Acabo de ver al Váquiro, tendido en su hamaca del caney, donde lo consume La vorágine · Capítulo 7 de 8
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Acabo de ver al Váquiro, tendido en su hamaca del caney, donde lo consume

Acabo de ver al Váquiro, tendido en su hamaca del caney, donde lo consume

una fiebre alcohólica. A su redor, denunciando el soborno de la turca, hay

desocupada botillería, cuyos capachos despiden aún el olor a brea, peculiar

de los barcos recién arribados. Ramiro Estévanez, quien debe a la

condescendencia del capataz su actual descanso, sospechó las repentinas

intimidades de la pareja, que a solas se encerraba en el depósito a cambiar

palabras de miel: «¡Mi señora!», «¡Mi general!». Por orden de éste vino a

llamarme, advertido del disgusto con que todos ven la desaparición de mis

compañeros. El Váquiro, baboso y amodorrado, parecía dormitar con hipo

anhelante, sin admitir otro remedio que la cachaza.

—No lo dejes beber —dije a Ramiro— porque revienta.

Y el enfermo, clavando en mí sus ojillos idiotizados, me respondió:

—¡Nada le importa! ¡Basta de abusos! ¡Basta de abusos!

—Mi general, respetuosamente pido permiso para explicarle...

—¡Entréguese preso! ¡O me presenta sus compañeros, o queda preso!

Entonces Zoraida le confesó a Estévanez que el Petardo Lesmes llegaría con

el Cayeno en hora imprevista, y que pesaban sobre nosotros no sé qué

sospechas.

—¿Cómo cuál? —respondí con reposo fingido—. ¿Es que me calumnia el Petardo

por mi adhesión al general Vácares? Pues si así fuere, vengan sobre mí las

calamidades, porque tengo el valor de reconocer el mérito ajeno y seguiré

proclamando que el hombre de espada está siempre por encima de los demás.

¡Aquí y donde quiera!

El Váquiro dijo, levantándose del chinchorro:

—¡Eso sí es verdá!

—Sí es —agregué—, porque mis amigos les comunicaron mis ideas a varios

peones y éstos inducen que conspiro contra el Cayeno, la culpa no está en

lo que bien se dice sino en lo que mal se entiende. Si es porque despaché a

mis camaradas a trabajar en la cuadrilla que escogieran, por el pudor de

verlos ociosos, por el deseo de corresponder en cualquier forma a la

protección generosa de quien me hospeda, por compensar con algún esfuerzo

el descanso que el general le ha concedido a Ramiro Estévanez, castíguese

en mí la omisión de no haber pedido permiso previo a quien lo concede, si

alguna vez necesitó la delicadeza autorización de manifestarse.

—¡Eso sí es verdá!

—Si es porque tú, Zoraida, andas repitiendo que jamás estuve en Manaos,

según has colegido de mis respuestas a tus preguntas sobre edificios,

plazas, bancos y calles, te enredas en tu desconfianza, porque nunca he

dicho que conocí esa capital. Para ser cliente de la Casa Rosas no es

indispensable pasar el umbral de sus almacenes; al menos yo no necesité de

tal requisito. Le debo al cónsul de mi país el honor de ser afiliado a tan

rica firma. Al Cónsul ¿oyes? Al Cónsul, quien a la fecha surca el Río Negro

y viene a corregir con su autoridad no sé qué desmanes, como me lo anuncia

en la última carta que recibí.

La madona y el Váquiro repitieron a dúo:

—¡El Cónsul! ¡El Cónsul!

—¡Sí, el Cónsul amigo mío, que al saber mi viaje a San Fernando del Atabapo

me recomendó tomar, con sigilo, informes de los abusos y asesinatos que en

tierras colombianas ha cometido Funes!

Así dije, y cuando salí haciendo campear mi falso orgullo de hombre

influyente, el Váquiro y la madona no cesaban de barbotear:

—¡El Cónsul! ¡Y son amigos!

* * *

—¿Podría decirme busté —me rogaba el Váquiro—, si en estas cosas del indio

Funes habrá de resultarme complicación alguna?

—¿Pero acaso mi General tomó parte activa en la noche aciaga?...

—¡Obligao! ¡Obligao!

Y la madona nos interrumpía:

—¿El señor Cónsul podría ayudarme a cobrar mis créditos? Ya ves, el Cayeno

niega la deuda y se fue del tambo para no pagarme. Descríbeme en tu libro

de cuentas.

—Acaso el caucho que sacaste de los depósitos...

—Es un «sernambí» de pésima clase. Por fuera, el bolón duro y pulido; por

dentro, arenas, trapo y basuras. Perdí el transporte de esa goma porque no

resistió la prueba: al ponerla en el agua se hundía. Si escuchara mis

quejas el Cónsul...

—Habría que ir a donde está él.

—Y si no ha venido...

—Viene, viene, y ha llegado a Yaguanarí. Esa mujer llamada Griselda dice en

sus cartas no sé cuántas cosas. Hay que interrogarla.

—Le tengo recelos. Es de malos hígados. Entre ella y la «otra» le cortaron

la cara al pobre Barrera.

