—Me dio vergüenza... La vorágine · Capítulo 3 de 8
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—Me dio vergüenza...

—Me dio vergüenza...

—¿Y después?

—Eso también va con la consulta: me propuso que colgáramos al viejo Zubieta

y nos juyéramos pa lejos.

—¿Y por qué? ¿Cómo? ¿Para que?

—Pa que diga ónde timé el oro enterrao.

—¡Imposible! ¡Imposible! Ésa es una sugestión de Barrera.

—Cabalmente, porque él me dijo después: «Si este mulatito se vistiera bien,

cómo quedara de plantao y qué mujeres las que topara. Yo sé de una

personita que lo quere mucho».

—¿Y qué respondiste?

—«¡Esa personita con usté duerme!». Ansina se las eché, pero el maldito no

se ofende por náa. Se puso a desbarré contra Zubieta, diciendo que no le

pagaba al zambaje su trabajo; y que cuando se le ocurría darle a uno

alguito, sacaba los daos pa descamisarlo al juego. Y ésa sí es la verdá.

Como me iba sofocando el calor, le ordené al mulato que me llevara a algún

estero donde pudiera saciar la sed.

—Puaquí no topamos agua en ninguna parte. Onde hay un «jagüey» famoso es al

lao de aqueyos médanos.

Empezamos a atravesar unos terrenales inmensos, de tierra tan reseca y

endurecida, que limaba los cascos de las cabalgaduras. Y era necesario

avanzar por allí, pues zurales laberínticos extendían a los lados sus redes

de acequias exhaustas, conocidas sólo del tigre y de la serpiente.

El bebedero era una poceta de agua salobre y turbia, espesa como jarabe,

ensuciada por los cuadrúpedos de la región. Al verla, sentí repugnancia

instintiva, pero Correa me sedujo con el ejemplo. Agachóse sobre el estribo

y de entre las patas de los caballos sitibundos sacó su cuerno rebosante.

—Tápelo con el pañuelo pa que le sirva de cedazo.

Así lo hice varias veces, sacudiendo los animalillos que hervían pegados en

el revés de la tela húmeda.

—Blanco, puaquí anda gente forastera. Aquí ta el rastro de una mula herráa,

y eso no es de ley en estas sabanas, onde no hay piedra.

El mulato tenía razón, porque a poco trecho del pozo columbramos dos puntos

que se movían a distancia.

—Ésas son personas que andan perdías.

—Parece más bien ganado.

—Le apuesto a que son racionales.

Probablemente nos habrían visto, porque se enderezaron hacia nosotros. Ya

percibíamos el paraguas rojo del que venía adelante, afligiendo a la mula

con los estribos, envueltos en una sábana enorme, a la manera de las

matronas rurales. Los esperamos bajo un moriche de egoísta sombra, con

curiosidad y recelo.

Mientras Correa remudaba los bagajes, llegaron los sujetos desconocidos,

saludándonos a grandes voces:

—¡Favor a la justicia, que anda extraviada!

—Ora y siempre —respondió el mulato ingenuo.

—Muéstrenos el camino de Hato Grande. Este doctor es Juez de Orocué, y yo

su secretario interino, por añadidura, baquiano.

Al oírlo le averigüé si ese funcionario era el que firmaba José Isabel

Rincón Hernández; e hice esta pregunta porque de tal yo sabía que de

peoncejo de carretera ascendió a músico de banda municipal y luego a Juez

del Circuito de Casanare, donde sus abusos lo hacían célebre.

—¡Sí! —respondió el emparaguado—. Yo soy el doctor y éste que les habla es

un simple escribiente.

El tísico rostro del señor Juez era bilioso como sus espejuelos de

celuloide y repulsivo como sus dientes llenos de sarro. Simiescamente

risible, apoyaba en el hombro el quitasol para enjugarse el pescuezo con

una toalla, maldiciendo los deberes de la justicia que le imponía tantos

sacrificios, como el de viajar mal montado por tierras salvajes, en

inevitable comercio con gentes ignorantes y mal nacidas, dándose al riesgo

de los indios y de las fieras.

—Llévennos ahora mismo —ordenó con acento declamador revolviendo el

«mulengue»— al hato infernal donde un tal Cova comete crímenes cotidianos;

donde mi amigo, el potentado Barrera, corre serios peligros de vida y

hacienda; donde el prófugo Franco abusa de mi criterio tolerante, que sólo

le exige conducta correcta y nada más. ¡Pónganse ustedes incondicionalmente

al servicio de la justicia, y cámbiennos estas bestias por otras mejores!

—Se equivoca usted, señor, tanto en sus conceptos como en el camino que

busca. Ni el hato queda por ahí, ni las personas que nombra son todas como

usted piensa, ni mis caballos bienes mostrencos.

