Universo da obra
Universo da obra
CAPITULO PRIMERO LA SORPRESA Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios
japoneses, Erdosain quiso retroceder; comprendió que estaba
perdido, pero ya era tarde.
Lo esperaban el director, un hombre de baja estatura, morrudo,
con cabeza de jabalí, pelo gris cortado a «lo Humberto I», y una
mirada implacable filtrándose por sus pupilas grises como las de un
pez: Gualdi, el contador, pequeño, flaco, meloso, de ojos
escrutadores, y el subgerente, hijo del hombre de cabeza de jabalí, un
guapo mozo de treinta años, con el cabello totalmente blanco, cínico
en su aspecto, la voz áspera y mirada dura como la de su progenitor.
Estos tres personajes, el director inclinado sobre unas planillas, el
subgerente recostado en una poltrona con la pierna balanceándose
sobre el respaldar, y el señor Gualdi respetuosamente de pie junto al
escritorio, no respondieron al saludo de Erdosain. Sólo el subgerente
se limitó a levantar la cabeza:
-Tenemos la denuncia de que usted es un estafador, que nos ha
robado seiscientos pesos.
-Con siete centavos -agregó el señor Gualdi, a tiempo que pasaba
un secante sobre la firma que en una planilla había rubricado el
director. Entonces, éste, como haciendo un gran esfuerzo sobre su
cuello de toro, alzó la vista. Con los dedos trabados entre los ojales
del chaleco, el director proyectaba una mirada sagaz, a través de los
párpados entrecerrados, al tiempo que sin rencor examinaba el
demacrado semblante de Erdosain, que permanecía impasible.
-¿Por qué anda usted tan mal vestido? -interrogó.
-No gano nada como cobrador.
-¿Y el dinero que nos ha robado?
-Yo no he robado nada. Son mentiras.
-Entonces, ¿está en condiciones de rendir cuentas, usted?
-Si quieren, hoy mismo a mediodía.
La contestación lo salvó transitoriamente. Los tres hombres se
consultaron con la mirada, y, por último, el subgerente,
encogiéndose de hombros, dijo bajo la aquiescencia del padre:
-No... tiene tiempo hasta mañana a las tres. Tráigase las
planillas y los recibos... Puede irse.
Lo sorprendió tanto esa resolución que permaneció allí
tristemente, de pie, mirándolos a los tres. Sí, a los tres. Al señor
Gualdi, que tanto lo había humillado a pesar de ser un socialista; al
subgerente, que con insolencia había detenido los ojos en su corbata
deshilachada: al director, cuya tiesa cabeza de jabalí rapado se volvía
a él, filtrando una mirada cínica y obscena a través de la raya gris de
los párpados entrecerrados.
Sin embargo, Erdosain no se movía de allí... Quería decirles
algo, no sabía cómo, pero algo que les diera a comprender a ellos
toda la desdicha inmensa que pesaba sobre su vida; y permanecía
así, de pie, triste, con el cubo negro de la caja de hierro ante los ojos,
sintiendo que a medida que pasaban los minutos su espalda se
arqueaba más, mientras que nerviosamente retorcía el ala de su
sombrero negro, y la mirada se le hacía más huida y triste. Luego,
bruscamente, preguntó.
-¿Entonces, puedo irme?
-Sí...
-No... Entréguele los recibos a Suárez y mañana a las tres esté
aquí, sin falta, con todo.
-Sí... todo... -y volviéndose, salió sin saludar.
Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase invisiblemente
acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en
declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que
el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado muchas horas.
Más tarde recordó que ni por un instante se le había ocurrido
preguntarse quién podría haberlo denunciado.
ESTADOS DE CONCIENCIA Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no
le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estuviera en consonancia
con su estado interior. Existía otro sentimiento y ése era el silencio
circular entrado como un cilindro de acero en la masa de su cráneo,
de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquello que no se
relacionara con su desdicha.
Este círculo de silencio y de tinieblas interrumpía la
continuidad de sus ideas, de forma que Erdosain no podía asociar,
con el declive de su razonamiento, su hogar llamado casa con una
institución designada con el nombre de cárcel.
Pensaba telegráficamente, suprimiendo preposiciones, lo cual es
enervante. Conoció horas muertas en las que hubiera podido
cometer un delito de cualquier naturaleza, sin que por ello tuviera la
menor noción de su responsabilidad. Lógicamente, un juez no
hubiera entendido tal fenómeno. Pero él ya estaba vacío, era una
cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre.
Si continuó trabajando en la Compañía Azucarera no fue para
robar más cantidades de dinero, sino porque esperaba un
acontecimiento extraordinario -inmensamente extraordinario- que
diera un giro inesperado a su vida y lo salvara de la catástrofe que
veía acercarse a su puerta.
Esta atmósfera de sueño y de inquietud que lo hacía circular a
través de los días como un sonámbulo, la denominaba Erdosain, «la
zona de la angustia».
Erdosain se imaginaba que dicha zona existía sobre el nivel de
las ciudades, a dos metros de altura, y se le representaba
gráficamente bajo la forma de esas regiones de salinas o desiertos
que en los mapas están revelados por óvalos de puntos, tan espesos
como las ovas de un arenque.
Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los
hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba
pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando
los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos
dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en éstas un
regusto de sollozo.
Tal era la explicación que Erdosain se daba cuando sentía las
primeras náuseas de la pena.
-¿Qué es lo que hago con mi vida? -decíase entonces, queriendo
quizás aclarar con esta pregunta los orígenes de la ansiedad que le
hacía apetecer una existencia en la cual el mañana no fuera la
continuación de hoy con su medida de tiempo, sino algo distinto y
siempre inesperado como en los desenvolvimientos de las películas
norteamericanas, donde el pordiosero de ayer es el jefe de una
sociedad secreta de hoy, y la dactilógrafa aventurera una
multimillonaria de incógnito.
Dicha necesidad de maravillas que no tenía posibles
satisfacciones -ya que él era un inventor fracasado y un delincuente
al margen de la cárcel- le dejaba en las cavilaciones subsiguientes
una rabiosa acidez y los dientes sensibles como después de masticar
limón.
En estas circunstancias compaginaba insensateces. Llegó a
imaginarse que los ricos, aburridos de escuchar las quejas de los
miserables, construyeron jaulones tremendos que arrastraban
cuadrillas de caballos. Verdugos escogidos por su fortaleza cazaban
a los tristes con lazo de acogotar perros, llegándole a ser visible
cierta escena: una madre, alta y desmelenada, corría tras el jaulón de
donde, entre los barrotes, la llamaba su hijo tuerto, hasta que un
«perrero», aburrido de oírla gritar, la desmayó a fuerza de golpes en
la cabeza, con el mango del lazo.
Desvanecida esta pesadilla, Erdosain se decía horrorizado de sí
mismo:
-¿Pero qué alma, qué alma es la que tengo yo? -Y como su
imaginación conservaba el impulso motor que le había impreso la
pesadilla, continuaba: -Yo debo haber nacido para lacayo, uno de
esos lacayos perfumados y viles con quienes las prostitutas ricas se
hacen prender los broches del pórtasenos, mientras el amante fuma
un cigarro recostado en el sofá.
Y nuevamente sus pensamientos caían de rebote en una cocina
situada en los sótanos de una lujosísima mansión. En torno de la
mesa movíanse dos mucamas, además del chofer y un árabe
vendedor de ligas y perfumes. En dicha circunstancia él gastaría un
saco negro que no alcanzaba a cubrirle el trasero, y corbatita blanca.
Súbitamente lo llamaría «el señor», un hombre que era su doble
físico, pero que no se afeitaba los bigotes y usaba lentes. El no sabía
qué es lo que deseaba de él su patrón, mas nunca olvidaría la mirada
singular que éste le dirigió al salir de la estancia. Y volvía a la cocina
para conversar de suciedades, con el chofer que, ante el regocijo de
las mucamas y el silencio del árabe pederasta, contaba como había
pervertido a la hija de una gran señora, cierta criatura de pocos
años.
Y volvía a repetirse:
-Sí, yo soy un lacayo. Tengo el alma de un verdadero lacayo -y
apretaba los dientes de satisfacción al insultarse y rebajarse de ese
modo ante sí mismo.
Otras veces se veía saliendo de la alcoba de una soltera vieja y
devota, llevando con unción un pesado orinal, mas en ese momento
le encontraba un sacerdote asiduo de la casa que sonriendo, sin
inmutarse, le decía:
-¿Cómo vamos de deberes religiosos, Ernesto? -Y él, Ernesto,
Ambrosio o José, viviría torvamente una vida de criado obsceno e
hipócrita.
Un temblor de locura le estremecía cuando pensaba en esto.
Sabía, ¡ah, qué bien lo sabía!, que estaba gratuitamente
ofendiendo, ensuciando su alma. Y el terror que experimenta el
hombre que en una pesadilla cae al abismo en que no morirá,
padecíalo él mientras deliberadamente se iba enlodando.
Porque a instantes su afán era de humillación, como el de los
santos que besaban las llagas de los inmundos; no por compasión,
sino para ser más indignos de la piedad de Dios, que se sentiría
asqueado de verles buscar el cielo con pruebas tan repugnantes.
Mas cuando desaparecían de él esas imágenes, y sólo quedaba
en su conciencia el «deseo de conocer el sentido de la vida», decíase:
-No, yo no soy un lacayo... de verdad que no lo soy... -y hubiera
querido ir a pedirle a su esposa que se compadeciera de él, que
tuviera piedad de sus pensamientos tan horribles y bajos. Mas el
recuerdo de que por ella se había visto obligado a sacrificarse tantas
veces, le colmaba de un rencor sordo, y en esas circunstancias
hubiera querido matarla.
Y bien sabía que algún día ella se entregaría a otro y aquél era
un sumado elemento más a los otros factores que componían su
angustia.
De allí que cuando defraudó los primeros veinte pesos, se
asombró de la facilidad con que se podía hacer «eso», quizá porque
antes de robar creyó tener que vencer una serie de escrúpulos que en
sus actuales condiciones de vida no podía conocer. Decíase luego:
-Es cuestión de tener voluntad y hacerlo, nada más.
Y «eso» aliviaba la vida, con «eso» tenía dinero que le causaba
sensaciones extrañas porque nada le costaba ganarlo. Y lo asombroso
para Erdosain no consistía en el robo, sino que no se revelara en su
semblante que era un ladrón. Se vio obligado a robar porque ganaba
un mensual exiguo. Ochenta, cien, ciento veinte pesos, pues este
importe dependía de las cantidades cobradas, ya que su sueldo se
componía de una comisión por cada ciento cobrado.
Así, hubo días que llevó de cuatro a cinco mil pesos, mientras él,
malamente alimentado, tenía que soportar la hediondez de una
cartera de cuero falso en cuyo interior se amontonaba la felicidad
bajo la forma de billetes, cheques, giros y órdenes al portador.
Su esposa le recriminaba las privaciones que cotidianamente
soportaba; él escuchaba en silencio sus reproches y luego, a solas, se
decía:
-¿Qué es lo que puedo hacer yo?
Cuando tuvo la idea, cuando una pequeñita idea lo cercioró de
que podía defraudar a sus patrones, experimentó la alegría de un
inventor. ¿Robar? ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Y Erdosain se asombró de su incapacidad llegando hasta
reprocharse falta de iniciativa, pues en esa época (tres meses antes de
los sucesos narrados) sufría necesidades de toda naturaleza, a pesar
de que diariamente pasaban por sus manos crecidas cantidades de
dinero.
Y lo que facilitó sus maniobras fraudulentas fue la falta de
administración que había en la Compañía Azucarera.
EL TERROR EN LA CALLE Sin duda alguna su vida era extraña, porque a veces una
esperanza apresurada lo lanzaba a la calle.
Entonces tomaba un ómnibus y bajaba en Palermo o en
Belgrano. Recorría pensativamente las silenciosas avenidas,
diciéndose:
-Me verá una doncella, una niña alta, pálida y concentrada, que
por capricho maneje su Rolls-Royce. Paseará tristemente. De pronto
me mira y comprende que yo seré el único amor de toda la vida, y
esa mirada que era un ultraje para todos los desdichados, se posará
en mí, cubiertos los ojos de lágrimas.
El ensueño se desenroscaba sobre esta necedad, mientras
lentamente se deslizaba a la sombra de las altas fachadas y de los
verdes plátanos, que en los blancos mosaicos descomponían su
sombra en triángulos.
-Será millonada, pero yo le diré: «Señorita, no puedo tocarla.
Aunque usted quisiera entregárseme, no la tomaría». Ella me mirará
sorprendida; entonces yo le diré: «Y todo es inútil, ¿sabe?, es inútil,
porque estoy casado». Pero ella le ofrecerá una fortuna a Elsa para
que se divorcie de mí, y luego nos casaremos, y en su yate nos
iremos al Brasil.
Y la simplicidad de este sueno se enriquecía con el nombre de
Brasil que, áspero y caliente, proyectaba ante él una costa sonrosada
y blanca, cortando con aristas y perpendiculares al mar tiernamente
azul. Ahora la doncella había perdido su empaque trágico y era -bajo
la seda blanca de su vestido sencillo como el de una colegiala- una
criatura sonriente, tímida y atrevida a la vez.
Y Erdosain pensaba:
-No tendremos nunca contacto sexual. Para hacer más duradero
nuestro amor, refrenaremos el deseo, y tampoco la besaré en la boca,
sino en la mano.
Y se imaginaba la felicidad que purificaría su vida, si tal
imposible aconteciera, pero era más fácil detener la tierra en su
marcha que realizar tal absurdo. Entonces decíase entristecido de un
coraje vago:
-Bueno, seré «cafisho». -Y de pronto un horror más terrible que
los otros horrores le destornillaba la conciencia. El tenía la sensación
de que todas las muescas de su alma sangraban como bajo la mecha
de un torno, y paralizado el entendimiento, embotado de angustia,
iba a loca ventura en busca de lenocinios. Entonces supo el terror del
fraudulento, el terror luminoso que es como el estallido de un gran
día de sol en la convexidad de una salitrera.
Se dejó arrastrar por los impulsos que retuercen al hombre que
se siente por primera vez a las puertas de la cárcel, impulsos ciegos
que conducen a un desdichado a jugarse la vida en un naipe o en una
mujer. Quizá buscando en el naipe y en la hembra una consolación
brutal y triste, quizá buscando en todo lo más vil y hundido cierta
certidumbre de pureza que lo salvará definitivamente.
Y en las calurosas horas de la siesta, bajo el sol amarillo caminó
por las aceras de mosaicos calientes en busca de los prostíbulos más
inmundos.
