## Segunda Parte La vorágine · Capítulo 4 de 8
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## Segunda Parte

Segunda Parte

¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué

hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de tus

ramajes, como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mi

aspiración y el cielo claro, que sólo entreveo cuando tus copas

estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus crepúsculos angustiosos.

¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos

celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, por qué

no tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas veces suspiró mi alma adivinando al

través de tus laberintos el reflejo del astro que empurpura las lejanías,

hacia el lado de mi país, donde hay llanuras inolvidables y cumbres de

corona blanca, desde cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras!

¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú me robaste

el ensueño del horizonte y sólo tienes para mis ojos la monotonía de tu

cenit, por donde pasa el plácido albor, que jamás alumbra las hojarascas de

tus senos húmedos!

Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a

media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los

árboles imponentes, contemporáneos del paraíso, que eran ya decanos cuando

las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el hundimiento de los

siglos venturosos. Tus vegetales forman sobre la tierra la poderosa familia

que no se traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo

llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor de

la hoja que cae. Tus multísonas voces forman un solo eco al llorar por los

troncos que se desploman, y en cada brecha los nuevos gérmenes apresuran

sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un

misterio de la creación. No obstante, mi espíritu sólo se aviene con lo

inestable, desde que soporta el peso de tu perpetuidad, y, más que a la

encina de fornido gajo, aprendió a amar a la orquídea raquítica, porque es

efímera como el hombre y marchitable como su ilusión.

¡Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras, formadas con el hálito

de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma

pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a

las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la

esclavitud, donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en

la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las

canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar a la tierra

de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en

nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y

desiertos, en busca de la Venganza, diosa implacable que sólo sonríe sobre

las tumbas!

* * *

Olvidada sea la época miserable en que vagamos por el desierto en cuadrilla

prófuga, como salteadores. Sindicados de un crimen ajeno, desafiamos a la

injusticia y erguimos la enseña de la rebelión. ¿Quién osó desafiar el

rencor bárbaro en mi pecho? ¿Quién habría podido amansarnos? Las sendas

múltiples de la pampa quedaron chafadas en aquellos días al galope de

nuestros potros, y no hubo noche en que no prendiéramos en distinto paraje

la fugitiva llamarada del vivac.

Después, bajo moriches inextricables, improvisamos un refugio. Allí

amontonábanse los enseres que Mauco y Tiana salvaron de la ignición, y que

pusieron en nuestras manos antes de irse a Orocué, en misión de espionaje.

Mas no sabíamos qué suerte hubieran corrido. Fidel y el mulato, el Pipa y

yo, nos turnábamos cada día en atalayar sobre una palmera la presencia de

alguna gente en el horizonte o el triángulo de humo, convenido como señal.

¡Nadie nos buscaba ni perseguía! ¡Nos habían olvidado todos!

Yo no era más que un residuo humano de fiebres y pesares. De noche, el

hambre nos desvelaba como un vampiro, y porque ya venían las lluvias,

concertamos la dispersión para asilarnos luego en Venezuela. Pensé entonces

que don Rafo vendría de regreso a La Maporita, y que con él podríamos

volver a Bogotá. Muchos días lo esperábamos en las llanuras aledañas a

Tame. Mas apenas declaró Franco que continuaría su vida nómade, no por

recelo de la justicia ordinaria, sino por el peligro de que algún Consejo

de Guerra lo castigara como a desertor, desistí de la idea del viaje para

mancomunarnos en el destierro y afrontar vicisitudes iguales, ya que una

misma desventura nos había unido y no teníamos otro futuro que el fracaso

en cualquier país.

Y nos decidimos por el Vichada.

El Pipa nos condujo a los platanares silvestres de Macuana, sobre la margen

del túrbido Meta, después de la desembocadura del Guanapalo. Moraba en esos

montes una tribu guahiba, semidomada, que convino en acogernos a condición

de que acogiéramos el «guayuco», respetáramos a las «pollonas» y les

ordenáramos a los winchester «no echar truenos».

Aparecióse una tarde el Pipa con cinco indígenas, que se resistían a

acercarse mientras no amarráramos los dogos. Acurrucados en la maleza,

erguíanse para observarnos, listos a fugarse al menor desliz, por lo cual

el ladino intérprete fue conduciéndoles de la mano hasta nuestro grupo,

donde recibían el advertido abrazo de paz con esta frase protocolaria:

«Cuñao, yo queriéndote mucho, perro no haciendo nada, corazón contento».

Todos eran fornidos y jóvenes, de achocolatado cutis y hercúleas espaldas,

cuya membratura se estremecía temerosa de los fusiles. Arcos y aljabas

habíanlos dejado entre la canoa, que iba a mecernos sobre las aguas

desconocidas de un río salvaje, hacia refugios recónditos y temibles,

adonde un fátum implacable nos expatriaba, sin otro delito que el de ser

rebeldes, sin otra mengua que la de ser infortunados.

Había llegado el momento de licenciar nuestros caballos, que nos dieron

apoyo en la adversidad. Ellos recobraban la pampa virgen y nosotros

perdíamos lo que gozosos recuperaban, la zona donde sufrimos y batallamos

inútilmente, comprometiendo la esperanza y la juventud. Cuando mi alazán

sudoroso se sacudió, libre de la montura, y galopó con relinchos trémulos

en busca del bebedero lejano, me sentí indefenso y solo, y copié en mis

ojos tristes el confín, con la amargura del condenado a muerte que se

resigna al sacrificio y ve sobre los paisajes de su niñez arrebolarse el

último sol.

Al descender el barranco que nos separaba de la curiara, torné la cabeza

hacia el límite de los llanos, perdidos en una nébula dulce, donde las

palmeras me despedían. Aquellas inmensidades me hirieron, y, no obstante,

quería abrazarlas. Ellas fueron decisivas en mi existencia y se injertaron

en mi ser. Comprendo que en el instante de mi agonía se borrarán de mis

pupilas vidriosas las imágenes más leales; pero en la atmósfera sempiterna

por donde ascienda mi espíritu aleteando, estarán presentes las medias

tintas de esos crepúsculos cariñosos, que, con sus pinceladas de ópalo y

rosa, me indicaron ya sobre el cielo amigo la senda que sigue el alma hacia

la suprema constelación.

* * *

La curiara, como un ataúd flotante, siguió aguas abajo, a la hora en que la

tarde alarga las sombras. Desde el dorso de la corriente columbrábanse las

márgenes paralelas, de sombría vegetación y de plagas hostiles. Aquel río,

sin ondulaciones, sin espumas, era mudo, tétricamente mudo como el

presagio, y daba la impresión de un camino oscuro que se moviera hacia el

vórtice de la nada.

Mientras proseguíamos silenciosos principió a lamentarse la tierra por el

hundimiento del sol, cuya vislumbre palidecía sobre las playas. Los más

ligeros ruidos repercutieron en mi ser, consustanciado a tal punto con el

ambiente, que era mi propia alma la que gemía, y mi tristeza la que, a

semejanza de un lente opaco, apenumbraba todas las cosas. Sobre el panorama

crepuscular fuese ampliando mi desconsuelo, como la noche, y lentamente una

misma sombra borró los perfiles del bosque estático, la línea del agua

inmóvil, las siluetas de los remeros...

Desembarcamos al comienzo de una barranca, suavizada por escalones que

descendían al puerto, en cuyo remanso se agrupaban unas canoas. Por un

sendero lleno de barro que se perdía entre el gramalote salimos a una

plazuela de árboles derribados, donde nos aguardaba el rancho pajizo, tan

solitario en aquel momento, que vacilábamos en ocuparlo, sospechosos de

alguna emboscada. El Pipa alegaba con los nativos que a semejante vivienda

nos condujeron, y nos transmitía la traducción de la jerigonza, según la

cual los de la ramada se dispersaron al ver los mastines. Los bogas me

pedían permiso para dormir entre las curiaras.

Y cuando se fueron, Fidel le ordenó a Correa que se acostara con el Pipa en

la barbacoa, por si intentaba traicionarnos esa noche; les quitó los

collares a los perros, y, a oscuras, les mudó el sitio a nuestras hamacas.

Ofreciéndole mi costado a la carabina, me entregué al sueño.

* * *

El Pipa solía hacerme protestas de adhesión incondicional, y acabó por

relatarme la pavorosa serie de sus andanzas. Su mano sabía disparar la

barbada flecha en cuya punta iba ardiendo la pelota de «peramán», que

cruzaba el aire como un cometa, con el aullido de la consternación y del

incendio.

Muchas veces, para librarse del enemigo, se aplanó en el fondo de las

lagunas como un caimán, y emergía sigiloso entre los juncales para renovar

la respiración; y si los perros le nadaban sobre la cabeza, buscándolo, los

destripaba y consumía, sin que los vaqueros pudieran ver otra cosa que el

chapoteo de algunos juncos en el apartado centro de los charcones.

Adolescente apenas, vino a los llanos cuando estaba en su auge el hato de

San Emigdio, y allí sirvió de «coquis» varios meses. Trabajaba todo el día

con los llaneros, y por la noche agregábase a sus fatigas la de acopiar la

leña y el agua, prender el fuego y asar carne. De madrugada lo despertaban

los caporales a puntapiés, para que recociera el café cerrero; y tras de

tomarlo, se iban sin ayudarle a ensillar la mañosa bestia ni decirle hacia

qué banco se dirigían. Y él, llevando del cabestro la mula de los calderos

y los víveres, trotaba por las estepas oscurecidas, poniendo oído a las

voces de los jinetes, hasta orientarse y seguir con ellos.

Para colmo, la cocinera de la ramada le exigía cooperar en sus menesteres,

y él, tiznado y humilde como un guiñapo, se resignaba a su situación. Más

de una vez, al vaciar el «cocido» en la barbacoa, sobre las hojas frescas

que servían de manteles, atropáronse los peones con la presteza de buitres

hambrientos, y él tendió, como todos, las desaseadas manos a la carne para

trinchar algún trozo con su «belduque». El «arrimado» de la maritornes, un

abuelote de empaque torvo, que lo celaba estúpidamente y que ya lo había

vapuleado con el cinturón, comenzó a vociferar, masticando, porque no se

repetía presto la calderada. Como el coquis no se afanó por obedecerle, lo

agarró de una oreja y le bañó la cara en caldo caliente. El muchacho,

enfurecido, le rasgó el buche de un solo tajo, y la asadura del comilón se

regó humeando en la barbacoa, por entre las viandas.

El dueño del hato apresó al chicuelo, liándole garganta y brazos con un

«mecate», y mandó dos hombres a que lo mataran ese mismo día, debajo de las

resacas del Yaguarapo. Por fortuna, pescaban allí unos indios, que

destriparon a los verdugos y le dieron al sentenciado la libertad, pero

llevándoselo consigo.

Errante y desnudo vivió en las selvas más de veinte años, como instructor

militar de las grandes tribus, en el Capanaparo y en el Vichada; y como

cauchero, en el Inírida y en el Vaupés, en el Orinoco y en el Guaviare, con

los piapocos y los guahibos, con los baniyas y los barés, con los cuivas,

los carijonas y los huitotos. Pero su mayor influencia la ejercía sobre los

guahibos, a quienes había perfeccionado en el arte de las guerrillas. Con

ellos asaltó siempre las rancherías de los sálivas y las fundaciones que

baña el Pauto. Cayó prisionero en distintas épocas, cuando una «raya» le

lanceó el pie, o cuando las fiebres le consumían; pero, con riesgosa

suerte, se hizo pasar por vaquero cautivo de los hatos de Venezuela, y

conoció diferentes cárceles, donde observaba intachable conducta para

volver pronto a la inclemencia de los desiertos y al usufructo de las

revoltosas capitanías.

—Yo —decía—, seré su lucero en estos confines, si pone a mi cuidado la

expedición: conozco trochas, vaguadas, caminos, y en algunos caños tengo

amistades. Buscaremos a los caucheros por dondequiera, hasta el fin del

mundo; pero no vuelva a permitir que el mulato Correa duerma conmigo, ni

que me satirice con tanta roña. Eso no es corriente entre cristianos y

desanima a cualquier hombre de sentimiento. ¡Algún día lo rasguño, y

quedamos en paz!

Por ese tiempo me invadió la misantropía, ensombreciéndome las ideas y

descoyuntándome la decisión. En el sonambulismo de la congoja devoraba mis

propias hieles, inepto, adormilado, como la serpiente que muda escama.

Nadie había vuelto a nombrar a Alicia, por desterrarla de mi pensamiento;

mas esa misma delicadeza sublevaba en mi corazón todos los odios

reconcentrados, al comprender que me compadecían como a un vencido.

Entonces las blasfemias sollamaban mis labios y un velo de sangre se

reteñía sobre mis ojos.

¿Y a Fidel lo atormentaba el tenaz recuerdo? Sólo me parecía triste en sus

confidencias, quizás por acoplarse con mi quebranto. Todo lo había perdido

en hora impensada, y sin embargo daba a entender que desde ese instante se

sintió más libre y poderoso, cual si el infortunio fuera simple sangría

para su espíritu.

¿Y yo por qué me lamentaba como un eunuco? ¿Qué perdía en Alicia que no lo

topara en otras hembras? Ella había sido un mero incidente en mi vida loca

y tuvo el fin que debía tener. ¡Barrera merecía mi gratitud!

Además, la que fue mi querida tenía sus defectos: era ignorante, caprichosa

y colérica. Su personalidad carecía de relieve: vista sin el lente de la

pasión amorosa, aparecía la mujer común, la de encantos atribuidos por los

admiradores que la persiguen. Sus cejas eran mezquinas, su cuello corto, la

armonía de su perfil un poquito convencional. Desconocía la ciencia del

beso y sus manos fueron incapaces de inventar la menor caricia. Jamás

escogió un perfume que la distinguiera; su juventud olía como la de todas.

¿Cuál era la razón de sufrir por ella? Había que olvidar, había que reír,

había que empezar de nuevo. Mi destino así lo exigía, así lo deseaban,

tácitos, mis camaradas. El Pipa, disfrazando la intención con el disimulo,

cantó cierta vez un «llorao» genial, a los compases de las maracas, para

infundirme la ironía confortadora:

:::El domingo la vi en misa,

:::el lunes la enamoré,

:::el martes ya le propuse,

:::el miércoles me casé;

:::el jueves me dejó solo,

:::el viernes la suspiré;

:::el sábado el desengaño...

:::y el domingo a buscar otra

:::porque solo no me amaño.

Mientras tanto, se iniciaba en mi voluntad una reacción casi dolorosa, en

que colaboraron el rencor y el escepticismo, la impenitencia y los

propósitos de venganza. Me burlé del amor y de la virtud, de las noches

bellas y de los días hermosos. No obstante, alguna ráfaga del pasado volvía

a refrescar mi ardido pecho, nostálgico de ilusiones, de ternura y

serenidad.

* * *

Los aborígenes del bohío eran mansos, astutos, pusilánimes, y se parecían

como las frutas de un mismo árbol. Llegaron desnudos, con sus dádivas de

«cambures» y «mañoco», acondicionadas en cestas de palmarito, y las

descargaron sobre el barbecho, en lugar visible. Dos de los indios que

manejaban la canoa traían pescados cocidos al humo.

Cuidadosos de que los perros no gruñeran, fuimos al encuentro del arisco

grupo, y después de una libre plática en gerundios y monosílabos

castellanos, resolvieron los visitantes ocupar un extremo de la vivienda,

el inmediato a los montes y a la barranca.

Con indiscreta curiosidad les pregunté dónde habían dejado a las mujeres,

pues ninguna venía con ellos. Apresuróse a explicarme el Pipa que era

imprudencia hacer tan desusadas indagaciones, so riesgo de que se alarmaran

los celosos indios, a cuyas «petrivas» les fue negado, por tradicional

experiencia, mostrar incautamente su desnudez a forasteros blancos, siempre

lujuriosos y abusivos. Agregó que no tardarían en acercarse las indias

viejas, para ir aquilatando nuestra conducta, hasta convencerse de que

éramos varones morigerados y recomendables.

Dos días después apareciéronse las matronas, en traje de paraíso, seniles,

repugnantes, batiendo al caminar los flácidos senos, que les pendían como

estropajos. Traían sobre la greña sendas «taparas» de chicha mordicante,

cuyos rezumos pegajosos les goteaban por las arrugas de las mejillas, con

apariencia de sudor ácido. Ofreciéronnos la bebida a pico de calabazo,

imponiendo su hierático gesto, y luego rezongaron malhumoradas al ver que

solo el Pipa pudo saborear el cáustico brebaje.

Más tarde, cuando principió a resonar la lluvia, acurrucáronse junto al

fogón, como gorilas momificadas, mientras los hombres enmudecían en los

chinchorros con el letargo de la desidia. Nosotros callábamos también en el

tramo opuesto, viendo caer el agua en la extensión de la umbrosa vega, que

oprimía el espíritu con sus neblinas y cerrazones.

—Es imperioso —prorrumpió Franco— decidir esta situación poniendo en

práctica algún propósito. En la semana entrante dejaremos esta guarida.

—Ya las indias vinieron a prepararnos el bastimento —repuso el Pipa—.

Remontaremos el río, cruzándolo frente a Caviona, un poco más arriba de las

lagunas. Por allí va una senda terrestre para el Vichada y en recorrerla se

gastan siete días. Hay que llevar a cuestas el equipo, mas ninguno de estos

«cuñaos» quiere ir de carguero. Yo estoy trabajando para decidirlos. Pero

es urgente la compra de algunos «corotos» en Orocué.

