»—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este Visitador que al fin La vorágine · Capítulo 5 de 8
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»—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este Visitador que al fin

»—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este Visitador que al fin

no hizo nada! Mire usted: quitaron el cepo, el día que llegó, y

pusiéronselo de puente al desembarcar, sin que se le ocurriera reparar en

los agujeros que tiene, o en las manchas de sangre que lo vetean; fuimos al

patio, al lugar donde estuvo puesta esa máquina de tormento, y no advirtió

los trillados que dejaron los prisioneros al debatirse, pidiendo agua,

pidiendo sombra. Por burlarse de él, olvidaron en la baranda un rebenque de

seis puntas, y preguntó el muy simple si estaba hecho de verga de toro. Y

Macedo, con gran descaro, le dijo riéndose: ‘Su Señoría es hombre sagaz.

Quiere saber si comemos carne vacuna. Evidentemente, aunque el ganado

cuesta carísimo, en aquel botalón apegamos las “resecitas».

»—Me consta —le argüí—, que el Visitador es hombre enérgico.

»—Pero sin malicia ni observación. Es como un toro ciego que sólo embiste

al que le haga ruido. ¡Y aquí nadie se atreve a hablar! Aquí ya estaba todo

muy bien arreglado y las cuadrillas reorganizadas: a los peones

descontentos o resentidos los concentraron quién sabe dónde, y los indios

que no entienden el español ocuparon los caños próximos. Las visitas del

funcionario se limitaron a reconocer algunas cuadrillas, de las ciento y

tantas que trabajaban en estos ríos y en muchos otros inexplorados, de

suerte que en recorrerlas e interrogarlas nadie gastaría menos de cinco

meses. Aún no hace una semana que llegó el Visitador y ya está de vuelta.

»Su Señoría se contentará con decir que estuvo en la calumniada selva del

crimen, les habló de “habeas corpus” a los gomeros, oyó sus quejas, impuso

su autoridad y los dejó en condiciones inmejorables, facultados para el

regreso al hogar lejano. Y de aquí en adelante, nadie prestará crédito a

las torturas y a las expoliaciones, y sucumbiremos irredentos, porque el

informe que presente Su Señoría será respuesta obligada a todo reclamo, si

quedan personas cándidas que se atrevan a insistir sobre asuntos ya

desmentidos oficialmente.

»Paisano, no se sorprenda al escucharme estos razonamientos, en los cuales

no tengo parte. Es que se los he oído a los empresarios. Ellos temblaron

ante la idea de salir de aquí con la soga al cuello; y hoy se ríen del

temor pretérito porque aseguraron el porvenir. Cuando el Visitador se movía

para tal caño, en ejercicio de sus funciones, quedábamos en casa sin más

distracción que la de apostar a que no pasarían de tres los gomeros que se

atrevieran a dar denuncias, y a que Su Señoría tendría para todos idéntica

frase: ‘Usted puede irse cuando le plazca’.

»—Paisano, ¡si estamos libres! ¡Si nos han dado la libertad!

»—No, compañero, ni se lo sueñe. Quizás algunos podrían marcharse, pero

pagando, y no tienen medios. No saben el por dónde, ni el cómo, ni el

cuándo. ‘Mañana mismo’. ¡Ése es un adverbio que suena bien! ¿Y el saldo y

la embarcación y el camino y las guarniciones? Salir de aquí por quedar

allá no es negocio que pague los gastos, muy menos hoy que los intereses

sólo se abonan a látigo y sangre.

»—¡Yo me olvidaba de esa verdad! ¡Me voy a hablarle al Visitador!

»—¡Cómo! ¿A interrumpir sus coloquios con la madona?

»—¡A pedirle que me lleve de cualquier modo!

»—No se afane, que mañana será otro día. El boga con quien hablé al venir

aquí dañará el motor de la lancha esta misma noche y durará el daño hasta

que yo quiera. Para eso está en mis manos la pulpería. Ya ve que los

lambones de algo servimos.

»—¡Perdóneme, perdóneme! ¿Qué debo hacer?

»—Lo que manda Dios: confiar y esperar. ¡Y lo que yo mando: seguir oyendo!