—Sepa usted, irrespetuoso joven —replicóme airado—, que por celo plausible

nos aventuramos solos en estas pampas. El mensajero que me envió Zubieta

clamando auxilio contra Barrera, fue seguido por otro de éste, para exigir

caución al facineroso Cova. Venimos a dispensar garantías, y ustedes se

favorecen también con ellas, porque la justicia es como el cielo, que nos

cubre a todos. Y si es verdad que el empíreo nos cobija de balde, no es

menos cierto que las relaciones de los humanos hacen necesario el

sostenimiento unánime del bien común. Toda contribución es legal y

pertenece al derecho público. Si no quieren ustedes servir de guías,

entréguenme una cuota equivalente a lo que un baquiano de buena voluntad

pidiera por su servicio.

—¿Nos decreta usted una multa?

—¡Irrevocable, sin apelación! —confirmó el secretario—. Considere que ahora

no nos pagan los sueldos.

—Pues miren ustedes —repuse maleante— el hato está cerca y nosotros vamos

para Carozal. Descabecen aquella sabana, orillen luego la mata de monte,

crucen el caño, «déjense ir» por el esterón, y desde allí divisarán la casa

antes de media hora.

—¿Oyes? —regañó el juez—. ¡Lo que yo te decía! Tú me hiciste asolear por

aquí, por rutas desacostumbradas, por pajonales trágicos, defraudando tus

obligaciones de conocer. ¡Te impongo una multa de cinco pesos!

Y después de reducirnos la nuestra al suministro de tabaco y fósforo,

entraron en el horizonte, con rumbo contrario.

* * *

Correa me aclaró algunos detalles relativos al embrollo de Franco en

Arauca. Un joven llamado Helí Mesa, que «actualmente vivía como colono en

el caño Caracarate», vino una vez a La Maporita, y mientras desyerbaban el

«conuco», le relató los sucesos como testigo presencial. Franco era

teniente de la guarnición, y estableció su casa lejos del cuartel, a la

orilla del río. El capitán dio en perseguir a la niña Griselda, y, para

cortejarla a su antojo, dejaba en servicio al subalterno.

Éste, enterado ya de los propósitos del jefe, abandonó el puesto una noche

y corrió a su habitación. Nadie ha sabido qué pasaría a puerta cerrada. El

capitán apareció con dos puñaladas en el pecho, y, debilitado por el

desangre, murió de fiebres en la misma semana, después de hacerle

declaraciones a la justicia, favorables al acusado.

Ni el hombre ni su mujer fueron perseguidos jamás, aunque desaparecieron la

misma noche de la desgracia. Sólo el juez de Orocué les expedía motu

proprio boletas de comparendo, equivalente a letras de cambio, pues el

oro corría a hablar por ellos, con tan descarada costumbre, que ya las

órdenes judiciales se limitaban a decir: «Manden lo de este mes».

En tanto que departíamos por la estepa, un cefirillo repentino y creciente

empezó a alborotar las crines de los caballos y a retozar con nuestros

sombreros. A poco, unas nubes endemoniadas se levantaron hacia el sol,

devorando la luz, y un cañoneo subterráneo estremecía la tierra. Correa me

advirtió que se avecinaba el chubasco, y abreviamos las planicies a galope

tendido, arreando la brigada, suelta, para que se defendiese con libertad.

Buscábamos el abrigo de los montes lontanos, y salimos a una llanada donde

gemían las palmeras, zarandeadas por el brisote con tan poderosa insolencia

que las hacía desaparecer del espacio, agachándolas sobre el suelo, para

que barrieran el polvo de los pastizales crispados. En las rampas, con

disciplinada premura congregábanse los rebaños, presididos por toros

mugientes, de desviadas colas, que se imponían al vendaval agrupando a las

hembras cobardes, y abriendo en contorno una brecha categórica y defensiva.

Las aguas corrían al revés y las bandadas de patos volteaban en las

alturas, cual hojas dispersas. Súbito, cerrando las lejanías entre cielo y

tierra, descolgó sus telones el nublado, terrible, rasgado por centellas,

aturdido por truenos, convulsionado por borrascas que venían empujando a la

oscuridad.

El huracán fue tan furibundo que casi nos desgajaba de las monturas, y

nuestros caballos detuviéronse, dando las grupas a la tormenta. Rápidamente

nos desmontamos y, requiriendo los bayetones bajo el chaparrón, nos

tendimos de pecho entre el pajonal. Oscurecióse el ámbito que nos separaba

de las palmeras, y sólo veíamos una, de grueso tallo y luengas alas, que se

erguía como la bandera del viento y zumbaba al chispear cual una yesca bajo

el relámpago que la encendía; y era bello y aterrador el espectáculo de

aquella palmera heroica, que agitaba alrededor del hendido tronco las

fibras del penacho flamante y moría en su sitio, sin humillarse ni

enmudecer.