Escogía con preferencia aquellos en cuyos zaguanes veía
cáscaras de naranja y regueros de ceniza y los vidrios forrados de
bayeta roja o verde, protegidos por mallas de alambre.
Entraba con la muerte en el alma. En el patio, bajo el
recuadrado cielo azul, había generalmente un solo banco pintado de
ocre, y sobre él se dejaba caer extenuado, soportando la glacial
mirada de la regenta, mientras esperaba la salida de la pupila, una
mujer horrorosa de flaca o de gorda.
Y la meretriz le gritaba desde la puerta entreabierta del
dormitorio, en cuyo interior se escuchaba el ruido de un hombre que
se vestía:
-¿Vamos, querido? -y Erdosain entraba al otro dormitorio,
zumbándole los oídos y con una niebla girante en las pupilas.
Luego se recostaba en el lecho barnizado de color de hígado,
encima de las mantas sucias por los botines, que protegían la colcha.
Súbitamente sentía deseos de llorar, de preguntarle a esa
horrible morcona qué cosa era el amor, el angélico amor que los coros
celestiales cantaban al pie del trono de Dios vivo, pero la angustia le
taponaba la laringe mientras que de repugnancia el estómago se le
cerraba como un puño.
Y en tanto la prostituta dejaba estar la movediza mano encima de
sus ropas. Erdosain se decía:
-¿Qué he hecho de mi vida?
Una rayo de sol sesgaba el cristal de la banderola cubierta de
telas de araña, y la meretriz, con la mejilla apoyada en la almohada y
una pierna cargada sobre la suya, movía lentamente la mano
mientras él entristecido se decía:
-¿Qué es lo que he hecho de mi vida?
Súbitamente el remordimiento le entristecía el alma, se acordaba
de su esposa que por falta de dinero tenía que lavarse la ropa a pesar
de estar enferma, y entonces, asqueado de sí mismo, saltaba del
lecho, le entregaba el dinero a la prostituta, y sin haberla usado, huía
hacia otro infierno a gastar el dinero que no le pertenecía, a hundirse
más en su locura que aullaba a todas horas.
UN HOMBRE EXTRAÑO A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de
Mayo. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel,
porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. De pronto se
sorprendió.
En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta.
Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos
tocándose por los pulgares sobre el grueso vientre, cabeceaba con
una expresión agria, abotargada, en su cara amarilla.
Lo vidrioso de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las
mejillas flácidas y el labio inferior casi colgante, le daban la
apariencia de un cretino.
Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje color de canela, y, a
momentos, inclinando el rostro apoyaba los dientes en el puño de
marfil de su bastón.
Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía
el aspecto de un tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se
encontraron con los de Erdosain que iba a su encuentro, y el
semblante del farmacéutico se iluminó con una sonrisa pueril. Aun
sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain, que pensó:
-¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa!
Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
-Y, ¿te casaste con Hipólita?..
-Sí, pero no te imaginas el bochinche que se armó en casa...
-¿Qué... supieron que era de «la vida»?
-No... eso lo dijo ella después. ¿Vos sabes que Hipólita antes de
«hacer la calle» trabajó de sirvienta?...
-Poco después que nos casamos fuimos mamá, yo, Hipólita y mi
hermanita a lo de una familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa
gente? Después de diez años reconocieron a Hipólita que fue
sirvienta de ellos. ¡Algo que no tiene nombre! Yo y ella nos vinimos
por un camino y mamá y Juana por otro. Toda la historia que yo
inventé para justificar mi casamiento, se vino abajo.
-¿Y por qué confesó que fue prostituta?
-Un momento de rabia. ¿Pero no tenía razón? ¿No se había
regenerado? ¿No me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas
verdes a ellos?
-¿Y cómo te va?
-Muy bien... La farmacia da setenta pesos diarios. En Pico no
hay otro que conozca la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una
controversia y no quiso agarrar viaje.
Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo.
Luego le preguntó:
-¿Jugás siempre?
-Sí, y Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto
de la ruleta.
-¿Qué es eso?
-Vos no sabes... el gran secreto... una ley de sincronismo
estático... Ya fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero, pero
esta noche salimos con Hipólita para hacer saltar la banca.
Y de pronto lanzó la embrollada explicación:
-Mirá, le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras
bolas, una a cada docena. Si no salen tres docenas distintas se
produce forzosamente el desequilibrio. Marcas, entonces, con un
punto la docena salida. Para las tres bolas que siguen quedará igual
la docena que marcaste. Claro está que el cero no se cuenta y que
jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentas entonces una
unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís en una,
quiero decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta
sola base te permite deducir la unidad menor que las mayores y se
juega la diferencia a la docena o a las docenas que resulten.
Erdosain no había entendido. Contenía su deseo de reír a
medida que su esperanza crecía, pues era indudable que Ergueta
estaba loco. Por eso replicó:
-Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de
santidad.
-Y también a los idiotas -argüyó Ergueta clavando en él una
mirada burlona, a medida que guiñaba el párpado izquierdo-. Desde
que yo me ocupo de esas cosas misteriosas, he hecho macanas
grandes como casas, por ejemplo, casarme con esa atorranta...
-¿Y sos feliz con ella?
-...creer en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que
tira es a hundirlo a uno y hacerle fama de loco...
Erdosain, impaciente, frunció el ceño, luego:
-¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus
propias palabras, un gran pecador. Y de pronto te convertís, te casas
con una prostituta porque eso está escrito en la Biblia; hablas a la
gente del cuarto sello y del caballo amarillo... claro... la gente tiene
que creer que estás loco porque esas cosas no las conoces ni por las
tapas. ¿A mí no me tienen también por loco porque he dicho que
habría de instalar una tintorería para perros y metalizar los puños de
las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No, no lo creo. Lo que
hay en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al prójimo.
Ahora, eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me
parece medio absurdo...
-Cinco mil pesos gané en las dos veces...
-Pongamos que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el
secreto de la ruleta, sino el hecho de tener una hermosa alma. Sos
capaz de hacer el bien, de emocionarte ante un hombre que está a las
puertas de la cárcel...
-Eso sí que es verdad -interrumpió Ergueta-. Fíjate que hay otro
farmacéutico en el pueblo que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco
mil pesos... y después vino a pedirme un consejo. ¿Sabes lo que le
aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con hacerlo meter preso por
vender cocaína si lo denunciaba.
-¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del
viejo haciéndole cometer un pecado al hijo, pecado del que éste se
arrepentiría toda la vida. ¿No es así?
-Sí, en la Biblia está escrito: «Y el padre se levantará contra el hijo
contra el padre»...
-¿Ves? Yo te entiendo a vos. No sé para lo que estás
predestinado... El destino de los hombres es siempre incierto. Pero
creo que tenes por delante un camino magnífico. ¿Sabes? Un camino
raro...
-Seré el Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las
ruletas el dinero que quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré
el gran templo de Salomón...
-Y salvarás de la angustia a mucha gente buena. Cuántos hay
que por necesidad defraudaron a sus patrones, robaron dinero que
les estaba confiado. ¿Sabes? La angustia... Un tipo angustiado no
sabe lo que hace... Hoy roba un peso, mañana cinco, pasado veinte, y
cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el hombre piensa. Es
poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido
quinientos, no, seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta?
Esa es la gente que hay que salvar... a los angustiados, a los
fraudulentos.
El farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se
disolvió en la superficie de su semblante abotargado; luego,
calmosamente, agregó:
-Tenes razón... el mundo está lleno de «turros», de infelices...
pero ¿cómo remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué
forma presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente
que no tiene fe?...
-Pero si la gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.
-No, es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre
que lleva en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón, no
defrauda a la compañía en que trabaja, no se coloca en situación de
ir a la cárcel del hoy a la mañana.
Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó:
-Además, ¿quién no te dice que eso sea para bien? ¿Quiénes van
a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los
asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin
esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los
cagatintas y los tenderos?
-De acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución
social, ¿qué hace ese desdichado? ¿Qué hago yo?
Y Erdosain, tomándolo de un brazo a Ergueta, exclamó:
-Porque yo estoy a un paso de la cárcel, ¿sabes? He robado
seiscientos pesos con siete centavos.
El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego
dijo:
-No te aflijas. Los tiempos de tribulación de que hablan las
Escrituras han llegado. ¿No me he casado yo con la Coja, con la
Ramera? ¿No se ha levantado el hijo contra el padre y el padre contra
el hijo? La revolución está más cerca de lo que la desean los hombres.
¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el rebaño?...
-Pero, decíme, ¿vos no podes prestarme esos seiscientos pesos?
El otro movió lentamente la cabeza:
-Te juro que los debo.
De pronto ocurrió algo inesperado.
El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo
chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que
miraba asombrado la escena:
-Rajá, turrito, rajá.
Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina
volvió la cabeza, vio que Ergueta movía los brazos hablando con el
camarero.
EL ODIO Su vida se desangraba. Toda su pena descomprimida extendíase
hacia el horizonte entrevistó a través de los cables y de los «trolleys»
de los tranvías y súbitamente tuvo la sensación de que caminaba
sobre su angustia convertida en una alfombra. Así como los
caballos que, desventados por un toro se enredan en sus propias
entrañas, cada paso que daba le dejaba sin sangre los pulmones.
Respiraba despacio y desesperaba de llegar jamás. ¿A dónde? Ni lo
sabía.
En la calle Piedras se sentó en el umbral de una casa
desocupada. Estuvo varios minutos, luego echó a caminar
rápidamente y el sudor corría por su semblante como en los días de
excesiva temperatura.
Así llegó hasta Cerrito y Lavalle.
Al poner una mano en el bolsillo encontró que tenía un puñado
de billetes y entonces entró en el bar Japonés. Cocheros y rufianes
hacían rueda en torno de las mesas. Un negro con cuello palomita y
alpargatas negras se arrancaba los parásitos del sobaco, y tres
«polacos» polacos, con gruesos anillos de oro en los dedos, en su
jerigonza, trataban de prostíbulos y alcahuetas. En otro rincón varios
choferes de taxímetros jugaban a los naipes. El negro que se
despiojaba miraba en redor, como solicitando con los ojos que el
público ratificara su operación, pero nadie hacía caso de él.
Erdosain, pidió café, apoyó la frente en la mano y se quedó
mirando el mármol.
-¿De dónde sacar los seiscientos pesos?
Luego pensó en Gregorio Barsut, el primo de su mujer.
Ya no le preocupaba la actitud de Ergueta. Ante sus ojos se
materializaba la taciturna figura del otro, de Gregorio Barsut, con la
cabeza rapada, la nariz huesuda de ave de presa, los ojos verdosos y
las orejas en punta como las del lobo. Su presencia le hacía temblar
las manos dejándole la boca seca. Le volvería a pedir dinero esa
noche. Seguramente a las nueve y media estaría en su casa como de
costumbre. Y lo reveía. Amontonando una conversación abundante
de pretextos vagos para visitarle, torrentes de palabras que lo
entontecían a Erdosain, que con la boca sedienta y las manos
temblorosas, no se atrevía a echarlo de su casa.
Y Gregorio Barsut debía darse cuenta de la repulsión que
Erdosain experimentaba hacia él, porque más de una vez le dijo:
-Parece que mi conversación te desagrada, ¿no? -lo cual no era
óbice para que fuera a su casa con frecuencia fastidiosa.
Erdosain se apresuró a negarle, y trató aparentemente de
interesarse en la cháchara del otro, que conversaba horas seguidas,
sin ton ni son, espiando siempre el rincón sudeste del cuarto. ¿Qué
es lo que se proponía con esa actitud? Erdosain a su vez se
consolaba de tales momentos desagradables pensando que el otro
vivía acosado por la envidia y ciertos sufrimientos atroces que no
tenían motivo de ser.
Una noche dijo Gregorio, en presencia de la esposa de
Erdosain, que raramente
asistía a esas conversaciones, pues se quedaba en otro cuarto
cerrando la puerta para no escuchar las voces:
-¡Qué notable sería que me volviera loco y los matara a ustedes a
tiros, suicidándome luego!
Sus ojos oblicuos estaban fijos en el rincón sudeste del cuarto, y
sonreía mostrando los dientes puntiagudos, como si las palabras que
antes había dicho no pasaran de una broma. Pero Elsa, mirándolo
muy seria, le dijo:
-Que sea la última vez que hables de esta manera en mi casa. Si
no, no volvés a pisar aquí.
Gregorio trató de disculparse. Pero ella salió y en toda la noche
no volvió a dejarse ver.
Continuaron los dos hombres charlando, el otro más pálido, la
frente estrecha cargada de tumultuosas contracciones, pasándose a
momentos la ancha mano por su cepillo de cabello color de bronce.
Erdosain no se explicaba el odio que le había cobrado a Barsut.
Le suponía grosero, mas ello se contradecía con ciertos sueños de
Gregorio, en los que aparecía en descubierto una naturaleza vaga,
extraña, delicada, movida por los más inexplicables sentimientos.
Otras veces su grosería aparente o real, trocábase en repugnante,
y frente a Erdosain, que reprimía su indignación desdibujando en los
labios un esquince pálido, Barsut amontonaba obscenidades sin
nombre, por el solo placer de ultrajar la sensibilidad del otro.
Era un duelo invisible, odioso, sin un fin inmediato, tan irritante
que Erdosain después que Barsut salía, se juraba no recibirlo al otro
día. Pocas horas antes de anochecer ya Erdosain estaba pensando en
él.
Muchas veces el otro llegaba, y antes de sentarse comenzaba a
hablar.
-¿Sabes?... he tenido un sueño raro anoche.
Y clavados los ojos en el rincón sudeste del cuarto, sin sonreír,
con una expresión casi dolorosa en el semblante sucio, con barba de
tres días, Barsut monologaba lentamente, contaba sus terrores de
hombre de veintisiete años, la preocupación que le había dejado en el
entendimiento el guiño de un pez tuerto, y relacionando el pez tuerto
con la mirada fisgona de una anciana alcahueta que quería que se
casara con su hija que se dedicaba al espiritismo, derivaba la
conversación hacia cada absurdo que de pronto, Erdosain,
olvidándose de su rencor, se preguntaba si el otro no estaría loco.
Elsa, indiferente a todo, cosía en la habitación medianera, mientras un
profundo malestar inmovilizaba a Erdosain.
Percibía éste una vibración de impaciencia, entrechocando sus
dedos por los nudillos, y el esfuerzo efectuado para ocultar este
temblor, lo fatigaba. Si pronunciaba alguna palabra lo hacía con
extraordinaria dificultad, como si tuviera rígidos los labios por un
baño de cola.
