CAPITULO SEGUNDO Los siete locos · Capítulo 3 de 6
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CAPITULO SEGUNDO

CAPITULO SEGUNDO

INCOHERENCIAS

Los días que sucedieron al secuestro de Barsut, los pasó

Erdosain encerrado en el cuarto de una pensión, a la que se trasladó

provisoriamente después de liquidar su deuda con la Limited

Azucarer Company. Le había cobrado terror a la calle. No pensaba

nunca en el proyectado secuestro de Barsut, y hasta dejó de visitar al

Astrólogo. Se pasaba el día en la cama, con los puños apoyados en la

almohada y la frente aplastada sobre éstos. Otras veces permanecía

horas con los ojos clavados en la pared, por la que le parecía trepaba

una delgada neblina de sueño y de desesperación.

Durante aquel período no pudo nunca reconstruir el semblante

de Elsa.

-Se había alejado tan misteriosamente de mi espíritu, que me

costaba un gran esfuerzo recordar los rasgos de su fisonomía.

Luego dormía o cavilaba. Trató, aunque inútilmente, de

preocuparse de dos proyectos que consideraba importantes: el

cambio electromagnético para máquinas de vapor, y el de una

tintorería de perros, que lanzaría al mercado canes de pelambre

teñido de azul eléctrico, bull-dogs verdes, lebreles violetas, foxterriers

lilas, falderos con fotografías de crepúsculos a tres tintas en el lomo,

perritas con arabescos como tapices persas. Estaba tranquilo: una

tarde se durmió y tuvo este sueño:

Sabía que era novio de una de las infantas. Este suceso

acompañado del hecho de ser lacayo de su majestad, Alfonso XIII, le

regocijaba inmediatamente, pues los generales le rodeaban,

haciéndole intencionadas preguntas. Un espejo de agua mordía los

troncos de los árboles siempre florecidos en blanco mayor, mientras

que la infanta, una niña alta, tomándole del brazo, le decía ceceando:

-¿Me amáis, Erdosain?

Erdosain, echándose a reír, le contestó con grosería a la infanta:

un círculo de espadas brilló ante sus ojos y sintió que se hundía,

cataclismos sucesivos desgajaron los continentes, pero él hacía

muchos siglos que dormía en un cuartujo de plomo en el fondo del

mar. Tras del vidriado ventanuco iban y venían tiburones tuertos,

furiosos porque sufrían de almorranas, y Erdosain se regocijó

silenciosamente, riéndose con risitas del hombre que no quiere ser

oído. Ahora todos los peces del mar estaban tuertos, y él era

Emperador de la Ciudad de los Peces Tuertos. Una muralla eterna

circundaba el desierto a la orilla del mar, el cielo verde se oxidaba en

los ladrillos del muro, y en las paredes de las torres rojas, las olas

entrechocaban miríadas de peces gordos y tuertos, monstruosos

peces ventrudos enfermos de lepra marina, mientras que un negro

hidrópico amenazaba con el puño a un ídolo de sal.

Otras veces, Erdosain evocaba tiempos pasados y en los que

había previsto los sucesos actuales, como le dijera aquella noche al

capitán. Sufrimientos sordos, merodeos en torno

de una realidad que ahora le hacia decir:

-Tenía razón, no me equivocaba.

Así, recordaba que una noche conversando con Elsa, ésta, en un

momento de sinceridad, le confesó que de haber sido soltera, no se

habría casado, sino que hubiera tenido un amante.

Erdosain le preguntó:

-¿En serio decís eso?

De la otra cama, terca, Elsa respondió:

-Sí, hombre, tendría un amante... ¿para qué casarse?...

Fenómeno curioso: Erdosain tuvo súbitamente la sensación del

silencio de la muerte, un silencio paralelo como un féretro a su cuerpo

horizontal. Posiblemente en aquel instante, en él se destruyó todo el

amor inconsciente que el hombre siente por una mujer, y luego le

permitirá afrontar situaciones terribles, que serían insoportables de no

haber sucedido previamente aquel fenómeno. Le parecía ahora

encontrarse en el fondo de un sepulcro, pensó que jamás vería la luz,

y en ese silencio liviano y negro que colmaba la habitación se movían

los fantasmas despertados por la voz de su esposa.

Más tarde, explicando esos momentos, recordó que se mantenía

inmóvil, en la cama, temeroso de romper el equilibrio de su enorme

desdicha, que aplomaba definitivamente su cuerpo horizontal en la

superficie de una angustia implacable.

Su corazón latía pesadamente. Parecíale que cada sístole diástole

tenía que vencer la presión de una elástica masa de fango. Y era

inútil que desde allí él intentara mover las manos para alcanzar el

sol que estaba más arriba. Y la voz de la esposa repetía aún en sus

oídos:

-No me hubiera casado. Tendría un amante.

Y esas palabras, que para ser pronunciadas no habían requerido

sino el espacio de dos segundos de tiempo, estarían ahora

resonando toda la vida en él. Cerró los ojos. Las palabras estarían

toda la vida en él, arraigadas en su entraña como un crecimiento de

carne. Y sus dientes rechinaron. Quería sufrir más aún, agotarse de

dolor, desangrarse en un lento chorrear de angustia. Y con las

manos pegadas a los muslos, tieso como un muerto en su ataúd, sin

volver la cabeza, reteniendo el galope de su respiración, preguntó

con voz sibilante:

-¿Y lo hubieras querido?

-¿Para qué?... ¡Quién sabe!... Sí; si era bueno, ¿por qué no?

-¿Y dónde se hubieran visto? Porque en tu casa no iban a tolerar

eso.

-En algún hotel.

-¡Ah!

