CAPITULO TERCERO Los siete locos · Capítulo 4 de 6
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CAPITULO TERCERO

CAPITULO TERCERO

EL LÁTIGO

La treta ideada por Erdosain y llevada a cabo por el Astrólogo

tuvo éxito, y éste resolvió que el día miércoles se llevara a cabo la

primera reunión en la que se conocerían los «jefes».

El día martes, a las cuatro de la tarde, Erdosain recibió la visita

del Astrólogo, quien le avisó que el miércoles de esa semana, a las

nueve de la mañana, se reunirían los jefes en Témperley.

El Astrólogo permaneció en compañía de Erdosain unos

minutos, y cuando éste bajaba la escalera, examinando sobresaltado

su reloj, dijo a aquél:

-Caramba... son las cuatro, tengo que ir a un montón de sitios...

lo espero mañana a las nueve... ¡Ay! yo he pensado que el único que

podía desempeñar el puesto de Jefe de Industrias era usted. Bueno,

mañana conversaremos... ¡Ah!, no se olvide de presentar... mejor

dicho, de prepararse un proyecto sobre turbinas hidráulicas, un tipo

para usina de montaña, sencillo. Sería para la colonia y los trabajos

de electrometalurgia.

-¿Cuántos kilowats?

-No sé... eso debe estudiarlo usted. Habrá hornos eléctricos... en

fin, arrégleselas usted. Además, ha llegado el Buscador de Oro,

mañana él le dará detalles más concretos. Prepárese para que no lo

sorprenda el asunto. Diablo, se hace tarde... hasta mañana... -arre¬

glándose la chistera llamó a un chofer que pasaba y se acomodó en

el automóvil.

Al día siguiente, Erdosain, caminando por las veredas de

Témperley, observaba asombrado que hacía mucho tiempo que no

gozaba de una emoción de sosiego semejante.

Caminaba despacio. Aquellos túneles vegetales le daban la

sensación de un trabajo titánico y disforme. Miraba deleitado los

senderos de grano rojo en los parques, que avanzaban sus láminas

escarlatas hasta los prados, manteles verdes esmaltados de flores

violáceas, amarillas y rojas. Y si levantaba los ojos, se encontraba con

aguanosos pozales en el cénit, que le producían un vértigo de caída,

pues de pronto el cielo desaparecía en sus pupilas y le dejaba en los

ojos una negrura de ceguera, aclarándose el pensamiento en un

furtivo mariposeo de átomos de plata, que a su vez se evaporaban,

transformándose en terribles azulencos ásperos y secos, ahora en lo

alto, como cavernas de azul metileno. Y el placer que la mañana

suscitaba en él, el goce nuevo, soldaba los trozos de su personalidad,

rota por los anteriores sufrimientos del desastre, y sentía que su

cuerpo estaba ágil para toda aventura.

-Augusto Remo Erdosain -tal como si pronunciar su nombre le

produjera un placer físico, que duplicaba la energía infiltrada en sus

miembros por el movimiento.

Por las calles oblicuas, bajo los conos del sol, avanzaba sintiendo

la potencia de su personalidad flamante: Jefe de Industrias. La

frescura del camino botánico le enriquecía de grandores la

conciencia. Y esta satisfacción lo aplomaba en las calles, como a esos

muñecos de celuloide el lastre de plomo. Pensaba que se mostraría

irónico en la reunión, y un desprecio malévolo le surgía para los

débiles del mundo. El planeta era de los fuertes, eso mismo, de los

fuertes. Arrasarían al mundo y se presentarían a la canalla que se

encalla el trasero en las butacas de todas las oficinas, blindados de

grandeza, semejantes a emperadores solitarios y crueles. Se

imaginaban nuevamente en un desmesurado salón de muros

encristalados cuyo centro lo ocupaba una mesa redonda. Sus cuatro

secretarios con papeles en las manos y las plumas tras de la oreja se

acercaban a consultarle, mientras que en un rincón, con los sombreros

en las manos, inclinadas las cabezas canosas, estaban los delegados

de los obreros. Y Erdosain volviéndose hacia ellos les decía

simplemente: «O mañana vuelven al trabajo o los fusilaremos». Eso

era todo. Hablaba poco y en voz baja, y su brazo estaba fatigado de

firmar decretos. Lo mantenía en pie la ferocidad de los tiempos que

necesitaban el alma de un tigre para adornar los confines de todos

los crepúsculos de siniestros fusilamientos.

Avanzaba ahora hacia la quinta del Astrólogo con el corazón

batiente de entusiasmo, repitiéndose la frase de Lenin, como una

musiquita llena de voluptuosidad:

«-¡Qué diablo de revolución es ésta si no fusilamos a nadie!».

Al llegar a la quinta y entreabrir una de las puertas, vio venir a

su encuentro al Astrólogo, cubierto de un largo guardapolvo gris y

un sombrero de paja.

Con amistad se estrecharon fuertemente las manos al tiempo que

decía el Astrólogo:

Barsut está tranquilo, ¿sabe? Yo creo que no va a oponer mucha

resistencia para firmar el cheque. Ya llegaron esos tipos, pero

primero veremos a Barsut. ¡Que esperen, qué diablo! ¿Se da cuenta

usted de mi situación? Con ese dinero el mundo es nuestro.

Ahora habían entrado al escritorio y el Astrólogo, haciendo

girar el anillo con la piedra violeta y mirando el mapa de Estados

Unidos, prosiguió:

-Conquistaremos la tierra, realizaremos nuestra «idea»...

podemos instalar un prostíbulo en San Martín o en Ciudadela, y la

colonia de los Santos en la montaña. ¿Quién más apto para regentear

el prostíbulo que el Rufián Melancólico? Le nombraremos Gran

Patriarca Prostibulario.

Erdosain se acercó a la ventana... Los rosales vertían un perfume

potentísimo, agudo, todo el espacio se poblaba de una fragancia roja,

fresca como un caudal de agua. Moscardones de alas de cristal

revoloteaban en torno de las manchas escarlatas de los granados.

Erdosain permaneció algunos segundos así. El espectáculo lo

retrotrajo a la idéntica tarde aquella en que había estado allí, en el

mismo lugar. Y sin embargo, no se imaginaba que la noche lo

esperaba con la sorpresa de la partida de Elsa.

El verdor multiforme penetraba por sus ojos, pero él no lo veía.

Allá en el fondo de su existencia, con la mejilla apoyada en los

pezones violetas de un cuadrado pecho masculino, estaba su esposa,

lánguida, la mirada floja, los labios entreabiertos para la obscena boca

del otro.

Un pájaro pasó ante sus ojos, y Erdosain volviéndose al

Astrólogo, dijo con voz forzadamente suave:

-Hombre, haga usted lo que quiera. -Luego sentóse, encendió un

cigarrillo y observándolo al otro, que con un compás marcaba un

círculo en un mapa azul, preguntó-: ¿Pero qué piensa hacer usted?

¿El Rufián Melancólico se prestará para administrar los prostíbulos?

-Sí, de eso no hay cuidado y Barsut no va a oponer mayor

resistencia.

-¿Siempre está en la cochera?

-Me pareció prudente secuestrarlo. Lo encadené en la

caballeriza.

-¿En la caballeriza?

-Era el único lugar sólido donde lo podía guardar. Además, en

una pieza arriba de la cochera duerme el Hombre que vio a la

Partera...

-¿Qué es eso?

-Algún día le contaré. Vio la partera y no puede dormir de

noche. Bueno, yo había pensado que usted...

-¿Cómo, voy a ser el que...?

-Déjeme hablar. Que usted lo viera y tratara de convencerlo para

que firmara, en fin, que le expusiera nuestras ideas...

-Va a haber que hacerlo firmar a la fuerza...

-Pero, ¿cómo? Yo, naturalmente, soy enemigo de la violencia,

pero usted me entiende. Nuestra idea está por encima de todo

sentimentalismo, de eso es lo que usted debe enterarlo a Barsut, en

fin, que nosotros no quisiéramos vernos en la obligación de tostarle

los pies u otra cosa peor... para que nos firmara el cheque.

-¿Y usted está dispuesto?

-Sí, nosotros estamos dispuestos porque no podemos perder esta

única oportunidad. Yo contaba con su invento de la rosa de cobre,

pero eso es lento. Al Rufián Melancólico no conviene pedirle dinero.

Si no lo tiene lo pondremos en un apuro, y si lo tiene y no nos lo

quiere dar, perderemos un amigo. El hecho de que haya sido

generoso con usted no quiere decir que lo sea con nosotros. Además,

es un neurasténico que no sabe lo que da de sí.

Erdosain miraba por los cuadriláteros formados por los hierros

de la ventana, las manchas escarlatas en las copas verdes de los

granados. Una franja amarilla de sol cortaba el muro en lo alto de la

estancia. Una tristeza enorme pasó por su corazón. ¿Qué es lo que

había hecho de su vida?

El astrólogo reparó en su silencio y dijo:

-Vea, Erdosain. No nos queda otro remedio que afrontar todo o

abandonar. La vida es así, triste... ¿pero qué quiere que hagamos? Yo

también sé que lo agradable sería hacer las cosas sin sacrificios.

-Es que en este caso el sacrificio es otro...

-Y nosotros, Erdosain, y nosotros que nos jugamos la cárcel y la

libertad por tiempo indeterminado. ¿Usted no ha leído las «Vidas

Paralelas» de Plutarco?

-No...

-Pues se las voy a regalar para que leyéndolas aprenda que la

vida humana vale menos que la de un perro, si para imprimir un

nuevo rumbo a la sociedad, hay que destruir esa vida. ¿Sabe usted

cuántos asesinatos cuesta el triunfo de un Lenin o de un Mussolini?

A la gente no le interesa eso. ¿Por qué no le interesa? Porque Lenin y

Mussolini triunfaron. Eso es lo esencial, lo que justifica toda causa

injusta o justa.

-¿Y quién lo va a asesinar a Barsut?

-Bromberg, el que vio a la partera...

-Usted no me había dicho...

-Ni había objeto, porque de ese lado todo estaba resuelto.

Una ráfaga de perfume se volcó en la estancia. Se hizo nítido el

ruido del agua que caía en el tonel.

-Así que el asunto ya lo conocemos...

-Usted, yo y Bromberg...

-Demasiada gente para un secreto...

-No, porque Bromberg es mi esclavo, es esclavo de sí mismo,

que es lo peor.

-Perfectamente, pero usted me va a entregar a mí un documento

firmado en el que usted y Bromberg se confiesen autores del crimen.

-¿Y para qué quiere usted eso?

-Para estar seguro que no me engaña.

Con gesto maquinal el Astrólogo acomodó su galera, cogió su

mongólico rostro entre sus gruesos dedos, y caminó hasta el centro

de la estancia, así, con el codo apoyado en la palma de la otra mano,

y dijo:

-No tengo inconvenientes en darle lo que usted me pide, pero no

se olvide de esto. Yo vivo exclusivamente para realizar mi idea.

Vienen tiempos extraordinarios. Yo no podría explicarle todos los

prodigios que van a ocurrir porque no tengo tiempo ni ganas de

discutir. Vienen sin duda tiempos nuevos. ¿Quienes los conocerán?

Los elegidos. El día que yo encuentre un hombre capaz de

substituirme y la empresa esté encaminada, me retiraré a meditar a la

montaña. En tanto, todos los que me rodean me deben absoluta

obediencia. Esto debe entenderlo usted si no quiere seguir el camino

del otro...

-Esa no es forma de hablar.

-Sí, es forma, porque yo le voy a firmar a usted el documento

que me pide.

-No lo preciso...

-¿Va a necesitar dinero usted?

-Sí, unos dos mil pesos para...

-No me diga... Se le entregará...

-Además, no quiero tener nada que ver con el asunto de los

prostíbulos...

-Muy bien, llevará la contabilidad, pero ¿sabe ahora lo que nos

hace falta? Es descubrir un símbolo vulgar para entusiasmar al

populacho...

-Lucifer.

-No, ése es un símbolo místico... intelectual... Hay que descubrir

algo grosero y estúpido... algo que entre por los sentidos de la

multitud como la camisa negra... Ese diablo ha tenido talento.

Descubrió que la psicología del pueblo italiano era una psicología de

barbero y tenor de opereta... En fin, veremos, ya tengo pensada una

jerarquía, algo interesante... lo hablaremos otro día... puede que

resulte...

-El caso es que podamos sostenernos...

-Eso se descuenta... los prostíbulos van a dar... ¿pero va a ir a

verlo a Barsut? ¿Sabe lo que le dirá?

-Sí...

Erdosain salió en dirección a la cochera, en donde estaban

instaladas las caballerizas. Era aquélla una casona de gruesas paredes

y con piso alto donde había numerosas piezas vacías, recorridas de

ratas.

En una de ellas vivía, o mejor dicho, dormía, el siniestro

Bromberg, a quien Erdosain había visto el día del secuestro.

Comprendía que ahora iba en camino hacia un hundimiento del

cual no se imaginaba de qué forma saldría maltrecha su vida, y esta

incertidumbre así como su absoluta falta de entusiasmo por los

proyectos del Astrólogo, le causaba la impresión de que estaba

obrando en falso, creándose gratuitamente una situación absurda.

«Todo había hecho bancarrota en mí», diríase más tarde; mas

sobreponiéndose a su cansancio e indiferencia marchaba hacia la

cochera. Su corazón golpeaba fuertemente al saber que se

encontraría «con el enemigo». A instantes arrugaba el ceño y su

rencor era evidente.

Abrió el candado, descorrió la cadena y súbitamente

encurioseado empujó una de las hojas del portón.

El prisionero se disponía a comer, desnudos los brazos en el

círculo de la luz amarilla que sobre una mesa de pino extendía la

lámpara de kerosene.

Estaba Barsut sentado bajo el triángulo de la pesebrera metálica,

entre los muros de madera de un box, y al verlo a Erdosain

arrugando la frente, detuvo por un segundo la aceitera con que

regaba un trozo de carne rodeada de patatas; luego, sin decir palabra

que revelara su sorpresa, se engolfó nuevamente en su nutricio

trabajo. Alargando el brazo y cogiendo entre sus dedos una pizca de

sal espolvoreó las patatas. Guardaba compostura sombría a pesar de

que un agujero de su camiseta rosa dejaba ver su sobaco negro.

Los ojos fijos en el fiambre, certificaban que Barsut le daba más

importancia a su vianda que a Erdosain, detenido a tres pasos de allí.

El resto del establo permanecía en la oscuridad. Por los intersticios

de los muros entraban oblicuas saetas de sol que dejaban en el polvo

del suelo porosos discos de oro.

Barsut no se dignaba ver nada. Apretó el pan en la tabla de la

mesa, cortó enérgicamente una rebanada, se sirvió soda, no sin

previamente lanzar un chorro contra el piso para limpiar la boquilla,

y luego se inclinó para leer un libraco al costado de su plato,

mientras masticaba una mezcla de carne, pan y patatas.

