo vio avanzar a Erdosain, a

quien la luz daba de lleno en el rostro.

-¡Qué curioso! -pensó el Astrólogo-. ¡Todavía no me había fijado

que este muchacho usa sombrero de paja! ¿Qué es lo que querrá? -Y

después de asegurarse que tenía el revólver en la cintura (este

movimiento era instintivo en él) abrió la cerradura de la puerta y

Erdosain entró.

-Creí que estaba acostado.

-Pase.

Erdosain pasó al escritorio. Todavía estaba allí el mapa de los

Estados Unidos con las banderas negras clavadas en los territorios

donde dominaba el Ku-Klux-Klan. El Astrólogo había estado

trabajando en un horóscopo porque sobre la mesa estaba la caja de

compases abierta. El viento que entraba por la reja movía los papeles,

y Erdosain, después de esperar que aquél guardara algunos

documentos en el armario, se sentó dando la espalda al jardín.

Ya allí, quedóse mirando el anchuroso semblante del otro, la

nariz torcida arrancando de la frente tumultuosa, la oreja arrepollada,

el pecho enorme contenido dentro de la ropa negra y sin lustre, su

cadena de cobre cruzando de parte a parte el chaleco, el anillo de

acero con una piedra violeta en su mano de dedos deformes y piel

curtida. Ahora que el hombre estaba sin sombrero, se veía que su

cabello era crespo, enmarañadísimo y corto. Había estirado las

piernas y cargaba todo el cuerpo sobre los brazos del sillón. Con sus

botas sin lustrar parecía un hombre de la montaña, quizás un

buscador de oro. ¿Por qué no habían de ser así los buscadores de oro

de la Patagonia? -pensó Erdosain-, y sin explicarse su distracción se

quedó mirando el mapa de los Estados Unidos y repitiendo

mentalmente las palabras que le había escuchado esa tarde al

Astrólogo, mientras con el puntero le señalaba los estados federales

al Rufián.

-El Ku-Klux-Klan es fuerte en Texas, Ohio, Indianápolis,

Oklahoma, Oregón...

-¿Y qué dice, amigo... cómo?...

-¡ Ah, es cierto!... He venido a verle...

-Precisamente yo me iba a acostar. Estuve trabajando en el

horóscopo de un imbécil...

-Si le molesto me voy.

-No, quédese. ¿Se ha trompeado usted? ¿Qué es lo que le pasa?

-Muchas cosas. Dígame, si usted pudiera... ¿No se va a asombrar

de la pregunta?... Si usted, para fundar su logia, es decir, para

conseguir los veinte mil pesos que se necesitan, si para conseguir

veinte mil pesos usted tuviera que matar a un individuo, ¿usted qué

haría?

El Astrólogo se incorporó en la silla, quedando ahora su cuerpo,

soliviantado por el asombro, en ángulo recto... Y aunque su cabeza

estaba erguida por los pensamientos que en él había suscitado

Erdosain, aquélla parecía pesar prodigiosamente sobre sus hombros.

Restregóse las manos y escrutó el rostro de Remo.

-¿Por qué se le ocurre, hacerme esta pregunta?

-Es que he encontrado el candidato que tiene veinte mil pesos.

Lo podemos secuestrar, y si se niega a firmarnos el cheque lo

torturamos.

El Astrólogo frunció el ceño. Ante los enigmas que encerraba

esa propuesta, su perplejidad acrecentóse, y con los dedos de la mano

izquierda comenzó a hacer girar el anillo sobre el anular de la

derecha. La piedra violeta pasaba a cada instante frente a la cadena

de bronce, y aunque él mantenía el rostro inclinado, bajo la línea de

sus cejas, sus pupilas horizontales escudriñaban el rostro de

Erdosain. Y la nariz torcida cobraba en esa posición el vigor de una

defensa con el mentón hundido en la negra tela del corbatín.

-A ver, explíqueme todo eso, porque yo no entiendo ni una

palabra.

Ahora se había incorporado y su rostro parecía desafiar una

lluvia de golpes.

-Es fácil y genial. Mi mujer esta noche se ha ido a vivir con otro

hombre. Entonces él...

-¿Quién es él?...

-Barsut, el primo de mi mujer... Gregorio Barsut, vino a verme y

a confesarme que fue él quien me denunció a la Azucarera.

-¡Ah!... ¿Fue él quien lo denunció?...

-Sí, y para colmo...