Callaron, pero ya Erdosain la veía en la firme desdicha de su

vida, avanzar por la acera de una calle empedrada con lascas de río.

Ella se adelantaba por la ancha vereda. Un tul oscuro le cubría la

mitad del semblante, y encaminándose hacia el lugar donde la

conducía el deliberado deseo, avanzaba con rápidos y seguros pasos.

Y deseoso de martirizar aún lo poco de esperanza que le quedaba,

Erdosain continuó, con una sonrisa falsa que ella no podía distinguir

en la oscuridad, y la voz suave, para que Elsa no reparara en el furor

que estremecía sus labios:

-¿Ves? Así es lindo, en un matrimonio, poder hablar de todo con

una confianza de hermanos. Y, decíme, ¿te hubieras desnudado ante

él?

-¡No digas estupideces!

-No; decíme: ¿te hubieras desnudado?

-¡Y... claro! ¡No me iba a estar vestida!

Si de un hachazo le hubieran partido la columna vertebral, no

quedaría más rígido. La garganta se le resecó como si por ella entrara

un viento de fuego. Su corazón apenas latía; por sobre los sesos sintió

correr una neblina que se le escapaba por los ojos. Caía en el silencio

y la oscuridad, se sumergía en la nada por un muelle descendimiento,

mientras que la firme parálisis de su carne cúbica subsistía para que la

sensación de la pena se estampara más profundamente. Calló, y, sin

embargo, él hubiera querido sollozar, arrodillarse ante alguien,

levantarse en ese instante, vestirse e ir a dormir en el atrio de alguna

casa, en el umbral de una ciudad desconocida.

Enloquecido, gritó Erdosain:

-¿Pero te das cuenta... te das cuenta de lo horrible de esto, de lo

espantoso que me has dicho? ¡Yo debía matarte! ¡Sos una perra! ¡Yo

debía matarte, sí, matarte! ¿Te das cuenta?

-¡Pero qué te pasa! ¿Estás loco?

-Vos has deshecho mi vida. Ahora sé por qué no te me

entregabas, ¡y me has obligado a masturbarme! ¡Sí, a eso! Me has

hecho un trapo de hombre. Debía matarte. El primero que venga

podrá escupirme en la cara. ¿Te das cuenta? Y mientras yo robo y

estafo, y sufro por vos, vos... sí, vos estás pensando en eso. ¡En que

te hubieras entregado a un hombre bueno! ¿Pero te das cuenta? ¡Un

hombre bueno! ¡Así, un hombre bueno!

-¿Pero estás loco?

Rápidamente se vestía Erdosain.

-¿Dónde vas?

Echóse a cuestas el sobretodo; después inclinándose sobre la

cama de la mujer, exclamó:

-¿Sabes adonde voy? A un prostíbulo, a buscarme una sífilis.

INGENUIDAD E IDIOTISMO

El cronista de esta historia no se atreve a definirlo a Erdosain, tan

numerosas fueron las desdichas de su vida, que los desastres que más

tarde provocó en compañía del Astrólogo pueden explicarse por los

procesos psíquicos sufridos durante su matrimonio.

Aún hoy, cuando releo las confesiones de Erdosain, paréceme

inverosímil haber asistido a tan siniestros desenvolvimientos de

impudor y de angustia.

Me acuerdo. Durante aquellos tres días en que estuvo refugiado

en mi casa, lo confesó todo.

Nos reuníamos en una pieza enorme y vacía de muebles, donde

poca luz llegaba.

Erdosain quedábase sentado en el borde de una silla, la espalda

arqueada, los codos apoyados en las piernas, las mejillas enrejadas

por los dedos, la mirada fija en el pavimento.

Hablaba sordamente, sin interrupciones, como si recitara una

lección grabada al frío por infinitas atmósferas de presión, en el

plano de su conciencia oscura. El tono de su voz, cuáles fueran los

acontecimientos, era parejo, isócrono metódico, como el del

engranaje de un reloj.

Si se le interrumpía no se irritaba, sino que recomenzaba el

relato, agregando los detalles pedidos, siempre con la cabeza

inclinada, los ojos fijos en el suelo, los codos apoyados en las rodillas.

Narraba con lentitud derivada de un exceso de atención, para no

originar confusiones.

Impasiblemente amontonaba inquietud sobre iniquidad. Sabía

que iba a morir, que la justicia de los hombres lo buscaba,

encarnizadamente, pero él, con su revólver en el bolsillo, los codos

apoyados en las rodillas, el rostro enrejado en los dedos, la mirada

fija en el polvo de la enorme habitación vacía, hablaba

impasiblemente .

Había enflaquecido extraordinariamente en pocos días. La piel

amarilla, pegada a los huesos planos del rostro, le daba la apariencia

de un tísico. Más tarde la autopsia reveló que estaba ya avanzada la

enfermedad en él.

Decíame la segunda tarde de encontrarse en mi casa:

-Antes de casarme, yo pensaba con horror en la fornicación. En

mi concepto, un hombre no se casaba sino para estar siempre junto a

su mujer y gozar la alegría de verse a todas horas; y hablarse,

quererse con los ojos, con las palabras y las sonrisas. Cierto es que yo

era joven entonces, pero cuando fui novio de Elsa sentí necesidad

de renovar todas estas cosas.

Hablaba.

Erdosain jamás besó a Elsa, porque era feliz dejando que le

apretara la garganta el vértigo de quererla y porque además creía que

«a una señorita no debe besársela». Y confundía con espiritualidad lo

que en sí no era más que un apetecimiento de su carne.

