## Primera Parte La vorágine · Capítulo 2 de 8
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Primera Parte

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar

y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de

la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más

que el enamorado fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la

súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me

encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como

la llama sobre el leño que la alimenta.

Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a

la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos —tediosos de

libertad— se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una

cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en

el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos

días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio,

patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me

denunció los planes arteros. Yo moriré sola, decía: mi desgracia se opone a

tu porvenir.

Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi

abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite,

resueltamente: «¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero

dame el amor».

¡Y huimos!

* * *

Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos ilímites, veía parpadear

las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían

sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la

transparencia del aire. Al lado de mi «chinchorro», en su angosto

catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras: ¿Qué has hecho

de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y

tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfos y tus primicias de

celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une, lo anuda el

hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta

criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal

no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito

tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia

no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y

sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan

lejos de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el

horizonte.

En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante

la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio

de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las

mayores locuras; pero ¿después de las locuras y de la posesión?...

Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la

aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las

pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría

la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un

grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La

pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a

caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería

caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las

cabalgaduras.

Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos

lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los

transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso

interrogándome conmovidos: patrón, ¿por qué va llorando la niña?

Era preciso pasar la noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran

las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo,

enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el

deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me

devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión.

Por las afueras del pueblo pasamos a prima noche, y desviando luego hacia

la vega del río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos

descogollaban al pasar, nos guarecimos en una «enramada» donde funcionaba

un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la

hornilla, donde se cocía la miel, cruzaban interminables las sombras de los

bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres

aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para

calmarle la fiebre.

Allí permanecimos una semana.

* * *

El peón que envié a Bogotá a caza de noticias me las trajo inquietantes. El

escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes;

comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta

del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención, tenía este remate:

«¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría

imaginar que un hombre como tú busque el desierto?».

Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos.

La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos

o meros amigos, y la instó con zalemas a que le mostrara algunas de las

monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, «en lo que no había

nada malo, dada la tirantez de la situación». Al siguiente día partimos

antes del amanecer.

—¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo

atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

—¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué

me trajiste? ¡Porque la idea partió de ti! ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni

Casanare merecen la pena!

Y de nuevo se echó a llorar.

El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a

tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían

casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se

había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque,

con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el

vejete por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas

dádivas y estrechó el asedio, ayudado por la parentela entusiástica.

Entonces, Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse

con ella.

—¡Déjame! —repitió, arrojándose del caballo—. ¡De ti no quiero nada! ¡Me

voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡Infame, nada

quiero de ti!

Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a

una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella,

sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba...

—Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

—¡Nunca!

Y volvió los ojos a otra parte.

Quejose luego del descaro con que la engañaba:

—¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y

tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a

quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué no será después? ¡Déjame! ¡A

Casanare, jamás; y, contigo, ni al cielo!

Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir.

Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de

despedida. ¿Si quería que la abandonara, tenía yo la culpa?

Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la

pendiente un hombre que galopaba en dirección a nosotros. Alicia,

conturbada, se agarró de mi brazo.

El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

—Caballero, permítame una palabra.

—¿Yo? —repuse con voz enérgica.

—Sí, sumercé —y terciándose la ruana, me alargó un papel enrollado—. Es que

lo manda notificar mi padrino.

—¿Quién es su padrino?

—Mi padrino, el Alcalde.

—Esto no es para mí —dije, devolviendo el papel, sin haberlo leído.

—¿No son, pues, sus mercedes los que estuvieron en el trapiche?

—Absolutamente. Voy de Intendente a Villavicencio y esta señora es mi

esposa.

Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

—Yo creí —balbuceó—, que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la

ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los

acompañara, pero mi padrino estaba en su hacienda, pues sólo abre la

Alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como

ahora soy Comisario único...

Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la

señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa del

sombrero. El importuno nos veía partir, sin pronunciar palabra. Mas, de

repente, montó en su yegua, y acomodándose en la enjalma que le servía de

montura, nos flanqueó sonriendo:

—Sumercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme

como Intendente.

—¿Tiene usted una pluma?

—No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el Alcalde me

archiva.

—¿Cómo así? —respondíle sin detenerme.

—Ojalá sumercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el

inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso,

pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel, y luego a falta de Comisario,

me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me

dicen «Pipa».

El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra, relatando sus padecimientos.

Pidióme la maleta de la ropa y la atravesó en la enjalma, sobre sus muslos,

cuidando de que no se cayera.

—No tengo —dijo— con qué comprar una ruana decente, y la situación me ha

reducido a vivir descalzo. Aquí, donde sus mercedes me ven, este sombrero

tiene más de dos años, y lo saqué de Casanare.

Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos.

—¿Ha vivido usted en Casanare? —le preguntó.

—Sí, sumercé; y conozco el Llano y las caucherías del Amazonas. Mucho tigre

y mucha culebra he matado con la ayuda de Dios.

A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus recuas. El Pipa les

suplicaba:

—Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.

—No «cargamos» eso.

—Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de la señora —le dije en voz

baja—. Siga usted conmigo y en la primera oportunidad me da a solas los

informes que pueden ser útiles al Intendente.

El dichoso Pipa habló cuanto pudo, derrochando hipérboles. Pernoctó con

nosotros en las cercanías de Villavicencio, convertido en paje de Alicia, a

quien distraía su verba. Y esa noche se «picureó», robándose mi caballo

ensillado.

* * *

Mientras mi memoria se empañaba con estos recuerdos, una claridad rojiza se

encendió de súbito. Era la fogata de insomne reflejo, colocada a pocos

metros de los chinchorros, para conjurar el acecho del tigre y otros

riesgos nocturnos. Arrodillado ante ella como ante una divinidad, don Rafo

la soplaba con su resuello.

Entretanto, continuaba el silencio en las melancólicas soledades, y en mi

espíritu penetraba una sensación de infinito que fluía de las

constelaciones cercanas.

Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se había hundido

irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía iniciar una nueva vida,

distinta de la anterior, comprometiendo el resto de mi juventud y hasta la

razón de mis ilusiones, porque cuando florecieran ya no habría, quizás, a

quien ofrendarlas o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se

destinaron. Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte al par que me servía

de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compañera de mi pesar,

porque ella iba también, como la semilla en el viento, sin saber adónde y

miedosa de la tierra que la esperaba.

Indudablemente, era de carácter apasionado: de su timidez triunfaba a ratos

la decisión que imponen las cosas irreparables. Dolíase otras veces de no

haberse tomado un veneno.

—Aunque no te ame como quieres —decía—, ¿dejarás de ser para mí el hombre

que me sacó de la inexperiencia para entregarme a la desgracia? ¿Cómo podré

olvidar el papel que has desempeñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo

que me debes? No será enamorando a las campesinas de las posadas ni

haciéndome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto es lo que

piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me conoces. ¡Tú responderás!

—¿Y sabes que soy ridículamente pobre?

—Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El amparo que ahora te

pido no es el de tu dinero, sino el de tu corazón.

—¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de manera espontánea?

Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, cualesquiera que fuesen los

resultados. ¿Pero tendrás valor de sufrir y confiar?

—¿No hice por ti todos los sacrificios?

—Pero le temes a Casanare.

—Le temo por ti.

—¡La adversidad es una sola y nosotros seremos dos!

Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavicencio la noche

que esperábamos al jefe de la Gendarmería. Era éste un «quídam» semicano y

rechoncho, vestido de kaki, de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.

—Salud, señor —le dije en tono despectivo cuando apoyó su sable en el

umbral.

—¡Oh, poeta!, ¡esta chica es digna hermana de las nueve musas! ¡No seas

egoísta con los amigos!

Y me echó un tufo de acetol en la cara.

Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el banco, resopló,

asiéndola de las muñecas:

—¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez y Roca, el General

Gámez y Roca! Cuando eras pequeña solía sentarte en mis rodillas.

Y probó sentarla de nuevo.

Alicia, inmutada, estalló:

—¡Atrevido, atrevido! —y lo empujó lejos.

—¿Qué quiere usted? —gruñí, cerrando las puertas. Y lo degradé con un

salivazo.

—Poeta, ¿qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de quien no quiere

echarlo a prisión? Déjeme la muchacha, porque soy amigo de sus papás y en

Casanare se le muere. Yo le guardaré la reserva. ¡El cuerpo del delito para

mí, para mí! ¡Déjemela para mí!

Antes que terminase, con esguince colérico, le zafé a Alicia uno de sus

zapatos y lanzando al hombre contra el tabique, lo acometí a golpes de

tacón en el rostro y en la cabeza. El borracho, tartamudeando, se desplomó

sobre los sacos de arroz que ocupaban el ángulo de la sala.

Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo y yo, huímos en

busca de las llanuras intérminas.

* * *

—Aquí está el café —dijo don Rafo, parándose delante del mosquitero—.

Despabílense, niños, que estamos en Casanare.

Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio:

—¿Ya quiere salir el sol?

—Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando a la loma —y nos

señaló don Rafo la cordillera, diciendo—: «Despidámonos de ella, porque no

la volveremos a ver. Sólo quedan llanos, llanos y llanos».

Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madrugada, un olor a

«pajonal» fresco, a surco removido, a leños recién cortados, y se

insinuaban leves susurros en los abanicos de los «moriches». A veces, bajo

la transparencia estelar, cabeceaba alguna palmera humillándose hacia el

oriente. Un regocijo inesperado nos henchía las venas, a tiempo que

nuestros espíritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la

vida y de la creación.

—Es encantador Casanare —repetía Alicia—. No sé por qué milagro, al pisar

la llanura, aminoró la zozobra que me inspiraba.

—Es que —dijo don Rafo— esta tierra lo alienta a uno para gozarla y para

sufrirla. Aquí, hasta el moribundo ansía besar el suelo en que va a

podrirse. Es el desierto, pero nadie se siente solo: son vuestros hermanos

el sol, el viento y la tempestad. Ni se les teme ni se les maldice.

Al decir esto, me preguntó don Rafo si era tan buen jinete como mi padre, y

tan valeroso en los peligros.

—Lo que se hereda no se hurta —respondí jactancioso, en tanto que Alicia,

con el rostro iluminado por el fulgor de la hoguera, sonreía confiada.

Don Rafo era mayor de sesenta años y había sido compañero de mi padre en

alguna campaña. Todavía conservaba ese aspecto de dignidad que denuncia a

ciertas personas venidas a menos. La barba canosa, los ojos tranquilos, la

calva luciente, convenían a su estatura mediana, contagiosa de simpatía y

de benevolencia. Cuando oyó mi nombre en Villavicencio, y supo que sería

detenido, fue a buscarme con la buena nueva de que Gámez y Roca le había

jurado interesarse por mí. Desde nuestra llegada hizo compras para

nosotros, atendiendo los encargos de Alicia. Ofreciónos ser nuestro

baquiano de ida y regreso, y que a su vuelta de Arauca llegaría a buscarnos

al hato de un cliente suyo, donde permaneceríamos alojados unos meses.

Casualmente, hallábase en Villavicencio, de salida para Casanare. Después

de su ruina, viudo y pobre, les cogió apego a los Llanos, y, con dinero de

su yerno, los recorría anualmente, como ganadero y mercader ambulante al

pormenor. Nunca había comprado más de cincuenta reses, y entonces arreaba

unos caballejos hacia las fundaciones del bajo Meta y dos mulas cargadas de

baratijas.

—¿Se reafirma usted en la confianza de que estamos ya libres de las

pesquisas del General?

—Sin duda alguna.

—¡Qué susto me dio ese canalla! —comentó Alicia—. Piensen ustedes que yo

temblaba como azogue. ¡Y aparecerse a la medianoche! ¡Y decir que me

conocía! Pero se llevó su merecido.

Don Rafo tributó a mi osadía un aplauso feliz: ¡era yo el hombre para

Casanare!

Mientras hablaba, iba desmaneando las bestias y poniéndoles los cabezales.

Ayudábale yo en la faena y pronto estuvimos listos para seguir la marcha.

Alicia, que nos alumbraba con una linterna, suplicó que esperásemos la

salida del sol.

—¿Conque el mentado Pipa es un zorro llanero? —pregunté a don Rafo.

—El más astuto de los salteadores; varias veces prófugo, tras de curar sus

fiebres en los presidios, vuelve con mayores arrestos a ejercer la

piratería. Ha sido capitán de indios salvajes, sabe idiomas de varias

tribus y es boga y es vaquero.

—Y tan disimulado, y tan hipócrita y tan servil —apuntaba Alicia.

—Tuvieron ustedes la fortuna de que les robara una sola bestia. Por aquí

andará...

Alicia me miraba nerviosa, pero calmó sus preocupaciones con las anécdotas

de don Rafo.

Y la aurora surgió ante nosotros; sin que advirtiéramos el momento preciso,

empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la

atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron y en la

lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio,

una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba

hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos

flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo, las guacamayas

multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del «estero» y

de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad

y palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio

inconmensurable, dardeó el primer destello solar, y, lentamente, el astro,

inmenso como una cúpula ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las

llanuras, enrojeciéndose antes de ascender al azul. Alicia, abrazándome

llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria:

—¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!

Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos en la inmensidad.

* * *

Poco a poco el regocijo de nuestras lenguas fue cediendo al cansancio.

Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo atendía con autoridad de

conocedor. Ya sabíamos lo que eran una «mata», un «caño», un «zural», y por

fin Alicia conoció los venados. Pastaban en un estero hasta media docena, y

al ventearnos enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas.

—No gaste usted los tiros de revólver —ordenó don Rafo—. Aunque vea usted

los bichos cerca, están a más de quinientos metros. Fenómenos de la región.

Dificultábase la charla porque don Rafo iba de «puntero», llevando «de

diestro» una bestia, en pos de la cual trotaban las otras en los pajonales

retostados. El aire caliente fulgía como lámina de metal, y bajo el espejo

de la atmósfera, en el ámbito desolado, insinuábase a lo lejos la masa

negruzca de un monte. Por momentos se oía la vibración de la luz.

Con frecuencia me desmontaba para refrescar las sienes de Alicia,

frotándolas con un limón verde. A guisa de quitasol llevaba sobre el

sombrero una chalina blanca, cuyos extremos empapaba en llanto cada vez que

la afligía el recuerdo del hogar. Aunque yo fingía no reparar en sus

lágrimas, inquietábame el tinte de sus arreboladas mejillas, miedoso de la

congestión. Mas imposible sestear bajo la intemperie asoleada: ni un árbol,

ni una gruta, ni una palmera.

—¿Quieres descansar? —le proponía, preocupado. Y sonriendo me respondía:

—¡Cuando lleguemos a la sombra! ¡Pero, cúbrete el rostro, que la resolana

te tuesta!

Hacia la tarde parecían surgir en el horizonte ciudades fantásticas. Las

ponentinas matas de monte provocaban el espejismo, perfilando en el cielo

penachos de palmeras, por sobre cúpulas de ceibas y copeyes, cuyas

floraciones de bermellón evocaban manchas de tejados.

Los caballos que iban sueltos, orientándose en la llanura, empezaron a

galopar a considerable distancia de nosotros.

—Ya ventearon el bebedero —observó don Rafo—. No llegaremos a la mata antes

de media hora; pero allí calentaremos el bastimento.

Rodeaban el monte pantanos inmundos, de flotante lama, cuya superficie

recorrían avecillas acuáticas que chillaban balanceando la cola. Después de

un gran rodeo, y casi por opuesto lado, penetramos en la espesura costeando

el tremedal, donde abrevábanse las caballerías, que iba yo maneando en la

sombra. Limpió don Rafo con el machete las malezas cercanas a un árbol

enorme, agobiado por festones amarillentos, de donde llovían, con espanto

de Alicia, gusanos inofensivos y verdosos. Puesto el chinchorro, la

cubrimos con el amplio mosquitero, para defenderla de las abejas que se le

enredaban en los rizos, ávidas de chuparle el sudor. Humeó luego la hoguera

consoladora y nos devolvió la tranquilidad.

Metía yo al fuego la leña que me aventaba don Rafo, mientras Alicia me

ofrecía la suya.

—Esos oficios no te corresponden a ti.

—¡No me impacientes, ya ordené que descanses, y debes obedecer!

Resentida por mi actitud, empezó a mecerse, al impulso que su pie le

imprimía al chinchorro. Mas cuando fuimos a buscar agua, me rogó que no la

dejara sola.

—Ven, si quieres —le dije. Y siguió tras de nosotros por una trocha

enmalezada.

La laguneta de aguas amarillosas estaba cubierta de hojarasca. Por entre

ellas nadaban unas tortuguitas llamadas «galápagos», asomando la cabeza

rojiza; y aquí y allí, los caimanejos, nombrados «cachirres», exhibían

sobre la nata del pozo los ojos sin párpados. Garzas meditabundas,

sostenidas en un pie, con picotazo repentino arrugaban la charca

tristísima, cuyas evaporaciones maléficas flotaban bajo los árboles como

velo mortuorio. Partiendo una rama, me incliné para barrer con ella las

vegetaciones acuáticas, pero don Rafo me detuvo, rápido como el grito de

Alicia. Había emergido bostezando para atraparme, una serpiente «guío»,

corpulenta como una viga, que a mis tiros de revólver se hundió removiendo

el pantano y rebasándolo en las orillas.

