## Tercera Parte La vorágine · Capítulo 6 de 8
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## Tercera Parte

Tercera Parte

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la

soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la

corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.

A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos porque todos son

tristes: ¡el de los padres, que envejecieron en la pobreza, esperando el

apoyo del hijo ausente; el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a

las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les

lleve el oro restaurador!

¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseos de

descargarla contra mi propia mano, que tocó las monedas sin atraparlas;

mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime, y ha vacilado

en libertarme de la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están

soportando igual dolor!

¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el alma incalmable?

¿Para qué nos dieron alas en el vacío? Nuestra madrastra fue la pobreza,

nuestro tirano, la aspiración. Por mirar la altura tropezábamos en la

tierra; por atender al vientre misérrimo fracasamos en el espíritu. La

medianía nos brindó su angustia. ¡Sólo fuimos los héroes de lo mediocre!

¡El que logró entrever la vida feliz no ha tenido con qué comprarla; el que

buscó la novia halló el desdén; el que soñó con la esposa, encontró la

querida; el que intentó elevarse, cayó vencido ante los magnates

indiferentes, tan impasibles como estos árboles que nos miran languidecer

de fiebres y de hambre entre sanguijuelas y hormigas!

¡Quise hacerle descuento a la ilusión pero incógnita fuerza disparóme más

allá de la realidad! ¡Pasé por encima de la ventura, como flecha que marra

su blanco, sin poder corregir el fatal impulso y sin otro destino que caer!

¡Y a esto lo llamaban mi «porvenir»!

¡Sueños irrealizables, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la

memoria, cual si me quisierais avergonzar? ¡Ved en lo que ha parado este

soñador: en herir al árbol inerte para enriquecer a los que no sueñan; en

soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer!

Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu prisión;

ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como la selva, cuyas

bóvedas verdes tienen por fosos ríos inmensos. ¡No sabéis del suplicio de

las penumbras, viendo al sol que ilumina la playa opuesta, adonde nunca

lograremos ir! ¡La cadena que muerde vuestros tobillos es más piadosa que

las sanguijuelas de esos pantanos; el carcelero que os atormenta no es tan

adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!

Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizarlos gasto nueve

días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia cada uno desbrocé un camino.

Al recorrer la taimada tropa de vegetales para derribar a los que no

lloran, suelo sorprender a los castradores robándose la goma ajena. Reñimos

a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas

enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del

vegetal? ¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que

nunca perdona!

¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de

fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones que

no lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado

por la hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo

será menor. Otro tanto harán conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado

para mis padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos!

Mientras le ciño al tronco goteante el tallo acanalado del «caraná», para

que corra hacia la tazuela su llanto trágico, la nube de mosquitos que lo

defiende chupa mi sangre y el vaho de los bosques me nubla los ojos. ¡Así

el árbol y yo, con tormento vario, somos lacrimatorios ante la muerte y nos

combatimos hasta sucumbir!

Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor de ramas no es rebeldía

que me inspire afecto. ¿Por qué no ruge toda la selva y nos aplasta como a

reptiles para castigar la explotación vil? ¡Aquí no siento tristeza sino

desesperación! ¡Quisiera tener con quién conspirar! ¡Quisiera librar la

batalla de las especies, morir en los cataclismos, ver invertidas las

fuerzas cósmicas! ¡Si Satán dirigiera esta rebelión!...

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los

árboles puede hacerlo contra los hombres!

* * *

—Sepa usted, don Clemente Silva —le dije al tomar la trocha del Guaracú—,

que sus tribulaciones nos han ganado para su causa. Su redención encabeza

el programa de nuestra vida. Siento que en mí se enciende un anhelo de

inmolación; mas no me aúpa la piedad del mártir, sino el ansia de contender

con esa fauna de hombres de presa, a quienes venceré con armas iguales,

aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se

pronuncia entre los rendidos. ¿Qué ha ganado usted con sentirse víctima? La

mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de los

explotados sirve de incentivo a la explotación. Su bondad y su timidez han

sido cómplices inconscientes de sus victimarios.

Aunque ya mis iniciativas parecen súplicas al fracaso, porque mi mala

suerte las desvía, tengo el presentimiento de que esta vez se mueven mis

pasos hacia el desquite. No sé cómo se cumplirán los hechos futuros, ni

cuántas pruebas ha de resistir mi perseverancia; lo que menos me importa es

morir aquí, con tal que muera a tiempo. ¿Y por qué pensar en la muerte ante

los obstáculos, si, por grandes que sean, nunca cerraron al animoso la

posibilidad de sobrevivirlos? La creencia en el destino debe valernos para

caldear la decisión.

—Estos jóvenes que me siguen son hazañosos; mas si usted no quiere afrontar

calamidades, escoja al que le provoque y escápese en una balsa por este

río.