-Tampoco nos tuteábamos, porque me era agradable era

distancia que interponía entre nosotros el usted. Además yo creía

que a una señorita no se la tutea. No se ría. En mi concepto, la

«señorita» era la auténtica expresión de pureza, perfección y

candidez. A su lado yo no conocí el deseo, sino la inquietud de un

arrobamiento delicioso que me llenaba de lágrimas los ojos. Y era

feliz porque amaba con sufrimiento, ignorando el fin de mi deseo, y

porque creía que era amor espiritual toda esa convulsión orgánica y

terrible que me postraba dichoso ante la quieta mirada de ella, una

mirada limpia que me penetraba con lentitud las subcapas más

estremecidas del espíritu.

En tanto hablaba, yo lo miraba a Erdosain. ¡El era un asesino, un

asesino, y hablaba de matices del sentimiento absurdo! Continuaba:

-Y la noche del día que nos casamos, ya solos en la pieza del

hotel, ella se desnudó con naturalidad frente a la lámpara encendida.

Ruborizado hasta las sienes, yo volví la cabeza para no mirarla y que

no descubriera mi vergüenza. Luego me quité el cuello, el saco y los

botines y me pues bajo las sábanas con los pantalones puestos. Sobre

la almohada, entre sus rizos negros, ella volvió el rostro y dijo

sonriendo con una risa extraña:

-¿No tenes miedo de que se te arruguen? Sácatelos, zoncito.

Más tarde, una distancia misteriosa la separó a Elsa de Erdosain.

Se entregaba a él, pero con repugnancia, defraudada quién sabe en

qué. Y él se arrodillaba a la cabecera de su cama, y le suplicaba que

se le diera un instante, mas la mujer, con voz sorda de impaciencia, le

respondía casi gritando:

-¡Déjame tranquila! ¿No ves que me das asco?

Refrenando un terror de catástrofe, Erdosain se hundía otra vez

en su cama.

-No me acostaba, sino que permanecía sentado, casi apoyada la

espalda en la almohada, mirando las tinieblas. Yo sabía que no había

ningún objeto en estar mirando las tinieblas, pero me imaginaba que

ella, compadecida de verme así, abandonado en la oscuridad,

terminaría por apiadarse y decirme: «Bueno, vení si queras». Pero

nunca, nunca, me dijo esas palabras, hasta que una noche le grité

desesperado:

-¿Pero vos qué te pensás... que voy a estar masturbándome

siempre?

Y entonces ella, serenamente, me contestó:

-Es inútil: yo no debía haberme casado con vos.

LA CASA NEGRA

Y apareció en él la angustia, pero tan poderosa, que de pronto

Erdosain se tomaba la cabeza enloquecido de un dolor físico.

Parecíale que la masa encefálica se le había desprendido del cráneo y

que chocaba con las paredes de éste al movimiento de la menor idea.

Sabía que estaba irremisiblemente perdido, desterrado de la

posible felicidad que siempre, algún día, sonría en la mejilla más

pálida: comprendía que el destino lo abortó al caos de esa espantosa

multitud de hombres huraños que manchan la vida con sus

estampas agobiadas por todos los vicios y sufrimientos.

El ya no tenía ninguna esperanza, y su miedo de vivir se hacía

más poderoso cuando pensaba que jamás tendría ilusiones, cuando

obstinadamente fijos los ojos en un rincón de la estancia, reconocía

que le era indiferente trabajar de lavaplatos en una fonda o de criado

en un prostíbulo.

¡Qué le importaba! La angustia lo niveló para el seno de una

multitud silenciosa de hombres terribles que durante el día arrastran

su miseria vendiendo artefactos o biblias, recorriendo al anochecer los

urinarios donde exhiben sus órganos genitales a los mozalbetes que

entran a los mingitorios acuciados por otras ansiedades semejantes.

Estas convicciones lo aletargaban en sombrías meditaciones.

Sentíase atornillado a un bloque formidable del que no se evadiría

jamás.

Porque esta angustia llegó a ser tan persistente, que de pronto

descubrió que su alma estaba triste por el destino que en la ciudad

aguardaba a su cuerpo, un cuerpo que pesaba setenta kilos y que él

sólo veía cuando lo encaminaba frente a un espejo.

En otros tiempos con el pensamiento se había rodeado de todas

las comodidades y los placeres, placeres que por no estar limitados

por la materia no tenían duración ni fronteras, mientras que su

tristeza actual se refería a su cuerpo, un cuerpo sufriente, y en el cual

a momentos Erdosain pensaba como si ya no le perteneciera, pero

con el remordimiento de no haberlo hecho feliz.

Dicha tristeza, en cuanto se refería a su pobre físico, tornábase

profunda, como debe ser profundo el dolor de una madre que nunca

pudo satisfacer los deseos de su hijo.

Porque él no le dio a su carne, que tan poco tiempo viviría, ni un

traje decente, ni una alegría que lo reconciliara con el vivir; él no

había hecho nada por el placer de su materia, mientras que a su

espíritu no le fue negada ni la geografía de los países para quienes

los hombres aún no han descubierto máquinas para llegar.

Y muchas veces se decía:

-¿Qué he hecho yo por la felicidad de este desdichado cuerpo

mío?

Porque lo cierto es que se sentía en circunstancias tan ajeno a él,

como el vino del tonel que lo contiene.

Luego recaía que ese cuerpo era el que envasaba sus

cavilaciones, las nutría con su sangre cansada; un miserable cuerpo

mal vestido que ninguna mujer se dignaba mirar y que sentía el

desprecio y la carga de los días, de la que sólo eran responsables sus

pensamientos que nunca habían apetecido los placeres que

reclamaba en silencio, tímidamente.

Erdosain se sentía apiadado, entristecido hacia su doble físico,

del que era casi un extraño.