Cuando pasó la tromba, advertimos que la brigada había desaparecido y

cabalgamos para perseguirla. Calados, entre la ventolera procelosa,

anduvimos leguas y leguas sin poder encontrarla, y caminando tras la nube

que corría como negro muro, dimos con los peñones del desbordado Meta.

Desde allí mirábamos hervir las revolucionadas ondas, en cuyos crestones

mojábanse los rayos en culebreo implacable, mientras que los barrancos

ribereños se desprendían con sus colonias de monte virgen, levantando

altísimas columnas de agua. Y el estruendo de la caída era seguido por el

traqueteo de los bejucos, hasta que al fin giraba el bosque en el oleaje,

como la balsa del espanto.

Después, entre yerbales llovidos donde las palmeras iban enderezándose con

miedo, proseguimos la busca de la bestiada, y ambulando siempre, cayó sobre

nosotros la noche. Mohíno, trotaba en pos de Correa, al parpadeo de los

postreros relámpagos, metiéndonos hasta la cincha en los inundados bajíos,

cuando desde el comienzo de una ajarafe divisamos lejanas hogueras que

parecían alegrar el monte. «¡Allí vivaquean nuestros compañeros, allí

están!». Y alborozado, principié a gritarles.

—¡Por Dios, por Dios, cierre la boca que son indios!

Y otra vez nos alejamos por el desierto oscuro, donde comenzaban a himplar

las panteras, sin resolvernos a descansar, sin abrigo, sin rumbo, hasta que

la aurora tardía abrió su alcázar de oro a nuestra desfalleciente

esperanza.

* * *

Apenas aclaró el día, vimos unos vaqueros que traían por delante la

«madrina» de bueyes amaestrados, indispensable en toda faena, pues sirve

para aquietar a los toros recién cogidos. Había salido el sol, y, sobre los

grandes reflejos que extendía en la llanura, avanzaban las reses descopando

la grama.

Entre los jinetes que nos saludaron no estaba Fidel, pero Correa los llamó

por sus nombres, atropellándose en los detalles del repentino chubasco, de

la desaparición de las bestias, del encuentro con los indígenas.

—Mano Ugenio, es la primera vez que me «embejuco» de noche en estas

sabanas, y pa colmo, con este blanco tan resignao, que ni siquiera tiene

los brazos güenos. Ya pensará que soy un zambo indecente.

—Eso nos pasa a tóos, mano Antuco: Yanero no bebe caldo ni pregunta por

camino; pero con agua, trueno y relámpago no se puée garantizá.

—¿Y ustées andaban de «ojeo»? ¿Cómo les jué?

—Cochinamente. Nos alegramos de que yoviera y nos vinimos por la tardecita.

Toa la noche velamos sin ver ninguna «punta» porque el ganao se asustó con

la tronamenta, y no quiso dejá el monte. A la madrugáa salió una manchita

de reses, pero no jué posible ojearla, aunque la madrina se portó rebién,

convidándola con mugíos. Entonces resolvimos echarle los rangos encima, pa

ve qué cogíamos: era puro «vacaje» viejo y se perdió la carrera. Tóos

enlazamos sin provecho, menos aquel zambito del interió, que dejó esnucá el

cabayo corriendo en la oscuridá. Por eso viene a pie, con la montura en las

costiyas.

—Mano Tista, —gritó Correa—, venga, móntese en este potro que yo deseo

desentumirme.

Porque no se creyera que me acoquinaban las fatigas, invoqué el recuerdo de

Alicia para avivarme y dije:

—Mano Sidoro, ¿cuántas reses cogieron ayer a lazo?

—Como cincuenta. Pero por la tarde «burriaron» los pescozones y casi hay

«vaina» entre Miyán y Fidel.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

—Que Miyán se apareció con una gente a decí que menestaba los corrales de

Matanegra, pa meté los toros del barajuste, porque venían a cogelos de

nuevo. Franco no quiso responderle ni jota, pero cuando vio que habían

traído perraje, «le mentó la mamá». Mientras tanto, los otros, que andan

por cierto mal montaos, se asomaron a la madrina y dijeron que los

«orejanos» que taban cogíos eran los mesmos que se le jueron a don Barrera,

y querían quitarlos por la juerza. Entonces nos prendimos a «muecos» unos

con otros, y Franco le tendió la carabina a Miyán.

—¿Y dónde echa soga la gente de Barrera?

