Universo da obra
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[imagen: DOMINGO F. SARMIENTO
Cuando escribió el _Facundo_.]
BIBLIOTECA ARGENTINA PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES DIRECTOR: RICARDO ROJAS 12 FACUNDO POR D. F. SARMIENTO [imagen]
BUENOS AIRES LIBRERÍA «LA FACULTAD», DE JUAN ROLDÁN Y C.ía
359, FLORIDA, 359 1921 Imp. de A. Marzo.--San Hermenegildo, 32 dupd.º.
[El texto del original libro no fue actualizado. (Nota del transcriptor.)]
DOMINGO F. SARMIENTO BIOGRAFÍA.--Nació en la ciudad de San Juan el 15 de febrero de 1811, al
año siguiente de la Revolución argentina, cuyas agitaciones
impresionaron su primera infancia. Fué hijo de José Clemente Sarmiento y
de doña Paula Albarracín, ambos sanjuaninos, y de antiguas familias
coloniales de Cuyo. En sus _Recuerdos de provincia_, Sarmiento ha
pintado el ambiente doméstico de su infancia, su casa, su pueblo, su
familia, su educación, y trazado una reticente silueta de su padre, y
una muy conmovida de su madre, que influyó poderosamente en su
imaginación y su carácter. Los azares de nuestras guerras civiles lo
lanzaron a la acción, y fué montonero unitario, conspirador de la
Asociación de Mayo, periodista de oposición, emigrado, adversario
periodístico de Rosas y después de Caseros, diputado, senador, ministro,
gobernador, presidente y general. Pero su verdadera grandeza no reside
en ello, sino en la fiereza indomable de su carácter, en la abundancia
de su sensibilidad, en el poder de su inteligencia, en la sugestión de
su obra escrita, todo lo cual ha hecho que, con motivo de su centenario
(1911), los argentinos le proclamáramos por un genio. Desde 1840 hasta
1852 residió en Chile, primero como desterrado de Benavides, tirano de
San Juan; después como adversario de Rosas, tirano de Buenos Aires.
Asistió con Urquiza a la batalla de Caseros, y fué después con Mitre
adversario de la política del caudillo entrerriano. Después de ser
ministro argentino en Wáshington, desempeñó la presidencia de la
República (1868-1874). Como director de enseñanza, o ministro, o
legislador, o periodista, fomentó casi todos nuestros progresos morales
y materiales, desde 1853 hasta su muerte, ocurrida el 11 de septiembre
de 1888, en la Asunción del Paraguay, adonde había ido en busca de
alivio para su vejez ya fatigada. La fecha de su muerte es efemérides
que se rememora todos los años en las escuelas nacionales. La biografía
más extensa de Sarmiento es la publicada en 1901 por J. Guillermo
Guerra, en Santiago de Chile. Una sinopsis de la misma fué hecha por A.
B. S. y repartida en Buenos Aires por la Comisión Nacional del primer
centenario de Sarmiento.
* * * * * BIBLIOGRAFÍA.--Sarmiento ha sido el más fecundo de nuestros escritores.
Sus _Obras completas_, publicadas en Buenos Aires por su nieto Augusto
Belín Sarmiento, alcanzó la respetable cantidad de 32 volúmenes. Un
índice analítico de esa publicación ha sido editado por la Universidad
de La Plata con el título de _Bibliografía de Sarmiento_. Los
principales libros de Sarmiento son: _Facundo_, traducido a varios
idiomas y repetidamente editado; _Recuerdos de provincia_, _Educación
popular_, _Conflictos y armonías de las razas en América_; podrían ser
incluídos entre los productos de su ingenio las ocurrencias y gestos
recogidos por el nieto en su _Sarmiento anecdótico_. La copiosa
literatura a que Sarmiento ha dado lugar es tan extensa, que no
podríamos mencionarla en este lugar.
* * * * * ICONOGRAFÍA.--El retrato que acompaña este volumen, es el de cuando
escribió el _Facundo_.
FACUNDO NOTICIA PRELIMINAR POR RICARDO ROJAS NOTICIA PRELIMINAR Es el _Facundo_, de Sarmiento, la obra más famosa en la abundante
bibliografía de su autor, y, según es notorio, una de las más
afortunadas en la bibliografía nacional. Su título ha traspuesto la
ambigua esfera de la minoría letrada para bajar al pueblo y a la
escuela, mientras penetraba su doctrina en los campos de la controversia
y de la acción sociales. Ha ido más lejos este libro aún, trasponiendo
el límite de nuestro territorio para interesar a toda América, y
franqueando los aledaños de nuestro idioma para ser vertido, siquiera
fragmentariamente, a cuatro lenguas europeas--fortuna esta última raras
veces lograda por escritores de la América española--. Libro así
prestigiado, por el éxito editorial y la indiscutida gloria de su autor,
no podía faltar en la BIBLIOTECA ARGENTINA, y ella se atreve a
reeditarlo, no para colmar un vacío, puesto que son numerosas las
ediciones del _Facundo_, sino porque creemos que siempre habrá lectores
para obra tan fundamental, y que nuestra colección quedaría incompleta
si omitiéramos ésta, vinculada a las fuerzas más esenciales de nuestra
cultura.
Este es un libro que ya tiene historia. Si por la propia expansión de su
mérito no hubiera logrado un éxito tan general, es bien seguro que lo
hubiera conseguido bajo el glorioso auspicio de su autor, por la
persistencia, vanidosa primero, orgullosa después, con que Sarmiento lo
invocaba como el mayor de sus títulos. Si al volver de la proscripción,
cuando Caseros invocaba a _Facundo_ para alistarse entre los jefes de la
milicia y entre los estadistas de la organización, todavía siguió
invocándolo treinta años después, como una de las fuerzas que derrocaron
la tiranía de Rosas y como una de las más vivientes páginas de la
literatura americana. En 1881, a propósito de la traducción italiana de
este libro, Sarmiento escribía: «No vaya el historiador en busca de la
verdad gráfica a herir en las carnes del _Facundo_, que está vivo; ¡no
lo toquéis!; así como así, con todos sus defectos, con todas sus
imperfecciones, lo amaron sus contemporáneos, lo agasajaron todas las
literaturas extranjeras, desveló a todos los que lo leían por la primera
vez, y la Pampa Argentina es tan poética hoy en la tierra como las
montañas de la Escocia diseñadas por Walter Scott, para solaz de las
inteligencias[1]. Y luego los ricos no despojen al pobre quitándole la
venda de los ojos a los que lo traducen, cuarenta años justos después de
haber servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal de un
tirano, ¡y cosa rara!, el tirano cayó abrumado por la opinión del mundo
civilizado, formada por ese libro extraño, sin pies ni cabeza, informe,
verdadero fragmento de peñasco que se lanzaron a la cabeza los
titanes...»[2]. Exageraba el autor, sin duda alguna, en ese fragmento,
la importancia «cívica» de su obra, atribuyendo a sólo ese libro lo que
fué penoso esfuerzo de toda una generación; pero nadie podrá negar que
tal fragmento define, con maravilloso acierto de autocrítica, la
verdadera condición «literaria» del glorioso panfleto[3].