—¡Al pobre Barrera!

—Por eso no le permito andar conmigo.

—Conviene interrogarla inmediatamente.

—¿Te atreverías?

—¡Sí!

Y la niña Griselda vino.

* * *

Jamás en la vida volveré a sentir tan asfixiadora expectación como la que

embargó mi ánimo aquella tarde, al oscurecer, cuando la madona Zoraida

Ayram colgó su linterna en la puerta del cuarto que domina el río. Era la

señal. Sobre la linfa trémula del Isana corrían los reflejos, ordenando el

arribo del batelón, en cuya proa se alistarían los tripulantes para la

medianoche.

Con certeza no puedo decir en qué momento convencí a la madona de que

debíamos fugarnos juntos. Mi cerebro ardía más que la lámpara del dintel,

fulgía como el faro que convida las naves a entrar en el puerto. Una frase,

una sola frase zumbaba frenética en mis oídos, proyectando en mis ojos

imágenes lúcidas. «Entre ella y la otra le cortaron la cara al pobre

Barrera». La otra, la otra, ¿quién podía ser? ¿Y por qué motivo? ¿Por

celos, por venganza, por escaparse? ¿Alicia, era Alicia? ¿Cuál de las dos

se había anticipado con mano débil a marcar el trazo mortífero que mi

encono másculo debía ensanchar? Y mientras me agobiaba la agitación,

bailaba ante mis retinas la mueca de un rostro herido, que no era rostro,

ni era mueca, sino la mandíbula de Millán, partida por el golpe de la

cornada, que se reía injuriosamente, con risa enigmática y dolorosa como la

de Barrera, ¡como la de Barrera!

¡Bebí, bebí, bebí y no me embriagué! Mis nervios resistían la acción

maléfica del alcohol. Le arrebataba la copa al Váquiro, y, al apurarla,

veía que el farol le prestaba al vidrio tonalidades lívidas de puñal.

Impaciente por la tardanza del bongo, iba del tambo al río y avizoraba en

el cielo claro la hora de la medianoche, viendo viajar la estrella tardía,

calculando su llegada al cenit. Seguíame por doquiera el Váquiro

tambaleante, acosándome con chismes y preguntas:

Le entregó a la madona el caucho de los depósitos por saber que yo

respondería de su valor.

—«¡Muy bien, muy bien!».

Ella había instigado a Petardo Lesmes a montar resguardo en el rápido de

Santa Bárbara para que detuviera la embarcación de Clemente Silva: ¡pero la

curiara pasó!

—«¿Verdad, verdad?».

Si el Cayeno notaba las mermas en el caucho del almacén, indicaría a

Zoraida como ladrona.

—«¡Muy bien, muy bien!».

¿Había maliciado yo que la madona intentaba fugarse? Pues pondría

guarniciones para cerrar el río, a menos que el Cónsul pensara subir hasta

el Guaracú y yo garantizara que él no intentaría...

«Pierda cuidado, que sólo viene a recoger informes para acogotar al tirano

Funes».

¿Por qué les avisaba el Petardo Lesmes que exhibiría testimonios de que no

éramos gomeros sino bandidos?

«¡Calumnias, calumnias! ¡Somos amigos del señor cónsul, y eso basta!».

—¡Zoraida, Zoraida —decíale yo, apartándome del borracho—, cuando mis

camaradas regresen, abandonaremos este presidio!

Y ella insistía:

—¿Pero de veras no los has mandado a indisponerme con el Cayeno? ¿Me

quieres, me quieres?

—¡Sí, sí!

Y cogiéndola por los brazos, la apretaba nervioso, hasta hacerla gritar, y

la miraba con ojos alucinados, y la figura de la mujer borrábase de mi

presencia, quedando sólo un paño sangriento sobre el busto lascivo que la

sien de Luciano Silva empapó de cálida púrpura.

La noche era azul y los barracones estaban desiertos. Ramiro Estévanez, que

no se apartaba de la orilla, vino a avisar que por el río bajaban ramas. El

batelón debía hallarse arriba, en el atracadero desconocido, enviando

señales.

Al oír esta nueva, operóse en mí un fenómeno orgánico: mis plantas se

enfriaban, mis pulsaciones se moderaron y empecé a sentir un vago reposo

que me llenaba de indolencia, a pesar de la fiebre súbita que prestaba a mi

piel ardores de brasa. ¿Emocionarme yo porque una aventurera llegaba al

tambo? ¡Ya no tenía interés en verla, ni en saber de nadie! ¡Si quería

protección, que me buscara! ¡Y me embocé en un desdén irónico!

—¡No me invites al puerto, Zoraida, porque no voy! ¡Si aún insistes en que

interrogue a tu sirvienta, ha de ser a solas y en ese caney!

Minutos más tarde, cuando advertí que las dos mujeres llegaban, quise

moverme a velar la llama del farol. Di algunos pasos, y el pie derecho se

me resistía: un leve hormigueo, una especie de parálisis cosquillosa me

estremeció. Lerdamente avancé, sin sentir el suelo, como si pisara

algodones. ¡La niña Griselda corrió a abrazarme! Rechazándola con el gesto,

le dije a secas ante la madona:

—¡Salud!