—Unos se volvieron. Otros, andan por ahí, enmachetaos. Esto se pone feo. Y

pa pior, ustées dejaron ir los cabayos.

—Lo malo no es eso —exclamó uno a quien nombraban mano Jobián—; lo grave es

que el Juez tá en el hato, según dijeron. Como que lo toparon

«embarbascao», y Miyán hizo que un vaquero lo encaminara hasta la vivienda.

Y con la justicia no nos metamos, porque nos coge sin plata. Nosotros

queremos irnos.

—¡Compañeros —repuse—, yo les responderé de que nada pasa!

—¿Y quién responde por usté, que es el que busca la autoridá?

* * *

Fidel no se amilanó por el contratiempo ni le hizo reprensiones al mulato;

hasta se alegró de ver que mi brazo herido podía regir las riendas. Era de

opinión que la brigada se había vuelto a los comedores acostumbrados y que

en La Maporita la hallaríamos.

Lo noté reacio a referirme el altercado con Millán. «Esa discusión no vale

un comino. Además, en esta sabana caben muchísimas sepulturas; el cuidado

está en conseguir que otros hagan de muertos y nosotros de enterradores».

Así dijo sonriente; pero recibió sobresaltado la noticia de que los

vaqueros querían dejarnos solos. «De seguro se irán, porque todos tienen

cuentas con la justicia, porque todos roban ganado».

—¿Y a qué hora seguirá la cogienda? —averigüéle, devorando el almuerzo de

carne tostada, que cortaba yo mismo de la costilla chirriante al rescoldo.

—Sólo esperábamos la madrina. fue un error yevarla al Guanapalo, sabiendo

que por ahí ganadean los indios y que los rodeos se enmontan por eyo. Pero

en este banco hay dos mil «cachones» a cual mejor. Los cabayos resisten

todavía dos carreras, o sean treinta toros cogidos, porque el jinete que

pierde lazo paga multa.

—Y los enviados de Barrera, ¿dónde se hallan?

—Míralos: en aqueyos mogotes amanecieron. Esa gente no es del oficio, a

excepción del Miyán, que «es una lanza» para el coleo. Ya les notifiqué

personalmente que si el perraje me alborotaba la vaquería se encomendaran

al diablo y le llevaran saludes nuestras, porque los mandaríamos al

infierno.

Entretanto, los de la madrina encaminábanla llanura abajo, y la dejaron en

un estero, pastoreada por varios rapaces. Al límite opuesto de un morichal

veíanse puntas de toros pastando al descuido. Avanzamos abiertos en arcos

para caerles como turbión, cuando oyéramos el grito de los caporales; pero

las reses nos ventearon y corrieron hacia los montes, quedando sólo algún

macho desafiador que empinaba la cornamenta para amedrentar a la cabalgata.

Entonces lanzáronse los caballos sobre el desbande, por encima de jarales y

conejeras, con vertiginosa celeridad, y los fugitivos se fatigaron bajo el

zumbido de las lazadas que abiertas cruzaban el viento para caerles en los

«cachos». Y cada vaquero enlazó su toro, desviándose a la izquierda, para

que saltara lejos de la montura el resto de la soga enrollada y el potro

resistiera el tirón en la cola sin enredarse ni flaquear.

Brincaba en los matorrales la fiera indómita al sentirse cogida, y se

aguijaba tras del jinete ladeando su media luna de puñales. Con frecuencia

le empitonaba el rocín, que se enloquecía corcoveando para derribar al

cabalgador sobre las astas enemigas. Entonces el bayetón prestaba ayuda: o

caía extendido para que el toro lo corneara mientras el potro se contenía,

o en manos del desmontado vaquero coloreaba como un capote, en suertes

desconcertantes, sin espectadores ni aplausos, hasta que la res, coleada,

cayera. Diestramente la maneaba, le hendía la nariz con el cuchillo y por

allí le pasaba la soga, anudando las puntas a la crin trasera del potrajón,

para que el vacuno quedara sujeto por la ternilla en el vibrante seno de la

cuerda doble. Así era conducido a la madrina, y cuando en ella se

incorporaba, volvíase el jinete sobre la grupa, soltaba un cabo del rejo

brutal y lo hacía salir a tirones por la nariz atormentada y sangrante.

