Además tenía miedo de tener voluntad de abandonar su Los siete locos · Capítulo 6 de 6
Obra Menu

Además tenía miedo de tener voluntad de abandonar su

Además tenía miedo de tener voluntad de abandonar su

cuerpo, pues si se lo destruían, ¿cómo podría entrar en él? El

enfermero tenía cara de bellaco, y aunque él le hubiera hablado de

unas redoblonas para la próxima «reunión», no se sentía del todo

seguro. Mas pasada esta primera impresión se complacía en creer

que era un niño débil, lo cual no le impedía reírse desde su cama de

la comedia con que trataba de tranquilizar sus noventa kilos,

descontando que él podía ir a donde quisiera... pero no... no era

cuestión de jugar. Su bondad no podía admitir eso. ¡Y qué hermoso

era sentirse así colmado de caridad! Su misericordia se ensanchaba

sobre el mundo, como una nube sobre los techos de la ciudad.

Su cuerpo quedaba cada vez más abajo.

Ahora lo veía como en el fondo de un cajón, el sanatorio entre

los blancos cubos de las casas era otro cubo, las calles azuleaban

entre sábanas de sombra, las luces verdes de los semáforos del F.C.S.

lucieron débilmente, y el espacio entró en él como el océano en una

esponja, mientras el tiempo dejaba de existir.

Caían las alturas a través de su delicia. Ergueta sentía quietud,

estancamiento de bondad para sí mismo, por la voluntad de una

fuerza exterior. Así gozaría el estanque seco con la lluvia que le

envía el cielo.

De la tierra hacia la cual se volvía su caridad, veía los

redondeados bordes verdosos lamidos por el éter azul. Y como no

era natural permanecer silencioso, sólo atinaba a decir:

-Gracias... gracias, mi Señor.

No experimentaba curiosidad alguna. Su humildad se fortalecía

en el acatamiento.

En la tersura celeste atisbo de pronto el escalonamiento de un

roquedal. Una luz de oro bañaba el pedrerío a pesar de la noche, y lo

azul en la distancia caía en profundos barrancos de lomas doradas.

Ergueta con su cuerpo restituido avanzó a pasos prudentes, tiesa la

pupila fiera en su perfil de gavilán.

Naturalmente, no se sentía tranquilo porque su cuerpo había

pecado innumerables veces, y porque comprendía que su rostro, a

pesar de la actual expresión grave, tenía las rayas enérgicas y la

fiereza de los malevos, que cuando él era mocito imitaba en el arrabal

y con las patotas.

Pero su espíritu estaba contrito y quizá eso fuera suficiente, lo

que no le impedía decirse:

-¿Qué dirá el Señor de mi «pinta»? ¿Cómo puedo presentarme

ante él? -Y al mirarse maquinalmente los botines comprobó que

estaban deslustrados, lo que acrecentó su confusión-. ¿Qué dirá el

Señor de mi «pinta» y de esta cara de burrero y de cafishio? Me

preguntará de mis pecados... se acordará de todas las macanas que

hice... ¿y yo qué le voy a contestar?... que no sabía, pero ¿cómo le voy

a decir eso, si él dejó testimonio de ser en todos sus profetas?

Nuevamente volvió a examinar sus botines, sucios y

descalabrados.

-Y me dirá: «Hasta estás hecho un turro... un vago vergonzoso y

eso que fuiste a la universidad... Te jugaste a los «burros» lo que

pudo ser consuelo del huérfano y de la vida... y enfangaste en orgías

el alma inmortal que yo te di, y arrastrastes a tu ángel guardián por

los lupanares y él lloraba tras tuyo, mientras tu bocaza carnicera se

llenaba de abominaciones...» Y lo peor es que yo no se lo voy a poder

negar... ¿Cómo le voy a negar el pecado? ¡Qué macana. Dios mío!

El cielo era sobre su cabeza una cúpula de yeso azul. Giraban en

las elípticas remotos planetas como naranjas, y Ergueta miró

humildemente el pedregal dorado.

De pronto una gran turbación desazonó su modestia. Levantó

la cabeza y a su izquierda, detenido a diez pasos, vio al Hijo del

Hombre.

El Nazareno, cubierto de una túnica celeste, volvía a él su perfil

demacrado donde lucía el almendrado ojo sereno.

Ergueta sufrió un gran desconsuelo, no podía arrodillarse,

«porque un bacán conserva siempre la línea» y no se arrodilla frente

a un carpintero judío, pero sintió que un sollozo le retorcía el alma y

en silencio extendió los brazos unidos por los dedos hacia el dios

silencioso.

Sentía que toda su caradura se impregnaba de devoción hacia

él.

Así callado lo miraba a Jesús detenido en el roquedal. Los ojos

de Ergueta se llenaron de lágrimas. Lamentábase de que no hubiese

allí alguien con quien golpearse para demostrarle al Señor cuánto lo

quería, y ya el silencio le pareció tan insoportable que venciendo el

terrible anonadamiento, humildemente suplicó:

-Yo quisiera ser diferente, pero no puedo.

Jesús lo miraba.

-Créame... me da no sé qué decirle que lo quiero mucho.

Ergueta le volvió la espalda, caminó tres pasos, luego,

volviéndose, se detuvo.

-He cometido todos los pecados y muchas maca... disparates...

quisiera arrepentirme y no puedo... quisiera arrodillarme... cierto,

besarle los pies a usted, que fue crucificado por nosotros... ¡Ah! si

usted supiera todas las cosas que quise decirle y se me escapan... y

lo quiero sin embargo. ¿Será porque estamos de hombre a hombre?

Jesús lo miraba.

Una sonrisa nueva agració el rostro de Jesús.

Ergueta calló un instante, luego ruborizado murmuró

tímidamente:

-¡Oh! qué bueno que es usted -exclamó enajenado Ergueta-.