* * *

Hoy escribo estas páginas en el Río Negro, río sugestivo que los naturales

llaman Guainía. Desde hace tres semanas, en el batelón de la turca, huimos

de las barracas del Guaracú. Sobre la cresta de estas ondas retintas que

nos van acercando a Yaguanarí, frente a estas orillas, que vieron bajar a

mis compatriotas esclavizados, sobre estos remolinos que venció la curiara

de Clemente Silva, hago memoria de los sucesos aterradores que antevinieron

a la fuga, inconforme con mi destino, que me obligó a dejar un rastro de

sangre.

Aquí va la niña Griselda, de sabrosa palabra y espíritu enérgico, cuyo

rostro desgastado por el dolor aprendió a sonreír entre lágrimas. Cariño y

coraje infúndeme al par esta desgraciada, que no se inmuta ante el peligro

y supo desarmar mi cólera estúpida la noche en que nos hallamos, frente a

frente, solos en el caney de la madona.

—¡Salud! —repetí— haciendo ademán de salir del cuarto.

—Espérate, desconocío. ¡Aquí me han treído a garlar con vos!

—¿Conmigo? ¿De qué? ¿Viene usted a contarme cómo le ha ido?

—Lo mismo que a vos. ¡Fregaíta, pero contenta!

—¿Y su negocio? ¿Cómo va la asistencia de las peonadas? ¿A cómo tiene

amasijo fresco?

—Pa vos no tengo, porque no fío. Pero como te veo la necesidá, vení y

arreglamos. Conmovido al verla taparse el rostro con el pañuelo, le

pregunté:

—¿Te enseñó a llorar el «niño» Barrera?

—¿Yorar? ¿Y por qué? Es que desde el día que me pegaron un pescozón quedé

resabiáa a tarme limpiando.

Reprochándome de esta suerte la brutal escena de La Maporita, intentó reír,

pero, de repente, convulsionada por los sollozos, cayó a mis pies:

—¡Déjate de burlas, mirá que somos tan desgraciaos!

Casi maquinalmente inclinéme para levantarla, con secreta satisfacción de

verla rendida. Sentíame anonadado ante aquel dolor, pero mi orgullo se

irguió como una esfinge, y enmudecí: ¿Preguntar por Alicia, averiguar por

su paradero, demostrar interés por saber de ella? ¡Jamás! Sin embargo, creo

que inconscientemente balbucí alguna pregunta, porque Griselda, sonriendo

entre su llanto, replicó:

—¿A cuál de eyas te referís, a tu Clarita?

—¡Sí!

—Pues recibíme el pésame má sentío, porque ahora la tiene don Funes.

Barrera se la dio en pago del permiso pa transitá por el Orinoco y el

Casiquiare. De ver su suerte, yoraba la pobre, y nosotras también

yorábamos, pero, metía entre una canoa, sin entregarle ni la ropita, ni el

baulito, se la yevaron pa San Fernando del Atabapo, con una carta y algunos

presentes.

—¿Y la otra, la otra, cuál fue la de la cortada?...

—¡Ah, descarriao! ¡Con que al fin preguntás por eya! Confesáme primero que

la Clarita fue concubina tuya cuando tabas en Hato Grande. ¡Si nosotras

supimos tóo!

—¡Nunca! Pero dime, aquel miserable...

—Personalmente nos yevó ese cuento, y toas las noches mandaba a Mauco a

afligí a la niña Alicia: ¡que te pasabas enchinchorrao con la tal mujé, que

la yevabas pa Venezuela y no sé qué má! Decí, pue, si la otra tuvo razón en

desesperarse. ¡Por eso se vino! ¡Por eso me la traje, porque yo también

queaba en el viento! ¡Fidel quería desenyugarse! ¡Me trataba mal!...

—¡Te advierto que no me importan esas fábulas! ¡Cada cual merece su sino!

¡Lo que no acepto es que compliques a Barrera en esa intriga, queriendo

dártelas de inocente! ¿Y los paseítos en la curiara? ¿Y las entrevistas a

la medianoche?

—¡Pero no eran pa náa malo! ¡Tenés razón en juzgarme así, por haberme

chanceao con vos! ¡Ése fue mi pecao, pero ha sío más grave la penitencia!

¡Yo necesitaba de alguna ayúa, y como la niña Alicia quería volverse pa su

casa de Bogotá con don Rafael, me sobrevino la tentación! ¡Pero harto me

pesa! ¡Jamás de los jamases le falté a Franco!

—¡Ah, si hablara el espectro del capitán!...