Montaba yo, alegremente, un caballito coral, apasionado por las distancias,

que al ver a sus compañeros abalanzarse sobre la grey, disparóse a rienda

tendida tras de ellos, con tan ágil violencia, que en un instante le pasó

la llanura bajo los cascos. Adiestrado por la costumbre, dióse a perseguir

a un toro barcino, y era de verse con qué pujanza le hacía sonar el freno

sobre los lomos. Tiraba yo el lazo una y otra vez, con mano inexperta; mas,

de repente, el bicho, revolviéndose contra mí, le hundió a la cabalgadura

ambos cuernos en la verija. El jaco, desfondado, me descargó con rabioso

golpe y huyó enredándose en las entrañas, hasta que el cornúpeto

embravecido lo ultimó a pitonazos contra la tierra.

Advertidos del trance en que me veía, desbocáronse dos jinetes en mi

demanda. Fugóse el animal por los terronales. Correa me dio su potro, y al

salir desalado tras de Franco, vi que Millán, con emulador aceleramiento,

tendía su caballo sobre la res; mas ésta, al inclinarse el hombre para

colearla, lo enganchó con un cuerno por el oído de parte a parte, desgajólo

de la montura, y llevándolo en alto como un pelele, abría con los muslos

del infeliz una trocha profunda en el pajonal. Sorda la bestia a nuestro

clamor, trotaba con el muerto de rastra, pero en horrible instante,

pisándolo, le arrancó la cabeza de un golpe y, aventándola lejos, empezó a

defender el mútilo tronco a pezuña y a cuerno, hasta que el winchester de

Fidel, con doble balazo, le perforó la homicida testa. Gritamos auxilio y

nadie venía; corrí a todas partes con la noticia y a nadie encontraba. Al

fin topé unos vaqueros que tenían unidos caballo y toro a los extremos de

cada soga. Al verme, las cortaron con sus cuchillos para acudir a mi

llamamiento.

Y corríamos más pálidos que el cadáver.

* * *

Cuando llegamos al sitio de la tragedia, llevaban hacia el monte los

despojos del victimado, en la hamaquilla de un bayetón sostenido por las

cuatro puntas. Franco tenía la camisa llena de sangre y desfogaba a voces

su agitación entre el grupo de peones silenciosos. El muerto yacía de

espaldas sobre un moriche caído, y lo tenían cubierto con su propia ruana,

en espera de la rigidez.

Entonces fuimos a buscar los restos de la cabeza entre las matujas

atropelladas, y en parte ninguna los hallamos. Los perros, alrededor del

toro yacente, le lamían la cornamenta.

A pleno sol regresamos al montezuelo. Correa, con una rama, le espantaba al

muerto las moscas. Franco, en un esterito próximo, se limpiaba los

cuajarones. Los compañeros de Millán hacían proyectos para bailar el

«velorio».

—Lo que es yo —rezongaba uno—, tuviera agradecío si dende ayer se hubieran

discogotao en nuestra presencia. Pero esto de decir que lo mató el toro,

cuando oímos claramente los tiros, poco me suena. No había pa qué

arrastrarlo y descabezarlo. Esa crueldá sí ofende a Dios.

—¿No sabe usted cómo fue la desgracia?

—Sí, señó. El asesino, el toro; el muerto, Miyán; los cómplices, nosotros,

y los inocentes, ustées. ¡Por eso me voy adelante con el aviso, pa que

abran el hoyo y alisten música y trago y corten la mortaja pa quen la

merece! Así dijo, y mascullando amenazas, alejóse a escape.

Yo no quería ver al difunto. Sentía repugnancia al imaginar aquel cuerpo

reventado, incompleto, lívido, que fue albergue de una alma enemiga y que

mi mano castigó. Me perseguía el recuerdo de aquellos ojos colorados y

rencorosos que me asaltaron por doquier, calculando si en mi cintura iba el

revólver. Aquellos ojos, ¿dónde cayeron? ¿Colgarían de alguna breña,

adheridos al frontal roto, vaciados, repulsivos, goteantes? ¿Qué sería de

aquella cabeza obtusa, centro de la malicia, filtro de la venganza, cubil

de la maldad y del odio? Yo la sentí crujir al choque del cuerno curvo, que

le asomó por la sien opuesta, mientras el sombrero embarboquejado saltaba

en el aire; la vi cuando el toro, desgarrándola de la cerviz, la proyectó

hacia arriba, cual greñudo balón. ¿Y qué se hizo? ¿Dónde sangraba? ¿La

enterraría la fiera con sus pezuñas, cuando defendiendo el cadáver, trilló

el barzal?

Lentamente, el desfile mortuorio pasó ante mí: un hombre de a pie

cabestreaba el caballo fúnebre, y los taciturnos jinetes venían detrás.

Aunque el asco me fruncía la piel, rendí mis pupilas sobre el despojo.