Y regresamos con los calderos vacíos.

Presa de pánico, Alicia se reclinó temblorosa bajo el mosquitero. Tuvo

vahídos, pero la cerveza le aplacó las náuseas. Con espanto no menor

comprendí lo que le pasaba, y sin saber cómo, abrazando a la futura madre,

lloré todas mis desventuras.

* * *

Al verla dormida, me aparté con don Rafael y sentándome sobre una raíz de

árbol, escuché sus consejos inolvidables:

No convenía, durante el viaje, advertirla del estado en que estaba, pero

debía rodearla de todos los cuidados posibles. Haríamos jornadas cortas y

regresaríamos a Bogotá antes de tres meses. Allí las cosas cambiarían de

aspecto.

Por lo demás, los hijos legítimos o naturales, tenían igual procedencia y

se querían lo mismo. Cuestión del medio. En Casanare así acontecía.

Él ambicionó en un tiempo hacer un matrimonio brillante, pero el destino le

marcó ruta imprevista: la joven con quien vivía en aquel entonces, llegó a

superar a la esposa soñada, pues, juzgándose inferior, se adornaba con la

modestia y siempre se creyó deudora de un exceso de bien. De esta suerte,

él fue más feliz en el hogar que su hermano, cuya compañera, esclava de los

pergaminos y de las mentiras sociales, le inspiró el horror a las altas

familias, hasta que regresó a la sencillez favorecido por el divorcio.

No había que retroceder en la vida ante ningún conflicto, pues solo

afrontándolos de cerca se ve si tienen remedio. Era verdad que preveía el

escándalo de mis parientes si me echaba a cuestas a Alicia o la conducía al

altar. Mas no había que mirar tan lejos, porque los temores van más allá de

las posibilidades. Nadie me aseguraba que había nacido para casado, y

aunque así fuera, ¿quién podría darme una esposa distinta de la señalada

por mi suerte? Y Alicia, ¿en qué desmerecía? ¿No era inteligente, bien

educada, sencilla y de origen honesto? ¿En qué código, en qué escritura, en

qué ciencia había aprendido yo que los prejuicios priman sobre las

realidades? ¿Por qué era mejor que otros, sino por mis obras? El hombre de

talento debe ser como la muerte, que no reconoce categorías. ¿Por qué

ciertas doncellas me parecían más encumbradas? ¿Acaso por irreflexivo

consentimiento del público que me contagiaba su estulticia; acaso por el

lustre de la riqueza? ¿Pero ésta, que suele nacer de fuentes oscuras, no

era también relativa? ¿No resultaban misérrimos nuestros potentados en

parangón con los de fuera? ¿No llegaría yo a la dorada medianía, a ser

relativamente rico? En este caso, ¿qué me importarían los demás, cuando

vinieran a buscarme con el incienso? Usted sólo tiene un problema sumo, a

cuyo lado huelgan todos los otros: adquirir dinero para sustentar la

modestia decorosamente. El resto viene por añadidura.

Callado, escarmentaba mentalmente las razones que oía, separando la verdad

de la exageración.

—Don Rafo —le dije—, yo miro las cosas por otro aspecto, pues las

conclusiones de usted, aunque fundadas, no me preocupan ahora: están en mi

horizonte, pero están lejos. Respecto a Alicia, el más grave problema lo

llevo yo, que sin estar enamorado, vivo como si estuviera supliendo mi

hidalguía lo que no puede dar mi ternura, con la convicción íntima de que

mi idiosincrasia caballeresca me empujará hasta el sacrificio, por una dama

que no es la mía, por un amor que no conozco.

Fama de rendido galán gané en el ánimo de muchas mujeres, gracias a la

costumbre de fingir, para que mi alma se sienta menos sola. Por todas

partes fui buscando en qué distraer mi inconformidad e iba de buena fe,

anheloso de renovar mi vida y de rescatarme a la perversión: pero,

dondequiera que puse mi esperanza, hallé lamentable vacío, embellecido por

la fantasía y repudiado por el desencanto. Y así, engañándome con mi propia

verdad, logré conocer todas las pasiones y sufro su hastío, y prosigo

desorientado, caricatureando el ideal para sugestionarme con el pensamiento

de que estoy cercano a la redención. La quimera que persigo es humana, y

bien sé que de ella parten los caminos para el triunfo, para el bienestar y

para el amor. Mas han pasado los días y se va marchitando mi juventud sin

que mi ilusión reconozca su derrotero; y viviendo entre mujeres sencillas,

no he encontrado la sencillez, ni entre las enamoradas el amor, ni la fe

entre las creyentes. Mi corazón es como una roca cubierta de musgo, donde

nunca falta una lágrima. Hoy me ha visto usted llorar, no por flaqueza de

ánimo, que bastante rencor le tengo a la vida: ¡lloré por mis aspiraciones

engañadas, por mis ensueños desvanecidos, por lo que no fui, por lo que ya

no seré jamás!

Paulatinamente iba levantando la voz y comprendí que Alicia estaba

despierta. Me acerqué cauteloso y la sorprendí en actitud de escuchar.

—¿Qué quieres? —le dije. Y su silencio me desconcertó.

Fue preciso continuar la marcha hasta el «morichal» vecino, según decisión

de don Rafo, porque la mata era peligrosa en extremo: a muchas leguas en

contorno, sólo en ella encontraban agua los animales y de noche acudían las

fieras. Salimos de allí, paso a paso, cuando la tarde empezó a suspirar y

bajo los últimos arreboles nos preparamos para la queda. Mientras don Rafo

encendía fuego, me retiré por los pajonales a amarrar los caballos. La

brisa del anochecer refrescaba el desierto, y de repente, en intervalos

desiguales, llegó a mis oídos algo como un lamento de mujer.

Instintivamente pensé en Alicia, que acercándose me preguntaba:

—¿Qué tienes? ¿Qué tienes?

Reunidos después, sentíamos la sollozante quejumbre, vueltos hacia el lado

de donde venía, sin que acertáramos a descifrar el misterio: una palmera de

macanilla, fina como un pincel, obedeciendo a la brisa, hacía llorar sus

flecos en el crepúsculo.

* * *

Ocho días después divisamos la fundación de La Maporita. La laguna próxima

a los corrales se doraba al sol. Unos mastines enormes vinieron a nuestro

encuentro, con ladridos desaforados, y nos dispersaron las bestias. Frente

al «tranquero» de la entrada, donde se asoleaba un «bayetón» rojo, exclamó

don Rafo, empinándose en los estribos:

—¡Alabado sea Dios!

—... Y su madre santísima —respondió una voz de mujer.

—¿No hay quien venga a espantar los perros?

—Ya va.

—¿La niña Griselda?

—En el caño.

Complacidos observábamos el aseo del patio, lleno de caracuchos,

siemprevivas, habanos, amapolas y otras plantas del trópico. Alrededor de

la huerta daban fresco los platanales, de hojas susurrantes y rotas, dentro

de la cerca de «guadua» que protegía la vivienda, en cuyo caballete lucía

sus resplandores un pavo real.

Por fin, una mulata decrépita asomó a la puerta de la cocina, enjugándose

las manos en el ruedo de las enaguas.

—¡Chite, uise! —gritó, tirando una cáscara a las gallinas que escarbaban la

era—. «Prosigan», que la niña Griselda se tá bañando. ¡Los perros no

muerden, ya mordieron!

Y volvió a sus quehaceres.

Sin testigos, ocupamos el cuarto que servía de sala, en donde no había otro

menaje que dos chinchorros, una «barbacoa», dos banquetas, tres baúles y

una máquina «Singer». Alicia, sofocada, se mecía ponderando el cansancio,

cuando entró la niña Griselda, descalza, con el «chingue» al brazo, el

peine en la crencha y los jabones en una totuma.

—Perdone usted —le dijimos.

—Tienen a sus órdenes el «rancho» y la persona. ¡Ah! ¿También vino don

Rafael? ¿Qué hace en la «ramáa»? Y saliendo al patio, le decía

familiarmente:

—Trascordao, ¿se le volvió a olvidá el cuaerno? Estoy entigrecía contra

usté. No me salga con ésas, porque peleamos.

Era una hembra morena y fornida, ni alta ni pequeña, de cara regordeta y

ojos simpáticos. Se reía enseñando los dientes anchos y albísimos, mientras

que con mano hacendosa exprimía los cabellos goteantes sobre el corpiño

desabrochado. Volviéndose a nosotros interrogó:

—¿Ya les trajeron café?

—Se pone usted en molestias...

—¿Tiana, Bastiana, qué hubo?

Y sentándose en el chinchorro al lado de Alicia, preguntábale si los

diamantes de sus zarcillos eran «legales» y si traía otros para vender.

—Señora, si le gustan...

—Se los cambio por esa máquina.

—Siempre avispada para el negocio —galanteó don Rafo.

—¡Náa! Es que nos estamos recogiendo pa dejá la tierra.

Y con acento cálido refirió que Barrera había venido a llevar gente para

las caucherías del Vichada.

—Es la ocasión de mejorá: dan alimentación y cinco pesos por día. Así se lo

he dicho a Franco.

—¿Y qué Barrera es el enganchador? —preguntó don Rafo.

—Narciso Barrera, que ha traído mercancías y «morrocotas» pa dá y convidá.

—¿Se creen ustedes de esa ficha?

—Cáyese, don Rafo. ¡Cuidao con desanimá a Fidel! ¡Si le tá ofreciendo plata

anticipáa y no se resuelve a dejá este pegujal! ¡Quiere má a las vacas que

a la mujé! Y eso que nos cristianamos en Pore, porque sólo éramos casaos

militarmente.

Alicia, mirándome de soslayo, se sonrió.

—Niña Griselda, ese viaje puede resultar un percance.

—Don Rafo, el que no arriesga no pasa el má. Ora díganme ustées si valdrá

la pena un enganche que los ha entusiasmao a tóos. Porque ayí en el hato no

va a queá gente. Ha tenío que bregáles el viejo pa que le ayuden a terminá

los trabajos de ganao. ¡Nadie quiere hacer náa! ¡Y de noche tienen unos

«joropos»!... Pero supóngase: tando ahí la Clarita… Yo le prohibí a Fidel

que se quede ayá, y no me hace caso. Dende el lunes se jue. Mañana lo

espero.

—¿Dice usted que Barrera trajo mucha mercancía? ¿Y la da barata?

—Sí, don Rafo. No vale la pena que usté abra sus «petaquitas». Ya todo el

mundo ha comprao. ¿A que no me trajo los cuaernos de las moas cuando má los

menesto? Tengo que yevá ropa de primera.

—Por ahí le traigo uno.

—¡Dios se lo pague!

La vieja Sebastiana, arrugada como un higo seco, de cabeza gris y brazos

temblorosos, nos alargó sendos pocillos de café amargo, que ni Alicia ni yo

podíamos tomar y que don Rafo saboreaba vertiéndolo en el platillo. La niña

Griselda se apresuró a traer una miel oscura, que sacaba de un garrafón

para que endulzáramos la bebida.

—Muchas gracias, señora.

—¿Y esta buena moza es su mujé? ¿Usté es el yerno de don Rafo?

—Como si lo fuera.

—¿Y ustées también son tolimas?

—Yo soy de ese departamento; Alicia, bogotana.

—Parece que usté juera pa algún joropo, según ta de «cachaca». ¡Qué bonito

traje y qué buenos botines! ¿Ese vestío lo cortó usté?

—No, señora, pero entiendo algo de modistería. Estuve tres años en el

colegio asistiendo a la clase.

—¿Me enseña? ¿No es verdá que me enseña? Pa eso compré máquina. Y miren qué

lujo de telas las que tengo aquí. Me las regaló Barrera el día que vino a

vernos. A Tiana también le dio. ¿Onde tá la tuya?

—Colgá en la «percha». Ora la traigo.

Y salió. La niña Griselda, entusiasmada porque Alicia le ofreció ser su

maestra de corte, se zafó de la pretina las llaves y, abriendo el baúl, nos

enseñó unas telas de colores vivos.

—¡Ésas son etaminas comunes!

—Puros cortes de sea, don Rafo, Barrera es «rasgaísimo». Y miren las vistas

del «fábrico» en el Vichada, a onde quere yevarnos. Digan imparcialmente si

no son una preciosidá esos edificios y si estas fotografías no son

primorosas. Barrera las ha repartío por toas partes. Miren cuántas tengo

pegáas en el baúl.

Eran unas postales en colores. Se veían en ellas, a la orilla montuosa de

un río, casas de dos pisos, en cuyos barandales se agrupaba la gente.

Lanchas de vapor humeaban en el puertecito.

—Aquí viven má de mil hombres y tóos ganan una libra diaria. Ayá voy a poné

asistencia pa las peonáas. ¡Supónganse cuánta plata cogeré con el solo

amasijo! ¿Y lo que gane Fidel?... Miren, estos montes son los cauchales.

Bien dice Barrera que otra oportunidá como ésta no se presentará.

—Lo que yo siento es tar tan cascáa; si no, me iba también tras de mi zambo

—dijo la vieja, acurrucándose de nuevo en el quicio.

—Aquí ta la tela —añadió, desdoblando una zaraza roja.

—Con este traje parecerás un tizón encendido.

—Blanco —me replicó—; pior es no parecer náa.

—Andá —ordenó la niña Griselda—, búscale a don Rafo unos «topochos» maúros

pa los cabayos. Pero primero decíle al Miguel que se deje de estar echao en

el chinchorro, porque no se le quitan las fiebres: que le saque el agua a

la «curiara» y le ponga cuidao al anzuelo, a vé si los «caribes» se

tragaron ya la caráa. Puée que haya «afilao» algún «bagrecito». Y danos vos

algo de comé, que estos blancos yegan de lejos. Venga pa acá, niña Alicia,

y aflójese la ropa. En este cuarto nos quearemos las dos.

Y parándose ante mí —agregó con picaresco descaro—: ¡Me la yevo! ¿Ustées ya

separaron cama?

* * *

Verdadera lástima sentí por don Rafael ante el fracaso de su negocio. Tenía

razón la niña Griselda: todos se habían provisto ya de mercancías.

Sin embargo, dos días después de nuestra llegada, vinieron del hato unos

hombres enjutos y pálidos cuyas monturas húmedas disimulaban su mal aspecto

con el bayetón que los jinetes dejaban colgando sobre las rodillas. Del

otro lado del monte pidieron a gritos la curiara y, creyendo no ser oídos,

hicieron disparos de winchester. Vista la tardanza, sin desmontarse,

lanzaron sus cabalgaduras al caño y lo cruzaron trayendo las ropas

amarradas en la cabeza.

Llegaron. Vestían calzones de lienzo, camisa suelta llamada «lique» y

anchos sombreros de felpa castaña. Sus pies, desnudos, oprimían con el dedo

gordo el aro de los estribos.

—Buen día... —prorrumpieron con voz melancólica entre los ladridos de los

perros.

—Ojalá que nos hubieran matao por ta de chistosos, exclamó la niña

Griselda.

—Era pa la curiara...

—¡Qué curiara! ¡Éste no es paso rial!

—Venimos a ve la mercancía...

—Sigan, pero dejen sus «rangos» afuera.

Los hombres se apearon, y con los ronzales de cerda torcida que servían de

rendaje, amarraron los trotones bajo el samán de la entrada y avanzaron con

los bayetones al hombro. Alrededor del cuero en que don Rafo había

extendido la «chuchería» se acuclillaron indolentes.

—Miren los diagonales extras; aquí están unos cuchillos garantizados;

fíjense en esa faja de cuero, con funda para el revólver, todo de primera

clase.

—¿Trajo quinina?

—Muy buena, y píldoras para las calenturas.

—¿A cómo el hilo?

—Diez centavos la madeja.

—¿No la da en cinco?

—Llévela en nueve.

Todo lo fueron tocando, examinando, comparando, casi sin hablar. Para saber

si una tela desteñía, se empapaban en saliva los dedos y la refregaban. Don

Rafael, con la vara de medir, les señalaba todo, agotando los encomios para

cada cosa. Nada les gustó.

—¿Me deja en veinte riales esa navaja?

—Llévela.

—¿Le doy por los botones lo que le dije?

—Tómelos.

—Pero me encima la aguja pa prenderlos.

—Cójala.

Así compraron bagatelas por dos o tres pesos. El hombre de la carabina,

desanudando la punta del pañuelo, alargó una morrocota:

—Páguese de tóo, es de veinte dólares.

Y la hizo retiñir contra el acero del arma.

—¡A vé los trueques!

—¿Por qué no compran el restico?

—A esos precios no se alcanza ni con la carabina. Vaya usté al hato pa que

vea cosas regaláas.

—¡Adió, pué!

Y montaron.

—Hola, socio, —voceó, regresando, el de peor estampa—; nos mandó Barrera a

quitate la mercancía, y es mejó que te largues con ella. Quedás notificao:

¡lejos con ella! ¡Si no te la quitamos ahora, es po lo poquita y lo cara!