Erdosain se apoyó en una pilastra que soportaba el techo,

mareado del olor a pasto seco, y con los ojos entrecerrados distinguió

a Barsut, que tenía medio rostro iluminado por la verdosa claridad

de la pantalla, mientras sus maxilares se movían en la luz cruda que

arrojaba el mechero de la lámpara. En estas circunstancias giró la

cabeza y distinguió un látigo colgado en la pared.

Erdosain se sobresaltó. Tenía el mango largo y la lonja corta, y

Barsut, que ahora seguía su mirada, frunció el labio

despectivamente. Erdosain miró sucesivamente al hombre y al látigo

y sonrió nuevamente. Se dirigió hacia el rincón y descolgó la fusta.

Ahora Barsut se había puesto de pie y con los ojos terriblemente fijos

en Erdosain, echaba el cuerpo afuera del box. Las venas del cuello se

le dilataron extraordinariamente. Iba a hablar, pero el orgullo le

impedía pronunciar una sola palabra. Sonó un chasquido seco.

Erdosain había descargado un rebencazo en la madera para probar la

flexibilidad del cuero, luego se encogió de hombros y la oblicua solar

que cortaba las tinieblas fue atravesada por una raya negra, y el látigo

cayó entre el pasto.

Erdosain se paseaba en silencio por el establo. Pensaba que

aquella vida estaba en sus manos, que nadie podía arrebatársela, mas

este sentimiento no lo hacía más feliz. Barsut encima de la divisoria

de madera observaba el campo soleado, por la hendija que dejaba el

portalón.

Habían cambiado los tiempos. Eso era todo. Lo miró con rencor

a Barsut:

-¿Vas a firmar el cheque o no?

Barsut se encogió de hombros y Erdosain no volvió a preguntar.

Quizás él se encontrara algún día y a esa misma hora en una celda

oscura mientras que su memoria evocaría en aquel mismo instante el

espectáculo de una cancha con piso de polvo de ladrillo, a la orilla

del río, y las raquetas reticulando el cielo, de algunas chicas jugando

al tenis. Y sin poderse contener exclamó no tanto dirigiéndose a

Barsut, como hablándose a sí mismo:

-¿Te acordás? Yo tenía para vos cara de infeliz. No hables. Y vos

no sabías lo que yo estaba sufriendo. Ni vos ni ella. Calíate. ¿Te

pensás que me interesa tu dinero? No, hombre. Lo que hay es que

estoy triste. Vos y ella me han llevado a todo esto. No sé ni por qué

hablo. Lo único que sé es que estoy cansado. Pero para qué hablar... -

Y se disponía a salir cuando el Astrólogo entró. Barsut le revisó las

manos con la mirada y el Astrólogo, removiendo la chistera en la

cabeza, tomó la lámpara, la apagó y sentándose en un cajón, dijo:

-Venía a verlo para que arregláramos esa cuestión del cheque.

Usted sabrá que por eso lo secuestramos. Claro está que yo no le

hablaría a usted de esta forma si en la libreta que le encontramos en el

bolsillo y que Erdosain quiso quemar, impidiéndolo yo, no hubiera

leído un pensamiento sencillamente formidable: «El dinero convierte

al hombre en un dios. Luego Ford, es un dios. Si es un dios puede

destruir la luna».

Aquello era mentira, pero Barsut no se conmovió.

Erdosain observaba el impenetrable rostro romboidal del

Astrólogo. Era evidente que éste estaba ejecutando una comedia y

que en ella Barsut no creía, seguro de que el otro le engañaba.

DISCURSO DEL ASTRÓLOGO

El Astrólogo continuó:

-Al principio, ese pensamiento me pareció una de las tantas

estupideces que abundan en sus divagaciones... Sin embargo,

terminé por preguntarme involuntariamente por qué el dinero puede

convertir en dios a un hombre, y de pronto me di cuenta que usted

había descubierto una verdad esencial. ¿Y sabe cómo comprobé que

usted tenía razón? Pues pensando que Henry Ford con su fortuna

podía comprar la suficiente cantidad de explosivo como para hacer

saltar en pedazos un planeta como la luna. Su postulado se

justificaba.

-Ciertamente -rezongó Barsut, halagado en su fuero interno.

-Entonces me di cuenta que toda la antigüedad clásica, que los

escritores de todos los tiempos, salvo usted que había escrito esta

verdad sin saber explotarla, no habían concebido jamás que hombres

como Ford, Rockefeller o Morgan fueran capaces de destruir la

luna... tuvieran ese poder... poder que, como le digo, las mitologías

sólo pudieron atribuir a un dios creador. Y usted, implícitamente,

sentaba de hecho un principio: el comienzo del reinado del

superhombre.

Barsut volvió la cabeza para examinar el Astrólogo. Erdosain

comprendió que éste hablaba seriamente.

-Ahora bien, cuando llegué a la conclusión de que Morgan,

Rockefeller y Ford eran por el poder que les confería el dinero algo

así como dioses, me di cuenta que la revolución social sería

imposible sobre la tierra porque un Rockefeller o un Morgan podían

destruir con un solo gesto una raza, como usted en su jardín un nido

de hormigas.

-Siempre que tuvieran el coraje de hacerlo.

-¿El coraje? Yo me pregunté si era posible que un dios

renunciara a sus poderes... Me pregunté si un rey del cobre o del

petróleo llegaría a dejarse despojar de sus flotas, de sus montañas, de

su oro y de sus pozos, y me di cuenta que para privarse de ese

fabuloso mundo había que tener la espiritualidad de un Buda o de

un Cristo... y que ellos, los dioses que disponían de todas las

fuerzas, no permitirían jamás su exacción. En consecuencia, tendría

que acontecer algo enorme.

-No lo veo... Yo escribí ese pensamiento guiado por otros

móviles.

-Interesa poco. Lo enorme es esto: La humanidad, las

multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me

refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los

hombres van a decir: «¿Para qué queremos la vida?...» Nadie tendrá

interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la

ciencia ha cercenado toda fe. Y en el momento que se produzca tal

fenómeno, reaparecerá sobre la tierra una peste incurable... la peste

del suicidio... ¿Se imagina usted un mundo de gentes furiosas, de

cráneo seco, moviéndose en los subterráneos de las gigantescas

ciudades y aullando a las paredes de cemento armado: «¿Qué han

hecho de nuestro dios?...» ¿Y las muchachitas y las escolares

organizando sociedades secretas para dedicarse al sport del

suicidio? ¿Y los hombres negándose a engendrar hijos que el iluso

Berthelot creía que se alimentarían con pastillas sintéticas?...

-Es mucho suponer -dijo Erdosain.

El Astrólogo se volvió hacia él, asombrado. Le había olvidado.

-Claro, no sucederá mientras los hombres no reparen en qué se

funda su desdicha.

Eso es lo que ha pasado en realidad con los movimientos

revolucionarios de carácter económico. El judaismo acercó sus narices

al Debe y al Haber del mundo y dijo: «La felicidad está en quiebra

porque el hombre carece de dinero para subvenir a sus

necesidades...» Cuando debió decir que: «La felicidad está en quiebra

porque el hombre carece de dioses y de fe».

-¡Pero usted se contradice! Antes dijo que... -objetó Erdosain.

-Cállese, ¿qué sabe?... Y pensando, llegué a la conclusión de que

ésa era la enfermedad metafísica y terrible de todo hombre. La

felicidad de la humanidad sólo puede apoyarse en la mentira

metafísica... Privándole de esa mentira recae en las ilusiones de

carácter económico..., y entonces me acordé que los únicos que podían

devolverle a la humanidad el paraíso perdido eran los dioses de carne

y hueso: Rockefeller, Morgan, Ford... y concebí un proyecto que

puede aparecer fantástico a una mente mediocre... Vi que el callejón

sin salida de la realidad social tenía una única salida... y era volver

para atrás.

Barsut, cruzándose de brazos, se había sentado a la orilla de la mesa.

Sus pupilas verdes estaban tiesas en el Astrólogo, que, con el

guardapolvo abotonado hasta la garganta y el pelo revuelto, pues se

había quitado el sombrero, caminaba de un extremo a otro de la

cochera, apartando con la punta de un botín los tallos de pasto seco

que sembraban el suelo. Erdosain, apoyado de espaldas contra un

poste, observaba el semblante de Barsut, que lentamente se iba

impregnando de atención irónica, casi malévola, como si las palabras

que decía el Astrólogo sólo befa merecieran. Este, como si se

escuchara a sí mismo, caminaba, se detenía, a instantes se mesaba el

cabello. Dijo:

-Sí, llegará un momento en que la humanidad escéptica,

enloquecida por los placeres, blasfema de impotencia, se pondrá tan

furiosa que será necesario matarla como a un perro rabioso...

-¿Qué es lo que dice?...

-Será la poda del árbol humano... una vendimia que sólo ellos,

los millonarios, con la ciencia a su servicio, podrán realizar. Los

dioses, asqueados de la realidad, perdida toda ilusión en la ciencia

como factor de felicidad, rodeados de esclavos tigres, provocarán

cataclismos espantosos, distribuirán las pestes fulminantes... Durante

algunos decenios el trabajo de los superhombres y de sus servidores

se concretará a destruir al hombre de mil formas, hasta agotar el

mundo casi... y sólo un resto, un pequeño resto será aislado en algún

islote, sobre el que se asentarán las bases de una nueva sociedad.

Barsut se había puesto de pie. Con el entrecejo fiero, y las

manos metidas en los bolsillos del pantalón, se encogió de hombros,

preguntando:

-¿Pero es posible que usted crea en la realidad de esos

disparates?

-No, no son disparates, porque yo los cometería aunque fuera

para divertirme.

Y continuó:

-Desdichados hay que creer en ellos..., y eso es suficiente... Pero

he aquí mi idea: esa sociedad se compondrá de dos castas, en las que

habrá un intervalo... mejor dicho, una diferencia intelectual de treinta

siglos. La mayoría vivirá mantenida escrupulosamente en la más

absoluta ignorancia, circundada de milagros apócrifos, y por lo tanto

mucho más interesantes que los milagros históricos, y la minoría será

la depositaría absoluta de la ciencia y del poder. De esa forma queda

garantizada la felicidad de la mayoría, pues el hombre de esta casta

tendrá relación con el mundo divino, en el cual hoy no cree. La

minoría administrará los placeres y los milagros para el rebaño, y la

edad de oro, edad en la que los ángeles merodeaban por los caminos

del crepúsculo y los dioses se dejaron ver en los claros de luna, será

un hecho.

-Pero eso es monstruoso en sí. Eso no puede ser.

-¿Por qué? Yo sé que no puede ser, pero hay que proceder como

si fuera factible.

-Esa desproporción... la ciencia...

-¡Qué ciencia ni ciencia! ¿Acaso usted sabe para qué sirve la

ciencia? ¿Usted no se burla en su pensamiento de los sabios y los

llama «infatuados de los perecedero»?

-Veo que usted se ha leído esas pavadas.

-Claro. No hay que contradecir porque sí a la gente. Y la

desproporción monstruosa que usted advierte en mi sociedad existe

actualmente en nuestra sociedad, pero a la inversa. Nuestros

conocimientos, quiero decir nuestras mentiras metafísicas, están en

pañales, mientras que nuestra ciencia es un gigante... y el hombre,

criatura doliente, soporta en él este desequilibrio espantoso... De un

lado lo sabe todo... del otro lo ignora todo. En mi sociedad la mentira

metafísica, el conocimiento práctico de un dios maravilloso será el

fin..., el todo que rellenará la ciencia de las cosas, inútil para la

felicidad interior, será en nuestras manos un medio de dominio,

nada más. Y no discutamos esto, porque es superfluo. Se ha

inventado casi todo pero no ha inventado el hombre una máxima de

gobierno que supere a los principios de un Cristo, un Buda. No.

Naturalmente, no le discutiré el derecho al escepticismo, pero el

escepticismo es un lujo de minoría... Al resto le serviremos la

felicidad bien cocinada y la humanidad engullirá gozosamente la

divina bazofia.

-¿Le parece a usted posible?

El Astrólogo se detuvo un momento. Ahora hacía girar el anillo

de acero con la piedra violeta, se lo quitó del dedo para observar su

interior; luego, acercándose a Barsut, pero con un gesto de

extrañeza, como el de un hombre cuya imaginación está distante de

la realidad, repuso:

-Sí, todo lo que imagina la mente del hombre puede ser

realizado dentro de los tiempos. ¿No ha impuesto ya Mussolini la

enseñanza religiosa en Italia? Le cito esto como una prueba de la

eficacia del bastón en la espalda de los pueblos. La cuestión es

apoderarse del alma de una generación... El resto se hace solo.

-¿Y la idea?

-Aquí llegamos... Mi idea es organizar una sociedad secreta, que

no tan sólo propague mis ideas, sino que sea una escuela de futuros

reyes de hombres. Ya sé que usted me dirá que han existido

numerosas sociedades secretas... y es cierto..., todas desaparecieron

porque carecían de bases sólidas, es decir, que se apoyaban en un

sentimiento en una idealidad política o religiosa, con exclusión de

toda realidad inmediata. En cambio, nuestra sociedad se basará en un

principio más sólido y moderno: el industrialismo, es decir, que la

logia tendrá un elemento de fantasía, si así se quiere llamar a todo lo

que le he dicho, y otro elemento positivo: la industria, que dará

como consecuencia el oro.

El tono de su voz se hizo más bronco. Una ráfaga de ferocidad

ponía cierta desviación de astigmatismo en su mirada. Movió la

greñuda cabeza a diestra y siniestra, como si le punzara el cerebro la

agudeza de una emoción extraordinaria, apoyó las manos en los

ríñones y reanudando el ir y venir, repitió:

-¡ Ah! el oro... el oro... ¿Sabe cómo lo llamaban los antiguos

germanos al oro? El oro rojo... el oro... ¿Se da cuenta usted? No abra

la boca. Satanás. Dése cuenta, jamás, jamás ninguna sociedad secreta

trató de efectuar una tal amalgama. El dinero será la soldadura y el

lastre que le concederá a las ideas el peso y la violencia necesarias

para arrastrar a los hombres. Nos dirigiremos en especial a las

juventudes, porque son más estúpidas y entusiastas. Les

prometeremos el imperio del mundo y del amor... Les prometeremos

todo... ¿me comprende usted?... y les daremos uniformes vistosos,

túnicas esplendentes... capacetes con plumajes de variados colores...

pedrerías... grados de iniciación con nombres hermosos y jerarquías...

Y allá en la montaña levantaremos el templo de cartón... Eso será

para imprimir una cinta... No. Cuando hayamos triunfado

levantaremos el templo de las siete puertas de oro...