¡Qué bueno! Usted se ha dignado sonreírme a mí, pecador... ¿Se da

cuenta usted? Ha sonreído. A su lado, créame, me siento un

muchacho, un «purrete». Quisiera adorarlo toda la vida, ser su

guardaespalda. Ahora no pecaré más, toda la vida voy a pensar en

usted, y pobre del que dude de usted... le rompo el alma...

Jesús lo miraba.

Entonces Ergueta, queriendo ofrecer lo mejor de sí mismo, dijo:

-Yo me arrodillo ante usted. -Avanzó unos pasos y llegando

frente a Jesús inclinó la cabeza, apoyó una rodilla en el pedregal

dorado, iba a prosternarse cuando Jesús avanzó su mano taladrada,

la apoyó en su hombro, y dijo:

-Vente. Sígueme siempre y no peques más, porque tu alma es

hermoso como la de los ángeles que alaban al Señor.

Quiso hablar, pero ya el vacío y el silencio lo rodeaban

vertiginosamente. Ergueta comprendió que había entrado en el

conocimiento de Dios. Ello era bien claro, porque al volverse a una

voces que sonaban en la sala oscura, un loco mudo de nacimiento

exclamó, mirándolo con extrañeza:

-Parece que venís del cielo.

Ergueta lo miró asombrado.

-Sí, porque, como los santos, tenes una rueda de luz en la

cabeza.

Ergueta, suavemente atemorizado, se apoyó en el muro.

Un loco tuerto, que hasta entonces permanecía callado, exclamó:

-Milagros... vos haces milagros. Al mundo le devolviste el habla.

La conversación despertó a un tercer poseído, que se pasaba los

días matando imaginarios piojos entre sus callosos dedos

desgastados, y el barbudo, volviendo su cara pálida, dijo:

-Vos viniste a resucitar a los muertos...

-Y a darle la vista a los ciegos -interrumpió el mundo.

-Y también a los tuertos -aseguró el loco a quien faltaba un ojo-,

porque ahora veo de este lado.

El mudo, sosteniendo su busto con los dos brazos apoyados en

el colchón, continuó:

-Pero vos no sos vos, sino Dios que está en tu cuerpo.

Ergueta, anonadado, aseveró:

-Es cierto, hermanos... no soy yo... sino Dios que está en mí...

¿Cómo podría yo, miserable burdelero, hacer milagros?

-¿Por qué no haces otro milagro?

-Yo no vine a eso, sino a predicar el verbo del Dios Vivo.

El matador de piojos recogió un pie sobre su rodilla y

malévolamente insistió:

-Debías hacer un milagro.

El mudo colocó su almohada en el piso de la sala y sentándose

encima de ella, dijo:

-Yo no hablo más.

Ergueta se apretó las sienes, aturdido de lo que veía. Meditó

amablemente el tuerto:

-Sí, vos debías resucitar ese muerto.

-¡Si no hay ningún muerto aquí!

El tuerto avanzó cojeando hasta Ergueta, lo tomó de un brazo y

casi arrastrándolo lo llevó hasta una cama frontera, donde yacía

inmóvil un hombrecito de cabeza redonda y nariz enorme.

El mundo se acercó apretando los labios.

-¿No ves que está muerto?

-Se murió esta tarde -rezongó el tuerto.

-Les digo que ese hombre no está muerto -exclamó irritado

Ergueta, convencido de que los otros lo burlaban; pero el matador

de piojos saltó de su lecho, se acercó a la otra cama, inclinóse sobre

el hombrecito de cabeza redonda y de tal forma empujó el cuerpo

inmóvil que éste, al caer, resonó opacamente en el piso de la sala,

quedando entre las dos camas con las piernas hacia arriba,

semejante a la horqueta de un árbol recién podado.

-¿Viste que está muerto?

Los cuatro locos permanecían consternados en torno de la

horqueta, recuadrados por el celeste rectángulo de luna, con los

camisones inflados por el viento.

-¿Viste que está muerto? -repitió el barbudo.

-Hacé un milagro -suplicó el tuerto-. ¿Cómo vamos a creer en El

si vos no haces un milagro? ¿Qué te cuesta hacerlo?

El mundo, inclinando repentinamente la cabeza, le hacía señales

de aquiescencia a Ergueta.

Gravemente se inclinó sobre el cadáver, iba a pronunciar las

palabras de Vida, mas súbitamente los muros de la sala giraron los

planos del cubo ante sus ojos, un viento oscuro aulló en sus orejas y

otra vez tuvo tiempo de ver los tres locos recuadrados por el celeste

rectángulo de luna, con los camisones inflados por el viento,

mientras que él resbalaba por una tangente que cortaba el girante

torbellino de tinieblas, en la inconsciencia.

EL SUICIDA

Erdosain permaneció a los pies de la Coja quizá una hora. Las

anteriores emociones se disolvían en su actual modorra. Sentíase

extraño a todo lo ocurrido en el transcurso del día. La angustia y la

malevolencia se endurecían en su pecho como el fango bajo el sol.

Permanecía, sin embargo, inmóvil, sometido al poder de la

somnolencia oscura que se desprendía de su cansancio. Pero su

frente se arrugaba. Y a través de la niebla y de la oscuridad crecía su

otra desesperación, el temor sin esperanza de verse perdido como un

fantasma a la orilla de un dique de granito. Las aguas grises trazaban

franjas de distinta altura que corrían en opuesta dirección. Chalupas

de hierro llevaban borrosas gentes hacia remotos emporios. Habían

allí, además, una mujer acicalada como una cocotte, con un

barboquejo de diamantes y que apoyaba los codos en la mesa de una

taberna y se apretaba las mejillas entre los dedos enjoyados. Y

mientras ella hablaba, Erdosain se rascaba la punta de la nariz. Mas

como esta actitud no era explicable, Erdosain recordó que habían

aparecido cuatro mocitas con el vestido hasta las rodillas y el pelo

amarillo desgreñado en torno de sus caras caballunas. Y las cuatro

mocitas, al pasar a su lado, alargaron un platillo. Pue entonces

cuando Erdosain se preguntó: «¿Es posible que puedan alimentarse

haciendo sólo eso?» Entonces la estrella, la cocotte, que bajo la

barbilla tenía una papada de brillantes, le respondió que sí, que las

cuatro mocitas vivían limosneando, y comenzó a hablar de un

príncipe ruso, con su voz más femenina, cuyo género de vida,

aunque ella trataba de aparejarlo, no condecía con el que llevaba las

cuatro mocitas. Y recientemente entonces Erdosain pudo explicarse

satisfactoriamente por qué razón se rascaba la punta de la nariz

mientras la preciosa hablaba.