Apoyando un codo en la mesa y corrigiendo la rodillera de su
pantalón, Barsut se quejaba a veces de que nadie le quería, mirando
largamente a Erdosain al decir esto. Otras veces se burlaba de sus
presentimientos y de un fantasma que decía ver en un rincón del
excusado de la pensión donde vivía, fantasma que era una mujer
gigantesca con una escoba entre las manos y los brazos delgados y la
mirada arpía. En algunas oportunidades admitía que si no estaba
enfermo terminaría por estarlo. Erdosain, fingiéndose cuidadoso de
su salud, le preguntaba por los síntomas, aconsejándole reposo y
cama, y como insistiera sobre esto. Barsut, malévolamente, le replicó
una vez:
-¿Te molesta tanto mi presencia?
Otras veces Barsut llegaba siniestramente alegre, con una
jovialidad de ebrio taciturno que le ha pegado fuego a un depósito
de petróleo, y espatarrándose en el comedor,
palmeteándolo a Erdosain en la espalda, con insistencia molesta, le
preguntaba:
-¿Cómo te va? ¿Qué tal? ¿Cómo te va?
A Barsut le centelleaban los ojos, y Erdosain permanecía allí
triste, encogido, preguntándose qué era lo que lo apocaba en
presencia de ese hombre, que siempre permanecía sentado en la
orilla de la silla y espiando obstinadamente el rincón del comedor.
Y evitaban el mirarse a los ojos.
Había entre ellos una situación indefinida, oscura. Una de esas
situaciones que dos hombres que se desprecian toleran por razones
independientes de sus voluntades.
Erdosain odiaba a Barsut, pero con un rencor gris, tramposo,
compuesto de malos ensueños y peores posibilidades. Y lo que hacía
más intenso este odio era la falta de motivos.
A veces dábase a trenzar las imágenes de alguna venganza
atroz, y con el ceño fruncido compaginaba desastres. Pero al otro día,
al llamar Barsut a la puerta de calle. Erdosain se estremecía como una
adúltera a la llegada de su esposo, y hasta una vez llegó a encoleri¬
zarse con Elsa, porque demoró en abrirle la puerta a Barsut,
agregando a modo de comentario destinado a ocultar su cobardía
ante ella:
-Va a creer que no queremos recibirlo. Para eso es mejor decirle
que no venga más.
Faltaba el motivo concreto, y ese rencor subterráneo su extendía
en él como un cáncer. Erdosain encontraba en cada gesto de Barsut
razones para encorajinarse y desearle muertes atroces. Y Barsut, como
si presintiera los sentimientos del otro, parecía ejecutar ex profeso las
groserías más repugnantes. Así, Erdosain no olvidó jamás este
hecho:
Fue un anochecer en que habían ido a tomar un vermouth.
Acompañando la bebida, el mozo trajo un platito de papas en
ensalada, con mostaza. Barsut clavó con tal avidez el escarbadiente
en un trozo de papa que volcó la ensalada sobre el mármol
ennegrecido por el roce de las manos y la ceniza de los cigarrillos.
Erdosain lo observó, irritado. Entonces, Barsut, burlándose, recogió
pedazo por pedazo y al llegar al último restregó con éste la mostaza
derramada en el mármol, llevándoselo después a la boca con una
sonrisa irónica.
-Podrías lamer el mármol -observó Erdosain asqueado.
Barsut le dirigió una mirada extraña, casi provocativa. Luego
inclinó la cabeza y su lengua enjugó el mármol.
-¿Estás contento?
Erdosain palideció.
-¿ Te has vuelto loco?
-¿Qué? ¿Te vas a hacer mala sangre?
Y de pronto Barsut, riéndose, amable, disuelta esa especie de
frenesí que lo había enfoscado toda la tarde, se levantó diciendo
futilezas.
De ese hecho no se olvidó ya más Erdosain: la cabeza rapada,
color de bronce, inclinada sobre el mármol y una lengua adherida a
la viscosidad de la piedra amarilla.
Y muchas veces imaginaba que Barsut lo recordaba a través de
los días con el odio que se le toma a las personas a quienes se han
hecho demasiadas confidencias. Pero no se podía dominar, porque
apenas llegaba a la casa de Erdosain, volcaba en las orejas de éste
cubos de desdichas, aunque sabía que Erdosain se regocijaba con
ellas.
Y es que Remo provocaba sus confidencias, y las provocaba con
una transitoria pero espontánea compasión, de manera que Barsut
sentía desvanecerse su rencor hacia el otro, cuando éste le
aconsejaba seriamente. Mas su odio se desenroscaba furiosamente,
cuando una rápida y furtiva mirada de Erdosain le revelaba que en
éste se desvanecía la piedad y aparecía un maligno goce ante el
espectáculo de su vida en parte deshecha, pues aun cuando tenía
dinero para vivir mediocremente de renta, sufría el terror de volverse
loco como había acontecido con su padre y sus hermanos.
De pronto Erdosain levantó la cabeza. El negro de cuello
palomita había terminado de empulgarse y ahora los tres «macrós»
se repartían fajos de dinero bajo la ávida mirada de los choferes que,
desde la otra mesa, soslayaban con el vértice del ojo. El negro parecía
que, bajo la influencia del dinero, iba a estornudar, tan
lamentablemente miraba a los rufianes.
Erdosain se puso de pie y pagó. Luego salió diciéndose: -Si
Gregorio me falla le pediré al Astrólogo.
LOS SUEÑOS DEL INVENTOR Si alguien le hubiera anticipado a Erdosain, que horas después
tramaría el asesinato de Barsut y que asistiría casi impasiblemente a
la fuga de su esposa, no lo hubiera creído.
Vagabundeó toda la tarde. Tenía necesidad de estar solo, de
olvidarse de las voces humanas y de sentirse tan desligado de lo que
lo rodeaba como un forastero en una ciudad en cuya estación perdió
el tren.
Anduvo por las solitarias ochavas de las calles Arenales y
Talcahuano, por las esquinas de Charcas y Rodríguez Peña, en los
cruces de Montevideo y Avenida Quintana, apeteciendo el
espectáculo de esas calles magníficas en arquitectura, y negadas para
siempre a los desdichados. Sus pies, en las veredas blancas, hacían
crujir las hojas caídas de los plátanos, y fijaba la mirada en los óvalos
cristales de las grandes ventanas, azogados por la blancura de las
cortinas interiores. Aquél era otro mundo dentro de la ciudad canalla
que él conocía, otro mundo para el que ahora su corazón latía con
palpitaciones lentas y pesadas.
Deteniéndose, observaba los garajes lujosos como patenas, y los
verdes penachos de los cipreses en los jardines, defendidos por
murallas de cornisas dentadas, o verjas gruesas capaces de detener
el ímpetu de un león. La granza roja serpenteaba entre los óvalos de
los canteros verdes. Alguna aya con toca gris paseaba por los
caminos.
¡Y él debía seiscientos pesos con siete centavos!
Miraba largamente los pasamanos que en los balcones negros
fulguraban redondeces de barras de oro, las ventanas pintadas de
color gris perla o leche teñida con unas gotas de café, los cristales
cuyo espesor debía tornar aguanosa las imágenes de los transeúntes.
Las cortinas de gasas, tan livianas que sus nombres debían ser
bonitos como la geografía de los países distantes. ¡Qué distinto debía
ser el amor a la sombra de esos tules que ensombrecen la luz y
atemperan los sonidos!...
Sin embargo, él debía seiscientos pesos con siete centavos. Y la
voz del farmacéutico repetía ahora en sus orejas:
-Tenes razón... el mundo está lleno de turros... de infelices...
pero cómo remediar esto?... ¿De qué forma presentarle las verdades
sagradas a esa gente que no tiene fe?...
La pena, como uno de esos arbustos cuyo desarrollo se acelera
con la electricidad, crecía en las honduras de su pecho retrepándole
hasta la garganta.
Detenido pensaba que cada pesar era un búho que saltaba de
una rama a otra de su desdicha. El debía seiscientos pesos con siete
centavos y aunque quería olvidarse de ello poniendo sus esperanzas
en Barsut o en el Astrólogo, su pensamiento se bifurcaba hacia una
calle oscura. Hileras de luces parecían apoyarse en las cornisas.
Abajo llenaba el cajón de la calle una neblina de polvo. Pero él
caminaba hacia el país de la alegría, olvidado de la Limited Azucarer
Company.
¿Qué había hecho de su vida? ¿Era ésa o no hora de
preguntárselo? ¿Y cómo podía
caminar si su cuerpo pesaba setenta kilos? ¿O era un fantasma, un
fantasma que recordaba sucesos de la tierra?
¡Cuántas cosas se movían en su corazón! ¿Y el otro que se había
casado con una prostituta? ¿Y Barsut con su preocupación del pez
tuerto y la primogénita de la espiritista? ¿Y Elsa que no
entregándosele lo arrojaba a la calle? ¿Estaba loco o no?
Hacíase esta pregunta porque por momentos le extrañaba una
esperanza que había surgido en él.
Se imaginaba que desde la mirilla de la persiana de algunos de
esos palacios lo estaba examinando con gemelos de teatro cierto
millonario «melancólico y taciturno». (Uso estrictamente los
términos de Erdosain.)
Y lo curioso es que cuando él pensaba que el «millonario
melancólico y taciturno» podía observarlo, componía un semblante
compungido y meditativo, y no le miraba el trasero a las criadas que
pasaban, fingiendo estar inmovilizado por la atención que prestaba
a un gran trabajo interior. Porque se decía que si el «millonario
melancólico y taciturno» veía que él le miraba el trasero a las criadas,
deduciría de ello que no estaba tan preocupado como para merecer su
compasión.
Tan es así, que Erdosain esperaba que el «millonario
melancólico y taciturno» lo mandara llamar de un momento a otro al
observar su semblante de músculos endurecidos por el sufrimiento
de tantos años.
Tanto creció esta obsesión aquella tarde, que de pronto creyó
que un granuja de chaleco y rayas rojas y amarillas que estaba en la
puerta del hotel examinándole descaradamente, era el espía del
«millonario melancólico y taciturno».
Y el criado lo llamaba. El lo seguía. Cruzaban un jardín erizado
de cactus, entraban a un salón y permanecía solo durante unos
minutos. Todo el edificio estaba a oscuras. Una lámpara brillaba en
un rincón del salón. Sobre la ménsula del piano, piezas de música
esparcían la fragancia de los papeles tocados siempre por manos
femeninas. En el alféizar de una ventana cubierta de linones violetas
estaba abandonada la cabeza de mármol de una mujer. Veíanse
forrados los almohadones de las fraileras de géneros que parecían
pinturas cubistas, y sobre el escritorio había ceniceros de bronce
negro y polichinelas de mil colores.
¿En qué circunstancia de su vida había estado en el interior de
esa sala que ahora se presentaba a su imaginación? No podía
recordarlo. Pero veía un gran marco de ébano cuyos biseles paralelos
retrepaban hacia un cielo raso blanquísimo, que volcaba su luz de
yeso sobre una marina: cierto siniestro puente de madera, bajo cuyos
contrafuertes ciclópeos hervía una multitud de hombres borrosos.
manchados por sombras rojizas, y que acarreaban grandes bultos
frente a un proceloso mar de hierro colado, sanguinolento, del que se
levantaba en ángulo recto un muelle de piedra obstaculizado de
fraguas, rieles y guinches.
En aquella sala se movía Elsa cuando aun era su novia. Sí
quizás, pero, ¿para qué recordarlo? El era el fraudulento, el hombre
de los botines rotos, de la corbata deshilachada, del traje lleno de
manchas, que se gana la vida en la calle mientras la mujer enferma
lava ropas en la casa. El era todo eso y nada más. Por eso lo había
mandado llamar el «millonario melancólico y taciturno».
Erdosain, gozoso en el ensueño, en parte hecho plástico, por los
espacios de tiempo e imágenes reconstruidas a expensas del gran
señor invisible, no quería detenerse ya en su entrevista con el
«millonario melancólico y taciturno» que le ofrecía dinero para hacer
prácticos sus inventos, sino que semejante a esos lectores de folletines
policiales que apresurados para llegar al desenlace de la intriga
saltean los «puntos muertos» de la novela, Erdosain soslayaba
determinadas construcciones interesantes de su imaginación, y se
restituía a la calle, aunque en la calle se encontraba.
Entonces, abandonando la esquina de Charcas y Talcahuano, o
de Arenales y Rodríguez Peña, echaba a caminar apresurado.
Y los excesos eran desplazados por desmedimientos de
esperanza.
Triunfaría, ¡sí!, triunfaría. Con el dinero del «millonario
melancólico y taciturno» instalaría un laboratorio de electrotécnica,
se dedicaría con especialidad al estudio de los rayos Beta, al
transporte inalámbrico de la energía, y al de las ondas
electromagnéticas, y sin perder su juventud, como el absurdo
personaje de una novela inglesa, envejecería; tan sólo su rostro
empalidecería hasta adquirir la blancura del mármol, y sus pupilas
chispeantes como las de un mago seducirían a todas las doncellas de
la tierra.
Caía la tarde y de pronto recordó que el único que podía
salvarle de su horrible situación era el Astrólogo. Esta ocurrencia
removió todos sus pensamientos. Quizás el otro tenía dinero. Hasta
sospechaba que pudiera ser un delegado bolchevique para hacer
propaganda comunista en el país, ya que aquél tenía un proyecto de
sociedad revolucionaria singularísimo. Sin vacilar, llamó un
automóvil y le indicó al chofer que le llevara hasta la estación
Constitución. Allí sacó boleto para Témperley.
EL ASTRÓLOGO El edificio que ocupaba el Astrólogo estaba situado en el centro
de una quinta boscosa. La casa era chata y sus tejados rojizos se
divisaban a mucha distancia sobre la espesura de los árboles
silvestres. Por los claros que dejaban los abultamientos, entre el
auténtico oleaje de pastos y enredaderas, gruesos insectos de culo
negro moscardoneaban todo el día entre la perenne lluvia de
hierbajos y tallos. No lejos de la casa, la rueda del molino giraba su
cojera de tres paletas sobre un prisma de hierro oxidado, y más allá,
sobre la caballeriza, se distinguían los cristales azules y rojos de una
mampara destruida por el orín. Tras del molino y la casa, más allá
de las bardas, negreaba la sierra verde botella de un monte de
eucaliptos, apenachando de borbotones y cresterías en relieve el
cielo de un azul marítimo.