Tendrá columnas de mármol rosado y los caminos para llegar a él

estarán enarenados con granos de cobre. En torno construiremos

jardines... y allá irá la humanidad a adorar el dios vivo que hemos

inventado.

-Pero el dinero..., el dinero para hacer todo eso..., los millones...

A medida que el Astrólogo hablaba, el entusiasmo de éste se

contagiaba a Erdosain. Se había olvidado de Barsut, aunque éste se

encontraba frente a él. Sin poderlo evitar, evocaba una tierra de

posible renovación. La humanidad viviría en perpetua fiesta de

simplicidad, ramilletes de estroncio tachonarían la noche de cascadas

de estrellas rojas, un ángel de alas verdosas soslayaría la cresta de

una nube, y bajo las botánicas arcadas de los bosques se deslizarían

hombres y mujeres, envueltos en túnicas blancas, y limpio el

corazón de la inmundicia que a él lo apestaba. Cerró los ojos, y el

semblante de Elsa se deslizó por su memoria, mas no despertó

ningún eco, porque la voz del Astrólogo llenaba la cochera de esta

réplica salvaje:

-¿Así que le interesa de dónde sacaremos los millones? Es fácil.

Organizaremos prostíbulos. El Rufián Melancólico será el Gran

Patriarca Prostibulario... todos los miembros de la logia tendrán

interés en las empresas... Explotaremos la usura... la mujer, el niño, el

obrero, los campos y los locos. En la montaña... será en el Campo

Chileno... colocaremos lavaderos de oro, la extracción de metales se

efectuará por electricidad. Erdosain ya calculó una turbina de 500

caballos. Prepararemos el ácido nítrico reduciendo el nitrógeno de la

atmósfera con el procedimiento del arco voltaico en torbellino y

tendremos hierro, cobre y aluminio mediante las fuerzas

hidroeléctricas. ¿Se da cuenta? Llevaremos engañados a los obreros,

y a los que no quieran trabajar en las minas los mataremos a

latigazos. ¿No sucede eso hoy en el Gran Chaco, en los yerbales y en

las explotaciones de caucho, café y estaño? Cercaremos nuestras

posesiones de cables electrizados y compraremos con una pera de

agua a todos los polizontes y comisarios del Sur. El caso es empezar,

ya ha llegado el Buscador de Oro. Encontró placeres en el Campo

Chileno, vagando con una prostituta llamada la Máscara. Hay que

empezar. Para la comedia del dios elegiremos un adolescente... Mejor

será criar un niño de excepcional belleza, y se le educará de él por

todas partes, pero con misterio, y la imaginación de la gente

multiplicará su prestigio. ¿Se imagina usted lo que dirán los papana¬

tas de Buenos Aires cuando se propague la murmuración de que

allá en las montañas del Chubut, en un templo inaccesible de oro y

de mármol, habita un dios adolescente... un fantástico efebo que

hace milagros?

-¡Sabe que sus disparates son interesantes!

-¿Disparates? ¿No se creyó en la existencia del plesiosauro que

descubrió un inglés borracho, el único habitante del Neuquén a

quien la policía no deja usar revólver por su espantosa puntería?...

¿No creyó la gente de Buenos Aires en los poderes sobrenaturales de

un charlatán brasileño que se comprometía a curar milagrosamente

la parálisis de Orfilia Rico? Aquél sí que era un espectáculo grotesco

y sin pizca de imaginación. E innumerables badulaques lloraban a

moco tendido cuando el embrollón enarboló el brazo de la enferma,

que todavía está tullido, lo cual prueba que los hombres de ésta y de

todas las generaciones tienen absoluta necesidad de creer en algo.

Con la ayuda de algún periódico, créame, haremos milagros. Hay

varios diarios que rabian por venderse o explotar un asunto

sensacional. Y nosotros les daremos a todos los sedientos de

maravillas un dios magnífico, adornado de relatos que podemos

copiar de la Biblia... Una idea se me ocurre: anunciaremos que el

mocito es el Mesías pronosticado por los judíos... Hay que pensarlo...

Sacaremos fotografías del dios de la selva... Podemos imprimir una

cinta cinematográfica con el templo de cartón en el fondo del bosque,

el dios conversando con el espíritu de la Tierra.

-¿Pero usted es un cínico o un loco?

Erdosain lo miró malhumorado a Barsut. ¿Era posible que fuera

tan imbécil e insensible a la belleza que adornaba los proyectos del

Astrólogo? Y pensó: «Esta mala bestia le envidia su magnífica locura

al otro. Esa es la verdad. No quedará otro remedio que matarlo».

-Las dos cosas, y elegiremos un término medio entre

Krisnamurti y Rodolfo Valentino... pero más místico, una criatura

que tenga un rostro extraño simbolizando el sufrimiento del mundo.

Nuestras cintas se exhibirán en los barrios pobres, en el arrabal. ¿Se

imagina usted la impresión que causará al populacho el espectáculo

del dios pálido resucitando a un muerto, el de los lavaderos de oro

con un arcángel como Gabriel custodiando las barcas de metal y

prostitutas deliciosamente ataviadas dispuestas a ser las esposas del

primer desdichado que llegue? Van a sobrar solicitantes para ir a

explotar la ciudad del Rey del Mundo y a gozar de los placeres del

amor libre... De entre esa ralea elegiremos los más incultos... y allá

abajo les doblaremos bien el espinazo a palos, haciéndolos trabajar

veinte horas en los lavaderos.

-Yo lo creía a usted obrerista.

-Cuando converse con un proletario seré rojo. Ahora converso

con usted, y a usted le digo: Mi sociedad está inspirada en aquella

que a principios del siglo noveno organizó un bandido persa

llamado Abdala-Aben-Maimum. Naturalmente, sin el aspecto

industrial que yo filtro en la mía, y que forzosamente garantía su

éxito. Maimum quiso fusionar a los librepensadores, aristócratas y

creyentes de dos razas tan distintas como la persa y la árabe, en una

secta en la que implantó diversos grados de iniciación y misterios.

Mentían descaradamente a todo el mundo. A los judíos les prometían

la llegada del Mesías, a los cristianos la del Paracleto, a los

musulmanes la del Madhi... de tal manera que una turba de gente de

las más distintas opiniones, situación social y creencias trabajaban

en pro de una obra cuyo verdadero fin era conocido por muy pocos.

De esta manera Maimum esperaba llegar a dominar por completo el

mundo musulmán. Excuso decirle que los directores del

movimiento eran unos cínicos estupendos, que no creían

absolutamente en nada. Nosotros les imitaremos. Seremos

bolcheviques, católicos, fascistas, ateos, militaristas, en diversos

grados de iniciación.

-Usted es el rufián más descarado que he conocido... Si tuviera

éxito...

Barsut experimentaba un singular placer en insultarlo al

Astrólogo. Y es que no quería reconocer que era inferior al otro.

Además, había algo que le humillaba profundamente, parecerá

mentira, pero le indignaba pensar que Erdosain fuera amigo y

gozara de la intimidad de hombre semejante. Y se decía: «¿Cómo es

posible que este imbécil haya llegado a ser amigo de tal hombre?» Y

por ese motivo sentía que en su interior no había mala razón que no

contradijera las palabras del Astrólogo.

-Lo tendremos, ya que está el cebo del oro. Los resultados de

nuestra organización se verán por los balances que arrojen los

negocios que emprendamos. Los prostíbulos serán una fuente de

dinero. Erdosain ha ideado un aparato que permitirá controlar

diariamente el número de visitas que reciba cada pupila. Esto sin

contar con las donaciones, una nueva industria que pensamos

explotar: la rosa de cobre, que ha inventado Erdosain. Ahora usted

se puede explicar por qué lo hemos secuestrado.

-¿Qué hacemos con la explicación si estoy preso?

En aquel instante, Erdosain se observó a sí mismo de lo

singular que resultaba el hecho de que Barsut en ningún momento le

amenazara al Astrólogo con represalias para el momento en que se

encontrara libre, lo que le hizo decirse: «Hay que andar con cuidado

con este Judas, es capaz de vendernos, no por su plata, sino por

envidia». El Astrólogo continuó:

-Su dinero nos servirá para instalar un lenocinio, organizar el

pequeño contingente y comprar y herramientas, instalación de

radiotelegrafía y otros elementos para el lavadero de oro.

-¿Y usted no admite que puede equivocarse?

-Sí... ya lo he pensado, pero procedo como si estuviera en lo

cierto. Además, una sociedad secreta es como una enorme caldera. El

vapor que produce puede mover una grúa como un ventilador...

-¿Y usted no admite que puede equivocarse?

-Sí... ya lo he pensado, pero procedo como si estuviera en lo

cierto. Además, una sociedad secreta es como una enorme caldera. El

vapor que produce puede mover una grúa como un ventilador...

-¿Y usted qué es lo que quiere mover?

-Una montaña de carne inerte. Nosotros los pocos queremos,

necesitamos los espléndidos poderes de la tierra. Dichosos de

nosotros si con nuestras atrocidades podemos aterrorizar a los

débiles e inflamar a los fuertes. Y para ello es necesario crearse la

fuerza, revolucionar las conciencias, exaltar la barbarie. Ese agente

de fuerza misteriosa y enorme que suscitará todo eso será la

sociedad. Instauraremos los autos de fe, quemaremos vivos en las

plazas a los que no crean en Dios. ¿Cómo es posible que la gente no

se haya dado cuenta de la extraordinaria belleza que hay en ese

acto... en el de quemar vivo a un nombre? Y por no creer en Dios, ¿se

da cuenta usted?, por no creer en Dios. Es necesario, compréndame,

es absolutamente necesario que una religión sombría y enorme

vuelva a inflamar el corazón de la humanidad. Que todos caigan de

rodillas al paso de un santo, y que la oración del más ínfimo

sacerdote encienda un milagro en el cielo de la tarde. ¡Ah, si usted

supiera cuántas veces lo he pensado! Y lo que me alienta es saber que

la civilización y la miseria del siglo han desequilibrado a muchos

hombres. Estos locoides que no encuentran rumbos en la sociedad

son fuerzas perdidas. En el más ignominioso café de barrio, entre dos

simples y un cínico va a encontrar usted tres genios. Estos genios no

trabajan, no hacen nada... Convengo con usted en que son genios de

hojalata... Pero esa hojalata es una energía que bien utilizada puede

ser la base de un movimiento nuevo y poderoso. Y éste es el

elemento que yo quiero emplear.

-¿Manager de locos?...

-Esa es la frase. Quiero ser manager de locos, de los

innumerables genios apócrifos, de los desequilibrados que no tienen

entrada en los centros espiritistas y bolcheviques... Estos imbéciles...

y yo se lo digo porque tengo experiencia... bien engañados..., lo

suficiente recalentados, son capaces de ejecutar actos que le pondrían

a usted la piel de gallina. Literatos de mostrador. Inventores de

barrio, profetas de parroquia, políticos de café y filósofos de centros

recreativos serán la carne de cañón de nuestra sociedad.

Erdosain sonreía. Luego, sin mirar al encadenado, dijo:

-Usted no conoce la inaguantable insolencia de los fronterizos

del genio...

-Sí, mientras no se los comprende, ¿no es verdad. Barsut?

-No me interesa.

-Es que a usted debe interesarle porque va a ser de los nuestros.

Yo opino esto. Si a un fronterizo se le discute que no es un genio,

toda la insolencia y la grosería de este incomprendido se levanta

injuriosa ante usted. Pero elogie sistemáticamente a un monstruo del

amor propio, y ese mismo sujeto que lo hubiera asesinado a la menor

contradicción se convierte en su lacayo. Lo que debe saber es

suministrarles una mentira suficientemente dosificada. Inventor o

poeta, será su criado.

-¿Usted también se cree genio? -estalló iracundo Barsut.

-Yo también me creo genio... Claro que lo creo... pero cinco

minutos y una sola vez al día..., aunque poco me interesa serlo o no.

Las frases importan poco a los predestinados a realizar. Son los

fronterizos del genio los que engordan con palabras inútiles. Yo me

he planteado este problema que nada tiene que ver con mis

condiciones intelectuales. ¿Puede hacerse felices a los hombres? Y

empiezo por acercarme a los desgraciados, darles por objetivo de sus

actividades una mentira que los haga felices inflando su vanidad..., y

estos pobres diablos que abandonados a sí mismos no hubieran

pasado de incomprendidos, serán el precioso material con que

produciremos la potencia... el vapor...

-Usted se va por las ramas. Yo le pregunto qué fin personal

persigue usted al querer organizar la sociedad.

-Su pregunta es estúpida. ¿Para qué inventó Einstein su teoría?

Bien puede el mundo pasarse sin la teoría de Einstein. ¿Sé yo acaso si

soy un instrumento de las fuerzas superiores, en las que no creo una

palabra? Yo no sé nada. El mundo es misterioso. Posiblemente yo no

sea nada más que el sirviente, el criado que prepara una hermosa

casa en la que ha de venir a morir el Elegido, el Santo.

Barsut sonrió imperceptiblemente. Aquel hombre hablando del

Elegido con su oreja arrepollada, su melena hirsuta y delantal de

carpintero le causaba una impresión irónica, indefinible. ¿Hasta qué

punto fingía aquel bribón? Y lo curioso es que no podía irritarse

contra él, lo dominaba del hombre una sensación imprecisa, lo que le

decía no era inesperado, sino que hasta parecía haber escuchado

aquellas frases, con el mismo tono de voz, en otra circunstancia

distante, como perdida en el gris paisaje de un sueño.

La voz del Astrólogo se hizo menos imperiosa.

-Créame, siempre ocurre así en los tiempos de inquietud y

desorientación. Algunos pocos se anticipan con un presentimiento de

que algo formidable debe ocurrir... Esos intuitivos, yo formo parte de

ese gremio de expectantes, se creen en el deber de excitar la

conciencia de la sociedad..., de hacer algo aunque ese algo sean

disparates. Mi algo en esta circunstancia es la sociedad secreta. ¡Gran

Dios! ¿Sabe acaso el hombre la consecuencia de sus actos? Cuando

pienso que voy a poner en movimiento un mundo de títeres..., títeres

que se multiplicarán, me estremezco, hasta llego a pensar que lo que

puede ocurrir es tan ajeno a mi voluntad como lo serían a la voluntad

del dueño de una usina las bestialidades que ejecutara en el tablero

un electricista que se hubiera vuelto repentinamente loco, Y a pesar

de ellos siento la imperiosa necesidad de poner en marcha esto, de

reunir en un solo manojo la disforme potencia de cien psicologías

distintas, de armonizarlas mediante el egoísmo, la vanidad, los

deseos y las ilusiones, teniendo como base la mentira y como

realidad el oro..., el oro rojo...

-Usted está en lo cierto... Usted va a triunfar.