—¿Y quitarla por qué? —indagó don Rafo.

—¡Por la competencia!

—¿Crees tú, infeliz, que este anciano está solo? —prorrumpí, empuñando un

cuchillo, entre los aspavientos de las mujeres.

—Mirá —repuso el hombre— por sobre yo, mi sombrero. Por grande que sea la

tierra, me quema bajo los pies. Con vos no me toy metiendo. ¡Pero si

querés, pa vos también hay! Espoleando el potro, me tiró a la cara los

objetos comprados y galopó con sus compañeros a lo largo de la llanura.

* * *

Esa noche, como a las diez, llegó Fidel Franco a la casa. Aunque la

embarcación se deslizaba sin ruido sobre el agua profunda, los gozques la

sintieron y al instante cundió la alarma.

—Es Fidel, es Fidel —decía la niña Griselda, tropezando en nuestros

chinchorros. Y salió al patio en camisola, envuelta desde la cabeza en un

pañolón oscuro, seguida de don Rafael.

Alicia, asustada en las tinieblas, empezó a llamarme desde su cuarto:

—Arturo, ¿sentiste? ¡Ha llegado gente!

—¡Sí, no te afanes, no vengas! Es el dueño de la casa.

Cuando en franela y sin sombrero salí al aire libre, iba un grupo bajo los

platanales llevando un hachón encendido. La cadena de la curiara sonó al

atracar y desembarcaron dos hombres armados.

—¿Qué ha pasado por aquí? —dijo uno, abrazando secamente a la niña

Griselda.

—¡Náa, náa! ¿Por qué te aparecés a semejante hora?

—¿Qué huéspedes han llegado?

—Don Rafael y dos compañeros, hombre y mujé.

Franco y don Rafo, después de un apretón amistoso, regresaron con los del

grupo hacia la cocina.

—Me vine alarmadísimo porque esta noche al yegar al hato con la torada supe

que Barrera había mandado una comisión. No querían prestarme cabayo, pero

apenas comenzó la «juerga» me traje la curiara de ayá. ¿A qué vinieron esos

forajidos?

—A quitarme el «chucho» —repuso humildemente don Rafo.

—¿Y qué pasó, Griselda?

—¡Na! Si má, hay camorra, porque el «guatecito» se les encaró «cachiblanco»

en mano. ¡Un horror! ¡Nos hizo chiyá!

—Seguí pa dentro —agregó de repente la patrona, lívida, trémula, y mientras

les daban el trago de café— guindá tu chinchorro en el correor, porque toy

en el cuarto con la doña.

—De ningún modo: Alicia y yo nos alojaremos en la enramada —dije avanzando

hacia el corrillo.

—Usté no manda aquí —replicó la niña Griselda esforzándose por sonreír—.

Venga, conozca a este yanero, que es el mío.

—Servidor de usted —repuse devolviendo el abrazo.

—¡Cuente conmigo! Basta que usted sea compañero de don Rafael.

—¡Y si vieras con qué trozo de mujé se ha enyugao! ¡Coloraíta que ni un

merey! ¡Y las manos que tiene pa cortá la sea, y lo modosa pa enseñá!

—Pues manden a sus nuevos criados —repetía Franco.

Era cenceño y pálido, de mediana estatura, y acaso mayor que yo. Cuadrábale

el apellido al carácter y su fisonomía y sus palabras eran menos elocuentes

que su corazón. Las facciones proporcionadas, el acento y el modo de dar la

mano advertían que era hombre de buen origen, no salido de las pampas sino

venido a ellas.

—¿Usted es oriundo de Antioquia?

—Sí, señor. Hice algunos estudios en Bogotá, ingresé luego en el ejército,

me destinaron a la guarnición de Arauca y de allí deserté por un disgusto

con mi capitán. Desde entonces vine con Griselda a calentar este rancho,

que no dejaré por nada en la vida. —Y recalcó—: ¡Por nada en la vida!

La niña Griselda, con mohín amargo, permanecía muda. Como advirtiera que

estaba en traje de alcoba, se fue con pretexto de vestirse, llevando dentro

de la mano ahuecada la luz de una vela.

Y no volvió más.

Mientras tanto, la vieja Tiana hacía llamear el fogón de tres piedras sobre

las cuales pendía un alambre para colgar el caldero o la «marma». Al tibio

parpadear de la lumbre nos sentamos en círculo, sobre raíces de guadua o

sobre calaveras de caimán que servían de banquetas. El mocetón que llegó

con Franco me miraba con simpatía, sosteniendo entre las rodillas desnudas

una escopeta de dos cañones. Como sus ropas estaban húmedas, desarremangóse

los calzoncillos y los oreaba sobre las pantorrillas de nudosos músculos.

Llamábase Antonio Correa y era hijo de Sebastiana tan cuadrado de espaldas

y tan fornido de pecho, que parecía un ídolo indígena.

—Mamá —dijo rascándose la cabeza— ¿cuál jué el entrometío que yevó al hato

el chisme de la mercancía?

—Eso no tié náa de malo: avisando se vende.

—Sí, pero ¿qué jué a hacé ayá la tarde que yegaron estos blancos?

—¡Yo qué sé! Lo mandaría la niña Griselda.

En esta vez fue Franco quien hizo el mohín. Después de corto silencio

indagó:

—Mulata, ¿cuántas veces ha venido Barrera?

—Yo no he reparao. Yo vivo ocupáa aquí en mi cocina.

Saboreado el café y referido por don Rafo algún incidente de nuestro viaje,

repreguntó Franco, obedeciendo a su obstinada preocupación:

—¿Y el Miguel y el Jesús qué han estao haciendo? ¿Buscaron los marranos en

la sabana? ¿Compusieron el tranquero de los corrales? ¿Cuántas vacas

ordeñan?

—Sólo dos de ternero grande. Las otras las hizo soltá la niña Griselda

porque ya empieza a habé plaga y los zancúos matan las crías.

—¿Y dónde están esos flojos?

—Miguel con calentura. No se quié hace el remedio: son cinco hojitas de

borraja, pero arrancás de pa arriba, porque de pa abajo proúcen vómito. Ahí

le tengo el cocimiento, pero no lo traga. Y eso que ta enviajao pa las

caucherías. ¡Se la pasa jugando naipes con el Jesús, y ése sí que ta perdío

por irse!

—Pues que se larguen desde ahora, en la curiara del hato, y no vuelvan más.

No tolero en mi posada ni chismosos ni espías. Mulata, asómate al caney y

diles que desocupen: ¡que ni me deben, ni les debo!

Cuando salió Sebastiana, preguntó don Rafael por la situación del hato:

¿Era verdad que todo andaba «manga por hombro»?

—Ni sombra de lo que usted conoció. Barrera lo ha trastornado todo. Ayá no

se puede vivir. Mejor que le prendieran candela.

Luego refirió que los trabajos se habían suspendido porque los vaqueros se

emborrachaban y se dividían en grupos para toparse en determinados sitios

de la llanada, donde, a ocultas, les vendían licor los áulicos de Barrera.

Unas veces dejaban matar los caballos, entregándose estúpidamente a los

toros; otras, se dejaban coger de la soga, o al «colear» sufrían golpes

mortales; muchos se volvían a «juerguear» con Clarita; éstos derrengaban

los rangos apostando carreras, y nadie corregía el desorden ni normalizaba

la situación, porque ante el señuelo del próximo viaje a las caucherías

ninguno pensaba en trabajar cuando estaba en vísperas de ser rico. De esta

suerte, ya no quedaban caballos mansos sino potrones, ni había vaqueros

sino enfiestados; y el viejo Zubieta, el dueño del hato, borracho y gotoso,

ignorante de lo que pasaba, esparrancábase en el chinchorro a dejar que

Barrera le ganara dinero a los dados, a que Clarita le diera aguardiente

con la boca, a que la peonada del enganchador sacrificara hasta cinco reses

por día, desechando, al desollarlas, las que no parecieran gordas.

Y para colmo, los indios guahibos de las costas del Guanapalo, que

flechaban reses por centenares, asaltaron la fundación del Hatico,

llevándose a las mujeres y matando a los hombres. Gracias a que el río

detuvo el incendio, pero hasta no sé qué noche, se veía el lejano

resplandor de la candelada.

—¿Y qué piensa usted hacer con su fundación? —pregunté.

—¡Defenderla! Con diez jinetes de vergüenza, bien encarabinados, no

dejaremos indio con vida.

En ese instante volvió Sebastiana:

—Ya se fueron —dijo.

—Mamá, cuidao se yevan mi «tiple».

—Que si no manda razón alguna.

—Sí: al viejo Zubieta que no me espere. Que le sigo dirigiendo la vaquería

cuando me dé mejores yaneros.

En pos de la mulata salimos al patio. La noche estaba obscura y comenzaba a

lloviznar. Franco nos siguió a la sala y se tendió en la barbacoa. Afuera

los que se marchaban cantaron a dúo:

:::Corazón no seas caballo;

:::aprendé a tener vergüenza;

:::al que te quiera, querelo,

:::y al que no, no le hagás fuerza.

Y la pala del remo en la onda y el repentino rebotar de la lluvia apagaron

el eco de la tonada.

* * *

Pasé mala noche. Cuando menudeaba el canto de los gallos conseguí quedarme

dormido. Soñé que Alicia iba sola, por una sabana lúgubre, hacia un lugar

siniestro donde la esperaba un hombre, que podía ser Barrera. Agazapado en

los pajonales iba espiándola yo, con la escopeta del mulato en balanza; mas

cada vez que intentaba tenderla contra el seductor, se convertía entre mis

manos en una serpiente helada y rígida. Desde la cerca de los corrales, don

Rafo agitaba el sombrero exclamando: ¡Véngase! ¡Eso ya no tiene remedio!

Veía luego a la niña Griselda, vestida de oro, en un país extraño,

encaramada en una peña de cuya base fluía un hilo blancuzco de caucho. A lo

largo de él lo bebían gentes innumerables echadas de bruces. Franco,

erguido sobre un promontorio de carabinas, amonestaba a los sedientos con

este estribillo: «¡Infelices, detrás de estas selvas está ‘el más allá’!» y

al pie de cada árbol se iba muriendo un hombre, en tanto que yo recogía sus

calaveras para exportarlas en lanchones por un río silencioso y oscuro.

Volvía a ver a Alicia, desgreñada y desnuda, huyendo de mí por entre las

malezas de un bosque nocturno, iluminado por luciérnagas colosales. Llevaba

yo en la mano una hachuela corta, y, colgando al cinto, un recipiente de

metal. Me detuve ante una araucaria de morados corimbos, parecida al árbol

del caucho, y empecé a picarle la corteza, para que escurriera la goma.

«¿Por qué me desangras?», suspiró una voz desfalleciente. «Yo soy tu

Alicia, y me he convertido en una parásita».

Agitado y sudoroso desperté como a las nueve de la mañana. El cielo,

después de la lluvia anterior, resplandecía lavado y azul. Una brisa

discreta suavizaba los grandes calores.

—Blanco, aquí tá el desayuno —murmuró la mulata—. Don Rafo y los hombres

montaron, y las mujeres tán bañándose.

Mientras que yo desayunaba, sentóse en el suelo y comenzó a ajustar con los

dientes la cadenita de una medalla que llevaba al cuello. Resolví ponerme

esta prenda, porque tá bendita, y es milagrosa. A vé si el Antonio se anima

a cebarme. Por si me dejare desamparáa, le di en el café el corazón de un

pajarito llamao «piapoco». Puée irse muy lejos y corré tierras; pero onde

oiga cantá otro pájaro semejante, se pondrá triste y tendrá que volverse,

porque la «guiña» tá en que viene la pesaúmbre a poné de presente la patria

y el rancho y el queré olvida, y tras los suspiros tiée que encaminarse el

suspiraor o se muere de pena. La medalla también ayúa si se le cuelga al

que se va.

—¿Y Antonio pretende ir al Vichada?

—Quien sabe. Franco no quiere desarraigarse, pero la mujé tá enviajáa.

Antonio hace lo que le diga el hombre.

—¿Y anoche, por qué se fueron los muchachos?

—El hombre no los aguantó má. Ta malicioso. El Jesús jué al hato la

tardecita que yegaron ustées, no a yamá al Barrera, sino a decile que no

arrimara porque no se podía. Esto jué tóo. Pero el hombre es avispao y los

despachó.

—¿Barrera viene frecuentemente?

—Yo no sé. Si acaso habla con la Griselda es en el caño, porque ella, en

achaque del anzuelito anda remolona con la curiara. Barrera es mejó que el

hombre; Barrera es una oportunidá. Pero el hombre es «atravesao» y la mujé

le tiée mieo dende lo acontecío en Arauca. Le soplaron que el Capitán

andaba tras de ella y le madrugó: ¡con dos puñaláas tuvo!

En ese momento, interrumpiéndose el palique, avanzaban en animado trío,

Alicia, la niña Griselda y un hombre elegante, de botas altas, vestido

blanco y fieltro gris.

—Ahí tá don Barrera. ¿No lo quería conocé?

—Caballero —exclamó inclinándose—, doble fortuna es la mía que,

impensadamente, me pone a los pies de un marido tan digno de su linda

esposa.

Y sin esperar otra razón, besó en mi presencia la mano de Alicia.

Estrechando luego la mía, añadió zalamero:

—Alabada sea la tierra que ha esculpido tan bellas estrofas. Regalo de mi

espíritu fueron en el Brasil, y me producían suspirante nostalgia, porque

es privilegio de los poetas encadenar al corazón de la patria los hijos

dispersos y crearle súbditos en tierras extrañas. Fui exigente con la

fortuna, pero nunca aspiré al honor de declararle a usted, personalmente,

mi admiración sincera.

Aunque estaba prevenido contra ese hombre, confieso que fui sensible a la

adulación y que sus palabras templaron el disgusto que me produjo su

cortesanía con mi garbosa daifa.

Pidiónos perdón por entrar en la sala con botas de campo; y después de

averiguar por la salud del dueño de casa, me suplicó que le aceptara una

copa de whisky. Ya había advertido yo que la niña Griselda traía la botella

en la mano.

Cuando Sebastiana colocó sobre la barbacoa los pocillos y el hombre se

inclinó a colmarlos, observé que éste llevaba al cinto niquelado revólver y

que la botella no estaba llena.

Alicia, mirándome, se resistía a tomar.

—Otra copita, señora. Ya se convenció usted de que es licor suave.

—¡Cómo! —dije ceñudo—. ¿Tú también has bebido?

—Insistió tanto el señor Barrera... Y me ha regalado este frasco de perfume

—musitó, sacándolo del cestillo donde lo tenía oculto.

—Un obsequio insignificante. Perdone usted, lo traía especialmente...

—Pero no para mi mujer. ¡Quizá para la niña Griselda! ¿Acaso ya los tres se

conocían?

—Absolutamente, señor Cova; la dicha me había sido adversa.

Alicia y la niña Griselda enrojecieron.

—Supe —aclaró el hombre— que ustedes estaban aquí por noticias de unos

mozuelos que anoche llegaron al hato. Inmenso pesar me causó la nueva de

que seis jinetes ladrones sin duda, habían pretendido expropiar en mi

nombre una mercancía; y tan pronto como amaneció, me encaminé a presentar

mis respetuosas protestas contra el atentado incalificable. Y ese whisky y

ese perfume, ofrendas humildes de quien no tiene, fuera de su corazón, más

que ofrecer, estaban destinados a corroborar la ferviente adhesión que les

profeso a los dueños de casa.

—¿Oyes, Alicia? Dale ese frasco a la niña Griselda.

—¿Y luego no son también ustées dueños de este rancho? —apuntó la patrona,

con voz resentida.

—Como tales los considero yo, porque dondequiera que lleguen, son, por

derecho de simpatía, amos de cuanto los rodea.

A pesar de mi semblante agresivo, el hombre no se desconcertó; mas dióle al

discurso giro diverso; sucedían tantas cosas en Casanare, que daba grima

pensar en lo que llegaría a convertirse esa privilegiada tierra, fuerte

cuna de la hospitalidad, la honradez y el trabajo. Pero con los asilados de

Venezuela que la infestaban como dañina langosta, no se podía vivir.

¡Cuánto había sufrido él con los voluntarios que le pedían enganche!

¡Tantos se le presentaban explotando la condición de los desterrados

políticos, y eran vulgares delincuentes, prófugos de penitenciarías! Mas

era peligroso rechazarlos de plano, en previsión de algún desmán.

Indudablemente a esta clase pertenecían los que pretendieron desvalijar a

don Rafael. Jamás podría indemnizarlo la empresa del Vichada de tantos

disgustos. Era verdad, y sería ingratitud no reconocerlo y proclamarlo, que

le había hecho distinciones honrosas. Primero lo envió al Brasil,

residencia de los principales accionistas, con un gran cargamento de

caucho, y ellos le rogaron que aceptara la gerencia de la explotación; mas

la rehusó por carecer de aptitudes. ¡Ah! ¡Si entonces hubiera adivinado que

yo quería habitar el desierto! Si yo pudiese indicarle un candidato, con

cuánto orgullo propondría su nombre; y si ese candidato quisiera irse con

él, en la seguridad de que sería nombrado...