Atravesado en la montura, con el vientre al sol, iba el cuerpo decapitado,

entreabriendo las yerbas con los dedos rígidos, como para agarrarlas por

última vez. Tintineando en los calcañares desnudos, pendían las espuelas

que nadie se acordó de quitar, y del lado opuesto, entre el paréntesis de

los brazos, destilaba aguasangre el muñón del cuello, rico de nervios

amarillosos, como raicillas recién arrancadas. La bóveda del cráneo y la

mandíbula que la sigue faltaban allí, y solamente el maxilar inferior reía

ladeado, como burlándose de nosotros. Y esa risa sin rostro y sin alma, sin

labios que la corrigieran, sin ojos que la humanizaran, me pareció

vengativa, torturadora y aun al través de los días que corren me repite su

mueca desde ultratumba y me estremece de pavor.

* * *

Más tarde, cuando la comitiva empezó a fumar y la charla se hizo ruidosa,

propuso Franco:

—Pues que será preciso suspender la cogienda, mientras se normaliza la

situación, conviene regresar en busca de las cabayerías. Los vaqueros mejor

montados, vengan acá; los otros yeven la madrina tras el muerto. Por ayá

les caeremos al anochecer.

Sólo siete peones obedecieron. Antes de abandonar a los remisos, le rogué a

un muchacho adelantarse con noticias nuestras, para prevenir el ánimo de

Alicia cuando divisara el cortejo, que en aquel minuto entraba en el

morichal de la lejanía, como entre las columnatas de una basílica

descubierta. Los bueyes del madrineo alargaban la procesión.

Aunque el mulato me señalaba las sabanetas donde anochecíamos la víspera,

fuéme imposible reconocerlas, por su semejanza con las demás; pero advertía

el rastro del ventarrón en el desgreño de los ramajes, en los fulminados

troncos de algunas palmeras, en el desgonce de los pastos vencidos. En

tanto, el recuerdo del mutilado me acompañaba; y con angustia jamás

padecida quise huir del llano bravío, donde se respira un calor guerrero y

la muerte cabalga a la grupa de los cuartagos. Aquel ambiente de pesadilla

me enflaquecía el corazón, y era preciso volver a las tierras civilizadas,

al remanso de la molicie, al ensueño y a la quietud.

Destemplado por la zozobra, me atrasé de mis camaradas cuando nos

alcanzaron los perros. De repente, la aulladora jauría, con la nariz en

alto, circundó el perímetro de una laguna disimulada por elevados juncos.

Mientras los jinetes corrían haciendo fuego, vi que una tropa de indios se

dispersaba entre la maleza, fugándose en cuatro pies, con tan acelerada

«vaquía», que apenas se adivinaba su derrotero por el temblor de los

pajonales. Sin gritos ni lamentos las mujeres se dejaban asesinar, y el

varón que pretendiera vibrar el arco, caía bajo las balas, apedazado por

los colosos. Mas con repentina resolución surgieron indígenas de todas

partes y cerraron con los potros para desjarretarlos a macana y vencer

cuerpo a cuerpo a los jinetes. Diezmados en las primeras arremetidas,

desbandáronse a la carrera en larga competencia con los caballos, hasta

refugiarse en intrincados montes.

—¡Aquí Dólar, aquí Martel! —gritaba yo de estampía, defendiendo a un indio

veloz que desconcertaba con sus corvetas a dos perros feroces. Siguiéndolo

siempre, paralelo a las curvas que describía, lo vi desandar la misma

huella, gateando mañosamente, sin abandonar su sarta de pescados. Al

toparme, se enmatorró, y yo, receloso de sus arrestos, paré las riendas.

Mas, de rodillas, abrió los brazos:

—¡Señor Intendente, señor Intendente! ¡Yo soy el Pipa! ¡Piedad de mí!

Y sin esperar que le respondiera, miedoso de la perrada, saltó a la grupa

de mi alazán, abrazándome compungido:

—¡Perdón, perdón! ¡Ahora le refiero lo del caballo!

Creyendo que el cuitado me maltrataba, acudieron los hombres en mi socorro

y Correa lo tiró al suelo de un culatazo; pero más se tardó en caer que en

encaramarse de nuevo, exclamando:

—¡Nosotros somos amigos! ¡Yo soy el paje de la señora!

—Miren a este come–ganao, capitán de la «guajibera», salteador de las

fundaciones, a quien tantas veces hemos corrío. ¡Ora me las pagás de

contao!

—¡Caballero, no se equivoque, no se precipite, no me confunda; fue que los

indios me aprehendieron, me «empelotaron» y el señor Intendente me libertó!

¡Él me conoce mucho, y su señora me necesita!