-Pero, ¿por qué motivo lo denunció?...

-¡Qué sé yo!... Para humillarme... En fin, es medio loco. Un

individuo que vive frenéticamente. Tiene veinte mil pesos. El padre

murió en un manicomio. El va a terminar también allí. Los veinte mil

pesos son la herencia de una tía por parte del padre.

El Astrólogo se cogió la frente. Estaba más perplejo que nunca.

A él le interesaba el asunto, mas no lo comprendía. Insistió:

-Cuénteme todo con detalle, ordenadamente.

Erdosain recomenzó su relato. Narró todo lo que conocemos.

Hablaba despacio, meticulosamente, pues había desaparecido de él

esa tensión nerviosa que precedía a la propuesta que le hizo al

Astrólogo.

Ahora estaba sentado al borde de la silla, la espalda arqueada, los

codos apoyados en las rodillas, las mejillas enrejadas por los dedos,

la mirada fija en el pavimento. La piel amarilla pegada a los huesos

planos del semblante le daba la apariencia de un tísico. Un cúmulo

de iniquidades salía de su garganta, sin interrupciones, sordamente,

como si recitara una lección estampada al frío en el plano de su

conciencia. El Astrólogo, tapados los labios con los dedos, lo

escuchaba mirándolo extrañado. Se había imaginado muchas cosas,

mas no tantas.

Con una lentitud derivada del exceso de atención para no

equivocarse, Erdosain acumulaba angustias, humillaciones,

recuerdos, sufrimientos, noches que paso sin dormir, riñas

espantosas. Dijo entre otras cosas:

-Le parecerá mentira a usted que yo, yo que he venido a

proponerle el asesinato de un hombre, le hable de inocencia, y, sin

embargo, tenía veinte años y era un chico. ¿Sabe usted qué clase de

tristeza es esa que le hace pasar a uno la noche en un asqueroso

despacho de bebidas, perdiendo el tiempo entre conversaciones

estúpidas y tragos de caña? ¿Sabe lo qué es estar en un prostíbulo y

de pronto contenerse para no llorar desesperadamente? Usted me

mira asombrado, claro, veía un hombre raro, quizá, pero no se daba

cuenta de que toda esa rareza derivaba de la angustia que yo llevaba

escondida en mí. Vea, hasta me parece mentira hablar con precisión

como lo hago. ¿Quién soy? ¿Adonde voy? No lo sé. Tengo la

impresión de que usted es igual a mí, y por eso he venido a

proponerle el asesinato de Barsut. Con el dinero fundaremos la logia

y quizá podamos remover los cimientos de esta sociedad.

El Astrólogo lo interrumpió:

-Pero, ¿por qué usted ha procedido siempre así?...

-Eso es lo que yo no sé. ¿Por qué usted quiere organizar la logia?

¿Por qué el Rufián Melancólico continúa explotando mujeres y

lustrándose los botines a pesar de tener fortuna? ¿Por qué Ergueta se

casó con una prostituta y dejó a la millonaria? ¿Cree usted acaso que

yo he tolerado la bofetada de Barsut y la presencia del capitán, porque

sí? Aparentemente soy un cobarde, Ergueta un loco, el Rufián un

avaro, usted un obsesionado. Aparentemente somos todo eso, pero

en el fondo, adentro, más abajo de nuestra conciencia y de nuestros

pensamientos hay otra vida más poderosa y enorme... y si

soportamos todo es porque creemos que soportando o procediendo

como lo hacemos llegaremos por fin hasta la verdad... es decir, a la

verdad de nosotros mismos.

El Astrólogo se levantó, avanzó hasta Erdosain y, poniéndole la

mano sobre la cabeza, dijo caviloso:

-Tiene usted razón, hijo mío. Nosotros somos místicos sin

saberlo. Místico es el Rufián Melancólico, místico es Ergueta, usted,

yo, ella y ellos... El mal del siglo, la irreligión nos ha destrozado el

entendimiento y entonces buscamos fuera de nosotros lo que está en

el misterio de nuestra subconciencia. Necesitamos de una religión

para salvarnos de esa catástrofe que ha caído sobre nuestras cabezas.