—Señor Barrera —interrumpí— jamás tuve noticias de que en el Vichada

hubiera empresas de la magnitud de la suya.

—¡Mía, no; mía, no! Soy un modesto empleado a quien solo le pagan dos mil

libras anuales, fuera de gastos.

Audazmente fijó en mí los ojos sobornadores, pasóse por el rostro un

pañuelo de seda, acarició el nudo de la corbata y se despidió,

encareciéndonos una y otra vez que saludáramos a los caballeros ausentes y

les transmitiéramos su protesta contra el abuso de los salteadores. Sin

embargo, él pensaba volver otro día a presentarla personalmente.

La niña Griselda lo acompañó hasta el caño, y allí se detuvo más tiempo del

que requiere una despedida.

—¿De dónde salió este sujeto? —dije en tono brusco, encarándome con Alicia,

apenas quedamos solos.

—Llegó a caballo por aquella costa y la niña Griselda lo pasó en la

curiara.

—¿Tú lo conocías?

—No.

—¿Te parece interesante?

—No.

—¿Resuelves aceptar el perfume?

—No.

—¡Muy bien! ¡Muy bien!

Y rapándole el frasco del bolsillo del delantal, lo estrellé con furia en

el patio, casi a los pies de la niña Griselda que regresaba.

—¡Cristiano, usté tá loco, usté tá loco!

Alicia, entre humillada y sorprendida, abrió la máquina y empezó a coser.

Hubo momentos en que sólo se oía el ruido de los pedales y el charloteo del

loro en la estaca.

La niña Griselda, comprendiendo que no debía abandonarnos, dijo, sonreída y

astuta:

—Esos caprichos de este Barrera sí que me hacen gracia. Ora se le ha

encajao la idea de conseguí unas esmeraldas y les ha puesto el ojo a las de

mis «candongas». ¡De las orejas me las robaría!

—No sea que se las lleve con su cabeza —repliqué, realzando la sátira con

una carcajada eficaz.

Y me fuí a los corrales, sin escuchar las alarmadas disculpas.

—¡Bien hace en no discutí conmigo, porque se la yevo ganáa!

Trepado en la «talanquera» daba desahogo a mi acritud, al rayo del sol,

cuando vi flotar a lo lejos, por encima de los morichales, una nube de

polvo, ondulosa y espesa. A poco, por el lado opuesto, divisé la silueta de

un jinete que, desalado, cruzaba a saltos las ondas pajizas de la llanura,

volteando la soga y revolviéndose presuroso. Un gran tropel hacía vibrar la

pampa, y otros vaqueros atravesaron el «banco» antes que la yeguada

apareciera a mi vista, de cuyo grupo desbandábase a veces alguna potranca

cerril, loca de juventud, quebrándose en juguetones corcovos. Oía ya

claramente los gritos de los jinetes que ordenaban abrir el tranquero; y

apenas tuve tiempo de obedecerles, cuando se precipitó en el corral el

«atajo», nervioso, bravío, resoplador.

Franco, don Rafael y el mulato Correa se apearon de sus trotones jadeantes

que, sudando espuma, refregaban contra la cerca las cabezas estremecidas.

—Egoístas, ¿por qué no me convidaron?

—El que primero madruga comulga dos veces. Ya lo veremos enlazar en otra

ocasión.

En tanto que aseguraban las puertas de los reductos liándoles gruesos

travesaños, acudieron las mujeres a contemplar por entre los claros del

«palo a pique», la yeguada pujante, que se revolvía en círculo, ganosa de

atropellar el encierro. Alicia, que traía en la mano su tela de labor,

chillaba de entusiasmo al ver la confusión de ancas lucientes, crines

huracanadas, cascos sonoros. ¡Aquél para mí! ¡Éste es el más lindo! ¡Miren

el otro como patea! Y de los ijares convulsos, del polvo pisoteado y de los

relinchos rebeldes, ascendía un hálito de alegría, de fuerza y brutalidad.

Correa estaba feliz.

—¡Cogimos el resabiao! ¡Es aquel padrote negro, crinúo patiblanco! ¡Se le

negó su día, y más vale que no hubiera nacío! ¡No he visto zambo que no le

tenga mieo, pero ya dirán ustées si tumba al hijo e mi máma!

—Mulato condenao, ¿qué vas a hacé? —gruñó la vieja—. ¿Pensás que ese cabayo

te ha parío?

Estimulado por nuestra presencia, le dijo a Alicia:

—Le voy a dedicá la faena. ¡Apenas almuercen, me monto!

Y como percibiera el olor de la esencia derramada en el patio, dilató las

ventanillas de la nariz repitiendo:

—¡Ah!... ¡Güele a mujé, güele a mujé!

No quiso almorzar. Echóse a la boca un puñado de plátano frito, deshilachó

un trozo de carne y remojó la lengua con café cerrero. Mientras tanto,

entre el refunfuño de Sebastiana, montura al hombro, salió a esperarnos en

el corral.

También fuimos parcos en el comer, por la exaltación de ánimo, agravada con

la novedad del espectáculo próximo. Alicia, en breve rezo mental,

encomendaba el mulato a Dios.

—¡Hombres! —plañía Sebastiana— no vayan a dejá que esa bestia me mate al

«motoso».

Sacamos las sogas, de cuero peludo, y unas maneas cortas, llamadas

«sueltas», de medio metro de longitud, en cuyos extremos se abotonaban

gruesos anillos de fique trenzado.

Como el potro esquivaba los lazos, agachándose entre el tumulto, ordenó

Franco dividir la yeguada, para lo cual se abrió el tranquero de la

corraleja contigua. Cuando el caballo quedó solo, atrevió las manos contra

la cerca, a tiempo que el mulato lo «arropó» con la soga. Grandes saltos

dio el animal, agachando la maculada cerviz en torno de la horqueta del

«botalón» donde humeaba la cuerda vibrante; y al extremo de ella se colgó

colérico, ahorcándose en hipo angustioso, hasta caer en tierra,

desfallecido, pataleador.

Franco sentósele en el ijar, y agarrándolo por las orejas le dobló sobre el

dorso el gallardo cuello, mientras el mulato lo enjaquimaba después de

ajustarle las sueltas y de amarrarle un rejo en la cola. De esta manera lo

sometían, y en vez de cabestrearlo por la cabeza, lo tiraban del rabo,

hasta que el infeliz, debatiéndose contra el suelo, quedó fuera de los

corrales. Allí lo vendamos con la testera y la montura le oprimió por

primera vez los lomos indómitos.

En medio de vociferante trajín soltaron las yeguas, que se adueñaron de la

llanura; y el semental, puesto de frente a la planicie, temblaba receloso,

enfurecido.

Al tiempo de zafarle las maneas, exclamó el jinete:

—¡Máma, a ve el escapulario!

Franco y don Rafael requirieron las cabalgaduras, mas el domador impidió

que le sujetaran el potro:

—Quédense atrá, y si quiee voltearse, échenle rejo pa evitá que me coja

debajo.

Luego, entre los gritos de Sebastiana, se suspendió del cuello la reliquia,

santiguóse, y con gesto rápido destapó el animal.

Ni la mula cimarrona que manotea espantada si el tigre se le monta en la

nuca; ni el toro salvaje que brama recorriendo el circo apenas le clavan

las banderillas, ni el manatí que siente el arpón, gastan violencia igual a

la de aquel potro cuando recibió el primer latigazo. Sacudióse con berrido

iracundo, coceando la tierra y el aire en desaforada carrera, ante nuestros

ojos despavoridos, en tanto que los amadrinadores lo perseguían, sacudiendo

las ruanas. Describió grandes pistas a brincos tremendos, y tal como

pudiera corcovear un centauro, subía en el viento, pegada a la silla, la

figura del hombre, como torbellino, del pajonal, hasta que sólo se miró a

lo lejos la nota blanca de la camisa.

Al caer la tarde regresaron. Las palmeras los saludaban con tremulantes

cabeceos.

Llegó el potro quebrantado, sudoroso, molido, sordo a la fusta y a la

espuela. Ya sin taparlo, le quitaron la silla, maneáronlo a golpes y quedó

inmóvil y solo a la vera del llano.

Gozosos abrazamos a Correa.

—¿Qué opina de mi «patojo»? —repetía Sebastiana orgullosa.

—A él se le debe todo —apuntó Franco—. Tuvo la idea de ofrecerles la mejor

fiesta de Casanare. Por casualidad encerramos las yeguas del hato y cogimos

ese potro, que es mío y de ustedes. Ya vieron lo que pasó.

Al venir la noche, aquel rey de la pampa, humillado y maltrecho, despidióse

de sus dominios, bajo la luna llena, con un relincho desolado.

* * *

Confieso, arrepentido, que en aquella semana cometí un desaguisado. Di en

enamorar a la niña Griselda, con éxito escandaloso.

En los días que Alicia tuvo fiebres, le prodigué las más delicadas

atenciones; mas ahora, consultando mi conciencia, comprendo que el regocijo

de barajarme con la patrona en los cuidados de la enfermería, me importaba

tanto como la enferma.

La niña Griselda pasó una vez cerca de mi chinchorro y con mano insinuante

la cogí del cuadril. Cerrando el puño, hizo ademán de abofetearme, miró

hacia donde Alicia dormía y me sacudió con un cosquilleo.

—Pocapena, ya sabía que eras «alebrestao».

Al inclinarse sobre mi pecho, sus zarcillos, columpiados hacia delante, le

golpeaban los pómulos.

—¿Éstas son las esmeraldas que ambiciona Barrera?

—Sí, pero dejálas pa vos.

—¿Cómo podría quitarlas?

—Así, dijo, mordiéndome bruscamente la oreja. Y, ahogada en risa, me dejó

solo. Luego, con el dedo en la boca, regresó para suplicarme:

—¡Que no lo vaya a sabé mi hombre! ¡Ni tu mujé!

Sin embargo, la lealtad me dominó la sangre, y con desdén hidalgo puse en

fuga la tentación. Yo, que venía de regreso de todas las voluptuosidades,

¿iba a injuriar el honor de un amigo, seduciendo a su esposa, que para mí

no era más que una hembra, y una hembra vulgar? Mas en el fondo de mi

determinación corría una idea mentora: Alicia me trataba ya no sólo con

indiferencia sino con mal disimulado desdén. Desde entonces comencé a

apasionarme por ella y hasta me dio por idealizarla.

Creí haber sido miope ante la distinción de mi compañera. En verdad no es

linda, mas por donde pasa los hombres sonríen. Placíame sobre todo otro

encanto, el de su mirada tristona, casi despectiva, porque la desgracia le

había contagiado el espíritu de una reserva dolorosa. En sus labios

discretos apaciguábase la voz con un dejo de arrullo, con acentuación

elocuente, a tiempo que sus grandes pestañas se tendían sobre los ojos de

almendra oscura, con un guiño confirmador. El sol le había dado a su cutis

un tinte levemente moreno y, aunque era carnosa, me parecía más alta, y los

lunares de sus mejillas más pálidos.

Cuando la conocí, me dio la impresión de la niña apasionada y ligera.

Después llevaba el nimbo de su pesadumbre digna y sombríamente, por la

certeza de la futura maternidad. Un día provoqué la suprema revelación, y

casi con enojo repuso:

—¿No te da pudor?

Trajeada de olanes claros, era más fresca con el sencillo descote y con el

peinado negligente, en cuyos rizos parecía aletear la cinta de seda azul,

anudada en forma de mariposa. Cuando se sentaba a coser, tendíame en el

chinchorro frontero, aparentando no reparar en ella, pero mirándola a

hurtadillas; y llenábame de impaciencia la frialdad de su trato, a tal

punto, que repetidas veces la interrogué colérico:

—¿Pero no estoy hablando contigo?

Ávido de conocer la causa de su retraimiento, llegué a pensar que estuviera

celosa, e intenté hacer leve alusión a la niña Griselda, con quien se

mantenía en roce constante y solía llorar.

—¿Qué te dice de mí la patrona?

—Que eres inferior a Barrera.

—¡Cómo! ¿En qué sentido?

—No sé.

Esta revelación salvó definitivamente el honor de Franco, porque desde ese

momento la niña Griselda me pareció detestable.

—¿Inferior porque no la persigo?

—No sé.

—¿Y si la persiguiera?

—Que responda tu corazón.

—Alicia, ¿has visto algo?

—¡Qué ingenuo eres! ¿Todas se enamoran de ti?

Me provocó en ese instante, herido en mi orgullo, desnudarme los brazos y

gritarle una y otra vez: ¡Imbécil, pregunta quien me dio estos mordiscos!

Don Rafo apareció en el umbral.

* * *

Venía del hato, a donde fue esa mañana a ofrecer los caballos. Franco y la

niña Griselda, que lo acompañaron, regresarían por la tarde. Él se vino

pronto, aprovechando la curiara, para consultarme un negocio y requerir mi

consentimiento. El viejo Zubieta daba al fiado mil o más toros, a bajo

precio, a condición de que los cogiéramos, pero exigía seguridades y Franco

arriesgaba su fundación con ese fin. Era la oportunidad de asociarnos: la

ganancia sería cuantiosa.

Gozoso le dije a don Rafo:

—¡Haré lo que ustedes quieran! —Y agregué estrechando a Alicia en mis

brazos—: ¡Ese dinero será para ti!

—Yo daré mis caballos como aporte y volaré a Arauca a exigir la cancelación

de algunas deudas. Podré reunir hasta mil pesos, y con esa suma se harán,

en parte, los gastos de «saca». Además, empeñada la fundación, el viejo

cerrará el negocio con Franco, de cuyos servicios necesita siempre, y más

ahora que la ganadería está paralizada por el desorden de los vaqueros.

—Tengo aún treinta libras en el bolsillo. ¡Aquí están, aquí están! Sólo

restaré algo para ciertos gastos de Alicia y para pagar nuestra permanencia

en esta casa.

—¡Muy bien! Marcharé dentro de tres días, y aquí me tendrán a mediados del

mes entrante, antes de las grandes lluvias, porque ya el invierno se

acerca. A fines de junio llegaremos a Villavicencio con el ganado. ¡Luego,

a Bogotá! ¡A Bogotá!

Cuando Alicia y don Rafael salieron al patio, abrió mi fantasía las alas.

Me vi de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis aventuras de

Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza, viéndoles felicitarme, entre

sorprendidos y envidiosos. Los invitaría a comer a mi casa, porque ya para

entonces tendría una propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí

los congregaría para leerles mis últimos versos. Con frecuencia Alicia nos

dejaría solos, urgida por el llanto del pequeñuelo, llamado Rafael, en

memoria de nuestro compañero de viaje.

Mi familia, realizando un antiguo proyecto, se radicaría en Bogotá; y

aunque la severidad de mis padres los indujera a rechazarme, les mandaría a

la nodriza con el pequeño los días de fiesta. Al principio se negarían a

recibirlo, mas luego, mis hermanas, curiosas, alzándolo en los brazos,

exclamarían: «¡Es el mismo retrato de Arturo!». Y mi mamá, bañada en

llanto, lo mimaría gozosa, llamando a mi padre para que lo conociera; mas

el anciano, inexorable, se retiraría a sus aposentos, trémulo de emoción.

Poco a poco, mis buenos éxitos literarios irían conquistando el indulto.

Según mi madre, debía tenérseme lástima. Después de mi grado en la Facultad

se olvida todo. Hasta mis amigas, intrigadas por mi conducta, disimularían

mi pasado con esta frase: ¡Esas cosas de Arturo...!

—Venga usted acá, soñador —exclamó don Rafo— a saborear el último brandy de

mis alforjas. Brindemos los tres por la fortuna y el amor.

—¡Ilusos! ¡Debimos brindar por el dolor y la muerte!

* * *

El pensamiento de la riqueza se convirtió en esos días en mi dominante

obsesión, y llegó a sugestionarme con tal poder, que ya me creía ricacho

fastuoso, venido a los llanos para dar impulso a la actividad financiera.

Hasta en el acento de Alicia encontraba la despreocupación de quien cuenta

con el futuro, sostenido por la abundancia del presente. Verdad que ella

seguía enclaustrada en su misterio, mas yo me agasajaba con esta seguridad:

son extravagancias de mujer rica.

Cuando Fidel me avisó que el contrato se había perfeccionado, no tuve la

menor sorpresa. Parecióme que el administrador de mis bienes estaba

rindiéndome un informe sobre el modo acertado como había cumplido mi

voluntad.

—¡Franco, esto saldrá a pedir de boca! ¡Y si el negocio fallare, tengo

mucho con qué responder!

Entonces Fidel, por primera vez, me averiguó el objeto de mi viaje a las

pampas. Lúcidamente, ante la posibilidad de que mi compañera hubiera

cometido alguna indiscreción, respondí.

—¿No habló usted con don Rafael? —y añadí, después de la negativa:

—¡Caprichos, caprichos! Se me antojó conocer a Arauca, bajar el Orinoco y

salir a Europa. ¡Pero Alicia está tan maltratada que no sé qué hacer!