Mas su tristeza creció cuando vio la silenciosa gente, volver la

cabeza, subir a los vagones de un convoy largo, que tenía todas las

persianas bajas. Nadie preguntaba por itinerarios ni estaciones. A

veinte pasos de allí, un desierto de polvo extendía su confín oscuro.

No se divisaba la locomotora, pero sí escuchó el doloroso rechinar de

las cadenas al aflojarse los frenos. Podía correr, el tren se deslizaba

despacio, alcanzarlo, trepar por la escalerilla y quedarse un instante

en la plataforma del último vagón, viendo cómo el convoy adquiría

velocidad. Erdosain estaba aún a tiempo para alejarse de esa soledad

gris sin ciudades oscuras... pero inmovilizado por su enorme

angustia, quedóse allí mirando con un sollozo detenido en la

garganta, el último vagón con las ventanillas rigurosamente

cerradas.

Cuando lo vio entrar en la curva de los entrerrieles que cubría la

muralla de niebla, comprendió que se había quedado sólo para

siempre en el desierto de ceniza, que el tren no retornaría jamás, que

siempre continuaría deslizándose taciturno, con todas las persianas

de sus vagones estrictamente cerradas.

Lentamente retiró el rostro de las rodillas de Hipólita. Había

dejado de llover. Sus piernas estaban heladas, le dolían las

articulaciones. Miró un instante el rostro de la mujer dormida,

esfumado en la claridad azulada que entraba por los cristales, y con

extraordinaria precaución se puso de pie. Las cuatro mocitas de

rostro caballuno y el pelo amarillo encrespado, estaban aún en él.

Pensó:

«Debía matarme... -Mas al observar el cabello rojo de la mujer

dormida, sus ideas tomaron otro giro más pesado-: Debe ser cruel. Y

podría matarla, sin embargo -apretó el cabo del revólver en el

bolsillo-. Bastaría un tiro en el cráneo. La bala es de acero y sólo

haría un agujerito. Eso si, se le saltarían los ojos de las órbitas y quizá

la nariz echara sangre. ¡Pobre alma! Y debe haber sufrido mucho.

Pero debe ser cruel».

Una malevolencia cautelosa lo inclinó sobre ella. A medida que

miraba a la dormida sus ojos adquirían una fijeza de enajenado,

mientras con la mano en el bolsillo levantaba el percutor, apretando

el gatillo. Un trueno retumbó a lo lejos, y esa extraña incoherencia

que envolvía como un velo su cerebro se apartó de él; entonces con

numerosas precauciones cogió su perramus, cerró los postigos

evitando que crujieran las bisagras, y salió.

Al bajar las escaleras reconoció con alegría que tenía hambre.

Se dirigió a una de las tantas churrasquerías que hay junto al

mercado Spineto, y apresuradamente recorrió algunas cuadras.

Rodaba la luna sobre la violácea cresta de una nube, las veredas a

trechos, bajo la luz lunar, diríanse cubiertas de planchas de zinc, los

charcos centelleaban profundidades de plata muerta, y con

atorbellinado zumbido corría el agua, lamiendo los cordones de

granito. Tan mojada estaba la calzada, que los adoquines parecían

soldados por reciente fundición de estaño.

Erdosain entraba y salía de las sombras celestes que

oblicuamente cortaban las fachadas. El olor a mojado comunicaba a

la soledad matutina cierta desolación marítima.

Indudablemente, no se encontraba en sus cabales. Lo

preocupaban aún las cuatro mocitas de cara caballuna, y el mar

siniestro con sus olas de hierro. El pesado hedor de aceite quemado

que vomitaba la puerta amarilla de una lechería, le causó náuseas, y

entonces, cambiando de idea, se dirigió a un prostíbulo que recordó

había en la calle Paso, más cuando llegó, la puerta estaba ya cerrada

y desconcertado, tiritando de frío, la boca con sabor a sulfato de

cobre, entró a un café donde acababan de levantar las cortinas

metálicas. Después de larga espera, le sirvieron el té que había

pedido.

Pensó en la mujer dormida. Entrecerró los ojos, y apoyando la

cabeza en el muro, se entregó con más desconsuelo a sus penas.

No sufría por él, el hombre inscripto con un nombre en el

registro civil, sino que su conciencia, apartándose del cuerpo, lo

miraba como al de un extraño, y se decía:

-¿Quién tendrá piedad del hombre?

Y estas palabras, que acertaba a recoger su pensamiento, lo

turbaban llenándolo de dolorosa ternura por invisibles prójimos.

-Caer... caer siempre más bajo. Y sin embargo, otros hombres

son felices, encuentran el amor, pero todos sufren. Lo que ocurre es

que unos se dan cuenta y otros no. Algunos lo atribuyen a lo que no

tienen. Pero qué sueño estúpido ése. Sin embargo, la cara de ella era

linda. Lo que tenía de lógica era lo que decía respecto al príncipe

aventurero. ¡Ah! poder dormir en el fondo del mar, en una pieza de

plomo con vidrios gruesos. Dormir años y años mientras la arena se

amontona, y dormir. Por eso tiene razón el Astrólogo. Día vendrá en

que la gente hará la revolución, porque les falta un Dios. Los

hombres se declararán en huelga hasta que Dios no se haga

presente.

Un amargo olor de cianuro llegó hasta él; y percibiendo a través

de los párpados la lechosa claridad de la mañana, sintióse diluido

como si se hallara en el fondo del mar y la arena subiera

indefinidamente sobre su chozo de plomo. Alguien le tocó la

espalda.