Panfleto fué en sus orígenes el _Facundo_: panfleto periodístico,
improvisado, banderizo. Es bien sabido que su primera edición apareció
en los folletines de _El Progreso_, en Chile, el año 1845. Había
publicado Sarmiento en ese mismo periódico unos _Apuntes biográficos_
sobre Aldao, el fraile caudillo, muerto a principios de aquel año en
Mendoza. Como el libro gustase a los emigrados argentinos, lo
estimularon éstos, y algunos jóvenes camaradas chilenos, a que
escribiese una obra de mayor aliento dentro del género, y así le vino la
idea de referir la vida de Juan Facundo Quiroga. Confiesa él mismo que
improvisó la redacción, y que durante los meses de mayo y junio fué
publicando sus entregas _El Progreso_, a medida que Sarmiento las
escribía. El fondo del relato biográfico lo constituían sus propios
recuerdos y el testimonio de la tradición oral, recogida en cartas y
conversaciones de los proscriptos más ancianos. Pero no reside en esto
la fuerza y originalidad de este libro, sino en la asociación que hizo
de la vida del héroe con el ambiente geográfico y con los problemas
urgentes de la organización nacional. El medio físico de la pampa
sirvióle a su paleta de escritor para el colorido romancesco de la obra,
necesario a la índole del folletín y al gusto romántico de su época; en
tanto que las guerras civiles del caudillo, protagonista vigoroso de ese
medio salvaje, sirviéronle a su pensamiento de político para el
imprescindible ataque a Rosas, en que no cejaron, hasta después de
Caseros, los poetas y publicistas de la proscripción. Origen tan humilde
y azaroso explica todas las calidades y defectos del _Facundo_; las
fallas de justicia y de verdad que han sido ya denunciadas; los aciertos
de intuición social y de belleza literaria que constituyen la esencia
vital de este libro. Por estos últimos ha sobrevivido a las
circunstancias externas que le dieron origen, transmutada ya su
primitiva y perecedera fuerza «política» en nueva y durable fuerza
«espiritual». Lo que estuvo en el plano de la «historia» ha pasado ya,
gracias al genio de su autor, el plano más excelso de la «epopeya».
Sarmiento no escribió la biografía de Facundo, sino creó su leyenda.
Compuso el poema épico de la montonera; y si desde 1845 sirvió este
libro como verdad pragmática contra Rosas, y desde 1853 como verdad
pragmática contra el desierto, después de 1860, debemos tender a
utilizarlo solamente como verdad pragmática en favor de nuestra cultura
intelectual, por la emoción profunda de tierra nativa, de tradición
popular, de lengua hispanoamericana y de ideal argentino que ese libro
traduce en síntesis admirable. Nadie comprendió mejor que Sarmiento, en
su vejez, la verdadera limitada condición de esta obra; nadie ha
discernido mejor que su propio autor lo que hay en el _Facundo_ de
personal y de colectivo, de transitorio y de permanente, de provisional
y de esencial. Sarmiento mismo le ha llamado «el génesis de la
Pampa»[4], y él mismo dice que nadie ha caracterizado mejor la
fisonomía de su libro que el historiador López cuando lo llamó «historia
beduína»[5]. «López no se da cuenta del origen de sus impresiones»--agrega--.
«El vió escribir el _Facundo_ sin archivo en país extranjero, al tiempo
que rendía exámenes de latín escaso en _De Bello Jugurthæ_, de Salustio,
y ya sabemos la indeleble y eterna asociación de las ideas»[6]. Y
apoyándose en la recóndita y lejana asociación juvenil que cree ver en
el juicio del compañero proscripto de otro tiempo, Sarmiento insiste con
orgullo: «Es el _Facundo_ el Jugurta argentino; el libro sin asunto,
porque la guerra contra el caudillo númida, escapando en el Sahara a
las pesadas legiones romanas, no marca en la historia; es apenas un
episodio sin consecuencia. Lo que Roma vió fué un libro, y lo que los
estudiantes y los latinistas ven es la figura de Jugurta el númida con
su bornoz blanco, en el negro caballo, haciendo razias o fantasías, o
algaradas, delante de las legiones. Es Salustio, el pintor del Africa y
del desierto»[7]. Y en la reticencia de su orgullo, eso quiere decir:
«Es Sarmiento el pintor de la América y de la Pampa», o bien: «lo que
han de ver en él los argentinos es sólo «un libro _pintoresco_»; libro
inmortal e imaginario, y no la verdadera historia de un caudillo cuya
obra real fué tan efímera, y cuya belleza legendaria sobrevive,
precisamente, gracias a estas páginas perdurables.
Hay en el _Facundo_ una como estratificación de varios órdenes de ideas,
«visibles» en la estructura íntima de este libro. Descubro en él un
elemento _biográfico_, formado por lo que Sarmiento atribuye a Quiroga y
Rosas; un elemento _político_, formado por lo que escribe de unitarios y
federales; un elemento _sociológico_, formado por lo que discurre sobre
la civilización y la barbarie americanas. Todo eso es transitorio, y el
nuevo lector habrá de considerarlo según las circunstancias en que el
autor se hallaba en 1845, más las rectificaciones o palinodias que el
autor proclamó generosamente después de 1880. Esto es como la «clave»
del _Facundo_, desgraciadamente olvidada por sus lectores modernos, y
que es menester ponerla aquí para la más completa interpretación de este
libro.
Ya en la edición de 1845, Sarmiento había escrito esta confesión
oportuna: «Después de terminada la publicación de esta obra, he
recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en
ella. Algunas inexactitudes han debido escaparse en un trabajo hecho de
prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que
no había nada escrito hasta el presente. Al coordinar entre sí sucesos
que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocas
diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrando
manuscritos formados a la ligera o apelando a las propias
reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre
propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar»[8]. Fué don
Valentín Alsina, su amigo unitario, uno de los que rectificó no pocos
errores de hecho y de interpretación. En gratitud por ese comentario de
enmiendas, Sarmiento le dedicó la segunda edición de su obra, y en la
«carta-prólogo» de esa edición (1851) insiste sobre lo improvisado de su
obra y «los muchos lunares que afeaban la primera edición»[9]. Ensayo y
revelación para mí mismo de mis ideas--dícele a Alsina--, el _Facundo_
adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento,
sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era
concebida, lejos del teatro de los sucesos, y con propósitos de acción
inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la
fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a
discusión[10], lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose
furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en
sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por
centenares, llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos
Aires, a las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y
a la cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas
populares, un mito como su héroe.» «He usado con parsimonia de sus
notas, guardando las más substanciales para tiempos mejores y más
meditados trabajos, temeroso de que, por retocar obra tan informe,
desapareciese su fisonomía primitiva, y la lozana y voluntariosa audacia
de la mal disciplinada concepción»[11].