Me dirá usted que yo no le digo nada nuevo. De acuerdo; pero

acuérdese que en la tierra lo único que puede cambiar es el estilo, la

costumbre, la substancia es la misma. Si usted creyera en Dios no

habría pasado esa vida endemoniada, si yo creyera en Dios no estaría

escuchando su propuesta de asesinar a un prójimo. Y lo más terrible

es que para nosotros ha pasado ya el tiempo de adquirir una

creencia, una fe. Si fuéramos a verlo a un sacerdote, éste no

entendería nuestros problemas y sólo acertaría a recomendarnos que

recitáramos un Padre Nuestro y que nos confesáramos todas las

semanas.

-Y uno se pregunta qué es lo que debe hacerse...

-Ahí está. Lo que debe hacerse. En otras épocas para nosotros

hubiera quedado el refugio de un convento o de un viaje a tierras

desconocidas y maravillosas. Hoy usted puede tomar un sorbete a la

mañana en la Patagonia y comer bananas a la tarde en el Brasil. ¿Qué

es lo que debe hacerse? Yo leo mucho, y créame, en todos los libros

europeos encuentro este fondo de amargura y de angustia que me

cuenta de su vida usted. Vea Estados Unidos. Las artistas se hacen

colocar ovarios de platino y hay asesinos que tratan de batir el

récord en crímenes horrorosos. Usted que ha caminado lo sabe.

Casas, más casas, rostros distintos y corazones iguales. La

humanidad ha perdido sus fiestas y sus alegrías. ¡Tan infelices son

los hombres que hasta a Dios lo han perdido! Y un motor de 300

caballos sólo consigue distraerlos cuando lo pilotea un loco que se

puede hacer pedazos en una cuneta. El hombre es una bestia triste a

quien sólo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías.

Pues bien, nosotros con nuestra sociedad le daremos prodigios,

pestes de cólera asiático, mitos, descubrimientos de yacimientos de

oro o minas de diamantes. Yo lo he observado conversando con

usted. Sólo se anima cuando lo prodigioso interviene en nuestra

conversación. Y así le pasa a todos los hombres, canallas o santos.

-Entonces, ¿lo secuestramos a Barsut?

-Sí. Ahora hay que ver de qué modo podemos apoderarnos de él

y del dinero.

El viento removió el follaje. Erdosain quedó unos segundos

mirando la franja de luz que por la ventana entreabierta caía sobre

los granados. El Astrólogo había corrido su silla hasta el armario de

modo que apoyaba la cabeza en el tablero ocre, y sus dedos jugaron

nuevamente con el anillo de acero haciéndolo girar ante sus ojos.

-¿Cómo nos apoderaremos? Es muy fácil. Yo le diré a Barsut

que he averiguado dónde se encuentra el capitán con Elsa...

-Sí, eso está bien. Pero, ¿cómo lo ha averiguado usted? Es lo que

no va a dejar de preguntarle el otro...

-Diciéndole que me he dirigido a la Dirección del Personal del

Ministerio de Guerra.

-Perfecto... muy bien... clarísimo...

Ahora el Astrólogo se había incorporado vivamente y miraba

interesado a Erdosain.

-Y con el pretexto de que convenza a Elsa para que vuelva otra

vez a mi lado, lo traemos.

-Admirable. Deje que piense un poco. Todo lo que plantea

usted... claro... está muy bien. Ah... dígame una cosa, ¿tiene parientes

él?

-Salvo mi señora, no.

-¿Y dónde vive?

-En una pensión. La hija de la dueña es bizca.

-¿Qué dirán cuando desaparezca Barsut?

-Podemos hacer esto, que es admirable. Le enviamos a la patrona

un telegrama desde Rosario, firmado por él, diciendo que le envíe los

baúles a un determinado hotel, donde usted estará viviendo bajo el

nombre de Gregorio Barsut.

-Esto mismo. ¿Sabe que usted lo ha estudiado muy bien? Es

perfecto el plan. Cierto es que todo se presta, el capitán, las

direcciones del Ministerio, no tener parientes, el vivir en una

pensión. Es más claro que una jugada de ajedrez. Está bien.

Dicho esto comenzó a pasearse de un lado a otro de la

habitación. Cada vez que cruzaba ante la reja de la ventana,

el jardín oscurecía o en el armario se volcaba una sombra que

llegaba hasta los tirantes del techo. No le faltó razón a

Erdosain, cuando dijo que el plan era nítido «como si lo

hubiera estampado en una plancha de hierro a miles de

libras de presión». Y mientras en la habitación las botas del

Astrólogo resonaban sordamente en cada paso, Erdosain se

lamentaba ya de que el «plan» fuera tan simple y poco

novelesco. Le hubiera agradado una aventura más peligrosa,

menos geométrica.