Chupando una flor de madreselva, Erdosain cruzó la quinta
hacia la casa. Le parecía estar en el campo, muy lejos de la ciudad, y la
vista del edificio lo alegró. Aunque chato, éste tenía dos pisos, con
ruinosa balconada en el segundo y un descascarado juego de
columnas griegas en el recibimiento, hasta donde trepaba una
destruida gradinata, guarnecida de palmeras.
Los rojizos tejados caían oblicuamente, protegiendo con el alero
los tragaluces y ventanitas de las buhardillas, y entre la pimpante
hojarasca de los castaños, por encima de la copa de los granados
manchados de asteriscos escarlatas, se veía un gallo de cinc
moviendo su cola torcida a todos los vientos. En derredor,
intrincadamente, surgía el jardín, con amaño de bosquecillo, y ahora
en la quietud del atardecer, bajo el sol que aplomaba en el espacio una
atmósfera de cristal nacarado, los rosales vertían su perfume
potentísimo, tan penetrante, que todo el espacio parecía poblarse de
una atmósfera roja y fresca como un caudal de agua.
Erdosain pensó:
-Aunque tuviera una barca de plata con velas de oro y remos de
marfil, y el océano se volviera de siete colores lisos, y desde la luna
una millonaria con las manos me tirara besos, mi tristeza sería la
misma... Mas esto no hay que decirlo. Sin embargo, mejor viviría aquí
que allí. Aquí podría tener un laboratorio.
Una camilla mal cerrada goteaba en un tonel. Al pie del poste de
una glorieta dormitaba un perro, y cuando se detuvo para llamar
frente a la escalinata apareció por la puerta la gigantesca figura del
Astrólogo, cubierto con un guardapolvo amarillo y la galera echada
sobre la frente, sombreándole el anchuroso rostro romboidal.
Algunos mechones de cabello rizado se escapaban sobre sus sienes, y
su nariz, con el tabique fracturado en la parte media, estaba
extraordinariamente desviada hacia la izquierda. Bajo sus cejas
abultadas se movían vivamente unos redondos ojos negros, y esa
cara de mejillas duras, surcadas de estrías rugosas, daba la impresión
de estar esculpida en plomo. ¡Tanto debía de pesar esa cabeza!
¡Ah! ¿Es usted?... Pase. Le voy a presentar al Rufián
Melancólico.
Atravesando el vestíbulo oscuro y hediondo a humedad,
entraron a un escritorio de muros rameados por un descolorido
papel verdoso.
La habitación era francamente siniestra, con su altísimo
cielorraso surcado de telarañas y la estrecha ventana protegida por el
nudoso enrejado. En el enchapado de un armario antiguo,
arrinconado, la claridad azulada se rompía en lívidas penumbras.
Sentado en un sillón forrado de raído terciopelo verde estaba un
hombre vestido de gris, renegrida onda de cabellos le soslayaba la
frente, y calzaba botines de cana clara. Onduló el amarillo guarda¬
polvo del Astrólogo al acercarse al desconocido.
-Erdosain, le voy a presentar a Arturo Haffner.
En otra oportunidad, el fraudulento hubiérale dicho algo al
hombre que el Astrólogo llamaba en su intimidad el Rufián
Melancólico, quien, después de estrechar la mano de Erdosain, se
cruzó de piernas en el sillón, apoyando la azulada mejilla en tres
dedos de uñas centellantes. Y Erdosain remiró aquel rostro casi
redondo, con laxitud de paz, y en la que sólo denunciaba al hombre
de acción de chispa burlona, movediza, en el fondo de los ojos, y ese
movimiento de levantar una ceja más que otra al escuchar al que
hablaba. Erdosain distinguió a un costado, entre el saco y la camisa
de seda que usaba el Rufián, el cabo negro de un revólver.
Indudablemente, en la vida, los rostros significan poca cosa.
Luego el Rufián volvió nuevamente la cabeza hacia un mapa de
los Estados Unidos de la América del Norte, al cual se dirigió al
Astrólogo recogiendo un puntero. Y ya detenido, con el brazo
amarillo cortando el azul mar del Caribe, exclamó:
-El Ku-Klux-Klan tenía sólo en Chicago 150 mil adherentes... En
Missouri, 100.000 adherentes. Se dice que en Arkansas hay más de
200 «cavernas». En Little Rock, el Imperio Invisible afirma que todos
los pastores protestantes están adheridos a la hermandad. En Texas
domina absolutamente en las ciudades de Dallas, Fort, Houston,
Beaumont. En Binghamtom, residencia de Smith, que era Gran
Dragón de la Orden, se contaban 75.000 adeptos, y en Oklahoma
éstos hicieron decretar por las Cámaras un «bilí» suspendiéndolo a
Walton, el gobernador, por perseguirlos, de tal modo que
prácticamente el estado se encontraba hasta hace poco tiempo bajo el
control del Klan.
El guardapolvo amarillo del Astrólogo parecía la vestimenta de
un sacerdote de Buda.
Continuó el Astrólogo:
-¿Sabe usted que quemaron vivos a muchos hombres?...
-Sí -asintió el Rufián-; leí los telegramas.
Erdosain examinaba ahora al Rufián Melancólico. Así lo llamaba
el Astrólogo, porque el macró hacía muchos años había querido
suicidarse. Fue aquél un asunto oscuro. Del día a la noche, Haffner,
que hacía tiempo explotaba a prostitutas, se descerrajó un tiro en el
pecho, junto al corazón. La contracción del órgano en el preciso
instante de pasar el proyectil lo salvó de la muerte. Luego, como es
natural, continuó haciendo su vida, quizá con un poco de más
prestigio por ese gesto que ninguno de sus camaradas de rapiña se
explicaba. Continuó el Astrólogo:
-El Ku-Klux-Klan reunió millones...
Se desperezó el Rufián y contestó:
-Sí, y al Dragón... ¡ese sí que es un Dragón!, se le procesa por
estafador...
El Astrólogo se desentendió de la réplica:
-¿Qué es lo que se opone aquí en la Argentina para que exista
también una sociedad secreta que alcance tanto poderío como aquélla
allá? Y le hablo a usted con franqueza. No sé si nuestra sociedad será
bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se
puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda.
Creo que no se me puede pedir más sinceridad en este momento.
Vea que por ahora lo que yo pretendo hacer es un bloque donde se
consoliden todas las posibles esperanzas humanas. Mi plan es
dirigirnos con preferencia a los jóvenes bolcheviques, estudiantes y
proletarios inteligentes. Además, acogeremos a los que tienen un
plan para reformar el universo, a los empleados que aspiran a ser
millonarios, a los inventores fallados -no se dé por aludido, Erdosain-
, a los cesantes de cualquier cosa, a los que acaban de sufrir un
proceso y quedan en la calle sin saber para qué lado mirar...
Erdosain recordó la misión que lo llevó a la casa del Astrólogo,
y dijo:
-Tendría que hablar con usted...
-Un momentito... estoy en seguida con usted -y siguió-: El poder
de esta sociedad no derivará de lo que los socios quieran dar, sino de
lo que producirán los prostíbulos anexos a cada célula. Cuando yo
hablo de una sociedad secreta, no me refiero al tipo clásico de socie¬
dad, sino a una supermoderna, donde cada miembro y adepto tenga
intereses, y recoja ganancias, porque sólo así es posible vincularlos
más y más a los fines que sólo conocerán unos pocos. Este es el
aspecto comercial. Los prostíbulos producirán ingresos como para
mantener las crecientes ramificaciones de la sociedad. En la
cordillera estableceremos una colonia revolucionaria. Allí, los
novicios seguirán cursos de táctica ácrata, propaganda revoluciona¬
ria, ingeniería militar, instalaciones industriales, de manera que
estos asociados el día que salgan de la colonia puedan establecer en
cualquier parte una rama de la sociedad... ¿Me entiende? La
sociedad secreta tendrá su academia, la Academia para
Revolucionarios .
El reloj suspendido del muro dio cinco campanadas. Erdosain
comprendió que no podía perder más tiempo, y exclamó:
-Perdone que lo interrumpa. He venido para un asunto grave.
¿Tiene usted seiscientos pesos?
-El Astrólogo dejó su puntero y se cruzó de brazos:
-¿Qué es lo que le pasa a usted?
-Si mañana no repongo seiscientos pesos en la Azucarera, me
pondrán preso.
Los dos hombres miraron curiosamente a Erdosain. Debía sufrir
mucho para haber lanzado así sus pedido. Erdosain continuó:
-Es preciso que usted me ayude. He defraudado en unos
cuantos meses seiscientos pesos. Me denunciaron en un anónimo. Si
no repongo el dinero mañana, me pondrán preso.
-¿Y cómo es que usted robo ese dinero?...
-Así, despacio...
El Astrólogo se acariciaba la barba preocupado.
-¿Cómo ha ocurrido eso?
Erdosain tuvo que explicarse nuevamente. Los comerciantes, al
recibir la mercadería, firmaban un vale en el que reconocían deber el
importe de lo adquirido. Erdosain, en compañía de otros dos
cobradores, recibía cada fin de mes los vales que tenía que hacer
efectivos durante los treinta días restantes.
Los recibos que éstos decían no haber cobrado quedaban en su
poder hasta que los comerciantes se resolvían a cancelar la deuda. Y
Erdosain continuó:
-Fíjense que la negligencia del cajero era tal, que nunca controló
los vales que nosotros decíamos no haber cobrado, de manera que a
una cuenta hecha efectiva y malversada le dábamos entrada en la
plantilla de cobranza con el dinero que provenía de una cuenta que
cobrábamos después. ¿Se dan cuenta?
Erdosain era el vértice de aquel triángulo que formaban los tres
hombres sentados. El Rufián Melancólico y el Astrólogo se miraban
de vez en cuando. Haffner sacudía la ceniza de su cigarrillo, y
luego, con una ceja más levantada que la otra, continuaba exami¬
nando de pies a cabeza a Erdosain. Al fin terminó por hacerle esta
extraña pregunta:
-¿Y encontraba alguna satisfacción en robar?...
-No, ninguna...
-Y entonces, ¿cómo anda con los botines rotos?...
-Es que ganaba muy poco.
-Pero ¿y lo que robaba?
-Nunca se me ocurrió comprarme botines con esa plata.
Y era cierto. El placer que experimentó en un principio de
disponer impunemente de lo que no le pertenecía se evaporó
pronto. Erdosain descubrió un día en él la inquietud que hace ver
los cielos soleados como ennegrecidos de un hollín que sólo es
visible para el alma que está triste.
Cuando comprobó que debía cuatrocientos pesos, el sobresalto
lo volcó hacia la locura. Entonces gastó el dinero en una forma
estúpida, frenética. Compró golosinas, que nunca le apetecieron,
almorzó cangrejos, sopas de tortuga y fritadas de ranas, en
restaurantes donde el derecho de sentarse junto a personas bien
vestidas es costosísimo, bebió licores caros y vinos insulsos para su
paladar sin sensibilidad, y sin embargo carecía de las cosas más
necesarias para el mediocre vivir, como ropa interior, zapatos,
corbatas...
Daba abundantes limosnas y solía dejar a los mozos que le
servían cuantiosas propinas, todo ello para acabar con los rastros de
ese dinero robado que llevaba en su bolsillo y que al otro día podía
sustraer impunemente.
-¿De modo que no se le ocurrió comprar botines? -insistió
Haffner.
-Realmente, ahora que usted me lo hace observar, me parece
curioso a mí también, pero la verdad es que nunca pensé que con
plata robada se pudieran comprar esas cosas.
-Y entonces, ¿en qué gastaba el dinero?
-Doscientos pesos le di a una familia amiga, los Espila, para
comprar un acumulador e instalar un pequeño laboratorio de
galvanoplastia, para fabricar la rosa de cobre, que es...
-La conozco ya...
-Sí, ya le hablé de eso -repuso el Astrólogo.
-¿Y los otros cuatrocientos?
-No sé... Los he gastado de una manera absurda...
-Y ahora, ¿qué piensa hacer?...
-No sé.
-¿No conoce a nadie que le pueda facilitar?...
-No, nadie. Le pedí a un pariente de mi mujer, Barsut, hace diez
días. Me dijo que no podía...
-¿Lo meterán preso, entonces?
-Es claro...
El Astrólogo se volvió al macró y dijo:
-Usted ya sabe que cuento con mil pesos. Esa es la base de todos
mis proyectos. Yo a usted, Erdosain, lo único que puedo darle son
trescientos pesos. También, mi amigo, ¡qué cosas hace!...
De pronto Erdosain se olvidó de Haffner y exclamó:
-Es que es la angustia, ¿sabe?... Esa «jodida» angustia la que lo
arrastra...
-¿Cómo es eso? -interrumpió el Rufián.
-Dije que es la angustia. Uno roba, hace macanas porque está
angustiado. Usted camina por las calles con el sol amarillo, que
parece un sol de peste... Claro. Usted tiene que haber pasado por esas
situaciones. Llevar cinco mil pesos en la cartera y estar triste. Y de
pronto una idea chiquita le sugiere el robo. Esa noche no puede
dormir de alegría. Al otro día hace temblando la prueba y sale tan
bien que no queda otro remedio que seguir... lo mismo que cuando
usted se intentó matar.
Al pronunciar estas palabras, Haffner se incorporó sobre el
sillón y se tomó con las manos las rodillas. El Astrólogo hubiera
querido imponer silencio a Erdosain. Era imposible, y éste continuó:
-Sí, como cuando usted se intentó matar. Yo me lo he imaginado
muchas veces. Se había aburrido de ser cafishio. ¡ Ah, si supiera el
interés que tenía en conocerlo! Me decía: Este debe ser un macró
extraño. Claro está que de cien mil individuos que como usted viven
de las mujeres se encuentra uno de su forma de ser. Usted me
preguntó si yo sentía placer en robar. Y usted, ¿siente placer en ser
cafishio? Dígame: ¿siente placer?... Pero, ¡qué diablo!, yo no he
venido aquí para dar explicaciones, ¿saben? Lo que necesito es plata,
no palabras.
Erdosain se había levantado, y ahora apretaba, temblando, entre
sus dedos, el ala del sombrero. Miraba indignado al Astrólogo, cuya
galera cubría el estado de Kansas en el mapa, y al Rufián, que se
introdujo las manos entre el cinto y el pantalón. Este volvió a
acomodarse en su sillón forrado de terciopelo verde, apoyó la mejilla
en su mano regordeta, y sonriendo burlón, dijo calmosamente:
-Siéntese, amigo, yo le voy a dar los seiscientos pesos. Los
brazos de Erdosain se encogieron. Luego, sin moverse, lo miró
largamente al Rufián. Este, insistió, recalcando las palabras.