Estas desenfadadas confesiones del propio autor, relevan de toda otra
prueba sobre la escasa autoridad que a esta obra debe concedérsele como
trabajo de historia. Es el propio Sarmiento quien la considera, según se
ha visto: 1.º, como «un fruto de la inspiración del momento»; 2.º, como
«un ensayo y revelación para sí mismo de sus propias ideas»; 3.º, como
«un mito» a la manera de su «héroe». El carácter subjetivo, parcial y
militante del libro queda así confesado. Sarmiento se reconoce con ello,
más en los dominios de la epopeya que en los de la sociología o la
historia, como han creído algunos sociólogos ingenuos o pedantes, cuya
ciencia consiste en ignorar la verdadera historia argentina. El caudillo
de los Llanos habíale servido tan sólo de pretexto a su inspiración,
para revelar, en esa especie de mito sintético de la guerra civil por él
forjado, los horrores del desierto, de la ignorancia, del despotismo que
tan gallardamente combatió.
No me es posible señalar aquí las numerosas rectificaciones que a la
parte histórica del libro podran hacerse[12]. Básteme recordar, sin
embargo, que Sarmiento depuso en la vejez ese odio ciego por la persona
de Quiroga y que no fué menos valiente su palinodia sobre Rosas. Estos
son hechos que la crítica apasionada del _Facundo_ ha perdido de vista
también, y de los cuales no es posible prescindir si se desea calificar
desapasionadamente este libro.
Acostumbraba Sarmiento en su vejez visitar nuestro cementerio de la
Recoleta el día de Difuntos. Es uno de sus más bellos artículos el que
refirió en _El Debate_ su visita de 1885. En él nos cuenta cómo iba
aquel día entre los árboles y los mármoles, rememorando nombres amados
como ante la tumba de su hijo, o la tumba de los que habían estado con
él, o contra él, en las luchas violentas de sus días viriles, como aquel
Vélez Sarsfield ante cuya tumba exclama: «¡Bravo viejo!: anduvimos
juntos muchas jornadas memorables; salvamos, tomados de la mano, abismos
que se abrían bajo nuestras plantas, y llegamos al término diciéndonos
adiós, satisfechos ambos de haber obrado bien, y legado a nuestra patria
páginas de historia sin mancha.» Así marchaba por entre los mármoles y
los árboles, hablando a los muertos con familiaridad pagana, y con la
sobrehumana serenidad de un héroe ya muerto él mismo, que transitara
entre las sombras del Hades... Cuando, de pronto, he aquí que se detiene
frente a la tumba de Juan Facundo Quiroga, y a propósito escribe estas
bellas y nobles palabras, dignas ciertamente de un filósofo antiguo:
«Por entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas
cinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos, y la bella estatua del
Dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte
literario más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranca-Yaco,
ha condenado a sobrevivirse a sí mismo y a los suyos, a quienes no
transmite responsabilidades la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio
este león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatua griega,
_porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive debe ser bello y
arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá al hombre que
viene_.» Y si estas palabras que subrayo, porque ellas son acaso las más
profundas que Sarmiento haya escrito, pudieran parecer obscuras en su
misma profundidad, ved cómo concreta después su juicio definitivo sobre
el protagonista de esta obra: «He aquí--me decía un joven Arce, pariente
de Quiroga--cómo yo llevo la toga y la clámide del griego y no la túnica
ni la dalmática del bárbaro. Pude decirle a mi vez que mi sangre corre
ahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelido
sus corpúsculos rojos, _porque eran afines_. Quiroga ha pasado a la
historia, y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos, de
Ayax y de Aquiles»[13]. Así concluye aquel pasaje magnífico en que,
debido a la emoción del día y del lugar, o la intuición del genio
próximo a la muerte, pudo ver a Facundo transfigurado por el arte:
comprender lo que había de epopeya en su libro, y confesarse idéntico,
por la sangre racial, con el héroe maldito de otros días.
Y no fué menos explícita la amnistía que Sarmiento «decretó» para Rosas,
tan rudamente combatido también en el _Facundo_. Cuando Ramos Mejía
publicó su _Neurosis de los hombres célebres en la historia argentina_,
en cuyas páginas, según es sabido, traza la historia clínica del tirano,
Sarmiento se apresuró a comentar así ese trabajo: «La tiranía de Rosas
fué una locura en acción»--nos dice al comenzar su comentario--. Y luego
avanza esta advertencia valerosa: «_Prevendríamos al joven autor que no
reciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho a
Rosas, en aquellos tiempos de combate y de lucha_, por el interés mismo
de las doctrinas científicas que explicarían los hechos verdaderos»[14].
Con esa austeridad confesaba Sarmiento sus excesos polémicos anteriores
a 1852, y si traigo tal confesión sobre sus ataques a Rosas, es porque
esta otra figura completa a la de Facundo en la composición de su libro,
y porque el «folletín» del _Progreso_ no fué sino un episodio
periodístico de la violenta predicación que los emigrados realizaban
desde el extranjero contra el tirano de Buenos Aires.
Aclarada así, por las propias palabras del autor, la posición en que el
_Facundo_ debe ser considerado por la crítica histórica en cuanto a sus
elementos _biográficos_, veamos lo que resiste de él en sus elementos
políticos y sociológicos.
El _Facundo_ remueve en cada página la arcaica bandería de «unitarios» y
«federales»; pero debo advertir al lector novel que no usa tales
expresiones en su valor doctrinario, sino en su significado ocasional y
argentino. «Federal», para un proscripto unitario de 1845, era sinónimo
de gaucho localista y brutal; en tanto que «unitario», para un caudillo
federal de nuestras provincias, era sinónimo de «loco» y «traidor».
Unitario quería decir, además, porteño que había sido monarquista y
visitado Europa, o vestía levita, gastaba lentes y era «doctor». No es
ésta, como se ve, la doctrina de equilibrio político de las diversas
regiones argentinas dentro de la nacionalidad, o sea el ideal que
despuntó incipiente con Juan Ignacio de Gorriti en la Junta Grande de
1811, para triunfar con Alberdi y Mitre en la Constitución actual.
Sarmiento, siendo enemigo de los caudillos locales porque creía que
retardaban el triunfo de la organización, fué perseguido como
«unitario», y bajo esa divisa emigró del país en 1840; pero no puede ser
considerado sino como federal quien prohijó la Constitución de 1853,
vigente aún en la República; quien defendió como gobernador de San Juan,
más tarde, los derechos autónomos de los gobiernos provinciales; quien
ratificó después, como ministro en los Estados Unidos, su vocación
federal, y quien, en la versión inglesa del _Facundo_ (1867-1873),
sugirió a Mr. Horace Mann el prólogo en que explica esta génesis de sus
ideas. Así resulta en nuestra historia este aparente absurdo: que los
caudillos «federales», dominados por Rosas, rehicieron la «unidad»
argentina, rota por los unitarios quiméricos de 1826, y que los
emigrados «unitarios» promulgaron la «federación», al regresar al país
después de Caseros. He ahí otra advertencia imprescindible para
comprender bien el _Facundo_ y para restituir a dichos nombres su
verdadero contenido histórico; pues fácilmente se lo suele olvidar en la
capciosa discusión «doctrinaria» de nuestros días.