—¡No me lo recordés! ¡La pagó caro por atrevío! ¡Pregúntale a Fidel, si

querés detalles, pero no me lo recordés! ¡He sufrío tanto! ¡Imaginá lo que

fue pa mí tenderlo boqueando al pie de mi honra! ¡Y dejá que Fidel se lo

echara encima pa salvarme, pa defenderme! Y luego, el suplicio de ve a mi

hombre, triste, desamorao, arrepentío, dejándome sola en La Maporita días y

semanas pa no mirarme, pa no tené que darme la mano, repitiéndome que

deseaba largarse lejos, a otros países, onde nadie supiera lo suceío y no

tuviera que tar de peón jugándose la vida con las toráas. En ésas el tal

Barrera se presentó, y Franco me daba rienda pal entusiasmo, como queriendo

salir de mí, diciéndome unas veces que nos veníamos, otras que él se

queaba; hasta que Barrera, pa obligarme a cogé otro camino, me cobró los

regalos que me había hecho, ¡y yo no tenía con qué pagá, y me amenazaba con

demandá al pobre Fidel! ¡Ésas eran las entrevistas! ¡Eso es lo que vos

suponés de malo!

—¿Y quisiste saldar esa cuenta entregando a la «niña» Alicia?

—¡Ponéle conciencia a lo que decís! ¡Cómo me vas a hacer ese cargo! Yo le

di al Barrera cuanto era mío, sortijas, zarciyos, ¡y hasta quise vendé mi

máquina pa pagale! Despué de tóo, volvió a decirme que vos eras rico, que

te pidiera plata prestáa. La niña Alicia, que me sentía yorá de noche,

ofreció ayudarme hablando con él, pa conseguir que me rebajara siquiera el

saldo. En ésas, me pegaste y querías matarnos, y te fuiste pa onde Clarita,

y Barrera me fue a advertir que no esperara a Franco, porque vos le ibas a

meté no sé cuántos chismes y me podía molé a palos. ¡Y huyendo, ella de vos

y yo de Fidel, nos vinimos solas donde pudimos: a buscá la vida en el

Vichada!

—El cariño y el viento soplan de cualquier lado.

—Hice mal en decirte eso. Como vos me gustabas y la niña Alicia quería

regresá... Pero ya ves qué viento tan inhumano, tan espantoso: cayó sobre

tóos y nos ha dispersao que ni basuras, lejos de nuestra tierra y de

nuestro cariño.

La infeliz mujer principió a llorar y una ternura desbordante inundó mi

pecho:

—¡Griselda, Griselda! ¿Dónde está Alicia?

—Tras la camorra con el Barrera, me separaron de ella y me vendieron. ¡Debe

tar en Yaguanarí! Afortunadamente la enseñé a amarrarse las naguas, a sabé

portarse. No la desemparaba en tóo el camino: si salíamos del bongo,

salíamos juntas; si dormíamos en la playa, una contra otra, bien tapáas con

la cobija. El Barrera taba chocao, pero sin atreverse a ser abusivo. Una

noche, entre el bongo, destapó boteya por emborracharnos. Como náa le

recibíamos, les mandó a los bogas sacarme a empellones, y se lanzó a forzá

a la niña Alicia; ¡pero ésta desfondó la boteya contra la borda, y le hizo

al bellaco, de un golpe, ocho sajaduras en plena cara!

Cuando la mujer acabó de hablar, había partido yo mis uñas contra la mesa,

creyendo que mis dedos eran puñales. Fue entonces cuando noté que mi mano

derecha estaba insensible. ¡Ocho sajaduras! ¡Y con llameantes ojos buscaba

al infame en la habitación, para ultimarlo, para morderlo, para mascarlo!

La niña Griselda me suplicaba:

—¡Cálmate, cálmate! Vámonos por ella a Yaguanarí. ¡Ésa es una mujé honráa!

¡Te juro que no la han comprao, porque no sirve pa los trabajos, porque ta

encinta!

Al oír esto, ya no supe de mí. Como eco lejano llegaba a mis oídos la voz

de la patrona, que decía:

—¡Vámonos, vámonos! ¡Fidel y el Catire me toparon esta mañana y tán en el

bongo! ¡Tóos reconciliaos!

Indudablemente, di alarmantes quejidos, porque aparecieron en el umbral

Ramiro Estévanez y la madona.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Y la niña Griselda, viéndome afónico, les repetía:

—¡Nos vamos! ¡Nos vamos! ¡Dijeron los bogas que el Cayeno puée yegá!

Afanosa, Zoraida empezó a arreglar los bártulos, abrumando a su sierva con

órdenes perentorias de ama gruñona. Ramiro, desconcertado, se acercó a

tomarme el pulso. Las mujeres trajinaban haciendo envoltorios, y en breve,

la madona, bajo su gran sombrero me preguntó:

—¿Tienes alguna cosa que llevar?

Señalando difícilmente el libro desplegado en la mesa, el libro de esta

historia fútil y montaraz, sobre cuyos folios tiembla mi mano, acerté a

decir:

—¡Eso! ¡Eso!

Y la niña Griselda se lo llevó.

—Dime, ¿alcanzaste a poner en claro la cuenta que te pedí? ¿La detallaste

bien para mostrársela al señor Cónsul? Ya ves que Barrera todavía me debe,

pues me engañó dándome joyas ordinarias. Entrégame las sumas que le tienes.