Abrió los ojos al tiempo que el mozo del café le decía:

-Aquí no se puede dormir.

Iba a replicar, mas el criado se apartó para ir a despertar a otro

durmiente. Era éste un hombre grueso, que había dejado caer la calva

cabeza sobre los brazos cruzados encima de la tabla de la mesa.

Pero el durmiente no respondía a las voces del mozo, y entonces

extrañado se aproximó el patrón, un hombre que tenía bigotes tan

enormes como manubrios de bicicleta, y de tal forma lo sacudió a su

parroquiano, que éste quedó doblado sobre la silla, sin caer porque

lo afirmaba el canto de la mesa.

Erdosain se levantó extrañado, mientras que patrón y mozo,

mirándose, observaban de reojo al singular cliente.

El durmiente permaneció en posición absurda. La cabeza caída

sobre un hombro, dejaba ver su cara chata, mordida de viruelas con

los círculos negros de unas gafas ahumadas. Un hilo de baba rojiza

manchaba su corbata verde, escapando de entre los labios azulados.

El codo del desconocido apretaba en la mesa una hoja de papel

escrito. Comprendieron que estaba muerto. Llamaron a la policía,

pero Erdosain no se movía de allí, encurioseado por el espectáculo

del siniestro suicida de las gafas negras, cuya piel se cubría

lentamente de manchas azules. Y el olor de almendras amargas que

estaba inmóvil en el aire, parecía escaparse de entre las quijadas

abiertas.

Llegó un auxiliar de policía, luego un sargento, más tarde dos

vigilantes y un oficial inspector, y dicha gente merodeaba en torno

del muerto, como si éste fuera una res. De pronto el auxiliar,

dirigiéndose al oficial inspector, dijo:

-¿No sabe quién es?

El sargento sacó del bolsillo del cadáver la adición de un hotel,

varias monedas, un revólver, tres cartas lacradas.

-¿Así que éste es el que mató a la muchacha de la calle

Talcahuano?

Le quitaron los anteojos al muerto, y ahora se le veían los ojos, las

pupilas bisqueando, la córnea vuelta hacia arriba, los párpados

teñidos de rojo como si hubiera llorado lágrimas desangre.

-¿No le decía? -continuó el auxiliar-. Aquí está la cédula de

identidad.

-Iba a ir a Ushuaia para toda la vida.

Entonces Erdosain, al escuchar estas palabras, recordó como si

hiciera mucho tiempo que lo hubiera leído. (Y sin embargo, no era

así. La mañana anterior se había enterado en un diario). El muerto

era un estafador. Abandonó a su esposa y cinco hijos para vivir en

concubinato con otra mujer de la que tenía tres hijos, pero hacía dos

noches, quizá harto de la barragana, se presentó en un hotel de la

calle Talcahuano en compañía de una jovencita de diecisiete años, su

nueva amante. Y a las tres de la madrugada le tapó suavemente la

cabeza con una almohada, disparándole un balazo en el oído. Nadie

en el hotel escuchó nada. A las ocho de la mañana el asesino se

vistió, dejó entreabierta la puerta, y llamando a la camarera le dijo

que no despertara a la señora hasta las diez, porque estaba muy

cansada. Luego salió, y recién a las doce del día fue descubierta la

muerta.

Pero lo que le impresionó extraordinariamente a Erdosain fue

pensar que el asesino había estado cinco horas en compañía de la

muerta, cinco horas junto al cadáver de la jovencita en la soledad de

la noche... y que debía de haberla querido mucho.

¿Mas él no había pensado lo mismo horas antes frente a la

mujer de cabello rojo? ¿Era aquello una reminiscencia inconsciente o

el suicida allí doblado?...

Llegó el carro de la Asistencia Pública y el muerto fue cargado.

Luego lo interrogaron. Erdosain manifestó lo poco que sabía

como testigo, y salió intrigado a la calle. Una pregunta inconcreta y

dolorosa estaba en el fondo de su conciencia.

Recordaba ahora que el cadáver tenía la boca de los pantalones

enfangada, la camisa sucia y húmeda y, a pesar de ello, ¿cómo había

llegado a hacerse querer por la jovencita que mató? ¿Existía entonces

el amor? A pesar de sus dos mujeres y de sus ocho hijos dispersos y

de su vida crapulosa de ladrón y estafador, el asesino amaba. Y se lo

imaginó en la noche hosca, allí, en ese hotel frecuentado por

prostitutas e individuos de profesión indefinida, en una habitación

de empapelado despedazado, mirando sobre la almohada empapada

de sangre la cérea carita de la muchacha enfriada. Cinco horas

sombrías contemplando la muerta, que antes le apretaba entre sus

brazos desnudos. Pensando así llegó a la plaza Once, dolorosamente

estupefacto.

Eran las cinco de la mañana. Entró a la estación del ferrocarril,

miró en redor, y como tenía sueño se refugió en un rincón de la sala

de espera.

A las ocho lo despertó de su profundo sueño el ruido que con

las maletas hizo un pasajero. Se restregó con los puños los párpados

adoloridos. En un cielo sin nubes brillaba el sol.

Salió, subiendo a un ómnibus que se dirigía a Constitución. El

Astrólogo le esperaba en la estación de Témperley. Su recia figura

engabanada, con la chistera echada sobre los ojos y los bigotazos

caídos a lo galo, fue distinguida inmediatamente por Erdosain.

-Está muy pálido -dijo el Astrólogo.

-¿Estoy pálido?

-Amarillo.

-He dormido mal... para peor he visto un suicidio esta

mañana...

-Bueno, aquí tiene el cheque.

Erdosain lo examinó. Era por quince mil trescientos setenta y tres

pesos; al portador, pero con la fecha atrasada de dos días.

-¿Por qué atrasó la fecha?