-¡Qué diablo! ¡Esto no tiene gracia! ¡Así cualquiera es asesino!

-¿Y Gregorio no tiene relaciones con la bizca?

-No.

-¿Y por qué usted me habló de ella, entonces?

-No sé.

-¿Y usted no tiene miedo de tener remordimientos después que

«eso» suceda?

-Vea, yo creo que eso sólo ocurre en las novelas. En la

realidad yo he hecho acciones malas y buenas y ni en un caso

ni en el otro he sentido ni la mayor alegría ni el menor

remordimiento. Yo creo que se ha dado en llamar

remordimiento el temor al castigo. Aquí a uno no lo ahorcan,

y sólo los cobardes...

-¿Y usted?...

-Permítame. Yo no soy un hombre cobarde. Soy un frío

que es distinto. Razone usted. Si impasiblemente me he

dejado llevar la mujer, y abofetear por un individuo que me

traicionó, ¿con cuánta más razón asistiré impasiblemente a la

escena de su muerte, siempre que ésta no sea una carnicería?

-Cierto. Es muy lógico. Todo en usted es lógico. ¿Sabe usted,

Erdosain, que es un

individuo interesante?

-Lo mismo decía mi esposa. Esto no le impidió irse con otro.

-¿Y usted lo odia a él?

-A veces. Depende. Quizá en mí pueda más la repulsión

física que el odio. En verdad, odio no, porque nunca

podemos odiar a las personas que sabemos son capaces de

hacer exactamente las mismas canalladas que nosotros.

-¿Y por qué quiere matarlo, entonces, usted?

-¿Y por qué quiere usted fundar la sociedad?

-¿Y cree usted que ese crimen va a tener alguna influencia en su

vida?

-Esa es la curiosidad que tengo. Saber si mi vida, mi

forma de ver las cosas, mi sensibilidad, cambian con el

espectáculo de su muerte. Además, que tengo ya necesidad

de matar a alguien. Aunque sea para distraerme, ¿sabe?

-¿Y usted quiere que yo le saque las castañas del fuego?

-¡Claro!... porque para usted en estas circunstancias,

sacarme las castañas del fuego equivale a tener veinte mil

pesos para instalar la sociedad y los prostíbulos...

-¿Y cómo se le ocurrió a usted que yo era capaz de hacer «eso»?

-¿Cómo? Hace mucho tiempo que lo he observado. Pero

la convicción de que usted era un hombre de embarcarse en

una aventura peligrosa se me ocurrió hace un año cuando lo

conocí en la Sociedad Teosófica.

-¿A ver?...

-Me acuerdo como si fuera ahora. Una carbonera, a su

izquierda, estaba hablando del periespíritu con un zapatero.

¿Usted no se ha fijado qué predilección tienen los zapateros

por las ciencias ocultas?

-¿Y?

-En esa circunstancia usted se dirigió a un caballero polaco que

mantenía relaciones con el espíritu de Sobiezki.

-No recuerdo...

-Yo sí. El caballero polaco, usted mismo me lo dijo más tarde, era

peón de albañil... Usted y el caballero polaco pasaron de Sobiezki a

discutir sobre el «sentido de orientación de las palomas» y usted

contestó: «Para mí la única importancia que tiene el sentido de

orientación de las palomas es servir como intermediarias en un

chantage», y allí usted comenzó a explicar... Bueno, cuando usted

terminó de hablar, entre el asombro del polaco, la carbonera y el

zapatero, yo me dije: este hombre es un audaz en disponibilidad...

-¡Jajá! ¡Qué muchacho es usted!

-Perfecto.

-Usted debe tomar en cuenta esto: es un mecanismo que se

desmonta en tres submecanismos que tienen que marchar

armoniosamente, aunque son independientes. Vea: El primer

mecanismo es el secuestro. El segundo, la estada de usted en Rosario,

donde pedirá y recibirá el equipaje con el nombre de Barsut. El

tercero, asesinato y procedimiento para hacerlo desaparecer.

-¿Destruiremos el cadáver?

-Claro. Con ácido nítrico o si no con un horno donde... Si es

horno hay que tener un mínimo de quinientos grados para

carbonizar también los huesos.

-¿Y de dónde ha sacado usted esos datos?