-Bueno, ¿qué es ahora lo que espera de mí? -replicó Barsut.

-Ya le dije antes. Que nos firme el cheque por diecisiete mil pesos.

A usted le quedarán tres mil. Con eso puede irse al diablo. El resto se

lo pagaremos en cuotas mensuales con lo que rindan los prostíbulos

y los lavaderos.

-¿Y saldré de aquí?

-En cuanto cobremos el cheque.

-¿Y cómo me prueba usted de que ésas son sus verdades?

-Ciertas cosas no se prueban... Pero ya que usted me pide una

prueba, le diré: Si usted se niega a firmarme el cheque lo haré

torturar por el Hombre que vio a la Partera, y después que me haya

firmado el cheque lo mataré...

Barsut levantó sus ojos descoloridos, y ahora su rostro con barba

de tres días parecía envuelto en una neblina de cobre. ¡Matarlo! La

palabra no le causó ninguna impresión. En ese momento carecía de

sentido para él. Además, la vida le importaba tan poco... Hacía

mucho tiempo que aguardaba una catástrofe; ésta se había

producido, y en vez de sentirse acosado por el terror encontraba en

el interior de si mismo una indiferencia cínica que se encogía de

hombros ante cualquier destino. El Astrólogo continuó:

-Mas no quisiera llegar a eso... Lo que yo quisiera es contar con

su ayuda personal... que usted se interesara en nuestros proyectos.

Créame, nosotros estamos viviendo en una época terrible. Aquel que

encuentre la mentira que necesita la multitud será el Rey del Mundo.

Todos los hombres viven angustiados... El catolicismo no satisface a

nadie, el budismo no se presta para nuestro temperamento estragado

por el deseo de gozar. Quizá hablemos de Lucifer y de la Estrella de

la Tarde. Usted le agregará a nuestro sueños toda la poesía que ellos

necesitan, y nos dirigiremos a los jóvenes... ¡Oh!, es muy grande

esto... muy grande...

El Astrólogo se dejó caer sobre el cajón. Estaba extenuado.

Enjugóse el sudor de la frente con un pañuelo a cuadros como el de

los labriegos, y los tres permanecieron un instante en silencio.

De pronto Barsut dijo:

-Sí, tiene usted razón, esto es muy grande. Suélteme, que le

firmaré el cheque.

Había pensado que todas las palabras del Astrólogo eran

mentiras, y aquello casi le perdió.

El Astrólogo se levantó caviloso:

-Perdón, yo le pondré a usted en libertad después que haya

cobrado el cheque. Hoy es miércoles. Mañana a mediodía puede

estar usted en libertad, pero nuestra casa sólo la podrá abandonar

dentro de dos meses -dijo esto porque reparó que el otro no creía en

sus proyectos-. ¿Para esta tarde no necesita algo?

-No.

-Buenos, hasta luego.

-Pero ¿se va así?... Quédese...

-No. Estoy cansado. Necesito dormir un rato. Esta noche vendré

y charlaremos otro poco. ¿Quiere cigarrillos?

-Bueno.

Salieron de la caballeriza.

Barsut se recostó en su lecho de pasto seco, y encendiendo un

cigarrillo lanzó algunas bocanadas de humo que en la oblicua de una

aguja de sol destrenzaban sus maravillosos caracoles de azul acero.

Ahora que estaba solo su pensamiento se ordenaba cordialmente, y

hasta se dijo:

«¿Por qué no ayudarlo a «ése»? El proyecto que tiene de la

colonia es interesante, y ahora me explico por qué ese bestia de

Erdosain le tiene tanta admiración. Cierto es que me habré quedado

en la calle... quizá sí, quizá no... mas de una forma o de otra había que

terminar». Y entrecerró los ojos para meditar en el futuro.

El Astrólogo, con la galera echada sobre los ojos, se volvió a

Erdosain y dijo:

-Barsut cree que nos ha engañado. Mañana, después de cobrar el

cheque, tendremos que ejecutarlo...

-No, tendrá que ejecutarlo...

-No tengo inconveniente... pero qué le vamos a hacer. En

libertad ese envidioso nos denunciaría inmediatamente. ¡Y él cree

que estamos locos! Y efectivamente lo estaríamos si los dejáramos

con vida.

Se detuvieron junto a la casa. Arriba unas nubes achocolatadas

avanzaban rápidamente en lo celeste su dentellado relieve.

-¿Quién lo va a asesinar?

-El Hombre que vio a la Partera.

-Sabe que no es muy agradable morir con el verano en puerta...

-Así no más es...

-¿Y el cheque?

-Lo cobrará usted.

-¿No tiene usted miedo que me escape?

-No, por el momento no.

-¿Por qué?

-Porque no. Usted más que nadie necesita que la sociedad

resulte para desaburrirse. Si usted es mi cómplice, es precisamente

por eso... por aburrimiento, por angustia.

-Puede ser. Mañana, ¿a qué hora nos veremos?

-Este... a las nueve en la estación. Yo le llevaré el cheque. A

propósito, ¿tiene cédula de identidad?

-Sí.

-Entonces no hay nada que temer. ¡Ah! una cosa. Le recomiendo

que hable poco en la reunión y fríamente.

-¿Están todos?

-Sí.

-¿También el Buscador de Oro?

-Sí.

Apartando los ramojos que les castigaban los rostros,

avanzaron hacia la glorieta. Era éste un quiosco fabricado con

alfajías, y en los rombos de madera prendían sus tallos verdes los

crecimientos de una madreselva cargada de campánulas violetas y

blancas.

LA FARSA

Al entrar, el círculo de hombres se puso de pie, mas Erdosain se

detuvo estupefacto al observar entre los reunidos un oficial del

ejército con el uniforme de mayor.

Estaban allí el Buscador de Oro, Haffner, un desconocido y el

Mayor. Los dos primeros de codos en la mesa. Haffner releyendo

unos papeles en blanco, y el Buscador de Oro con un mapa frente a él.

Un pedrusco precintado impedía que el viento se llevara el dibujo. El

Rufián estrechó la mano de Erdosain y éste se sentó a su lado,

poniéndose a observar al Mayor, que bruscamente había despertado

toda su curiosidad. Realmente el Astrólogo era maestro en sorpresas.

Sin embargo, el desconocido le produjo mala impresión.

Era éste un hombre de elevada estatura, lívido y ojos renegridos.

Había en él algo de repugnante, y era el labio inferior replegado en

un continuo mohín de desprecio, la nariz larga y arqueada, arrugada

sobre el ceno por tres muescas transversales. Un sedoso bigote caía

sobre sus labios rojos y su mirada apenas se fijó en Erdosain, pues ni

bien fue presentado a él se dejó caer en una hamaca, permaneciendo

así con la cabeza apoyada en un respaldar, la espada entre las rodillas

y un alón de cabello pegado a su frente plana.

Y durante unos minutos todos permanecieron en silencio,

observándose con evidente malestar. El Astrólogo, sentado a un

costado de la entrada de la glorieta, encendió un cigarrillo

observando oblicuamente a los «jefes». Así se les llamó en una

reunión posterior. De pronto levantó la cabeza mirando a los otros

cinco hombres que estaban frente a la cabecera de la mesa, y dijo:

-No creo necesario que volvamos a repetir lo que todos

conocemos y hemos convenido en reuniones particulares..., es decir.

la organización de una sociedad secreta cuyo sostenimiento se

efectuará mediante comercios morales o inmorales. En esto estamos

todos de acuerdo, ¿no? ¿Qué les parece a usted (a mí me gusta la

geometría) que llamemos «células» a los distintos jefes radiales de la

sociedad?

-Así se llaman en Rusia -dijo el Mayor-. Los componentes de

cada célula no podrán conocer a los miembros de otra.

-¿Cómo..., los jefes no se conocerán entre sí?

-Los que no se conocerán, insisto, no son los jefes, sino los

socios.

El Buscador de Oro interrumpió:

-Así no va a ser posible hacer nada. ¿Qué es lo que liga a los

miembros de las distintas células?

-Pero si la sociedad somos nosotros seis.

-No, señor... la sociedad soy yo -objetó el Astrólogo-. Hablando

seriamente, les diré que la sociedad son todos..., siempre con

restricciones por lo que me atañe.

Intervino el Mayor:

-Creo que la discusión no tiene objeto, porque según tengo

entendido extistirá un escalafón perfectamente establecido. Cada

ascenso pondrá al miembro de célula en contacto con un jefe nuevo.

Habrá tantos ascensos así como jefes de células.

-¿A cuántas asciende por el momento las células?

-Son cuatro. Yo estaré encargado de todo -continuó el Astrólogo-

. Usted, Erdosain, Jefe de Industrias; el Buscador de Oro -un joven

que estaba en el ángulo de la mesa, inclinó la cabeza-, tendrá a su

cargo las Colonias y Minas; el Mayor ramificará nuestra sociedad en

el ejército, y Haffner será el Jefe de los Prostíbulos.

Haffner se levantó exclamando:

-Perdón, yo no seré jefe de nada. Estoy aquí como podría estar en

cualquier parte. Lo único que hago en obsequio de ustedes es darles

un presupuesto y nada más. Si les molesto me puedo retirar.

-No, quédese -rectificó el Astrólogo.

El Rufián Melancólico volvió a sentarse y a trazar garabatos con

un lápiz en el papel. Erdosain admiró su insolencia.

Pero fuera de toda duda allí el que centralizaba la atención y

curiosidad de todos era el Mayor, con el prestigio de su uniforme y

lo extraño de su sociedad.

El Buscador de Oro se volvió hacia él:

-¿Cómo es eso? ¿Usted tiene esperanza de filtrar nuestra

sociedad en el ejército?

Todos se habían incorporado en los sillones. Era aquello la

sorpresa de la reunión, el golpe de efecto preparado en silencio.

Indudablemente, el Astrólogo tenía toda la pasta de un jefe. Lo

lamentable era que siempre guardara el secreto de sus

procedimientos. Pero Erdosain sentíase orgulloso de compartir una

complicidad con él. Ahora todos se habían incorporado en sus

asientos para escuchar al Mayor. Este observó al Astrólogo, y luego

dijo:

-Señores, yo les hablaré con palabras bien pesadas. Si no, no

estaría aquí. Ocurre lo siguiente: Nuestro ejército está minado de

oficiales descontentos. No vale la pena de enumerar los motivos, ni a

ustedes les interesarán. Las ideas de «dictadura» y los

acontecimientos políticos militares de estos últimos tiempos, me

refiero a España y a Chile, han hecho pensar en muchos de mis

camaradas que nuestro país podría ser también terreno próspero

para una dictadura.

El asombro más extraordinario abría las bocas de todos. Aquello

era lo inesperado.

El Buscador de Oro replicó:

-¿Pero usted cree que el ejército argentino... digo... los oficiales,

aceptarán nuestras ideas?

-Claro que las aceptarán..., siempre que ustedes sepan

ordenarlas. Desde ya puedo anticiparles que son más numerosos de

lo que ustedes creen los oficiales desengañados de las teorías

democráticas, incluso el parlamento. No me interrumpa, señor. El

noventa por ciento de los diputados de nuestro país son inferiores

en cultura a un teniente primero de nuestro ejército. Un político que

ha sido acusado de haber intervenido en el asesinato de un goberna¬

dor ha dicho con mucho acierto: «Para gobernar un pueblo no se

necesitan más aptitudes que las de un capataz de estancia». Y ese

hombre ha dicho la verdad refiriéndose a nuestra América.

El Astrólogo se restregaba las manos con evidente satisfacción.

El Mayor continuó, fijas las miradas de todos en él:

-El ejército es un estado superior dentro de una sociedad

inferior, ya que nosotros somos la fuerza específica del país. Y sin

embargo, estamos sometidos a las resoluciones del gobierno... ¿y el

gobierno quién lo constituye?... el poder legislativo y el ejecutivo... es

decir, hombres elegidos por partidos políticos informes... ¡y qué

representantes, señores! Ustedes saben mejor que yo que para ser

diputado hay que haber tenido una carrera de mentiras, comenzado

como vago de comité, transando y haciendo vida común con

perdularios de todas las calañas, en fin, una vida al margen del

código y de la verdad. No sé si esto ocurre en países más civilizados

que los nuestros, pero aquí es así. En nuestra cámara de diputados y

de senadores, hay sujetos acusados de usura y homicidio, bandidos

vendidos a empresas extranjeras, individuos de una ignorancia tan

crasa, que el parlamentarismo resulta aquí la comedia más grotesca

que haya podido envilecer a un país. Las elecciones presidenciales se

hacen con capitales norteamericanos, previa promesa de otorgar

concesiones a una empresa interesada en explotar nuestras riquezas

nacionales. No exagero cuando digo que la lucha de los partidos

políticos en nuestra patria no es nada más que una riña entre

comerciantes que quieren vender el país al mejor postor.

Todos miraban estupefactos al Mayor. A través de los rombos y

campánulas veíase al celeste cielo de la mañana, pero nadie reparaba

en ello. Erdosain contábame más tarde que ninguno de los

concurrentes a la reunión del miércoles había previsto de los

concurrentes a la reunión del miércoles había previsto una escena de

tan alto interés. El Mayor pasó un pañuelo por sus labios y continuó:

-Me alegro de que mis palabras interesen. Hay muchos jóvenes

oficiales que piensan como yo. Hasta contamos con algunos

generales nuevos... Lo que conviene, y no se asombren de lo que les

voy a decir, es darle a la sociedad un aspecto completamente

comunista. Les digo esto porque aquí no existe el comunismo, y no

se puede llamar comunistas a ese bloque de carpinteros que

desbarran sobre sociología en una cuadra donde nadie se quita el

sombrero. Deseo explicarles con nitidez mi pensamiento. Toda

sociedad secreta es un cáncer en la colectividad. Sus funciones

misteriosas desequilibran el funcionamiento de la misma. Pues bien,

nosotros los jefes de células, les daremos a éstas un carácter

completamente bolchevique. -Fue la primera vez que esa palabra se

pronunció allí, e involuntariamente todos se miraron-. Este aspecto

atraerá numerosos desorbitados y, en consecuencia, la multiplicación

de las células. Crearemos así un ficticio cuerpo revolucionario.

Cultivaremos en especial los atentados terroristas. Un atentado que

tiene mediano éxito despierta todas las conciencias oscuras y feroces

de la sociedad. Si en el intervalo de un año repetimos los atentados,

acompañándolos de proclamas antisociales que inciten al

proletariado a la creación de los «soviets»... ¿Sabes ustedes lo que

habremos conseguido? Algo admirable y sencillo. Crear en el país la

inquietud revolucionaria.