Se ha atribuído también grande importancia al _Facundo_ como doctrina
_sociológica_. Esto proviene de que el libro se llamó en sus orígenes
_Facundo_ o _Civilización y barbarie_[15]. Esta fórmula ha prestado sus
servicios al progreso del país; pero es tiempo ya de comenzar a
denunciarla por lo que tiene de parcial y de peligrosa. Yo la he
combatido en uno de mis libros, porque la considero insuficiente para
explicar la evolución argentina, sobre todo si, como lo hacen algunos
«sociólogos» de marbete europeo, creen que «barbarie» quiere decir
«provincia», «federalismo», «tradición», «emoción agreste o americana»,
y que «civilización» quiere decir «cosmópolis», centralismo, riqueza,
pedantería libresca o intelectual. La fórmula de Sarmiento encierra sólo
una verdad pragmática, es decir, utilitaria y ocasional, vigorosa en su
tiempo, pero gastada ya en virtud de su propia aplicación social, por
haberse transformado tan radicalmente la estructura económica y moral de
la nación argentina. Prefiero yo no repetir aquí los argumentos que
tantas veces he escrito en contra de esa fórmula, cuyo sentido social ha
variado completamente desde entonces. A los que se interesen por el
asunto, les aviso que hallarán combatida la tesis de Sarmiento en mi
libro _Blasón de Plata_. Diré tan sólo, para abreviar y concluir, que el
_progreso_ no es la _civilización_; la «civilización» está formada de
progreso y cultura; el progreso es la _meca rica_ de la civilización; la
cultura, su esencia. Sarmiento creaba con su teoría de 1845 un eficaz
sofisma político para vencer a sus enemigos; pero hay peligro moral en
creer que su ocasional teoría política es doctrina filosófica de valor
permanente, o sea que la tierra genuina, numen de la nacionalidad, es
fuente de barbarie, y que el civilizarse consiste en adoptar los usos y
costumbres de los europeos. Por ese camino podríamos declarar que los
atenienses del tiempo de Platón no eran un pueblo «civilizado», porque
no usaban cuello duro ni frac, ni montaban en silla inglesa, como lo
deseaba Sarmiento.
Todo esto significa que el _Facundo_ subsiste en cuanto es un libro de
intuición racial de emoción literaria. Lo que hubo en él de polémica, ha
pasado con su ocasión; lo que hubo en él de historia, ha sido
rectificado por su autor y por la ciencia; lo que hubo en él de
«sociología», está siendo rectificado por la vida misma de nuestro país.
En cambio, con qué vigor se levanta de entre esa hojarasca de pasiones o
ideas el fuerte soplo emocional de la «epopeya»; cómo germina la
simiente del «mito» entre el polvo ya helado de sus hechos perecederos;
cómo se siente resonar en sus páginas las caballerías pampeanas--columna
conquistadora, malón indígena, falange libertadora o montonera
rebelde--cuando pasan acordando su trote nocturno al ímpetu de esa prosa
arrolladora. Esto es, en verdad, el génesis de la Pampa...
A las intuiciones de su autor como artista debió este libro su éxito
extraordinario desde el día de su aparición. Cuenta Sarmiento cómo don
Pedro de Angelis, cortesano de Rosas, mostrábalo furtivamente el volumen
a sus íntimos--«con la cautelosa precaución del peligro de los Seyanos
en la corte de Tiberio»--, diciéndoles: «Esto se mueve, es la Pampa; el
pasto hace ondas agitado por el aire; se siente el olor de las yerbas
amargas...»[16]. Por eso lo tradujeron a diversos idiomas, para dar a
otras gentes la visión de nuestra vida pampeana y mostrar en la raíz del
desierto el germen de nuestras luchas. Por eso se han desprendido del
volumen, como páginas de antología popular, las siluetas del Rastreador,
del Baqueano, del Gaucho malo y del caudillo silvestre, de las cuales
Sarmiento dice que han quedado como la introducción de Volney a las
«Ruinas de Palmira»... Sarmiento admiraba, en efecto, a Volney, y acaso
no fué del todo extraña esa obra, lo mismo que la de Walter Scott,
Víctor Hugo, Fenimore Cooper y Chateaubriand, a la formación de sus
gustos como narrador. Pero su mérito no consiste en parecerse a sus
maestros, sino en ser diferente de ellos. Los epígrafes que preceden
cada capítulo en el _Facundo_, podrían ser también indicio de sus
lecturas: Humboldt y Lamartine alternan con citas de Shakespeare en
francés... Tal cosa muestra lo abigarrado de su cultura; pero quizá por
eso mismo toda esa varia literatura le sirvió de abono para que la
planta indígena del pensamiento genial pudiera crecer más lozana. Esto
no nació de siembra ni de injerto, sino de misteriosa germinación
natural, como las seculares selvas del trópico.
RICARDO ROJAS. PARTE PRIMERA CAPÍTULO PRIMERO ASPECTO FÍSICO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA, Y CARACTERES, HÁBITOS E IDEAS QUE ENGENDRA L'étendue des pampas est si prodigieuse
qu'au nord elles son bornées
par des bosquets de palmiers,
et au midi par des neiges éternelles.
HEAD. El continente americano termina al Sur en una punta en cuya extremidad
se forma el Estrecho de Magallanes. Al Oeste, y a corta distancia del
Pacífico, se extienden paralelos a la costa los Andes chilenos. La
tierra que queda al oriente de aquella cadena de montañas y al occidente
del Atlántico, siguiendo el Río de la Plata hacia el interior por el
Uruguay arriba, es el territorio que se llamó Provincias Unidas del Río
de la Plata, y en la que aún se derrama sangre por denominarlo República
Argentina o Confederación Argentina. Al Norte están el Paraguay y
Bolivia, sus límites presuntos.
La inmensa extensión de país que está en sus extremos es enteramente
despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágil
barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la
extensión: el desierto la rodea por todas partes, se le insinúa en las
entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son por
lo general los límites incuestionables entre unas y otras provincias.
Allí la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos los
bosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempre
confundiéndose con la tierra entre celajes y vapores tenues que no dejan
en la lejana perspectiva señalar el punto en que el mundo acaba y
principia el cielo. Al Sur y al Norte acéchanla los salvajes, que
aguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobre
los ganados que pacen en los campos y las indefensas poblaciones. En la
solitaria carabana de carretas que atraviesa pesadamente las Pampas y
que se detiene a reposar por momentos, la tripulación, reunida en torno
del escaso fuego, vuelve maquinalmente la vista hacia el Sur al más
ligero susurro del viento que agita las hierbas secas para hundir sus
miradas en las tinieblas profundas de la noche en busca de los bultos
siniestros de la horda salvaje que puede sorprenderla desapercibida de
un momento a otro.
Si el oído no escucha rumor alguno; si la vista no alcanza a calar el
velo obscuro que cubre la callada soledad, vuelve sus miradas, para
tranquilizarse del todo, a las orejas del algún caballo que está
inmediato al fogón para observar si están inmóviles y negligentemente
inclinadas hacia atrás. Entonces continúa la conversación interrumpida o
lleva a la boca el tasajo de carne medio sollamado de que se alimenta.
Si no es la proximidad del salvaje lo que inquieta al hombre del campo,
es el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar;
esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las
campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino cierta
resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los
percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquiera
otra, y puede quizá explicar en parte la indiferencia con que dan y
reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas
y duraderas.