¡Podías firmarme una obligación! ¿Qué te dijo la mujerzuela? ¡Vámonos,

tengo miedo!

Y Ramiro advirtió, haciendo una seña:

—¡El Váquiro está despierto en el corredor!

No acierto a describir lo que fui sintiendo en esos instantes: me parecía

que estaba muerto y que estaba vivo. Evidentemente, sólo la zona del

corazón y gran parte del lado izquierdo daban señales de perfecta

vitalidad; lo demás no era mío, ni la pierna, ni el brazo, ni la muñeca;

era algo postizo, horrible, estorboso a la par ausente y presente, que me

producía un fastidio único, como el que puede sentir el árbol que ve pegada

en su parte viva una rama seca. Sin embargo, el cerebro cumplía

admirablemente sus facultades. Reflexioné. ¿Era alguna alucinación?

¡Imposible! ¿Los síntomas de otro sueño de catalepsia? Tampoco. Hablaba,

hablaba, me oía la voz y era oído, pero me sentía sembrado en el suelo, y

por mi pierna hinchada, fofa y deforme, como las raíces de ciertas

palmeras, ascendía una savia caliente, petrificante. Quise moverme y la

tierra no me soltaba. ¡Un grito de espanto! ¡Vacilé! ¡Caí!

Ramiro exclamó, inclinándose presuroso:

—¡Déjate sangrar!

—¡Hemiplejía! ¡Hemiplejía! —le repetía desesperado.

—¡No! ¡El primer ataque de beriberi!

* * *

Toda la madrugada estuve llorando, sin más compañía que la de Ramiro,

quien, sentado a mi diestra en el chinchorro, no profería palabra. El

hálito fresquísimo de la aurora me restauraba el cuerpo y por la heridilla

que la lanceta hizo en mi brazo escapó la fiebre. Probé a caminar y la

pierna torpe se retrasaba, desnivelándome, pues en realidad voluminosa, era

en apariencia menos pesada que una pluma. Ahora sí comprendía por qué

algunos gomeros, al sufrir los síntomas del beriberi, bregan enloquecidos,

por amputarse de un hachuelazo el tobillo insensible, y corren,

desangrándose, hacia la barraca, donde mueren comidos por la gangrena.

—No permito que nadie salga de aquí —recalcaba el Váquiro en el caney

próximo, donde altercaba con la madona—. Aunque esté borracho me doy cuenta

de lo que pasa. ¡Busté me conoce!

—¿Oyes? —decía Ramiro—. Es aventurado pensar en fugas. ¡Al menos, yo no lo

intentaré!

—¡Cómo! ¿Piensas quedarte aquí, donde la timidez te remachó cadenas?

—La timidez y la reflexión, es decir, lo que tú no tienes. Y puedes añadir

estas otras causas: el fracaso, la decepción.

—¿Pero no te entusiasma la libertad?

—Ella no me bastó para ser feliz. ¿Volver yo a las ciudades, desmedrado,

pobre y enfermo? El que dejó sus lares por conquistar a la fortuna no debe

tornar pidiendo limosna. Por aquí siquiera nadie conoce mis vicisitudes, y

la miseria toma aspectos de obligatoria renunciación. Vete, la vida nos

amasó con sustancias disímiles. No podemos seguir el mismo camino. Si algún

día ves a mis padres, cúrate de decirles dónde estoy. ¡Caiga el olvido

sobre el que nunca puede olvidar!

Estas frases con que Ramiro se despedía de la ilusión y de la juventud nos

hicieron llorar otra vez. ¡Todo por el amor de aquella Marina, cuyo dulce

nombre le escribió el destino entre dos palabras!: ¡Siempre! ¡Jamás!

* * *

—¿Por qué discuten? —le pregunté a Ramiro cuando volvía al amanecer.

—Por el caucho de los depósitos. El Váquiro sostiene que faltan más de

ciento cincuenta arrobas, y afirma que le fueron robadas, porque las

embarcaron sin su venia. La madona promete que tú responderás.

—¿Qué hago, Ramiro?

—Es una terrible complicación.

—Aconsejémosle a la madona que lo devuelva y nos fugaremos. ¡O si no,

prendamos al Váquiro! ¡Llama a Fidel y a Helí que están en el bongo! ¡Diles

que traigan las carabinas!

—El bongo está encostado en la orilla opuesta. Los que llegaron venían en

canoa.

—¿Qué hago, Ramiro?

—Esperemos a que el Váquiro duerma la siesta.

—Pero te irás conmigo, ¿verdad? ¡A seguir mi suerte! ¡A encontrarnos en el

Brasil! ¡Trabajaremos como peones, donde no nos conozcan ni persigan! ¡Con

Alicia y nuestros amigos! ¡Esa varona es buena y yo la perdí! ¡Yo la

salvaré! ¡No me reproches este propósito, este anhelo, esta decisión! No

tomes a mal que sea mi querida; hoy es sólo una madre en espera de su

propio milagro. ¡Tantos en el mundo se resignan a convivir con una mujer

que no es la soñada, y, sin embargo, es la consentida, porque la maternidad

la santificó! ¡Piensa que Alicia no ha delinquido; y que yo, despechado, la

denigré! ¡Ven, sobre el cadáver de mi rival habrás de vernos reconciliados!