«La 'inquietud revolucionaria' yo la definiría como un

desasosiego colectivo que no se atreve a manifestar sus deseos, todos

se sienten alterados, enardecidos, los periódicos fomentan la

tormenta y la policía le ayuda deteniendo a inocentes, que por los

sufrimientos padecidos se convierten en revolucionarios; todas las

mañanas las gentes se despiertan ansiosas de novedades, esperando

un atentado más feroz que el anterior y que justifique sus pre¬

sunciones; las injusticias policiales enardecen los ánimos de los que

no las sufrieron, no falta un exaltado que descarga su revólver en el

pecho de un polizonte, las organizaciones obreras se revuelven y

decretan huelgas, y las palabras revolución y bolcheviquismo

infiltran en todas partes el espanto y la esperanza. Ahora bien,

cuando numerosas bombas hayan estallado por los rincones de la

ciudad y las proclamas sean leídas y la inquietud revolucionaria esté

madura, entonces intervendremos nosotros, los militares...»

El Mayor apartó sus botas de un rayo de sol, y continuó:

-Sí, intervendremos nosotros, los militares. Diremos que en vista

de la poca capacidad del gobierno para defender las instituciones de

la patria, el capital y la familia, nos apoderamos del Estado,

proclamando una dictadura transitoria. Todas las dictaduras son tran¬

sitorias para despertar confianza. Capitalistas burgueses, y en

especial, los gobiernos extranjeros conservadores, reconocerán

inmediatamente el nuevo estado de cosas. Culparemos al gobierno

de los Soviets de obligarnos a asumir una actitud semejante y

fusilaremos a algunos pobres diablos convictos y confesos de fabricar

bombas. Suprimiremos las dos cámaras y el presupuesto del país será

reducido a un mínimo. La administración del Estado será puesta en

manos de la administración militar. El país alcanzará así una

grandeza nunca vista.

Calló el Mayor, y en la glorieta florida los hombres

prorrumpieron en aplausos. Una paloma echó a volar.

-Su idea es hermosa -dijo Erdosain-, pero el caso es que nosotros

trabajaremos para ustedes...

-¿No querían ser ustedes jefes?

-Sí, pero lo que recibiremos nosotros serán las migajas del

banquete...

-No, señor... usted confunde... lo pensado...

Intervino el Astrólogo:

-Señores... nosotros no nos hemos reunido para discutir

orientaciones que no interesan ahora... sino para organizar las

actividades de los jefes de célula. Si están dispuestos, vamos a

empezar.

Un recio mozo que hasta entonces había permanecido callado,

intervino en la discusión.

-¿Me permiten ustedes?

-Cómo no.

-Pues entonces creo que el asunto hay que plantearlo en esta

forma: ¿Quieren ustedes o no la revolución? Los detalles de

organización deben ser posteriores.

-Eso... eso, son posteriores... si, señor.

El desconocido terminó por explicarse:

-Soy amigo del señor Haffner. Soy abogado. He renunciado a

los beneficios que podrían proporcionarme mi profesión por no

transigir con el régimen capitalista. ¿Tengo o no derecho a opinar así?

-Sí, señor, lo tiene.

-Pues entonces aseguro que lo dicho por el Mayor imprime una

nueva orientación a nuestra sociedad.

-No -objetó el Buscador de Oro-. Puede ser la base de ella sin la

exclusión de sus otros principios.

-Claro.

-Sí.

La discusión se iba a renovar. El Astrólogo se levantó:

-Señores, discutirán otro día. Ahora se trata de la organización

comercial... no de ideas. Por lo tanto suprimiremos todo lo que

se aparte de ello.

-Eso es la dictadura -exclamó el abogado.

El Astrólogo lo miró un momento, luego dijo

parsimoniosamente:

-Usted se siente con pasta de jefe, a lo que creo... Creo que la

tiene. Su deber, si usted es inteligente, es organizar lejos de nosotros

otra sociedad. Así provocaremos el desmoronamiento de la actual.

Aquí usted me obedece, o se retira.

Durante un instante los dos hombres se examinaron; el abogado

se levantó, detuvo los ojos en el Astrólogo, se inclinó con una sonrisa

de hombre fuerte y salió.

Terminó con el silencio de todos la voz del Mayor, que dijo al

Astrólogo:

-Ha obrado usted muy bien. La disciplina es la base de todo. Le

escuchamos.

Rombos de sol ponían su mosaico de oro en la tierra negra de la

glorieta. A lo lejos sonaba el yunque de una herrería, innumerables

pájaros echaban a rodar sus gorjeos entre las ramas. Erdosain

chupaba la flor blanca de la madreselva y el Buscador de Oro, los

codos apoyados en las rodillas, miraba atentamente el suelo.

Lumaba el Rufián y Erdosain espiaba el mongólico semblante

del Astrólogo, con su guardapolvo gris abotonado hasta la garganta.

Siguió a estas palabras un silencio molesto. ¿Qué buscaba ese

intruso allí? Erdosain súbitamente malhumorado se levantó,

exclamando:

-Aquí habrá toda la disciplina que ustedes quieran, pero es

absurdo que estemos hablando de dictadura militar. A nosotros, sólo

pueden interesarnos los militares plegándose a un movimiento rojo.

El Mayor se incorporó en su asiento y mirando a Erdosain, dijo

sonriendo:

-¿Entonces reconoce usted que hago bien mi papel?

-¿Papel?...

-Sí, hombre... yo soy tan Mayor como usted.

-¿Se dan cuenta ahora ustedes del poder de la mentira? -dijo el

Astrólogo-. Lo he disfrazado a este amigo de militar y ya ustedes

mismos creían, a pesar de estar casi en el secreto, que teníamos

revolución en el ejército.

-¿Entonces?

-Este no fue nada más que un ensayo... ya que representaremos

la comedia en serio algún día.

Las palabras resonaron tan amenazadoras que los cuatro

hombres se quedaron observando al Mayor, que dijo:

-En realidad no he pasado de sargento -pero el Astrólogo

interrumpió sus explicaciones, diciendo:

-¿Amigo Haffner, tiene el presupuesto?

-Sí... aquí está.

El Astrólogo hojeó durante unos minutos los pliegos

borroneados de cifras y explicó a la concurrencia:

-La base más sólida de la parte económica de nuestra sociedad,

son los prostíbulos.

El Astrólogo continuó:

-El señor me ha entregado un presupuesto que se refiere a la

instalación de un prostíbulo con diez pupilas. He aquí los gastos a

efectuarse.

Y leyó:

-10 Juegos de dormitorio, usados . $ 2.000

-Alquiler de la casa, mensual . $400

-Depósito, tres meses . $ 1.200

-Instalación, cocina, baños y bar . $ 2.000

-Coima mensual al comisario . $300

-Coima al médico . $150

-Coima al jefe político para la concesión . $ 2.000

-Impuesto municipal mensual . $50

-Piano eléctrico . $ 1.500

-Gerenta . $150

-Cocinero . $150

Total: . $9.000

«Cada pupila abona 14 pesos por semana en concepto de gastos

de comida y tiene que comprar en la casa, la yerba, azúcar, kerosene,

velas, medias, polvos, jabón y perfumes.

«Fuera de todos gastos podemos contar con una entrada mínima

de dos mil quinientos pesos por mes. En cuatro meses hemos

recuperado el capital invertido. Con el cincuenta por ciento de las

entradas líquidas instalaremos otros lenocinios, el veinticinco por

ciento será destinado a cubrir las deudas, y la otra tercera parte se

destinará al sostenimiento de las células. ¿Se autoriza el gasto de

diez mil pesos o no?

Todos inclinaron la cabeza aprobando, menos el Buscador de

Oro, que dijo:

-¿Quién es el revisor de cuentas?

-Se elegirá terminado todo.

-De acuerdo.

-¿Usted también. Mayor?

-Sí.

Erdosain levantó la cabeza y miró el pálido semblante del

pseu do-sargento, cuyos ojos aviesos se habían detenido en una

mariposa blanca que movía sus alas en lo verde, y esta vez no pudo

menos que decirse cómo era posible que el Astrólogo moviera tales

comediantes. Pero el Astrólogo lo interpretaba:

-Usted, señor Erdosain, ¿cuánto necesita para instalar el taller de

galvanoplastia?

-Mil pesos.

-¡Ah! ¿Usted es el inventor de la rosa de cobre? -le dijo el Mayor.

-Sí.

-Lo felicito. Yo creo que la venta tendrá éxito. Naturalmente hay

que metalizar flores en gran cantidad.

-Así, es. Yo he pensado agregar el ramo de fotografía. Salvaría

los gastos del taller.

-Eso queda a su criterio.

-Además, yo cuento ya con un práctico amigo mío para la

galvanoplastia -al decir esto pensaba en la familia Espila, que bien

podía ingresar en la sociedad secreta, mas el Astrólogo interrumpió

sus reflexiones, diciendo:

-El Buscador de Oro nos va a dar noticias de la zona donde

pensamos instalar nuestra colonia -y ésta se levantó.

Erdosain se asombró al considerar el físico del otro. Se había

imaginado a éste de acuerdo a los cánones de la cinematografía, un

hombre enorme, de barbazas rubias apestando a bebidas. No había

tal cosa.

El Buscador de Oro era un joven de su edad, la piel pegada sobre

los huesos planos del rostro y palidísima, y renegridos ojos vivaces.

La enorme caja toráxica parecía pertenecer a un hombre dos veces

más desarrollado que él. Las piernas eran finas y arqueadas. Entre el

cinto de cuero y el paño del pantalón se le veía el cabo de un revólver.

Tenía la voz clara, pero en él todo revestía un continente extraño,

como si el sujeto estuviera compuesto de diferentes piezas humanas

correspondientes a hombres de distintos estados. Así, su cara era la

de un hombre de tapete acostumbrado a bizquear tras de los naipes,

su pecho el de un boxeador y las piernas pertenecientes a un jockey.

Y él tenía un poco de ese amasijo, en aquella realidad informe que

trascendía de su cuerpo. Hasta los catorce años había vivido en el

campo, luego mató a tiros a un ladrón, y más tarde el miedo a la

tuberculosis lo arrojó nuevamente a la llanura y había galopado días

y noches extensiones increíbles. Erdosain simpatizó con él

inmediatamente de conocerle.

El Buscador de Oro desenvolvió unas piedras. Eran trozos de

cuarzo aurífero. Luego dijo:

-Aquí tienen el certificado de análisis de la Dirección de Minas e

Hidrología.

Las piedras pasaron rápidamente de mano en mano. Los ojos

afirmaban una voracidad extraordinaria y las yemas de los dedos

rozaban con delectación el cuarzo con escamas y compactos injertos

de oro. El Astrólogo, liando lentamente un cigarrillo, observaba todos

los semblantes que habían recibido una descarga de alma... una

tentación los tensionaba al examinar las piedras. El Buscador de Oro

volvió a sentarse y dijo conversando con todos:

-Allá abajo hay mucho oro. Nadie lo sabe. Es en el Campo

Chileno. Primero estuve en Esquel... están las máquinas tiradas de

una explotación que fracasó, después anduve en Arroyo Pescado...

caminé... allá, no sé si ustedes lo sabrán, los días no se cuentan y

entré al Campo Chileno. Selva, puro bosque de miles de kilómetros

cuadrados. Me acompañaba la Máscara, una prostituta de Esquel

que conocía una picada para entrar porque antes había estado con un

minero al que lo asesinaron al volver. Bueno, allá abajo se mata a uno

por nada. Estaba sifilítica y se me quedó en el bosque. La Máscara. ¡Sí,

me acuerdo! Veinte años hacía que daba vueltas por esos pagos. De

Puerto Madryn fue a Comodoro, después a Trelew, después a

Esquel. Ella los conoció a todos los buscadores de oro. Primero

fuimos hasta Arroyo Pescado... es cuarenta leguas más al sur de

Esquel... pero no había sino un poquito de polvo en las arenas... a

caballo seguimos quince días y entre monte y monte llegamos al

Campo Chileno.

Con voz clara y fija en el motivo del relator el Buscador de Oro

narraba su odisea en el sur. Escuchándole, Erdosain tenía la

impresión de cruzar en compañía de la Máscara, desfiladeros

gigantescos negros y glaciales, cerrados en el confín por triángulos

violetas de más montañas. Los altiplanos desaparecían bajo el

altísimo avance del bosque perpetuo de troncos rojizos y follaje de

negro verde, y ellos, alucinados, seguían adelante bajo el espacio

profundo y liso como un desierto de hielo celeste.

Con gestos lentos, indiferentes al asombro que suscitaba su

relato, contaba el Buscador de Oro la aventura de meses. Todos le

escuchaban absortos.

Luego, una mañana llegó al desfiladero negro. Era un círculo de

piedra negra, basáltica, crestada, un brocal empenachado de

estalagmitas oscuras, donde lo celeste del espacio se hacía

infinitamente triste. Pájaros errantes rozaban en su vuelo los

bloques de piedra, sombreados por otros círculos de montes más

altos... Y en el fondo de aquel pozal, un lago de agua de oro, donde

refluían hilachos de cascadas destrenzados por las breñas.

Nunca el Buscador de Oro había estado en parajes tan siniestros.

Aquella profundidad de agua de bronce espejando los farallones

negros lo detuvo asombrado. Los muros de piedra caían

perpendicularmente, moteados de sarcomas verdosos, de largas

malaquitas, y en aquel fondo de bronce su figura pálida y barbuda

se reflejaba con los pies hacia el cielo.

Al pronto se le ocurrió que el agua sería de oro, pero desechó la

hipótesis por absurda, porque no había leído ni oído nunca nada

semejante, y continuó contando:

-Pero al volver, encontrándome un día en Rawson esperando en

la sala de un dentista, se me ocurrió hojear una revista llamada «La

Semana Médica», que había en una de las mesas del vestíbulo... y

aquí se produce el prodigio. Abro al azar el folleto y en la primera

página que miro veo un artículo titulado: «El agua de oro, o el oro

coloidal en la terapéutica de lupus eritematoso». Me puse a leer y

entonces aprendí que el oro es susceptible de quedar suspendido en

el agua en partículas microscópicas... y que ese fenómeno que para

mí era flamante, lo habían descubierto los alquimistas que lo

llamaban «agua de oro». La obtenían por el procedimiento más

simple que es dado imaginar: echando un trozo candente de oro en

agua de lluvia. Inmediatamente me acordé del lago cuya coloración

atribuí a substancias vegetales. Yo había estado, sin reconocerlo,

junto a un lago de oro coloidal que quizá cuántos siglos había

tardado en formarse por el paso del agua junto a las vetas. ¿Se dan

cuenta ustedes ahora, lo que es la ignorancia? Si el azar no arroja esa

revista en mis manos, yo hubiera ignorado para siempre la

importancia de ese descubrimiento...

-¿Y volvió usted? -interrumpió el Mayor.