-Inspirará más confianza. El empleado de banco sabe que si ese

cheque se hubiera perdido, a la hora que usted se presentara a

cobrarlo habría ya orden de secuestro.

-¿Protestó?...

-No... sonreía. Ese hombre piensa hacernos meter en la cárcel a

todos... ¡ah!... antes de ir al banco, vaya a una peluquería y hágase

afeitar...

-¿Y el otro está advertido?

-No, cuando sea el momento lo despertaremos.

Faltaban pocos minutos para la llegada del tren. Erdosain lo

miró sonriendo al Astrólogo y dijo:

-¿Qué haría usted si yo me escapara?

El otro, con los dedos en horqueta, se sobó los bigotes, y luego:

-Eso es tan imposible como que el tren que viene aquí no pare

aquí.

-Pero admitámoslo por un momento.

-No puedo. Si por un momento admitiera eso, no sería usted el

que fuera a cobrar el cheque... ¡Ah!... ¿Quién era el que se suicidó

esta mañana?

-Un asesino. Curioso. Mató a una muchachita que no quería ir a

vivir con él.

-Fuerzas perdidas.

-¿Y usted sería capaz de matarse?

-No... Usted comprende que yo estoy destinado para un fin más

alto.

Erdosain lanzó una pregunta extraña:

-Dígame, ¿usted cree que las pelirrojas son crueles?

-Tanto no... pero más bien asexuales; de allí que esa frialdad con

que examinan las cosas causa una impresión agria. El Rufián

Melancólico me contaba que en su larga carrera de macró había

conocido muy pocas prostitutas de cabello rojo... Ya sabe. No se

olvide de afeitarse. Vaya al banco a las once, no antes. ¿Usted

almuerza conmigo hoy, no?

Sí, hasta luego.

Tras de Erdosain subió el Mayor, que le hizo una amistosa señal al

Astrólogo. Erdosain no lo vio.

Y ya hundido y en su butaca, Erdosain pensó:

-Es un hombre extraordinario. ¡Cómo diablos ha conocido que

no lo engañaré¿ Si acierta en las otras cosas como en ésta triunfará -y

vencido por el balanceo del tren se adormeció otra vez.

Tras de él estaba el Mayor. Y ya en el banco, con el corazón

golpeando fuertemente, se acercó a la ventanilla cuando el empleado

pagador lo llamó:

-¿Quiere grueso o menudo?

-Grueso.

-Firme.

Erdosain firmó el reverso del cheque. Creyó que le pedirían

cédula de identidad, mas el empleado, impasible, con sus brazos

protegidos de manguitos de lustrina, contó diez billetes de a mil

pesos, cinco de quinientos y el resto en moneda menor. Y aunque

Erdosain deseaba huir de miedo, escrupulosamente recontó el dinero,

lo puso en su cartera, colocó ésta en el bolsillo de su pantalón,

cogiéndola fuertemente, y salió a la calle.

Entre bosques de nubes blancas, aparecía como metal recién

lavado, un caracol de cielo. Erdosain se sintió feliz. Pensó que en

otros climas y bajo un espacio siempre azul como el que miraba

debían existir mujeres singulares, de cabelleras lujosas y rostros

lisos, con grandes ojos almendrados, sombrosos en la oscuridad de

las largas pestañas. Y que el aire siempre perfumado saldría de las

grutas de la mañana hacia las bocacalles de las ciudades,

escalonadas sobre los céspedes de los jardines, sobrepujando con

sus esféricas torres las empenachadas crestas de los parques y

terrazas.

Y el rostro romboidal del Astrólogo, con las guías de los bigotes

caídas a lo largo de las comisuras de los labios, y su chistera de

cochero de punto, lo entusiasmó; luego pensó que unido a la sociedad

podría continuar sus ensayas de electrotécnica, y ahora cruzaba las

calles semejante a un emperador venido a menos, sin reparar que su

prestancia seducía a las planchadoras que pasaban con la cesta bajo

el brazo, y emocionaba a las pantaloneras que regresaban de las

tiendas con pesados bultos.

Inventaría el Rayo de la Muerte, un siniestro relámpago violeta

cuyos millones de amperios fundirían el acero de los dreadnoughts,

como un horno funde una lenteja de cera, y haría saltar en cascajos

las ciudades de portland, como si las soliviantaran volcanes de

trinitrotolueno. Veíase convertido en Dueño del Universo. Con una

esquela terminante citaba a los Embajadores de las Potencias.

Encontrábase en un desmesurado salón de muros encristalados,

cuyo centro lo ocupaba una mesa redonda. En rededor hundidos en

las poltronas estaban los viejos diplomáticos, cabezas calvas.

semblantes plomizos, miradas duras y furtivas. Algunos golpeaban

con el revés del lápiz el cristal de la mesa, otros fumaban silenciosos,

y un gigantesco negro libreado de verde se mantenía inmóvil junto al

terciopelo rojo de los cortinones que cubrían la entrada.

¡Y él! Erdosain, Augusto Remo Erdosain, el ex ladrón, el ex

cobrador, se levantaba. Su busto modelado por un negro saco

cruzado se reflejaba en el vidrio de la mesa con los cuatro dedos de

la mano derecha calzados en el bolsillo, y en la izquierda algunos

papeles. Ya de pie, examinaba con ojos glaciales el impasible rostro

de los Embajadores. Una palidez terrible le inmovilizaba con su frío

delicioso. Héroes de todas las épocas sobrevivían en él. Ulises,

Demetrio, Aníbal, Loyola, Napoleón, Lenin, Mussolini, cruzaban ante

sus ojos como grandes ruedas ardientes, y se perdían en un declive

de la tierra solitaria bajo un crepúsculo que ya no era terrestre.

Sus palabras caían en sonidos breves, con choques sólidos de

acero. Y seducido por la teatralidad del espectáculo, se contemplaba

en un imaginario espejo, estremecido y airado.

Imponía condiciones.