Vamos a buscarla a Yaguanarí. Nadie la compra porque está encinta. ¡Desde

el vientre materno mi hijo la ampara!

De repente, Ramiro, desencajado, exclamó alejándose:

—¡El Cayeno! ¡El Cayeno!

* * *

Aún me estremezco ante la visión de aquel hombre rechoncho y rubio, de

rubicunda calva y bigotes lacios, que apercollando al General Vácares lo

trincó sobre el polvo, urgiendo que lo colgaran de los pies y le pusieran

humo bajo la cara.

—¡Rediablos! —repetía marcando las erres—. ¡Rediablos! ¿No mandé que

montaras guarniciones en el raudal? ¿Quién despachó canoa para el Brasil?

Y mientras los verdugos ejecutaban el suplicio, rugió rapándole a la madona

su fresco sombrero:

—¡Cocota! ¿No te descubres? ¿Qué haces aquí? ¿No te probé que nada te debo?

¿Dónde tienes el caucho que me robaste?

Y como la madona me señalaba, el gabacho alevoso marchó contra mí:

—¡Bandido! ¿Sigues alebrestándome los gomeros? ¡Ponte de pie! ¿Dónde se

hallan tus dos amigos?

Intenté levantarme y resistirle, pero la pierna hinchada me lo impidió.

Entonces el hombre, a patada y foete, me cayó encima, llamándome ladrón,

llamándome aliado del indio Funes hasta dejarme exánime en el suelo.

Cuando me enderecé, cubierto de sangre, sentí que el Cayeno andaba en los

depósitos. A la sazón, la antigua peonada invadió el patio, donde había una

patrulla de indios prisioneros, con los puños engusanados bajo las sogas.

Por entre ellos zanganeaba el Petardo Lesmes, apresurando a los capataces,

que examinaban el rebaño recién cogido para distribuirlo entre sus

cuadrillas. Sorda algarabía llenaba el ámbito, cuando vi sacar del montón

de hombres, con las manos atadas, al Pipa, al Pipa que venía a

identificarme de acuerdo con instrucciones del Petardo. Acercose a mí, y

afirmando sobre mi pecho su pie inmundo, gritó:

—¡Éste es el espía de San Fernando!

—¡Y vos, animal —replicóle el cauchero corpulentísimo que lo seguía— sos el

Chispita de la Chorrera, el que tantas veces me echaba rejo! ¡Préstame las

uñas pa examinártelas!

Y tirándolo con la coyunda lo llevaba de rastra, entre las rechiflas de los

gomeros, hasta que, furibundo, le cercenó los brazos con el machete, de un

solo mandoble, y boleó en el aire, cual racimo lívido y sanguinoso, el par

de manos amoratadas. El Pipa, atolondrado, levantóse del polvo como

buscándolas, y agitaba a la altura de la cabeza a los muñones, que llovían

sangre sobre el rastrojo, como surtidorcillos de algún jardín bárbaro.

Apenas el Cayeno reapareció, quedaron en silencio los barracones del

Guaracú.

—¡Colombiano! ¡A decirme dónde está el bongo! ¡A devolverme el caucho

escondido! ¡A entregarme tus compañeros!

Y cuando me metieron en la canoa y cruzábamos el río hacia el batelón, vi

por última vez a Ramiro Estévanez y la madona Zoraida Ayram, sobre la

barranca del puertecito, llorosos, trémulos, espantados.

* * *

La niña Griselda, al verme contuso, adivinó lo que había pasado y salió a

recibirnos en la borda. El Cayeno, apagando la pipa contra la suela del

zapato, pareció vacilar ante repentina sospecha, porque ordenó a los bogas

de la curiara que costearan el bongo. Los perros, iracundos, defendían el

puente a grandes ladridos.

—Mujer —prorrumpí—, encadena tus animales, que el señor viene a requisar

esa embarcación.

—Explícale al amo que aquí no tenemos má que la mercancía. Toa la goma queó

tapáa en los rebalses. ¡Si el amo quiere, vamos ayá!

El Cayeno, de un salto, se instaló en proa y mandó que desatracaran, apenas

logré subir yo.

—¿Cuánta gente tienen aquí? ¿Dónde están los otros bribones?

—Mi amo, yo toy solita con los tres indios: dos pa los canaletes y el del

timón.

El tirano gritó a los marineros de la canoa:

—¡Upa! ¡Vuélvanse a las barracas a traer cargueros!

Mientras tanto, el bongo seguía agua abajo y la niña Griselda vino a

colocarse ante el Cayeno, barbullando contritas explicaciones, para

impedirle reparar en los fardos de mercancía. Allí estaban ocultos mis

compañeros, mal tapados con un costal, bajo cuyos extremos les salían los

pies. Por mi cara corría un sudor de muerte. El Cayeno los vio, y, montando

el revólver, bajó hacia ellos.

—¡Señor! —balbucí—. ¡Son dos muchachos que están con fiebres!