-Siéntese con confianza, amigo. Yo le voy a dar los seiscientos
pesos. Para eso estamos los hombres.
Erdosain no supo qué decir. La misma tristeza que estalló en él
cuando el hombre de la cabeza de jabalí le dijo en el escritorio que
podía irse, la misma tristeza le enervaba ahora. ¡Entonces, la vida no
era tan mala!
-Hagamos esto -dijo el Astrólogo-. Yo le doy los trescientos
pesos y usted otros trescientos.
-No -dijo Haffner-. Usted necesita esa plata. Yo, no. Para eso
tengo tres mujeres.- Y dirigiéndose a Erdosain, continuó-: ¿Ha visto,
amigo, cómo se arreglan las cosas? ¿Está satisfecho?
Hablaba con socarrona calmosidad, con cierta cachaza de
hombre de campo que siempre sabe que la experiencia que tiene de la
naturaleza le permitirá encontrar una salida en la situación más
complicada. Y Erdosain recién ahora percibió el candente perfume
de las rosas y el gotear de la canilla en el barril que por la ventana
entreabierta se escuchaba. Afuera ondulaban los caminos, iluminados
por el sol, y el peso de los pájaros doblaban las ramas de los
granados, consteladas de asteriscos escarlatas.
Nuevamente en los ojos del Rufián brilló la chispa de luz
maliciosa. Con una jeta más levantada que la otra aguardaba la
explosión de júbilo de Erdosain, mas como ésta no llegó, dijo:
-¿Hace mucho que usted vive de esa manera?...
-Sí, mucho.
-¿Se acuerda usted que yo le dije una vez que de esa forma,
aunque usted no me confiaba nada, no se puede vivir? -objetó el
Astrólogo.
-Sí, pero no quería hablar del asunto. No sé... esas cosas que uno
no puede explicarse por qué las calla a las personas con quienes más
confianza tiene.
-¿Cuándo va usted a reponer ese dinero?
-Mañana.
-Bueno, entonces le voy a hacer un cheque ahora. Lo tendrá que
cobrar mañana.
Haffner se dirigió al escritorio. Sacó del bolsillo la libreta de
cheques y escribió firmemente la suma, firmando después.
Erdosain pasó por ese viaje sin movimiento de un minuto con la
inconsciencia del que se encuentra frente a la perspectiva de un
sueño, y que luego más tarde se recuerda, para afirmar que en
determinadas circunstancias la vida está empapada de un fatalismo
inteligente.
-Sírvase, amigo.
Erdosain recogió el cheque, y sin leerlo lo dobló en cuatro
pliegos, guardándolo en su bolsillo. Todo había ocurrido en un
minuto. El suceso era más absurdo que una novela, a pesar de ser él
un hombre de carne y hueso. Y no sabía qué decir. Ya no los debía, y
el prodigio lo había obrado un solo gesto del Rufián. Este
acontecimiento era un imposible de acuerdo con la lógica que rige los
procedimientos corrientes, y sin embargo nada había ocurrido.
Quería decir algo. Nuevamente examinó la catadura del hombre
apoltronado en el sillón de terciopelo raído. Ahora el revólver estaba
de relieve bajo la tela gris del saco, y Haffner, displicente, apoyaba
la azulada mejilla en sus tres dedos de uñas centelleantes. Deseaba
darle las gracias al Rufián, pero no sabía con qué palabras hacerlo.
Este comprendió, y, dirigiéndose al Astrólogo, que se había sentado
en un taburete junto al escritorio, dijo:
-¿De manera que una de las bases de su sociedad será la
obediencia?...
-Y el industrialismo. Hace falta oro para atrapar la conciencia de
los hombres. Así como hubo el misticismo religioso y el caballeresco,
hay que crear misticismo industrial. Hacerle ver a un hombre que es
tan bello ser jefe de un alto horno como hermoso antes descubrir un
continente. Mi político, mi alumno político en la sociedad será un
hombre que pretenderá conquistar la felicidad mediante la industria.
Este revolucionario sabrá hablar tan bien de un sistema de
estampado de tejidos como de la desmagnetización de un acero. Por
eso lo estimé a Erdosain en cuanto lo conocí. Tenía mi misma
preocupación. Usted recuerda cuántas veces hablamos de la
coincidencia de nuestras miras. Crear un hombre soberbio, hermoso,
inexorable, que domina las multitudes y les muestra un porvenir
basado en la ciencia. ¿Cómo es posible de otro modo una revolución
social? El jefe de hoy ha de ser un hombre que lo sepa todo.
Nosotros crearemos ese príncipe de sapiencia. La sociedad se en¬
cargará de confeccionar su leyenda y extenderla. Un Ford o un
Edison tienen mil probabilidades más de provocar una revolución
que un político. ¿Usted cree que las futuras dictaduras serán
militares? No, señor. El militar no vale nada junto al industrial. Puede
ser instrumento de él, nada más. Eso es todo. Los futuros dictadores
serán reyes del petróleo, del acero, del trigo. Nosotros, con nuestra
sociedad, prepararemos ese ambiente. Familiarizaremos a la gente
con nuestras teorías. Por eso hace falta un estudio detenido de
propaganda. Aprovechar los estudiantes y las estudiantas.
Embellecer la ciencia, acercarla de tal modo a los hombres que de
pronto...
-Yo me voy dijo Erdosain.
Se iba a despedir de Haffner, cuando éste dijo:
-Entonces, un momento, oiga.
Salieron el Astrólogo y el macró un instante, luego regresaron, y
al despedirse en la puerta de la quinta Erdosain volvió la cabeza
para mirar al hombre gigantesco, que con el brazo encogido les
hacía los gestos de un saludo.
LAS OPINIONES DEL RUFIÁN MELANCÓLICO Y cuando ya doblaron en la esquina de la quinta, Erdosain dijo:
-¿Sabe que no tengo cómo agradecerle este enorme favor que me
ha hecho? ¿Por qué me regaló usted este dinero?
El otro, que caminaba moviendo ligeramente los hombros, se
volvió displicente y dijo:
-No sé. Me encontró en buen momento. Si eso uno tuviera que
hacerlo todos los días. ..pero así... Además que, imagínese, en una
semana lo recupero...
La pregunta se le escapó a Erdosain.
-¿Y cómo es que teniendo usted una fortuna sigue en la «vida»?
Haffner se volvió, agresivo, luego:
-Vea, amigo, la «vida» no es para todos los hombres. ¿Sabe? ¿Por
qué yo voy a dejar tres mujeres que rinden dos mil pesos mensuales
sin ningún trabajo? ¿Las dejaría usted? No. ¿Entonces?
-¿Y usted no las quiere? ¿Ninguna de ellas lo atrae
especialmente?
Recién después de lanzada esta pregunta Erdosain comprendió
que acababa de decir una tontería. El macró lo miró un segundo, y
repuso:
-Escúcheme bien. Si mañana me viniera a ver un médico y me
dijera: la Vasca se muere dentro de una semana la saque o no del
prostíbulo, yo a la Vasca, que me ha dado treinta mil pesos en
cuatro años, la dejo que trabaje los seis días y que reviente el
séptimo.
La voz del macró había enronquecido. Había un no sé qué de
amargura rabiosa en sus palabras, esa amargura que más tarde
Erdosain reconocería en la voz de todos esos poltrones taciturnos y
canallas aburridos.
-¿Lástima? -continuó el otro-. Amigo, a la mujer de la vida no
hay que tenerle lástima. No hay mujer más perra, más dura, más
amarga que la mujer de la vida. No se asombre, yo las conozco. Sólo a
palos se las puede manejar. Usted cree como el noventa por ciento
que el cafishio es el explotador y la prostituta la víctima. Pero
dígame: ¿para qué precisa una mujer todo el dinero que ella gana?
Lo que no han dicho los novelistas es que la mujer de la vida que no
tiene hombre anda desesperada buscando uno que la engañe, que le
rompa el alma de cuando en cuando y que le saque toda la plata que
gana, porque es así de bestia. Se ha dicho que la mujer es igual al
hombre. Mentiras. La mujer es inferior al hombre. Fíjese en las tribus
salvajes. Ella es la que cocina, trabaja, hace todo, mientras que el
macho va de caza o a guerrear. Lo mismo pasa en la vida moderna.
El hombre, salvo ganar dinero, no hace nada. Y créame, mujer de la
vida a la que no se le saca el dinero, lo desprecia. Sí, señor, en cuanto
le empieza a tomar cariño, lo primero que desea es que le pidan... Y
qué alegría la de ella el día que usted le dice: «Ma chérie», ¿podes
prestarme cien pesos? Entonces esa mujer se desata, está contenta. Al
fin la sucia plata que gana le sirve para algo, para hacer feliz a su
hombre. Claro, los novelistas no han escrito esto. Y la gente nos cree
unos monstruos, o unos animales exóticos, como nos han pintado los
saineteros. Pero venga a vivir a nuestro ambiente, conózcalo, y se va a
dar cuenta de que es igual al de la burguesía y al de nuestra aristocra¬
cia. La mantenida desprecia a la mujer de cabaret, la mujer de
cabaret desprecia a la yiranta, la yiranta desprecia a la mujer de
prostíbulo, y, cosa curiosa, así como la mujer que está en un
prostíbulo elige casi siempre como hombre a un sujeto de avería, la
de cabaret carga con un
niño bien o un doctor atorrante para que la explote. ¿La psicología
de la mujer de la vida? Está encerrada en estas palabras, que me decía
llorando una mujercita a quien largó un amigo mío: «Encoré avec
mon cul je peu soutenir un homme». Eso no lo sabe la gente ni los
novelistas. Un proverbio francés ya lo dice: «Gueuse seule ne peut
pas mener son cul».
Erdosain lo contemplaba estupefacto. Haffner continuó:
-¿Quién la cuida como el cafishio? ¿Quién la cuida cuando está
enferma, cuando cae presa? ¿Qué sabe la gente? Si un sábado a la
mañana la oyera usted a una mujer decirle a su «marlu»: «Mon chérí,
hice cincuenta latas más que la semana pasada», usted se haría
cafishio, ¿sabe? Porque esa mujer le dice «hice cincuenta latas» con el
mismo tono que una mujer honrada le diría a su marido: «Querido,
este mes, por no comprarme un traje y lavarme la ropa, he
economizado treinta pesos». Créame, amigo, la mujer, sea o no
honrada, es un animal que tiende al sacrificio. Ha sido construida
así. ¿Por qué cree usted que los padres de la Iglesia despreciaban
tanto a la mujer? La mayoría de ellos habían vivido como grandes
bacanes y sabían qué animalita es. Y la de la vida es peor aún. Es
como una criatura: hay que enseñarle de todo. «Por aquí caminarás,
frente a esta esquina no debes pasar, a tal 'fioca' no hay que
saludarlo. No armes bronca con esa mujer». Todo hay que
enseñárselo.
Caminaban junto a los bardales, y en el dulce atardecer las
palabras del macró abrían un paréntesis de estrañeza en Erdosain.
Comprendía que se encontraba junto a una vida substancialmente
distinta a la suya. Entonces, le preguntó:
-¿Y cómo se inició usted en la «vida»?
-En ese tiempo era joven. Tenía veintitrés años y una cátedra de
matemáticas. Porque yo soy profesor -añadió orgullosamente
Haffner-, profesor de matemáticas. Con mi cátedra iba viviendo,
cuando en un prostíbulo de la calle Rincón encontré una noche a una
francesita que me gustó. Hace de esto diez años. Precisamente en
esos días había recibido una herencia de cinco mil pesos de un
pariente. Lucienne me agradó, y le ofrecí que viniera a vivir conmigo.
Tenía un cafishio, el Marsellés, un gigante brutal, a quien veía de vez
en cuando... No sé si por la labia, o porque era lindo, el caso es que
la mujer se enamoró, y una noche de tormenta la saqué de la casa.
Fue eso una novela. Nos fuimos a las sierras de Córdoba, después a
Mar del Plata, y cuando los cinco mil pesos se terminaron, le dije:
«Bueno, adiós idilio. Se terminó». Entonces ella me dijo: «No, mi
querido, nosotros no nos separaremos más».
Ahora iban bajo las bóvedas de verdura, ramas entrelazadas y
ábsides de tallos.
-Yo estaba celoso. ¿Sabe usted lo que es estar celoso de una mujer
que se acuesta con todos? ¿Y sabe usted la emoción del primer
almuerzo que paga ella con plata del «mishé»? ¿Se imagina la
felicidad de comer con los tenedores cruzados, mientras el mozo los
mira a usted y a ella sabiendo quienes son? ¿Y el placer de salir a la
calle con ella prendida de un brazo mientras los «tiras» lo relojean?
¿Y ver que ella, que se acuesta con tantos hombres, lo prefiere a
usted, únicamente a usted? Eso es muy lindo, amigo, cuando se hace
la carrera. Y ella es la que se preocupa de que usted se consiga otra
mujer para que la explote, ella es la que la trae a su casa diciendo:
«vamos a ser cuñadas», ella es la que la varea a la primeriza para que
levante únicamente «viajes» para usted, y cuanto más tímido y
vergonzoso es usted, más goza ella en destruir sus escrúpulos, en
hundirlo en su basura, y de pronto... cuando menos se acuerda se
encuentra enterrado hasta los pelos en el barro... y entonces hay que
bailar. Y mientras la mujer está metida hay que aprovechar, porque
un día le da una viaraza, enloquece por otro, y con la misma
inconsciencia con que lo siguió a usted se sacrifica de nuevo. Me dirá
usted: ¿para qué necesita una mujer un hombre? Mas, desde ya, le
diré: Ningún dueño de prostíbulo va a tratar con una mujer. Con
quien trata es con su «marlu». El cafishio le da a Una mujer
tranquilidad para ejercer su vida. Los «tiras» no la molestan. Si que
presa, él la
saca; si está enferma, él la lleva a un sanatorio y la hace cuidar, y le
evita líos y mil cosas fantásticas. Vea, mujer que en el ambiente
trabaja por su cuenta termina siendo siempre víctima de un asalto,
una estafa o un atropello bárbaro. En cambio, mujer que tiene un
hombre trabaja tranquila, sosegada, nadie se mete con ella y todos la
respetan. Y ya que ella, por un motivo o por otro, eligió su vida, es
lógico que por su dinero pueda darse la felicidad que necesita.
«Claro, para usted todo esto es nuevo, pero ya se va ir haciendo.