—¿Y con qué dinero los adquirimos? —advertí alarmado.

—Eso corre de mi cuenta. Sólo pido que crean en mí, y que sigan siendo

afables con la tribu. Necesitamos sal, anzuelos, «guarales», tabacos,

pólvora, fósforos, herramientas y mosquiteros. Todo para ustedes porque a

mí nada me es indispensable. Y como nadie sabe qué nos espera en esas

lejanías...

—¿Será preciso vender las sillas y los aperos?

—¿Y quién los compra? ¿Y quién los vende sin que lo apañen? Ya podemos

irlos botando. De aquí en adelante no tendremos otro caballo que la canoa.

—¿Y en qué lugar escondes el oro para tus planes?

—En el garcero de Las Hermosas. Cuatro libras de pluma fina, si mal nos va.

Cada semana cambiaremos un manojito por mercancías. Cuando les provoque, yo

soy baquiano, pero es muy lejos.

—¡Eso no importa! ¡Mañana mismo!

* * *

¡Bendita sea la difícil landa que nos condujo a la región de los revuelos y

la albura! El inundado bosque del garcero, millonario de garzas reales,

parecía algodonal de nutridos copos; y en la turquesa del cielo ondeaba,

perennemente, un desfile de remos cándidos, sobre los cimborrios de los

moriches, donde bullía la empeluzada muchedumbre de polluelos. A nuestro

paso se encumbraba en espiras la nívea flota, y, tras de girar con insólito

vocerío, se desbandaba por unidades que descendían al estero, entrecerrando

las alas lentas, como un velamen de seda albicante.

Pensativo, junto a las linfas, demoraba el «garzón soldado» de rojo kepis,

heroica altura y marcial talante, cuyo ancho pico es prolongado como una

espada; y a su alrededor revoloteaba el mundo babélico de zancudas y

palmípedas, desde la «corocora» lacre, que humillaría el ibis egipcio,

hasta la azul cerceta de dorado moño y el pato ilusionante de color de

rosa, que en el rosicler del alba llanera tiñe sus plumas. Y por encima de

ese alado tumulto volvía a girar la corona eucarística de garzas, se

despetalaba sobre la ciénaga, y mi espíritu sentíase deslumbrado, como en

los días de su candor, al evocar las hostias divinas, los coros

angelicales, los cirios inmaculados.

Parecíame imposible que pudiéramos arrimar al sitio de los nidos y las

plumas. El transparente charco nos dejó ver un sumergido ejército de

caimanes, en contorno de las palmeras, ocupado en recoger pichones y

huevos, que caían cuando las garzas, entre algarabías y picotazos,

desnivelaban con su peso las ramazones. Nadaba por doquiera la innúmera

banda de caribes, de vientre rojizo y escamas plúmbeas, que se devoran unos

a otros y descarnan en un segundo todo ser que cruce las ondas de su

dominio, por lo cual hombres y cuadrúpedos se resisten a echarse a nado, y

mucho más al sentirse heridos, que la sangre excita instantáneamente la

voracidad del terrible pez. Veíase la traidora raya, de aletas gelatinosas

y arpón venenoso, que descansa en el fango como un escudo; la anguila

eléctrica, que inmoviliza con sus descargas a quien la toca, la palometa de

nácar y oro, semejante al disco lunar, que desciende al fondo y enturbia el

agua para escaparse a las dentelladas de la tonina. Y todo el inmenso

acuario se extendía hacia el horizonte, como un lago de peltre donde flotan

las plumas ambicionadas.

Bogando en balsitas inverosímiles, nos distribuimos aquí y allí para

recoger el caro tesoro. Los indios invadían a trechos las espesuras,

hurgando en las tinieblas con las palancas, por miedo de güíos y caimanes,

hasta completar su manojo blanco, que a veces cuesta la vida de muchos

hombres, antes de ser llevado a las lejanas ciudades a exaltar la belleza

de mujeres desconocidas.

* * *

Aquella tarde rendí mi ánimo a la tristeza y una emoción romántica me

sorprendió con vagas caricias. ¿Por qué viviría siempre solo en el arte y

en el amor? Y pensaba con dolorida inconformidad: ¡si tuviera ahora a quien

ofrecerle este armiñado ramillete de plumajes, que parecen espigas blancas!

¡Si alguien quisiera abanicarse con este alón de «codúa» marina, donde va

prisionero el iris! ¡Si hubiera hallado con quién contemplar el garcero

nítido, primavera de aves y colores!

Con humillada pena advertí luego que en el velo de mi ilusión se embozaba

Alicia y procuré manchar con realismo crudo el pensamiento donde la intrusa

resurgía.

Afortunadamente, tras penoso viaje por cenagosas llanuras y hondos caños,

dimos con el lugar donde habían quedado las canoas; y a palanca, comenzamos

a remontar los sinuosos ríos, hasta que entramos, a boca de noche, en el

atracadero de la ramada.

Desde lejos nos llevó la brisa el llanto de un niño y, cuando llegamos a la

huta, salieron corriendo unas indias jóvenes, sin atender al Pipa, que en

idioma terrígeno alcanzó a gritarles que éramos gente amiga. En soleras y

horcones había chinchorros numerosísimos, y en el fogón, a medio rescoldo,

gorgoreaba la olla de las infusiones.

Lentamente, apenas la candela irguió su lumbre, se nos fueron presentando

los indios nuevos, acompañados de sus mujeres, que les ponían la mano

derecha en el hombro izquierdo, para advertirnos que eran casadas. Una que

llegó sola, nos señalaba el chinchorro de su marido y se exprimía el

lechoso seno, dando a entender que había dado a luz ese día. El Pipa, ante

ella, comenzó a instruirnos en las costumbres que rigen la maternidad en

dicha tribu: al presentir el alumbramiento, la parturienta toma el monte y

vuelve, ya lavada, a buscar a su hombre para entregarle la criatura. El

padre, al punto, se encama para guardar dieta, mientras la madre le prepara

cocimientos contra las náuseas y los cefálicos.

Como si entendiera estas explicaciones, hacía la moza signos de aprobación

a cuanto el Pipa refería; y el cónyuge follón, de cabeza vendada con hojas,

se quejaba desde el chinchorro y pedía cocos de chicha para aliviar sus

padecimientos.

Las indias que habían huido eran las pollonas, y cada uno de nosotros podía

coger la que le placiera, cuando el jefe, un cacique matusalénico,

recompensara con esa suerte nuestra adhesión. Mas sería candidez pensar que

con requiebros y sonrisas aceptarían nuestro agasajo. Era preciso

atisbarlas como a gacelas y correr en los bosques hasta rendirlas, pues la

superioridad del macho debe imponérseles por la fuerza, en cambio de

sumisión y ternura.

Yo me sentía incapaz de toda ilusión.

* * *

El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad, que se traducía en un

silencio despectivo. Procuraba yo halagarlo en distintas formas, por el

deseo de que me instruyera en sus tradiciones, en sus cantos guerreros, en

sus leyendas; inútiles fueron mis cortesías, porque aquellas tribus

rudimentarias y nómades no tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni

pretérito, ni futuro.

Aconteció que traje del garcero dos patos grises, pequeños como palomas,

ocultos en una mochila. Hallé uno muerto al día siguiente, y lo desplumé

junto al fogón para que mis perros se lo comieran. Mas, al verme, el

cacique tomó sus flechas y me amenazó con la macana, dando alaridos y

trenos, hasta que las mujeres, pavoridas, recogieron las plumas y las

soplaron al aire de la mañana.

Rodeáronme mis compañeros y me arrebataron la carabina porque no amenazara

al abuelo audaz. Este arrojóse al suelo, cubriéndose la cara con las manos

se retorcía en epilépticas convulsiones, empezó a dar sollozos de

despedida, besaba la tierra y la manchaba con espumarajos. Luego quedóse

rígido, entre el espanto del desnudo harén, pero el Pipa le echó rescoldo

en las orejas para que la muerte no le comunicara su fatal secreto.

Entonces me advirtió nuestro intérprete que las almas de aquellos bárbaros

residen en distintos animales, y que la del cacique se asemejaba a un pato

gris. Probablemente moriría de sugestión por haber contemplado al ave sin

vida, y la tribu se vengaría de mi «homicidio». Apresuréme a sacar el otro

pato y lo dejé revolotear entre la ramada; al verlo, el indio quedóse en

éxtasis ante el milagro y siguió los zigzags del vuelo sobre la plenitud

del inmediato río.

El pueril incidente bastó para acreditarme como ser sobrenatural, dueño de

almas y destinos. Ningún aborigen se atrevía a mirarme, pero yo estaba

presente en sus pensamientos, ejerciendo influencias desconocidas sobre sus

esperanzas y sus pesadumbres. A mis pies cayeron dos muchachos, y se

brindaron a acompañar nuestra expedición sin que sus mujeres se

resistieran. Nunca he podido recordar sus nombres vernáculos, y apenas sé

que traducidos a buen romance querían decir, casi literalmente, «Pajarito

del Monte» y «Cerrito de la Sabana». Abracélos en señal de que aceptaba su

ofrecimiento, por lo cual descolgaron del techo las palancas y les

remudaron el fique de las horquetas, para que soportaran el impulso de la

canoa al hincarse en los «carameros» de los charcos o en los arrecifes

costaneros.

A su vez, las indias viejas rallaban yuca para la preparación del «cazabe»

que debía alimentarnos en el desierto. Echaban la mezcla acuosa en el

«sebucán», ancho cilindro de hojas de palma retejidas, cuyo extremo

inferior se retuerce con un tramojo para exprimir el almidonoso jugo de la

rallada. Otras, desnudas en contorno de la candela, recalentaban el

«budare», tiesto redondo y plano, sobre cuya superficie iban extendiendo la

masa inmunda y la alisaban con los dedos ensalivados hasta que la torta

endureciera. Quiénes torcían sobre los muslos las fibras sacadas del

cogollo de los moriches, para tejer un chinchorro nuevo, digno de mi

estatura y mi persona, mientras el cacique, gesticulando, me hacía entender

que celebraría con baile pomposo el vasallaje debido a mi fortaleza y mi

autoridad.

Mi espíritu pregustaba el acre sabor de las próximas aventuras.

* * *

Los indios encargados de procurarnos la mercancía fueron estafados por los

tenderos de Orocué. En cambio de los artículos que llevaron: «seje»,

chinchorros, «pendare» y plumas, recibieron baratijas que valían mil veces

menos. Aunque el Pipa les enseñó cuidadosamente los precios razonables,

sucumbieron a su ignorancia y la avilantez de los explotadores volvió a

enriquecerse con el engaño. Unos paquetes de sal porosa, unos pañuelos

azules y rojos y algunos cuchillos, fueron írrito pago de la remesa, y los

emisarios tornaron felices de que, como otras veces, no los hubieran

obligado a barrer las tiendas, cargar agua, desyerbar la calle, empacar

cueros.

Fallida la esperanza de acrecentar los equipajes, nos consolamos con la

certeza de que el viaje sería menos complicado. Y, al fin, una noche de

plenilunio, quedó lista la gran curiara que, con blando meneo, ofrecía

conducirnos a Caviona.

Afluyeron al baile más de cincuenta indios, de todo sexo y edad,

pintarrajeados y licenciosos, y fueron amojonándose en la abierta playa,

con los calabazos de hervidora chicha. Desde por la tarde habían hecho

acopio de «mojojoyes», gruesos gusanos de anillos peludos, que viven

enroscados en los troncos podridos. Descabezábanlos con los dientes, como

el fumador que despunta el cigarro, y sorbían el contenido mantequilloso,

refregándose luego la vacía funda del animal en las cabelleras, para

lustrarlas. Las de las pollonas, de altivos senos, resplandecían como el

charol, bajo el nimbo de plumas de guacamayo y sobre los collares de

corozos y cornalinas.

El cacique se había embijado el rostro con achiote y miel y aspiraba el

polvo del «yopo», introduciéndose en las narices, sendos canutillos. Cual

si lo hubiera atacado el «delirium tremens», bamboleábase embrutecido entre

las muchachas, y las apretaba y perseguía, semejante a un cabrío rijoso,

pero impotente. A veces, a media lengua, venía a felicitarme porque, según

el Pipa, era yo, como él, enemigo de los vaqueros y les había quemado las

fundaciones, cosas que me hacían digno de una macana fina y de un arco

nuevo.

En medio de la orgiástica barahúnda, prodigábase la chicha de fermento

atroz, y las mujeres y los chicuelos irritaban con su vocerío la bacanal.

Luego empezaron a girar sobre las arenas en moroso círculo, al compás de

los fotutos y las cañas, sacudiendo el pie izquierdo a cada tres pasos,

como lo manda el rigor del baile nativo. Parecía más bien la danza un tardo

desfile de prisioneros, alrededor de inmensa argolla, obligados a repisar

una sola huella, con la vista al suelo, gobernados por el quejido de la

chirimía y del grave paloteo de los tamboriles. Ya no se oía más que el son

de la música y el cálido resollar de los danzantes, tristes como la luna,

mudos como el río que los consentía sobre sus playas. De pronto las

mujeres, que permanecían silenciosas dentro del círculo, abrazaron las

cinturas de sus amantes y trenzaban el mismo paso, inclinadas y

entorpecidas, hasta que con súbito desahogo corearon todos los pechos

ascendente alarido, que estremecía selvas y espacios como una campanada

lúgubre: ¡Aaaaay... Ohé!...

Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojizo por las luminarias, miraba yo

la singular fiesta, complacido de que mis compañeros giraran ebrios en la

danza. Así olvidarían sus pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez

siquiera. Mas, a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento

acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara el alma un

solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las razas vencidas, y era

semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis aflicciones que suele repercutir

en mi corazón aunque lo disimulen los labios: ¡Aaaaay... Ohé!...

* * *

Cuando me retiré a mi chinchorro, en la más completa desolación, siguieron

mis pasos unas indias y se acurrucaron cerca de mí. Al principio

conversaban a medio tono, pero más tarde atrevióse una a levantar la punta

de mi mosquitero. Las otras, por sobre el hombro de su compañera, me

atisbaban y sonreían. Cerrando los ojos, rechacé la provocación amorosa,

con profundo deseo de libertarme de la lascivia y pedirle a la castidad su

refugio tranquilo y vigorizante.

Al amanecer regresaron a la ramada los juerguistas. Tendidos en el piso,

como cadáveres, disolvían en el sueño la pesadilla de la embriaguez.

Ninguno de mis camaradas había vuelto, y sonreí al notar que faltaban

algunas pollonas. Mas cuando bajé al río para observar el estado de la

curiara, vi al Pipa, boca abajo en la arena, exánime y desnudo al rayo del

sol.

Cogiéndolo por los brazos lo arrastré hacia la sombra, disgustado por su

prurito de desnudarse. Aquel hombre, vanidoso de sus tatuajes y cicatrices,

prefería el guayuco a la vestimenta, a pesar de mis reprensiones y

amenazas. Dejélo que dormitara la borrachera, y allí permaneció hasta la

noche. Rayó el día siguiente y ni despertaba ni se movía.

Entonces, descolgando la carabina, cogí al cacique por la melena y lo

hinqué en la grava, mientras que Franco hacía ademán de soltar los perros.

Abrazóme el anciano las pantorrillas, trabajando una explicación:

—¡Nada, nada! Tomando «yagé», tomando «yagé»...

Ya conocía las virtudes de aquella planta, que un sabio de mi país llamó

«telepatina». Su jugo hace ver en sueños lo que está pasando en otros

lugares. Recordé que el Pipa me habló de ella, agradecido de que sirviera

para saber con seguridad a qué sabanas van los vaqueros y en cuáles sitios

abunda la caza. Habíale ofrecido a Franco ingerirla para adivinar el punto

preciso donde estuviera el raptor de nuestras mujeres.

El visionario fue conducido en peso y recostado contra un estantillo. Su

cara singular y barbilampiña había tomado un color violáceo. A veces

babeaba su propio vientre, y, sin abrir los ojos se quería coger los pies.

Entre el lelo corro de espectadores le sostuve la frente con mis manos.

—Pipa, Pipa, ¿qué ves?, ¿qué ves?

Con angustioso pujo principió a quejarse y saboreaba su lengua como un

confite. Los indios afirmaban que sólo hablaría cuando despertara.

Con descreída curiosidad nuevamente dije:

—¿Qué ves? ¿Qué ves?

—Un... rí... o. Hom... bres, dos... hombres...

—¿Qué más? ¿Qué más?

—U... n... a... ca... no... a...

—¿Gente desconocida?

—Uuuuh... Uuuuuh... Uuuuuh...

—Pipa ¿te sientes mal? ¿Qué quieres? ¿Qué quieres?

—Dor... mir... dor... mir... dor...

Las visiones del soñador fueron estrafalarias: procesiones de caimanes y

tortugas, pantanos llenos de gente, flores que daban gritos. Dijo que los

árboles de la selva eran gigantes paralizados y que de noche platicaban y

se hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra

los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad.

Quejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre

condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar, sin fecundarse, su

especie formidable, incomprendida. El Pipa les entendió sus airadas voces,

según las cuales debían ocupar barbechos, llanuras y ciudades, hasta borrar

de la tierra el rastro del hombre y mecer un solo ramaje en urdimbre

cerrada, cual en los milenios del Génesis, cuando Dios flotaba todavía

sobre el espacio como una nebulosa de lágrimas.