-Ya sabe que soy inventor. Ah, de los veinte mil pesos podemos

dedicar una parte para fabricar la rosa de cobre en gran escala. Ya he

encargado su fabricación a una familia amiga. Posiblemente uno de

los muchachos ingrese en la sociedad. Además, días pasados se me

ha ocurrido un cambio electromagnético para la máquina de vapor de

Stephenson. Bueno, lo que yo he ideado es cien veces más sencillo.

¿Sabe usted lo que a mí me haría falta? Irme un tiempo afuera, estar

en la montaña, descansar y estudiar.

-Y usted podría ir a la colonia que organizaremos...

-¿Entonces está conforme con el plan?

-¡Ah! Una cosa. El dinero, ¿de dónde lo sacó Barsut?

-Hace tres años vendió una propiedad que le tocó en herencia.

-Y lo tiene en caja de ahorros...

-No, en cuenta corriente.

-¿Así que no vive del interés?

-No, lo va gastando de a poco. De a doscientos pesos mensuales.

Dice que antes de terminar con esa suma habrá muerto.

-Es curioso. ¿Y qué tipo es él?

-Fuerte. Cruel. El secuestro va a tener que estudiarlo muy bien,

porque se defenderá como una fiera.

-Muy bien.

-¡Ah!, antes de que me vaya. ¿Usted le dirá algo de esto al

Rufián?

-No. Es un secreto entre nosotros. El Rufián participará como

organizador de los prostíbulos, nada más. ¿Usted paga mañana en

la Azucarera, no?

-Sí.

-Ahora que me acuerdo, conozco a un impresor. El será quien

nos haga la circular del Ministerio de Guerra.

Erdosain paseóse un instante por la habitación.

-El secuestro es fácil. Usted va a Rosario y con un telegrama pide

los baúles. Lo que ocurre es que cuando uno se encuentra frente a la

comisión de un delito...

-Es que no será el único que cometeremos...

-¿Cómo?...

-Y claro. Otra de las cosas que me preocupa es el mantenimiento

del secreto en la sociedad. Yo había pensado lo siguiente. En cada

punto del estado habrá una célula revolucionaria. El comité central

radicará en la capital. Entonces, este comité estaría organizado de la

siguiente forma: jefe de capital de provincia, miembro del comité

central, jefe del distrito de provincia, miembro del comité de la

capital de provincia, jefe de villa principal, miembro del comité del

distrito cabeza.

-¿No le parece muy complicado a usted?

-No sé, se estudiaría. Otros detalles de organización que se me

han ocurrido son: cada célula dispondrá de un transmisor y receptor

radiotelegráfico, siendo además obligación que cada diez asociados

adquieran un automóvil, diez fusiles, dos ametralladoras, debiendo

a su vez cien miembros costear el precio de un aeroplano de guerra,

bombas, etc., etc. Los ascensos serán por disposición del consejo

superior, las elecciones de categoría inferior se regirán por

votaciones calificadas. Pero es hora de acostarse. Dentro de un rato

tiene tren... ¿o se quiere quedar a dormir aquí?

En realidad Erdosain no tenía nada que hacer. Ya el reloj había

dado las tres de la mañana y las palabras que pronunciara el

Astrólogo pasaron por su entendimiento, casi borrosas. No le

interesaba nada. Quería irse, eso era todo. Irse lejos.

Estrechó la mano del otro; el Astrólogo lo despidió en la

gradinata y Erdosain, agobiado, cruzó la quinta. Cuando volvió la

cabeza en las tinieblas, la ventana iluminada ponía un rectángulo

amarillo suspendido en el centro de la oscuridad.

ARRIBA DEL ÁRBOL

Amanece. Erdosain avanza por el sendero que bordea la vereda

rota junto a las quintas. La frescura de la mañana penetra hasta la más

remota celdilla de sus pulmones fatigados. Aunque arriba el espacio

negrea, y toda esta oscuridad desciende a aproximar las cosas a los

ojos, pues las distantes son invisibles en el horizonte. Por el canal de

callejones, rojean lentamente unas fajas verdegrises.

Erdosain avanza pensando:

-Esto es triste como el desierto. Ahora ella duerme con él.

Rápidamente la claridad aguanosa del alba colma los callejones

de vahos blanquecinos.