La parte habitada de este país privilegiado en dones, y que encierra
todos los climas, puede dividirse en tres fisonomías distintas que
imprimen a la población condiciones diversas, según la manera como tiene
que entenderse con la naturaleza que la rodea. Al Norte, confundiéndose
con el Chaco, un espeso bosque cubre con su impenetrable ramaje
extensiones que llamáramos inauditas si en formas colosales hubiese nada
inaudito en toda la extensión de la América. Al centro, y en una zona
paralela, se disputan largo tiempo el terreno, la pampa y la selva;
domina en partes el bosque; se degrada en matorrales enfermizos y
espinosos; preséntase de nuevo la selva a merced de algún río que la
favorece, hasta que al fin al Sur triunfa la pampa y ostenta su lisa y
velluda frente, infinita, sin límite conocido, sin accidente notable; es
la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa; la tierra
aguardando todavía que se le mande producir las plantas y toda clase de
simiente.
Pudiera señalarse como un rasgo notable de la fisonomía de este país la
aglomeración de ríos navegables que al Este se dan cita de todos los
rumbos del horizonte para reunirse en el Plata y presentar dignamente su
estupendo tributo al océano, que lo recibe en sus flancos no sin
muestras visibles de turbación y de respeto. Pero estos inmensos canales
excavados por la solícita mano de la Naturaleza, no introducen cambio
ninguno en las costumbres nacionales. El hijo de los aventureros
españoles que colonizaron el país, detesta la navegación y se considera
como aprisionado en los estrechos límites del bote o la lancha. Cuando
un gran río le ataja el paso, se desnuda tranquilamente, apresta su
caballo y lo endilga nadando a algún islote que se divisa a lo lejos;
arriba a él, descansan caballo y caballero, y de islote en islote se
completa al fin la travesía.
De este modo, el favor más grande que la Providencia depara a un pueblo,
el gaucho argentino lo desdeña, viendo en él más bien un obstáculo
opuesto a sus movimientos que el medio más poderoso de facilitarlos; de
este modo la fuente del engrandecimiento de las naciones: lo que hizo la
celebridad remotísima del Egipto, lo que engrandeció a Holanda y es la
causa del rápido desenvolvimiento de Norteamérica; la navegación de los
ríos o la canalización, es un elemento muerto, inexplotado por el
habitante de las márgenes del Bermejo, Pilcomayo, Paraná, Paraguay y
Uruguay. Desde el Plata remontan aguas arriba algunas navecillas
tripuladas por italianos y carcamanes; pero el movimiento sube unas
cuantas leguas y cesa casi de todo punto. No fué dado a los españoles el
instinto de la navegación que poseen en tan alto grado los sajones del
Norte. Otro espíritu se necesita que agite esas arterias en que hoy se
estagnan los flúidos vivificantes de una nación. De todos estos ríos que
debieran llevar la civilización, el poder y la riqueza hasta
profundidades más recónditas del continente y hacer de Santa Fe, Entre
Ríos, Corrientes, Córdoba, Salta, Tucumán y Jujuy otros tantos pueblos
nadando en riquezas y rebosando población y cultura, sólo uno hay que es
fecundo en beneficios para los que moran en sus riberas: el Plata, que
los resume a todos juntos.
En su embocadura están situadas dos ciudades, Montevideo y Buenos Aires,
cosechando hoy alternativamente las ventajas de su envidiable posición.
Buenos Aires está llamada a ser un día la ciudad más gigantesca de ambas
Américas. Bajo un clima benigno, señora de la navegación de cien ríos
que fluyen a sus pies, reclinada muellemente sobre un inmenso territorio
y con trece provincias interiores que no conocen otra salida para sus
productos, fuera ya la Babilonia americana si el espíritu de la pampa no
hubiese soplado sobre ella y si no ahogase en sus fuentes el tributo de
riqueza que los ríos y las provincias tienen que llevarla siempre. Ella
sola, en la vasta extensión argentina, está en contacto con las naciones
europeas; ella sola explota las ventajas del comercio extranjero; ella
sola tiene el poder y rentas. En vano le han pedido las provincias que
les deje pasar un poco de civilización, de industria y de población
europea; una política estúpida y colonial se hizo sorda a estos
clamores. Pero las provincias se vengaron, mandándole a Rosas, mucho y
demasiado de la barbarie que a ellas les sobraba.
Harto caro la han pagado los que decían: «la República Argentina acaba
en el Arroyo del Medio». Ahora llega desde los Andes hasta el mar; la
barbarie y la violencia bajaron a Buenos Aires más allá del nivel de las
provincias. No hay que quejarse de Buenos Aires, que es grande y lo será
más, porque así le cupo en suerte. Debiéramos quejarnos antes de la
Providencia y pedirle que rectifique la configuración de la tierra. No
siendo esto posible, demos por bien hecho lo que de mano de Maestro está
hecho. Quejémonos de la ignorancia de ese poder brutal que esteriliza
para sí y para las provincias los dones que natura prodigó al pueblo que
extravía. Buenos Aires, en lugar de mandar ahora luces, riqueza y
prosperidad al interior, mándale solo cadenas, hordas exterminadoras y
tiranuelos subalternos. ¡También se venga del mal que las provincias le
hicieron con prepararle a Rosas!
He señalado esta circunstancia de la posición monopolizadora de Buenos
Aires, para mostrar que hay una organización del suelo tan central y
unitaria en aquel país, que aunque Rosas hubiera gritado de buena fe
_¡federación o muerte!_, habría concluído por el sistema unitario que
hoy ha establecido. Nosotros, empero, queríamos la unidad en la
civilización y en la libertad, y se nos ha dado en la barbarie y en la
esclavitud. Pero otro tiempo vendrá en que las cosas entren en su cauce
ordinario. Lo que por ahora interesa conocer, es que los progresos de la
civilización se acumulan en Buenos Aires sólo; la pampa es un malísimo
conductor para llevarla y distribuirla en las provincias, y ya veremos
lo que de aquí resulta.
Pero por sobre todos estos accidentes peculiares a ciertas partes de
aquel territorio, predomina una facción general, uniforme y constante;
ya sea que la tierra esté cubierta de la lujuriosa y colosal vegetación
de los trópicos, ya sea que arbustos enfermizos, espinosos y
desapacibles revelen la escasa porción de humedad que les da vida; ya,
en fin, que la pampa ostente su despejada y monótona faz, la superficie
de la tierra es generalmente llana y unida, sin que basten a interrumpir
esta continuidad sin límites las sierras de San Luis y Córdoba en el
centro, y algunas ramificaciones avanzadas de los Andes al Norte; nuevo
elemento de unidad para la nación que pueble un día aquellas grandes
soledades, pues que es sabido que las montañas que se interponen en
unos y otros países, y los demás obstáculos naturales, mantienen el
aislamiento de los pueblos y conservan sus peculiaridades primitivas.
Norteamérica está llamada a ser una federación, menos por la primitiva
independencia de las plantaciones que por su ancha exposición al
Atlántico y las diversas salidas que al interior dan el San Lorenzo al
Norte, el Mississipí al Sur y las inmensas canalizaciones al centro. La
República Argentina es una e indivisible.