¡Selva profética, selva enemiga! ¿Cuándo habrá de cumplirse tu predicción?

* * *

Llegamos a las márgenes del río Vichada derrotados por los zancudos.

Durante la travesía los azuzó la muerte tras de nosotros y nos persiguieron

día y noche, flotando en halo fatídico y quejumbroso, trémulos como una

cuerda a medio vibrar. Éranos imposible mezquinar nuestra sangre asténica,

porque nos succionaban al través de sombrero y ropa, inoculándonos el virus

de la fiebre y la pesadilla.

Las que enantes fueron sabanas úberes, se habían convertido en desoladas

ciénagas; y con el agua a la cintura, seguíamos el derrotero de los

baquianos, bañada en sudor la frente y húmedas las maletas que portábamos a

la espalda, famélicos, macilentos, pernoctando en altiplanos de breña

inhóspita, sin hoguera, sin lecho, sin protección.

Aquellas latitudes son inmisericordes en la sequía y en el invierno. Cierta

vez en La Maporita, cuando Alicia me amaba aún, salí al desierto a coger

para ella un venadillo recental. Calcinaba el verano la estepa tórrida, y

las reses, en el fogaje del calor, trotaban por todas partes buscando agua.

En los meandros de árido cauce escarbaban la tierra del bebedero unas

vaquillonas, al lado de un caballejo que agonizaba con el hocico puesto

sobre el barrizal. Una bandada de caricaris cogía culebras, ranas,

lagartijas, que palpitaban locas de sed entre carroñas de «cachicamos» y

«chigüires». El toro que presidía la grey repartía topes con protectora

solicitud, para obligar a sus hembras a acompañarlo hacia otros parajes en

busca de alguna charca, y mugía arreando a sus compañeras en medio del

banco centelleante y pajonaloso.

Empero, una novilla recién parida, que se destapó las pezuñas cavando el

secadal, regresó a buscar a su ternerillo para ofrecerle la ubre cuarteada.

Echóse para lamerlo, y allí murió. Levanté la cría y expiró en mis brazos.

Mas luego, al caer unas cuantas lluvias, invertía el territorio su

hostilidad: por doquiera, encaramados sobre troncos, veíanse «lapas»,

zorros y conejos, sobreaguando en la inundación; y aunque las vacas

pastaban en los esteros, con el agua sobre los lomos, perdían sus tetas en

los dientes de los caribes.

Por aquellas intemperies atravesamos a pie desnudo, cual lo hicieron los

legendarios hombres de la conquista. Cuando al octavo día me señalaron el

monte del Vichada, sobrecogióme intenso temblor y me adelanté con el arma

al brazo, esperando encontrar a Alicia y a Barrera en sensual coloquio,

para caerles de sorpresa, como el halcón sobre la nidada. Y jadeante, y

entigrecido, me agazapé sobre los barrancos de la orilla.

¡Nadie! ¡Nadie! El silencio, la inmensidad...

* * *

¿A quién podíamos preguntarle por los caucheros? ¿Para qué seguir caminando

río arriba sobre la costa desapacible? Era mejor renunciar a todo,

tendernos en cualquier sitio y pedirle a la fiebre que nos rematara.

El fantasma impávido del suicidio, que sigue esbozándose en mi voluntad, me

tendió sus brazos esa noche; y permanecí entre el chinchorro, con la

mandíbula puesta sobre el cañón de la carabina. ¿Cómo iría a quedar mi

rostro? ¿Repetiría el espectáculo de Millán? Y éste solo pensamiento me

acobardaba.

Lenta y oscuramente insistía en adueñarse de mi conciencia un demonio

trágico. Pocas semanas antes, yo no era así. Pero pronto los conceptos de

crimen y los de bondad se compensaban en mis ideas, y concebí el morboso

intento de asesinar a mis compañeros, movido por la compasión. ¿Para qué la

tortura inútil, cuando la muerte era inevitable y el hambre andaría más

lenta que mi fusil? Quise libertarlos rápidamente y morir luego. Con la

siniestra mano entre el bolsillo, principié a contar las cápsulas que

tenía, escogiendo para mí la más puntiaguda. ¿Y a cuál debía matar primero?

Franco estaba cerca de mí. En la noche lluviosa extendí el brazo y le tenté

la cabeza febricitante.

—¿Qué quieres? —dijo—. ¿Por qué le movías el manubrio al winchester? La

fiebre me vuelve loco.

Y pulsándome la muñeca repetía:

—¡Pobre...! La tuya tiene más de cuarenta grados. Abrígate con mi ruana

hasta que sudes.

—¡Esta noche será interminable!

—Pronto saldrá el lucero de la madrugada. ¿Sabes —agregó—, que el mulatito

puede «rasgarse»? ¿No has sentido como se queja? Ha delirado con Sebastiana

y con los rodeos. Dice que tiene el hígado endurecido como piedra.

—Tuya es la culpa. No quisiste que se quedara. Ardías por verlo morir en el

desamparo.

—Creí que su ansia de regreso obedecía a la aversión que siente por el

Pipa.

—Yo los reconciliaré para siempre.

—Es que Correa le teme por la amenaza de que va a causarle maleficio. Ha

dado en entristecerse cuando escucha cantar cierto pájaro.

Recordando los filtros de Sebastiana, repuse dudoso:

—¡Ignorancia, superstición!

—Ayer sacó el tiple para reponerle la clavija rota. Pero al tocarlo se puso

a yorar.

—Dime, ¿no habrá moronas de cazabe en tu maletera? Párate, acércate.

—¿Para qué? ¡Todo se acabó! ¡Cómo me duele que tengas hambre!

—¿Las pepas de este árbol serán venenosas?

—Probablemente. Pero los indios están pescando. Aguardemos hasta mañana.

Y con los ojos llenos de lágrimas, balbucí, desviando el calibre:

—¡Bueno, bueno! Hasta mañana.

* * *

Los perros comenzaron a manotear en mi mosquitero para que abandonáramos el

playón. Evidentemente, seguía creciendo el río.

Cuando nos guarecimos en una laja del promontorio, había estrellas sobre

los montes. Los perros ladraban desde los barrancos.

—Pipa, llama a esos cachorros, que aúllan como viendo al diablo.

Y los silbé lúgubremente.

Franco me aclaró que el Pipa andaba con los indígenas.

Entonces advertimos un reflejo como de linterna que, muy abajo, parecía

surcar el agua. Con intermitencia alumbraba y se perdía, y al amanecer no

lo vimos más.

Pajarito del Monte y Cerrito de la Sabana llegaron fatigosos con esta

noticia:

—«Falca» subiendo río. Compañero siguiéndola por la orilla. Falca

picureándose.

El Pipa nos trajo nuevos informes: era una canoa ligera, con techo de palma

entretejida. Al notar que en la sombra andaban indios, apagó el candil y

sesgó rumbo. Debíamos acecharla, hacerle fuego.

Como a las once del día, remontó a palanca, sigilosamente, escondiéndose en

los rebalses, bajo los densos guamos. Se empeñaba en forzar un chorro, y,

por escaparse al remolino, tocó la costa para que un hombre la remolcara al

extremo de la cadena. Enderezamos hacia el boga la puntería, mientras que

Franco le salió al encuentro con el machete en alto. Al instante, el que

timoneaba la embarcación exclamó de pie:

—¡Teniente! ¡Mi teniente!, ¡yo soy Helí Mesa!

Y saltando a la orilla, se apretaron enternecidos.

Después, al ofrecernos la «yucuta» hecha de mañoco, el cual parecía salvado

grueso, expuso Mesa, repartiéndonos la ración:

—¿Qué proyectos ocultan ustedes, que me preguntan por los caucheros? El tal

Barrera se robó esa gente y se la lleva para el Brasil, a venderla en el

río Guainía. A mí también me enganchó hace ya dos meses, pero me le fugué a

la entrada del Orinoco, después de matarle a un capataz. Estos dos indios

que me acompañan son de Maipures.

Miré estupefacto a mis camaradas, sintiendo un vértigo más horripilante que

el de la fiebre. Callábamos cogitabundos, estremecidos. Mesa nos observaba

con inquietud. Franco rompió el silencio.

—Dime, ¿con los caucheros va la Griselda?

—Sí, mi Teniente.

—¿Y una muchacha llamada Alicia? —le pregunté con voz convulsa.

—¡También, también!...

* * *

Junto al fogón que fulgía en la arena, nos envolvíamos en el humo, para

esquivar la plaga. Ya sería la medianoche cuando Helí Mesa resumió su

brutal relato, que escuchaba yo sentado en el suelo, hundida la cabeza

entre las rodillas.

—Si ustedes hubieran visto el caño Muco el día del embarco, habrían pensado

que aquella fiesta no tenía fin. Barrera prodigaba abrazos, sonrisas,

enhorabuenas, satisfecho de la mesnada que iba a seguirlo. Los tiples y las

maracas no descansaban, y, a falta de cohetes, disparábamos los revólveres.

Hubo cantos, botellas, almuerzo a rodo. Luego, al sacar nuevas damajuanas

de aguardiente, pronunció Barrera un falaz discurso, empalagoso de promesas

y cariño, y nos suplicó que llevásemos nuestras armas a un solo bongo, no

fuera que tanto júbilo provocara alguna desgracia. Todos le obedecimos sin

protesta.

«Aunque muy bebido, me siguió la corazonada de que por aquí no hay monte

apropiado para organizar caucherías, y estuve a punto de volverme a buscar

mi rancho, a rejuntarme con la indiecita que dejé. Pero como hasta la niña

Griselda hacía burlas a mis recelos, resolví gritar como todos al

embarcarme: ‘¡Viva el progresista señor Barrera! ¡Viva nuestro empresario!

¡Viva la expedición!’.

»Ya les referí lo que aconteció después de una marcha de horas, apenas

caímos al Vichada. El “Palomo” y el “Matacano” estaban acampados con quince

hombres en un playón, y cuando arribábamos, nos intimaron requisa a todos,

diciendo que habíamos invadido territorios venezolanos. Barrera, director

de la jungla, nos ordenó: ‘Compatriotas queridos, hijos amados, no os

resistáis. Dejad que estos señores esculquen bongo por bongo, para que se

convenzan de que somos gente de paz.

»Aquellos hombres entraron pero no salieron: se quedaron en popa y en proa

como centinelas. Seguros de que íbamos desarmados, nos mandaron permanecer

en un solo sitio, o dispararían sobre nosotros. Y descalabraron a los cinco

que se movieron.

»Entonces clamó Barrera que él seguiría adelante, hacia San Fernando del

Atabapo, a protestar contra el abuso y a reclamar del coronel Funes una

crecida indemnización. Iba en el mejor bongo, con las mujeres aludidas, y

con las armas y las provisiones. Y se fue, se fue, sordo a los llantos y a

los reproches.

»Aprovechando la borrachera que nos vencía, nos filiaba el Palomo y nos

amarraba de dos en dos. Desde ese día fuimos esclavos y en ninguna parte

nos dejaban desembarcar. Tirábamos el mañoco en unas ‘coyabras’, y

arrodillados, lo comíamos por parejas, como perros en yunta, metiendo la

cara en las vasijas, porque nuestras manos iban atadas.

»En el bongo de las mujeres van los chicuelos, a pleno sol, mojándose las

cabecitas para no morir carbonizados. Parten el alma con sus vagidos, tanto

como las súplicas de las madres, que piden ramas para taparlos. El día que

salimos al Orinoco, un niño de pechos lloraba de hambre. El Matacano, al

verlo lleno de llagas por las picaduras de los zancudos, dijo que se

trataba de la viruela, y, tomándolo de los pies, volteólo en el aire y lo

echó a las ondas. Al punto, un caimán lo atravesó en la jeta, y poniéndose

a flote, buscó la ribera para tragárselo. La enloquecida madre se lanzó al

agua y tuvo igual suerte que la criaturilla. Mientras los centinelas

aplaudían la diversión, logré zafarme las ligaduras, y, rapándole el grazt

al que estaba cerca, le hundí al Matacano la bayoneta entre los riñones, lo

dejé clavado contra la borda, y, en presencia de todos, salté al río.

»Los cocodrilos se entretuvieron con la mujer. Ningún disparo hizo blanco

en mí. ¡Dios premió mi venganza y aquí estoy!».

* * *

Las manos de Helí Mesa me reconfortaron. Estrechélas, ansioso, y me

transmitían en sus pulsaciones la contracción con que le hincaron al

capataz el temerario acero en su carne odiosa. Aquellas manos, que sabían

amansar la selva, también desbravaban los ríos con el canalete o con la

palanca, y estaban cubiertas de dorado vello, como las mejillas del

indomable joven.

—¡No me felicite usted —decía—, yo debí matarlos a todos!

—¿Y entonces, para qué mi viaje? —le repliqué.

—Tiene usted razón. A mí no me han robado mujer ninguna, pero un simple

sentimiento de humanidad me enfurece el brazo. Bien sabe mi Teniente que

seguiré siendo subalterno suyo, como en Arauca. Vamos, pues, a buscar a los

forajidos, a libertar a los enganchados. Estarán en el río Guainía, en el

«siringal» de Yaguanarí. Dejando el Orinoco, pasarían por el Casiquiare, y

quién sabe qué dueño tengan ahora, porque allí dizque abundan los

compradores de hombres y mujeres. El Palomo y El Matacano eran socios de

Barrera en este comercio.

—¿Y tú crees que Alicia y Griselda vivan esclavas?

—Lo que sí garantizo es que valen algo, y que cualquier pudiente dará por

una de ellas hasta diez quintales de goma. En eso las avaluaban los

centinelas.

Me retiré por el arenal a mi chinchorro, sombrío de pesar y satisfacción.

¡Qué dicha que las fugitivas conocieran la esclavitud! ¡Qué vengador el

latigazo que las hiriera! Andarían por los montes sórdidos, desgreñadas,

enflaquecidas, portando en la cabeza los calderos llenos de goma, o el

tercio de leña verde o los peroles de fumigar. La venenosa lengua del

sobrestante las aguijaría con indecencias y no les daría respiro ni para

gemir. De noche dormirían en el tambo oscuro, con los peones, en hedionda

promiscuidad, defendiéndose de pellizcos y manoseos, sin saber quiénes las

forzaban y poseían, en tanto que la guardia pasaría número, como indicando

el turno a la hombrada lúbrica: ¡Uno!... ¡Dos!... ¡Tres!...

De repente, con el augurio de tales visiones, el corazón empezó a crecerme

dentro del pecho hasta postrarme en sofocadora impotencia. ¿Alicia llevaría

en sus entrañas martirizadas a mi hijo? ¿Qué tormento más inhumano que mi

tormento podía inventarse contra varón alguno? Y caí en un colapso

sibilador y mi cabeza desangrábase bajo mis uñas.

Insensiblemente reaccioné de modo perverso. Barrera la habría reservado

para su lecho y para su negocio, porque aquel miserable era capaz de tener

concubina y vivir de ella. ¡Qué salaces depravaciones, qué voluptuosos

refinamientos le habría enseñado! ¡Y de haberla vendido, bien, muy bien!

¡Diez quintales de caucho la repagaban! ¡Ella se entregaría por una sola

libra!

Quizás no estaba de peona en los siringales, sino de reina en la entablada

casa de algún empresario, vistiendo sedas costosas y finos encajes,

humillando a sus siervas como Cleopatra, riéndose de la pobreza en que la

tuve, sin poder procurarle otro goce que el de su cuerpo. Desde su mecedora

de mimbre, en el corredor de olorosa sombra, suelta la cabellera, amplio el

corpiño, vería desfilar a los cargadores con los bultos de caucho hacia las

balandras, sudorosos y desgarrados, mientras que ella, ociosa y rica, entre

los abanicos de las «iracas», apagaría sus ojos en bochorno, al son de una

victrola de sedantes voces, satisfecha de ser hermosa, de ser deseada, de

ser impura.

¡Pero yo era la muerte y estaba en marcha!...

* * *

En la ranchería autóctona de Ucuné nos regaló un cacique tortas de cazabe y

discutió con el Pipa el derrotero que debíamos seguir: cruzar la estepa que

va del Vichada al caño del Vúa, descender a las vegas del Guaviare, subir

por el Inírida hasta el Papunagua, atravesar un istmo selvoso en busca del

Isana bramador, y pedirle a sus corrientes que nos arrojen al Guainía, de

negras ondas.

Este trayecto, que implica una marcha de meses, resulta más corto que la

ruta de los caucheros por el Orinoco y el Casiquiare. Carenamos la

embarcación con «peramán», y nos dimos a navegar sobre las enlagunadas

sabanetas, arrodillados en la canoa, en martirizadora incomodidad, con

perros y víveres, sacando, por turnos, en una concha, el agua impertinente

de las lluvias.

El mulato Correa seguía con fiebre, ovillado entre la curiara, bajo el

bayetón llanero que otros días le sirvió para defenderse de los toros

perseguidos. Cuando le oí decir que inclinaba la cabeza sobre el pecho para

escuchar un tenaz gorgojo que le iba carcomiendo el corazón, lo abracé con

lástima:

—¡Animo, ánimo! ¡No pareces el hombre que conocí!

—Blanco, ésa es la verdá. El que yo era quedó en los yanos.