-Pero, naturalmente. Volví solo hace ocho meses de esto, fue

cuando le escribí a usted... pero yo partía de un error... tengo que

estudiar la obtención metálica del oro... además hay filones allá... es

cuestión de trabajar... conseguirse un traje de buzo, porque el fondo

del agua es dorado y al agua en sí no tiene color.

Haffner dijo:

-¿Sabe que es interesante lo que cuenta? Poniendo que no

existiera oro, aquello es siempre más divertido que esta puerca

ciudad.

El Mayor agregó:

-Si se instala la colonia en el Campo Chileno, será necesario

contar con una estación telegráfica.

Erdosain replicó:

-Si es así, puede armarse una estación portátil con longitud de

onda de 45 a 80 metros. Costaría quinientos pesos y tiene un alcance

de tres mil kilómetros.

Nuevamente intervino el Mayor:

-La colonia tiene toda mi preferencia porque allí se podrá instalar

la fábrica de gases asfixiantes. Usted, Erdosain, conoce algo al

respecto.

-Sí, que el aristol se puede fabricar electrolíticamente, pero no he

estudiado nada al respecto, aunque los gases asfixiantes y el

laboratorio bacteriológico son los que deben preocuparnos en grado

mayor. Sobre todo el laboratorio de cultivo de microbios de la peste

bubónica y el cólera asiático. Habría que conseguirse algunas

bacterias «tipos», que la ventaja consiste en la enorme baratura de la

producción.

El Astrólogo intervino:

-Creo que lo más conveniente sería dejar para más adelante la

organización de la colonia. Por ahora debemos limitarnos a llevar a

cabo el proyecto de Haffner. Sólo cuando dispongamos de entradas,

organizaremos el primer contingente que partirá para la colonia.

¿Usted, Erdosain, me había hablado de una familia?

-Sí; los Espila.

Haffner repuso:

-¡Qué diablo! Me parece que no hacemos nada más que hablar

macanas. Si bien es cierto que yo en la sociedad de ustedes no paso

de ser un simple informante, me parece que ahora mismo debería

resolverse algo.

El Astrólogo lo miró y repuso:

-¿Está usted dispuesto a dar el dinero para hacer algo? No. ¿Y

entonces? Espere usted a que dispongamos de un capital, que no

puede pasar muchos días tendremos, y entonces, ya verá.

Haffner se levantó, y mirándolo al Buscador de Oro, dijo:

-Ya sabe, compañero; cuando el asunto de la colonia esté listo,

me avisa; y si necesita gente, mejor que mejor, yo le proporcionaré

una gavilla de malandrines que no van a tener ningún inconveniente

en dejar Buenos Aires -y poniéndose el sombrero, sin darle la mano a

nadie y saludándolos a todos con un gesto, iba a salir, cuando,

recordando algo, exclamó dirigiéndose al Astrólogo-: Si se apura a

conseguir el dinero, hay un magnífico prostíbulo en venta. Tiene

anexo y churrasquería, y además se juega mucho. El patrón es un

uruguayo y pide 15.000 pesos al contado, pero con diez mil y los

otros cinco a un año de plazo creo que se conformará.

-¿Puede usted venir el viernes aquí?

-Sí.

-Bueno, véame el viernes, creo que arreglaremos el asunto.

-Salú. -Así saludó el Rufián, y salió.

EL BUSCADOR DE ORO

Después que salió Haffner, Erdosain, que tenía deseos de

conversar con el Buscador de Oro, se despidió del Astrólogo y el

Mayor. Erdosain se encontraba nuevamente inquieto. Antes de

retirarse, e! Astrólogo le dijo en un aparte:

-No falte mañana a las 9, hay que cobrar el cheque.

Se había olvidado de «aquello». De pronto Erdosain miró en

derredor como aturdido por un golpe. Necesitaba conversar con

alguien; olvidarse de la negra obligación que ahora aceleraba los

latidos de sus venas, bajo el ardiente sol del mediodía.

El Buscador de Oro le fue simpático. Por eso se acercó a él y le

dijo:

-¿Quiere usted acompañarme? Quisiera conversar con usted de

«allá abajo».

El otro lo observó con sus ojillos chispeantes, y luego dijo:

-Cómo no. Encantado. Usted me ha sido muy simpático.

-Gracias.

-Sobre todo por lo que me ha dicho de usted el Astrólogo. ¿Sabe

que es formidable su proyecto de hacer la revolución social con

bacilos de peste?

Erdosain levantó los ojos. Le humillaban casi esos elogios. ¿Era

posible que alguien le diera importancia a las teorías que pensaba?

El Buscador de Oro insistió:

-Eso y los gases asfixiantes es admirable. ¿Se da cuenta? ¡Dejar un

botellón de acero en el Departamento de Policía, a la hora que está

ese bandido de Santiago! ¡Envenenarlos a todos los «tiras» como

ratas! -Y lanzó una carcajada tan estentórea que tres pájaros se des¬

prendieron en un gran vuelo de arco de un limonero-. Sí, amigo

Erdosain, usted es un coloso. Peste y cloro. ¿Sabe que

revolucionaremos esta ciudad? Ya me lo imagino ese día, los comer¬

ciantes saliendo como vizcachas asustadas de sus madrigueras y

nosotros limpiando de inmundicia el planeta con una ametralladora.

Doscientos cincuenta tiros por minuto. Una papa.

Y después cortinas de cloro o de fosgeno... ¡Ah!, habría que publicar

en los diarios sus proyectos, créame...

Erdosain interrumpió el panegírico con esta pregunta:

-¿Así que usted encontró el oro, no?... el oro...

-Supongo que no creerá en esa novela de los «placeres».

-¿Cómo novela? ¿Así que el oro...?

-Existe, claro que existe... pero hay que encontrarlo.

Tan profunda era la decepción de Erdosain, que el Buscador de

Oro agregó:

-Vea, hermano... yo hablé con usted porque el Astrólogo me dijo

que podía hacerlo.

-Sí, pero yo creía...

-¿Qué?

-Que entre tantas mentiras, ésa sería una de las pocas verdades.

-En el fondo es verdad. El oro existe... hay que encontrarlo, nada

más. Usted debía alegrarse de que todo se esté organizando para ir a

buscarlo. ¿O cree que esos animales se moverán si no fueran

empujados por las mentiras extraordinarias? ¡Ah! cuánto he

pensado. En eso estriba lo grande de la teoría del Astrólogo: los

hombres se sacuden sólo con mentiras. El le da a lo falso la

consistencia de lo cierto; gentes que no hubieran caminando jamás

para alcanzar nada, tipos deshechos por todas las desilusiones,

resucitan en la virtud de sus mentiras. ¿Quiere usted, acaso, algo

más grande? Fíjese que en la realidad ocurre lo mismo y nadie lo

condena. Sí, todas las cosas son apariencias... dése cuenta... no hay

hombre que no admita las pequeñas y estúpidas mentiras que rigen

el funcionamiento de nuestra sociedad. ¿Cuál es el pecado del

Astrólogo? Substituir una mentira insignificante por una mentira

elocuente, enorme, trascendental. El Astrólogo, con sus falsedades,

no parece un hombre extraordinario, y no lo es... y lo es; lo es...

porque no saca provecho personal de sus mentiras, y no lo es porque

él no hace otra cosa que aplicar un principio viejo puesto en uso por

todos los estafadores y reorganizadores de la humanidad. Si algún

día se escribe la historia de ese hombre, los que la lean y tengan un

poco de sangre fría, se dirán: Era grande, porque para alcanzar de

cualquier charlatán. Y lo que a nosotros nos parece novelesco, e

inquietante, no es nada más que la zozobra de los espíritus débiles y

mediocres, que sólo creen en el éxito cuando los medios para

alcanzarlo son complicados, misteriosos, y no simples. Y sin embargo

usted debía saber que los grandes actos son sencillos, como la prueba

del huevo de Colón.

-¿La verdad de la mentira?

-Eso mismo. Lo que hay es que a nosotros nos falta el coraje para

enormes empresas. Nos imaginamos que la administración de un

Estado es más complicada que la de una modesta casa, y en los

sucesos ponemos un exceso de novelería, de romanticismo idiota.

-¿Pero usted en su conciencia siente, quiero decir, la realidad le

da una impresión a usted de que tendremos éxito?

-Completamente, y créame... seremos cuando menos los dueños

del país... si no del mundo. Tenemos que serlo. Lo que proyecta el

Astrólogo es la salvación del alma de los hombres agotados por la

mecanización de nuestra civilización. Ya no hay ideales. No hay

símbolos buenos ni malos. El Astrólogo, vez pasada hablaba de

colonias que fundaban en el antiguo mundo los vagos que no se

encontraban bien en su país. Nosotros haremos lo mismo, pero

dándole a la Sociedad un sentido de juego enérgico... juego que

seduce hasta el alma de los tenderos cuando van al cinematógrafo a

ver una aventura de cow-boys. ¿Qué sabe usted, hermano, de los líos

que pensamos armar?... En último extremo sembraremos bombas de

trinitrotolueno para divertirnos un poco con el espanto de la canalla.

¿Qué cree usted que eran las viejas patotas y los malevos del arrabal?

Hombres que no habían encontrado cauces donde lanzar su energía.

Y entonces la desfogaban estropeándolo a un cajetilla o a un turco.

Vea... Comodoro... Puerto Madryn, Trelew, Esquel, Arroyo Pescado,

Camo Chileno, conozco todos los caminos y todas las soledades...

Créalo... organizaremos un cuerpo de juventud admirable -se había

entusiasmado-. ¿Usted cree que no hay oro? Me recuerda a las

criaturas que en la mesa tienen los ojos más grandes que el

estómago. En nuestro país todo es oro.

Erdosain sentíase arrastrado por el calor del otro. El Buscador

de Oro hablaba convulsivamente, guiñando los ojos, levantando ya

una ceja, ya la otra, zamarreándolo amistosamente por el brazo.

-Créame, Erdosain... hay mucho oro... más del que se puede

imaginar usted... pero no es ésa la realidad. Hay otra: el tiempo que

se va. Esquel, Arroyo Pescado, Río Pico... Campo Chileno... leguas...

caminos de días y días... y usted sabe, sabe que para sacar el

certificado de un caballo que no vale diez pesos se camina semanas, el

tiempo no vale nada... Todo es grande... enorme... eterno allá. Tiene

que convencerse. Me acuerdo cuando con la Máscara íbamos por

Arroyo Pescado. No sólo oro... el oro rojo... Allá se salvan las almas

que enfermó la civilización. Enviaremos a la montaña a todos los

nuestros. Vea... yo tengo veintisiete años... y me he jugado la piel a

balazos varias veces -sacó el revólver-. ¿Ve aquel gorrión? -estaba a

cincuenta pasos, levantó el revólver hasta su mentón, apretó el

disparador y el sonar al estampido el pájaro se desprendió

verticalmente de la rama-. ¿Ha visto? Así me he jugado muchas veces

la piel. No hay que estar triste. Vea, tengo veintisiete años. Arroyo

Pescado, Esquel, Río Pico, Campo Chileno... todas las soledades

serán nuestras... organizaremos la escolta de la Alegría Nueva... La

Orden de los Caballeros del Oro Rojo... Usted cree que estoy exaltado.

¡No, hombre! Hay que haber estado allá para darse cuenta. Y en esas

circunstancias uno concibe la necesidad, la imprescindible necesidad

de una aristocracia natural. Desafiando la soledad, los peligros, la

tristeza, el sol, lo infinito de la llanura, uno se siente otro hombre...

distinto del rebaño de esclavos que agoniza en la ciudad. ¿Sabe usted

lo que es el proletariado, anarquista, socialista, de nuestras ciudades?

Un rebaño de cobardes. En vez de irse a romper el alma a la montaña

y a los campos, prefieren las comodidades y los divertimentos a la

heroica soledad del desierto. ¿Qué harían las fábricas, las casas de

modas, los mil mecanismos parasitarios de la ciudad si los hombres

se fueran al desierto... si cada uno de ellos levantara su tienda allá

abajo? ¿Comprende usted ahora por qué estoy con el Astrólogo?

Nosotros los jóvenes crearemos la vida nueva; sí, nosotros.

Estableceremos una aristocracia bandida. A los intelectuales

contagiados del idiotismo de Tolstoi los fusilaremos, y el resto a

trabajar para nosotros. Por eso lo admiro a Mussolini. En ese país de

mandolinistas estableció el uso del bastón y aquel reinado de opereta

se convirtió del día a la noche en el mastín del Mediterráneo. Las

ciudades son los cánceres del mundo. Aniquilan al hombre, lo

moldean cobarde, astuto, envidioso, y es la envidia la que afirma sus

derechos sociales, la envidia y la cobardía. Si esos rebaños se

compusieran de bestias corajudas lo hubieran hecho pedazos todo.

Creer en el montón es creer que se puede tocar la luna con la mano.

Vea lo que le pasó a Lenin con el campesino ruso. Pero ya está todo

organizado y no cabe otra cosa que decir: en nuestro siglo los que no

se encuentran bien en la ciudad que se vayan al desierto. Eso es lo

que se propone el Astrólogo. Tiene mucha razón. Cuando los

primeros cristianos se sintieron mal en las ciudades se fueron al

desierto. Allí a su modo se construyeron la felicidad. Hoy, en

cambio, la chusma de las ciudades ladra en los comités.

-¿Sabe que me gusta su símil del desierto?

-Pero claro, Erdosain. El Astrólogo lo dice: esos que no están

cómodos en las ciudades no tienen derecho a molestar a los que la

gozan. Para los descontentos e incómodos de las ciudades está la

montaña, la llanura, la orilla de los grandes ríos.

Erdosain no se imaginaba tal violencia en el Buscador de Oro.

El otro adivinó el pensamiento, porque dijo:

-Nosotros predicaremos la violencia, pero no aceptaremos en las

células a los teóricos de la violencia, sino que aquel que quiera

demostrarnos su odio a la actual civilización tendrá que darnos una

prueba de su obediencia a la sociedad. ¿Se da cuenta usted ahora del

objeto de la colonia? ¿El oro no es también una hermosa ilusión? El

esfuerzo lo convertirá en un superhombre. Entonces se le otorgarán

poderes. ¿No sucede lo mismo con las órdenes monacales? ¿No está

así organizado el ejército? Pero, hombre, ¡no abra la boca! En las

mismas empresas comerciales... por ejemplo, en la casa Gath y

Chaves, en Harrods, me han contado los empleados que el personal

se gobierna con una disciplina junto a la cual la disciplina militares

un juguete. Ya ve, Erdosain, que nosotros no inventamos nada.

Sustituimos un fin mezquino por un fin extraordinario, nada más.

Erdosain se sentía humillado frente al Buscador de Oro.