Como todos le achacaban los incendios en el Hatico, fingía llorar a mares,

consternado por la calumnia. Luego, aferrándose a mis cuadriles, alzó sus

piernas sobre las mías para que los perros no lo mordieran, simulando

vergüenza de verse desnudo. Y yo, que pasé de la sorpresa a la caridad, lo

conduje en ancas con rumbo al hato, entre la protesta de mis compañeros,

que lo amenazaban con la castración en represalia de sus fechorías.

* * *

Apenas recobró la confianza, inició el cautivo su mendoso discurso, que

interrumpía para pedirme que les ordenara a los vaqueros adelantarse.

—¡No lo hago por mí —decía—, sino por usted: se les puede salir un tiro y

nos atraviesan las espaldas!

Luego, en el tono del amante que convence al oído, agregó:

—¿Cómo iba a ser posible que el señor Intendente llegara a su capital sin

que le hicieran digno recibimiento? Estas minucias me desvelaban aquella

noche, y monté en su caballo para llevar la noticia al pueblo, tan decidido

a regresar pronto, que le dejé a usted mi yegua enjalmada. Pero al saber

las tropelías que iban a cometerle por la traída de la señora, eché cabeza

de este modo: Si lo encarcelan, nadie me libra de mi padrino; si le

registran el equipaje, se quedan con todo; el caballo vale más que la

potranca, pero ambos a dos se los quitarán, y es preferible que yo dé mi

trotadita por Casanare y regrese al fin del verano a devolver todo, rango y

montura. Mas al bajar por estas sabanas, me atajaron los vaqueros de un tal

Barrera diciendo que yo andaba tras del ganado, y querían llevarme preso

para el Hatico, y me robaron hasta el sombrero, y, por quedar a pie, me

cautivaron los guahibos. Pero olvidaba preguntarle por la señora. ¿Cómo la

tiene?

En cualquiera otra situación me habría divertido la pintoresca trama de sus

disculpas; pero entonces, casi al anochecer, sólo quería alcanzar al muerto

para impedir que Alicia lo viera.

Por las llanuras, a media luz, iban dos jinetes a paso lento.

Cuando los alcanzamos, sus caras no se distinguían, pero Franco los

reconoció:

—¿Por dónde siguen los del cadáver?

—Los caporales resolvieron tirarlo al caño, porque no se aguantaba la

«jedentina». Después se jueron a sus tierras, pues no querían trabajar más.

—Nosotros tampoco los acompañaremos —advirtieron unos.

—A mí no me gustan los sinvergüenzas, y prefiero quedar solo. El que quiera

sus jornales, véngase conmigo.

Ellos pronunciaron esta gran frase:

—«Nosotros preferimos la libertá».

—¿Pa qué lao cogieron los camaráas?

—Pa la costa del Guachita.

—¡Adió, pué!

Y galoparon ante la noche.

Los cuatro restantes caminamos a toda prisa en busca del hato semiborroso,

donde hacía guiños una candela. Aunque el Pipa clamaba amparo, lo forcé a

que se apeara. Y zaguero, como oscuro fantasma, nos perseguía en la

sobretarde.

* * *

Raro temor me escalofriaba cuando nos acercamos a los corrales. Desde allí

percibimos que la ramada estaba en silencio y que un gran fogón esclarecía

el patio. Miré hacia los toldos y ya no los vi. Con súbita carrera llegué

al tranquero, y el potro, encandilado, se resistía a invadir la estancia.

Mauco y unas mujeres acudieron.

—¡Por Dios! ¡Váyanse presto, que los cogen!

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está Alicia?

—El viejo Zubieta duerme enterrao y tamos consolándonos con la candela.

—¿Qué ha sucedido? ¡Dilo pronto!

—Que esa «voláa» les salió mal.

Hubo que amenazarlo para que informara; se había cometido un crimen la

víspera. Viendo que Zubieta no se levantaba, desquiciaron la puerta de la

cocina. Colgado por las muñecas en el lazo del chinchorro, balanceábase el

vejete, vivo todavía, sin quejarse ni articular, porque en la raíz de la

lengua le amarraron un cáñamo. Barrera no quiso verlo; mas cuando el juez

llegó al hato, hizo contra nosotros imputaciones tremendas. Juró que en

días anteriores habíamos amenazado al abuelo para que revelara el

escondrijo de sus tesoros; que esa noche, apenas la gente se fue a los

toldos a embriagarse, penetramos por la cumbrera y cometimos la atrocidad,

distribuidos en grupos, para cavar simultáneamente en la topochera, en el

cuartucho, en los corrales. El juez hizo firmar a todos la consabida

declaración y regresó esa misma tarde, custodiado por Barrera y su

personal, y el occiso fue sepultado en una de aquellas excavaciones, bajo

el mango grande, quizás encima de las tinajas de morrocotas, sin ponerle

alpargatas nuevas, sin que le ajustaran las quijadas con un pañuelo, ni le

rezaran el Santo Dios, ni le bailaran las nueve noches. Y para mayor

desgracia, tenían que cuidar ellos de que los marranos no revolcaran la

sepultura, pues ya una vez habían desenterrado un brazo del muerto y se lo

tragaron entre horribles gruñidos.