Quejóseme de que el Pipa le quería «apretar la maturranga» porque él se

resistió a prestarle el tiple. Llamé al marullero y lo sacudí.

—Si vuelves a asustar a este pobre muchacho con tantas mentiras te amarraré

desnudo en un hormiguero.

—No me crea usted de tan mala índole. Cierto que les apreté la maturranga a

los fugitivos, pero a este socio se le ha encajao que el maleficio es para

él. Convénzase de lo que oye —sacó de su mochila un manojo de paja, liada

con alambre por la mitad, como si fuera escoba inútil, y la desenrolló,

exponiendo—: Todas las noches la retorcía, pensando en el Barrera, para que

sienta el estrangulamiento en la cintura y vaya trozándose hasta dividirse.

¡Ah, si yo le pudiera clavar las uñas! Conste, pues, que se salva por los

miedos de este mulatito ignorante —y diciendo esto, arrojó lejos la

hechicería.

A veces llevábamos en «guando» la canoa, por las costas de los raudales, o

la cargábamos en hombros, como si fuera la caja vacía de algún muerto

incógnito a quien íbamos a buscar en remotas tierras.

—Esta curiara parece un féretro —dijo Fidel.

Y el mulato sibilino respondió:

—Bien pué ser pa nosotros mesmos.

Aunque ignorados ríos nos ofrecían pródiga pesca, la falta de sal nos mermó

el aliento y a los zancudos se sumaron los vampiros. Todas las noches

agobiaban los mosquiteros, rechinando, y era indispensable tapar los

perros. Alrededor de la hoguera el tigre rugía, y hubo momentos en que los

tiros de nuestros fusiles alarmaron las selvas, siempre interminables y

agresivas.

Una tarde, casi al oscurecer, en las playas del río Guaviare advertí una

huella humana. Alguien había estampado sobre la greda el contorno de un

pie, enérgico y diminuto, sin que su vestigio reapareciera por ninguna

parte. El Pipa, que cazaba peces con las flechas, acudió a mi llamamiento,

y en breve todos mis camaradas le hicieron círculo a la señal, procurando

indagar el rumbo que hubiera seguido. Pero Helí Mesa interrumpió la

cavilación con esta noticia:

—¡He aquí el rastro de la indiecita Mapiripana!

Y esa noche, mientras volteaba una tortuga en el asador, remató sus

polémicas con el Pipa:

—No sigas argumentándome que ha sido «El Poira» el que anduvo anoche por

estas playas. El Poira tiene pies torcidos, y como carga en la cabeza un

brasero ardiente que no se le apaga ni al sumergirse en los remansos, se ve

dondequiera el hilo de ceniza indicadora. Tracemos en este arenal una

mariposa con el dedo del corazón, como exvoto propicio a la muerte y a los

genios del bosque, pues voy a contar la historia de la indiecita

Mapiripana.

A excepción de los maipureños, todos obedecimos.

* * *

«La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silencios, la celadora de

manantiales y lagunas. Vive en el riñón de las selvas, exprimiendo las

nubecillas, encauzando las filtraciones, buscando perlas de agua en la

felpa de los barrancos, para formar nuevas vertientes que den su tesoro

claro a los grandes ríos. Gracias a ella, tienen tributarios el Orinoco y

el Amazonas.

»Los indios de estas comarcas le temen, y ella les tolera la cacería a

condición de no hacer ruido. Los que la contrarían no cazan nada; y basta

fijarse en la arcilla húmeda para comprender que pasó asustando los

animales y marcando la huella de un solo pie, con el talón hacia adelante,

como si caminara retrocediendo. Siempre lleva en las manos una parásita y

fue quien usó primero los abanicos de palmera. De noche se la siente gritar

en las espesuras, y en los plenilunios costea las playas, navegando sobre

una concha de tortuga, tirada por “bufeos”, que mueven las aletas mientras

ella canta.

»En otros tiempos vino a estas latitudes un misionero, que se emborrachaba

con vino de palmas y dormía en el arenal con indias impúberes. Como era

enviado del cielo a derrotar la superstición, esperó que la indiecita

bajara cierta noche de los remansos del Chupave, para enlazarla con el

cordón del hábito y quemarla viva, como a las brujas. En un recodo de estos

playones, tal vez en esa arena donde ustedes están sentados, veíala robarse

los huevos de “terecay”, y advirtió al fulgor de la luna llena que tenía un

vestido de telarañas y apariencias de viudita joven. Con lujurioso afán

empezó a seguirla, mas se le escapaba en las tinieblas; llamábala con

premura, y el eco engañoso respondía. Así lo fue internando en las

soledades hasta dar con una caverna donde lo tuvo preso muchos años.

»Para castigarle el pecado de la lujuria, chupábale los labios hasta

rendirlo, y el infeliz, perdiendo su sangre, cerraba los ojos para no verle

el rostro, peludo como el de un mono orangután. Ella, a los pocos meses,

quedó encinta y tuvo dos mellizos aborrecibles: un vampiro y una lechuza.

Desesperado el misionero porque engendraba tales seres, se fugó de la

cueva, pero sus propios hijos lo persiguieron, y de noche, cuando se

escondía, lo sangraba el vampiro, y la lechuza lo reflejaba, encendiendo

sus ojos parpadeantes, como lamparillas de vidrio verde.

»Al amanecer proseguía la marcha, dando al flácido estómago alguna ración

de frutas y “palmitos”. Y desde la que hoy se conoce con el nombre de

Laguna Mapiripana, anduvo por tierra, salió al Guaviare, por aquí arriba,

y, desorientado, remontólo en una canoa que halló clavada en un varadero;

pero le fue imposible vencer el chorreón de Mapiripán, donde la indiecita

había enfurecido el agua, metiendo en la corriente enormes piedras.

Descendió luego a la hoya del Orinoco y fue atajado por los raudales del

Maipures, obra endemoniada de su enemiga, que hizo también los saltos del

Isana, del Inírida y del Vaupés. Viendo perdida toda esperanza de

salvación, regresó a la cueva, guiado por los foquillos de la lechuza, y al

llegar vio que la indiecita le sonreía en su columpio de enredaderas

florecidas. Postróse para pedirle que lo defendiera de su progenie, y cayó

sin sentido al escuchar esta cruel amonestación: ‘¿Quién puede librar al

hombre de sus propios remordimientos?’.

»Desde entonces se entregó a la oración y a la penitencia y murió

envejecido y demacrado. Antes de la agonía, en su lecho mísero de hojas y

líquenes, lo halló la indiecita tendido de espaldas agitando las manos en

el delirio, como para coger en el aire a su propia alma; y al fenecer,

quedó revolando entre la caverna una mariposa de alas azules, inmensa y

luminosa como un arcángel, que es la visión final de los que mueren de

fiebres en estas zonas».

* * *

Nunca he conocido pavura igual a la del día que sorprendí a la alucinación

en mi cerebro. Por más de una semana viví orgulloso de la lucidez de mi

comprensión, de la sutileza de mis sentidos, de la finura de mis ideas; me

sentía tan dueño de la vida y del destino, hallaba tan fáciles soluciones a

sus problemas, que me creí predestinado a lo extraordinario. La noción del

misterio surgió en mi ser. Gozábame en adiestrar la fantasía y me desvelaba

noches enteras, queriendo saber qué cosa es el sueño y si está en la

atmósfera o en las retinas.

Por primera vez mi desvío mental se hizo patente en el hosco Inírida,

cuando oí a las arenas suplicarme: «No pises tan recio, que nos lastimas.

Apiádate de nosotras y lánzanos a los vientos, que estamos cansadas de ser

inmóviles».

Las agité con braceo febril, hasta provocar una tolvanera, y Franco tuvo

que sujetarme por el vestido porque no me arrojara al agua al escuchar las

voces de las corrientes: «¿Y para nosotras no hay compasión? Cógenos en tus

manos, para olvidar este movimiento, ya que la arena impía no nos detiene y

le tenemos horror al mar».

Apenas toqué las ondas se fugó la demencia, y comencé a sufrir la tortura

de que mi propio ser me causara recelo.

A veces, por distraer la preocupación, empuñaba el remo hasta quedar

exhausto, procurando indagar en las miradas de mis amigos el estado de mi

salud. Con frecuencia los sorprendía haciéndose guiños de desconsuelo, pero

me estimulaban así: «No te fatigues mucho: hay que saber lo que son las

fiebres».

Sin embargo, yo comprendía que se trataba de algo más grave, y hacía

esfuerzos poderosos de sugestión para convencerme de mi normalidad.

Enriquecía mis discursos con amenos temas, resucitaba en la memoria

antiguos versos, complacido de la viveza de mi razón, y me hundía luego en

lasitudes letárgicas, que terminaban de esta manera: «Franco, dime, por

Dios, si me has oído algún disparate».

Poco a poco mis nervios se restauraron. Una mañana desperté alegre y me di

a silbar un aire de amor. Más tarde me tendí sobre las raíces de una caoba,

y, de cara a los grumos, me burlé de la enfermedad, achacando a la

neurastenia mis aprensiones pretéritas. Mas, de pronto, empecé a sentir que

estaba muriéndome de catalepsia. En el vahído de la agonía, me convencí de

que no soñaba. ¡Era lo fatal, lo irremediable! Quería quejarme, quería

moverme, quería gritar, pero la rigidez me tenía cogido y solo mis cabellos

se alborotaban, con la premura de las banderas durante el naufragio. El

hielo me penetró por las uñas de los pies, y ascendía progresivamente, como

el agua que invade un terrón de azúcar; mis nervios se iban cristalizando,

retumbaba mi corazón en su caja vítrea y el globo de mi pupila relampagueó

al endurecerse.

Aterrado, aturdido, comprendí que mis clamores no herían el aire; eran ecos

mentales que se apagaban en mi cerebro, sin emitirse, como si estuviera

reflexionando. Mientras tanto, proseguía la lucha tremenda de mi voluntad

con el cuerpo inmóvil. A mi lado empuñaba una sombra la guadaña y principió

a esgrimirla en el viento, sobre mi cabeza. Despavorido esperaba el golpe,

mas la muerte se mantenía irresoluta, hasta que, levantando un poco el

astil, lo descargó a plomo en mi cráneo. La bóveda parietal, a semejanza de

un vidrio ligero, tintineó, al resquebrajarse y sus fragmentos resonaron en

el interior, como las monedas entre la alcancía.

Entonces la caoba meció sus ramas y escuché en sus rumores estos anatemas:

«Picadlo, picadlo con vuestro hierro, para que experimente lo que es el

hacha en la carne viva. ¡Picadlo aunque esté indefenso, pues él también

destruyó los árboles y es justo que conozca nuestro martirio!».

Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta meditación:

«¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aún!».

Y una charca podrida me replicó: «¿Y mis vapores? ¿Acaso están ociosos?».

Pasos indiferentes avanzaron en la hojarasca. Franco acercose sonriendo y

con la yema de su dedo índice me tentó la pupila estática: «¡Estoy vivo,

estoy vivo! —le gritaba dentro de mí—. Pon el oído sobre mi pecho y

escucharás las pulsaciones».

Extraño a mis súplicas mudas, llamó a mis compañeros para decirles sin una

lágrima: «Abrid la sepultura, que está muerto. Era lo mejor que podría

sucederle». Y sentí con angustia desesperada los golpes de la pica en el

arenal.

Entonces, en un esfuerzo sobrehumano, pensé al morir: «¡Maldita sea mi

estrella aciaga, que ni en vida ni en muerte se dieron cuenta de que yo

tenía corazón!».

Moví los ojos. Resucité. Franco me sacudía:

—¡No vuelvas a dormir sobre el lado izquierdo, que das alaridos pavorosos!

¡Pero yo no estaba dormido! ¡No estaba dormido!

* * *

Los maipureños que vinieron del Vichada con Helí Mesa parecían mudos.

Adivinar su edad era empresa tan aleatoria como calcularles los años a los

«careyes». Ni el hambre, ni la fatiga, ni las contrariedades alteraron el

pasivo ceño de su indolencia. A semejanza de los ánades pescadores, que

exhiben en la playa su pareja gris, acordes en el vuelo y en el descanso,

siempre juntos, señeros y tristes, convivían aquellos indígenas,

entendiéndose a medias voces y apartándose de nosotros en las quedadas,

para acomodarse en mellizo grupo a sorber el pocillo de yucuta, después de

encender las fogatas, de recoger las puyas de pescar, y de fornir anzuelos

y guarales.

Nunca los vi mezclarse con los guahibos de Mucucuana ni celebrarle al Pipa

sus anécdotas y carantoñas. Ni pedían ni daban nada. El Catire Mesa era su

intermediario y con él sostenían lacónicos diálogos, exigiendo la entrega

de la curiara —que era su única hacienda—, pues ansiaban tornar a su río.

—Ustedes deben acompañarnos hasta el Isana.

—No podemos.

Cuando entrábamos al Inírida, el mayor de ellos me encareció, en tono mitad

de súplica y amenaza:

—Déjanos regresar al Orinoco. No remontes estas aguas que son malditas.

Arriba, caucherías y guarniciones. Trabajo duro, gente maluca, matan los

indios.

Esto me confirmaba viejos informes que el Pipa nos dio para que

desistiéramos de acercarnos a las barracas del Guaracú.

Por la tarde hice que Franco los interrogara más ampliamente, y, aunque

remisos al cuestionario, dijeron que en el istmo del Papunagua vivía una

tribu cosmopolita, formada por prófugos de siringales desconocidos, hasta

del Putumayo y del Acajú, del Apoporis y del Macaya, del Vaupés y del

Papurí, del Ti–Paraná (río de la sangre), del Tui–Paraná (río de la

espuma), y tenían corredores entre la selva, para cuando fueran patrullas

armadas a perseguirlos; que, desde años atrás, unos guayaneses de poca

monta establecieron una fábrica cerca al Isana, para ir avasallando a los

fugitivos, y los administraba un corso llamado «El Cayeno»; que debíamos

torcer rumbo, porque si dábamos con los prófugos nos tratarían como a

enemigos; y si con las barracas, nos pondrían a trabajar por el resto de

nuestra vida.

Destiñóse en las aguas el postrer lampo. Oscureció. Encontradas

preocupaciones me combatían con el desvelo. Aquella noticia, verídica o

falsa, me puso triste. En los montes se espesaba la oscuridad. ¿Qué

acontecimientos se cumplirían con mi presencia más allá de esas sombras?

Hacia la media noche sentí ladridos y palabras de gresca. Frente a la canoa

se destacaba el corrillo discutidor.

—¡Mátalo! ¡Mátalo!, —decía Mesa. Franco me llamó a gritos. Acudí presuroso,

revólver en mano.

—Estos bandidos iban a largarse con la canoa. ¡Querer botarnos en estas

selvas, a morir de hambre! ¡Dicen que el Pipa los aconsejó!

—¿Quién me calumnia? ¡Eso no es posible! ¿Seré yo capaz de malos consejos?

Los maipureños le argumentaron tímidos:

—Nos rogaste embarcar tu cama y dos carabinas.

—¡Confusión lamentable! Yo les propuse que se fugaran, por conocer sus

intenciones. Dijeron que no. Resulta que sí. ¡No haberlos denunciado de

cualquier modo! ¡No poder clavarles las uñas!

Cortando la discusión, decidí flagelar al Pipa y encomendé tal faena a sus

cómplices. Culebreábase más que los látigos, imploraba clemencia entre

plañidos y hasta llegó a invocar el nombre de Alicia. Por eso, cuando le

saltó la primera sangre, lo amenacé con tirárselo a los caribes. Entonces

aparentó que se desmayaba, ante el pasmo angustioso de maipureños y

guahibos, a quienes advertí, enfáticamente, que en lo sucesivo dispararía

sobre cualquiera que se levantara del chinchorro sin dar el aviso

reglamentario.

Las semanas siguientes las malgastamos en domeñar raudales tronitosos. Mas

cuando creíamos escaladas todas las torrenteras, nos trajo el eco del monte

el fragor de otro rápido turbulento, que batía a lo lejos su espuma brava

como un gallardete sobre el peñascal. En zumbadora rapidez enarcábase el

agua, provocando una ventolina que remecía las guedejas de los bambúes y

hacía vacilar el iris ingrávido, con un bamboleo de la arcada móvil entre

la niebla de los hervideros.

A lo largo de ambas orillas erguía sus fragmentos el basalto roto por el

río —tormentoso torrente en estrecha gorja—, y a la derecha, como un brazo

que el cerro les tendía a los vórtices, sobreaguaba la hilera de rocas

máximas con su serie de cascadas fulgentes. Era preciso forzar el paso de

la izquierda porque los cantiles no permitían sacar en vilo la curiara.

Acostumbrados a vencer estas maniobras, la sirgábamos por la cornisa de un

voladero, pero al dar con el triángulo de los arrecifes, resistióse a

bandazos y cabezadas en el torbellino ensordecedor, falta de lastre y de

timonel. Helí Mesa, que dirigía el trajín titánico, montó el revólver al

ordenarles a los maipureños que descendieran por una laja y ganaran de un

salto la embarcación para palanquearla de popa y de proa. Los briosos

nativos obedecieron, y dentro del leño resbaladizo, que zigzagueaba sobre

las espumas, forcejearon por impelerlo hacia la chorrera; mas de repente,

al reventarse las amarras, la canoa retrocedió sobre el tumbo rugiente, y

antes que pudiéramos lanzar un grito, el embudo trágico los sorbió a todos.