Erdosain se dice:

-Sin embargo, hay que ser fuerte. Me acuerdo de cuando era

chico. Creía ver caminar, por las crestas de las nubes, grandes

hombres con el pelo rizado y chapados de la luz los verticales

miembros. En realidad caminaban dentro del país de Alegría que

estaba en mí. ¡ Ah!, y perder un sueño es casi como perder una

fortuna. ¿Qué digo? Es peor. Hay que ser fuerte, ésa es la única

verdad. Y no tener piedad. Y aunque uno se sienta cansado, decirse:

Estoy cansado ahora, estoy arrepentido ahora, pero no lo estaré

mañana. Esa es la verdad. Mañana.

Erdosain cierra los ojos. Un perfume que no puede discernir si

es de nardo o de clavel, riega la atmósfera de un misterioso

embalsamiento de fiesta.

Y Erdosain piensa:

-A pesar de todo es necesario injertar una alegría en la vida. No

se puede vivir así. No hay derecho. Por encima de toda nuestra

miseria es necesario que flote una alegría, qué sé yo, algo más

hermoso que el feo rostro humano, que la horrible verdad humana.

Tiene razón el Astrólogo. Hay que inaugurar el imperio de la

Mentira, de las magníficas mentiras. ¿Adorar a alguien? ¿Hacerse un

camino entre este bosque de estupidez? ¿Pero cómo? Erdosain

continúa su soliloquio con los pómulos teñidos de rosa:

-¿Qué importa que yo sea un asesino o un degradado? ¿Importa

eso? No. Es secundario. Hay algo más hermoso que la vileza de todos

los hombres juntos, y es la alegría. Si yo estuviera alegre, la felicidad

me absolvería de mi crimen. La alegría es lo esencial. Y también

querer a alguien...

El cielo verdea a lo lejos, mientras que la poca elevada oscuridad

envuelve aún los troncos de los árboles. Erdosain frunce el ceño. De

su espíritu se desprenden vapores de recuerdo, neblinas doradas,

rieles brillantes que se pierden en el campo de una tarde abovedada

de sol. Y el rostro de la criatura, una carita pálida, de ojos verdosos y

rulos negros, escapando debajo de un sombrerito de paño, se eleva

de la superficie de su espíritu.

Hace dos años. No. Tres. Sí, tres años. ¿Cómo se llamaba?

María, María Esther. ¿Cómo se llamaba? La dulce carita ocupa ahora

con su temperatura un anochecido espacio de ensueño. ¡Se acuerda

de tantas cosas! El estaba sentado a su lado, el viento movía sus

rizos negros, de pronto extendió la mano y entre la yema de los

dedos tomó la ardiente barbilla de la criatura. ¿Dónde está ahora?

¿Bajo qué techo duerme? ¿si la encontrara, la reconocería? Hace tres

años. La conoció en un tren, conversó algunos minutos con ella du¬

rante quince días, y después desapareció. Eso es todo y nada más. Y

ella no sabía que estaba casado. ¿Qué es lo que hubiera dicho de

saberlo? Sí, ahora se acuerda. Se llamaba María. ¿Pero importa algo

eso? No. Había algo más hermoso en todo aquello, la dulce fiebre

que caía de sus ojos a momentos verdes y a momentos pardos. Y su

silencio. Erdosain recuerda viajes en ferrocarril; está sentado junto a

la criatura que ha dejado caer la cabeza sobre su hombro, él enreda

los dedos en los rizos y la criatura de quince años tiembla en silencio.

Si ella supiera ahora que él proyecta matar a un hombre, ¿qué diría?

Posiblemente no entendiera esa palabra. Y Erdosain recuerda con

qué timidez de colegiala levantaba el brazo y apoyaba la mano en

sus mejillas rispidas de barba; y quizá esa felicidad que es la que él

perdió es la que se necesita para borrar del semblante humano tanto

vestigio de fealdad.

Erdosain se examina ahora con curiosidad. ¿Por qué piensa

tantas cosas? ¿Con qué derecho? ¿Desde cuándo los candidatos a

asesinos piensan? Y sin embargo, hay algo en él que le da las gracias

al Universo. ¿Consiste en humildad o en amor? No lo sabe, pero

comprende que en la incoherencia hay dulzura, se le ocurre que una

pobre alma al enloquecer abandona con gratitud los sufrimientos de

esta tierra. Y más abajo de esta piedad, una fuerza implacable, casi

irónica, le tuerce el labio con un mohín de desprecio.