»Sin hacer caso de mi angustia, Balbino Jácome prosiguió:

»—Su Señoría no se lleva ni un solo preso, aunque se le hubieran dado

algunitos, por peligrosos; no a los que matan o a los que hieren, sino a

los que roban. Pero el Visitador no pudo hacer más. Antes que llegara,

fueron espías a las barracas a secretear el chisme de que la empresa quería

cerciorarse de cuáles eran los servidores de mala índole, para ahorcarlos a

todos, con cuyo fin les tomaría declaraciones cierto socio extranjero, que

se haría pasar por Juez de Instrucción. Esta medida tuvo un éxito

completísimo: Su Señoría halló por doquiera gentes felices y agradecidas,

que nunca oyeron decir de asesinatos ni de vejámenes.

»Mas el crimen perpetuo no está en las selvas, sino en dos libros: en el

Diario y en el Mayor. Si Su Señoría los conociera, encontraría más lectura

en el DEBE que en el HABER, ya que a muchos hombres se les lleva la cuenta

por simple cálculo, según lo que informan los capataces. Con todo, hallaría

datos inicuos: peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y reciben

franelas a veinte pesos: indios que trabajan hace seis años, y aparecen

debiendo aún el mañoco del primer mes; niños que heredan deudas enormes,

procedentes del padre que les mataron, de la madre que les forzaron, hasta

de las hermanas que les violaron, y que no cubrirían en toda su vida,

porque cuando conozcan la pubertad, los solos gastos de su niñez les darán

medio siglo de esclavitud.

»Mi compañero hizo una pausa, mientras me ofrecía su tabaquera. Yo, aunque

consternado por tanta ignominia, quise defender al Visitador:

»—Probablemente Su Señoría no tendrá orden judicial para ver esos libros.

»—Aunque la tuviera. Están bien guardados.

»—¿Y será posible que Su Señoría no lleve pruebas de tantos atropellos que

fueron públicos? ¿Se estará haciendo el disimulado?

»—Aunque así fuera. ¿Qué ganaríamos con la evidencia de que fulano mató a

zutano, robó a mengano, hirió a perencejo? Eso, como dice Juanchito Vega,

pasa en Iquitos y en dondequiera que existan hombres: cuánto más aquí en

una selva sin policía ni autoridades. Líbrenos Dios de que se compruebe

crimen alguno, porque los patrones lograrían realizar su mayor deseo: la

creación de Alcaldías y de Panópticos, o mejor, la iniquidad dirigida por

ellos mismos. Recuerde usted que aspiran a militarizar a los trabajadores,

a tiempo que en Colombia pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de

subterránea complicidad, según frase de Larrañaga. ¿Los colonos colombianos

no están vendiendo a esta empresa sus fundaciones, forzados por falta de

garantías? Ahí están Calderón, Hipólito Pérez y muchos otros, que reciben

lo que les dan, creyéndose bien pagados con no perderlo todo y poder

escurrir el bulto. ¿Y Arana, que es el despojador, no sigue siendo,

prácticamente, Cónsul nuestro en Iquitos? ¿Y el Presidente de la República

no dizque envió al general Velasco a licenciar tropas y resguardos en el

Putumayo y en el Caquetá, como respuesta muda a la demanda de protección

que los colonizadores de nuestros ríos le hacían a diario? ¡Paisano,

paisanito, estamos perdidos! ¡Y el Putumayo y el Caquetá se pierden

también!