Tan aturdido estaba yo con tal historia, que no había reparado en que una

de las mujeres era Bastiana. Al verla le grité con pávido acento:

—¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está mi Alicia?

—¡Se jueron! ¡Se jueron y nos dejaron!

—¿Alicia? ¿Alicia? ¿Qué estás diciendo?

—¡Se la yevó la niña Griselda!

Apoyando en el tranquero los codos, comencé a llorar con llanto fácil, sin

sollozos ni contorsiones; era que la fuente de la desgracia, vertiéndose de

mis ojos, me aliviaba el corazón de tan desconocida manera, que permanecí

un momento insensible a todo. Miré con cara aflictiva a mis compañeros, sin

sentir pudor por mis lágrimas, y los veía consolarme como en un sueño. Allí

me rodearon todos, el Pipa se había apropiado uno de mis vestidos, las

mujeres asaban carne y Franco exigía que me acostara. Mas al decirme que

Alicia y Griselda eran dos vagabundas y que con otras mejores las

reemplazaríamos, estalló mi despecho como un volcán, y saltando al potro,

partí enloquecido para darles alcance y muerte. Y en el vértigo del escape

me parecía ver a Barrera, descabezado como Millán, prendido por los talones

a la cola de mi corcel, dispersando miembros en las malezas, hasta que,

atomizado, se extinguía entre el polvo de los desiertos.

Tan cegado iba por la iracundia, que sólo tarde advertí que galopaba tras

de Franco y que íbamos llegando a La Maporita. ¡Era verdad que Alicia no

estaba allí! En la hamaca de mi rival se tendería libidinosa, mientras que

yo, desesperado, desvelaba a gritos la inmensidad.

Entonces fue cuando Franco le prendió fuego a su propia casa.

* * *

La lengua del fósforo hizo vibrar los flecos de la «palmicha», abriéndose

en ola sonante que llenó la comarca de resplandores cárdenos. Al momento el

platanal, chamuscado, aflojó las hojas y las chispas multiplicaron el

estrago en la cocina y el caney. A la manera de la víbora mapanare, que

vuelve los colmillos contra la cola, la llamarada se retorcía sobre sí

misma, ahumando la limpidez de la noche, y empezó a disparar bombas en la

llanura, donde el viento —aliado luciferino— le prestó sus alas a la

candela.

Nuestros caballos, espantados, retrocedieron hacia el caño de aguas

bermejas, y desde allí vi desplomarse la morada que brindó abrigo a mis

sueños de riqueza y paternidad. Entre los muros de la alcoba que fue de

Alicia se columpiaba el fuego como una cuna.

Idiotizado contemplaba el piélago asolador sin darme cuenta del peligro;

mas cuando vi que Franco se alejaba de aquellos lares maldiciendo la vida,

clamé que nos arrojáramos a las llamas. Alarmado por mi demencia, recordóme

que era preciso perseguir a las fugitivas hasta vengar la ofensa increíble.

Y corriendo, corriendo entre claridades desmesuradas, observamos que la

casa del hato ardía también y que la gente daba alaridos en los montes.

La calurosa devastación campeaba en los pajonales de ambas orillas,

culebreando en los bejuqueros, trepándose a los moriches, y reventándolos

con retumbos de pirotecnia. Saltaban cohetes llameantes a grandes trechos,

hurtándole combustible a la línea de retaguardia, que tendía hacia atrás

sus melenas de humo, ávida de abarcar los límites de la tierra y batir sus

confalones flamígeros en las nubes. La devoradora falange iba dejando

fogatas en los llanos ennegrecidos, sobre cuerpos de animales

achicharrados, y en toda la curva del horizonte los troncos de las palmeras

ardían como cirios enormes.

El tranquido de los arbustos, el ululante coro de las sierpes y de las

fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo olor a carnes

quemadas, agasajáronme la soberbia; y sentí deleite por todo lo que moría a

la zaga de mi ilusión, por ese océano purpúreo que me arrojaba contra la

selva, aislándome del mundo que conocí, por el incendio que extendía su

ceniza sobre mis pasos.

¿Qué restaba de mis esfuerzos, de mi ideal y mi ambición? ¿Qué había

logrado mi perseverancia contra la suerte? ¡Dios me desamparaba y el amor

huía!...

¡En medio de las llamas empecé a reír como Satanás!

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