—¿Y mi tesoro? ¿No sabe que el Cayeno guarda los despojos de Lucianito?

¿Cree usted que sin esa prenda andaría yo suelto?

Por lo pronto nada tuve que replicar.

—Los huesos de mi hijo son mi cadena. Vivo forzado a portarme bien para que

me permitan asolearlos. Ya les dije a ustedes que ni siquiera los poseo

todos: el día que los exhumé, tuve que dejarle a la sepultura algunas

falanges que aún estaban frescas. Los cargaba envueltos en mi cobija, y

cuando el Cayeno me capturó, a mi regreso del Vaupés, en la trocha que

enlaza al Isani y al Kerari, pretendía botármelos por la fuerza. Ahora los

conservo, limpios, blancos, dentro de una caja de kerosén, bajo la barbacoa

de mi patrón.

—Don Clemente, tiene usted evidencia de que esos restos...

—¡Sí! ¡Ésos son! ¡La calavera es inconfundible: en la encía superior un

diente encaramado sobre los otros! Tal vez con la pica alcancé a perforar

el cráneo, pues tiene un agujero en el frontal.

Hubo una pausa. No sé si en aquel momento se había agrietado la decisión de

mis compañeros, que callaban en corro meditabundo. El mulato dijo,

aproximándose a don Clemente:

—Camaráa, siempre es mejorcito que nos volvamos. Mi mamá se quedó sola, y

mi ganao se mañosea. Tengo cuatro cachonas de primer parto, y de seguro que

ya tan parías. Déjese de güesos, que son guiñosos. Es malo meterse en cosas

de dijuntos. Por eso dice la letanía: «Aquí te encierro y aquí te tapo, el

diablo me yeve si un día te saco». Ruéguele a estos señores que reclamen la

güesamenta y la sepulten bajo una cruz y verá usté que se le compone la

suerte. ¡Resuelva ligero, que ya es tarde!

—¡Cómo! ¿Arriesgarnos a que nos prenda Funes? Usted no sabe en qué tierra

está. Los secuaces del coronel merodean por aquí.

—Y ya no es tiempo de indecisiones —exclamé colérico—. ¡Mulato, adelante!

¡Ya te pasó la hora!

Helí Mesa, entonces, acercóse al «tambo», a prenderle fuego. Don Clemente

lo miraba sin protestar.

—¡No, no! —ordené— se quemarían los mapires envenenados. ¡Los cazadores de

indios pueden volver, y ojalá que se envenenen todos!

* * *

Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silenciosos; me hacían daño

mis pensamientos y una especie de pánico me invadía al meditar en mi

situación. ¿Cuáles eran mis planes? ¿En qué se apoyaba mi altanería? ¿Qué

debían importarme las desventuras ajenas, si con las propias iba de rastra?

¿Por qué hacerle promesas a don Clemente, si Barrera y Alicia me tenían

comprometido? El concepto de Franco empezó a angustiarme: «Era yo un

desequilibrado impulsivo y teatral».

Paulatinamente llegué a dudar de mi espíritu: ¿estaría loco? ¡Imposible! La

fiebre me había olvidado unas semanas. ¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte

y mis ideas limpias. No sólo comprendía que era apremiante ocultar mis

cavilaciones, sino que me daba cuenta hasta de los detalles minuciosos. La

prueba estaba en lo que iba viendo: el bosque en aquella parte no era muy

alto, no había camino, y don Clemente abría la marcha, partiendo ramitas en

el rastrojo para dejar señales del rumbo, como se acostumbra entre los

cazadores; Fidel llevaba la carabina atravesada sobre el pecho, engarzando

con el calibre, por encima de las clavículas, los cabestros de la talega,

rica en mañoco, que fingía sobre su espalda inmensa joroba; portaba el

mulato el hatillo de las hamacas, un caldero y dos canaletes; Mesa, en

aquel momento, bajo sus bártulos, saboreaba un cuesco maduro y mecía en el

aire el tizón humeante, que cargaba en la diestra, a falta de fósforos.

¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande! Ya se me había ocurrido un proyecto

lógico: entregarme como rehén en las barracas del Guaracú, mientras el

viejo Silva se marchaba a Manaos, llevando secretamente un pliego de

acusaciones dirigido al Cónsul de mi país, con el ruego de que viniera

inmediatamente a libertarme y a redimir a mis compatriotas. ¿Quién que

fuera anormal razonaría con mayor acierto?

El Cayeno debía aceptar mi ventajosa propuesta: en cambio de un viejo

inútil adquiría un cauchero joven, o dos más, porque Franco y Helí no me

abandonaban. Para halagarlo, procuraría hablarle en francés: «Señor, este

anciano es pariente mío; y como no puede pagarle la cuenta, déjele libre y

dénos trabajo hasta cancelarla». Y el antiguo prófugo de Cayena accedería

sin vacilar.