Y si no, dígame: ¿cómo se explica que haya 'ñoca' que tenga hasta
siete mujeres? El taño Repollo llegó en sus buenos tiempos a tener
once mujeres. El gallego Julio, ocho. No hay francés casi que no
tenga tres mujeres. Y ellas se conocen, y no sólo se conocen, sino que
saben vivir juntas y rivalizan en quien le da más, porque es un
orgullo ser la preferida de un hombre que los sosiega a los pesquisas
más prepotentes de una sola mirada. Y pobrecitas, son tan locas, que
uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza de un palo».
Erdosain se sentía anonadado por el desprecio formidable que
ese hombre revelaba hacia las mujeres. Y recordaba que en otra
oportunidad el Astrólogo le había dicho: «El Rufián Melancólico es
un tipo que al ver una mujer lo primero que piensa es esto: Esta en la
calle rendiría cinco, diez o veinte pesos. Nada más».
Y ahora sintió Erdosain que el hombre le repugnaba. Para
cambiar de conversación, dijo:
-Dígame... ¿Usted cree en el éxito de la empresa del Astrólogo?
-No.
-¿Y él sabe que usted no cree?
-Sí.
-¿Y por qué usted lo acompaña?
-Yo lo acompaño relativamente, y de aburrido que estoy. Ya
que la vida no tiene ningún sentido, es igual seguir cualquier
corriente.
-¿Para usted la vida no tiene sentido?
-Absolutamente ninguno. Nacemos, vivimos, morimos, sin que
por eso dejen las estrellas de moverse y las hormigas de trabajar.
-¿Y se aburre mucho usted?
-Regular. He organizado mi vida como la de un industrial.
Todos los días me acuesto a las doce y me levanto a las nueve de la
mañana. Hago una hora de ejercicio, me baño, leo los diarios.
almuerzo, duermo una siesta, a las seis tomo el vermouth y voy a lo
del peluquero, a las ocho ceno, después salgo al café, y dentro de dos
años, cuando tenga doscientos mil pesos, me retiraré del oficio para
vivir definitivamente de mis rentas.
Y en realidad, ¿cuál va a ser su intervención en la sociedad del
Astrólogo? Si el Astrólogo consigue dinero, guiarlo en la junta de
mujeres y en la instalación del prostíbulo.
-Pero usted, en su interior, ¿qué piensa del Astrólogo?
-Que es un maniático que puede tener o no éxito.
-Pero sus ideas...
-Algunas son embrolladas, otras claras, y, francamente yo no sé
hasta dónde quiere apuntar ese hombre. Unas veces usted cree estar
oyendo a un reaccionario, otras a un rojo, y, a decir la verdad, me
parece que ni él mismo sabe lo que quiere.
-¿Y si tuviera éxito?...
-Entonces ni Dios sabe lo que puede ocurrir. ¡Ah!, a propósito,
¿usted le habló de cultivos de bacilos del cólera asiático?
-Sí.. .sería un magnífico medio de combate contra el ejército.
Desparramar un cultivo en cada cuartel. ¿Se da cuenta?
Simultáneamente, treinta o cuarenta hombres pueden destruir el
ejército y dejar que las masas proletarias hagan la revolución...
-El Astrólogo lo admira mucho a usted. Siempre me ha hablado
de usted como de un individuo que tiene grandes posibilidades de
éxito.
Erdosain sonrió halagado.
-Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad. Pero volviendo
a lo de antes: lo que yo no concibo es su posición respecto a
nosotros...
Haffner se volvió rápidamente, midió de una mirada a Erdosain
como extrañado de los términos de éste, y luego, sonriendo
burlonamente, agregó:
-Yo no estoy en ninguna posición. Entiéndame bien. A mí no me
perjudica ayudar al Astrólogo. Lo demás, sus teorías, las tomo a
cuenta de conversación. El es para mí un amigo que piensa instalar
un negocio, previsto y tolerado por nuestras leyes. Eso es todo.
Ahora, que el dinero que él gane con ese negocio lo invierta en una
sociedad secreta o en un convenio de monjas, personalmente no me
interesa. Ya ve usted entonces que mi actuación en la famosa sociedad
no puede ser más inocente.
-¿Y a usted le resulta lógico pensar que una sociedad
revolucionaria se base en la explotación del vicio de la mujer?
El Rufián frunció los labios. Luego, mirando de reojo a
Erdosain, se explicó:
-Lo que usted dice no tiene sentido. La sociedad actual se basa
en la explotación del hombre, de la mujer y del niño. Vaya, si quiere
tener conciencia de lo que es la explotación capitalista, a las
fundiciones de hierro de Avellaneda, a los frigoríficos y a las
fábricas de vidrio, manufacturas de fósforos y de trabajo. -Reía
desagradablemente al decir estas cosas-. Nosotros, los hombres del
ambiente, tenemos a una, a dos mujeres; ellos, los industriales, a una
multitud de seres humanos. ¿Cómo hay que llamarles a esos
hombres? ¿Y quién es más desalmado, el dueño de un prostíbulo o la
sociedad de accionistas de una empresa? Y sin ir más lejos, ¿no le
exigían a usted que fuera honrado con un sueldo de cien pesos y
llevando diez mil en la cartera?
-Tiene razón... pero, entonces, usted ¿por qué me facilitó el
dinero?
-Eso es harina de otro costal.
-Pero a mí eso me preocupa.
-Bueno, has tal a vista.
Y antes de que Erdosain pudiera contestarle, el Rufián tomó por
una diagonal arbolada. Andaba apresuradamente. Erdosain le miró
un instante, luego echó a caminar tras él, y le alcanzó junto a una
quinta. Haffner se volvió irritado, y ya estridente exclamó:
-¿Se puede saber qué es lo que quiere usted de mí?...
-¿Lo que quiero?... Quiero decirle esto: Que no le agradezco
absolutamente nada el dinero que me ha dado. ¿Sabe? ¿Quiere el
cheque? Aquí lo tiene.
Y, efectivamente, se lo alcanzaba, pero el Rufián lo examinó esta
vez despectivamente:
-No sea ridículo, ¿quiere? Vaya y pague.
Los alambrados ondularon ante los ojos de Erdosain. Sufría
visiblemente, porque palideció hasta quedar amarillo. Se apoyó en
un poste, creía que iba a vomitar. Haffner, detenido ante él, le
preguntó condescendiente:
-¿Se le pasa el mareo?
-Sí... un poco...
-Usted está mal... tiene que hacerse ver...
Caminaron unos pasos en silencio. Como el exceso de luz le
molestaba a Erdosain, cruzaron la vereda, que estaba en la sombra.
Llegaron así hasta la estación del ferrocarril.
Haffner caminaba lentamente por el andén. De pronto se volvió a
Erdosain:
-¿Nunca le ha ocurrido a usted tener antojos crueles acerca de
las personas?
-Sí, a veces...
-Qué raro... porque ahora estaba recordando la manía que tuve
un tiempo de inducir a la prostitución a una muchacha que estaba
ciega...
-¿Y todavía vive?...
-Sí, ahora está embarazada. ¿Se da cuenta? Una ciega
embarazada. Un día de estos lo voy a llevar. La va a conocer. Un
espectáculo interesante, le prevengo. ¿Se da cuenta? Ciega y
preñada. Es mala, siempre anda con agujas en las manos... Además
es golosa como una cerda. A usted le va a interesar.
-Y usted piensa...
-Sí, en cuanto el Astrólogo instale el prostíbulo la primera que
va a entrar va a ser ella. La tendremos escondida: será el plato raro...
-¿Sabe que usted es más raro que ella?
-¿Por?...
-Porque uno no puede explicárselo a usted. Mientras que usted
me hablaba de la ciega, yo pensaba en lo que me había contado el
Astrólogo. Que usted tuvo relaciones con una mujer honesta, que el
azar llevó a esta mujer honesta a su casa y que usted la respetó. Más
aún, déjeme hablar: esa mujer lo quería a usted, era virgen, ¿por qué
la respetó?
-Eso no tiene importancia. Un poco de dominio de sí mismo,
nada más.
-¿Y el caso del collar?
Erdosain sabía, por el Astrólogo, que el Rufián le había pedido
una prueba material de cariño a una bailarina; que ésta, ante otras
mujeres, se había desprendido de un magnífico collar que le regalara
un amante, un viejo importador de tejidos. La escena fue curiosa,
porque el viejo se encontraba en las inmediaciones. Haffner recibió el
collar y ante el asombro de todos lo sopesó, examinó el quilate de las
piedras, y luego se lo devolvió sonriendo burlonamente.
-Lo del collar es sencillo -repuso Haffner-. Yo estaba un poco
bebido. Eso no me impedía saber que el gesto que yo hacía me daría
un prestigio enorme entre esa canalla del cabaret, sobre todo en las
mujeres, que son un poco fantasiosas. Lo curioso del asunto es que
media hora después vino el viejo que le había regalado el collar a
René a darme humildemente las gracias por no haber querido yo
aceptar el regalo. ¿Se da cuenta? Desde otra mesa había seguido
tembloroso la escena, y si no intervino fue por temor a suscitar un
escándalo. Pero había temblado por el destino de su collar.... Ya ve
usted cuánta suciedad... pero allí viene el tren a La Plata. Querido
amigo, hasta pronto... ¡Ah!, concurra a la reunión que el miércoles
hay en la casa del Astrólogo. Va a encontrar otros más interesantes
que yo.
Erdosain cruzó pensativo a la plataforma donde salían los trenes
para Buenos Aires. Indudablemente, Haffner era un monstruo.
EL HUMILLADO A las ocho de la noche llegó a su casa.
-El comedor estaba iluminado... Pero expliquémonos -contaba
más tarde Erdosain-, mi esposa y yo habíamos sufrido tanta miseria,
que el llamado comedor consistía en cuarto vacío de muebles. La
otra pieza hacía de dormitorio. Usted me dirá cómo siendo pobres
alquilábamos una casa, pero éste era un antojo de mi esposa, que
recordando tiempos mejores, no se avenía a no «tener armado» su
hogar.
«En el comedor no había más mueble que una mesa de pino. En
un rincón colgaban de un alambre nuestras ropas, y otro ángulo
estaba ocupado por un baúl con conteras de lata y que producía una
sensación de vida nómade que terminaría con un viaje definitivo.
Más tarde, cuántas veces he pensado en 'la sensación de viaje' que
aquel baúl barato, estibado en un rincón, lanzaba a mi tristeza de
hombre que se sabe al margen de la cárcel.
«Como le contaba, el comedor estaba iluminado. Al abrir la
puerta me detuve. Aguardábame mi esposa, vestida para salir,
sentada junto a la mesa. Un tul negro cubría hasta el mentón su
carita sonrosada. A su derecha, junto a los pies, estaba una valija, y al
otro lado de la mesa un hombre se puso de pie cuando yo entré,
mejor dicho, cuando la sorpresa me detuvo en el umbral.
«Así permanecimos los tres un segundo... El capitán de pie, con
una mano apoyada en la tabla de la mesa y otra en la empuñadura de
la espada, mi esposa con la cabeza inclinada, y yo frente a ellos,
olvidados los dedos en el canto de la puerta. Aquel segundo me fue
suficiente para no olvidar más al otro hombre. Era grande, de
reciedumbre atlética dentro de la tela verde del uniforme. Al apartar
los ojos de mi esposa, su mirada recobró una dureza curiosa. No
exagero si digo que me examinaba con insolencia, como a un inferior.
Yo continué mirándolo. Su grandor físico contrastaba con la ovalada
pequeñez de su rostro, con la delicadeza de la fina nariz y la
austeridad de sus labios apretados. En el pecho llevaba la insignia de
piloto aviador.
«Mis primeras palabras fueron:
«-¿Qué pasa aquí?
«-El señor... -mas avergonzándose, se corrigió-. Remo -dijo
llamándome por mi nombre-. Remo, yo no voy a vivir más con vos.»
Erdosain no tuvo tiempo de temblar. El capitán tomó la palabra:
-Su esposa, a quien he conocido hace un tiempo...
-¿Y dónde la conoció usted?
-¿Por qué preguntas esas cosas? -interrumpió Elsa.
-Sí, cierto -objetó el capitán-. Usted comprenderá que ciertas
cosas no deben preguntarse...
Erdosain se ruborizó.
-Quizá usted tenga razón... disculpe...
-Y como usted no ganaba para mantenerla...
Apretando el cabo del revólver en el bolsillo de su pantalón,
Erdosain miró al capitán. Luego, involuntariamente, sonrió pensando
que nada tenía que temer, ya que podía matarlo.
-No creo que pueda causarle gracia lo que le digo.
-No; sonreía de una ocurrencia estúpida... ¿Así que también le
contó eso?
-Sí, y además me habló de usted como de un genio en
desgracia...
-Hablamos de tus inventos...
-Sí... de su proyecto de metalizar las flores...
-¿Por qué te vas, entonces?
-Estoy cansada. Remo.
Erdosain sintió que el furor le encrespaba la boca en malas
palabras. La hubiera insultado, mas al pensar que el otro podía
aplastarle la cara a puñetazos retuvo la injuria, replicando:
-Vos siempre estuviste cansada. En tu casa estabas cansada...
aquí... allá... también
allá en la montaña... ¿te acordás?
No sabiendo qué responder, Elsa inclinó la cabeza.
-Cansada... ¿qué es lo que tenes cansada vos?... Y todas están
cansadas, no sé por qué... pero están cansadas... Usted, capitán, ¿no
está cansado también?
El intruso lo observó largamente.
-¿Y qué entiende usted por cansancio?
-El aburrimiento, la angustia... ¿no se ha fijado usted que éstos
parecen los tiempos de tribulación de que habla la Biblia? Así los
nombra un amigo mío que se ha casado con una coja. La coja es la
ramera de las Escrituras...
-Nunca me di cuenta de eso.
-En cambio yo sí. A usted le parecerá extraño que le hable de
sufrimientos en estas circunstancias... pero es así... los hombres están
tan tristes que tienen necesidad de ser humillados por alguien.
-Yo no veo tal cosa.
-Claro, usted con su sueldo... ¿Qué sueldo gana usted?
¿Quinientos?
-Más o menos.
-Claro, con ese sueldo es lógico...
-¿Qué es lógico?
-Que no sienta su servidumbre.
El capitán detuvo una mirada severa en Erdosain.
-Germán, no le haga caso -interrumpió Elsa-. Remo está siempre
con esa historia de la angustia.
-¿Es cierto?
-Sí... ella, en cambio, cree en la felicidad, en el sentido de
«eterna felicidad» que estaría en su vida si pudiera pasar los días
entre fiestas...
-Detesto la miseria.
-Claro, porque vos no crees en la miseria... la horrible miseria
está en nosotros, es la miseria de adentro... del alma que nos cala los
huesos como la sífilis.
Callaron. El capitán, ostensiblemente aburrido, examinaba sus
uñas, cuidadosamente lustradas.