Además, el negocio no me disuena. Haremos algo.

—Pena me da que esta «pechugona» de Griselda quiera convertir en una

modista a la señora de usted.

—Despreocúpese. Alicia encuentra distracción en practicar lo que le

enseñaron en el colegio. En casa divide el tiempo entre la pintura, el

piano, los bordados, los encajes...

—Sáqueme de una duda: ¿Los cabayos de don Rafo se los dio usted?

—¡Ya sabe cuánto lo estimo! ¡Me robaron el mejor, ensillado, y todo el

equipaje!

—Sí, me contó don Rafo... Pero quedan algunos buenos.

—Regulares; los de nuestras monturas.

—Al viejo Zubieta le gustarán. ¡Qué casualidad ésta del negocio, con un

hombre tan desconfiado! Probablemente nos hizo el ofrecimiento en previsión

de que Barrera «se le atravesara». Nunca había vendido semejante cosecha.

Les respondía a los compradores: ¡si ya no tengo que vender! ¡Sólo me

quedan cuatro bichitos! Y para estimularlo a la venta, se le debían

depositar, con pretexto de que las guardara, las libras destinadas al

trato, en la seguridad de que el oro se quedaría allí. Una vez tuvo esa

táctica un «saquero» de Sogamoso, hombre corrido y negociante avisado,

quien, para ganarse la voluntad del abuelo, duró borracho con él varios

días. Mas cuando fueron a separar la torada, extendió Zubieta su bayetón

fuera de los corrales y desnudó la mochila del cliente, advirtiéndole: «A

cada torito que salga, écheme aquí una morrocotica, porque yo no entiendo

de números». Agotado el depósito, insinuó el «reinoso»: «¡Me faltó dinero!

¡Fíeme los animalitos restantes!». Zubieta sonrió: «¡Camaráa, a usté no le

falta dinero; es que a mí me sobra ‘ganao’!».

Y recogiendo el bayetón regresó irreductible.

Satisfecho de mi fortuna, escuchaba la anécdota.

—Franco —le dije, golpeándole el hombro—. ¡No se sorprenda usted de nada!

El viejo sabe lo que hace. ¡Habrá oído mi nombre...!

* * *

—¡Veleta, veleta, cómo tas de cambiao!

—Hola, niña Griselda, ¿qué es ese tuteo?

—¿Tas entonao por el negocio? Pa morrocotas, el Vichada. Yévame. ¡Quiero

irme con vos!

Se echó a abrazarme, pero la aparté con el codo. Ella vaciló, sorprendida.

—¡Ya sé, ya sé! ¡Le tenés «terronera» a mi marío!

—¡Le tengo aversión a usted!

—¡Desagradecío! La niña Alicia no sabe náa. Sólo me encargó que no te

creyera.

—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

—Que el yanero es el sincero; que al serrano ni la mano.

Pálido de cólera, entré en la sala.

—¡Alicia, no me agrada tu compañerismo con la niña Griselda! ¡Puede

contagiarte su vulgaridad! ¡No conviene que sigas durmiendo en su cuarto!

—¿Quieres que te la deje sola? ¿No respetarás ni al dueño de casa?

—¡Escandalosa! ¿Vuelven ya tus celos ridículos?

La dejé llorando y me fuí al caney. La vieja Tiana prendía remiendos en la

camisa del mulato, que, semidesnudo, con las manos bajo la cabeza, esperaba

la obra tendido en un cuero.

—Blanco, refrésquese en ese chinchorro. ¡Ta haciendo un caló de agua!

En vano pretendía conciliar el sueño. Me importunaba el cacareo de una

gallina que escarbaba en el zarzo, mientras sus compañeras, con los picos

abiertos, acezaban a la sombra, indiferentes al requiebro del gallo que

venía a arrastrarles el ala.

—¡Estas condenáas no dejan ni dormí!

—Mulata —le dije— ¿cuál es tu tierra?

—Esta onde me hayo.

—¿Eres colombiana de nacimiento?

—Yo soy únicamente yanera, del lao de Manaure. Dicen que soy craveña, pero

yo no soy del Cravo; que pauteña, pero no soy del Pauto. ¡Yo soy de todas

estas yanuras! ¡Pa qué más patria, si son tan beyas y tan dilatáas! Bien

dice el dicho: ¿Onde ta tu Dios? ¡Onde te salga el sol!

—¿Y quien es tu padre? —le pregunté a Antonio.

—Mi mamá sabrá.

—¡Hijo, lo importante es que hayás nacío!

Con doliente sonrisa, indagué:

—Mulato, ¿te vas al Vichada?

—Tuve cautivao unos días, pero lo supo el hombre y me «empajó». Y como

dicen que son montes y más montes, onde no se puée andá a cabayo, ¡eso pa

qué! A mí me pasa lo que al ganao: sólo quero los pajonales y la libertá.

—Los montes pa los indios —agregó la vieja.

—A los «pelaos» también les gusta la sabana: que lo diga el daño que hacen.

¡En qué no se ve pa enlazá un toro! Necesita hayarse bien remontao y que el

potro empuje. ¡Y eyos los cogen de a pie, a carrera limpia, y los

desjarretan uno tras otro, que da gusto! Hasta cuarenta reses por día, y se

tragan una y las demá pa los «zamuros» y los «caricaris». Y con los

cristianos también son atrevíos: ¡al dijunto Jaspe le salieron del

matorral, casi debajo del cabayo, y lo cogieron en estampía y lo

«envainaron»! Y no valió gritarles. ¡Aposta, andábamos desarmaos, y eyos

eran como veinte y echaban flecha pa toas partes!

La vieja, apretándose el pañuelo que llevaba en las sienes, terció en esta

forma:

—Era que el Jaspe los perseguía con los vaqueros y con el «perraje». Onde

mataba uno, prendía candela y hacía como que se lo taba comiendo asao, pa

que lo vieran los fugitivos o los vigías que atalayaban sobre los moriches.

—Mamá, jué que los indios le mataron a él la familia, y como puaquí no hay

autoridá, tié uno que desenredarse solo. Ya ven lo que pasó en el Hatico:

«machetearon» a tóos los racionales y toavía humean los tizones. Blanco,

¡hay que apandillarnos pa echarles una buscáa!

—¡No, no! ¿Cazarlos como a fieras? ¡Eso es inhumano!

—Pues lo que usté no haga contra eyos, eyos lo harán contra usté.

—¡No contradigas, zambo alegatista! El blanco es más leído que vos.

Preguntále más bien si masca tabaco y dále una mascáa.

—No, gracias, viejita. Eso no es conmigo.

—Ahí tan remendaos tus «chiros» —díjole al mulato, aventándole la camisa—.

¡Ora rómpelos en el monte! ¿Ya trujiste la «vengavenga»? ¿Cuánto hace que

te la han solicitao?

—Si me da café, la traigo.

—¿Y qué es eso de vengavenga?

—Encargos de la patrona. ¡Es la cascarita de un palo que sirve pa enamorá!

* * *

Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis en que la razón trata

de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exuberancia física, mi mal de

pensar, que ha sido crónico, logra debilitarme de continuo, pues ni durante

el sueño quedo libre de la visión imaginativa. Frecuentemente las

impresiones logran su máximum de potencia, en mi excitabilidad, pero una

impresión suele degenerar en la contraria a los pocos minutos de recibirla.

Así, con la música, recorro la gama del entusiasmo para descender luego a

las más refinadas melancolías; de la cólera paso a la transigente

mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la insensatez. En el fondo

de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con

intermitencia.

Mi organismo repudia los excitantes alcohólicos, aunque saben llevar el

marasmo a las penas. Las pocas veces que me embriagué, lo hice por

ociosidad o por curiosidad: para matar el tedio o para conocer la sensación

tiránica que bestializa a los bebedores.

El día que don Rafo se separó de nosotros sentí vago pesar, augurio de

males próximos, certidumbre de ausencia eterna. Yo participaba, al ver que

se iba, del entusiasmo de la empresa, cuyo programa empezaba a cumplirse

con las gestiones encomendadas a él. Pero a la manera que la bruma asciende

a las cimas, sentía subir en mi espíritu el vaho de la congoja

humedeciéndome los ojos. Y bebí con ahínco las copas que precedieron a la

despedida.

Así, por un momento, reconquisté la animación veleidosa; pero mi mente

seguía deprimiéndose con el eco tenaz de los sollozos de Alicia, cuando le

dijo a don Rafael en un abrazo desesperado:

—¡Desde hoy quedaré en el desierto!

Yo entendí que ese desierto tenía algo que ver con mi corazón.

Recuerdo que Fidel y Correa debían acompañar al viajero hasta el propio

Tame, en previsión de que los secuaces de Barrera lo asaltaran. Allí

contratarían vaqueros remontados para nuestra cogienda y no podían tardar

más que una semana en volver a La Maporita.

«En sus manos queda mi casa», había dicho Franco, y yo acepté la comisión

con disgusto. ¿Por qué no me llevaban a las faenas? ¿Imaginarían que era

menos hombre que ellos? Quizás me aventajaban en destreza, pero nunca en

audacia y en fogosidad.

Ese día les cobré repentino resentimiento, y loco de alcohol estuve a punto

de gritar: ¡El que cuida a dos mujeres con ambas se acuesta!

Cuando partieron entré en la alcoba a consolar a Alicia. Estaba de bruces

sobre su catre, oculto el rostro en los brazos, hipante y llorosa. Me

incliné para acariciarla, y apenas hizo un movimiento para alargarse el

traje sobre las pantorrillas. Luego me rechazó con brusquedad.

—¡Quita! ¡Sólo me faltaba verte borracho!

Entonces, en su presencia, le di un abrazo a la patrona.

—¿No es verdad que tú si me quieres? ¿Que sólo he tomado dos copitas?

—Y si las bebieras con cáscaras de quinina, no te darían calenturas.

—¡Sí, amor mío! ¡Lo que tú quieras! ¡Lo que tú quieras!

Indudablemente, fue entonces cuando salió con la botella hacia la cocina y

le puso «vengavenga». Pero yo, a los pies de Alicia, me quedé profundamente

dormido.

Y esa tarde no bebí más.

* * *

Desperté con el alma ensombrecida por la tristeza, huraño y nervioso.

Miguel había llegado del hato en un potro «coscojero» de falsa rienda, y

mantenía conversación en el caney con Sebastiana.

—Vengo a yevá mi gayo y a ve si Antonio me presta su tiple.

—Aquí el que manda ahora es el blanco. Pedile permiso pa cogé tu poyo. El

requinto no lo pueo prestá no tando su dueño.

El hombre, desmontándose, acercóseme tímidamente:

—Ese gayito es mío y lo quero poné en cuerda pa las riñas que vienen. Si me

lo deja yevá, espero que escurezca pa cogelo en el palo.

El recién venido me pareció sospechoso.

—¿No mandó razón ninguna el señor Barrera?

—Pa usté, no.

—¿Para quién?

—Pa naide.

—¿Quién te vendió esa montura? —dije, reconociendo la mía, la misma que me

robaron en Villavicencio.

—Se la mercó el señor Barrera a un guate que vino del interió hace dos

semanas. Dijo que se la vendía porque una culebra le había matao el cabayo.

—¿Y cómo se llama el que la vendió?

—Yo no lo vi. Apenas escuché el cuento.

—¿Y tú acostumbras a usar la silla de Barrera? —rugí, acogotándolo— ¡si no

me confiesas dónde está él, dónde quedó escondido, te trituro a palos! Pero

si eres leal a mi pregunta, te daré el gallo, el tiple y dos libras.

—Suélteme, pa que no malicéen que le confieso.

Lo llevé hacia la corraleja, y me dijo:

—Quedó agazapao en la otra oriya del monte, porque no vido la señal

convenía, es decir, el bayetón extendío en el tranqueo por el lao rojo. Por

eso me mandó con la recomienda de que si no había peligro desensiyara el

rango y lo esperara. El vendrá con la noche, y yo, como aviso debo tocá

tiple, pero no he podido hablá con la mujé.

—¡No le digas nada!

Y lo obligué a desensillar.

Ya había oscurecido, y sólo en el límite de la pampa diluía el crepúsculo

su huella sangrienta. La vieja Tiana salió de la cocina, llevando encendido

el mechero de «kerosén». Las otras mujeres rezaban el rosario con murmullo

lúgubre. Dejé al hombre en espera y me fui al cuartucho de Antonio por el

requinto. A oscuras lo descolgué de la percha y saqué la escopeta de dos

cañones.

Acabado el rezo, me presenté con las manos vacías ante la niña Griselda:

—Un hombre le espera en el patio.

—¡Ah! ¡Miguelito! ¿Vino a buscá el tiple?

—Sí. Es bueno prestárselo. Lléveselo usted. En ese rincón está.

Cuando salió, pretendí, en vano, descubrir en los ojos de Alicia alguna

complicidad. Estaba fatigada, quería recogerse temprano.

—¿No apetece ver la salía de la luna? —propuso Sebastiana.

—No —dije—. La llamaré cuando sea tiempo.

Y con disimulo cogí la botella bajo la ruana. Serenamente, sin que en mi

rostro se delatara el propósito trágico, le advertí a la niña Griselda

apenas regresó:

—Sebastiana puede quedarse aquí en la sala. Yo guindaré mi chinchorro en el

corredor del caney. Necesito aire fresco.

—Eso sí es bien pensao. Con estos calores no se puée dormí —observó la

mulata.

—Si querés —propúsole la patrona— dejá la puerta de par en par.

Al oír esto sentí maligna satisfacción. Di las buenas noches acentuando

estas frases:

—Miguel me ofreció cantar un «corrido». No tardaré en acostarme.

Al breve rato apagaron la luz.

* * *

Mi primer cuidado fue mirar si en el patio estaban los perros. Los llamé en

voz baja, anduve por todas partes con extraordinaria cautela. ¡Nada!

Afortunadamente habrían seguido a los viajeros.

Llegué al caney, orientado por el tabaco que fumaba el hombre.

—Miguelito, ¿quieres un trago?

Devolvióme la botella escupiendo:

—Qué amargo tá ese ron.

—Dime: ¿con quién tiene cita Barrera?

—No sé bien con cuál es.

—¿Con ambas?

—Así será.

El corazón empezó a golpearme el pecho, como un redoblante. En mi garganta

se ahogaba, seca, la voz.

—¿Barrera es un caballero generoso?

—Es de «chuzo». Dicen que da cuanta mercadería quera el solicitante, lo

hace firmá en un libro y le entrega cualquier retazo advirtiendo: «Lo demá

se lo tengo en el Vichada». Yo le he perdío la voluntá.

—¿Y cuánto dinero te dio?

—Cinco pesos, pero me cogió recibo por diez. Me tiée ofrecía una muda nueva

y nada me ha dao. Así con tóos. Ya despachó gente hacia San Pedro de

Arimena, pa que le alisten «bongos» en el Muco. El hato ha quedao casi

solo. Hasta el Jesús ya se largó, pero pasando por Orocué con una razón del

viejo Zubieta pa la autoridá.

—¡Está bien! Toma el requinto y canta.

—Toavía es temprano.

Esperamos casi una hora. La idea de que Alicia me fuera infiel llenábame de

cóleras súbitas, y para no estallar en sollozos me mordía las manos.

—¿Usté piensa matá al hombre?

—¡No, no! Sólo quiero saber a qué viene.

—¿Y si es a toparse con su mujercita?

—Tampoco.

—Pero eso le quedaría feo a usté.

—¿Crees que debo matarlo?

—Ésas son cosas suyas. Lo que ha de tené es cuidao con yo. Aguáitelo en la

talanquera porque me voy a poné a cantá.

Le obedecí. A poco, me dijo:

—No se emborrache. Póngale pulso a la puntería.

Por encima de la platanera tendió más tarde la luna un reflejo indeciso,

que fue dilatándose hasta envolver la inmensidad. El tiple elevó su rasgueo

melancólico en el preludio de la tonada:

:::Pobrecita palomita,

:::que el gavilán la cogió;

:::aquí va la sangrecita

:::por donde se la llevó.

Con el alma en los ojos, tendía yo la escopeta hacia el caño, hacia los

corrales, hacia todas partes. El pavo, desde la cumbrera de la cocina,

hirió la noche con destemplados gritos. Afuera, en alguna senda del

pajonal, aullaron los perros.

:::Aquí va la sangrecita

:::por donde se la llevó.

Las mujeres encendieron luz en el cuarto. La vieja Tiana, como una ánima en

pena, asomó al umbral:

—¡Hola, Miguel!; dice la niña Griselda que dejés dormí.

El cantador enmudeció y fue luego a buscarme.

—Se me olvidó decile que yo estaba obligao a yevarle la curiara. Me voy.

Cuando volvamos, tírele al de adelante. ¡Si le pega, yo se lo echaré a los

caimanes y acabáas son cuentas!

Lo vi alejarse en la embarcación, sobre el agua enlutada donde los árboles

tendían sus sombras inmóviles. Entró luego en la zona oscura del charco, y

sólo percibí el cabrilleo del canalete, rútilo como cimitarra anchurosa.