Envidiábale al otro la violencia, le irritaban sus verdades gruesas e

indiscutibles, y hubiera deseado contradecirlo, al tiempo que se

decía:

-Yo soy menos personaje de drama que él, yo soy el hombre

sórdido y cobarde de la ciudad. ¿Por qué no siento su agresividad y

su odio?. Sí, tiene razón. Y sonrío a sus palabras, prudentemente,

como si temiera que me dé una cachetada, y es que me asusta su

violencia, me enoja su coraje.

-¿En qué piensa, hermano? -dijo el Buscador de Oro.

El Buscador de Oro se encogió de hombros.

-Usted piensa que es cobarde porque las circunstancias para

vivir no lo han obligado a jugarse la piel. Yo lo quiero ver a usted el

día en que su vida esté pendiente del gatillo del revólver, si es

cobarde o no. Lo que hay es que en la ciudad no se puede ser

valiente. Usted sabe que si le estropea la cara a un desgraciado los

trámites policiales lo van a molestar tanto, que usted prefiere tolerar a

hacerse justicia por su mano. Esa es la realidad. Y uno se acostumbra

a ser un resignado, a refrenar los impulsos...

Erdosain lo miró:

-¿Sabe que es notable?

-Pierda cuidado, socio. Ya va a ver usted cómo se va a despabilar

dentro de poco... y se va a encontrar con el alma de un valiente...

Hay que empezar, nada más.

A la una de la tarde los dos hombres se despidieron.

LA COJA

Ese mismo día, poco antes de llegar Erdosain al último tramo de

la escalera en caracol, distinguió, detenida en el rellano, a una señora

envuelta en un abrigo de lutre y toca verde, que conversaba con la

patrona de la pensión. Un «ahí viene» le hizo comprender que era a

él a quien esperaban, y al detenerse en el pasillo, la desconocida,

volviendo el rostro, ligeramente pecoso, le dijo:

-¿Usted es el señor Erdosain?

-¿Dónde he visto esta cara? -se preguntó Erdosain al responder

afirmativamente a la desconocida, que entonces se presentó:

-Soy la esposa del señor Ergueta.

-¡Ah! ¿Usted es la Coja! -mas súbitamente, avergonzado de la

inconveniencia que asombró a la patrona hasta hacerle mirar los

pies a la desconocida, Erdosain se disculpó:

-Perdón, estoy aturdido... Usted comprende, no esperaba...

¿quiere pasar?

Antes de abrir la puerta de su habitación, Erdosain volvió a

disculparse por el desorden que encontraría en ella la visita, e

Hipólita, sonriendo irónicamente, le replicó:

-Está bien, señor.

Sin embargo a Erdosain le irritaba la mirada fría que filtraba las

transparentes pupilas verdegrises de la mujer. Y pensó:

-Debe ser una perversa -pues había reparado que bajo la toca

verde, el cabello rojo de Hipólita se alisaba a lo largo de las sientes en

dos lisos bandos que cubrían la punta de sus orejas. Volvió a

observar sus pestañas fijas y rojas y los labios que parecían

inflamados en la sonrojada morbidez del rostro pecoso. Y se dijo: -

¡Qué distinta a la de la fotografía!

Ella, detenida ante él, le observaba como diciéndose:

-Este es el hombre -y él, inmediato a la mujer, sentía su presencia

sin comprenderla, como si ella no existiera o estuviera distante de él

por muchas leguas del rumbo interior. Sin embargo, estaba allí y era

preciso decir algo, y no ocurriéndosele otra cosa, dijo, después de

encender la luz y ofrecerle una silla a la señora, ocupando él el sofá:

-¿Así que usted es la esposa de Ergueta? Muy bien.

No terminaba de comprender qué es lo que hacía esa vida

implantada de pronto en su desconcierto. Le soliviantaba el alma una

ráfaga de curiosidad, pero hubiera querido estar de otro modo,

sentirse familiar al semblante de la mujer, cuyas ovaladas líneas

tenían algo de rojo del cobre, como esos rayos de sol de lluvia, que

en los cuadros de santos brotan en mil haces de entre un pináculo de

nubes. Y se decía:

-Yo estoy aquí, pero mi alma, ¿dónde está? -Y tornó a decir-:

¿Así que usted es la esposa de Ergueta? Muy bien.

Ella, que se había cruzado de piernas, estiró el borde de su

vestido mucho más abajo de su rodilla, la tela se frunció entre sus

dedos sonrosados, y levantando la cabeza como si le costara un gran

esfuerzo ese movimiento en la extrañeza de un ambiente que no

conocía, dijo:

-Es preciso que haga usted algo por mi marido. Se ha vuelto

loco.

-Mi curiosidad no ha recibido ningún gran golpe -se dijo

Erdosain, y satisfecho de mantenerse insensible como uno de esos

banqueros de las novelas de Xavier de Montepin, agregó, con la

alegría interior de poder representar la comedia del hombre

impasible-: ¿Así que se ha vuelto loco? -pero de pronto,

comprendiendo que no podría prolongar ese papel, dijo-: ¿Se da

cuenta usted, señora? Me da una noticia extraordinaria, y sin

embargo he permanecido impasible. Me duele estar así, vacío de

toda emoción; quisiera sentir algo y estoy como un adoquín. Usted

tiene que disculparme. No sé lo qué me pasa. Usted me disculpará.

¿no? En otro tiempo, sin embargo, no estaba así. Recuerdo que era

alegre como un gorrión. He ido cambiando poco a poco. No sé, la

miro a usted, quisiera sentirme amigo suyo y no puedo. Si la viera a

usted agonizar posiblemente no le alcanzaría ni un vaso de agua. ¿Se

da cuenta? Y sin embargo... ¿Pero, dónde está él?

-En el Hospicio de las Mercedes.

-¡Qué curioso! ¿No vivían ustedes en el Azul?

-Sí, pero hace quince días que estamos aquí...

-¿Y cuándo sucedió «eso»?

-Hace seis días. Yo misma no me lo explico. Es como usted decía

antes refiriéndose a mí. Perdone si le hago perder tiempo. Yo pensé

en usted, que le conocía, él siempre me hablaba de usted. ¿Cuándo

fue la última vez que lo vio?

-Antes de casarse... Sí, me habló de usted. La llamaba la Coja...

y la Ramera.

A Erdosain le pareció que el alma de Hipólita le iba esmaltando

serenamente las pupilas. Tenía la certidumbre de que podía hablar de

todo con ella. El alma de la mujer estaba inmóvil allí, como para

recibirlo naturalmente. Ella había apoyado las manos cruzadas sobre

la falda encima de la rodilla, y esa circunstancia de posición le hacía

fácil el tiempo de confidencia. Lo ocurrido durante la mañana en la

casa del Astrólogo le parecía algo remoto, sólo algún pedacito de

árbol y de cielo cruzaba a momentos su recuerdo, y el deslizamiento

de las imágenes truncas le dejaba apoyada en la conciencia un placer

lento e injustificado. Se restregó las manos con satisfacción, y dijo:

-No se ofenderá usted, señora... pero yo creo que estaba ya loco

al casarse con usted...

-Dígame... ¿Usted sabe si jugaba antes de casarse conmigo?

-Sí... Además, recuerdo que estudiaba mucho la Biblia, porque

entre otras cosas me habló de los tiempos nuevos, del cuarto sello y

un montón de cosas más. Además, jugaba. A mí siempre me interesó

porque veía en él un temperamento frenético.

-Eso mismo. Un frenético. Llegó a aceptar un envite de cinco mil

pesos en una mesa de poker. Vendió mis joyas, un collar que me

había regalado un amigo...

-Pero ¿cómo?... ¿Ese collar usted no se lo regaló a la sirvienta

poco antes de casarse con él? Así me dijo él. Que usted le regaló el col

lar y la vajilla de plata... y el cheque de diez mil pesos que le regaló el

otro...

-¡Pero usted cree que estoy loca!... ¿Por qué iba a regalarle a mi

sirvienta un collar de perlas?

-Entonces mintió.

-Es lo que me parece.

-¡Qué curioso!...

-No le extrañe. Mentía mucho. Además, en estos últimos días

estaba perdido. Estudió una martingala para aplicarla a la ruleta.

Usted se habría reído si lo hubiera visto. Armó un libro de números

que nadie entendía como no ser él. ¡Qué hombre! No podía dormir de

la preocupación; desatendía la farmacia; a veces, estando la luz

apagada y yo por dormirme, sentía un gran golpe en el suelo; era él

que se había tirado de la cama, prendía la luz, anotaba unas cifras

como si tuviera miedo de que se le escaparan... Pero, ¿así que le dijo

a usted que yo había regalado mi collar de perlas? ¡Qué hombre! Lo

que hizo fue empeñarlo antes de que nos casáramos... Bueno, como le

decía... el mes pasado fue al Real de San Carlos...

-Y, lógicamente, perdió...

-No, con setecientos pesos ganó siete mil. Hubiera visto cómo

llegó... Callado... Yo me dije: ¡Zas!, perdió... pero lo notable es que

estaba asustado de la suerte que había tenido... él mismo hasta

entonces había tenido una relativa confianza en su martingala...

-Sí... me doy cuenta... Prefería creer en ella a probarla.

-Claro, por miedo al fracaso. Pero ya le digo... durante algunos

días estuvo como trastornado. Recuerdo que una tarde, a la hora de

la siesta, me dijo: «Bueno, negra, te resignarás a ser la reina del

mundo».

-Siempre la manía de las grandezas...

-Le prevengo que en parte yo también creí después de eso en el

éxito de la martingala. El había jugado de acuerdo a los números que

figuraban en su tabla de cálculos, y entonces para hacer saltar la

banca retiró tres mil pesos del banco... Estaban a mi nombre, recuer¬

do, y más los seis mil quinientos... Había pagado unas cuentas de la

farmacia... Salimos para Montevideo... y lo perdió todo.

-¿Cuánto tardó?

-Veinte minutos... Yo creía que se desmayaba por el camino...

pero, ¿así que a usted le dijo que yo había regalado mi collar a la

sirvienta?... ¡Qué hombre!

-Sería para darme una mejor idea de usted. ¿Y en el viaje, cómo

les fue?

-Nada... no dijo una palabra. Eso sí, tenía los ojos vidriosos, la

cara como deshecha, relajada, ¿sabe? En cuanto llegamos a Buenos

Aires se acostó... era un día lunes. Se quedó hasta el anochecer en la

cama, luego fue a la calle, no sé por qué me daba en el corazón de

que algo iba a suceder... A las diez de la noche no había vuelto aún, y

entonces me acosté; a eso de la una de la madrugada me despertaron

sus pasos en el cuarto, yo iba a encender la luz cuando él dio un gran

salto y tomándome de un brazo, usted sabe la espantosa fuerza que

tiene, en camisón me sacó de la cama y arrastrándome por los

pasillos me llegó hasta la puerta del hotel.

-¿Y usted?

-Yo no gritaba porque sabía que lo iba a enfurecer. Ya en la

puerta del hotel se quedó mirándome como si no me conociera, con la

frente hecha un bulto de arrugas, los ojos grandes. Corría un viento

que hacía doblarse los árboles, yo me tapaba con los brazos, y él, sin

decir palabra, no hacía más que mirarme, cuando frente a nosotros

se detuvo un vigilante, mientras que de atrás lo agarraba por los

brazos el portero, que se había despertado con el ruido. Y él gritaba

que lo podían escuchar desde la esquina: Esta es la ramera... la que

amó a los rufianes que tienen la carne como la carne del mulo...»

-¿Pero cómo se acuerda usted de esas palabras?

-Todo lo que pasó es como si lo estuviera viendo ahora. El,

entre una hoja de la puerta, tironeando para adentro; desde afuera el

vigilante estirándolo, mientras el portero lo abrazaba por la garganta

para hacerle perder fuerzas, y yo en el quicio esperando que eso

terminara, pues se habían juntado varias personas que en vez de

ayudarlo al vigilante se entretenían en mirarme a mí. Menos mal que

yo usé siempre un largo camisón de noche... Por fin, con la ayuda de

otros vigilantes a quienes avisó un mozo desde adentro con llamadas

de auxilio, pudieron sacarlo para la comisaría.

Creían que estaba borracho... pero era un ataque de locura... Así

lo diagnosticó el médico. Deliraba con el arca de Noé...

-Perfectamente... ¿y en qué puedo servirla? -Otra vez Erdosain

sentía que lo importante del personaje reaparecía en su vida como

un elemento novelesco que hay que cuidar como se cuida el lazo de

la corbata en el desorden de un baile.

-En fin, yo lo molestaba a ver si usted provisoriamente podía

ayudarme. Con la familia de él no puedo contar absolutamente para

nada.

-¿Pero usted no se casó en la casa de él?

-Sí, pero cuando volvimos de Montevideo después que nos

casamos, fuimos un día de visita... imagínese... de visita en una casa

donde yo había sido sirvienta.

-¡Qué colosal!

-La indignación de esa gente usted no se la imagina. Una día de

él... pero ¡para qué contar tantas mezquindades!... ¿no le parece? La

vida es así y listo. Nos echaron y nos fuimos. Paciencia, mala suerte.

-Lo raro es que usted haya sido sirvienta.

-No tiene nada de particular...

-Es que usted no causa esa impresión...

-Gracias... el caso es que al salir del hotel tuve que empeñar un

anillo... y necesito administrare! poco dinero que tengo...

-¿Y la farmacia?

-Está a cargo de un idóneo. Le he telegrafiado que envíe

dinero... pero él me ha contestado que tiene órdenes de la familia de

Ergueta de no entregarme un centavo. En fin...

-¿Y usted qué piensa hacer?

-Eso es lo que no sé... Si volver a Pico, o esperar aquí.

-¡Qué lío!...

-Créame, estoy harta ya.

-Bueno, el caso es que hoy no tengo dinero. Mañana, sí, tendré...

-¿Sabe?... Esos pocos pesos quiero reservarlos por si acaso...

-Y en tanto usted averigüe algo serio... si quiere puede quedarse

aquí. Precisamente, al lado hay una pieza vacía. ¿Y qué más desea?

-Ver si usted lo puede sacar del hospicio.

-¿Cómo lo voy a sacar si está loco? Veremos. Bueno. ..esta noche

se queda a dormir aquí. Yo me las arreglaré en el sofá... aunque es

probable que no duerma aquí.

Otra vez la mujer filtró entre las pestañas rojas, su malévola

mirada verdosa. Era como si proyectara su alma sobre el relieve de

las ideas del hombre, para recoger un calco de sus intenciones.

-Bueno, acepto...

-Mañana, si quiere, le daré dinero para que se vaya tranquila a

vivir a un hotel si no prefiere quedarse aquí.

Mas de pronto, encocorado contra Hipólita por un pensamiento

que acababa de resbalar en su entendimiento, dijo:

-¿Sabe usted que no debe quererlo a Eduardo?...

-¿Por qué?