Los sombreros de los dos náufragos quedaron girando en el remolino, bajo el

iris que abría sus pétalos como la mariposa de la indiecita Mapiripana.

* * *

La visión frenética del naufragio me sacudió con una ráfaga de belleza. El

espectáculo fue magnífico. La muerte había escogido una forma nueva contra

sus víctimas, y era de agradecerle que nos devorara sin verter sangre, sin

dar a los cadáveres livores repulsivos. ¡Bello morir el de aquellos

hombres, cuya existencia apagase de pronto, como una brasa entre las

espumas, al través de las cuales subió el espíritu haciéndolas hervir de

júbilo!

Mientras corríamos por el peñasco a tirar el cable de salvamento, en el

ímpetu de una ayuda tardía, pensaba yo que cualquier maniobra que

acometiéramos aplebeyaría la imponente catástrofe; y, fijos los ojos en la

escollera, sentía el dañino temor de que los náufragos sobreaguaran,

hinchados, a mezclarse en la danza de los sombreros. Mas ya el borbotón

espumante había borrado con oleadas definitivas las huellas últimas de la

desgracia.

Impaciente por la insistencia de mis compañeros, que rondaban de piedra en

piedra, grité:

—¡Franco, tú eres un necio! ¿Cómo pretendes salvar a quienes perecieron

súbitamente? ¿Qué beneficio les brindarías si resucitaran? ¡Déjalos ahí, y

envidiemos su muerte!

Franco, que recogía desde la margen tablones rotos de la embarcación, se

armó con uno de ellos para golpearme.

—¿Nada te importan tus amigos? ¿Así nos pagas? ¡Jamás te creí tan inhumano,

tan detestable!

Yo, en el estallido de su cólera, permanecía perplejo. Tuve vagas nociones

del deber y busqué con la mirada mi carabina. Por sobre el eco de los

torrentes me herían las palabras de la agresión, que Franco seguía

emitiendo a gritos al par que manoteaba ante mi rostro. Jamás había

conocido yo una iracundia tan elocuente y tumultuosa. Habló de su vida

sacrificada por mi capricho, habló de mi ingratitud, de mi carácter

voluntarioso, de mi rencor. Ni siquiera había sido leal con él cuando

pretendí disfrazar mi condición en La Maporita: decirle que era hombre

rico, cuando la penuria me denunciaba como un herrete; decirle que era

casado, cuando Alicia revelaba en sus actitudes la indecisión de la

concubina. ¡Y celarla como a una virgen después de haberla encanallado y

pervertido! ¡Y desgañitarme porque otro se la llevaba, cuando yo, al

raptarla, la había iniciado en la perfidia! ¡Y seguirla buscando por el

desierto, cuando en las ciudades vivían aburridas de su virtud solícitas

mujeres de índole dócil y de hermosa estampa! ¡Y arrastrarlos a ellos en la

aventura de un viaje mortífero, para alegrarme de que perecieran

trágicamente! ¡Todo por ser yo un desequilibrado, tan impulsivo como

teatral!

Esta última frase me cayó como un martillazo. ¿Yo desequilibrado? ¿Por qué?

Apresuréme a devolverle el golpe y fue feliz mi acometida.

—¡So estúpido! ¿En dónde está mi desequilibrio? ¡Lo que voy haciendo por

Alicia lo hiciste ya por Griselda! ¿Crees que no lo sabía? ¡Por ella

asesinaste a tu Capitán!

Y para ofenderlo con el mayor ahínco, agregué, parodiando un concepto

célebre:

—¡No está lo malo en tener querida, sino en casarse con ella!

Mientras lo hería con risotadas de sarcasmo, apoyóse en la roca enhiesta.

Hubo un instante en que creí que fuera a caer. Mi voz lo había traspasado

como una lanza. Entonces escuché revelaciones abrumantes:

—Yo no le di muerte a mi Capitán. Lo apuñaló la Griselda misma. Aquí está

el «Catire». Mesa, que fue a darme el aviso. Es verdad que en la sala

oscura hice tiros, sin saber cómo. La mujer me quitó el revólver y encendió

luz, advirtiéndome con frase heroica: «Éste apagó la vela para venírseme

por las malas, y aquí lo tienes». ¡Estaba revolcándose en su propia sangre!

«La Griselda, por culpable que resultara, se había redimido con su bravura.

Le quité el puñal y me di preso, declarando ser el autor de todo. Pero el

Capitán evitó el escándalo. ¡No acusó a nadie!

»Digan éstos que me oyen, cómo me expoliaba el Juez de orocué. Quiso

sumariar mi amancebamiento, pero vaciló ante la idea de que pudiéramos ser

casados. Por eso la Griselda, que es mujer viva, no perdía ocasión de

predicar nuestro matrimonio. En esa mentira se apoyaba nuestra

conveniencia. ¡Juro que he dicho la verdad!».

Tanta sorpresa me causaron aquellos hechos, que sentía un mareo de

confusión e incertidumbre. Fidel seguía desnudando su corazón y

descubriendo dramas íntimos, penas de hogar, hastíos de convivencia con la

homicida, proyectos de anhelada separación. Todos los días cultivó el deseo

de que la mujer lo abandonara, ahorrándole así la vergüenza de repudiarla

sin motivo justificable. Mas ella, por desgracia, no le había sido infiel,

y de tal manera se dio a considerarlo y atenderlo, que lo ligó

indestructiblemente con una lástima cariñosa, superior al más grave desvío.

Para ella había organizado, a fuerza de sudores, la fundación de La

Maporita. Quería dejarle un pasar mediano, mientras prescribía la

deserción, para después volverse a Antioquia. Mas cuando se dio cuenta de

que Barrera la anhelaba, se encendió en celos. Tal vez sin mi ejemplo

pernicioso se hubiera resignado a dejarla libre; pero yo le contagié mi

furor y ahora seguía mis pasos hacia el desastre. Y ya era imposible la

reflexión. ¡No podía volverse atrás! ¡Ni viva ni muerta admitiría a la

desertora; pero tampoco iba a causarle daño! ¡En verdad no sabía qué hacer!

No guardo otra memoria de su discurso: aunque lo oía no lo escuchaba. El

velo del pasado se descorrió a mis ojos. Olvidados detalles se

esclarecieron y me di cuenta de inadvertidas circunstancias. ¡Con razón la

niña Griselda quería emigrar! ¡Por algo elevó sus alaridos de consternación

el día que empuñé mi cuchillo contra Millán para impedir que arrebatara la

mercancía a don Rafael! El relampagueo del arma lúcida le representaría la

escena terrible, cuando sobre la sangre del seductor encendió la vela,

señalándolo: «Quiso venírseme por las malas, y aquí lo tienes». Recordé

asimismo sus sentencias contra los hombres y hasta el estribillo con que

morigeraba mis atrevimientos: «¡Si no has de yevarme, no seas indino! ¿Qué

tás pensando? ¡Con vos he sido mujer chancera, pero con otros... me hice

valé!». Y, estremecida, descargaba el puño sobre mi pecho como para

clavarme el hierro vengador.

Y de esa mujer sonriente y salvaje había hecho Alicia su asesora, su

confidente. En su alma reconcentrada e inexperta iba desarrollándose un

carácter nuevo, bajo la influencia peligrosa de la amiga. Pensando tal vez

que yo la repudiaría en cualquier momento, puso su esperanza en el amparo

de la patrona, a quien imitaba hasta en sus defectos, sin admitir mis

reconvenciones, para darme a entender que no estaba sola y que podía yo

abandonarla cuando quisiera.

Cierta vez la niña Griselda, ausente yo, le daba clases de tiro al blanco.

Sorprendílas con el revólver humeante y permanecieron impasibles, como si

estuvieran con la costura.

—¿Qué es esto, Alicia? ¿A tal punto has perdido la timidez?

Sin responderme, encogióse de hombros, pero su compañera dictaminó

sonriendo:

—¡Es que las mujeres debemos saber de tóo! ¡Ya no hay garantía ni con los

maríos!

Helí Mesa vino a interrumpir mi meditación con esta súplica:

—¡Una amistad como la de ustedes resiste choques! Este altercado no tiene

importancia. Las manos del Teniente no se han manchado. Puede estrecharlas.

Mientras oprimía las de Fidel, le ordené al Catire:

—¡Dame también las tuyas, que por justicieras se mancharon!

El Pipa y los guahibos se fugaron aquella noche.

* * *

«Amigos míos, faltaría a mi conciencia y a mi lealtad si no declarara en

este momento, como anoche, que sois libres de seguir vuestra propia

estrella, sin que mi suerte os detenga el paso. Más que en mi propia vida

pensad en la vuestra. Dejadme solo, que mi destino desarrollará su

trayectoria. Aún es tiempo de regresar a donde queráis. El que siga mi ruta

va con la muerte.

»Si insistís en acompañarme, que sea corriendo el mundo por cuenta propia.

Seremos solidarios por la amistad y el provecho común; pero cada cual

afrontará por separado su destino. De otra manera, no aceptaré vuestra

compañía.

»Decís que desde la boca de esta corriente en el Guaviare sólo se gasta

media jornada en bajar al pueblo de San Fernando. Si no teméis que el

coronel Funes pueda prenderos como sospechosos, desandad las orillas de

estos rápidos, haceos una balsa de platanillos y dejadla rodar hacia el

Atabapo. Vuestra despensa está en los montes: leche de seje, tallos de

“manaca”.

»Por mi parte, sólo os demando que me ayudéis a ganar la opuesta margen.

Aseveraban los maipureños que el Papunauga abre su delta a pocos kilómetros

de este salto y que allí moran los indios “puinabes”. Con ellos quiero

atreverme hasta el Guainía. Y ya sabéis lo que pretendo, aunque parezcan

cosas de loco».

Así amonesté a mis compañeros la mañana que amanecimos en el Inírida

abandonados sobre unas rocas.

El Catire Mesa respondió por todos:

—Los cuatro formaremos un solo hombre. No hemos nacido para reliquias. ¡A

lo hecho, pecho!

Y me precedió por la orilla abrupta, buscando el punto mejor para

aventurarnos en la travesía, sin llevar otro equipo que los chinchorros y

las armas.

Claramente, desde aquel día, tuve el presentimiento de lo fatal. Todas las

desgracias que han sucedido se me anunciaron en ese momento. Sin embargo,

avancé indomable por la playa arriba, mirando a veces, con íntimo afán la

contraria costa, seguro de que mis plantas no volverían a hollar nunca el

suelo que invadían. Cuando mis ojos encontraban los de Fidel, sonreíamos

silenciosos.

—Mejor que el Pipa se picuriara —exclamó Correa—. Ese bandío endemoniao y

repelente, era peligroso. ¡Cómo fregó con la cantaleta de que saliéramos al

Guainía por el arrastraero del caño Neuquén! ¡Toos estos montes le metían

mieos! Pero más el coronel Funes.

—Dices bien —le repuse—. Siempre temía que en cualquier raudal saliera a

atacarnos la indiada prófuga que se guarece en este desierto, donde son sus

defensas chorros y espesuras.

—Y dale que dale con la «fregancia» de que veía humos en los riscos. Y no

admitía que eran vapores de otras cascáas.

—Pero es innegable que ha andado gente por aquí —observó Mesa—. Miren la

poyata del remanso: espinas de pescado, fogones, cáscaras.

—Algo más raro aún —agregó Franco—. Latas de salmón, botellas vacías. No se

trata de indios solamente. Éstos son gomeros recién entrados.

Al escuchar tales palabras pensé en Barrera, mas afirmó el Catire, cual si

adivinara mis cavilaciones:

—Tengo plena evidencia de que nuestra gente está en el Guainía. Por lo

demás, los rastros son pocos. No han pisoteado el arenal veinte personas, y

todas las huellas son de pies grandes. Éstos han sido venezolanos. Conviene

tirarnos a la orilla para buscar más señas. En la línea oscura de aquellos

montes se ve un claro. Tal vez el estuario del río Papunagua.

Y aquella tarde, tendidos de pecho en una balsa y braceando en la espuma

por falta de remos, pasamos a la opuesta riba, sobre la onda apacible que

ensangrentaba el sol.

* * *

Mi dureza contra el vigía fue bestial. Lo hubiera matado al menor intento

de resistencia. Cuando bajaba con trémulos pies los escalones del palo

oblicuo que servía de escalera al zarzo, lo empujé para que cayera; y al

mirarlo de bruces, inofensivo, atolondrado, lo agarré por el pelo para

verle la cara. Era un anciano de elevada estatura, que me miraba con

tímidos ojos y erguía los brazos sobre la cabeza por impedir que lo

macheteara. Sus labios se estremecían con suplicantes balbuceos:

—¡Por Dios! ¡No me mate usted, no me mate usted!

Al escuchar tal imploración, percibiendo la semejanza que la ancianidad

venerable da a los hombres, me acordé de mi anciano padre, y, con alma

angustiada, abracé al cautivo para levantarlo del suelo en que yacía. En mi

propio sombrero le ofrecí agua.

—Perdóneme —le dije—; no me había dado cuenta de su vejez.

Mientras tanto mis compañeros, que sitiaban el barracón para garantizar mi

acometida, saquearon el zarzo, antes que pudiera contenerlos. Persona

alguna hallábase en él. Bajaron con la carabina del prisionero.

—¿De quién es este máuser? —le gritó Franco.

—Mío, señor —dijo el aludido con voz agitada.

—¿Y qué hace usted aquí armado de máuser?

—Me dejaron enfermo hace días.

—¡Usted es centinela de los raudales! ¡Y si lo niega, lo fusilamos!

El hombre, vuelto hacia Franco, quería postrarse:

—¡Por Dios, no me mate! ¡Piedad de mí!

—¿Dónde están —pregunté— las personas que lo dejaron?

—Se fueron antier para el alto Inírida.

—¿Qué cadáveres han guindado sobre los peñascos cimeros del río?

—¿Cadáveres?

—¡Sí, señor; sí señor! Los encontramos esta mañana porque los zamuros los

denunciaron. Cuelgan de unas palmeras, desnudos, amarrados con alambres por

las mandíbulas.

—Es que el Coronel Funes vive en guerra con el Cayeno. Hace una semana que

los vigías vieron remontar una embarcación. Y como el Cayeno tiene correos,

le llegó el aviso al día siguiente. Trajo desde el Isana veinticinco

hombres y asaltó a los navegantes.

—Esa embarcación —repuso el Catire— fue la de las huellas en los playones.

Ésos eran los humos que observaba el Pipa.

—Díganos usted qué gente era ésa.

—Unos secuaces del coronel que venían de San Fernando a robar caucho y

cazar indios. Todos murieron. Y es costumbre colgarlos para escarmiento de

los demás.

—¿Y el Cayeno dónde se halla?

—Hace lo que los otros venían a hacer.

El viejo agregó después de una pausa:

—¿Y la tropa de ustedes, dónde está? ¿Por dónde vino sin que la vieran?

—Una parte esculca los montes; otra ya remonta el Papunagua. El Cayeno

asesinó nuestra descubierta mientras forzábamos los raudales.

—Señor, dígale a su gente que si da con tambos desiertos no utilice el

mañoco que en ellos encuentre. Ese mañoco tiene veneno.

—¿También los mapires que están aquí?

—También. El mañoco que sirve lo tenemos oculto.

—Tráigalo, y coma usted en nuestra presencia.

Cuando el anciano se movió para obedecerme, le miré las canillas llenas de

úlceras. Dióse cuenta de mis miradas y con acento humilde encareció:

—Abran ustedes mismos el «mapire». Verdaderamente, provoco asco.

Y al recibir la afrechosa harina que le ofreció el mulato en una totuma,

empezó a ingerirla, sin velar sus lágrimas. Por reanimarlo, le dije

solícito:

—No se aflija usted si la vida es dura. Déjenos saborear sus provisiones.

¡Usted es alguien! Ya seremos buenos amigos.

* * *

Aquella noche incendiaban la sombra los relámpagos y la selva crujía con

rumores tétricos. Hasta cuando el viento lluvioso apagó la hoguera, estuve

escuchando la conversación de mis camaradas con el inválido; pero me vencía

el pesado sueño y perdí la ilación de la conferencia. El viejo se llamaba

Clemente Silva y decía ser pastuso. Dieciséis años había vagado por los

montes, trabajando como cauchero, y no tenía ni un solo centavo.

En un momento que desperté, exponía en el tono explícito de quien hace

constar un favor:

—Yo vi las avanzadas de ustedes. Tres nadadores cruzaban el río. Temeroso

de que el Cayeno regresara, callé. Y hoy cuando había resuelto coger la

trocha...

—Hola —interrumpí, enderezándome en el chinchorro—. ¿Cuántas personas vio

usted? ¿Y cuándo?

—Tengo seguridad de lo que digo: Tres nadadores, hace dos días. Serían las

siete de la mañana. Por más señas, traían sus ropas amarradas en la cabeza.

Ha sido milagro que el Cayeno no los capturara. Pasan tantas cosas en este

infierno...

—Buenas noches. Sé quienes son. No conversemos más.