Esperé hasta la madrugada. Nadie volvió.

¡Dios sabe lo que hubiera pasado!

* * *

Al rayar el día, ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta en el

zarzo. La niña Griselda, que andaba con un cubo rociando las matas, me

observaba inquieta.

—¿Qué tas haciendo?

—Aguardo a Barrera, que amaneció por aquí.

—¡Exagerao! ¡Exagerao!

—Oiga, niña Griselda: ¿cuánto le debemos?

—¡Cristiano! ¿Qué me decís?

—Lo que oye. La casa de usted no es para gentes honradas. Ni a usted le

conviene echarse en el pajonal teniendo su barbacoa.

—¡Ponele freno a tu lengua! Tas bebío.

—Pero no con el licor que le trajo Barrera.

—¿Acaso fue pa mí?

—¿Quiere decir usted que fue para Alicia?

—Vos no la podés obligá ni a que te quiera ni a que te siga, porque el

cariño es como el viento: sopla pa cualquier lao.

Al oír esto, con alterna premura, chupé la botella y bajé el arma. La niña

Griselda salió corriendo. Empujé la puerta. Alicia, a medio vestir, estaba

sentada en el catre.

—¿Comprendes lo que está pasando por ti? ¡Vístete! ¡Vámonos! ¡Aprisa!

¡Aprisa!

—¡Arturo, por Dios!...

—¡Me voy a matar a Barrera en presencia tuya!

—¡Cómo vas a cometer ese crimen!...

—¡No llores! ¿Te dueles ya del muerto?

—¡Dios mío!... ¡Socorro!

—¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos! ¡No estoy loco! ¡Ni

tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No! ¡Mientes! ¡Loco, no! ¡Quítame

ese ardor que me quema el cerebro! ¿Dónde estás? ¡Tiéntame! ¿Dónde estás?

Sebastiana y la niña Griselda se esforzaban por sujetarme.

—¡Calma, calma, por lo más querío! Soy yo. ¿No me conocés?

Me echaron en un chinchorro y pretendieron coserlo por fuera; mas, con

pataleo brutal rompí las cabuyas, y agarrando a la niña Griselda del moño,

la arrastré hasta el patio.

—¡Alcahueta! ¡Alcahueta! —y de un puñetazo en el rostro la bañé en sangre.

Luego, en el delirio vesánico, me senté a reír. Divertíame el zumbido de la

casa, que giraba en rápido círculo, refrescándome la cabeza. «¡Así, así!

¡Que no se detenga porque estoy loco!». Convencido de que era un águila,

agitaba los brazos y me sentía flotar en el viento, por encima de las

palmeras y de las llanuras. Quería descender para levantar en las garras a

Alicia, y llevarla sobre una nube, lejos de Barrera y de la maldad. Y subía

tan alto, que contra el cielo aleteaba, el sol me ardía el cabello y yo

aspiraba el ígneo resplandor.

Cuando la convulsión hizo crisis, intenté caminar, pero sentía correr el

suelo bajo mis plantas en sentido contrario. Apoyándome en la pared, entré

en la sala vacía. ¡Habían huido! Tenía sed y de nuevo apuré la botella.

Recogí el arma y para enfriarme las mejillas las oprimía contra los

cañones. Triste porque Alicia me desamparaba, empecé a llorar. Luego

declamé a gritos:

—¡No le hace que me dejes solo! ¡Para eso soy hombre rico! ¡Nada quiero de

ti, ni de tu muchacho, ni de nadie! ¡Ojalá que ese bastardo te nazca

muerto! ¡Ni será hijo mío! ¡Lárgate con el que se te antoje! Tú no eres más

que una querida cualquiera.

Después hice disparos.

—¿Dónde está Franco, que no sale a defender a su hembra? ¡Aquí me tiene!

¡Yo vengaré la muerte del Capitán! ¡Al que se presente lo mato! ¡A Barrera

no, a Barrera no; para que Alicia se vaya con él! ¡Se la cambio por brandy,

por una botella no más!

Y recogiendo la que tenía, monté en el potro, me tercié la escopeta y partí

a escape por el llano impasible, dando a los aires este pregón enronquecido

y diabólico:

—¡Barrera, Barrera! ¡Alcohol, alcohol!

* * *

Media hora después, los del hato me vieron pasar. Del otro lado del caño me

gritaban y me hacían señas. Por el vado que me indicaron hostigué el potro

y salí al patio, dispersando la gente a pechadas, entre una algarabía de

protestas.

—¡A ver! ¿Quién manda aquí? ¿Por qué se esconde Barrera? ¡Que salga!

Y colgando la escopeta en la montura, salté desarmado. Todos esperaban

perplejos. Algunos sonrieron mirándose.

—¡Guá, chico! ¿Qué quieres tú?

Tal dijo una mujercilla, halconera de rostro envilecido por el colorete,

cabello oxigenado y brazos flacuchos, puestos en jarras sobre el cinturón

del traje vistoso.

—¡Quiero jugar a los dados! ¡Nada más que jugar! ¡En este bolsillo están

las libras!

Y tiré unas a lo alto, y se regaron en el suelo.

Entonces oí la voz carrasposa del viejo Zubieta, que ordenaba desde el

cuarto contiguo:

—Clarita, el cabayero, que siga.

Acaballado en el chinchorro y tendido de espaldas, en camiseta y

calzoncillos, estaba el hacendado, de barriga protuberante, ojos de lince,

cara pecosa y pelo rojizo. Alargándome sus manos, que además de ser

escabrosas parecían hinchadas, hizo rechinar entre los bigotes una risa:

—¡Cabayero, dispense que no me pueo enderezá!

—¡Yo soy el socio de Franco, el cliente de los mil toros, y, si quiere, se

los pagaré al contado!

—¡Ansina sí, ansina sí! Pero usté debe cogerlos porque el «zambaje» que

tengo ta de pie, y no sirve pa náa.

—Yo conseguiré vaqueros, bien montados, y no dejaré que me los sonsaquen

para el Vichada.

—Me gusta usté. ¡Eso tá bien hablao!

Salí a meter mis aperos y vi a Clarita, cuchicheando con mi enemigo,

mientras que con una totuma le echaba agua en las manos. Al verme, se

escondieron detrás de la casa.

—¿Qué ladrón recogió el oro que tiré aquí?

—Vení, quitámelo —replicó un hombre, en quien reconocí al del winchester

que pretendió decomisarle la mercancía a don Rafael—. ¡Ora sí podemos

arreglá lo del otro día! ¡Sinvergüenza, ora sí me topás!

Adelantóse amenazante, mirando hacia el punto donde su patrón estaba

escondido, como en espera de una orden. ¡Sin darle tiempo, lo aplasté de

una sola trompada!

Barrera acudió exclamando:

—Señor Cova ¿qué pasa? ¡Venga usted acá! ¡No haga caso de los peones! ¡Un

caballero como usted!...

El ofendido fue a sentarse contra el petril, y, sin apartar de mí los ojos,

se enjugaba la sangre de las narices.

Barrera lo reprendió con dictados crueles: «¡Malcriado, atrevido! ¡El señor

Cova merece respeto!». Mas, a tiempo que me invitaba a penetrar en el

corredor, prometiendo que el oro me sería devuelto, el hombre desensilló mi

caballo y guardóse la escopeta y yo me olvidé del arma. La gente hacía

comentarios en la cocina.

En el cuarto, Clarita estaba refiriéndole al viejo lo que pasaba, porque

enmudecieron al verme.

—¿El cabayero se regresa hoy?

—No, amigo Zubieta. ¡No se me antoja! ¡Vine a beber y a jugar, a bailar y a

cantar!

—Es un honor que no merecemos —afirmó Barrera—. El señor Cova es una de las

glorias de nuestro país.

—¿Y gloria, por qué? —interrogó el viejo—. ¿Sabe montá? ¿Sabe enlazá? ¿Sabe

toreá?

—¡Sí, sí! —grité—. ¡Lo que usted quiera!

—¡Ansina me gusta, ansina me gusta! —Y se agachó hacia el cuero de tigre

que tenía bajo el chinchorro—. Clarita, danos unos «brándises» —dijo,

indicándole el garrafón.

Barrera, para no beber, salió al corredor, y a poco, vino alargándome un

puñado de oro.

—Estas monedas son de usted.

—¡Miente! Desde ahora son de Clarita.

Ella las recibió sonriendo y me dio las gracias con este cumplido:

—¡Aprendan! ¡Es una dicha encontrar cabayeros!

Zubieta se quedó pensativo. De pronto mandó que acercaran la mesa y, cuando

vaciamos otras copas, señaló un morralito suspendido de un cuerno en la

pared fronteriza:

—Clarita, danos «las muelas de santa Polonia».

Clarita puso los dados sobre la mesa.

* * *

Indudablemente, mi nueva amiga me favoreció aquella noche en ese juego

plebeyo, desconocido para mí. Tiraba yo los dados con nerviosidad y a veces

caían debajo del chinchorro. Entonces el viejo, entre carcajadas y toses,

preguntaba: ¿Me ganó? ¿Me ganó? Y ella, entre una humareda de tabaco,

ladeando la farola, respondía: Echó «cenas». Es un chico de suerte.

Barrera, simulando confianza en las palabras de la mujer, confirmaba tales

decisiones pero vivía celoso de que no escaseara el licor. Clarita, ebria,

me apretaba la mano al descuido; el viejo, ebrio, tatareaba una canción

obscena; mi rival, por encima de la luz temblorosa, me sonreía irónico; yo,

semiinconsciente, repetía las «paradas». En la puerta del acalorado

cuartucho, los peones seguían el juego con interés.

Cuando quedé dueño de casi todo el montón de frisoles que representaba un

valor convenido, Barrera me propuso jugarlo en «paro», «vaciando» las

morrocotas del chaleco. «Tire por mitad, cien toros», exclamó el vejete,

dando fuertes golpes en la mesa. Entonces noté que los zapatos de mi

adversario pisaban los de Clarita y tuve el presentimiento de que llegaba

el fraude.

Con frase feliz decidí a la mujer:

—Juguemos esto en compañía.

Ella extendió al instante sobre el montoncillo de granos las manos avaras.

El rubí de su anillo se encendió en sangre.

Zubieta maldijo su suerte cuando lo venció mi jugada.

—Ahora con usted —le dije a Barrera, sonando los dados. Recogiólos sin

inmutarse, y, mientras los agitaba, cambiándolos, pretendió distraernos con

un chiste de baja ley. Pero al lanzarlos sobre la mesa, los atrapé de un

golpe:

—¡Canalla, estos dados son falsos!

Trabóse de súbito una reyerta y la lámpara rodó por el suelo. Gritos,

amenazas, imprecaciones. El viejo cayó del chinchorro, pidiendo auxilio.

Yo, a oscuras, esgrimía los puños a diestro y siniestro hacia cualquier

sitio donde oyera una voz de hombre. Alguien hizo un disparo, ladraron los

perros, rechinaba la puerta con el afán del ahuyentado tumulto, y la ajusté

de un empellón, sin saber quién quedaba adentro.

Barrera exclamó en el patio:

—¡Ese bandido vino a matarme y a robar al señor Zubieta! ¡Anoche me estuvo

«puesteando»! ¡Gracias a Miguel, que se opuso al crimen y me denunció la

asechanza! ¡Prendan a ese miserable! ¡Asesino! ¡Asesino!

Yo, desde adentro, le lanzaba atrevidos insultos, y Clarita, conteniéndome,

suplicaba:

—¡No salgas, no salgas, porque te acribillan!

El viejo gimoteaba espantado:

—¡Alumbren, que escupo sangre!

Cuando me ayudaron a echar el cerrojo, sentí humedecida una de mis muñecas.

Tenía una puñalada en el brazo izquierdo.

Con nosotros quedó encerrada una persona que me puso en las manos un

winchester. Al sentir que me buscaba, intenté cogerla, por lo cual,

susurrando, me repetía:

—¡Cuidado con yo! ¡Soy el tuerto Mauco, amigo de tóo el mundo!

Afuera empujaban la puerta, y yo, sin permanecer en un solo punto,

perforaba las tablas a tiros, iluminando la estancia con el relampagueo de

los fogonazos. Al fin terminó la agresión. Quedamos sumidos en el más

pavoroso silencio y mi oído acechante dominaba la oscuridad. Por los huecos

que abrieron mis balas, observé con sigilosa pupila. Hacía luna y el patio

estaba desierto.

Mas por instantes recogía el rumor de voces y risotadas que venían quien

sabe de dónde. El dolor de la herida empezó a rendirme y el vértigo del

alcohol me echó a tierra. Allí me desangré hasta que Dios quiso, entre el

pánico de mis compañeros, que en algún rincón se decían: Parece que está

agonizando.

—¡Agua, agua! ¡Estoy herido! ¡Me muero de sed!

* * *

Al amanecer, abrieron el cuarto y me dejaron solo. Desperté con desmayada

dolencia a los gritos que daba el dueño del hato, reprendiendo a la peonada

por indolente, pues no quiso salvarlo de la batahola.

—¡Gracias al guate —repetía—, gracias al guate estoy contando el cuento! Él

tenía razón, los dados eran falsos y con eyos me había estafao mi plata ese

tramposo del Barrera. ¡Aquí topé uno bajo la mesa! Convénzanse. Tiene

azogue por dentro.

—No podíamos arrimá por los tiros.

—¿Y quién hirió a Cova?

—¿Quién sabrá?

—Vayan a decirle al Barrera que no lo quero aquí; que pa eso tiene sus

toldos, que se quede ayá. ¡Que si no sabe pa qué son los caminos; que el

guate tá aquí con la carabina!

Clarita y el tuerto Mauco vinieron en mi socorro trayendo un caldero de

agua caliente. Descosieron la manga de la camisa para quitármela sin

lastimar el brazo tumido, y luego, humedeciendo los bordes de la tela

pegada, descubrieron la herida, pequeña pero profunda, abierta sobre el

músculo cercano al hombro. La lavaron con aguardiente, y, antes de

extenderle la cataplasma tibia, el tuerto, con unción ritual, exclamó:

—Pongan fe, porque la voy a rezá.

Admirado yo, observaba al hombruco, de color terroso, mejillas fofas y

amoratados labios. Puso en el suelo, con solicitud minuciosa, el bordón en

que se apoyaba, y encima el sombrero grasiento, de roídas alas, que tenía

como cinta un mazo de cabuyas a medio torcer. Por entre los harapos se le

veían las carnes hidrópicas, principalmente el abdomen, escurrido en rollo

sobre el empeine. Volvió parpadeando hacia la puerta el ojillo tuerto, para

regañar a los muchachos que se asomaban.

—¡Esto no es cosa de juego! ¡Si no han de poné fe, lárguense, porque se

pierde la virtú!

Los gandules permanecieron fervorosos, como en un templo, y el viejo Mauco,

después de hacer en el aire algunos signos de magia, masculló una retahíla

que se llamaba «La oración del justo juez».

Satisfecho de su ministerio, recogió el sombrero y el palo, y dijo,

inclinándose sobre el cuero de toro donde me hallaba tendido:

—No se deje «acochiná» del doló. Yo lo curo presto: con otra rezáa tiene.

Miré con asombro a Clarita como para indagar la certidumbre de cuanto

estaba pasando. Era convencida creyente que manifestaba respeto fanático.

Para ahuyentar mis dudas, expuso:

—¡Guá, chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata las gusaneras,

rezándolas. Cura personas y animales.

—No sólo eso —añadió el mamarracho—. Sé muchas oraciones pa tóo. Pa topá

las reses perdías, pa sacá entierros, pa hacerme invisible a los enemigos.

Cuando el reclutamiento de la guerra grande me vinieron a cogé, y me les

convertí en mata de plátano. Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y

me encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hormiga y me

picurié. Si no hubiera sío por yo, quién sabe qué nos hubiera acontecío en

la gresca de anoche. Yo tuve listo pa evaporarme cuando entraran y taparlos

a tóos con mi neblina. Apenas supe que usté taba herío, le recé la oración

del «sana que sana» y la hemorragia se contuvo.

Lentamente fui cayendo en una quietud sonámbula, en un vago deseo de

dormir. Las voces iban alejándose de mis oídos y los ojos se me llenaron de

sombra. Tuve la impresión de que me hundía en un hoyo profundo, a cuyo

fondo no llegaba jamás.

* * *

Un sentimiento de rencor me hacía odioso el recuerdo de Alicia, la

responsable de cuanto pasaba. Si alguna culpa podía corresponderme en el

trance calamitoso, era la de no haber sido severo con ella, la de no

haberle impuesto a toda costa mi autoridad y mi cariño. Así, con la

sinrazón de este razonamiento, envenenaba mi ánima y enconaba mi corazón.

¿Verdaderamente me habría sido infiel? ¿Hasta qué punto le había mareado el

espíritu la seducción de Barrera? ¿Habría existido esa seducción? ¿A qué

hora pudo llegarle la influencia del otro? ¿Las palabras reveladoras de la

niña Griselda, no serían mensajes de astucia para decidirme en su favor,

calumniando a mi compañera? Tal vez había sido yo injusto y violento; pero

ella debía perdonarme, aunque no le pidiera perdón, porque le pertenecía

con mis cualidades y defectos, sin que le fuera dable hacer distingos en

mí. Agregábase en descargo mío que la vengavenga me llevó a la locura.