Entonces, como un desesperado que se arroja desde un séptimo

piso, él se arrojaba en el delicioso terror de la masturbación,

queriendo aniquilar sus remordimientos en un mundo del que nadie

podía expulsarlo, rodeándose de las delicias que estaban alejadas de

su vida.

de todos los cuerpos más distintos y hermosos, para los que se

necesitarían una suma inmensa de existencias y dinero para gozar.

Era aquél un universo de ideas gelatinosas, roto en pasadizos

donde la obscenidad se vestía con las sedas y puntillas y terciopelos y

guipures más costosos; un mundo resplandeciente en su pulpa

crepuscular. Transitaban en él las mujeres más hermosas de la

creación, desconocidas tersas que por él descubrían sus senos de

manzana, ofreciendo a su boca, agriada por innobles cigarrillos,

labios fraganciosos y palabras pesadas de sensualidad.

Y ya eran doncellas altas, finas y pulidas, ya colegiales

corrompidas, un mundo femenino y diverso del que nadie podía

expulsarle, a él, pobre diablo, a quien las regentes de los prostíbulos

más destartalados miraban con desconfianza como si fuera a

defraudarles el importe de la fornicación.

Cerraba los ojos y entraba en la ardiente oscuridad, olvidado de

todo, como el fumador de opio que al entrar al asqueroso fumadero

donde el patrón chino huele a excremento, cree recobrar el cielo.

Y por un momento deslizábase subrepticiamente hacia el placer

clandestino, avergonzado, mas con la impaciencia de un jovenzuelo

al entrar por primera vez en un lenocinio.

El deseo zumbaba como un tábano en sus oídos, pero nadie lo

podía arrancar ya de la oscuridad sensual.

Era esta oscuridad una casa familiar en la que perdía

súbitamente las nociones del vivir común. Allí, en la casa negra, le

eran habituales los placeres terribles, que de haberlos sospechado en

la existencia de otro hombre le habrían separado para siempre de él.

Aunque esta casa negra estaba en Erdosain, entraba en ella

haciendo singulares rodeos, tortuosas maniobras, y una vez

traspuesto el umbral sabía que era inútil retroceder, porque por los

corredores de la casa negra, por un exclusivo corredor siempre

enfardado de sombras, avanzaba a su encuentro, con pies ligeros, la

mujer que un día en la vereda, en un tranvía o en una casa, le había

envarado de deseo.

Como quien saca de su cartera un dinero que es producto de

distintos esfuerzos, Erdosain sacaba de las alcobas de la casa negra

una mujer fragmentaria y completa, una mujer compuesta por cien

mujeres despedazadas por los cien deseos siempre iguales, renovados

a la presencia de semejantes mujeres.

Porque ésta tenía las rodillas de una muchacha a quien el viento

soslayaba la pollera mientras esperaba el ómnibus, y los muslos que

recordaba haber visto en una postal pornográfica, y la sonrisa triste y

desvanecida de una colegiala que hacía mucho tiempo había

encontrado en el tranvía, y los ojos verdosos de una modistilla con la

pálida boca rodeada de granos que los domingos salía, al atardecer,

con una amiga, para bailar en esos centros recreativos, donde los

tenderos empujan con sus braguetas sublevadas a las mocitas que

gustan de los hombres.

Esta mujer arbitraria, amasada con la carnadura de todas las

mujeres que no había podido poseer, tenía con él esas complacencias

que tienen las novias prudentes que ya han dejado las manos en las

entrepiernas de sus novios sin dejar por ello de ser honestas. Iba

hacia él. Tenía las nalgas contenidas por una faja ortopédica, que

dejaba libres sus senos ligeramente combados, y sus modales eran

irreprochables como los de una señorita educada que sabe razonar,

lo cual no le impide dejar que su novio pierda los dedos en el

corpiño entreabierto por un olvido.

Luego caía en los abismos de la casa negra. ¡La casa negra!

Erdosain, de aquellos tiempos conservaba un recuerdo abominable;

tenía la sensación de que había vivido en el interior de un infierno,

cuyo contenido diabólico lo acompañaba a través de los días, y aun a

pocos de los de su muerte, perseguido por la justicia. Cuando

volcaba su memoria hacia

aquella época se exaltaba sobriamente, una llama roja brillaba ante

sus ojos, y tal era su doloroso furor, que hubiera querido de un salto

llegar hasta más allá de las estrellas, quemarse en una hoguera que

limpiara su presente de todo aquel terrible pasado, persistente e

inevitable.

¡La casa negra! Aún me parece tener ante los ojos el semblante

enrigecido del hombre taciturno, que de pronto levantaba la cabeza

hacia el cielorraso, luego bajaba los ojos hasta ponerlos a la altura de

los míos y sonriendo fríamente, agregaba:

-Vaya, dígales a los hombres lo que es la casa negra. Y que yo era

un asesino. Y sin embargo yo, el asesino, he amado todas las bellezas

y he luchado en mí mismo contra todas las horribles tentaciones que

hora tras hora subían de mis entrañas. He sufrido por mí, y por los

otros, ¿se da cuenta?, también por los otros...

LA CIRCULAR

El secuestro se llevó a cabo diez días después de la fuga del

Elsa. El día catorce de agosto Erdosain recibió la visita del Astrólogo,

mas, como había salido, al regresar encontró tirado bajo la puerta un

sobre. Este contenía una circular falsificada, del Ministerio de Guerra,

comunicándole a Erdosain de la supuesta dirección del capitán

Belaunde y una curiosa posdata que decía así:

«Lo esperaré hasta el día veinte todas las mañanas de diez a

once, en compañía de Barsut. Llame y entre sin esperar. No venga a

visitarme solo».