Los Estados debían entregarle sus flotas de guerra, millares de

cañones y gavillas de fusiles. Luego de cada raza se seleccionarían

algunos cientos de hombres, se les aislaría en una isla, y el resto de la

humanidad era destruida. El Rayo volaba las ciudades, esterilizaba

campos, convertía en cenizas las razas y los bosques. Se perdería para

siempre el recuerdo de toda ciencia, de todo arte y belleza. Una

aristocracia de cínicos, bandoleros sobresaturados de civilización y

escepticismo, se adueñaba del poder, con él a la cabeza. Y como el

hombre para ser feliz necesita apoyar sus esperanzas en una mentira

metafísica, ellos robustecerían el clero, instaurarían una inquisición

para cercenar toda herejía que socavara los cimientos del dogma o la

unidad de creencia que sería la absoluta unidad de la felicidad

humana, y el hombre restituido al primitivo estado de sociedad, se

dedicaría como en tiempos de los faraones a las tareas agrícolas. La

mentira metafísica devolvería al hombre la dicha que el

conocimiento le había secado en brote dentro del corazón. Sus

palabras caían con sonidos cortos y secos, como los choques de

cubos de acero. Y decía a los Embajadores:

-La ciudad de nosotros, los Reyes, será de mármol blanco y

estará a la orilla del mar. Tendrá un diámetro de siete leguas y

cúpulas de cobre rosa, lagos y bosques. Allí vivirán los santos de

oficio, los patriarcas bribones, los magos fraudulentos, las diosas

apócrifas. Toda ciencia será magia. Los médicos irán por los caminos

disfrazados de ángeles, y cuando los hombres se multipliquen

demasiado, en castigo de sus crímenes, luminosos dragones volado¬

res derramarán por los aires vibriones de cólera asiático.

«El hombre vivirá en plena etapa de milagro, y será millonario

de fe. Durante las noches proyectaremos en las nubes, con

poderosos reflectores, la «entrada del Justo en el Cielo». ¿Se

imaginan ustedes? Súbitamente, por sobre las montañas surge un

rayo verde y lila, y las nubes se cubren de un jardín donde el aire

blanco flota como copos de nieve. Un ángel de alas color de rosa

cruza los canteros, se detiene ante la verja del Paraíso, y con los

brazos abiertos los recibe al «Justo», un hombre de pueblo, con

sombrero abollado, larga barba y garrote. ¿Comprenden ustedes

pillos, profesionales, cínicos y eximios? ¿Comprenden? El ángel de

las alas color de rosa, lo recibe al hombre que en la tierra suda y

sufre. ¿Se dan cuenta que genial es mi idea, qué maravilloso el fácil

milagro? Y las multitudes adorarán de rodillas a Dios, y únicamente

el cielo no existirá para nosotros, bandoleros tristes que tenemos el

poder, la ciencia y la verdad inútil».

Temblaba al hablar.

-Seremos como dioses. Donaremos a los hombres milagros

estupendos, deliciosas bellezas, divinas mentiras, les regalaremos la

convicción de un futuro tan extraordinario, que todas las promesas

de los sacerdotes serán pálidas frente a la realidad del prodigio

apócrifo. Y entonces, ellos serán felices... ¿Comprenden, imbéciles?

De un encontronazo un faquín lo arrojó contra un muro.

Erdosain se detuvo espantado, apretó el dinero convulsivamente en

su bolsillo, y excitado, ferozmente alegre como un tigrecito suelto en

un bosque de ladrillo, escupió a la fachada de una casa de modas.

diciendo:

-Serás nuestra, ciudad.

Tras él caminaba el Mayor.

EL GUIÑO

En Témperley lo esperaba el Astrólogo. Una sonrisa llena de

bondad iluminaba su rostro. Erdosain casi corrió a su encuentro,

pero el otro, tomándolo de los brazos, lo detuvo un instante

mirándolo a los ojos, luego, tuteándolo, cosa que no había hecho

nunca, le dijo:

-¿Estás contento?

Erdosain se ruborizó. En aquel instante un doble misterio quedó

revelado en su conciencia. Aquel hombre no mentía, y sintióse tan

amigo de él, que ahora hubiera querido conversar indefinidamente,

narrarle los pormenores más íntimos de su vida desgraciada, y sólo

atinó a decir:

-Sí, estoy muy contento.

El Astrólogo se detuvo un momento en el andén de la estación.

Ahora lo trataba de usted como de costumbre.

-¿Sabe? Muchos llevamos un superhombre adentro. El

superhombre es la voluntad en su máximo rendimiento,

sobreponiéndose a todas las normas morales y ejecutando los actos

más terribles, como un género de alegría ingenua... algo así como el

inocente juego de la crueldad.

-Sí y ya uno no siente miedo ni angustia, es como si anduviera

caminando encima de las nubes.

-Claro, lo ideal sería despertar en muchos hombres esta ferocidad

jovial e ingenua. A nosotros nos toca inaugurar la era del Monstruo

Inocente. Todo se hará, sin duda alguna. Es cuestión de tiempo y

audacia, pero cuando se den cuenta que el espíritu se les hunde en

la letrina de esta civilización, antes de ahogarse van a torcer el

camino. Lo que hay es que el hombre no ha reparado que está

enfermo de cobardía y de cristianismo.

-¿Pero usted no quería cristianizar a la humanidad?

-No, al montón... pero si ese proyecto fracasa tomaremos un

camino contrario. Nosotros no hemos sentado principio alguno

todavía, y lo práctico será acaparar los principios más opuestos.

Como en una farmacia, tendremos las mentiras perfectas y diversas,

rotuladas para las enfermedades más fantásticas del entendimiento

y del alma.

-¿Sabe que usted me resulta el loco de la usina, como le decía

ayer Barsut?

-Lo que llamamos locura es la descostumbre del pensamiento de

los otros. Vea, si ese changador le confesara las ideas que se le

ocurren, usted le encerraría en un manicomio. Naturalmente, como

nosotros debe haber pocos... lo esencial es que de nuestros actos

recojamos vitalidad y energía. Allí está la salvación.

-¿Y Barsut?