Los dioses existen. Viven escondidos bajo la envoltura de ciertos

hombres que se acuerdan de la vida en el planeta cuando aún la tierra

era niña. El encierra también a un dios. ¿Es posible? Se toca la nariz,

adolorida por las trompadas que recibió de Barsut, y la fuerza

implacable insiste en esa afirmación: El lleva un dios escondido bajo

su piel doliente. ¿Pero el Código Penal ha previsto qué castigo puede

aplicarse a un dios homicida? ¿Qué diría el Juez de Instrucción si él

le contestara: «Peco porque llevo un dios en mí»?

¿Mas no es cierto? Este amor, esta fuerza que él conduce en el

amanecer, bajo la humedad de los árboles que gotean rocío en la

oscuridad, ¿no es una virtud de los dioses? Y nuevamente de la

superficie de su espíritu se desprende el relieve de aquel recuerdo:

Una ovalada carita pálida que tenía los ojos verdosos y rulos negros a

veces arrollados a la garganta por el viento. ¡Qué sencillo es esto! No

necesita decir nada, tan perfecto es su arrobamiento. Aunque nada

de improbable tendría que se hubiera vuelto loco pensando en la

colegiala bajo los árboles que gotean humedad. Si no, ¿cómo se

explica que su alma sea tan distinta a la que lo endemoniaba por la

noche? ¿O es que en la noche sólo pueden concebirse pensamientos

sombríos? Aunque así sea no importa. El es otro ahora. Sonríe junto

a los árboles. ¿No es magníficamente idiota esto? El Rufián

Melancólico, la Ciega depravada, Ergueta con el mito de Cristo, el

Astrólogo, todos estos fantasmas incomprensibles, que dicen

palabras humanas, que tienen una palabra carnal, ¿qué son junto a él

que apoyado en un poste, junto a un cerco de ligustro, siente el

avance de la vida que llega a tocarle el pecho?

Es otro hombre, y por el solo hecho de haber pensado en la

criatura que en un vagón de tren dejaba caer la cabeza sobre su

hombro. Erdosain cierra los ojos. El acre olor de la tierra le

escalofría. Un vértigo sube de su carne cansada.

Otro hombre avanza por el camino. Un silbato bronco llega

desde la estación. Otros hombres de gorra o sombrero torcido cruzan

a la distancia.

En realidad, ¿qué diablos hace allí? Erdosain guiña un párpado,

tiene conciencia de que le está haciendo trampa a Dios, de que

representa la comedia de un hombre que no ha podido desviar la

maldición de Dios. Sin embargo, ante sus ojos pasan a momentos

ráfagas de oscuridad, y una especie de embriaguez sorda se va

apoderando de sus sentidos. Quisiera violar algo. Villar el sentido

común. Si por allí hubiera una parva le prendía fuego... Algo

repugnante abotarga su rostro: son las expresiones torvas de la

locura; de pronto mira un árbol, da un salto, alcanza una rama, se

aterra a ella y prendiéndose con los pies al tronco, ayudándose con

los codos, logra encaramarse hasta la horqueta de la acacia.

Le resbalan los zapatos en la corteza lustrosa, los ramojos le

fustigan elásticamente el rostro, alarga el brazo y se coge a una rama,

asomando la cabeza por entre las hojas mojadas. La calle, abajo, sigue

en declive hacia un archipiélago de árboles.

Está arriba del árbol. Ha violado el sentido común, porque sí, sin

objeto, como quien asesina a un transeúnte que se le cruzó al paso,

para ver si luego puede descubrirlo la policía. Hacia el este, sobre lo

verdinoso del cielo, se recortan fúnebres chimeneas; luego, montes de

verdura como monstruosos rebaños de elefantes rellenan los bajos de

Bánfield, y la misma tristeza está en él. No es suficiente haber

violado el sentido común para sentirse feliz. Sin embargo, hace un

esfuerzo y dice en voz alta:

-¡Eh! bestias dormidas: ¡eh!, juro que... pero no... yo quiero violar

la ley del sentido común, tranquilos animalitos... No. Lo que quiero

es pregonar la audacia, la nueva vida. Hablo desde encima del árbol,

no estoy «en la palmera», sino en la acacia: ¡eh! bestias dormidas.

Rápidamente decrecen sus fuerzas. Mira en redor casi extrañado

de encontrarse en semejante posición, de pronto el semblante de la

remota criatura estalla en él como una flor, e inmensamente

avergonzado de la comedia que representa, baja de la planta. Está

vencido. Es un desgraciado.

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