Erdosain leyó la carta del Astrólogo y quedó pensativo. Se había

olvidado de Barsut. Sabía que tenía que matarlo, luego tal

determinación se cubrió de tinieblas, y los días que ocupaban el

intervalo, y que transcurriera embotado, se fueron para siempre.

«Tenía que matarlo a Barsut». La explicación de la palabra «tenía»

podría encontrarse como la característica de la locura de Erdosain.

Cuando le interrogué a ese respecto, me contesto: «Tenía que matarlo,

porque si no no hubiera vivido tranquilo. Matar a Barsut era una

condición previa para existir, como lo es para otros el respirar aire

puro».

Así, no bien hubo recibido la carta, se dirigió a la casa de Barsut.

Este vivía en una pensión de la calle Uruguay, cierto departamento

oscuro y sucio ocupado por un fantástico mundo de gente de toda

calaña. La patrona de tal antro se dedicaba al espiritismo, tenía una

hija bizca y en cuanto a los pagos era inexorable. Pensionista que se

retrasaba veinticuatro horas en pagarle, estaba seguro que al llegar la

noche encontraba sus baúles y trastos arrojados en el centro del patio.

Llegó atardecido a la casa del otro. Precisamente estaba Gregorio

afeitándose cuando entró Erdosain a su pieza. Barsut se detuvo

pálido, con la navaja sobre la mejilla, luego mirándolo de pies a

cabeza a Erdosain, exclamó:

-¿Qué es lo que querés vos aquí?

«Otro se hubiera indignado -comentaba más tarde Erdosain-. Yo

le miré sonriendo 'amistosamente', porque me sentía amigo de él en

aquellos momentos, y sin decir palabras le alcancé la carta del

Ministerio de Guerra. Una alegría inexplicable me mantenía

inquieto, recuerdo que estuve un minuto sentado en la orilla de su

cama, luego me levanté poniéndome a pasear nerviosamente por la

pieza».

-Así que está en Témperley. ¿Y vos querés que vayamos a

buscarla?

-Sí, eso es lo que quiero. Y que vos vayas a buscarla.

Barsut murmuró algo que Erdosain no entendió, luego con las

manos empezó a friccionarse los músculos de los brazos y la

epidermis se sonrojó suavemente. Iba a afeitarse los bigotes, sostuvo

la navaja en el aire y volviendo la cabeza, dijo:

-¿Sabes? Creí que nunca tendrías el coraje de visitarme.

Erdosain sostuvo la estriada mirada verde, realmente aquel

hombre tenía la faz de un tigre, y después de cruzarse de brazos,

argüyó:

-Es cierto, yo también creía eso, pero ya vez, las cosas cambian...

-¿Tenes miedo de ir vos solo?

-No, lo que tengo es interés de verte a vos en la aventura...

Barsut apretó los dientes. Con el mentón empapado de espuma

jabonosa y la frente arrugada poderosamente consideró a Erdosain y

terminó por decir:

-Mirá, yo me creía un canalla, pero creo que vos... vos sos peor

que yo. En fin, que sea lo que Dios quiera.

-¿Por qué decís que sea lo que Dios quiera?

Barsut se detuvo frente al espejo, apoyó los puños en la cintura,

y lo que dijo no le sorprendió a Erdosain, que con el semblante

sereno escuchó estas palabras:

-¿Quién me dice que esta circular no esté falsificada y que vos me

tiendas una «cama» para asesinarme?

«¡Qué curiosa es el alma del hombre! -comentaba luego

Erdosain-. Yo escuché esas palabras y ni un solo músculo del

semblante se me alteró. ¿Cómo Gregorio había adivinado la verdad?

No lo sé. ¿O es que él tenía también la mala imaginación mía?»

Encendió un cigarrillo y le contestó estas únicas palabras:

-Hacé lo que quieras.

Pero Barsut, que estaba en vena de conversar, repuso:

-¿Pero por qué no? Decíme: ¿Por qué no? ¿Qué tendría de

extraño que vos me quisieras matar? Es lógico. Te quise robar la

mujer, te denuncié, te di una paliza, ¡qué diablos!, tendrías que ser un

santo para que no tuvieras ganas de matarme.

-¿Un santo? No, m'hijo, no lo soy. Pero te juro que mañana no te

mataré. Algún día sí, pero mañana no.

Barsut se echó a reír alegremente.

-¿Sabes que sos notable. Remo? Algún día me matarás. ¡Qué

curioso! ¿Sabes lo que me interesa de todo eso? La cara que pondrás

al matarme. Decíme, ¿vas a estar serio o te vas a reír?

Las preguntas habían sido hechas con gravedad amistosa.

-Posiblemente esté serio. No sé. Creo que sí. Vos comprenderás

que matarlo a otro no es juguete.

-¿Y no tenes miedo a la cárcel?

-No, ya que si te matara tomaría antes mis precauciones, y tu

cadáver lo destruiría con ácido sulfúrico.

-Sos un bárbaro... A propósito, yo tengo una memoria más floja:

¿pagaste en la Azucarera?

-Sí.

-¿Quién te dio el dinero?

-Un rufián.

-Tenes pocos amigos, pero buenos... Entonces, ¿a qué hora me

vas a venir a buscar mañana?

-A las ocho va ese hombre al comando... así es que...

-Mirá, no termino de creer que sea cierto, pero si Elsa está allá le

voy a dar tantos sopapos que te prevengo que tendrán que pasar

muchos años para que se los olvide.

Cuando Erdosain salió se dirigió a una oficina de correos y le

hizo un telegrama al Astrólogo.

TRABAJO DE LA ANGUSTIA

Esa noche no durmió. Estaba sumamente cansado. Tampoco

pensaba en nada. Pretendió darme una definición de aquel estado

con estos términos:

-El alma está como si se hubiera salido medio metro del cuerpo.