Así dije, para evitar posibles indiscreciones de mis compañeros. Pero ya no

pude dormir, pensando en el Pipa y los indígenas. Ante los peligros que nos

rodeaban me sentía nervioso, alicaído; mas formé la resolución de acabar

con aquella vida de sobresaltos, sucumbiendo de cualquier modo, con mis

rencores y caprichos, antes que cejar en mis propósitos. ¿Por qué don

Clemente Silva no me descerrajó un tiro, si con esa ilusión lo asalté? ¿Por

qué se retardaba el Cayeno con las cadenas y los suplicios? ¡Ojalá me

guindara de un árbol, donde el sol pudriera mis carnes y el viento me

agitara como un péndulo!

—¿Dónde está don Clemente Silva? —le pregunté al Catire Mesa cuando

amaneció.

—Lavándose la cara en la zanjita.

—¿Y por qué lo dejaron solo? Si se fugara...

—No hay ningún temor. Franco anda con él. Toda la madrugada estuvo

quejándose de la pierna.

—¿Y tú qué opinas de ese pobre viejo?

—Es nuestro paisano y no lo sabe. Creo que se le debe confesar todo y

pedirle ayuda.

Cuando bajé a la fuente, me enternecí al ver que Fidel le lavaba las llagas

al afligido. Éste, al sentir mis pasos, avergonzóse de su miseria y alargó

hasta el tobillo el pantalón. Con turbado acento me contestó los buenos

días.

—¿Estas lacraduras de qué provienen?

—Ay, señor, parece increíble. Son picaduras de sanguijuelas. Por vivir en

las ciénagas picando goma, esa maldita plaga nos atosiga, y mientras el

cauchero sangra los árboles, las sanguijuelas lo sangran a él. La selva se

defiende de sus verdugos, y al fin el hombre resulta vencido.

—A juzgar por usted, el duelo es a muerte.

—Eso sin contar los zancudos y las hormigas. Está la «veinticuatro», está

la «tambocha», venenosas como escorpiones. Algo peor todavía: la selva

trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la

crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia quema como

fiebre. El ansia de riquezas convalece al cuerpo ya desfallecido, y el olor

del caucho produce la locura de los millones. El peón sufre y trabaja con

deseo de ser empresario que pueda salir un día a las capitales a derrochar

la goma que lleva, a gozar de mujeres blancas y a emborracharse meses

enteros, sostenido por la evidencia de que en los montes hay mil esclavos

que dan sus vidas por procurarle estos placeres, como él lo hizo para su

amo anteriormente. Sólo que la realidad anda más despacio que la ambición y

el beri–beri es mal amigo. En el desamparo de vegas y estradas, muchos

sucumben de calentura, abrazados al árbol que mana leche, pegando a la

corteza sus ávidas bocas, para calmar, a fuerza de agua, la sed de la

fiebre con caucho líquido; y allí se pudren como las hojas, roídos por

ratas y hormigas, únicos millones que les llegaron, al morir.

»El destino de otros es menos precario: a fuerza de ser crueles ascienden a

capataces, y esperan cada noche, con libreta en mano, a que entreguen los

trabajadores la goma extraída para sentar su precio en la cuenta. Nunca

quedan contentos con el trabajo y el rebenque mide su disgusto. Al que

trajo diez litros le abonan sólo la mitad, y con el resto enriquecen ellos

su contrabando, que venden en reserva al empresario de otra región, o que

entierran para cambiarlo por licores y mercancías al primer “chuchero” que

visite los siringales. Por su parte, algunos peones hacen lo propio. La

selva los arma para destruirlos, y se roban y se asesinan, a favor del

secreto y la impunidad, pues no hay noticia de que los árboles hablen de

las tragedias que provocan».

—¿Y usted por qué soporta tantas desdichas? —repliqué indignado.

—Ay, señor, la desgracia lo anula a uno.

—¿Y por qué no se vuelve a su tierra? ¿Qué podemos hacer para libertarlo?

—Gracias, señor.

—Por ahora es preciso curar sus llagas. Permítame que le haga remedios.

Y aunque el viejo, asombrado, se resistía, remánguele hasta la corva el

pantalón, y me arrodillé para examinarlo.

—Fidel, ¿estás ciego? ¡En estas úlceras hay gusanos!

—¡Gusanos! ¡Gusanos!

—Sí, hay que buscar «otoba» para matárselos.

El viejo comentaba, quejándose:

—¿Será posible? ¡Qué humillación! ¡Gusanos! ¡Gusanos! ¡Y fue que un día me

quedé dormido y me sorprendieron los moscones!

Cuando lo condujimos a la barraca, repetía:

—¡Engusanado, engusanado y estando vivo!

* * *

—Sepa usted, —le dije esa tarde— que soy por idiosincrasia el amigo de los

débiles y de los tristes. Aunque supiera que usted iba a traicionarnos

mañana mismo, sería respetada su invalidez de hoy. No sé si tengan crédito

mis palabras, pero piense que podríamos ultimarlo sólo por ser cómplice de

un bandido como el Cayeno. Me ruega usted que le diga adónde queremos

conducirlo preso y se le permita lavar sus trapos para morir con ropa

limpia; pues bien, ni lo mataremos ni lo apresaremos. Antes, le pido que se

encargue de nuestra suerte, porque somos paisanos suyos y venimos solos.

El anciano púsose de pie para convencerse de que no soñaba. Sus ojos

incrédulos nos medían con insistencia, y, tendiendo los brazos hacia

nosotros, exclamó:

—¡Sois colombianos! ¡Sois colombianos!

—Como lo oye, y amigos suyos.

Paternalmente nos fue estrechando contra su pecho, sacudido por la emoción.

Después quiso hacernos preguntas promiscuas acerca de la patria, de nuestro

viaje, de nuestros nombres. Mas yo le interrumpí de esta manera:

—Ante todo, jure usted que contaremos con su lealtad.

—¡Lo juro por Dios y por su justicia!

—Muy bien. ¿Pero qué piensa hacer con nosotros? ¿Cree que el Cayeno nos

matará? ¿Será necesario matarlo a él?

Y agregué, para ayudarlo en su desconcierto:

—O mejor: ¿el Cayeno puede volver aquí?

—No lo creo. Se fue para Caño Grande a robar caucho y cazar indios. No

tiene interés ninguno en regresar pronto a sus barracones del Guaracú,

donde está la «madona», que ha venido a cobrarle.

—¿Quién es esa madona de que habla?

—Es la turca Zoraida Ayram, que anda por estos ríos negociando corotos con

los «siringueros» y tiene en Manaos una pulpería de renombre.

—Oiga usted. Es indispensable que nos conduzcan al Guaracú, para hablar con

la señora Zoraida Ayram antes que regrese el Cayeno.

—La conozco mucho y fuí su sirviente. Ella me trajo al Río Negro desde el

Putumayo. Me trataban allí tan mal, que me eché a sus pies rogándole que me

comprara. Mi deuda valía dos mil soles: la pagó con mercaderías, me llevó a

Manaos y a Iquitos, sin reconocerme jornal ninguno, y luego me vendió por

seis contos de reis a su compatriota Miguel Pezil, para los gomales de

Naranjal y Yaguanarí.

—Hola, ¿qué dice usted? ¿Conoce el siringal de Yaguanarí?

Franco, el Catire y el mulato prorrumpieron:

—¡Yaguanarí!... ¡Yaguanarí!... ¡Para allá vamos!

—¡Sí, señores! Y, según decía la madona, llegaron hace un mes a dicho lugar

veinte colombianos y varias mujeres a picar goma.

—¡Veinte! ¡Tan solo veinte! ¡Si eran setenta y dos!

Hubo un grave silencio de indecisión. Nos mirábamos unos a otros, fríos y

pálidos. Y repetíamos inconscientes:

—¡Yaguanarí! ¡Yaguanarí!

* * *

—Como ya les dije —agregó don Clemente Silva, después que le relatamos

nuestra odisea—, no puedo suministrar otros informes. Conozco a Barrera de

oídas, pero sé que tiene negocios con Pezil y con el Cayeno, y que tratan

de liquidar la compañía porque la madona reclama el pago de un dinero y se

niega a conceder más prórrogas. Entiendo que Barrera se había obligado a

sacar de Colombia un personal de doscientos hombres; mas se apareció con un

número exiguo, pues ha venido abonando a sus acreedores deudas viejas con

caucheros de los que trae. Por lo demás, los colombianos no tenemos precio

en estas comarcas: dicen que somos insurrectos y volvedores. Comprendo

perfectamente el deseo de ponerse al habla con la madona; pero es preciso

tener paciencia. Mi turno de vigía sólo se me vence el sábado próximo.

—Y si su relevo nos sorprendiera, ¿qué diría?

—No hay cuidado. Él bajará por el Papunagua y nosotros regresaremos por la

«pica» nueva, dejándole un fogón prendido para que vea que estuve aquí.

Desde este zarzo se domina el río y se divisan los navegantes. No comprendo

cómo me capturaron ustedes.

—Veníamos perdidos por esta ribera. Y como los perros encontraron huellas

humanas... Mas ese detalle poco importa. ¿Con que será preciso esperar?

—Y aparecer en las barracas a la hora que el «Váquiro» esté ausente,

inspeccionando en las entradas a los caucheros. Ese capataz es muy

malgeniado. Cuando yo les señale los caneyes, se presentan ustedes, solos,

a quejarse de que traían, para vender, mañoco fresco y unos gendarmes se lo

arrebataron. (Allá se sabe ya que esos gendarmes eran de Funes y que el

Cayeno los acuchilló). Agreguen que les «trambucaron» en los raudales la

curiara, y tuvieron ustedes que venirse por las orillas y los montes, hasta

que yo les puse la mano. Adviertan que, como venían a pedir auxilio, los

llevé a la trocha de Guaracú, y que ustedes llegan, acatando mis

instrucciones, a implorar garantías. Este discurso agradará, porque aumenta

el crédito de la empresa y desmiente a sus detractores.

—Cuente usted con que la novela tendrá más éxito que la historia.

—Yo llegaré luego para hacer resaltar la circunstancia de que ustedes se

fueron solos y no desconfiaron.

—¿Y si nos ponen a trabajá? —observó Correa.

—Mulato, —sentencié—, no tengas miedo ¡Venimos a jugar la vida!

—En cuanto a eso, no sabría qué aconsejarles. El Cayeno es cauteloso y

cruel como un cazador. Cierto que ustedes nada le deben y que van de paso

hacia el Brasil. Pero si se le antoja decir que se picurearon de otras

barracas...

—Explique, don Clemente. Poco sabemos de estas costumbres.

—Cada empresario de caucherías tiene caneyes, que sirven de viviendas y

bodegas. Ya conocerán los del Guaracú. Esos depósitos o barracas jamás

están solos, porque en ellos se guarda el caucho con las mercancías y las

provisiones y moran allí los capataces y sus barraganas.

«El personal de trabajadores está compuesto, en su mayor parte, de

indígenas y enganchados, quienes, según las leyes de la región, no pueden

cambiar de dueño antes de dos años. Cada individuo tiene una cuenta en la

que se le cargan las baratijas que le avanzan, las herramientas, los

alimentos, y se le abona el caucho a un precio irrisorio que el amo señala.

Jamás cauchero alguno sabe cuánto le cuesta lo que recibe ni cuánto le

abonan por lo que entrega, pues la mira del empresario está en guardar el

modo de ser siempre acreedor. Esta nueva especie de esclavitud vence la

vida de los hombres y es transmisible a sus herederos.

»Por su lado, los capataces inventan diversas formas de expoliación: les

roban el caucho a los siringueros, arrebátanles hijas y esposas, los mandan

a trabajar a caños pobrísimos, donde no pueden sacar la goma exigida, y

esto da motivos a insultos y latigazos, cuando no a balas de winchester. Y

con decir que fulano se picureó o que murió de fiebre, se arregla el

cuento.

»Mas no es justo olvidar la traición y el dolo. No todos los peones son

palomas blancas: algunos solicitan enganche sólo para robarse lo que

reciben, o salir a la selva por matar a algún enemigo o sonsacar a sus

compañeros para venderlos en otras barracas.

»Esto dio pie a un convenio riguroso, por el cual se comprometen los

empresarios a prender a todo individuo que no justifique su procedencia o

que presente el pasaporte sin la constancia de que pagó lo que debía y fue

dado libre por su patrón. A su vez, las guarniciones de cada río cuidan de

que tal requisito se cumpla inexorablemente.

»Mas esta medida es fuente inexhausta de abusos y secuestros. ¿Si el amo se

niega a expedir el salvoconducto? ¿Si el capturador despoja de él a quien

lo presenta? Réstame aún advertir a ustedes que es frecuentísimo el último

caso. El cautivo pasa a poder de quien lo cogió, y éste lo encentra en sus

siringales, a trabajar como preso prófugo, mientras se averigua “lo

conveniente”. Y corren años y años, y la esclavitud nunca termina. ¡Esto es

lo que me pasa con el Cayeno!

»¡Y he trabajado dieciséis años! ¡Dieciséis años de miseria! ¡Mas poseo un

tesoro que vale un mundo, que no pueden robarme, que llevaré a mi tierra si

llego a ser libre: un cajoncito lleno de huesos!».

* * *

—Para poder contarles mi historia —nos dijo esa tarde— tendría que perder

el pudor de mis desventuras. En el fondo de cada alma hay algún episodio

íntimo que constituye su vergüenza. El mío es una mácula de familia: ¡mi

hija María Gertrudis «dio su brazo a torcer»!

Había tal dolor en las palabras de don Clemente, que nosotros aparentábamos

no comprender. Franco se cortaba las uñas con la navaja. Helí Mesa

escarbaba el suelo con un palillo, yo hacía coronas con el humo del

cigarro. Tan sólo el mulato parecía invaído en la punzante narración.

—Sí, amigos míos —continuó el anciano—. El miserable que la engañaba con

promesas de matrimonio, la sedujo en mi ausencia. Mi pequeño Luciano

abandonó la escuela y fue a buscarme al pueblo vecino, donde yo ejercía un

modesto empleo, para contarme que los novios hablaban de noche por el solar

y que su madre lo había reñido cuando le dio noticia de ello. Al oír su

relato perdí el aplomo, regañélo por calumniador, le exalté la virtud de

María Gertrudis y le prohibí que siguiera oponiéndose con celos y

malquerencias al matrimonio de los jóvenes, que ya habían cambiado

argollas. Desesperado, el pequeñuelo empezó a llorar y me declaró que

estaba resuelto a perder la tierra antes que la deshonra de la familia lo

hiciera sonrojarse ante sus compañeros de escuela primaria.

«Montado en una borrica, se lo envié a mi esposa con un peón, que llevaba

cartas para ésta y María Gertrudis, llenas de admoniciones y consejos. ¡Ya

María Gertrudis no era hija mía!

»Calculen ustedes cuál sería mi pena en presencia de mi deshonor. Medio

loco, olvidé el hogar por perseguir a la fugitiva. Acudí a las autoridades,

imploré el apoyo de mis amigos, la protección de los influyentes; todos me

hacían tragar las lágrimas obligándome a referir detalles pérfidos, y, al

final, con gestos de lástima, me recriminaban así: ‘La responsabilidad es

de los padres. Hay que saber educar a los hijos’.

»Cuando, humillado por la tortura, volví a casa, me esperaba un nuevo

dolor: la pizarra de Lulianito pendía del muro, cerca al pupitre, donde la

brisa agitaba las páginas de un libro descuadernado; en el cajón vi los

premios y los juguetes: la cachucha que le bordó la hermana, el reloj que

le regalé, la medallita de la mamá. Reteñidas en la pizarra, bajo una cruz,

leí estas palabras: ‘¡Adiós, adiós!’.

»Más que la parálisis, mató la pena a mi pobre esposa. Sentado a la orilla

del lecho, la veía empapar en llanto la almohada, procurando infundirle el

consuelo que no he conocido jamás. A veces me agarraba del brazo y lanzaba

su grito demente: ‘¡Dame mis hijos! ¡Dame mis hijos!’ Por aliviarla acudí

al engaño: inventéle que había logrado hacer casar a María Gertrudis y que

Lulianito estaba interno en el instituto. Saboreando su pesadumbre la

encontró la muerte.

»Un día, viendo que nadie, ni parientes ni amigos me acompañaban, llamé por

el cercado a mi vecina para que viniera a cuidar a la enferma, mientras me

ausentaba en busca del médico. Cuando regresé, vi que mi esposa tenía en

las manos la pizarra de Lucianito y que la remiraba, convencida de que era

el retrato del pequeñuelo. ¡Así acabó! Al colocarla en el ataúd sollocé

esta frase: ‘¡Juro por Dios y por su justicia que traeré a Luciano, vivo o

muerto, a que acompañe tu sepultura!’ La besé en la frente y puse sobre el

pecho de la infeliz la pizarra yerta, para que llevara a la eternidad la

cruz que su propio hijo había estampado».

—Don Clemente, no resucite esos recuerdos que hacen daño. Procure omitir en

su narración todo lo sagrado y lo sentimental. Háblenos de sus éxodos en la

selva.

Por un momento estrechó mi mano, murmurando:

—Es cierto. Hay que ser avaros con el dolor.

«Pues bien: seguía las huellas de Lucianito hacia el Putumayo. fue en

Sibundoy donde me dijeron que había bajado con unos hombres un muchachito

pálido, de calzón corto, que no representaba más de doce años, sin otro

equipaje que un pañuelo con ropa. Negóse a decir quién era, ni de dónde

venía, pero sus compañeros predicaban con regocijo que iban buscando las

caucherías de Larrañaga, ese pastuso sin corazón, socio de Arana y otros

peruanos que en la hoya amazónica han esclavizado más de treinta mil

indios.