-Es evidente. Usted llega aquí, me habla de todo este drama con

una tranquilidad que asombra... y naturalmente, entonces... ¿qué es

lo que uno va a pensar de usted?

Al decir estas palabras, Erdosain había comenzado a pasearse en

el reducido espacio de la habitación. Sentíase inquieto, y de reojo

examinaba el ovalado rostro pecoso, con las finas cejas rojas bajo la

visera verde del sombrero, y los labios como inflamados, mientras

que las dos alas de cabello color de cobre ceñían las sienes cubriendo

las orejas, y las pupilas transparentes lanzaban haces de mirada.

-No tiene casi senos -pensó Erdosain. Hipólita miraba en redor;

de pronto, sonriendo amablemente, le preguntó:

-¿Qué es lo que usted, m'hijito, esperaba de mí?

Erdosain se sintió irritado por ese «m'hijito» intempestivo y

prostibulario que se sumaba al canalla «paciencia, mala suerte». Por

fin, dijo:

-No sé... en fin, me la imaginaba a usted menos fría... hay

momentos en que da usted la idea de que es una mujer perversa...

puede que me equivoque, pero... en fin... allá usted...

Hipólita se levantó:

-M'hijito, yo nunca he hecho comedias. He venido a usted.

sencillamente, porque sabía que usted era su mejor amigo. ¿Qué

quiere?... ¿Que me ponga a llorar como una Magdalena si no lo

siento?... Ya he llorado bastante...

Ella también se había puesto de pie. Lo miraba con fijeza, pero

la dureza de líneas que estaba rígida bajo la epidermis de su

semblante como una armadura de voluntad se descompuso de

fatiga. Con la cabeza inclinada ligeramente a un costado, a Erdosain

le recordó a su esposa... bien podía ser ella... estaba en la puerta de

una estancia desconocida... el capitán, indiferente, la miraba marchar

ara siempre y no la detenía... la calle se abría ante ella... quizá fuera a

parar a un hotel de muros sucios, y entonces, apiadado, dijo:

-Discúlpeme... estoy un poco nervioso. Usted está en su casa. Lo

único que siento es que me haya encontrado sin dinero. Pero mañana

tendré.

Hipólita volvió a ocupar la silla y Erdosain, al tiempo que

caminaba se tomó el pulso. Las venas latían rápidamente. Latigado

de la tarde pasada con el Astrólogo y Barsut, dijo con amargura:

-Es pesada la vida... ¿eh?...

La intrusa miraba en silencio la punta de su zapa tito. Levantó

los ojos y una arruga fina estrió su frente pecosa. Luego:

-Usted parece que está preocupado. ¿Le pasa algo?

-Nada... dígame... ¿sufrió mucho al lado de él?...

-Un poco. Es violento...

-¡Qué curioso! Quisiera representármelo en el manicomio y no

puedo. Apenas si distingo un pedazo de cara y un ojo... Le prevengo

que yo presentí el desastre. Le encontré una mañana, me contó todo

y de pronto tuve la impresión de que sería desdichada a su lado...

pero usted debe estar cansada. Yo tengo que salir. Le voy a decir a la

patrona que le sirva la cena aquí.

-No... no tengo ganas.

-Bueno, entonces con su permiso. Aquí está el biombo. Haga

como si estuviera en su casa.

Cuando Erdosain salió, la Coja le envolvió en una mirada

singular, mirada de abanico que corta con una oblicua el cuerpo de

un hombre de pies a cabeza, recogiendo en tangente toda la

geometría interior de su vida.

EN LA CAVERNA

Ya en la calle, Erdosain observó que orvallaba, pero continuó

caminando, empujado por un rencor sordo, malhumor de no poder

pensar.

Los acontecimientos se complicaban... y él, en tanto, ¿qué era en

medio de esos engranajes que lo iban bloqueando, metiéndose cada

vez más adentro de la vida, sumergiéndolo en un fangal que le

desesperaba? Además, estaba aquello... esa impotencia de pensar, de

pensar con razonamientos de líneas nítidas, como son las jugadas de

ajedrez, y una incoherencia mental que lo encocoraba contra todos.

Entonces su irritación se volvió contra la bestial felicidad de los

tenderos, que a las puertas de sus covachas escupían a la oblicuidad

de la lluvia. Se imaginó que estaban tramando eternos chanchullos,

mientras que sus desventradas mujeres se dejaban ver desde las

trastiendas, extendiendo manteles en las mesas cojas, arramblando

innobles guisotes que al ser descubiertos en las fuentes arrojaban a

la calle flatulencias de pimentón y de sebo, y ásperos relentes de

milanesas recalentadas.

Caminaba ceñudo, investigando con furor lento las ideas que se

incubarían bajo esas frentes estrechas, mirando descaradamente las

lívidas caras de los comerciantes, que desde el cuévano de los ojos

espiaban con una chispa de ferocidad los compradores que se

movían en los negocios fronteros; y Erdosain sentía a momentos

ímpetus de insultarlos, antojo de tratarlos de cornudos, de ladrones y

de hijos de mala madre, diciéndoles que tenían la falsa gordura de los

leprosos y que si algunos estaban flacos era de celar los éxitos de sus

prójimos. Y en su fuero interno los iba injuriando atrozmente,

imaginándose que los negociantes aquellos estaban atornillados a

próximas quiebras por espantosos pagarés, y que la desdicha que le

arrojaba a él al fondo de la desesperación se cerniría también sobre

sus mugrientas mujeres, que, con los mismos dedos con que

momentos antes habían retirado los trapos en que menstruaban,

cortarían ahora el pan que ellos devorarían entre maldiciones

dirigidas a sus competidores.

Y sin podérselo explicar se decía que el más educado de esos

bribones era de una grosería solapada y profunda, todos envidiosos

hasta el tuétano y más desalmados e implacables que cartagineses.

A media que iba pasando frente a colchonerías y almacenes y

tiendas, pensaba que esos hombres no tenían ningún objeto noble en

la existencia, que se pasaban la vida escudriñando con goces

malvados la intimidad de sus vecinos, tan canallas como ellos,

regocijándose con palabras de falsa compasión de las desgracias que

les ocurrían a éstos, chismorreando a diestra y siniestra de aburridos

que estaban, y esto le produjo súbitamente tanto encono que de

pronto aceptó que lo mejor que podría hacer era irse, pues si no

tendría un incidente con esos brutos, bajo cuyas cataduras enfáticas

veía alzarse el alma de la ciudad, encanallada, implacable y feroz

como ellos.

No tenía un propósito determinado, reconocía que tenía el

espíritu sucio de asco a la vida, y de pronto al ver que pasaba un

tranvía hacia Plaza Once, a grandes saltos trepó a la plataforma. Ya

en la boletería sacó pasaje de ida y vuelta a Ramos Mejía. Iba para

allá como hubiera podido ir en otra dirección. Cansado,

desconcertado con la certeza de que había arrojado su alma a un foso

del cual ya no podría salir nunca más. Y esperándolo, la Coja. ¿No

hubiera sido preferible ser capitán de navio y comandar un

superdreadnought? Las chimeneas vomitarían torrentes de humo y

en el puente de mando conversaría con el comandante de torre,

mientras que en el corazón se le pintaría la imagen de una mujer que

acaso no fuera su esposa. Mas, ¿por qué su vida era así? Y la de los

otros también, también «así» como si el «así» fuera un cuño de

desgracia que visto en otro era de relieve más borroso.

¿Qué se había hecho de la vida fuerte, que ciertos hombres

contienen en su envase como la sangre de un león? La vida fuerte

que hace de pronto que una existencia se nos aparezca sin los

tiempos previos de preparación y que tiene la perfecta soltura de las

composiciones cinematográficas. ¿No eran acaso así las fotografías

de los héroes? ¿Quién conservaba una fotografía de los héroes?

¿Quién conservaba una fotografía de Lenin discutiendo en un

cuartujo de Londres, o de Mussolini vagabundo por los caminos de

Italia? Y, sin embargo, eran de pronto revelados en un balcón

arengando a la multitud barbuda, o entre las columnas truncas de

unas ruinas recientes, con zapatos de sport, y un sombrero jipi-japa

que no desdecía la fiereza del semblante de conquistador. En cambio,

él sentía allí, localizada en su vida, las pequeñas imágenes de la Coja,

del capitán, de su esposa, de Barsut, todas existencias que en cuanto

se apartaban de sus ojos quedaban restituidas a la minúscula

dimensión que le confiere la distancia a los cuerpos físicos.

Apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla. El vagón se deslizó

y luego se detuvo, al segundo silbido del guardatren, arrancó el

convoy, y éste entró rechinando fieramente en los entrerrieles que

chocaban férreamente al ser apartados por el filo de las ruedas.

Las luces verdes y rojas del subterráneo le encandilaron los ojos

por un instante, luego volvió a cerrarlos. En la noche, el tren

comunicaba su trepidación a los rieles, y la masa multiplicada por la

velocidad, imprimía a sus pensamientos el vértigo de una marcha

igualmente implacable y vertiginosa.

Cracc... cracc... cracc... arrancaban las ruedas en cada junta de

riel, y ese monorritmo sordo y formidable le alivianaba de su rencor,

tornaba más ligero su espíritu, mientras que la carne se dejaba estar

en la somnolencia que comunica a los sentidos la velocidad.

Luego pensó que Ergueta ya estaba loco. Recordó las palabras

del otro cuando estaba a la orilla de la desgracia: «rajá, turrito, rajá»,

y afirmando la cabeza en el ángulo acolchado del respaldar, pensó

en tiempos idos, cerrando los ojos para distinguir con claridad las

imágenes de un recuerdo. Este le causaba cierta extrañeza, pues era la

primera vez que observaba que en un recuerdo ciertas figuras tienen

la dimensión normal con que se las ha conocido en la realidad,

mientras que otras figuras o cosas son pequeñitas como soldados de

plomo o tan sólo presentan un perfil, careciendo de profundidad.

Así, junto a la corpulencia de un negro, cuya mano perdíase en el

trasero de un pequeño, veía una mesita minúscula, como para

muñecas, sobre la que estaban aplastadas las pequeñas cabezas de

unos hombres ladrones, mientras que el techo, de altura real, daba un

aspecto de desolación más extraordinaria al gris paraje del recuerdo.

Una muchedumbre oscura se movía allí, en el interior de su

alma; luego la sombra, como una nube, cubría de cansancio su pena,

y junto a la mesita donde dormían los pequeñitos ladrones adultos,

se erguían gigantescos y morrudos como un cráneo de buey, el

relieve del patrón de la fonda, con los dedos engrampados en las

musculosas bolas de sus brazos. Y otro recuerdo le demostraba cuán

exacto era su presentimiento de inminente caída, cuando aún no

había ni pensado defraudar a la Azucarera, pero ya buscaba en los

parajes siniestros una imagen de su posible personalidad.

¡Cuántos senderos había en su cerebro! Pero ahora iba hacia el

que conducía a la fonda, la fonda enorme que hundía su cubo

taciturno como una carnicería hasta los últimos repliegues de su

cerebelo, y aunque el relieve de ese cubo que nacía en su frente y

terminaba en la nuca, era de veinte grados, las minúsculas mesitas

con los ladroncitos adultos no resbalaban por el piso como hubiera

sido lógico, sino que el cubo se enderezaba bajo el contrapeso de una

costumbre instantánea, la de pensar en él, y su carne acostumbrada

ya a la velocidad multiplicada por la masa del tren eléctrico, se

dejaba estar en una inercia vertiginosa; y ahora que el recuerdo había

vencido la inercia de todas las células, aparecía ante sus ojos la fonda,

como un cuadrilátero exactamente recortado. El cual parecía que

ahondaba sus rectas al interior de su pecho, de modo que casi podía

admitir que si se mirara a un espejo, el frente de su cuerpo presentara

un salón estrecho, ahondado hacia la perspectiva del espejo. Y él

caminaba en el interior de sí mismo, sobre un pavimento enfangado

de salivazos y aserrín, y cuyo marco perfecto se biselaba hacia lo

infinito de las sensaciones adyacentes.

Y pensaba que si la Coja hubiera estado a su lado, él le diría

refiriéndose a un recuerdo:

-Aún yo no era ladrón.

Erdosain se imaginó que la Coja lo miraba, y él, con un tono

aburrido, continuó:

-Al lado del viejo edificio de «Crítica», en la calle Sarmiento,

había una fonda.

Hipólita levantó los ojos como interrogándolo, de pronto, entre

el traqueteo infernal de los coches al cruzar las entrevias de Caballito,

Erdosain se imaginó que era un personaje que había vivido como un

bandido, pero que ya se había regenerado, y entonces continuó

diciéndole a su interlocutora invisible:

-Y allí se reunían vendedores de diarios y ladrones.

-¿Ah, sí?

El patrón, para evitar que los tumultos formados por esta canalla

terminaran de romperles los cristales de los escaparates, tenía

bajadas continuamente las cortinas metálicas.

La luz entraba al salón por los vidrios de la banderola teñidos de

azul, de forma que en esa leonera de muros pintados de gris como los

de una carnicería turca, flotaba una oscuridad que tornaba lechosa la

humareda de los cigarros.

En aquel cubo sombrío, de techo cruzado por enormes vigas, y

que la cocina de la fonda inundaba de neblinas de menestra y de

sebo, se movía el tumulto oscuro, una «merza» de ladrones, sujetos

de frentes sombreadas por las viseras de las gorras y pañuelos

flojamente anudados en el escote de las camisetas. De once a dos de

la tarde se apeñuscaban en torno de las grasientas mesas de marmol,

para chupar conchas de almejas podridas o jugar a los naipes entre

vasos de vino.

En aquella bruma hedionda los semblantes afirmaban gestos

canallescos, se veían jetas como alargadas por la violencia de una

estrangulación, las mandíbulas caídas y los labios aflojados en forma

de embudo; negros de ojos de porcelana y brillantes dentaduras

entre la almorrana de sus belfos, que le tocaban el trasero a los

menores haciendo rechinar los dientes; rateros y «batidores» con

perfil de tigre, la frente hundida y la pupila tiesa.

Un vocerío ronco vomitaba estos racimos espatarrados en los

bancos y acodados a los mármoles, entre los que se deslizaban los

«lanceros», de traje adecentado, cuello flojo, chaleco gris y hongos

de siete pesos. Algunos acababan de salir de Azcuénaga y daban

noticias de los nuevos presos transmitiendo mensajes, otros para

inspirar confianza, gastaban anteojos de carey, y todos al entrar

soslayaban el antro con rapidísimas miradas. Hablaban en voz baja,

sonriendo convulsivamente, pagando botellas de cerveza a extraños

compinches y salían y entraban varias veces en un cuarto de hora,

llamados por misteriosas diligencias. El amo de esta caverna era un

hombre enorme, cara de buey, ojos verdes, nariz de trompeta y

apretadísimos labios finos.

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