Un aniquilamiento muscular extraordinario, una ansiedad que no

termina nunca. Usted cierra los ojos y parece que el cuerpo se

disuelve en la nada, de pronto se recuerda un detalle perdido, entre

los millares de días que ha vivido; no cometa usted nunca un crimen,

porque eso más que horrible es triste. Usted siente que va cortando

una tras otra las amarras que lo ataban a la civilización, que va a

entrar en el oscuro mundo de la barbarie, que perderá el timón, se

dice y eso también se lo dije al Astrólogo, que provenía de una falta

de training en la delincuencia, pero no es eso, no. En realidad, usted

quisiera vivir como los demás, ser honrado como los demás, tener un

hogar, una mujer, asomarse a la ventana para mirar los transeúntes

que pasan, y sin embargo, ya no hay una sola célula de su organismo

que no esté impregnada de la fatalidad que encierran esas palabras:

tengo que matarlo. Usted dirá que razono mi odio. Cómo no

razonarlo. Si tengo la impresión de que vivo soñando. Hasta me doy

cuenta de que hablo tanto para convencerme de que no estoy

muerto, no por lo sucedido sino por el estado en que lo deja un hecho

así. Es igual que la piel después de una quemadura. Se cura, ¿pero vio

usted cómo queda?, arrugada, seca, tensa, brillante. Así le queda el

alma a uno. Y el brillo que a momentos se refleja le quema los ojos. Y

las arrugas que tiene le repugnan. Usted sabe que lleva en su interior

un monstruo que en cualquier momento se desatará y no sabe en

qué dirección.

«¡Un monstruo! Muchas veces me quedé pensando en eso. Un

monstruo calmoso, elástico, indescifrable, que lo sorprenderá a usted

mismo con la violencia de sus impulsos, con las oblicuas satánicas

que descubre en los recovecos de la vida y que le permiten discernir

infamias desde todos los ángulos. ¡Cuántas veces me he detenido en

mí mismo, en el misterio de mí mismo y envidiaba la vida del

hombre más humilde! ¡Ah!, no cometa nunca un crimen. Véame a mí

cómo estoy. Y me confieso con usted porque sí, quizá porque usted

me comprende...

«¿Y la noche?... Llegué tarde a casa. Me tiré vestido encima de la

cama. La emoción que puede experimentar un jugador la sentía yo

en los afanosos latidos de mi corazón. En realidad no pensaba en los

sucesos posteriores al delito, sino que mantenía al borde del mismo la

curiosidad de saber cómo me comportaría, qué es lo que haría Barsut,

de qué forma lo secuestraría el Astrólogo, y el crimen que en algunas

novelas había leído se presentaba interesante; veía yo ahora que era

algo mecánico, que cometer un crimen es sencillo, y que nos parece

complicado a nosotros debido a que carecemos de la costumbre de

él.

«Tan es así que recuerdo que me quedé acostado con la mirada

fija en un ángulo de la pieza a oscuras. Pedazos de antigua existencia,

pero inconexos, pasaban como empujados por un viento, ante mis

ojos. Nunca llegué a explicarme el misterioso mecanismo del recuer¬

do, que hace que en las circunstancias excepcionales de nuestra vida,

de pronto adquiera una importancia casi extraordinaria el detalle

insignificante y la imagen que durante años y años ha estado cubierta

en nuestra memoria por el presente de la vida. Ignorábamos que

existían aquellas fotografías interiores y de pronto el espeso velo que

las cubre se rompe, y así, esa noche, en vez de pensar en Barsut me

dejé estar allí, en ese triste cuarto de pensión, en la actitud de un

hombre que espera la llegada de algo, de ese algo de que he hablado

tantas veces, y que a mi modo de ver debía darle un giro inesperado a

mi vida, destruir por completo el pasado, revelarme a mí mismo un

hombre absolutamente distinto de lo que yo era.

«En realidad, el crimen no me preocupaba mucho, sino otra

curiosidad: ¿de qué forma me manifestaría después del crimen?

¿Sufriría remordimientos? ¿Enloquecería, terminaría por irme a

denunciar? ¿O sencillamente viviría como hasta el presente,

adolorido de esa impotencia singular que le daba a todos los actos de

mi vida una incoherencia que ahora usted dice son los síntomas de

mi locura?

«Lo curioso es que a momentos sentía grandes impulsos de

alegría, deseos de reírme para simular un paroxismo de locura que

no existía en mí; mas quebrantado el impulso trataba de figurarme

de qué forma lo secuestraríamos a Barsut. Estaba seguro de que se

defendería, pero el Astrólogo no era hombre de intervenir sin

previsión en una empresa. Otras veces me planteaba el problema

mediante qué forma Barsut había adivinado que la circular del

Ministerio de Guerra estaba falsificada y me admiraba de haber

conseguido aquella perfecta presencia de espíritu, cuando volviendo

hacia mí la cara jabonada, dijo casi irónicamente:

«-Mirá qué curioso si la circular estuviera falsificada.

«En realidad él era un canalla, pero yo no le iba a la zaga; la

diferencia quizá consistiría en que él no experimentaba curiosidad

por sus bajas pasiones como la sentiría yo. Además, a mí no me

importaba nada en aquellas circunstancias. Quizá fuera yo el que lo

matara, quizá fuera el Astrólogo, el caso es que había arrojado mi

vida a un recoveco monstruoso, en el que los demonios jugaban con

mis sentidos como con los dados metidos en un cubilete.