¿Cuándo en sano juicio le di motivos de queja? Entonces, ¿por qué no venía

a buscarme?

Parecíame a ratos verla llegar, bajo el sombrero de lánguidas plumas,

tendiéndome los brazos entre sollozos:

«¿Qué desalmado te hirió por causa mía? ¿Por qué estás tendido en el suelo?

¿Cómo no te dan la cama?». Y anegándome el rostro en lágrimas sentábase a

mi cabecera, dándome por almohada sus muslos trémulos, peinando hacia atrás

mis cabellos, con mano enternecida y amorosa.

Alucinado por la obsesión, me reclinaba sobre Clarita, apartándome al

reconocerla.

—Chico, ¿por qué no descansas en mis rodillas? ¿Quieres más limonada para

la fiebre? ¿Te cambio el vendaje?

A veces sentía la tos impaciente de Zubieta en el corredor.

—Mujé, quítate de ahí que acaloras al enfermo. ¡Ni tu marío que juera!

Clarita se alzaba de hombros.

¿Y por qué aquella mujer no me desamparaba, siendo una escoria de lupanar,

una sombra del bajo placer, una loba ambulante y famélica? ¿Qué misterio

redimía su alma cuando me consentía con avergonzada ternura, como cualquier

mujer de bien, como Alicia, como todas las que me amaron?

Alguna vez me preguntó cuántas libras me quedaban en el bolsillo. Eran

pocas, y las guardó en el seno; mas en un momento que nos dejaron solos, me

leyó un papel al oído: «Zubieta te debe doscientos cincuenta toros; Barrera

cien libras, y yo te tengo guardadas veintiocho».

—Clarita, tú me has dicho que mi ganancia en el juego estuvo exenta de

dolo. Todo eso es para ti, que has sido tan buena conmigo.

—Chico, ¿qué estás diciendo? No creas que te sirvo por interés. Sólo quiero

volver a mi tierra, a pedirle perdón a mis padres, a envejecer y morir con

eyos. Barrera quedó de costearme el viaje a Venezuela, y, en compensación,

abusa de mí, sin más medida que su deseo. Zubieta dice que se quiere casar

conmigo y yevarme a Ciudad Bolívar, al lado de mis viejecitos. Confiada en

esta promesa, he vivido borracha casi dos meses, porque él me amonesta con

su norma invariable: «¿Cuál será mi mujé? La que me acompañe a bebé».

«En estas fundaciones me dejó botada el Coronel Infante, guerriyero

venezolano, que tomó a Caicara. Ayí me rifaron al tresiyo, como simple

cosa, y fuí ganada por un tal Puentes, pero Infante me descontó al liquidar

el juego. Después lo derrotaron, tuvo que asilarse en Colombia y me

abandonó por aquí.

»Antier, cuando yegaste a cabayo, con la escopeta al arzón, atropellando a

la gente, caída la gorra sobre la nuca, te me pareciste a mi hombre. Luego

simpaticé contigo desde que supe que eras poeta».

* * *

Mauco entraba a rezarme la herida y tuve el tino de aparentar que creía en

la eficacia de sus oraciones. Sentábase en el chinchorro a mascar tabaco,

royéndolo de una rosca que parecía tasajo reseco, e inundaba el piso a

salivazos sonoros. Después me daba informes sobre Barrera:

—Se la pasa metío en el toldo, afiebrao. Sólo me pregunta que hasta cuando

va a quearse usté aquí. ¡Quién sabe pa qué cosas le tará haciendo usté «mal

tercio»!

—¿Por qué no ha venido Zubieta a ocupar su chinchorro?

—Porque es «alertao» y teme otra «chirinola». Duerme en la cocina y se

tranca por dentro.

—¿Y Barrera ha vuelto a La Maporita?

—Las calenturas no lo dejan pará.

Esta afirmación me aquietaba el espíritu, pues vivía celoso de Alicia y

hasta de la niña Griselda. ¿Qué estarían haciendo? ¿Cómo calificarían mi

conducta? ¿Cuándo vendrían por mí?

El primer día que tuve fuerzas para levantarme, suspendí el brazo de un

pañuelo, a manera de cabestrillo, y salí al corredor. Clarita barajaba los

naipes junto al chinchorro donde el viejo dormía la siesta. La casa, pajiza

y a medio construir, desaseada como ninguna, apenas tenía habitable el

tramo que ocupaba yo. La cocina, de paredones cubiertos de hollín, defendía

su entrada con un barrizal formado por las aguas que derramaban las

cocineras, sucias, sudorosas y desarrapadas. En el patio, desigual y

fragoso, se secaban al sol, bajo el zumbido de los moscones, cueros de

reses sacrificadas y de ellos desprendía un zamuro sanguinolentas tiras. En

el caney de los vaqueros vigilaban, amarrados sobre perchas, los gallos de

riña y en el suelo refocilábanse perros y lechones.

Sin ser visto, me acerqué al tranquero. En los corrales, de gruesos troncos

clavados, la torada prisionera se trasijaba de sed. Detrás de la casa

dormían unos gañanes sobre un bayetón extendido encima de las basuras. A

poco trecho, en la costa del caño, divisábanse los toldos de mi rival, y en

el horizonte, hacia la fundación de La Maporita, perdíase la curva de los

morichales... ¡Alicia estaría pensando en mí!

Clarita, al verme, acudió con la sombrilla de muaré blanco:

—Chico, el sol puede irritarte la herida. Vente a la sombra. ¡No vuelvas a

cometer despropósitos semejantes!

Y sonreía, exhibiendo los dientes llenos de oro.

Como intencionalmente me hablaba en voz alta, el viejo, al oírla, se

incorporó:

—¡Ansina me gusta! ¡Los jóvenes no deben vivir encamaos!

Sentéme sobre la viga que servía de pretil y avoqué el meditado

interrogatorio.

—¿A cómo piensa darnos las resecitas?

—¿Cuáles serán?

—Las de nuestro negocio con Franco.

—Con él, propiamente, no quedamos en náa. La fundación que da en prenda

vale muy poco. Pero como usté las paga de «relance», será bueno cogelas, si

tiene cabayos, y después les ponemos precio.

Clarita interrumpiónos:

—¿Y cuándo le das a Cova las doscientas cincuenta que te ganó?

—¡Cómo! ¿Qué doscientas cincuenta?

Enderezándose me argüía:

—Y si usté hubiera perdío, ¿con qué había pagao? Enséñeme las libras que

trujo.

—¿Qué es eso? —replicó la mujer—. ¿Acaso el único rico eres tú? ¡El que

pierde paga!

El viejo hundía los dedos entre las mallas del chinchorro. De repente

propuso:

—Mañana es domingo, y me da el desquite en las riñas de gayos.

—¡Muy bien!

* * *

«Mi admirado señor Cova:

»¿Qué poder maléfico tiene el alcohol, que humilla la razón humana,

abajándola a la torpeza y al crimen? ¿Cómo pudo comprometer la condición

mansa de mi temperamento en un altercado que me enloqueció la lengua, hasta

ofender de palabra la dignidad de usted, cuando sus merecimientos me

imponen vasallaje enaltecedor que me llena de orgullo?

»Si pudiera públicamente, echarme a sus pies para que me pisoteara antes de

perdonarme las reprobables ofensas, créame usted que no tardaría en

implorarle esa gracia; mas como no tengo derecho ni de ofrecerle esa

satisfacción, heme aquí cohibido y enfermo, maldiciendo los pasados

ultrajes que por fortuna no alcanzaron a salpicarle siquiera la merecida

fama de que goza.

»Como estoy envilecido por mis desaciertos, mientras usted no me dignifique

con su benevolencia, no ha de parecerle extraña la condición lamentable en

que a usted llego, convertido en un mercachifle común, que trata de

introducir en los dominios de la poesía, la propuesta de un negocio

burgués. Es el caso —y perdone usted el atrevimiento— que nuestro buen

amigo el señor Zubieta me debía sumas de consideración, por dinero prestado

y por mercancías, y me las pagó con unos toros que se hallan en el corral,

y que yo recibí entonces en la expectativa de que usted pudiera

necesitarlos. Véalos, pues, y si algún precio se digna ponerles, sepa que

mi mayor ganancia, será la de haberle sido útil en algo.

»Besa sus pies, fervorosamente, su desgraciado admirador,

Barrera»

Delante de Clarita me fue entregada esta carta. El chicuelo que la trajo me

veía palidecer de cólera y se iba retirando, cautelosamente, ante la

tardanza de la respuesta.

—¡Diga usted a ese desvergonzado que cuando se encuentre a solas conmigo,

sabrá en qué para su adulación!

Mientras tanto, Clarita releía el papelucho.

—Chico, nada te dice de lo que te debe, ni de la puñalada, ni del disparo;

porque él fue quien te hirió. Aquel día, al verte yegar, preparó el

revólver y engrasó el estilete. «Ojo de garza» con el Miyán, el hombre a

quien le pegaste en el patio: ése tiene órdenes terminantes. ¿Y sabes tú

que Zubieta nada le debe al cauchero por sumas prestadas? Éste le dio a

guardar unas morrocotas, en la confianza de que yo se las robaría; pero el

viejo las enterró. Después lo estafó con los dados que conoces. Cada mañana

me pregunta: «¿Ya le sacaste las amariyas? De ayí te daré para el viaje.

Bien se conoce que no deseas volver a tu extraordinario país». Ese hombre

tiene planes siniestros. Si no hubieras estado aquí...

—Dame la carta para mostrársela al viejo.

—No le digas nada, que él es muy sabido. Comprende que Barrera es peligroso

y para distraerlo, le entregó la torada que está en el corral; mas porque

no pueda sacarla, mandó a esconder los cabayos. Apenas le dejó los peones

en alquiler, después de enviar emisarios a todas partes con la noticia de

que este año no le vendería ganados a nadie. Como Barrera se enteró de eyo,

el viejo, para desmentirlo, hizo un simulacro de negocio con Fidel Franco,

sin advertirle que era una simple treta contra el molesto huésped.

—¿De suerte que no nos venderá ganado ninguno?

—Parece que ha congeniado contigo.

—¿Cómo haré para ganarme su voluntad?

—Es muy senciyo. Soltar el ganado que le dio a Barrera. Con solo asustarlo,

romperá los corrales.

—¿Me ayudarás esta noche en la empresa?

—Cuando te dé la gana. Bastará que yo, con este vestido blanco, me asome al

tranquero para que la torada «barajuste». Lo importante es que no mueran

atropeyaos los peones que velan en contorno de los encierros.

Afortunadamente se retiran temprano.

—¿Y podrán descubrirnos?

—Absolutamente. Los pocos hombres y mujeres que no han enganchado, se van a

los toldos a jugar naipes, tan pronto como el viejo se «encocina». Yo

también iré, para alejar falsos testimonios; y cuando calcules que vuelvo,

me esperas en el corredor con la piel de tigre que Zubieta tiene en la sala

bajo el chinchorro abandonado. La yevamos por la platanera y la sacudimos

en el corral.

Después, el que pudiera vernos pensaría: «Ésos se levantaron al fragor del

tropel».

* * *

Sepulté en mi ánimo el ardid vengativo como puede guardarse un alacrán en

el seno: a cada instante se despertaba para clavarme el aguijón.

Ya cuando la tarde se reclinó en las praderas, regresaron los vaqueros con

la torada numerosa. Habíanla llevado al pastoreo vespertino, de gramales

profusos y charcales inmóviles, donde, al abrevarse, borraban con sus

belfos la imagen de alguna estrella crepuscular. Venía adelante el rapaz

que servía de puntero, acompasando al trotecito de su yegua la tonada

pueril que amansa los ganados salvajes. Seguíanlo en grupos los toros de

venerable testa y enormes cuernos, solemnes en la cautividad, hilando una

espuma en la trompa, adormilados los ojos, que enrojece, con repentino

fuego, la furia. Detrás, al paso de sus rocines y entre el dejo de silbidos

monótonos, avanzaban las filas de peones, a los flancos del «rodeo»

formidable y letárgico.

Lo encerraron de nuevo, con maña paciente, cuidadosos de la dispersión.

Oíase apenas el melancólico sonsonete del guía, más eficaz que el toque de

cuerno en las majadas de mi tierra. Corrieron las trancas y las liaron con

«rejos» indóciles. Y cuando oscureció, encendieron alrededor del corral

fogatas de boñiga seca, para aquerenciar al rebaño, que absorto miraba las

candelas y el humo, con rumiar apacible, al amparo de las constelaciones.

Mientras tanto, yo meditaba en nuestro plan de la media noche, en pugna con

el temor que me enfriaba las sienes y me fruncía las cejas. Mas la

certidumbre de la venganza, la posibilidad de causarle a mi enemigo algún

mal, ponía viveza en mis ojos, ingenio en mis palabras, ardentía en mi

decisión.

A eso de las ocho, el tuerto Mauco protestó contra las hogueras porque le

trasnochaban los gallos de riña. Como nadie quiso apagarlas, los llevó a mi

cuarto.

—Démelos posaíta que los poyos son güenos. ¡Pero si se desvelan, se vuelven

náa!

Mas tarde, el hato quedó en silencio. Sobre los pajonales vecinos tendían

su raya luminosa las lámparas de los toldos.

Clarita volvió casi ebria.

—¡Animo, chico, y sígueme!

Llegamos a la barda de los corrales por entre el platanar. Un vasto reposo

adormecía a la manada. Afuera estornudaban los caballos de los veladores.

Entonces Clarita, trepada en mi rodilla, sacudió la aurimanchada piel.

Súbito, el ganado empezó a remolinear, entre espantado choque de

cornamentas, apretándose contra la valla del encierro, como vertiginosa

marejada, con ímpetu arrollador. Alguna res quebróse el pecho contra la

puerta y murió al instante, pisoteada por el tumulto. Los vigías empezaron

a cantar, acudiendo con los caballos, y la torada se contuvo; mas pronto

volvió a remecerse en aborrascadas ondas, crujió el tranquero, hubo

berridos, empujones, cornadas. Y así como el derrumbe descuaja montes y

rebota por el desfiladero satánico, rompió el grupo mugiente los troncos de

la prisión y se derramó sobre la llanura, bajo la noche pávida, con un

estruendo de cataclismo, con una convulsión de embravecido mar.

La peonada y el mujerío acudieron con lámparas, pidiendo socorro. Hasta

Zubieta, siempre encerrado, averiguaba a gritos qué ocurría. Los perros

persiguieron el barajuste, cloquearon las gallinas medrosas y los zamuros

de la ceiba vecina hendieron la sombra con vuelos entorpecidos.

En los portillos de la corraleja quedaron aplastadas diez reses, y más

lejos, cuatro caballos. Clarita vino con estos pormenores a encarecerme la

reserva de nuestra complicidad.

Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre, todavía retumbaba el

desierto.

* * *

Al siguiente día me levanté después de los comentarios al suceso nocturno y

de las bravatas del viejo, que disimulaba con blasfemias su regocijo

interior:

—¡Maldita sea! Yo no tengo la culpa de que el ganao barajustara. Díganle al

Barrera que vaya a cogerlo, si tiene bagajes pa remontá la gente. ¡Pero que

me pague primero los cabayos que se malograron! ¡Maldita sea!

—El señó Barrera quié vení pa acá a discutí con usté lo de anoche.

—Aquí no puée acercarse, porque el guate anda armao y no quero más

disgustos en mis propiedades.

—Se me pone —observaba uno— que jue la ánima del difunto Julián Hurtao la

que se presentó en el corral, y por eso barajustó la toráa. Alguno de los

veladores vio una figura blanca sobre la cerca del lao onde dicen que dejó

el entierro.

—Puée ser verdá.

—Sí, porque la otra noche se nos apareció, con una linternita en la mano,

por la oriya de la sabana, caminando sin pisar el suelo.

—¿Y por qué no le preguntaron, de parte de Dios, qué quería?

—Porque apagó la lucecita y casi quedamos privaos.

—Bandíos —rugió Zubieta—: Ustedes jueron entonces los que tuvieron cavando

entre las raíces del algarrobo. ¡Ojalá los tope yo en esas vagabunderías pa

echales bala!

Cuando salí al patio, había mucha gente reunida, pero Barrera no estaba

allí. Dándolas de inocente, me asomé al corral, donde varios hombres

descuartizaban los toros destripados.

—No valió —decía uno— que yo me le pusiera adelante al ganao, corriendo en

estampía y cantándole en la oscuridá pa vé si lo apaciguaba. Fuí hasta muy

lejos, y, gracias a mi potro, no morí atropeyao.

Momentos después, al regresar a la casa, vi que Clarita les vendía ron, en

un coquillo labrado, a los de la junta. Había hombres desconocidos y debajo

de los bayetones les cantaban los gallos. Quiénes discurrían cazando

apuestas «a la tapada», o les afilaban las espuelas a los campeones, o con

buches de aguardiente les rociaban el costado, alzándoles el ala.