El déspota inclinóse para descubrirlos, y, súbito, Fidel le agarró el arma

con ambas manos, mientras el Catire lo sujetaba por la cintura. Salté como

pude para arracimármeles, pero el ex presidiario, liso como un pez, se nos

zafó repentinamente, lanzándose al río. La niña Griselda le alcanzó a dar

en la cabeza un canaletazo. Sobre las burbujas que el fugitivo provocó en

el agua cayeron los perros. El Cayeno se sumergió. Listas, en las bandas,

acechaban las carabinas. «¡Aquí está, aquí está, prendido al timón!». ¡Uno,

dos, diez disparos! El hombre se puso a flote, haciéndose el muerto,

mientras se alejaba de los fusiles, y después los cachorros no podían

alcanzarlo. «¡Allí, allí, no lo dejen tomar respiro!». Bogábamos en el

bongo furiosamente, y la cabeza desaparecía, rápida como pato zambullidor,

para emerger en punto impensado, y Martel y Dólar seguían la ruta en la

onda carmínea, aullando presurosos en pos de la presa, hasta que

presenciamos sobre la costa el cuadro crispante: ¡uno de los perros

cabestreaba el cadáver por el remanso, al extremo del intestino, que se

desenrollaba como una cinta larga y siniestra!

¡Así murió aquel extranjero, aquel invasor, que en los lindes patrios taló

las selvas, mató los indios, que esclavizó a mis compatriotas!

* * *

El domingo tocamos en el villorrio de San Joaquín, frente a la boca del

Vaupés, y nos permitieron desembarcar. Nos creen apestados, nos ven

hambrientos, temen que les robemos víveres y gallinas. Mezclando el

castellano al portugués nos ordenó el alcalde salir del puerto, en tanto

que la gente agrupada en la arena, viejos, mujeres, niños, nos amenazaban

blandiendo escopetas, escobas y palos.

—¡Colombianos no, colombianos no!

Y lanzaban maldiciones sobre Barrera, que les llevó al Río Negro tan dañina

plaga.

Y en San Gabriel, pueblo edificado sobre el congosto por donde el río

gigante se precipita, hubimos de abandonar el bongo para no arriesgar en el

raudal. El Prefecto Apostólico, Monseñor Massa, nos acogió benévolamente y

nos ha ofrecido la gasolina de la Misión para seguir a Umarituba. Él me dio

la noticia que nos ha llenado de júbilo: don Clemente bajó hace tiempos, y

el Cónsul de Colombia subirá, a fines de la semana, en el vapor «Inca», que

hace el recorrido entre Manaos y Santa Isabel.

* * *

¡Umarituba! ¡Umarituba! Jao Castanheira Fontes, no contento con regalarnos

ropa, mosquiteros y provisiones, está equipándonos una canoa para el viaje

a Yaguanarí. El martes seguiremos por el Río Negro, radiantes de esperanza,

trémulos de ansiedad. El beriberi me dejó la pierna dormida, insensible,

como de caucho. Pero el alma rebrilla en mis ojos, poderosos como una

llama. ¡Yo no sé lo que va a pasar!

¡Hoy, agua abajo! Aquí está el solemne cerro cuya base lame el río

Curí–Curiarí, el río que buscaron Clemente Silva y los siringueros cuando

andaban perdidos en la floresta.

* * *

—¡Santa Isabel! En la agencia de los vapores dejé una carta para el Cónsul.

En ella invoco sus sentimientos humanitarios en alivio de mis compatriotas,

víctimas del pillaje y la esclavitud, que gimen en la selva, lejos de hogar

y patria, mezclando al jugo del caucho su propia sangre. En ella me despido

de lo que fui, de lo que anhelé, de lo que en otro ambiente pude haber

sido. ¡Tengo el presentimiento de que mi senda toca a su fin... y, cual

sordo zumbido de ramajes en la tormenta, percibo la amenaza de la vorágine!

* * *

—¡Animo! ¡Animo! Hoy llegaremos a Yaguanarí y bogamos a todo músculo porque

supimos que mi rival sale para Barcelos. Es posible que se lleve a Alicia.

Aquí el río se divide en inmensos brazos, para estrechar mejor las islas

incultas. En esa península del lado derecho, se ve el caney de los

apestados, detenidos en cuarentena. Por detrás desemboca el Yurubaxi.

—Catire, algún capataz puede reconocerte. ¡Toma mi revólver! Guárdalo en la

pretina.

¡Vamos a llegar!

* * *

Esto lo escribo aquí en el barracón de Manuel Cardoso, donde vendrá a

buscarnos don Clemente Silva. Ya libré a mi patria del hijo infame. Ya no

existe el enganchador. ¡Lo maté! ¡Lo maté!

Aún me veo saltando de la curiara sobre el escueto patio que precede al

caney de Yaguanarí. Circundados por hogueras medicinales, tosían los

apestados entre el humo, sin darme razón de mi enemigo, por quien yo

preguntaba anheloso, antes que me viera. En tal momento me había olvidado

de buscar a Alicia. La niña Griselda la tenía abrazada al cuello. Yo me

detuve sin saludarla: ¡sólo quería mirarle el vientre!