«Llegaban ruidos lejanos: el cansancio se infiltraba por mis

articulaciones; a momentos me parecía que la carne, como una

esponja, chupaba el silencio y el reposo. Ideas torvas se me ocurrían

respecto a Elsa, un rencor taciturno me enrigecía los músculos en los

maxilares; hasta sentía la pena de mi pobre vida.

«Sin embargo, la única forma de rehabilitarme ante mí era

asesinándolo a Barsut, y de pronto me veía de pie junto a él; estaba

atado con sogas gruesas y echado sobre un montón de bolsas; de él

sólo era nítido el verde perfil del ojo y la nariz pálida; yo me

inclinaba suavemente encima de su cuerpo, esgrimía un revólver, le

apartaba dulcemente el cabello de las sienes y le decía en voz muy

baja:

«-Vas a morir, canalla.

«Los bulto se estremecía, yo levantaba el revólver, apoyaba el

caño en la piel sobre la sien y nuevamente repetía en voz muy baja:

«-Vas a morir, canalla.

«Los brazos se removían bajo las gruesas ligaduras, era una

desesperada faena de huesos y de músculos espantados.

«-¿Te acordás, canalla, te acordás de las papas, de la ensalada

volcada encima de la mesa? ¿Tengo ahora esa cara de infeliz que te

preocupaba?

«Mas intempestivamente sentía vergüenza de decirle esas

villanías, y entonces le decía, o no, no le decía nada, tomaba una

bolsa y le cubría la cabeza: bajo la arpillera tupida, la cabeza se

removía furiosamente; yo trataba de apretarla contra el piso para

asegurar la eficacia del balazo y la posición segura del caño del

revólver, y la arpillera resbalaba sobre los cabellos y todos mis

esfuerzos eran inútiles para domar el coraje de esa fiera, que ahora

resoplaba sordamente para escapar de la muerte. Si se desvanecía

este sueño, me imaginaba viajando por el archipiélago de la Malasia,

a bordo de un velero en el océano Indico; había cambiado de

nombre, mascullaba inglés, mi tristeza era quizá la misma, pero

ahora tenía brazos fuertes, la mirada serenísima; quizás en Borneo,

quizás en Calcuta o más allá del mar Rojo, o al otro lado de la Taiga,

en Corea o en Manchuria, mi vida se reedificará».

Cierto es que ya no eran los sueños del inventor ni del nombre

que descubría unos rayos eléctricos, tan poderosos como para fundir

moles de acero como si fueran lentejas de cera, ni presidiría la mesa

vidriada de la Liga de las Naciones.

En otros momentos el terror avanzaba en Erdosain: tenía la

sensación de estar engrilletado, la terrible civilización lo había metido

dentro de un chaleco de fuerza del que no se podía escapar. Veíase

encadenado y con el traje de rayadillo, cruzando lentamente en una

columna presidiaría, entre médanos de nieve, hacía los bosques de

Ushuaia. El cielo estaba arriba blanco como una chapa de estaño.

Esta visión le enardeció; aciegado del furor lento, se levantó.

caminando de una parte a otra del cuarto, tenía intenciones de

golpear las paredes con los puños, hubiera querido horadar los

muros con los huesos; luego se detuvo en la jamba de la puerta, se

cruzó de brazos, nuevamente la pena retrepó hasta su garganta, era

inútil cuanto hiciera, en su vida había una realidad ostensible, única,

absoluta. El y los otros. Entre él y los otros se interponía una

distancia, era quizá la incomprensión de los demás, o quizá su

locura. De cualquier forma, no por eso era menos desdichado. Y

nuevamente el pasado se levantó por pedazos ante sus ojos; la

verdad es que hubiera deseado escaparse de sí mismo, abandonar

definitivamente aquella vida que contenía su cuerpo y que lo

envenenaba.

¡Ah!, entrar a un mundo más nuevo con grandes caminos en los

bosques, y donde el hedor de las fieras fuera más incomparablemente

dulce que la horrible presencia del hombre.

Y caminaba, quería extenuarlo a su cuerpo, agotarlo

definitivamente, aplastarlo por el cansancio hasta tal grado que le

fuera imposible modular una sola idea.

EL SECUESTRO

A las nueve de la manana Erdosain fue a buscarlo a Barsut.

Salieron sin decir palabra. Más tarde Erdosain reflexionaba sobre

este viaje extraño en el cual el otro hombre fue hacia su destino sin

oponer ninguna resistencia.

Refiriéndose a esas circunstancias, decía:

-Iba con Barsut como un condenado a muerte marcha hacia el

paraje de la ejecución, abandonada toda su fuerza; con una sensación

persistente, la del vacío ocupando los intersticios de mis entrañas.

«Barsut a su vez estaba ceñudo; yo comprendía que él allí,

sentado junto a la ventanilla, con el codo apoyado en el pasamano,

acumulaba furores para descargarlos contra el invisible enemigo que

su instinto le advertía estaba oculto en la quinta de Témperley».

Erdosain continuó:

-A momentos me decía lo curioso que hubiera resultado para los

otros pasajeros el saber que esos dos hombres, hundidos en el

acolchado de cuero de los asientos, eran: uno el próximo asesino y el

otro su víctima.

«Y sin embargo, todo continuaba lo mismo; el sol luda allá en los

campos: habíamos dejado atrás los frigoríficos, las fábricas de

estearina y jabón, las fundiciones de vidrio y de hierro, los bretes con

el vacuno oliendo los postes, las avenidas a pavimentar con sus

llanuras manchadas de yeso y de surcos. Y ahora comenzaba,

traspuesto Lanús, el siniestro espectáculo de Remedios de Escalada,

monstruosos talleres de ladrillo rojo y sus bocazas negras, bajo

cuyos arcos maniobraban las locomotoras, y a lo lejos, en las

entrevias, se veían cuadrillas de desdichados apaleando grava o

transportando durmientes.