”Oigame este consejo: ¡no diga nada! Dicen que el que habla yerra, pero el

que hable de estos secretos errará más. Vaya, predíquelos en Lima o en

Bogotá, si quiere que lo tengan por mendaz y calumniador. Si le preguntan

por el francés, diga que la empresa lo envió a explorar lo desconocido; si

le averiguan la especie aquélla de que «El Culebrón» mostró cierto día el

reloj del sabio, adviértales que eso fue con ocasión de una borrachera, y

que por siempre está durmiéndola. Al que lo interrogue por «El Chispita»,

respóndale que era un capataz bastante ilustrado en lenguas nativas: yeral,

carijona, huitoto, muinana; y si usted, por adobar la conversación, tiene

que referir algún episodio, no cuente que esa paloma les robaba los

guayucos a los indígenas para tener el pretexto de castigarlos por

inmorales, ni que los obligaba a enterrar la goma, sólo por esperar que

llegara el amo y descubrirle ocasionalmente los escondites, con lo cual

sostenía su fama de adivino, honrado y vivaz; hable de sus uñazas, afiladas

como lancetas, que podían matar al indio más fuerte con imperceptible

rasguñadura, no por ser mágicas ni enconosas, sino por el veneno de

«curare» que las teñía.

»—¡Paisano —exclamé—, usted me habla de Lima y de Bogotá, como si estuviera

seguro de que puedo salir de aquí!

»—Sí, señor. Tengo quien lo compre y quien se lo lleve: ¡la madona Zoraida

Ayram!

»—¿De veras? ¿De veras?

»—Como ser de noche. Esta mañana cuando Su Señoría lo mandó llamar para

interrogarlo, la madona lo veía desde la baranda, con el binóculo, y cuando

usted declaró en alta voz que no quería trabajar más, ella pareció muy

complacida por tal insolencia. ‘¿Quién es —me preguntó—, ese viejo tan

arriesgado?’ Y yo respondí: ‘Nada menos que el hombre que le conviene: es

el rumbero llamado “El Brújula», a quien le recomiendo como letrado, ducho

en números y facturas, perito en tratos de goma, conocedor de barracas y de

siringales, avispado en lances de contrabando, buen mercader, buen boga,

buen pendolista, a quien su hermosura puede adquirir por muy poca cosa. Si

lo hubiera tenido cuando el asunto de Juan Muñeiro, no me contaría

complicaciones’.

»—¿Asunto de Juan Muñeiro? ¿Complicaciones?

»—Sí, descuidillos que pasaron ya. La madona les compró el caucho a los

picures de Capalurco y en Iquitos querían decomisarlos. Pero ella triunfó.

¡Para eso es hermosa! Les habían prohibido a las guarniciones que la

dejaran subir estos ríos, y ya ve usted que el Visitador le compuso todo, y

hasta de balde. Sin embargo: la mujer cuando da, pide; y el hombre pide

cuando da.

»—¡Compañero, la madona tendrá noticias de Lucianito! ¡Voy a hablar con

ella! ¡Aunque no me compre!

»Veinte días después estaba en Iquitos».

* * *

«La lancha de la madona remolcaba un bongo de cien quintales, en cuya popa

gobernaba yo la “espadilla», sufriendo sol. Frecuentemente atracábamos en

bohíos del Amazonas, para realizar la corotería aunque fuera permutándola

por productos de la región, «jebe», castañas, «pirarucú», ya que hasta

entonces la agricultura no había conocido adictos en tan dilatados

territorios. Doña Zoraida misma pactaba las permutas con los colonos, y era

tal su labia de mercachifle, que siempre al reembarcarse tuvo el placer de

verme inscribir en el Diario las cicateras utilidades obtenidas.

»No tardé en convencerme de que mi ama era de carácter insoportable, tan

atrabiliaria como un canónigo. Negóse a creerme que era el padre de

Lucianito, habló despectivamente de Muñeiro, y a fuerza de humillaciones

pude saber que los prófugos, tras de engañarla con una siringa, que ‘era

robada y de ínfima clase’, burlaron las guarniciones del Amazonas y

remontaron el Caquetá hasta la confluencia del Apoporis, por donde subieron

en busca del río Taraira, que tiene una trocha para el Vaupés, a cuyas

márgenes fue a buscarlos para que la indemnizaran de los perjuicios, sin

lograr más que decepciones y hasta calumnias contra su decoro de mujer

virgen, pues hubo deslenguados que se atrevieron a inventar un drama de

amor.

»—¡No olvides, viejo, —gritóme un día—, tu vil condición de criado mendigo!