-Ni sospecha lo que le espera.

-¿Y cómo lo eliminará?

-Bromberg lo estrangulará... No sé, es una cuestión que no me

atañe.

Bajo el sol, evitando los charcos, se encaminaban hacia la

morada. Y Erdosain se decía:

-Y la ciudad de nosotros, los Reyes, será de mármol blanco y

estará a la orilla del mar... y seremos como dioses. -Y mirándole con

los ojos resplandecientes, dijo a su compañero-: ¿Sabe usted que

algún día seremos como dioses?

-Es lo que la gente bestia no comprende. Los han asesinado a

los dioses. Pero día vendrá que bajo el sol correrán por los caminos

gritando: «Lo queremos a Dios, lo necesitamos a Dios». ¡Qué

bárbaros! Yo no me explico cómo lo han podido asesinar a Dios.

Pero nosotros los resucitaremos... inventaremos unos dioses

hermosos... supercivilizados... ¡y qué otra cosa será entonces la vida!

-¿Y si fracasara todo?

-No importa... vendrá otro... vendrá otro que me substituirá. Así

tiene que suceder. Lo único que debemos desear es que la idea

germine en las imaginaciones... el día que esté en muchas almas,

sucederán cosas hermosas.

Erdosain asombrábase de su serenidad.

No temía ya nada, y nuevamente recordó el salón de los

Embajadores, y su mirada malévola se recogió en la turbación de los

ancianos diplomáticos, cabezas calvas, semblantes plomizos, miradas

duras y furtivas, y entonces, sin poderes contener, exclamó:

-¡Qué tanto «joder» para retorcerle el pescuezo a esa bestia!

El otro lo miró sorprendido.

-¿Está nervioso o es que se enoja solo, como los elefantes?

-No, me revienta esta carga de escrúpulo antiguo.

-Así son los mocitos -repuso el Astrólogo-. Su vida es parecida a

la de un gato entre

una puerta entreabierta.

-¿Asisto a la ejecución?

-¿Le interesa?

-Mucho.

Pero al atravesar la puerta de la quinta, una náusea le revolvió el

estómago y sintió en la garganta el reflejo gástrico de un vómito.

Apenas si se podía tener en pie. En sus ojos las formas estaban

veladas por una neblina lechosa. De las articulaciones le colgaban los

brazos con pesantez de miembros de bronce. Caminaba sin

conciencia de la distancia; el aire le pareció que se vitrificaba, el

suelo ondulaba bajo sus plantas, a momentos la vertical de los

árboles se convertía en un zig-zag dentro de sus ojos. Respiraba con

fatiga, tenía la lengua reseca e inútilmente trataba de humedecerse

los labios apergaminados y las fauces ardientes, y sólo una voluntad

de vergüenza lo mantenía en pie.

Cuando entreabrió los ojos descendía por la escalerilla de la

cochera en compañía de Bromberg.

El Hombre que vio a la Partera marchaba como atontado con la

greñuda cabellera alborotada. Tenía los pantalones superfluamente

sostenidos por la pretina, y un trozo de camisa blanca como la punta

de un pañuelo escapaba de su bragueta. Y se tapaba la boca con el

puño arrojando enormes bostezos. Pero su mirada somnolienta,

perdidosa, parecía ajena a su actitud de patán. Eran hermosos ojos

los suyos, serios e incoherentes como los de las grandes bestias,

entre los párpados pestañudos que sombreaban sus ojeras en un

redondo y fino rostro de doncella. Erdosain lo miró, pero el otro

pareció no verle, sumergido en su magnífica incoherencia. Luego

miró embobado al Astrólogo, éste le hizo una seña con la cabeza y

después de abrirle el candado entraron los tres al establo.

Barsut se levantó de un brinco: iba a hablar. Bromberg describió

una curva en el aire y un choque de cráneos contra las tablas retumbó

en la cochera. En el polvo el sol alargaba un losange amarillo. Del

montón informe se desprendían ronquidos sordos. Erdosain seguía

con curiosidad cruel la lucha, y de pronto de la cintura de Bromberg,

que estaba abultado sobre Barsut con los dos enormes brazos tensos

en la sujeción de un pescuezo contra el suelo, se desprendió el

pantalón, quedando con las nalgas blancas en descubierto y la camisa

sobre los riñones. Y el sordo ronquido no fue ya. Hubo un instante

de silencio, mientras el asesino, semidesnudo, inmóvil, oprimía más

fuertemente la garganta del muerto.

Erdosain miraba, nada más.

El Astrólogo aguardaba con el reloj en la mano. Así estuvieron

dos minutos, que en Erdosain no tuvieron longitud.

-Basta, ya está.

Torpe, con el pelo pegado a la frente, volvióse Bromberg, y sin

fijar en nadie su mirada incoherente, cogió ruborizado las puntas de

su pantalón, abrochándoselo apresuradamente.

Había salido de la cochera el asesino. Erdosain lo siguió, y el

Astrólogo, que era el último, se volvió a mirarlo al estrangulado.

Este permanecía en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el techo,

las mandíbulas distendidas y la lengua pegada al vértice de los labios

torcidos en una comisura que descubría los dientes.

En esa circunstancia ocurrió un suceso extraño, del que no se dio

cuenta Erdosain. El Astrólogo, deteniéndose bajo el dintel de la

cochera, volvió el rostro hacia el muerto, entonces Barsut, levantando

los hombros hasta las orejas, estiró el cuello y mirándolo al Astrólogo

guiñó un párpado. Este se tocó el ala del sombrero con el índice y salió

a reunirse con Erdosain, quien sin poderse contener, exclamó:

-¿Y eso es todo?

-El Astrólogo levantó hacia él una mirada burlona.

-¿Pero se creía usted que «eso» es como en el teatro?

-¿Y cómo lo va a hacer desaparecer?

-Disolviéndolo en ácido nítrico. Tengo tres damajuanas. Pero,

hablando de todo un poco, ¿tiene noticias de la rosa de cobre?