Elsa miraba fijamente tras los rombos del velo, el semblante
demacrado de aquel esposo que tanto quisiera un día, en tanto que
Erdosain se preguntaba por qué existía en él un vacío tan inmenso,
vacío en el que su conciencia se disolvía sin acertar con palabras que
ladraran su pena de un modo eterno.
De pronto el capitán levantó la cabeza.
-¿Y cómo piensa usted metalizar sus flores?
-Fácilmente... Se toma una rosa, por ejemplo, y se la sumerge en
una solución de nitrato de plata disuelto en alcohol. Luego se coloca
la flor a la luz que reduce el nitrato a plata metálica, quedando de
consiguiente la rosa cubierta de una finísima película metálica,
conductora de corriente. Luego se trata por el común
procedimiento galvanoplastia» del cabreado... y, naturalmente, la
flor queda convertida en una rosa de cobre. Tendría muchas
aplicaciones.
-La idea es original.
-¿No le decía yo, Germán, que Remo tiene talento?
-Lo creo.
-Sí, puede ser que tenga talento, pero me falta vida...
entusiasmo... algo que sea como un sueño extraordinario... una
mentira grande que empuje la realización... pero, hablando de todo
un poco, ¿esperan ustedes ser felices?
-Sí.
Otra vez sobrevino el silencio. En torno de la lámpara amarilla
los tres semblantes parecían tres mascarillas de cera. Erdosain sabía
que dentro de breves instantes todo terminaría y escarbando en su
angustia, le preguntó al capitán:
-¿Por qué vino usted a mi casa?
El otro vaciló, después:
-Tenía interés en conocerlo.
-¿Le parecía divertido?
-No... le juro que no.
-¿Y entonces?
-Curiosidad de conocerlo. Su esposa me habló mucho de usted
en estos últimos tiempos. Además, nunca imaginé encontrarme en
una situación semejante... en realidad, no podría explicarme por qué
he venido.
-¿Ha visto usted? Hay cosas inexplicables. Yo, desde hace un
rato, trato de explicarme por qué no lo mato de un tiro teniendo el
revólver aquí, en el bolsillo.
Elsa levantó la cabeza hacia Erdosain, que estaba a la cabecera
de la mesa... El capitán preguntó:
-¿Qué es lo que lo contiene?
-En verdad, no sé... o... sí, tengo la seguridad de que es por esto.
Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de
destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un
misterioso instinto. Lo que ahora me sucede, lo siento comprendido
en esa longitud de destino... algo así como si lo hubiera visto ya... no
sé en qué parte.
-¿Cómo?
-¿Qué decís?
-No era porque vos me dieras motivo... no... ya te digo... una
certidumbre remota.
-No lo entiendo.
-Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que
tienen que sucederle determinadas cosas en la vida... para que la
vida se transforme y se haga nueva.
-¿Y vos?
-¿Usted cree que su vida?
Erdosain, desentendiéndose de la pregunta, continuó:
-Y lo de ahora no me extraña. Si usted me dijera que fuese a
comprarle un paquete de cigarrillos, a propósito, ¿tiene un cigarrillo
usted?
-Sírvase... ¿y luego?
-No sé. En estos últimos tiempos he vivido incoherentemente...
aturdido por la angustia. Ya ve con qué tranquilidad converso con
usted.
-Sí, siempre esperó él algo extraordinario.
-Y vos también.
-¿Cómo? ¿Usted, Elsa, también?
-Sí.
-¿Pero usted?
-Siga, capitán, yo lo entiendo. Usted quiere decir que lo
extraordinario de Elsa está ocurriendo ahora, ¿no?
-Sí.
-Pues está equivocado, ¿no es cierto, Elsa?
-¿Vos crees?
-Decí la verdad, vos esperas algo extraordinario que no es esto,
¿no?
-No sé.
-¿Ha visto, capitán? Siempre fue ésa nuestra vida. Estábamos
los dos en silencio junto a esta mesa...
-Calíate.
-¿Para qué? Estábamos sentados y comprendíamos sin decirnos,
lo que éramos, dos desdichados, de un desigual deseo. Y cuando nos
acostábamos...
-¡Remo!
-¡Señor Erdosain!
-Déjense de aspavientos ridículos... ¿no se van a acostar ustedes
acaso?
-De esta forma no podemos seguir hablando.
-Bueno, y cuando nos separábamos teníamos esta idea
semejante: ¿y el placer de la vida y del amor consiste en esto?... Y sin
decir nada comprendíamos que pensábamos en lo mismo... mas
cambiando de tema... ¿piensan ustedes quedarse aquí en la ciudad?
Súbitamente Erdosain tuvo la fría sensación del viaje.
Le pareció verla a Elsa en el pasamano, bajo la hilera de
vidriosos ojos de buey, contemplando el hilo azul de la distancia. El
sol caía en los amarillos trinquetes de los mástiles y en los aguilones
negros de los guinches. Atardecía, pero ellos permanecían con el
pensamiento fijo en otros climas, a la sombra de las camareras,
apoyados en la pasarela blanca. El viento soplaba yodado en las olas
y Elsa miraba las aguas a través de cuyo enrejado cambiante se
animaba su sombra.
Por momentos volvía la carita empalidecida y entonces ambos
parecían escuchar un reproche que subía de lo profundo del mar.
Y Erdosain se imaginaba que les decía:
-¿Qué hicieron del pobre muchachito? («Porque yo, a pesar de mi
edad, era como un muchacho -decíame más tarde Remo-. ¿Usted
comprende, un hombre que se deja llevar la mujer en sus barbas... es
un desgraciado... es como un muchacho, comprende usted?»)
Erdosain se apartó de la alucinación. Aquella pregunta que le
surgió, estaba ahondada contra su voluntad en él.
-¿Me vas a escribir?
-¿Para qué?
-Sí, claro, ¿para qué? -repitió cerrando los ojos. Sentíase ahora
más que nunca caído en una profundidad no soñada por hombre
alguno.
-Bueno, señor Erdosain -y el capitán se levantó-, nosotros nos
retiramos.
-¡Ah, se van!... ¿Se van ya?
Elsa le tendió su mano enguantada.
-¿Te vas?
-Sí... me voy... comprendes que...
-Si... comprendo.
-No podía ser. Remo.
-Sí, claro... no podía ser... claro...
El capitán describiendo un círculo en torno de la mesa, cogió la
valija, la misma valija que Elsa trajo el día de su casamiento.
-Señor Erdosain, adiós.
-A sus órdenes, capitán... pero una cosa... ¿se van... vos,
Elsa.. .vos te vas?
-Sí, nos vamos.
-Permiso, me voy a sentar. Permítame un momento, capitán...
un momentito.
El intruso reprimió palabras de impaciencia. Tenía unos
brutales deseos de gritar a ese marido: «¡A ver, firme, imbécil», mas
por consideración a Elsa se retuvo.
De pronto Erdosain abandonó la silla. Con lentitud fue hasta un
rincón del cuarto.
Luego, volviéndose bruscamente al capitán, dijo con voz muy clara,
en la que se adivinaba el contenido deseo de que fuera suave:
-¿Sabe usted por qué no lo mato como a un perro?
Los otros se volvieron alarmados.
-Pues porque estoy en frío.
Ahora Erdosain caminaba de un lado a otro de la habitación, con
las manos cruzadas a la espalda. Ellos lo observaban, esperando
algo.
Por fin, el marido, sonriendo con un gesto, esguince pálido,
continuó suavemente, languidecida su voz en una desesperación de
sollozo retenido:
-Sí, estaba en frío... estoy en frío. -Ahora su mirada se había
tornado vaga, pero sonreía con la misma sonrisa, extraña, alucinada-.
Escúchenme... esto no tendrá explicación para ustedes, pero yo sí le
he encontrado la explicación.
Sus ojos brillaban extraordinariamente y su voz enronqueció a
través del esfuerzo que hizo por hablar.
-Vean... mi vida ha sido horriblemente ofendida... horriblemente
magullada.
Calló, deteniéndose en un ángulo de la pieza. En su rostro se
mantenía la sonrisa extraña del hombre que está viviendo un sueño
peligroso. Elsa, repentinamente irritada, mordía la punta de su
pañuelo. El capitán, de pie, junto a la valija, aguardaba.
De pronto Erdosain sacó el revólver del bolsillo y lo arrojó a un
rincón. La «Browning» desconchó el revoque del muro, golpeando
pesadamente en el suelo.
-¡Para lo que sirve este trasto! -murmuró. Luego, con una mano
en el bolsillo del saco y la sien apoyada en el muro, habló despacio-:
Sí, mi vida ha sido horriblemente ofendida... humillada. Créalo,
capitán. No se impaciente. Le voy a contar algo. Quien comenzó este
feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez
años y había cometido alguna falta, me decía: «Mañana te pegaré».
Siempre era así, mañana... ¿Se dan cuenta?, mañana... Y esa noche
dormía, pero dormía mal, con un sueño de perro, despertándome a
media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya
era de día, mas cuando la luna cortaba de barrote del ventanillo,
cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo. Más tarde me
despertaba otra vez, al sentir el canto de los gallos. La luna ya no
estaba allí, pero una claridad azulada entraba por los cristales, y
entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas para no mirarla,
aunque sabía que estaba allí... aunque sabía que no había fuerza
humana que pudiera echarla a esa claridad. Y cuando al fin me había
dormido para mucho tiempo, una mano me sacudía la cabeza en la
almohada. Era él que me decía con voz áspera: «Vamos... es hora». Y
mientras yo me vestía lentamente, sentía que en el patio ese hombre
movía la silla. «Vamos», me gritaba otra vez, y yo, hipnotizado, iba
en línea en línea recta hacia él: quería hablar, pero eso era imposible
ante su espantosa mirada. Caía su mano sobre mi hombro
obligándome a arrodillarme, yo apoyaba el pecho en el asiento de la
silla, tomaba mi cabeza entre sus rodillas y, de pronto, crueles
latigazos me cruzaban las nalgas. Cuando me soltaba, corría llorando
a mi cuarto. Una vergüenza enorme me hundía el alma en las
tinieblas. Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea.
Elsa miraba sobresaltada a su esposo. El capitán, de pie,
cruzados los brazos, escuchaba aburrido. Erdosain sonreía con
vaguedad. Continuó:
-Yo sabía que a la mayoría de los chicos los padres no les
pegaban y en la escuela, cuando les oía hablar de sus casas, me
paralizaba una angustia tan atroz que si estábamos en clase y el
maestro me llamaba, yo lo miraba atontado, sin darme cuenta del
sentido de sus preguntas, hasta que un día me gritó: «¿Pero usted,
Erdosain, es un imbécil que no me oye?» Toda la clase se echó a reír,
y desde ese día me llamaron Erdosain «el imbécil». Y yo, más triste,
sintiéndome más ofendido que nunca, callaba por temor a los
latigazos de mi padre,
sonriendo a los que me insultaban... pero tímidamente. ¿Se da
cuenta, capitán? Lo insultan a usted... y usted todavía sonríe
tímidamente, como si le hicieran un favor al injuriarlo.
El intruso frunció el ceño.
-Más tarde -permítame, capitán-, más tarde me llamaron muchas
veces «el imbécil». Entonces súbitamente el alma se me recogía a lo
largo de los nervios, y esa sensación de que el alma se escondía
avergonzada dentro de mi misma carne, me aniquilaba todo coraje;
sintiendo que me hundía cada vez más y mirando a los ojos al que
me injuriaba, en vez de tumbarlo de una cachetada, me decía: ¿Se
dará cuenta este hombre hasta que punto me humilla? Luego me iba;
comprendía que los otros no hacían más que terminar lo que había
comenzado mi padre.
-Y ahora -repuso el capitán- ¿yo también lo hundo?
-No, hombre, usted no. Naturalmente, he sufrido tanto, que
ahora el coraje está en mi encogido, escondido. Yo soy mi espectador
y me pregunto: ¿Cuándo saltará mi coraje? Y ése es el acontecimiento
que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me
convertiré en otro hombre. Entonces, si usted vive, iré a buscarle y le
escupiré en la cara.
El intruso lo miró sereno.
-Pero no por odio, sino para jugar con mi coraje, que me
parecerá la cosa más nueva del mundo... Ahora, puede usted
retirarse.
El intruso vaciló un instante. La mirada de Erdosain,
intensamente agrandada, estaba fija en él. Tomó la valija y salió.
Elsa se detuvo temblorosa ante su esposo.
-Bueno, me voy. Remo... era necesario que esto terminara así.
-Pero, ¿tú?... ¿tú?...
-¿Y qué querías que hiciese?
-No sé.
-¿Y entonces? Quédate tranquilo, te pido. Ya te dejé la ropa
preparada. Cambiate el cuello. Siempre le haces pasar vergüenza a
una.
-Pero tú, Elsa... ¿tú? ¿Y nuestros proyectos?
-Ilusiones, Remo... esplendores.
-Sí, esplendores... pero ¿dónde aprendiste esa palabra tan linda?
Esplendores.
-No sé.
-¿Y nuestra vida quedará siempre deshecha?
-¿Qué querés? Sin embargo yo fui buena. Después te tomé
odio... pero ¿por qué no fuiste también igual?...
-¡Ah!,sí... igual... igual...
Lo aturdía la pena como un gran día de sol en el trópico. Se le
caían los párpados. Hubiera querido dormir. El sentido de las
palabras se hundía en su entendimiento con la lentitud de una
piedra en un agua demasiado espesa. Cuando la palabra tocaba en el
fondo de su conciencia, fuerzas oscuras retorcían su angustia. Y
durante un instante, en el fondo de su pecho, quedaban flotando y
estremecidas como en el fangal de un charco, sus hierbajos de
sufrimiento. Ella continuó con la voz apaciguada por una
resignación interior:
-Ahora es inútil... ahora yo me voy. ¿Por qué no fuiste bueno
vos? ¿Por qué no trabajaste?
Erdosain tuvo la certidumbre como él, y una piedad inmensa lo
hizo caer al borde de la silla, aplastada la cabeza sobre el brazo
estirado en la mesa.
-¿Así que te vas? ¿De veras que te vas?
-Sí, quiero ver si nuestra vida mejora, ¿sabes? Mira mis manos -y
desenguantando la diestra la presentó magullada por los fríos,
mordida por las lejías, picoteada por las agujas de
la costura, oscurecida por el hollín de las cacerolas.
Erdosain se levantó, envarado por una alucinación.