»En Mocoa sentí la primera vacilación: los viajeros habían pasado, pero

nadie pudo decirme qué senda del cuadrivio siguieron. Era posible que

hubieran ido por tierra al Caño Guineo, para salir al Putumayo un poco

arriba del puerto de San José, y bajar el río hasta encontrar el

Igaraparaná; tampoco era improbable que hubieran tomado la trocha de Mocoa

a Puerto Limón, sobre el Caquetá, para descender por esa arteria al

Amazonas y remontar éste y el Putumayo en busca de los cauchales de “La

Chorrera”. Yo me decidí por la última vía.

»Por fortuna, en Mocoa me ofreció curiara y protección un colombiano de

amables prendas, el señor Custodio Morales, que era colono del río Cuimañí,

indicóme el peligro de acometer los rápidos de Araracuara, y me dejó en

Puerto Pizarro para que siguiera, al través de los grandes bosques, por el

rumbo que va al puerto de La Florida, en el Caraparaná, donde los peruanos

tenían barracas.

»Solo y enfermo emprendí ese viaje. Al llegar solicité enganche y abrí una

cuenta. Ya me habían dicho que a mi pequeño no se le conocía en la región,

pero quise convencerme y salí a trabajar goma.

»Era verdad que en mi cuadrilla no estaba el niño, pero podía hallarse en

otras. Ningún cauchero oyó jamás su nombre. A veces se alegraba mi

reflexión al considerar que Lucianito no había palpado la bruta inmoralidad

de esas costumbres; mas ¡cuán poco me duraba el consuelo! Era seguro que se

encontraba en remotos cauchales, bajo otros amos, educándose en la crueldad

y la villanía, enloquecido de humillación y de miseria. Mi capataz

principió a quejarse de mi trabajo. Un día me cruzó la cara de un latigazo

y me envió preso al barracón. Toda la noche estuve en el cepo, y, en la

siguiente, me mandaron para “El Encanto”. Había logrado lo que pretendía:

buscar a Lucianito en otros gomales».

Don Clemente Silva enmudeció. Tocábase la frente con las manos

estremecidas, como si aún sintiera en su rostro el culebreo del látigo

infame. Y agregó después:

—Amigos, esta pausa abarca dos años. De allí me picurié para La Chorrera.

* * *

«Recuerdo que la noche de mi llegada celebraban el Carnaval. Frente a los

barandales del corredor discurría borracha una muchedumbre clamorosa.

Indios de varias tribus, blancos de Colombia, Venezuela, Perú y Brasil,

negros de las Antillas, vociferaban pidiendo alcohol, pidiendo mujeres y

chucherías. Entonces, desde una trastienda, aventábanles triquitraques,

botones, potes de atún, cajas de galletas, tabaco de mascar, alpargatas,

franelas, cigarros. Los que no podían coger nada, empujaban, por diversión,

a sus compañeros sobre el objeto que caía, y encima de él arracimábase el

tumulto, entre risotadas y pataleos. Del otro lado, junto a las lámparas

humeantes, había grupos nostálgicos, escuchando a los cantores que

entonaban aires de sus tierras: el bambuco, el joropo, la “cumbia–cumbia».

De repente, un capataz velludo y bilioso se encaramó sobre una tarima y

disparó al viento su winchester. Expectante silencio. Todas las caras se

volvieron al orador. ‘Caucheros —exclamó éste—, ya conocéis la munificencia

del nuevo propietario. El señor Arana ha formado una compañía que es dueña

de los cauchales de La Chorrera y los de El Encanto. ¡Hay que trabajar, hay

que ser sumisos, hay que obedecer! Ya nada queda en la pulpería para

regalaros. Los que no hayan podido recoger ropa, tengan paciencia. Los que

están pidiendo mujeres, sepan que en las próximas lanchas vendrán cuarenta,

oídlo bien, cuarenta, para repartirlas de tiempo en tiempo entre los

trabajadores que se distingan. Además, saldrá pronto una expedición a

someter a las tribus «andoques» y lleva encargo de recoger «guarichas»

donde las haya. Ahora, prestadme todos atención: cualquier indio que tenga

mujer o hija debe presentarla en este establecimiento para saber qué se

hace con ella.

»Inmediatamente otros capataces tradujeron el discurso a la lengua de cada

tribu, y la fiesta siguió como antes, coreada por exclamaciones y aplausos.

»Yo me escurría por entre la gente, temeroso de hallar a mi hijo. fue la

primera vez que no quise verlo. Sin embargo, miraba a todas partes y

resolví preguntar por él: señor, ¿usted conoce a Luciano Silva? Dígame,

¿entre esta gente habrá algún pastuso? ¿Sabe usted, por casualidad, si

Larrañaga o Juanchito Vega viven aquí?

»Como mis preguntas producían hilaridad, me atreví a penetrar en el

corredor. Los centinelas me rechazaron. Un hombre vino a advertirme que el

aguardiente lo repartían en las barracas. Y era verdad: por allí desfilaba

la multitud presentando jarros y totumas al vigilante que hacía la

distribución. Un cuadrillero venático quería chancearse: vertió petróleo en

una ponchera y lo ofreció a unos indios. Como ninguno aceptó el engaño, les

tiró encima la vasija llena. No sé quién “rastrilló” sus fósforos; pero al

momento una llamarada crepitante achicharró a los indígenas, que se

abalanzaron sobre el tumulto con alaridos locos, coronados de fuego lívido,

abriéndose paso hacia las corrientes, donde se sumergieron agonizando.

»Los empresarios de La Chorrera asomaron a la baranda, con los naipes de

póker en las manos. “¿Qué es esto? ¿Qué es esto?”, repetían. El judío

Barchilón tomó la palabra: “¡Hola, muchachos, no sean patanes! ¡Van a

quemarnos el ‘ensoropado’ de los caneyes!”. Larrañaga calcó la orden de

Juancho Vega: “¡No más diversión! ¡No más diversión!”.

»Y al sentir el hedor de la grasa humana, escupieron sobre la gente y se

encerraron impasibles.

»Así como el caballo entra en los corrales y a coces y mordiscos aparta las

hembras de su rodeo, integraron los capataces sus cuadrillas a culatazos y

las empujaron a cada barraca, en medio de un bullicio atormentador.

»Yo alcancé a gritar con toda la fuerza de mis pulmones: ‘¡Lucianito!

¡Lucianito, aquí está tu padre!’».

* * *

«Al día siguiente, mi paciencia se puso a prueba. Eran casi las dos y los

empresarios continuaban durmiendo. Por la mañana, cuando las cuadrillas

salieron a los trabajos, se me presentó un negrote de Martinica, afilando

en la vaina de su machete la hoja terrible.

»—¡Hola! —me dijo—, ¿vos por qué te quedás aquí?

»—Porque soy “rumbero» y voy a salir a exploración.

»—Vos parecés picure. Vos estabas en El Encanto.

»—Y aunque así fuera, ¿no son de un solo dueño ambas regiones?

»—Vos eras el sinvergüenza que escribía letreros en los árboles. Agradecé

que te perdonaban.

»Púsele fin al riesgoso diálogo porque vi al tenedor de libros abriendo la

puerta de la oficina. Ni siquiera volvió a mirarme cuando le di el saludo,

pero avancé hasta el mostrador.

»—Señor Loaiza —le dije con miedosa lengua—, quiero saber, si fuera

posible, cuánto vale la cuenta de un hijo mío.

»—¿Un hijo tuyo? ¿Querés comprarlo? ¿Te dijeron ya que lo vendían?

»—Para hacer mis cálculos... Se llama Luciano Silva.

»El hombre plegó un gran libro y tomando su lápiz hizo números. Las

rodillas me temblaban de emoción, ¡al fin encontraba el paradero de

Lucianito!

»—Dos mil doscientos soles —afirmó Loaiza—. ¿Qué recargo te piden sobre esa

suma?

»—¿Recargo?... ¿Recargo?

»—Naturalmente. No estamos para vender el personal. Por el contrario, la

empresa busca gente.

»—¿Podría decirme usted dónde está ahora?

»—¿Tu muchacho? Fíjate con quién tratás. Eso se les pregunta a los

cuadrilleros.

»Por desgracia mía, el negrote entró en ese instante.

»—Señor Loaiza —exclamó—, no pierda palabras con este viejo. Es un picure

de El Encanto y de La Florida, flojo y destornillado, que en vez de picar

los árboles, grababa letreros en las cortezas con la punta del cuchillo.

Vaya usted a los siringales y se convencerá. Por todas las estradas la

misma cosa: ‘Aquí estuvo Clemente Silva en busca de su querido hijo

Luciano’. ¿Ha visto usted vagabundería?

»Yo, como un acusado, bajé los ojos.

»—¡Hombres —prorrumpí—, bien se conoce que ustedes nunca han sido padres!

»—¿Qué opinan de este viejo tan descocado? ¡Cómo habrá sido de mujeriego

cuando hace gala de reproductor!

»Así me respondieron, desenfrenando carcajadas; pero yo me erguí como un

mástil, y mi mano debilitada, abofeteó al contabilista. El negro, de un

puntapié, me tiró boca abajo contra la puerta. ¡Al levantarme, lloré de

orgullo y satisfacción!».

* * *

«En la pieza vecina se alzó una voz trasnochada y amenazante. No tardó en

asomar, abotonándose el piyama, un hombre gordote y abotagado, pechudo como

una hembra, amarillento como la envidia. Antes que hablara, apresuróse el

contabilista a informarle lo sucedido:

»—¡Señor Arana, voy a morir de pena! ¡Perdone usted! Este hombre que está

presente vino a pedirme un extracto de lo que está debiéndole a la

compañía, mas apenas le enuncié el saldo, se lanzó a romper el libro, lo

trató a usted de ladrón y amenazó con apuñalarme.

»El negro hizo señal de asentimiento; permanecí aturrullado de indignación;

Arana enmudecía más. Pero con mirada desmentidora consternó a los dos

infames, y me preguntó, poniéndome sus manos en los hombros:

»—¿Cuántos años tiene Luciano Silva, el hijo de usted?

»—No ha cumplido los quince.

»—¿Usted está dispuesto a comprarme la cuenta suya y la de su hijo? ¿Cuánto

debe usted? ¿Qué abonos le han hecho por su trabajo?

»—Lo ignoro, señor.

»—¿Quiere darme por las dos cuentas cinco mil soles?

»—Sí, sí, pero aquí no tengo dinero. Si usted quisiera la casita que poseo

en Pasto... Larrañaga y Vega son paisanos míos. Ellos podrían darle

informes, ellos fueron mis condiscípulos.

»—No le aconsejo ni saludarlos. Ahora no quieren amigos pobres. Dígame

—agregó sacándome al patio—, ¿usted no tiene goma con qué pagar?

»—No, señor.

»—¿Ni sabe cuáles son los caucheros que me la roban? Si me denuncia algún

escondite, nos dividiremos la que allí haya.

»—No, señor.

»—¿Usted no podría conseguirla en el Caquetá? Yo le daría compañerazos para

que asaltara barracones.

»Disimulando la repulsión que me producían aquellas maquinaciones rapaces,

pasé de la astucia a la doblez. Aparenté quedar pensativo. Mi sobornador

estrechó el asedio:

»—Me valgo de usted porque comprendo que es honrado y que sabrá guardarme

la reserva. Su misma cara le hace el proceso. De no ser así, lo trataría

como a picure, me negaría a venderle a su hijo y a uno y a otro los

enterraría en los siringales. Recuerde que no tienen con qué pagarme y que

yo mismo le doy a usted los medios de quedar libres.

»—Es verdad, señor. Mas eso mismo obliga mi fe de hombre reconocido. No

quisiera comprometerme sin tener la seguridad de cumplir. Me gustaría ir al

Caquetá, por lo pronto, como rumbero, mientras estudio la región y abro

alguna trocha estratégica.

»—Muy bien pensado, y así será. Eso queda al cuidado suyo, y el hijo de

usted a mi cuidado. Pida un winchester, víveres, una brújula y llévese un

indio como carguero.

»—Gracias, señor, pero mi cuenta se aumentaría.

»—Eso lo pago yo, ése es mi regalo de Carnaval».

* * *

«El pasaporte que me dio el amo hacía rabiar de envidia a los capataces.

Podía yo transitar por donde quisiera y ellos debían facilitarme lo

necesario. Mis facultades me autorizaban para escoger hasta treinta hombres

y tomarlos de las cuadrillas que me placieran, en cualquier tiempo. En vez

de dirigirme hacia el Caquetá, resolví desviarme por la hoya del Putumayo.

Un vigilante de las entradas del caño Eré, a quien llamaban “El Pantero»

por sobrenombre, me puso preso y envió en consulta el salvoconducto. La

respuesta fue favorable, pero me reformaron la atribución: en ningún caso

podía escoger a Luciano Silva.

»La citada orden echó por tierra mis planes, porque yo buscaba a mi hijo

para llevármelo. Muchas veces, al sentir el estruendo de los cauchales

derribados por las peonadas, pensaba que mi chicuelo andaría con ellas y

que podía aplastarlo alguna rama. Por entonces se trabajaba el caucho negro

tanto como el “siringa”, llamado “goma borracha” por los brasileños; para

sacar éste, se hacen incisiones en la corteza, se recoge la leche en

petaquillas y se cuaja al humo; la extracción de aquel exigía tumbar el

árbol, hacerle lacraduras de cuarta en cuarta, recoger el jugo y

depositarlo en hoyos ventilados, donde lentamente se coagulaba. Por eso era

tan fácil que los ladrones lo traspusieran.

»Cierto día sorprendí a un peón tapando su depósito con tierra y hojas.

Circulaba ya la falsa especie de que yo ejercía fiscalización por cuenta

del amo, leyenda que me puso en grandes peligros porque me granjeó muchas

odiosidades. El sorprendido cogió el machete para destroncarme, pero yo le

tendí mi winchester, advirtiéndole:

»—Te voy a probar que no soy espía. No contaré nada. Pero si mi silencio te

hace algún bien, dime dónde está Luciano Silva.

»—¡Ah!... ¿Silvita?... ¿Silvita?... Trabaja en Capalurco, sobre el río

Napo, con la peonada de Juan Muñeiro.

»Esa misma tarde principié a picar la trocha que va desde el caño Eré hasta

el Tamboriaco. En esa travesía gasté seis meses: tuve que comer yuca

silvestre, a falta de mañoco. ¡Qué tan grande sería mi extenuación, cuando

decidí descansar un tiempo, en el abandono y la soledad!

»En el Tamboriaco encontré peones de la cuadrilla que residían en un lugar

llamado “El Pensamiento”. El capataz me invitó a remontar el caño, so

pretexto de que visitara el barracón, donde me daría víveres y curiara. Esa

noche, apenas quedamos solos, me preguntó:

»—¿Y qué dicen los empresarios contra Muñeiro? ¿Lo perseguirán?

»—Acaso Muñeiro...

»—Se fugó con peones y caucho, hace cinco meses. ¡Noventa quintales y trece

hombres!

»—¡Cómo! ¡Cómo! ¿Pero es posible?

»—Trabajaron últimamente cerca de la laguna de Cuyabeno, volvieron a

Capalurco, se escurrieron por el Napo, saldrían al Amazonas, y estarán en

el extranjero. Muñeiro me había propuesto que tiráramos esa parada; pero yo

tuve mi recelillo, porque está de moda entre los sagaces picurearse con los

caucheros, prometiéndoles realizar la goma que llevan, prorratearles el

valor y dejarlos libres. Con esta ilusión se los cargan para otros ríos y

se los venden a nuevos patronos. ¡Y ese Muñeiro es tan faramallero! Y como

hay un resguardo en la boca del río Mazán...

»Al oír esta declaración me descoyunté. El resto de mi vida estaba de

sobra. Un consuelo triste me reconfortó: con tal que mi hijo residiera en

país extraño, yo, para los días que me quedaban, arrastraría gustoso la

esclavitud en mi propia patria.

»—Pero —prosiguió mi interlocutor—, también se rumorea que ese personal no

se ha picureado. Piensan que usted lo llevó consigo a no sé qué punto.

»—¡Si ni siquiera he visto el río Napo!

»—Eso es lo curioso. Usted sabe muy bien que una cuadrilla cela a la otra y

que hay obligación de contarle al dueño común lo bueno y lo malo. Envié

posta al Encanto con este aviso: ‘Muñeiro no aparece’. Me contestaron que

averiguara si usted se lo había llevado con su gente para el Caquetá, y

que, en todo caso, por precaución, remitiera preso a Luciano Silva. A usted

lo esperan hace tiempo y varias comisiones lo andan buscando. Yo le

aconsejaría que se volviera a poner en claro estas cosas. Dígales allá que

no tengo víveres y que mi personal está muriéndose de calenturas.

»Quince días más tarde regresé a El Encanto, a darme preso. Ocho meses

antes había salido a la exploración. Aunque aseveré haber descubierto caños

de mucha goma y ser inocente de la fuga de Juan Muñeiro y su grupo, me

decretaron una novena de veinte azotes por día y sobre las heridas y

desgarrones me rociaban sal. A la quinta flagelación no podía levantarme;

pero me arrastraban en una estera sobre un hormiguero de “congas” y tenía

que salir corriendo. Esto divirtió de lo lindo a mis victimarios.

»De nuevo volvía a ser el cauchero Clemente Silva, decrépito y lamentable.