-Sí, salió lo más bien. Los Espila están contentísimos. Anoche

precisamente vi una muy buena muestra.

-Bueno, almorzaremos... que bien nos lo hemos ganado. Pero

cuando iban a entrar en el comedor, el Astrólogo dijo:

-¿Cómo... no nos lavamos las manos?

Erdosain lo miró sorprendido e instintivamente levantó las

manos hasta donde se cruzaban las solapas de su saco para

mirárselas. Entonces, apresuradamente, en silencio, se encaminaron

hasta el cuarto de baño, despojándose de los sacos, abrieron las

canillas. Erdosain cogió un trozo de jabón y concienzudamente.

arremangado hasta los codos, se frotó con él. Luego puso los brazos

bajo el chorro de agua y se secó vigorosamente en la toalla. Mas antes

de salir, el Astrólogo efectuó un acto extraño.

Cogiendo la toalla la arrojó al fondo de la bañadera, tomó un

frasco de alcohol, vertiendo su contenido sobre ella, luego encendió

un fósforo, y durante un minuto los dos semblantes en el cuarto

oscuro fueron iluminados por las azuladas llamas del inflamable que

consumía el tejido. Luego, por todo resto quedó allí un negruzco

depósito de cenizas: el Astrólogo abrió una canilla, nuevamente el

agua corría arrastrando la liviana carbonización, y entonces ambos

salieron para el comedor.

Una sonrisa irónica retozaba en el rostro de Erdosain.

-¿Así que ha hecho como Pilatos, en?

-Tiene razón, e inconscientemente.

En el comedor sombroso las entreabiertas persianas dejaban ver

el jardín. Tiernos tallos de madreselva trepaban hasta las maderas

del marco. Insectos transparentes resbalaban en el aire junto al

limonero y las paredes blancas se reflejaban en la rubia opacidad del

piso encerado. Los flecos del mantel caían en torno de las patas

cuadradas de la mesa. En un florero etrusco, un ramo de claveles

desparramaba su a pimentada fragancia, y los cubiertos plateados

brillaban sobre el lino y en la loza; las sombras se enroscaban como

rulos en la vitrea convexidad de las copas, o se extendía en franjas

triangulares sobre los platos. En una fuente ovalada había una

mayonesa de langostinos.

El Astrólogo sirvió vino. Comían en silencio. Luego el Astrólogo

trajo caldo amarillo de yemas de huevos, una bandeja de espárragos

nadando en aceite, ensalada de alcachofas y más tarde pescado.

Como postres hubo ricota rociada de canela y fruta.

Después sirvió café, y Erdosain le entregó el dinero. El

Astrólogo lo recontó:

-Aquí tiene tres mil quinientos. Hágase varios trajes. Usted es

un buen mozo y es conveniente que ande elegante.

-Muchas gracias... pero oiga... estoy muerto de sueño. Voy a

dormir un rato. ¿Quiere despertarme a las cinco?

-Cómo no, venga. -Y el Astrólogo lo acompañó hasta su

dormitorio. Erdosain se quitó los botines, extenuado ya, arrojó el

saco en el respaldar de la cama. Un ardor enorme le quemaba los

párpados, su pecho se cubrió de sudor espeso y no pensó más.

Despertó ya oscurecido, al ruido del Astrólogo que abría una

persiana. Volvióse sobresaltado, mientras que el otro le decía:

-¡Por fin! Hace veintiocho horas que está durmiendo. -Mas como

expresara duda, el

Astrólogo le alcanzó los diarios del día, y, ciertamente, habían

pasado dos días.

Erdosain saltó de la cama pensando en Hipólita.

-Es necesario que me vaya.

-Usted dormía que parecía un muerto. Nunca he visto a nadie

dormir así, con tal cansancio, hasta con el olvido de las necesidades

naturales... pero, a propósito, ¿de dónde sacó usted esa historia del

suicida del café? He visto los diarios de ayer a la noche y de esta

mañana. Ninguno trae esa noticia. Usted la ha soñado.

-Sin embargo, yo puedo enseñarle el café.

-Pues soñó en el café, entonces.

-Puede ser... no tiene importancia... ¿y eso?...

-Ya está.

-¿Todo?

-Todo.

-¿Y el ácido?

-Lo volcaremos en el sumidero.

-¿Así que ya?...

-Es como si no hubiera existido nunca.

-Al despedirse del Astrólogo, éste le dijo:

-Véngase el miércoles a las cinco. A la noche tendremos

reunión. No se olvide de comprarse un traje de confección mientras

le hacen los otros. No falte, que estará el Buscador de Oro, el Rufián y

otros, otros. Cambiaremos ideas y acuérdese de que tengo mucho

interés en la cuestión de los gases asfixiantes. Hágase un proyecto

para fábrica reducida de cloro y fosgeno. Ah, y a ver si puede

averiguar qué diablo es el gas mostaza. Destruye cualquier

substancia que no esté protegida por un impermeable empapado en

aceite.

-El fosgeno es oxicloruro de carbono.

-No pierda tiempo, Erdosain. Una fábrica chica. Que puede

servir de escuela de química revolucionaria. Recuerde que nuestras

actividades se pueden dividir en tres partes. El Buscador de Oro

estará encargado de lo relacionado con la colonia, usted con las

industrias, Haffner con los prostíbulos. Ahora que tenemos dinero

no hay que perder tiempo. Es necesario que trabaje. ¿Qué me dice

usted si organizamos una usina que llegue a ser en la Argentina lo

que fue la Krupp en Alemania? Hay que tener confianza. De lo

nuestro pueden salir muchas sorpresas. Somos descubridores que no

saben sino en conjunto hacia dónde van . ¡Y eso mismo quién sabe!...

Erdosain fijó un segundo los ojos en el semblante romboidal del

otro, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

-¿Sabe que usted se parece a Lenin?

Y antes de que el Astrólogo pudiera contestarle, salió.

DICHOSO EL ARBOL

1/1
Menu

Fazer anotação