No tolero que me interrogues familiarmente sobre puntos que apenas serían

pasables en conversaciones de camaradas. Basta de preguntarme si Lucianito

es mozo apuesto, si tiene bozo, buena salud y modales nobles. ¿Qué me

importan a mí semejantes cosas? ¿Ando tras los hombres para inventariarles

sus lindas caras? ¿Está mi negocio en preferir los clientes gallardos?

¡Sigue, pues, de atrevido y necio, y venderé tu cuenta a quien me la

compre!

»—¡Madona, no me trate así, que ya no estamos en los siringales! ¡Harto

estoy de sufrir por hijos ingratos! ¡Ocho años llevo de buscar al que se

vino, y él, quizás, mientras yo lo anhelo, nunca habrá pensado en hallarme

a mí! ¡El dolor de esta idea es suficiente para abreviar mi pesadumbre,

porque soy capaz, en cualquier instante, de soltar el timón del bongo y

lanzarme al agua! ¡Sólo quiero saber si Luciano ignora que lo busco; si

topaba mis señas en los troncos y en los caminos; si se acordaba de su

mamá!

»—¡Ay, arrojarte al agua! ¡Arrojarte al agua! ¿Será posible? ¿Y mis dos mil

soles? ¿Mis dos mil soles? ¿Quién paga mis dos mil soles?

»—¿Ya no tengo derecho ni de morir?

»—¡Eso sería un fraude!

»—¿Pero cree usted que mi cuenta es justa? ¿Quién no cubre en ocho años de

labor continua lo que se come? ¿Estos harapos que envilecen mi cuerpo no

están gritando la miseria en que viví siempre?

»—Y el robo de tu hijo...

»—¡Mi hijo no roba! ¡Aunque haya crecido entre bandoleros! No lo confunda

con los demás. ¡Él no le ha vendido caucho ninguno! Usted hizo el trato con

Juan Muñeiro, recibió la goma y se la debe en parte. ¡He revisado ya los

libros!

»—¡Ay, este hombre es un espía! ¡Me engañaron los de El Encanto! ¡Traición

del viejo Balbino Jácome! ¡Pero de mí no te burlarás! ¡Cuando

desembarquemos, te haré prender!

»—¡Sí, que me entreguen al Juez Valcárcel, para quien llevo graves

revelaciones!

»—¡Ajá! ¿Piensas meterme en nuevos embrollos?

»—¡Pierda cuidado! No seré delator cuando he sido víctima.

»—Yo arreglo eso. ¡Me echarás encima el odio de Arana!

»—No mentaré lo de Juan Muñeiro.

»—¡Vas a crearte enemigos muy poderosos! ¡En Manaos te dejaré libre! ¡Irás

al Vaupés y abrazarás a Luciano Silva, tu hijo querido, quien de seguro

anda buscándote!

»—No desistiré de hablar con mi Cónsul. ¡Colombia necesita de mis secretos!

¡Aunque muriera inmediatamente! ¡Ahí le queda mi hijo para luchar!

»Horas después desembarcamos».

* * *

«El altercado con la madona me enalteció. A las últimas frases, me troqué

en amo, temido por mi dueña, mirado con respeto por la servidumbre de la

lancha y del bongo. El motorista y el timonel, que en días anteriores me

obligaban a lavar sus ropas, no sabían qué hacer con el “señor Silva». Al

saltar a tierra, uno de ellos me ofreció cigarrillos, mientras que el otro

me alargaba la yesca de su eslabón, sombrero en mano.

»—¡Señor Silva, usted nos ha vengado de muchas afrentas!

»La mestiza del Parintins, camarera de la madona, pidió a los hombres,

desde la lancha, que descorrieran las cortinas de a bordo.

»—Pronto, que la señorita tiene cefálicos. Ya se ha tomado dos aspirinas.

¡Es urgente guindarle la hamaca!

»Mientras los marineros obedecían, medité mis planes: ir al Consulado de mi

país, exigirle al Cónsul que me asesorara en la Prefectura o en el Juzgado,

denunciar los crímenes de la selva, referir cuanto me constaba sobre la

expedición del sabio francés, solicitar mi repatriación, la libertad de los

caucheros esclavizados, la revisión de libros y cuentas en la Chorrera y en

El Encanto, la redención de miles de indígenas, el amparo de los colonos,

el libre comercio en caños y ríos. Todo, después de haber conseguido la

orden de amparo a mi autoridad de padre legítimo, sobre mi hijo menor de

edad, para llevármelo, aun por la fuerza, de cualquier cuadrilla, barraca o

monte.