»Sobre mis esperanzas pasaron los tiempos.

»Lucianito debía tener diecinueve años».

* * *

«Por esa época hubo para mi vida un suceso trascendental: un señor francés,

a quien llamábamos el “mosiú», llegó a las caucherías como explorador y

naturalista. Al principio se susurró en los barracones que venía por cuenta

de un gran museo y de no sé qué sociedad geográfica; luego se dijo que los

amos de los gomales le costeaban la expedición.

»Y así sería, porque Larrañaga le entregó víveres y peones. Como yo era el

rumbero de mayor pericia, me retiraron de la tropa trabajadora en el río

Cahuinarí para que lo guiara por donde él quisiera.

»Al través de las espesuras iba mi machete abriendo la trocha, y detrás de

mí desfilaba el sabio con sus cargueros, observando plantas, insectos,

resinas. De noche, en playones solemnes, apuntaba a los cielos su teodolito

y se ponía a coger estrellas, mientras que yo, cerca del aparato, le

iluminaba el lente con un foco eléctrico. En lengua enrevesada solía

decirme:

»—Mañana te orientarás en la dirección de aquellos luceros. Fíjate bien de

qué lado brilla y recuerda que el sol sale por aquí.

»Y yo le respondía regocijado:

»—Desde ayer hice el cálculo de ese rumbo, por puro instinto.

»El francés, aunque reservado, era bondadoso. Es cierto que el idioma le

oponía complicaciones; pero conmigo se mostró siempre afable y cordial.

Admirábase de verme pisar el monte con pies descalzos, y me dio botas;

dolíase de que las plagas me persiguieran, de que las fiebres me

achajuanaran, y me puso inyecciones de varias clases, sin olvidarse nunca

de dejarme en su vaso un sorbo de vino y consolar mis noches con algún

cigarro.

»Hasta entonces parecía no haberse enterado de la condición esclava de los

caucheros. ¡Cómo pensar que nos apalearan, nos persiguieran, nos mutilaran

aquellos señores de servil ceño y melosa charla que salieron a recibirlo en

La Chorrera y en El Encanto! Mas cierto día en que vagábamos en una vega

del Yacuruma, por donde pasa un viejo camino que une barracones abandonados

en la soledad de esas montañas, se detuvo el francés a mirar un árbol.

Acérqueme por alistarle, según costumbre, la cámara fotográfica y esperar

órdenes. El árbol, castrado antiguamente por los gomeros, era un “siringo”

enorme, cuya fortaleza quedó llena de cicatrices, gruesas, protuberantes,

tumefactas, como lobanillos apretujados.

»—¿El señor desea tomar alguna fotografía? —le pregunté.

»—Sí. Estoy observando unos jeroglíficos.

»—¿Serán amenazas puestas por los caucheros?

»—Evidentemente: aquí hay algo como una cruz.

»Me acerqué congojoso, reconociendo mi obra de antaño, desfigurada por los

repliegues de la corteza: ‘Aquí estuvo Clemente Silva’. Del otro lado, las

palabras de Lucianito: ‘Adiós, Adiós...’.

»—¡Ay, Mosiú —murmuré—, esto lo hice yo!

»Y apoyado en el tronco me puse a llorar».

* * *

«Desde aquel instante tuve, por primera vez, un amigo y un protector.

Compadecióse el sabio de mis desgracias y ofreció libertarme de mis

patrones, comprando mi cuenta y la de mi hijo, si aún era esclavo. Le

referí la vida horrible de los caucheros, le enumeré los tormentos que

soportábamos, y, porque no dudara, lo convencí objetivamente:

»—Señor, diga si mi espalda ha sufrido menos que ese árbol.

»Y, levantándome la camisa, le enseñé mis carnes laceradas.

»Momentos después, el árbol y yo perpetuamos en la Kodak nuestras heridas,

que vertieron para igual amo distintos jugos: siringa y sangre.

”De allí en adelante, el lente fotográfico se dio a funcionar entre las

peonadas, reproduciendo fases de tortura, sin tregua ni disimulo,

abochornando a los capataces, aunque mis advertencias no cesaban de

predicarle al naturalista el grave peligro de que mis amos lo supieran. El

sabio seguía impertérrito, fotografiando mutilaciones y cicatrices. ‘Estos

crímenes, que avergüenzan a la especie humana —solía decirme— deben ser

conocidos por todo el mundo para que los gobiernos se apresuren a

remediarlos’. Envió notas a Londres, París y Lima, acompañando vistas de

sus denuncias, y pasaron tiempos sin que se notara ningún remedio. Entonces

decidió quejarse a los empresarios, adujo documentos y me envió con cartas

a La Chorrera.

»Sólo Barchilón se encontraba allí. Apenas leyó el abultado pliego, hizo

que me llevaran a su oficina.

»—¿Dónde conseguiste botas de “soche»? —gruñó al mirarme.

»—El mosiú me las dio con este vestido.

»—¿Y dónde ha quedado ese vagabundo?

»—Entre el caño Campuya y Lagarto–cocha —afirmé mintiendo—. Poco más o

menos a treinta días.

»—¿Por qué pretende ese aventurero ponerle pauta a nuestro negocio? ¿Quién

le otorgó permiso para darlas de retratista? ¿Por qué diablos vive

alzaprimándome los peones?

»—Lo ignoro, señor. Casi no habla con nadie y cuando lo hace, poco se le

entiende...

»—¿Y por qué nos propone que te vendamos?

»—Cosas de él...

»El furioso judío salió a la puerta y examinaba contra la luz algunas

postales de la kodak.

»—¡Miserable! ¿Este espinazo no es el tuyo?

»—¡No, señor; no, señor!

»—¡Pélate medio cuerpo, inmediatamente!

»Y me arrancó a tirones blusa y franela. Tal temblor me agitaba, que, por

fortuna, la confrontación resultó imposible. El hombre requirió la pluma de

su escritorio, y, tirándomela de lejos, me la clavó en el homoplato. Todo

el cuadril se me tiñó de rojo.

»—Puerco, quita de aquí, que me ensangrientas el entablado.

»Me precipitó contra la baranda y tocó un silbato. Un capataz, a quien le

decíamos “El Culebrón”, acudió solícito. El amo ordenó al entrar:

»—Ajústale las botas con un par de grillos, porque, de seguro, le quedan

grandes.

»Así se hizo.

»El Culebrón se puso en marcha con cuatro hombres, a llevar la respuesta,

según se decía.

»¡El infeliz francés no salió jamás!».

* * *

«El año siguiente fue para los caucheros muy fecundo en expectativas. No sé

cómo, empezó a circular subrepticiamente en gomales y barracones un

ejemplar del diario “La Felpa», que dirigía en Iquitos el periodista

Saldaña Roca. Sus columnas clamaban contra los crímenes que se cometían en

el Putumayo, y pedían justicia para nosotros. Recuerdo que la hoja estaba

maltrecha, a fuerza de ser leída, y que en el siringal del caño Algodón, la

remendamos con caucho tibio, para que pudiera viajar de estrada en estrada

oculta entre un cilindro de bambú que parecía cabo de hachuela.

»A pesar de nuestro recato, un gomero del Ecuador a quien llamábamos “El

Presbítero”, le sopló al vigilante lo que ocurría, y sorprendieron cierta

mañana, entre unos palmares de “chiquichiqui”, a un lector descuidado y a

sus oyentes, tan distraídos en la lectura que no se dieron cuenta del nuevo

público que tenían. Al lector le cosieron los párpados con fibras de

“cumare” y a los demás les echaron en los oídos cera caliente.

»El capataz decidió regresar a El Encanto para mostrar la hoja; y como no

tenía curiara, me ordenó que lo condujera por entre el monte. Una nueva

sorpresa me esperaba: había llegado un visitador y en la propia casa

recibía declaraciones.

»Al darle mi nombre, comenzó a filiarme y en presencia de todos me

preguntó:

»—¿Usted quiere seguir trabajando aquí?

»Aunque he tenido la desgracia de ser tímido, alarmé a la gente con mi

respuesta:

»—¡No, señor; no, señor!

»El letrado acentuó con voz enérgica:

»—Puede marcharse cuando le plazca, por orden mía. ¿Cuáles son sus señales

particulares?

»—Estas —afirmé, desnudando mi espalda.

»El público estaba pálido. El Visitador me acercaba sus espejuelos. Sin

preguntarme nada, repitió:

»—¡Puede marcharse mañana mismo!

»Y mis amos dijeron sumisamente:

»—¡Señor Visitador, mande Su Señoría!

»Uno de ellos con el desparpajo de quien recita un discurso aprendido,

agregó ante el funcionario:

»—Curiosas cicatrices las de este hombre, ¿verdad? ¡Tiene tantos secretos

la botánica, particularmente en estas regiones! No sé si Su Señoría habrá

oído hablar de un árbol maligno, llamado “mariquita» por los gomeros. El

sabio francés, a petición nuestra, se interesó por estudiarlo. Dicho árbol,

a semejanza de las mujeres de mal vivir brinda una sombra perfumada; mas

¡ay!, del que no resista a la tentación: su cuerpo sale de allí veteado de

rojo, con una comezón desesperante, y van apareciendo lamparones que se

supuran y luego cicatrizan arrugando la piel. Como este pobre viejo que

está presente, muchos siringueros han sucumbido a la inexperiencia.

»—Señor... —iba a insinuar, pero el hombre siguió tan cínico:

»—¿Y quién creerá que este insignificante detalle le origina complicaciones

a la empresa? Tiene tantas rémoras este negocio, exige tal patriotismo y

perseverancia, que si el Gobierno lo desatiende quedarán sin soberanía

estos grandes bosques, dentro del propio límite de la patria. Pues bien: ya

Su Señoría nos hizo el honor de averiguar en cada cuadrilla cuáles son las

violencias, los azotes, los suplicios a que sometemos a las peonadas, según

el decir de nuestros vecinos, envidiosos y despechados, que buscan mil

maneras de impedir que nuestra Nación recupere sus territorios y que haya

peruanos en estas lindes, para cuyo intento no faltan nunca ciertos

escritorcillos asalariados.

»Ahora retrocedo al tema inicial: La empresa abre sus brazos a quien

necesite de recursos y quiera enaltecerse mediante el esfuerzo. Aquí hay

trabajadores de muchos lugares, buenos, malos, díscolos, perezosos.

Disparidad de caracteres y de costumbre, indisciplina, amoralidad, todo eso

ha encontrado en la mariquita un cómplice cómodo; porque algunos

—principalmente los colombianos— cuando riñen y se golpean o padecen “el

mal del árbol”, se vengan de la empresa que los corrige, desacreditando a

los vigilantes, a quienes achacan toda lesión, toda cicatriz, desde las

picaduras de los mosquitos hasta la más parva rasguñadura.

»Así dijo, y volviéndose a los del grupo, les preguntó:

»—¿Es verdad que en estas regiones abunda la mariquita? ¿Es cierto que

produce pústulas y nacidos?

»Y todos respondieron con grito unánime:

»—¡Sí, señor, sí señor!

»—Afortunadamente —agregó el bellaco—, el Perú atenderá nuestra iniciativa

patriótica: le hemos pedido a la autoridad que nos militarice las

cuadrillas, mediante la dirección de oficiales y sargentos, a quienes

pagaremos con mano pródiga su permanencia en estos confines, con tal que

sirvan a un mismo tiempo de fiscales para la empresa y de vigilantes en las

estradas. De esta suerte, el gobierno tendrá soldados, los trabajadores

garantías innegables y los empresarios estímulo, protección y paz.

»El Visitador hizo un signo de complacencia».

* * *

«Un abuelo, Balbino Jácome, nativo de Garzón, a quien se le secó la pierna

derecha por la mordedura de una tarántula, fue a visitarme al anochecer; y

recostando sus muletas bajo el alero de la barraca donde mi chinchorro

pendía, dijo quedo:

»—Paisano, cuando pise tierra cristiana, pague una misa por mi intención.

»—¿En premio de que confirma las desvergüenzas de los empresarios?

»—No. En memoria de la esperanza que hemos perdido.

»—Sepa y entienda —le repuse—, que usted no debe valerse de mi persona.

Usted ha sido el más abyecto de los “lambones», el favorito de Juancho

Vega, a quien superó en renegar de nuestro país y en desacreditar a los

colombianos.

»—Sin embargo —replicó—, mis compatriotas algo me deben. Pues que usted se

va, puedo hablarle claro: he tenido la diplomacia de enamorar a los

enemigos, aparentando esgrimir el rebenque para que hubiera un verdugo

menos. He desempeñado el puesto de espía porque no pusieran a otro, de

verdaderas capacidades. No hice más que amoldarme al medio y jugar al tute

escogiendo las cartas. ¿Que era necesario atajar un chisme? Yo lo sabía y

lo tergiversaba. ¿Que a un tal lo maltrataron en la cuadrilla? Aplaudía el

maltratamiento, ya inevitable, y luego me vengaba del esbirro. ¿Por qué los

vigilantes me miman tanto? Porque soy el hombre de las influencias y de la

confianza. ‘Oye, le digo a uno: Los amos han sabido cierta cosita...’. Y

éste se me postra, prorrumpiendo en explicaciones. Entonces consigo lo que

nadie obtendría: ‘¡No me les pegues a mis paisanos; si aprietas allá, te

remacho aquí!’.

»De esta manera practico el bien, sin escrúpulos, sin gloria y con

sacrificios que nadie agradece. Siendo una escoria andante, hago lo que

puedo como buen patriota, disfrazado de mercenario. Usted mismo se irá muy

pronto odiándome, maldiciéndome, y al pisar su valle, fértil como el mío,

sentirá alegría de que yo sufra en tierras de salvajes, la expiación de

pecados que son virtudes.

»Confiéselo, paisano: ¿cuando su viaje al Caquetá no le rogué que se

picureara? ¿No le pinté, para decidirlo, el caso de Julio Sánchez, que en

una basta canoa se fugó con la esposa encinta, por toda la vena del

Putumayo, sin sal ni fuego, perseguido por lanchas y guarniciones,

guareciéndose en los rebalses, remontando tan sólo en noches oscuras, y en

tal largo tiempo, que al salir a Mocoa la mujer penetró en la iglesia

llevando de la mano a su muchachito, nacido en la curiara?

»Mas usted despreció muchas facilidades. ¡Si yo las hubiera tenido, si no

me maneara esta invalidez! Cuantos se fugan, por consejos míos, me

prometieron venir por mí y llevarme en hombros; pero se largan sin

avisarme, y si los prenden, cargo la culpa, y vienen a decir que fuí

cómplice, por lo cual tengo que exigir que les echen palo, para recuperar

así mi influencia mermada. ¿Quién le rogó al francés que pidiera de rumbero

a Clemente Silva? ¿Qué mejor coyuntura para un picure? ¡Y usted, lejos de

agradecer mis sugestiones, me trató mal! Y en vez de impedir que el sabio

se metiera en tantos peligros, lo dejó solo, y tuvo la ocurrencia de venir

con esas cartas donde el patrón, para que sucediera lo que ha sucedido. ¡Y

ahora quiere que me ponga a contradecir lo que dicen los amos, cuando nos

ha perdido el Visitador!

»—¡Hola, paisano, explíqueme eso!

»—No, porque nos oyen en la cocina. Si quiere, más tardecito nos vemos en

la curiara, con el pretexto de pescar.

»Así lo hicimos».

* * *

«En el puerto había diversas embarcaciones. Mi compañero se detuvo a hablar

con un boga que dormía a bordo de una gran lancha. Ya me impacientaba la

demora cuando oí que se despidieron. El marinero prendió el motor y

encendióse la luz eléctrica. Sobre la bombilla de mayor volumen comenzó a

zumbar el ventilador.

»Entonces, por un tablón que servía de puente, pasaron a la barca varias

personas, de vestidos almidonados, y entre ellas una dama llena de joyas y

arandelas, que se reía con risa de circo. Mi compañero se me acercó.

»—Mire —dijo en voz baja—, los señores amos están de té. Esa hermosura a

quien le da la mano Su Señoría, es la madona Zoraida Ayram».

»Nos metimos en la curiara, y, a poco de bogar, la amarramos en un remanso,

desde donde veíamos luces de focos reflejadas en la corriente. Balbino

Jácome dio principio a su exposición:

»—Según me contaba Juanchito Vega, las cartas que el sabio mandó al

exterior produjeron alarmas muy graves. A esto se agrega que el francés

desapareció, como desaparecen aquí los hombres. Pero Arana vive en Iquitos

y su dinero está en todas partes. Hace como seis meses empezó a mandar los

periódicos enemigos para que la empresa los conociera y tomara con tiempo

precauciones.

»Al principio ni siquiera me los mostraban; después me preguntaron si

podían contar conmigo y me gratificaron con la administración de la

pulpería.

»Cierta vez que los empresarios se trasladaron a La Chorrera, unos

cuadrilleros pidieron quinina y pólvora. Como bien conozco qué capataces no

deletrean, hice paquetes en esos periódicos y los despaché a los barracones

y a los siringales, por si algún día, al quedar por ahí volteando, daban

con un lector que los aprovechara.

»—Paisano —exclamé—, ahora sí le creo. Entre nosotros circuló uno. ¡Por

causa de él vine a dar aquí, a encontrar salvación! ¡Gracias a usted!

»—No se alegre, paisano: ¡Estamos perdidos!

»—¿Por qué? ¿Por qué?

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