No sé quién me dijo que Barrera estaba en el baño, y corrí inerme entre el

gramalote hacia el río Yurubaxi. Hallábase desnudo sobre una tabla junto a

la margen, desprendiéndose los vendajes de las heridas, ante un espejo. Al

verme, abalanzóse sobre la ropa, a coger el arma. Yo me interpuse. Y empezó

entre los dos la lucha tremenda, muda, titánica.

Aquel hombre era fuerte, y, aunque mi estatura lo aventajaba, me derribó.

Pataleando, convulsos, arábamos la maleza y el arenal en nudo apretado,

trocándonos el aliento de boca a boca, él debajo unas veces, otras encima.

Trenzábamos los cuerpos como sierpes, nuestros pies chapoteaban la orilla,

y volvíamos sobre la ropa, y rodábamos otra vez, hasta que yo, casi

desmayado, en supremo ímpetu, le agrandé con mis dientes las sajaduras, lo

ensangrenté, y, rabiosamente, lo sumergí bajo la linfa para asfixiarlo como

a un pichón.

Entonces, descoyuntado por la fatiga, presencié el espectáculo más

terrible, más pavoroso, más detestable: millones de caribes acudieron sobre

el herido, entre un temblor de aletas y centelleos, y aunque él manoteaba y

se defendía, lo descarnaron en un segundo, arrancando la pulpa a cada

mordisco con la celeridad de pollada hambrienta que le quita granos a una

mazorca. Burbujeaba la onda con hervor dantesco, sanguinosa, túrbida,

trágica; y, cual se ve sobre el negativo la armazón del cuerpo

radiografiado, fue emergiendo en la móvil lámina el esqueleto mondo,

blancuzco, semihundido por un extremo al peso del cráneo, ¡y temblaba

contra los juncos de la ribera como en un estertor de misericordia!

¡Allí quedó, allí estaba cuando corrí a buscar a Alicia, y alzándola en mis

brazos, se lo mostré!

Lívida, exánime, la acostamos en el fondo de la curiara, con los síntomas

del aborto.

* * *

Anteanoche, entre la miseria, la oscuridad y el desamparo nació el

pequeñuelo sietemesino. Su primera queja, su primer grito, su primer llanto

fueron para las selvas inhumanas. ¡Vivirá! ¡Me lo llevaré en una canoa por

estos ríos, en pos de mi tierra, lejos del dolor y la esclavitud, como el

cauchero del Putumayo, como Julio Sánchez!

* * *

Ayer aconteció lo que preveíamos: la lancha de Naranjal vino a tirotearnos,

a someternos. Pero le opusimos fuerza a la fuerza. Mañana volverá. ¡Si

viniera también la del Cónsul!

Franco y Helí vigilan sobre la peña para impedir que encosten las

«montarías» de los apestados. Allá escucho toser la flotilla mendiga, que

me clama ayuda, pretendiendo alojarse aquí. ¡Imposible! En otra

circunstancia me sacrificaría para aliviar a mis coterráneos. ¡Hoy no!

¡Peligraría la salud de Alicia! ¡Pueden contagiar a mi hijo!

* * *

Es imposible convencer a estos importunos, que me apellidan su «redentor».

Hablé con ellos, exponiéndome al contagio, y están resistidos a regresar.

Ya les repetí que no tengo víveres. Si me acosan, nos obligarían a tomar el

monte. ¿Por qué no se van al caney de Yaguanarí en espera del vapor «Inca»?

De hoy a mañana arribará.

* * *

Sí, es mejor dejar este rancho y guarecernos en la selva, dando tiempo a

que llegue el viejo Silva. Improvisaremos algún refugio a corta distancia

de aquí donde sea fácil a nuestro amigo encontrarnos y se consiga leche de

seje para el niño.

¡Que preparen la parihuela donde vaya acostada la joven madre! La llevarán

en peso Franco y Helí. La niña Griselda portará la escasa ración. Yo

marcharé adelante, con mi primogénito bajo la ruana.

¡Y Martel y Dólar, detrás!

* * *

Don Clemente: Sentimos no esperarlo en el barracón de Manuel Cardoso,

porque los apestados desembarcan. Aquí, desplegado en la barbacoa, le dejo

este libro, para que en él se entere de nuestra ruta por medio del croquis,

imaginado, que dibujé. Cuide mucho esos manuscritos y póngalos en manos del

Cónsul. Son la historia nuestra, la desolada historia de los caucheros.

¡Cuánta página en blanco, cuánta cosa que no se dijo!

* * *

Viejo Silva: Nos situaremos a media hora de esta barraca, buscando la

dirección del caño Marié, por la trocha antigua. Caso de encontrar

imprevistas dificultades, le dejaremos en nuestro rumbo grandes fogones.

¡No se tarde! ¡Sólo tenemos víveres para seis días! ¡Acuérdese de Coutinho

y de Souza Machado! ¡Nos vamos, pues!

* * *

¡En nombre de Dios!

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