Muchos filósofos han creído también que las llanuras preparaban las vías
al despotismo, del mismo modo que las montañas prestaban asidero a las
resistencias de la libertad. Esta llanura sin límites que desde Salta a
Buenos Aires, y de allí a Mendoza, por una distancia de más de
setecientas leguas permite rodar enormes y pesadas carretas sin
encontrar obstáculo alguno, por caminos en que la mano del hombre apenas
ha necesitado cortar algunos árboles y matorrales; esta llanura
constituye uno de los rasgos más notables de la fisonomía interior de la
República.
Para preparar vías de comunicación basta sólo el esfuerzo del individuo
y los resultados de la naturaleza bruta; si el arte quisiera prestarle
su auxilio; si las fuerzas de la sociedad intentaran suplir la debilidad
del individuo, las dimensiones colosales de la obra arredrarían a los
más emprendedores, y la incapacidad del esfuerzo lo haría inoportuno.
Así, en materia de caminos, la naturaleza salvaje dará la ley por mucho
tiempo, y la acción de la civilización permanecerá débil e ineficaz.
Esta extensión de las llanuras imprime, por otra parte, a la vida del
interior cierta tintura asiática que no deja de ser bien pronunciada.
Muchas veces, al salir la luna tranquila y resplandeciente por entre
las hierbas de la tierra, la he saludado maquinalmente con estas
palabras de Volney, en su descripción de las Ruinas: _La pleine lune à
l'Orient s'élevait sur un fond bleuâtre aux plaines rives de
l'Eupharte_. Y, en efecto, hay algo en las soledades argentinas que trae
a la memoria las soledades asiáticas; alguna analogía encuentra el
espíritu entre la pampa y las llanuras que median entre el Tigris y el
Eufrates; algún parentesco en la tropa de carretas solitaria que cruza
nuestras soledades para llegar al fin de una marcha de meses, a Buenos
Aires, y la caravana de camellos que se dirige hacia Bagdad o Esmirna.
Nuestras carretas viajeras son una especie de escuadra de pequeños
bajeles, cuya gente tiene costumbres, idiomas y vestidos peculiares que
la distinguen de los otros habitantes, como el marino se distingue de
los hombres de tierra.
Es el capataz un caudillo, como en Asia el jefe de la caravana;
necesítase para este destino una voluntad de hierro, un carácter
arrojado hasta la temeridad, para contener la audacia y turbulencia de
los filibusteros de tierra, que ha de gobernar y dominar él solo en el
desamparo del desierto. A la menor señal de insubordinación, el capataz
enarbola su _chicote_ de fierro y descarga sobre el insolente golpes que
causan contusiones y heridas; y si la resistencia se prolonga, antes de
apelar a las pistolas, cuyo auxilio por lo general desdeña, salta del
caballo con el formidable cuchillo en mano y reivindica bien pronto su
autoridad por la superior destreza con que sabe manejarlo.
El que muere en estas ejecuciones del capataz no deja derecho a ningún
reclamo, considerándose legítima la autoridad que lo ha asesinado.
Así es como en la vida argentina empieza a establecerse por estas
peculiaridades el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia del
más fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los que
mandan, la justicia administrada sin formas y sin debate. La tropa de
carretas lleva, además, armamento, un fusil o dos por carreta, y a veces
un cañoncito giratorio en la que va a la delantera. Si los bárbaros la
asaltan, forma un círculo atando unas carretas con otras, y casi siempre
resisten victoriosamente a las codicias de los salvajes ávidos de sangre
y de pillaje.
La árrea de mulas cae con frecuencia indefensa en manos de estos
beduínos americanos, y rara vez los troperos escapan de ser degollados.
En estos largos viajes el proletario argentino adquiere el hábito de
vivir lejos de la sociedad y de luchar individualmente con la
naturaleza, endurecido en las privaciones, y sin contar con otros
recursos que su capacidad y maña personal para precaverse de todos los
riesgos que le cercan de continuo.
El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos razas
diversas, que, mezclándose, forman medios tintes imperceptibles,
españoles e indígenas. En las campañas de Córdoba y San Luis predomina
la raza española pura, y es común encontrar en los campos, pastoreando
ovejas, muchachas tan blancas, tan rosadas y hermosas como querrían
serlo las elegantes de una capital. En Santiago del Estero el grueso de
la población campesina habla aún el _quichua_, que revela su origen
indio. En Corrientes los campesinos usan un dialecto español muy
gracioso:--Dame, general, un chiripá--decían a Lavalle sus soldados.
En la campaña de Buenos Aires se reconoce todavía el soldado andaluz, y
en la ciudad predominan los apellidos extranjeros. La raza negra, casi
extinguida ya, excepto en Buenos Aires, ha dejado sus zambos y mulatos,
habitantes de las ciudades, eslabón que liga al hombre civilizado con el
palurdo; raza inclinada a la civilización, dotada de talento y de los
más bellos instintos de progreso.
Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un todo
homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad
industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social
no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debe
haber contribuído a producir este resultado desgraciado la incorporación
de indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas viven en la
ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para
dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de
introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido.
Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando se
ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.
Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia
alemana o escocesa del Sur de Buenos Aires y la villa que se forma en el
interior; en la primera las casitas son pintadas, el frente de la casa
siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado
sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o de estaño, reluciendo
siempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes, en un
movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y
quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y
retirarse a la ciudad a gozar de las comodidades.
La villa nacional es el reverso de esta medalla: niños sucios y
cubiertos de harapos viven con una jauría de perros; hombres tendidos
por el suelo en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por
todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos
miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria
los hacen notables.
Esta miseria, que ya va desapareciendo, y que es un accidente de las
campañas pastoras, motivó sin duda las palabras que el despecho y la
humillación de las armas inglesas arrancaron a Walter Scott. «Las vastas
llanuras de Buenos Aires--dice--no están pobladas sino por cristianos
salvajes, conocidos bajo el nombre de _huachos_ (por decir _gauchos_),
cuyo principal amueblado consiste en cráneos de caballos, cuyo alimento
es carne cruda y agua y cuyo pasatiempo favorito es reventar caballos en
carreras forzadas. Desgraciadamente--añade el buen gringo--prefirieron
su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas»[17]. Sería
bueno proponerla a la Inglaterra, por ver no más cuántas varas de lienzo
y cuántas piezas de muselina daría por poseer estas llanuras de Buenos
Aires.
Por aquella extensión sin límites, tal como la hemos descrito, están
esparcidas aquí y allá catorce ciudades capitales de provincia, que si
hubiéramos de seguir el orden aparente, clasificáramos por su colocación
geográfica: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, a las
márgenes del Paraná; Mendoza, San Juan, Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta
y Jujuy, casi en línea paralela con los Andes chilenos, y Santiago, San
Luis y Córdoba, al centro.
Pero esta manera de enumerar los pueblos argentinos no conduce a ninguno
de los resultados sociales que voy solicitando. La clasificación que
hace a mi objeto es la que resulta de los medios de vivir del pueblo de
las campañas, que es lo que influye en su carácter y espíritu. Ya he
dicho que la vecindad de los ríos no imprime modificación alguna, puesto
que no son navegados sino en una escala insignificante y sin influencia.