Patiamarrados con cordeles, escarbando el suelo, desafiábanse los rivales

de plumajes vistosos y cuellos congestionados. Por fin Zubieta tomó un

carbón y trazó en el piso del caney un círculo irregular. Colocóse en su

asiento, recostándolo a una columna, frecuentó la botella y con áspera

risotada propuso:

—¡Voy cien toretes al «requemao» contra el «canaguay»!

Clarita, detrás del grupo, movió la cabeza para indicarme que no apostara.

Pero yo, con insolente arrogancia, avancé diciendo:

—¡Escojo el pollo y voy las doscientas cincuenta reses que le gané a los

dados!

El viejo «se corrió».

Entonces le dijo un sujeto, apretando el puño:

—Eche diez toros contra las libras que hay aquí, o contra el resto que

guardo en mi faja.

Zubieta tampoco aceptó. Pero el hombre replicaba porfiado:

—¡Mire, patrón, son «aguilitas» y «reinitas» pa su entierrito de la

«topochera»!

—¡Mentís! Pero si el oro es legítimo, te lo cambio por monea papel.

—No «le jalo».

—Préstame una libra pa reconocerla.

Observóla el viejo por todas partes, con hambrientos ojos, palpó el

grabado, hízole sonar y luego la llevó a los dientes. Satisfecho, gritó:

—¡Pago! ¡Ta ida la pelea contra el canaguay!

—Pero con la condición de que el tuerto Mauco se largue, porque puée

rezarme el poyo.

—¡Yo qué rezo ni qué náa!

No obstante, lo hicieron salir del grupo refunfuñando, y lo encerraron en

la cocina.

Los careadores levantaron los pollos, y chupándoles los espolones, se los

frotaron luego con limón, a contentamiento del público. Presto, a la voz

del juez de pelea, los enfrentaron dentro del círculo.

El gallero gritaba, agachado sobre el palenque:

—¡Hurra, poyito! ¡Al ojo, que es rojo; a la pierna que es tierna; al ala,

que es rala; al pico, que es rico; al pescuezo, que es tieso; al codo, que

es gordo; a la muerte, que es mi suerte!

Miráronse los contendores con ira, picoteando la arena, esponjando sobre el

dorso rasurado y sanguíneo la gorguera de plumas tornasoladas y

temblorosas. Con simultáneo revuelo, en azul resplandor, lancearon al

vacío, por encima de sus cabezas, esquivas a la punzada y al aletazo.

Rabiosos, entre el vocerío de los espectadores que ofrecían «gabelas», se

acometieron una y otra vez, se cosían a puñaladas, se prendían jadeantes y

donde agarraba el pico, entraba la espuela, con tesón homicida, entre el

centelleo de los plumajes, entre el salpique de la sangre ardorosa, entre

el ruido de las monedas en el estadio, entre la ovación palmoteada que hizo

la gente cuando vio rodar al canaguay con el cráneo abierto, sacudiéndose

bajo la pata del vencedor, que erguido sobre el moribundo, saludó a la

victoria con un clarineo triunfal.

En ese momento palidecí: Franco pasó el tranquero, seguido de varios

jinetes.

* * *

Zubieta no se impresionó menos al ver a los recién llegados. Arrastrando el

paso les salió al encuentro:

—¿Y ustées, zamarras, pa ónde bueno caminan?

—Para aquí no más —dijo Franco, apeándose.

Y me abrazó con efusión.

—De mi rancho, ¿qué noticias me tienes? ¿Qué te pasó en el brazo?

—¡Nada! ¿Acaso no vienes de La Maporita?

—Salimos directamente de Tame; pero desde ayer le ordené al mulato Correa

que extraviara hacia mi casa y se viniera contigo trayendo los cabayos.

Este abrazo te lo manda don Rafael. Siguió su viaje sin complicaciones,

gracias a Dios. ¿Dónde podemos desensiyar?

—Aquí, en el caney —rezongó Zubieta. Y les gritó a los jugadores—: ¡Váyanse

lejos con su vagabundería, porque «menesteo» la ramáa!

Ellos, recogiendo sus gallos, salieron en dirección a los toldos, con jaleo

de tiples y «maracas». Y los vaqueros desensillaron.

—¿Verdá que anoche hubo barajuste?

—¿Por qué lo dices?

—Desde esta mañana vimos partidas de ganado que corrían solas. Y pensamos:

¡o barajuste, o los indios! Pero ahora que pasamos por los corrales...

—¡Sí! Barrera me dejó ir al rodeo. No sé cómo remediará, sin cabayos...

—Nosotros nos comprometemos a cogerle las reses que quiera, según lo que él

nos pague —repuso Franco.

—Yo no permito más correteos en mis sabanas, porque los bichos se

«mañosean».

—Quería decir que como desde mañana empezamos la cogienda de los toros que

negociamos...

—¡Yo no he firmao documento con nadie, ni recuerdo de trato ninguno!

Al repetir esto se golpeaba la pierna.

Cuando el viejo ocupó la hamaca, vino el gallero perdidoso y nos dijo:

—Dispensen que los interrumpa.

—Echáme pa acá las libras que te gané.

—De eso quería tratarle: al canaguay, lo volvieron loco, al canaguay le

dieron quinina, porque desde ayer el tuerto Mauco mermó las píldoras en los

toldos, y usté mismo las revolvió con granos de maíz. El señor Barrera

quiso que yo apostara contra usté, a pesar de lo sucedío, pa probarle que

tampoco hace juego legal y que no debe seguir desacreditándolo delante del

señor Cova.

—Eso lo arreglarán después —interrumpió Franco, sacudiendo al amostazado

vejete—. ¡Lo importante es que me aclare ahora mismo lo del negocio, porque

usted se equivoca si piensa que puede jugar conmigo!

—Franquito, ¿venís a matarme?

—Vengo a coger el ganado que me vendió, y para eso traje vaqueros. ¡Lo

cogeré, cueste lo que cueste! ¡Y si no, que nos yeve el Judas!

Los vaqueros, ganosos de nuevo espectáculo, se agruparon alrededor del

chinchorro. Al verlos, exclamó Zubieta:

—Señores, sírvanme de testigos que me taba chanceando.

Y cadavérico, porque Franco tenía revólver, se volvió hacia mí con párpados

húmedos:

—¡Guate, por Dios! ¡Yo te pago tus resecitas! ¡Franquito, no me hablés de

ese modo, que me asustás!

El intruso, que presumía de leguleyo, sentenció:

—¡La legalidá es pa tóos! Páguele también al señor Barrera y quedamos en

paz. El tá de salía pal Vichada, y usted es responsable de la demora y los

perjuicios.

Con energúmena reprimenda estalló el anciano, colocándose entre Fidel y yo:

—¡Juyero, juyero! ¿No sabes quiénes tan aquí? ¿Querés que te saquemos a

palos? ¿Por qué te mezclas con estos cabayeros, que son mis clientes y

amigos queríos? ¡Decíle a tu Barrera que «no me sobe», porque éstos me

hacen respetá!

Y, apoyándose en nuestros hombros, le asestó un puntapié.

* * *

Cuando Franco me vio la herida y le conté lo sucedido, cogió el winchester

para desafiar a Barrera y salió corriendo. Clarita lo contuvo en el patio.

—¿Qué vas a hacer? Nosotros tomamos ya venganza —y le refirió lo del

barajuste.

Al ver la decisión de aquel hombre leal que arriesgaba la vida por mí,

sobrecogíme de remordimiento y quise confesarle lo sucedido en La Maporita

para que me matara.

—Franco —le dije—. Yo no soy digno de tu amistad. ¡Yo le pegué a la niña

Griselda!

Desconcertado, se ahogó en estas voces:

—¿Alguna falta que te cometió? ¿A tu señora? ¿A ti?

—¡No, no! Me emborraché y las ofendí a ambas, sin motivo alguno. ¡Hace ya

siete días que las dejé solas! ¡Dispara contra mí esa carabina!

Tirándola al suelo, se echó en mis brazos:

—Tú debes tener razón, y si no tienes te la concedo.

Y nos separamos sin decir una palabra más.

Entonces Clarita me estrechó la mano:

—¿Por qué no me habías dicho que tienes señora?

—Porque de ella no debemos hablar los dos.

Quedóse pensativa, con la vista baja, volteando entre los dedos el cordón

de una llave. Después me la ofreció, diciendo:

—¡Ahí te queda tu oro!

—Yo te lo regalé, y si no lo aceptas como obsequio, déjalo en pago de tus

solicitudes durante mi enfermedad.

—¡Ojalá que te hubieras muerto!

La vi alejarse hacia la cocina, donde los músicos bebían «guarapo». Desde

allí, para que yo la oyera, acentuó:

—¡Díganle a Barrera que siempre me voy con él!

Y, despechada, empezó a bailotear un «bunde», alzándose el traje más arriba

de las rodillas, entre cuchufletas y palmoteos.

Mi corazón, libertado del peso de la inquietud, comenzó a latir ágilmente.

Ya no me quedaba otra congoja que la de haber ofendido a Alicia, pero cuán

dulce era el pensamiento de la reconciliación, que se anunciaba como aroma

de sementera, como lontananza de amanecer. De todo nuestro pretérito sólo

quedaría perdurable la huella de los pesares, porque el alma es como el

tronco del árbol, que no guarda memoria de las floraciones pasadas sino de

las heridas que le abrieron en la corteza. Pero, cuitados o dichosos,

debíamos serlo en grado sumo, para que más tarde, si la fatalidad nos

apartaba por diversos caminos, nos aproximara el recuerdo al hallar abrojos

semejantes a los que un día nos sangraron, o perspectivas como las que

otrora sonrieron, cuando teníamos la ilusión de que nos amábamos, de que

nuestro amor era inmortal.

Hasta tuve deseos de confinarme para siempre en esas llanuras fascinadoras,

viviendo con Alicia en una casa risueña, que levantaría con mis propias

manos a la orilla de un caño de aguas opacas, o en cualquiera de aquellas

colinas minúsculas y verdes donde hay un pozo glauco al lado de una

palmera. Allí de tarde se congregarían los ganados, y yo, fumando en el

umbral, como un patriarca primitivo de pecho suavizado por la melancolía de

los paisajes, vería las puestas de sol en el horizonte remoto donde nace la

noche; y libre ya de las vanas aspiraciones, del engaño de los triunfos

efímeros, limitaría mis anhelos a cuidar de la zona que abarcaran mis ojos,

al goce de las faenas campesinas, a mi consonancia con la soledad.

¿Para qué las ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en el secreto de

los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el idioma desconocido

de las cosas; en cantar lo que dice al peñón la onda que se despide, el

arrebol a la ciénaga, la estrella a las inmensidades que guardan el

silencio de Dios. Allí en esos campos soñé quedarme con Alicia, a envejecer

entre la juventud de nuestros hijos, a declinar ante los soles nacientes, a

sentir fatigados nuestros corazones entre la savia vigorosa de los

vegetales centenarios, hasta que un día llorara yo sobre su cadáver, o ella

sobre el mío.

* * *

Franco dispuso que yo no fuera a las sabanas porque podía gangrenarse mi

brazo si se enconaba la cicatriz. Además, los potros escaseaban y era mejor

destinarlos a los vaqueros reconocidos. Este razonamiento me llenó de

amargura.

Salieron del hato quince jinetes a las dos de la madrugada, después de

apurar el sorbo de café tinto tradicional. Al lado de las monturas, sobre

el ijar derecho de las caballerías, colgaban en rollo las sogas llaneras,

cuyo extremo se anudaba a la cola de cada trotón. Lucían los vaqueros

sendos bayetones, extendidos sobre los muslos para defenderse del toro en

los lances frecuentes, y al cinto portaban el dentado cuchillo para

descornar. Franco me dio el revólver, pero colgó su winchester del borrén

de la silla.

Volvió luego a rendirme el sueño. ¡Ah, si hubiera sentido lo que entonces

debió pasar!

A poco de salir el sol, llegó el mulato Correa, trayendo reatados los

caballos de don Rafael. Le salí al encuentro, por delante de los toldos, y

vi que Barrera estaba afeitándose. Clarita, sentada sobre un baúl, le

sostenía el espejo con las manos. Sin contestarles el saludo, me puse al

estribo del mulato y entramos en la corraleja.

—¿Viste a Alicia, qué recado me traes?

—Con eya no pude verme porque taba yorando encerráa. La niña Griselda les

mandó esta maleta de ropa, será pa que se le presenten mudaos. A tóo

momento se asoma, a vé si ustedes yegan. Taba arreglando petacas y dijo que

hoy se venían pa acá.

Esta noticia me tornó jovial. ¡Por fin mi compañera vendría a buscarme!

—¿Y llegarán en la curiara?

—La patrona hizo dejá tres cabayos.

—¿Y te preguntaron por mí?

—Mi mamá me dijo que usté le iba a yená al hombre la cabeza de cuentos.

—¿Y sabían lo de mi brazo?

—¿Qué le pasó? ¿Lo tumbó alguna bestia?

—Una heridita, pero ya estoy bien.

—¿Y ónde me tiene mi «morocha»?

—¿Tu escopeta? Debe estar con mi montura en los toldos. Vete a reclamarla.

Al quedar solo, una duda lancinante me conmovió: ¿Barrera habría vuelto a

La Maporita? Yo lo hacía vigilar por Mauco a mañana y noche: ¿pero el

tuerto me diría la verdad? Y pensé: puesto que Barrera se acicala, ha

sabido ya que Alicia llega. Tal vez sí, tal vez no.

Pero Alicia sabría conducirse. Además, aquel hombre me tenía miedo. ¿Por

qué no lo apartaba de mi pensamiento para hundirme en el augurio de la

visita feliz? Si Alicia me buscaba, era obedeciendo al amor, y vendría a

reconquistarme, a hacerme suyo para siempre, entre azorada y puntillosa.

Con agravado acento, con tono de reconvención, me reprocharía mis faltas; y

para hacérmelas mayores se ayudaría de aquel gesto inolvidable y habitual

con que sellaba su boca, contrayendo los labios para llenar de gracia los

hoyuelos de las mejillas. Y queriendo perdonar, me repetiría que era

imposible el perdón, aunque la enmienda superara al propósito y a la

súplica.

Por mi parte, pondría también en juego mi habilidad para retardarle el

instante del beso gemebundo y conciliador. Desde la orilla del caño le

alargaría la mano ceremoniosa para que saliera de la curiara, cuidando de

que advirtiera el cabestrillo de mi brazo enfermo, y negándome después a la

urgencia de sus preguntas:

—¿Estás herido? ¿Estás herido?

—No es nada grave, señora. ¡Me apena tu palidez!

Lo mismo haría al acercármele a su caballo, si venían por tierra.

Pensé exhibírmele cual no me vio entonces: con cierto descuido en el traje,

los cabellos revueltos, el rostro ensombrecido de barba, aparentando el

porte de un macho almizcloso y trabajador. Aunque Mauco solía desollarme la

cara con su navaja de tajar correas, tomé la resolución de no ocuparlo

aquel día para distinguirme de mi rival.

¡Decidí luego irme del hato, sin esperar a las mujeres, y aparecer más

tarde confundido con los vaqueros, trayendo a la cola del potrejón algún

toro iracundo, que me persiguiera bufando y me echara a tierra la

cabalgadura, para que Alicia, desfallecida de pánico, me viera rendirlo con

el bayetón y mancornarlo de un solo coleo, entre el anhelar de la peonada

atónita!

El mulato volvió de los toldos con arma y montura.

—El señó Barrera quedó apenaísimo. Que no sabía que estas cosas taban ayá.

Les entendí que mandarían gente a cogé los bichos dispersaos.

—Te prohíbo esa compañía. Si no quieres ir solo, iré contigo.

—¿Onde le dijeron que anochecían?

—En Matanegra.

—Pero don Fidel me indicó la vega del Pauto. Me voy porque me coge la noche

y se me riega la brigáa.

—Guarda esa ropa en aquel cuarto y tráeme la carabina. Vamos a cualquier

parte. Yo te acompañaré.

Fui a la cocina a despedirme de Zubieta. Llamélo varias veces. Nadie

respondió.

* * *

Cuando íbamos tan distantes del hato que sólo se advertían los airones de

sus palmeras, el mulato se desmontó a cargar la escopeta.

—Siempre es bueno andá prevenío. Pólvora poca y munición hasta la boca.

—¿A qué obedece tu precaución?

—Puée alcanzarnos la gente del hombre. Por eso repetí que íbamos a la vega

del Pauto, pa que lo oyeran los «mucharejos» que componían las puertas del

corral. Ora cogemos ponde dijo usté.

Habríamos caminado tres leguas más, cuando volvió a apartarme del

pensamiento de Alicia.

—Yo quiero consultarle mi caso, y perdone. La Clarita «me ha puesto el

ojo».

—¿Estás enamorado de ella?

—Ésa es la consulta. Hace quince días me echó este floreo: «¡Qué negrito

tan bien jormao! ¡Ansina me provoca uno!».

—¿Y qué respondiste?

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