«Más allá, entre una raquítica vegetación de plátanos

intoxicados por el hollín y los hedores del petróleo, cruzaba la senda

oblicua de los chalets rojos para los empleados de la empresa, con

sus jardincitos minúsculos, sus persianas ennegrecidas por el humo y

los caminos sembrados de escoria y carbonilla».

Barsut iba ensimismado. Erdosain, para explicar el exacto

término, se dejaba estar. Si en aquel momento hubiera visto un

convoy avanzando por la línea en sentido contrario, no hubiera

pestañeado, tan indiferente le era la vida o la muerte.

Así transcurrió el viaje. Cuando llegaron a Témperley, Barsut se

sacudió como si despertara escalofriado de un sueño penoso, y se

limitó a decir:

-¿Por dónde es?

Erdosain extendió el brazo, señalando vagamente la distancia

que debía caminar, y Barsut siguió el rumbo.

Ahora cruzaban en silencio las calles hacia la quinta del

Astrólogo.

Caía el tierno azul de la mañana en los bardales de las calles

oblicuas.

Tallos, pasteles de todos los verdes y árboles, creaban informes

edificios vegetales, crestados por penachos flexibles y bifurcados por

laberintos de leñosidades rojas. Esto bajo el aire que ondulaba

suavemente, de forma tal, que esas fantásticas construcciones del

botánico azar parecían flotar en una atmósfera de oro, que tenía la

lucidez vitrea de un cristal cóncavo, reteniendo en su esfericidad el

profundo hedor de la tierra.

-Linda la mañana -dijo Barsut.

Y ya no hablaron más hasta llegar al frente de la quinta.

-Aquí es -dijo Erdosain.

Barsut dio un salto atrás y mirándolo con una agudeza increíble.

exclamó:

-¿Y cómo sabes que es aquí, si no hay número?

Comentando más tarde esta incidencia, Erdosain decía:

«Puede afirmarse que hay un instinto del crimen, un instinto

que le permite a uno mentir instantáneamente sin temor a incurrir

en contradicciones, un instinto que es como el impulso de

conservación y que en el momento más agudo de la lucha le permite

encontrar recursos de salvación casi inverosímiles».

Erdosain levantó la vista y con un aplomo inesperado para él y

sorprendente después, le contestó:

-Porque vine ayer a dar vueltas por acá. Quería ver si veía a

Elsa.

Barsut lo miró dudando.

Hubiera afirmado que Erdosain mentía, pero el amor propio le

impedía retroceder, y Erdosain llamando, golpeó fuertemente con las

palmas de las manos.

Tapándole hasta la mitad del rostro el ancha ala de un sombrero

de paja, y en mangas de camisa, se detuvo frente al portón de

alambre pintado de rojo el Hombre que vio a la Partera.

-¿Está la señora? -preguntó Barsut.

Bromberg, sin contestar, corrió el cerrojo y abrió el portón:

luego se internó en un sendero que torcía hacia la casa entre el

eucaliptal, y los dos hombres lo siguieron. Repentinamente una voz

gritó:

-¿Dónde van ustedes?

Barsut movió la cabeza. Bromberg giró sobre los talones, y com

si se hubiera roto algún resorte de su brazo, éste se alargó semejante

a un rayo.

Barsut abrió la boca en un frenesí de aire, doblándose

instantáneamente la parte superior de su cuerpo. Iba a apretarse el

estómago con las manos, pero el brazo de Bromberg dilató el ángulo

de otro golpe, y bajo el cross de mandíbula entrechocaron los

dientes de Barsut.

Cayó, y aplastado entre el pasto parecía estar muerto, con sus

piernas encogidas y los labios ligeramente entreabiertos.

Apareció el Astrólogo, y Bromberg, serio, casi triste, se inclinó

sobre el caído.

El Astrólogo lo tomó por la coyuntura de los brazos, con los

dedos en garfio bajo los sobacos, y en esta forma lo condujeron hasta

la cochera abandonada. Erdosain hizo correr sobre los rodillos el

portalón pintado de color ocre, olor de pasto seco y un torbellino de

insectos escapó de la tarbea negra. Introdujeron al desvanecido hasta

un box: una gruesa cadena estaba asegurada a uno de los pilares por

un candado.

El Astrólogo aseguró con el extremo de ésta por encima del

tobillo, el pie de Barsut, hizo varios nudos con los eslabones, luego lo

aseguró con un candado, rechinó éste al abrirse, y Erdosain,

enderezándose sobre el caído, dijo mirándolo al Astrólogo:

-¿Ha visto? La libreta de cheques no la tiene encima.

Eran las diez de la mañana. El Astrólogo miró el reloj y dijo:

-Tengo tiempo de tomar el rápido que llega a Rosario a las seis.

¿Quiere acompañarme hasta Retiro?

-¿Cómo, va a Rosario?

-¿Y, si tengo que hacerle el telegrama a la dueña de la pensión?

¿Usted tiene el número?

-Sí, todo.

-Es lo mejor para apoderarse del equipaje de Barsut sin despertar

sospechas. ¿En la pensión no tiene nada más?

-Sí, el baúl y dos muletas.

-Perfectamente. Dejémonos de charlas y vamos al grano. A las

seis estaré en Rosario, le hago el telegrama a la vieja, usted se da una

vuelta mañana a las diez y haciéndose el zonzo pregunta si Barsut no

llegó todavía a Rosario, y como yo no he llegado, usted agrega que

sabe que me han ofrecido un importante empleo, etc., etc. ¿Qué le

parece?

-Muy bien.

A las doce el Astrólogo subía al tren.

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