Ahora todos los pueblos argentinos, salvo San Juan y Mendoza, viven de
los productos del pastoreo; Tucumán explota, además, la agricultura, y
Buenos Aires, a más de un pastoreo de millones de cabezas de ganado, se
entrega a las múltiples y variadas ocupaciones de la vida civilizada.
Las ciudades argentinas tienen la fisonomía regular de casi todas las
ciudades americanas: sus calles cortadas en ángulos rectos, su población
diseminada en una ancha superficie, si se exceptúa a Córdoba, que,
edificada en corto y limitado recinto, tiene todas las apariencias de
una ciudad europea, a que dan mayor realce la multitud de torres y
cúpulas de sus numerosos y magníficos templos. La ciudad es el centro de
la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de
las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los
Juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos.
La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidos
europeos, el frac y la levita tienen allí su teatro y su lugar
conveniente. No sin objeto hago esta enumeración trivial. La ciudad
capital de las provincias pastoras existe algunas veces ella sola, sin
ciudades menores, y no falta alguna en que el terreno inculto llegue
hasta ligarse con las calles. El desierto las circunda a más o menos
distancia: las cerca, las oprime; la naturaleza salvaje las reduce a
unos estrechos oasis de civilización enclavados en un llano inculto de
centenares de millas cuadradas, apenas interrumpido por una que otra
villa de consideración. Buenos Aires y Córdoba son las que mayor número
de villas han podido echar sobre la campaña, como otros tantos focos de
civilización y de intereses municipales; ya esto es un hecho notable.
El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida
civilizada tal como la conocemos en todas partes; allí están las leyes,
las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización
municipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudad
todo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que llamaré
americano por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de vida son
diversos, sus necesidades peculiares y limitadas; parecen dos sociedades
distintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aún hay más: el hombre de
la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con
desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el
frac, la capa, la silla, ningún signo europeo puede presentarse
impunemente en la campaña. Todo lo que hay de civilizado en la ciudad
está bloqueado por allí, proscripto afuera, y el que osara mostrarse con
levita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraería sobre sí las
burlas y las agresiones brutales de los campesinos.
Estudiemos ahora la fisonomía exterior de las extensas campiñas que
rodean las ciudades y penetremos en la vida interior de sus habitantes.
Ya he dicho que en muchas provincias el límite forzoso es el desierto
intermedio y sin agua. No sucede así, por lo general, con la campaña de
una provincia, en la que reside la mayor parte de su población. La de
Córdoba, por ejemplo, que cuenta 160.000 almas, apenas 20 están dentro
del recinto de la aislada ciudad; todo el grueso de la población está en
los campos, que, así como por lo común son llanos, casi por todas
partes son pastosos, ya estén cubiertos de bosques, ya desnudos de
vegetación mayor, y en algunas con tanta abundancia y de tan exquisita
calidad, que el prado artificial no llegaría a aventajarles. Mendoza y
San Juan, sobre todo, se exceptúan de esta peculiaridad de la superficie
inculta, por lo que sus habitantes viven principalmente de los productos
de la agricultura. En todo lo demás, abundando los pastos, la cría de
ganado es, no la ocupación de los habitantes, sino su medio de
subsistencia. Ya la vida pastoril nos vuelve impensadamente a traer a la
imaginación el recuerdo de Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siempre
cubiertas aquí y allá de las tiendas del calmuco, del cosaco o del
árabe. La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara y
estacionaria, la vida de Abraham, que es la del beduíno de hoy, asoma en
los campos argentinos, aunque modificada por la civilización de un modo
extraño.
La tribu árabe que vaga por las soledades asiáticas vive reunida bajo el
mando de un anciano de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad existe,
aunque no esté fija en un punto determinado de la tierra; las creencias
religiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de las
costumbres, el respeto a los ancianos, forman reunidos un código de
leyes, de usos y prácticas de gobierno, que mantienen la moral, tal como
la comprenden, el orden y la asociación de tribu. Pero el progreso está
sofocado, porque no puede haber progreso sin la posesión permanente del
suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial
del hombre y le permite extender sus adquisiciones.
En las llanuras argentinas no existe la tribu nómade; el pastor posee
el suelo con títulos de propiedad; está fijo en un punto que le
pertenece; pero para ocuparlo ha sido necesario disolver la asociación y
derramar las familias sobre una inmensa superficie. Imagináos una
extensión de 2.000 leguas cuadradas cubierta toda de población, pero
colocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia unas de otras, a
ocho a veces, a dos las más cercanas. El desenvolvimiento de la
propiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del todo
incompatibles con este aislamiento; puede la fortuna levantar un
soberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplo
desaparece, la necesidad de manifestarse con dignidad que se siente en
las ciudades, no se hace sentir allí, en el aislamiento y la soledad.
Las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la
frugalidad en los goces trae en seguida todas las exterioridades de la
barbarie. La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo la
familia feudal, aislada, reconcentrada; y no habiendo sociedad reunida,
toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la
policía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de
alcanzar a los delincuentes.
Ignoro si el mundo moderno presenta un género de asociación tan
monstruoso como éste. Es todo lo contrario del municipio romano, que
reconcentraba en un recinto toda la población y de allí salía a labrar
los campos circunvecinos. Existía, pues, una organización social fuerte,
y sus benéficos resultados se hacen sentir hasta hoy y han preparado la
civilización moderna. Se asemeja a la antigua slobada esclavona, con la
diferencia de que aquélla era agrícola y, por tanto, más susceptible de
gobierno; el desparramo de la población no era tan extenso como éste. Se
diferencia de la tribu nómade, en que aquélla anda en sociedad
siquiera, ya que no se posesiona del suelo. Es, en fin, algo parecido a
la feudalidad de la Edad Media, en que los barones residían en el campo
y desde allí hostilizaban las ciudades y asolaban las campañas; pero
aquí faltan el barón y el castillo feudal. Si el poder se levanta en el
campo, es momentáneamente, es democrático: ni se hereda, ni puede
conservarse, por falta de montañas y posiciones fuertes. De aquí resulta
que aun la tribu salvaje de la pampa está organizada mejor que nuestras
campañas para el desarrollo moral.
Pero lo que presenta de notable esta sociedad, en cuanto a su aspecto
social, es su afinidad con la vida antigua, con la vida espartana o
romana, si por otra parte no tuviese una desemejanza radical. El
ciudadano libre de Esparta o de Roma echaba sobre sus esclavos el peso
de la vida material, el cuidado de proveer a la subsistencia, mientras
que él vivía libre de cuidados en el foro, en la plaza pública,
ocupándose exclusivamente de los intereses del Estado, de la paz, la
guerra, las luchas de partido. El pastoreo proporciona las mismas
ventajas, y la función inhumana del ilota antiguo la desempeña el
ganado. La procreación espontánea forma y acrece indefinidamente la
fortuna; la mano del hombre está por demás; su trabajo, su inteligencia,
su tiempo, no son necesarios para la conservación y aumento de los
medios de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de la
vida, las fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano;
fáltale la ciudad, el municipio, la asociación íntima, y, por tanto,
fáltale la base de todo desarrollo social; no estando reunidos los
estancieros, no tienen necesidades públicas que satisfacer; en una
palabra: no hay _res pública_.