»La camarera se me acercó:

»—Señor Silva, nuestra señora ruega a usted que ordene sacar del bongo lo

que allí venga, y que haga en la Aduana las gestiones indispensables, como

cosa propia, por ser usted el hombre de confianza.

»—Dígale que me voy para el Consulado.

»—¡Pobrecita, cómo ha llorado al pensar en “Lu»!

»—¿Quién es ese “Lu»?

»—Lucianito. Así le decía cuando anduvieron juntos en el Vaupés.

»—¡Juntos!

»—¡Sí señor, como beso y boca! Era muy generoso, la conseguía lotes de

caucho. La que tiene detalles ciertos es mi hermana mayor, que actualmente

está en el Río Negro, como querida de un capataz del turco Pezil, y fue

primero que yo camarera de la madona.

»Al escuchar esta confidencia temblé de amargura y resentimiento. Volví el

rostro hacia la ciudad, disimulando mi indignación. Ignoro en qué momento

me puse en marcha. Atravesé corrillos de marineros, filas de cargadores,

grupos del resguardo. Un hombre me detuvo para que le mostrara el

pasaporte. Otro me preguntó de dónde venía, y si en mi canoa quedaban

legumbres para vender. No sé cómo recorrí calles, suburbios, atracaderos.

En una plaza me detuve frente a un portón que tenía un escudo. Llamé.

»—¿El Cónsul de Colombia se encuentra aquí?

»—¿Qué Cónsul es ése? —preguntó una dama.

»—El de Colombia.

»—¡Ja, ja!

»En una esquina vi sobre el balcón el asta de una bandera. Entré.

»—Perdone, señor. ¿El Consulado de la República de Colombia?

»—Éste no es.

»Y seguí caminando de ceca en meca, hasta la noche.

»—Caballero —le dije a un nadie—. ¿Dónde reside el Cónsul de Francia?

»Inmediatamente me dio las señas. La oficina estaba cerrada. En la placa de

cobre, leí: Horas de despacho, de nueve a once».

* * *

«Pasada la primera nerviosidad, me sentí tan acobardado, que eché de menos

la salvajez de los siringales. Siquiera allá tenía “conocidos» y para mi

chinchorro no faltaba un lugar; mis costumbres estaban hechas, sabía desde

por la noche la tarea del día siguiente y hasta los sufrimientos me venían

reglamentados. Pero en la ciudad advertí que me faltaba el hábito de las

risas, del albedrío, del bienestar. Vagaba por las aceras con el temor de

ser importuno, con la melancolía de ser extranjero. Me parecía que alguien

iba a preguntarme porqué andaba de ocioso, por qué no seguía fumigando

goma, por qué había desertado de mi barraca. Donde hablaban recio, mis

espaldas se estremecían; donde hallaba luces, encandilábanse mis ojos,

habituados a la penumbra. La libertad me desconocía, porque no era libre:

tenía un amo, el acreedor; tenía un grillo, la deuda, y me faltaba la

ocupación, el techo y el pan.

»Varias veces había recorrido el pueblo, sin comprender que no era grande.

Al fin me di cuenta de que los edificios se repetían. En uno de ellos

desocupábanse los vehículos. Adentro, aplausos y música. La madona bajó de

un coche, en compañía de un caballero gordo, cuyos bigotes eran gruesos y

retorcidos como cables. Quise volver al puerto y vi en una tienda al

motorista y al timonel.

»—Señor Silva, estamos aquí porque no hay cuidado en la embarcación. Ya

entregamos todo. Mañana, a las once en punto sale el vapor de línea que

entra en el Río Negro. La madona compró pasaje. Pero los tres viajaremos en

nuestra lancha. Saldremos cuando usted lo ordene. Le aconsejaríamos dejar

sus secretos para Manaos. Aquí no le oyen. ¿Qué esperanzas le dio su

Cónsul?