Veía a su desdichada esposa en los tumultos monstruosos de las
ciudades de portland y de hierro, cruzando diagonales oscuras a la
oblicua sobra de los rascacielos bajo una amenazadora red de negros
cables de alta tensión. Pasaba una multitud de hombres de negocios
protegidos por paraguas. Su carita estaba más pálida que nunca, pero
ella lo recordaba mientras el aliento de los desconocidos se cortaba
en su perfil.
«-¿Dónde estará mi muchachito?»
Erdosain interrumpió su proyección de futuro:
-Elsa... ya sabes... vení cuando quieras... podes venir... pero
decí la verdad, ¿me quisiste alguna vez?
Despaciosamente levantó ella los párpados. Sus pupilas se
agrandaron. La voz llenaba el cuarto de calidez humana. A Erdosain
le parecía vivir ahora.
-Siempre te quise... ahora también te quiero... nunca, ¿por qué
nunca hablaste como esta noche? Siento que te voy a querer toda la
vida... que el otro a tu lado es la sombra de un hombre...
-Alma, mi pobre alma... qué vida la nuestra... qué vida...
Un rizo de sonrisa encrespó dolorosamente los labios de ella.
Elsa lo miró ardientemente un instante. Luego, con la voz seria de
promesas:
-Mira... espérame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo
vuelvo, ¿sabes?, y entonces, si vos querés, nos matamos juntos...
¿Estás contento?
Una ola de sangre subió hasta las sienes del hombre.
-Alma, qué buena sos, alma... dame esa mano -y mientras ella,
aun sobrecogida, sonreía con timidez, Erdosain se la besó-. ¿No te
enojas, alma?
Ella enderezó la cabeza grave de dicha.
-Mirá Remo... yo voy a venir, ¿sabes?, y si es cierto lo que decís
de la vida... sí, yo vengo... voy a venir.
-¿Vas a venir?
-Con lo que tenga.
-¿Aunque seas rica?
-Aunque tenga todos los millones de la tierra, vengo. ¡Te lo juro!
-¡Alma, pobre alma! ¡Qué alma la tuya! Sin embargo, vos no me
conociste... no importa... ¡ah, nuestra vida!
-No importa. Estoy contenta. ¿Te das cuenta de tu sorpresa.
Remo? Estás sólito, de noche. Estás solo... de pronto, cric... la puerta
se abre... y soy yo... ¡yo que he venido!
Estás con un traje de baile... zapatos blancos y tenes un collar de
perlas.
-Y vine sola, a pie por las calles oscuras, buscándote... pero vos
no me ves, estás solo... la cabeza...
-Decí... habla... habla...
-La cabeza apoyada en la mano y el codo en la mesa... me
miras... y de pronto...
-Te reconozco y te digo: Elsa, ¿sos vos, Elsa?
-Y yo te contesto: Remo, yo vine, ¿te acordás de esa noche? Esa
noche es esta noche y afuera sopla el gran viento y nosotros no
tenemos frío ni pena. ¿Estás contento. Remo?
-Sí, te juro que estoy contento.
-Bueno, me voy.
-¿Te vas?
-Sí...
El semblante del hombre se deformó en la súbita pena.
-Bueno, ándate.
-Hasta pronto, mi esposo.
-¿Qué dijiste?
-Te digo esto. Remo. Espérame. Aunque tenga todos los
millones del mundo, yo vuelvo.
-Bueno... entonces adiós... pero dame un beso.
-No, cuando vuelva... adiós, mi esposo.
De pronto, Erdosain lanzado por un espasmo sin nombre, la
cogió brutalmente de las manos por los pulsos.
-Decíme: ¿te acostaste con él? -Soltame,
Remo... yo no creía que vos... -Confesa,
¿te acostaste o no? -No.
En el marco de la puerta se detuvo el capitán. Una flojedad
inmensa relajó los nervios de sus dedos. Erdosain sintió que caía y
ya no vio más.
CAPAS DE OSCURIDAD Nunca tuvo conciencia de cómo se arrastró hasta su cama.
El tiempo dejó de existir para Erdosain. Cerró los ojos
obedeciendo a la necesidad de dormir que reclamaban sus entrañas
doloridas. De tener fuerzas se hubiera arrojado a un pozo.
Borbotones de desesperación se apelotonaban en su garganta
asfixiándolo, y los ojos se le volvieron más sensibles para la oscuridad
que una llaga a la sal. A instantes rechinaba los dientes para
amortiguar el crujir de los nervios enrigecidos dentro de su carne que
se abandonaba, con flojedad de esponja, a las olas de tinieblas que
deyectaban su cerebro.
Tenía la sensación de caer en un agujero sin fondo y apretaba los
párpados cerrados. No terminaba de descender, ¡quién sabe cuántas
leguas de longitud invisible tenía su cuerpo físico, que no acababa de
detener el hundimiento de su conciencia amontonada ahora en un
erizamiento de desesperación! De sus párpados caían sucesivas capas
de oscuridad más densa.
Su centro de dolor se debatía inútilmente. No encontraba en su
alma una sola hendidura por donde escapar. Erdosain encerraba
todo el sufrimiento del mundo, el dolor de la negación del mundo.
¿En qué parte de la tierra podía encontrarse un hombre que tuviera
la piel erizada de más pliegues de amargura? Sentía que no era ya un
hombre, sino una llaga cubierta de piel, que se pasmaba y gritaba a
cada latido de sus venas. Y sin embargo, vivía. Vivía
simultáneamente en el alejamiento y en la espantosa proximidad de
su cuerpo. El ya no era ya un organismo envasando sufrimientos, sino
algo más inhumano... quizá eso... un monstruo enroscado en sí
mismo en el negro vientre de la pieza. Cada capa de oscuridad que
descendía de sus párpados era un tejido placentario que lo aislaba
más y más del universo de los hombres. Los muros crecían, se
elevaban sus hiladas de ladrillos, y nuevas cataratas de tinieblas
caían a ese cubo donde él yacía enroscado y palpitante como un
caracol en una profundidad oceánica. No podía reconocerse...
dudaba que él fuera Augusto Remo Erdosain. Se apretaba la frente
entre la yema de los dedos, y la carne de su mano le parecía extraña y
no reconocía la carne de su frente, como si estuviera fabricado su
cuerpo de dos substancias
distintas. ¿Quién sabe lo que ya había muerto en él? Sólo perduraba
para su sensibilidad una conciencia forastera a lo que le había
ocurrido, un alma que no tendría el largo de la hoja de una espada y
que vibraba como una lamprea en el agua de su vida enturbiada.
Hasta la conciencia de ser, en él no ocupaba más de un centímetro
cuadrado de sensibilidad. Sí, todo su cuerpo sólo vivía, estaba en
contacto con la tierra, por un centímetro cuadrado de sensibilidad. El
resto se desvanecía en la oscuridad. Sí, él era un centímetro cuadrado
de hombre, un centímetro cuadrado de existencia prolongando con
su superficie sensible, la incoherente vida de un fantasma. Lo demás
había muerto en él, se había confundido con la placenta de tinieblas
que blindaba su realidad atroz.
Cada vez más fuerte se hacía en él la revelación de que estaba en
el fondo de un cubo de portland. ¡Sensación de otro mundo! Un sol
invisible iluminaba para siempre los muros, de un anaranjado color
de tempestad. El ala de un ave solitaria soslayaba lo celeste sobre el
rectángulo de los muros, pero él estaría para siempre en el fondo de
aquel cubo taciturno, iluminado por un anaranjado sol de
tempestad.
Luego, la capacidad de su vida quedó reducida a aquel
centímetro cuadrado de sensibilidad. Hasta se le hacía «visible» el
latido de su corazón, y era inútil querer rechazar la espantosa figura
que lo lastraba en el fondo de aquel abismo, un momento negro y
otros anaranjado. Con que aflojara un poquito tan sólo su voluntad,
la realidad que contenía hubiera gritado en sus oídos. Erdosain no
quería y quería mirar... pero era inútil... su esposa estaba allí, en el
fondo de una habitación tapizada de azul. El capitán se movía en un
rincón. El sabía, aunque nadie se lo había dicho, que era un
dormitorio diminuto, de forma hexagonal y ocupado casi
enteramente por una cama ancha y baja. No quería mirarla a Elsa...
no... no... quería, pero si le hubieran amenazado de muerte no por
eso hubiera dejado de estar con la mirada fija en el hombre que se
desnudaba ante ella... ante su legítima esposa que ahora no estaba
con él... sino con otro. Más fuerte que su miedo fue su necesidad de
más terror, de más sufrimiento, y de pronto, ella, que se cubría los
ojos con los dedos, corría hacia el hombre desnudo, de piernas tiesas,
se apretaba contra él y ya no rehuía la cárdena virilidad erguida en el
fondo azul.
Erdosain se sintió aplanado en una perfección de espanto. Si lo
hubieran pasado por entre los rodillos de un laminador, más plana
no podría ser su vida. ¿No quedaban así los sapos que sobre la
huella trincaba la rueda de la carreta, aplastados y ardientes? Pero
no quería mirar, tan no quería que ahora veía con nitidez cómo Elsa
se apoyaba sobre el cuadrado pecho velludo del hombre, mientras
que las manos de él recogían las mandíbulas de la mujer para
levantar el rostro hacia su boca.
Y de pronto Elsa exclamaba: «Yo también, mi querido... yo
también». Su semblante había enrojecido de desesperación, los
vestidos se atorbellinaban en torno del triángulo de sus muslos
blancos como la leche, y con los ojos extasiados en el rígido músculo
del hombre que temblaba, ella descubrió la crin de su sexo, sus senos
erguidos... ¡ah!... ¿por qué miraba?
Inútilmente Elsa... sí, Elsa, su legítima esposa, trataba con la
mano pequeña de abarcar toda la virilidad en una caricia. El hombre,
bajo el aullido de su deseo, se apretaba las sienes, se cubría los ojos
con el antebrazo; pero ella inclinada sobre él, le clavaba este hierro
candente en los oídos: «¡Sos más lindo que mi esposo! ¡Qué lindo
que sos. Dios mío!».
Si lentamente le hubieran torcido la cabeza sobre el cuello para
tornillar en su alma, profundamente, esa visión atroz, no podría sufrir
más. Padecía tanto que de interrumpirse ese dolor, su espíritu
estallaría como un shrapnell. ¿Cómo es que el alma puede soportar
tanto dolor? Y sin embargo quería sufrir más. Que encima de un tajo
le partieran el dorso con un hacha en varias partes... Y si en cuatro
trozos lo hubieran arrojado a un cajón de basura hubiera continuado
sufriendo. No había un centímetro cuadrado en su cuerpo que no
sopor¬
tara esa altísima presión de angustia.
Todas las cuerdas se habían roto bajo la tensión del espantoso
torno, y repentinamente una sensación de reposo equilibrio sus
miembros.
Ya no deseaba nada. Su vida corría silenciosamente cuesta
abajo, como un lago después del quebrantamiento de su dique, y, sin
dormir, pero con los párpados cerrados, el desvanecimiento lúcido
era más anestésico para su dolor que un sueño de cloroformo.
Notablemente latía su corazón. Con dificultad movió la cabeza
para separar el cuero cabelludo de la almohada recalentada, y se
dejó estar sin otra sensación de vivir que esa frescura en la nuca y el
entreabrirse y cerrarse de su corazón, que, como un ojo enorme, abría
el soñoliento párpado para reconocer las tinieblas, nada más. ¿Nada
más que la tiniebla?
Elsa estaba tan lejos de su memoria que en esa hipnosis
transitoria le parecía mentira haberla conocido. Quién sabe si existía
físicamente. Antes podía verla, ahora tenía que hacer un gran
esfuerzo para reconocerla... y apenas la reconocía. La verdad es que
ella no era ella ni él era él. Ahora su vida corría silenciosamente
cuesta abajo, se sentía en un retroceso de años, el niño que miraba un
árbol verde sombreando el desaparecer continuo de un río entre
algunas piedras con manchas rojas. El mismo, era una cascada de
carne en las oscuridades. ¡Vaya a saber cuándo terminaría de
desangrarse! Y sólo era notable el cerrarse y entreabrirse de su
corazón que como un ojo enorme abría su párpado soñoliento para
reconocer la oscuridad. El foco eléctrico de la mitad de cuadra filtraba
por una hendidura un ramalazo de plata que caía sobre el tul del
mosquitero. Su sensibilidad se recobraba dolorosamente.
El era Erdosain. Se reconocía ahora. Arqueaba con un gran
esfuerzo la espalda. Por debajo de la puerta que cerraba la entrada al
comedor se distinguía una franja amarilla. Se había olvidado de
apagar la luz. El debía... ¡ah, no!, no, Elsa se ha ido... él debe
seiscientos pesos con siete centavos a la Limited Azucarer
Company... pero no, ya no los debe, si tiene un cheque...
¡ Ah, la realidad, la realidad!
El oblicuo paralelogramo de luz que llegaba desde la calle a
platear el tul del mosquitero, era la noción de que vivía como antes,
como ayer, como hace diez años.
No quería ver esa raya de luz, como cuando era pequeño, no
quería «ver esa claridad que estaba allí, aunque sabía que no había
fuerza humana que pudiera espantar esa claridad». Sí, semejante a
cuando su padre le decía que al otro día le iba a pegar. No era lo
mismo ahora. Aquella otra claridad era azulada, ésta de plata, mas tan
estridente y anunciadora de lo verdadero como la luz antigua. El
sudor le humedecía las sienes y el cerco de cabellos. Elsa se había
ido y ¿no vendría más? ¿Qué diría Barsut?
LA BOFETADA De pronto alguien se detuvo frente a la puerta de calle. Erdosain
comprendió que era él y saltó de la cama. Como de costumbre
Barsut golpeaba tratando de no hacer ruido.
Enronquecida la voz, Erdosain le gritó:
-Entra: ¿qué haces que no entras?
Cargando el cuerpo sobre los talones entró Barsut.
-Ahora voy -le gritó Remo mientras el otro entraba al comedor.
Y cuando entró, ya Barsut se había sentado, cruzándose de
piernas, dando, como de costumbre, la espalda a la puerta y el perfil
en dirección al ángulo sudeste de la pieza.
-¿Qué haces?
-¿Cómo te va?
Cargaba el codo en la orilla de la mesa, pues apoyaba la mejilla
en la barba y la luz ponía una rojidez de cobre en la blanca
carnosidad de la mano. Bajo las cejas, alargadas hacia las sienes, sus
ojos verdes atemperaban la dura vidriosidad en una temperatura de
pregunta.
Texto original em espanhol preservado no Literunico para leitura comparada com a edição/tradução da Copa Literunico. Fonte-base: https://archive.org/details/LosSieteLocos_201807
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