El progreso moral, la cultura de la inteligencia descuidada en la tribu
árabe o tártara, es aquí no sólo descuidada, sino imposible. ¿Dónde
colocar la escuela para que asistan a recibir lecciones los niños
diseminados a diez leguas de distancia en todas direcciones? Así, pues,
la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal[18], y
gracias si las costumbres domésticas conservan un corto depósito de
moral. La religión sufre las consecuencias de la disolución de la
sociedad; el curato es nominal, el púlpito no tiene auditorio, el
sacerdote huye de la capilla solitaria o se desmoraliza en la inacción y
en la soledad; los vicios, el simoniaquismo, la barbarie normal,
penetran en su celda y convierten su superioridad moral en elementos de
fortuna y de ambición, porque al fin concluye por hacerse caudillo de
partido.
Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivos
del mundo, anteriores a la institución del sacerdocio. Hallábame en la
Sierra de San Luis, en casa de un estanciero cuyas dos ocupaciones
favoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que los
domingos por la tarde rezaba él mismo el rosario, para suplir al
sacerdote y el oficio divino de que por años habían carecido. Era aquél
un cuadro homérico: el sol llegaba al ocaso; las majadas que volvían al
redil hendían el aire con sus confusos balidos; el dueño de la casa,
hombre de sesenta años, de una fisonomía noble, en que la raza europea
pura se ostentaba por la blancura del cutis, los ojos azulados, la
frente espaciosa y despejada, hacía coro, a que contestaban una docena
de mujeres y algunos mocetones, cuyos caballos, no bien domados aún,
estaban amarrados cerca de la puerta de la capilla. Concluído el
rosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Jamás he oído voz más llena de
unción, fervor más puro, fe más firme, ni oración más bella, más
adecuada a las circunstancias que la que recitó. Pedía en ella a Dios
lluvia para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la
República, seguridad para los caminantes... Yo soy muy propenso a
llorar, y aquella vez lloré hasta sollozar, porque el sentimiento
religioso se había despertado en mi alma con exaltación y como una
sensación desconocida, porque nunca he visto escena más religiosa; creía
estar en los tiempos de Abraham, en su presencia, en la de Dios y de la
naturaleza que lo revela; la voz de aquel hombre candoroso e inocente me
hacía vibrar todas las fibras y me penetraba hasta la medula de los
huesos.
He aquí a lo que está reducida la religión en las campañas pastoras: a
la religión natural; el cristianismo existe, como el idioma español, en
clase de tradición que se perpetúa, pero corrompido, encarnado en
supersticiones groseras, sin instrucción, sin culto y sin convicciones.
En casi todas las campañas apartadas de las ciudades ocurre que, cuando
llegan comerciantes de San Juan o de Mendoza, les presentan tres o
cuatro niños de meses y de un año para que los bauticen, satisfechos de
que por su buena educación podrán hacerlo de un modo válido; y no es
raro que a la llegada de un sacerdote se le presenten mocetones, que
vienen domando un potro, a que les ponga el óleo y administre el
bautismo _sub conditione_.
A falta de todos los medios de civilización y de progreso, que no pueden
desenvolverse sino a condición de que los hombres estén reunidos en
sociedades numerosas, ved la educación del hombre en el campo. Las
mujeres guardan la casa, preparan la comida, trasquilan las ovejas,
ordeñan las vacas, fabrican los quesos y tejen las groseras telas de que
se visten; todas las ocupaciones domésticas, todas las industrias
caseras las ejerce la mujer; sobre ella pesa casi todo el trabajo, y
gracias si algunos hombres se dedican a cultivar un poco de maíz para el
alimento de la familia, pues el pan es inusitado como manutención
ordinaria. Los niños ejercitan sus fuerzas y se adiestran por placer en
el manejo del lazo y de las boleadoras, con que molestan y persiguen sin
descanso a las terneras y cabras; cuando son jinetes, y esto sucede
luego de aprender a caminar, sirven a caballo en algunos quehaceres; más
tarde, y cuando ya son fuertes, recorren los campos cayéndose y
levantándose, rodando a designio de las vizcacheras, salvando
precipicios y adiestrándose en el manejo del caballo; cuando la pubertad
asoma se consagran a domar potros salvajes, y la muerte es el castigo
menor que les aguarda si un momento les faltan las fuerzas o el coraje.
Con la juventud primera viene la completa independencia y la
desocupación.
Aquí principia la vida pública, diré, del gaucho, pues que su educación
está ya terminada. Es preciso ver a estos españoles, por el idioma
únicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, para
saber apreciar los caracteres indómitos y altivos que nacen de esta
lucha del hombre aislado con la naturaleza salvaje, del racional con el
bruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes
graves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar del
compasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de las
ciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe aterrar
un toro bravío y darle muerte, que no sabrá proveerse de caballo a
campo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado un
tigre, recibídolo con el puñal en una mano y el poncho envuelto en la
otra, para meterlo en la boca, mientras le traspasa el corazón y lo deja
tendido a sus pies. Este hábito de triunfar de las resistencias, de
mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla,
desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual
y de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que sean,
civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como
nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta
vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo que
el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo
que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandes
cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una
parte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada
han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el
poderoso? El europeo es para ellos el último de todos, porque no resiste
a un par de corcovos del caballo[19]. Si el origen de esta vanidad
nacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menos
nobles las consecuencias, como no es menos pura el agua de un río porque
nazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio que les
inspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus vestidos,
usos y maneras. De esta pasta están amasados los soldados argentinos, y
es fácil imaginarse los hábitos que de este género pueden dar en valor y
sufrimiento para la guerra; añádase que desde la infancia están
habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los
familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazón contra
los gemidos de las víctimas.
La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho las facultades
físicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carácter moral se
resiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del poder de la
naturaleza; es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin
necesitarla tampoco, sin medios de subsistencia como sin necesidades, es
feliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales para
el que nunca conoció mayores goces, ni extendió más altos sus deseos; de
manera que si esta disolución de la sociedad radica hondamente la
barbarie por la imposibilidad y la inutilidad de la educación moral e
intelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El gaucho
no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa;
uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario; la casa
del patrón o del pariente, si nada posee. Las atenciones que el ganado
exige se reducen a correrías y partidas de placer. La hierra, que es
como la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada se
recibe con transportes de júbilo; allí es el punto de reunión de todos
los hombres de veinte leguas a la redonda; allí la ostentación de la
increíble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lento
y mesurado de su mejor _parejero_, que detiene a distancia apartada; y
para gozar mejor del espectáculo, cruza la pierna sobre el pescuezo del
caballo. Si el entusiasmo lo anima, desciende lentamente del caballo,
desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa con la velocidad
del rayo a cuarenta pasos de distancia; lo ha cogido de una uña, que era
lo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su _cuerda_.
Texto original em ES preservado no Literunico para leitura comparada com a edição/tradução da Copa Literunico. Fonte-base: https://www.gutenberg.org/files/33267/33267-0.txt
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