»—Ni siquiera sé dónde vive.

»—¿Podrían decirme —les preguntó el timonel a los parroquianos— si el

Consulado de Colombia tiene oficina?

»—No sabemos.

»—Creo que donde Arana, Vega y Compañía —insinuó el motorista—. Yo conocí

de Cónsul a don Juancho Vega.

»La ventera, que lavaba las copas en un caldero, advirtió a sus clientes:

»—El latonero de la vecindad me ha contado que a su patrón lo llaman El

Cónsul. Pueden indagar si alguno de ellos es colombiano.

»Yo, por honor del hombre, rechacé la burla.

»—¡Ustedes no sospechan por quién les pregunto!

»Sin embargo, al amanecer tuve el pensamiento de visitar la latonería y

pasé varias veces por la acera opuesta, con actitudes de observador,

mientras llegaba la hora de presentarme al Cónsul de Francia. La gente del

barrio era madrugadora. No tardó en abrirse la indicada puerta. Un hombre

que tenía delantal azul, soplaba fuera del quicio, con grandes fuelles, un

brasero metálico. Cuando llegué, comenzó a soldar el cuello de un

alambique. En los estantes se alineaba una profusa cacharrería.

»—Señor, ¿Colombia tiene Cónsul en este pueblo?

»—Aquí vive y ahora saldrá.

»Y salió en mangas de camisa, sorbiendo su pocillo de chocolate. El tal no

era un ogro, ni mucho menos. Al verlo, aventuré mi campechanada:

»—¡Paisano, paisano! ¡Vengo a pedir mi repatriación!

»—Yo no soy de Colombia, ni me pagan sueldo. Su país no repatria a nadie.

El pasaporte vale cincuenta soles.

»—Vengo del Putumayo, y esto lo compruebo con la miseria de mis

“chanchiras», con las cicatrices de los azotes, con la amarillez de mi

rostro enfermo. Lléveme al Juzgado a denunciar crímenes.

»—Ni soy abogado ni sé de leyes. Si no puede pagar a un procurador...

»—Tengo revelaciones sobre la exploración del sabio francés.

»—Pues que las oiga el Cónsul de Francia.

»—A un hijo mío, menor de edad, me lo secuestraron en esos ríos.

»—Eso se debe tratar en Lima. ¿Cómo se llama el hijo de usted?

»—¡Luciano Silva! ¡Luciano Silva!

»—¡Oh, oh, oh! Le aconsejo callar. El Cónsul de Francia tiene noticias. Ese

apellido no le será grato. Un tal Silva fue a La Chorrera, después que el

sabio desapareció, usando los vestidos de éste. La orden de captura no

tardará. ¿Conoce usted al rumbero apodado El Brújulo? ¿Cuáles van a ser sus

revelaciones?

»—Versarán sobre cosas que me refirieron.

»—Las sabrá de seguro el señor Arana, quien se interesa por ese asunto;

pero cuénteselas usted y pídale trabajo de mi parte. Él es hombre muy bueno

y le ayudará.

»Porque no percibiera mi agitación, me despedí sin darle la mano. Cuando

salí a la calle, no acertaba a encontrar el puerto. El motorista y el

timonel estaban a bordo de la lancha con unos peones.

»—Vámonos —les rogué.

»—Venga, conozca a tres compañeros del personal del señor Pezil, el

caballero grueso que anoche estuvo en el cine con la madona. Todos vamos

para Manaos, y vamos solos porque nuestros patrones tomaron el buque.

”Al instalarnos para partir, me dijo alguno de esos muchachos:

»—De todo corazón lo acompañamos en sus desgracias.

»—De igual manera les agradezco sus expresiones.

»—En el propio raudal del Yavaraté, contra las raíces de un jacarandá.

»—¿Qué me dice usted?

»—Que es preciso esperar tres años para poder sacar los huesos.

»—¿De quién? ¿De quién?

»—De su pobre hijo. ¡Lo mató un árbol!

»El trueno del motor apagó mi grito:

»—¡Vida mía! ¡Lo mató un árbol!».

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