Cosa fácil habría de serme adquirir la confianza del empresario, obrando

con paciencia y disimulo. No emplearía contra él la fuerza sino la astucia.

¿Cuánto iban a durar nuestros sufrimientos? Dos o tres meses. Acaso nos

enviara a «siringuear» a Yaguanarí, pues Barrera y Pezil eran sus

asociados. Y aunque no lo fuesen, le expondríamos la conveniencia de

sonsacar para sus gomales a los colombianos de aquella zona. En todo caso,

al oponerse a nuestros deseos, nos fugaríamos por el Isana, y, cualquier

día, enfrentándome a mi enemigo, le daría muerte, en presencia de Alicia y

de los enganchados. Después, cuando nuestro Cónsul desembarcara en

Yaguaraní, en vía para el Guaracú, con una guarnición de gendarmes, a

devolvernos la libertad, exclamarían mis compañeros: ¡El implacable Cova

nos vengó a todos y se internó por este desierto!

Mientras discurría de esta manera, principié a notar que mis pantorrillas

se hundían en la hojarasca y que los árboles iban creciendo a cada segundo,

con una apariencia de hombres acuclillados, que se empinaban desperezándose

hasta elevar los brazos verdosos por encima de la cabeza. En varios

instantes creí advertir que el cráneo me pesaba como una torre y que mis

pasos iban de lado. Efectivamente, la cara se me volvió sobre el hombro

izquierdo y tuve la impresión de que un espíritu me repetía: «¡Vas bien

así, vas bien así! ¡Para qué marchar como los demás!».

Aunque mis compañeros caminaban cerca, no los veía, no los sentía.

Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebullición. Tuve miedo de hallarme

solo, y, repentinamente, eché a correr hacia cualquier parte, ululando

empavorecido, lejos de los perros, que me perseguían. No supe más. De entre

una malla de trepadoras mis camaradas me desenredaron.

—¡Por Dios! ¿Qué te pasa? ¿No nos conoces? ¡Somos nosotros!

—¿Qué les he hecho? ¿Por qué me amenazan? ¿Por qué me tienen amarrado?

—Don Clemente —prorrumpió Franco—, desandemos este camino: Arturo está

enfermo.

—¡No, no! Ya me tranquilicé. Creo que quise coger una ardilla blanca. Las

caras de ustedes me aterraron. ¡Tan horribles muecas...!

Así dije, y aunque todos estaban pálidos, porque no dudaran de mi salud me

puse de guía por entre el bosque. Un momento después se sonrió don

Clemente:

—Paisano, usted ha sentido el embrujamiento de la montaña.

—¡Cómo! ¿Por qué?

—Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira atrás. Pero no se afane

ni tenga miedo. Es que algunos árboles son burlones.

—En verdad no entiendo...

—Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trastorna cuando

vagamos en la selva. Sin embargo, creo acertar en la explicación:

cualquiera de estos árboles se amansaría, tornándose amistoso y hasta

risueño, en un parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo

sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos, o agresivos, o

hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas sombras, tienen su manera de

combatirnos: algo nos asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene el

mareo de las espesuras y queremos huir y nos extraviamos, y por esta razón

miles de caucheros no volvieron a salir nunca.

«Yo también he sentido la mala influencia en distintos casos, especialmente

en Yaguanarí».

* * *

Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva inhumana.

Arboles deformes sufren el cautiverio de las enredaderas advenedizas, que a

grandes trechos los ayuntan con las palmeras y se descuelgan en curva

elástica, semejantes a redes mal extendidas, que a fuerza de almacenar en

años enteros hojarascas, chamizas, frutas, se desfondan como un saco de

podredumbre, vaciando en la yerba reptiles ciegos, salamandras mohosas,

arañas peludas.

Por doquiera el bejuco de «matapalo» —rastrero pulpo de las florestas— pega

sus tentáculos a los troncos acogotándolos y retorciéndolos, para

injertárselos y transfundírselos en metempsicosis dolorosas. Vomitan los

«bachaqueros» sus trillones de hormigas devastadoras, que recortan el manto

de la montaña y por anchas veredas regresan al túnel, como abanderadas del

exterminio, con sus gallardetes de hojas y de flores. El comején enferma

los árboles cual galopante sífilis, que solapa su lepra supliciatoria

mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza, hasta

derrocarlos, súbitamente, con su pesadumbre de ramazones vivas.

Entretanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al pie del coloso

que se derrumba, el germen que brota; en medio de las miasmas, el polen que

vuela; y por todas partes el hálito del fermento, los vapores calientes de

la penumbra, el sopor de la muerte, el marasmo de la procreación.

¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mariposas que

parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre

fantasía de los poetas que sólo conocen las soledades domesticadas!

¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco, nada de

panoramas sentimentales! Aquí, los responsos de sapos hidrópicos, las

malezas de cerros misántropos, los rebalses de caños podridos. Aquí la

parásita afrodisíaca que llena el suelo de abejas muertas; la diversidad de

flores inmundas que se contraen con sexuales palpitaciones y su olor

pegajoso emborracha como una droga; la liana maligna cuya pelusa enceguece

los animales; la «pringamosa» que inflama la piel, la pepa del «curujú» que

parece irisado globo y sólo contiene ceniza cáustica, la uva purgante, el

corozo amargo.

Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóricas, silencios

fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. Oyese el golpe de la fruta,

que al abatirse hace la promesa de su semilla; el caer de la hoja, que

llena el monte con vago suspiro, ofreciéndose como abono para las raíces

del árbol paterno; el chasquido de la mandíbula, que devora con temor de

ser devorada; el silbido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del

regüeldo. Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se

inicia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, los

retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. ¡Todo por el

júbilo breve de vivir unas horas más!

Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación del peligro

próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En

estas soledades, cuando nos habla, sólo entiende su idioma el

presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz

de cuerdas, distendidas hacia el asalto, hacia la traición, hacia la

asechanza. Los sentidos humanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la

espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama:

¡Huyamos, huyamos!

No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la destrucción. Hay un

valor magnífico en la epopeya de estos piratas que esclavizan a sus peones,

explotan al indio y se debaten contra la selva. Atropellados por la

desdicha, desde el anonimato de las ciudades, se lanzaron a los desiertos

buscándole un fin cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se

despojaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin otras

armas que el winchester y el machete, sufrieron las más atroces

necesidades, anhelando goces y abundancia, al rigor de las intemperies,

siempre famélicos y hasta desnudos porque las ropas se les pudrían sobre la

carne.

Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza y se llaman

«amos de empresa». Teniendo a la selva por enemigo, no saben a quién

combatir, y se arremeten unos a otros y se matan y se sojuzgan en los

intervalos de su denuedo contra el bosque. Y es de verse en algunos lugares

cómo sus huellas son semejantes a los aludes: los caucheros que hay en

Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de

Venezuela el «balatá» desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra

las generaciones del porvenir.

Uno de aquellos hombres se escapó de Cayena, presidio célebre, que tiene

por foso el océano. Aunque sabía que los carceleros ceban los tiburones

para que ronden la muralla, sin zafarse los grillos se arrojó al mar. Vino

a las vegas del Papunagua, asaltó los tambos ajenos, sometió a los

caucheros prófugos, y, monopolizando la explotación de goma, vivía con sus

parciales y sus esclavos en las barracas del Guaracú, cuyas luces lejanas,

al través de la espesura, palpitaban ante nosotros la noche que retardamos

la llegada.

¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros destinos describirían

la misma trayectoria de crueldad!

* * *

Durante los días empleados en el recorrido de la trocha hice una

comprobación humillante: mi fortaleza física era aparente, y mi musculatura

—que desgastaron fiebres pretéritas— se aflojaba con el cansancio. Sólo mis

compañeros parecían inmunes a la fatiga, y hasta el viejo Clemente, a pesar

de sus años y lacraduras, resultaba más vigoroso en las marchas. A cada

momento se detenían a esperarme; y aunque me aligeraron de todo peso, del

morral y la carabina, seguía necesitando de que el cerebro me mantuviera en

tensión el orgullo para no echarme a tierra y confesarles mi decaimiento.

Iba descalzo, en pernetas, malhumorado, esguazando tembladeros y lagunas,

por en medio de un bosque altísimo cuyas raigambres han olvidado la luz del

sol. La mano de Fidel me prestaba ayuda al pisar los troncos que

utilizábamos como puentes, mientras los perros aullaban en vano porque les

soltara en aquel paraíso de cazadores, que ni por serlo, me entusiasmaba.

Esta situación de inferioridad me tornó desconfiado, irritable, díscolo.

Nuestro jefe en tales emergencias era, sin duda, el anciano Silva, y

principié a sentir contra él una secreta rivalidad. Sospecho que aposta

buscó ese rumbo, deseoso de hacerme experimentar mi falta de condiciones

para medirme con el Cayeno. No perdía don Clemente oportunidad de

ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de

cualquier fuga, sueño perenne de los caucheros, que lo ven esbozarse y

nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la

montaña.

Estas prédicas tenían eco en mis camaradas y se multiplicaron los

consejeros. Yo no les oía. Me contentaba con replicar:

—Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo. ¿Estáis fatigados? Podéis

ir caminando en pos de mí.

Entonces, silenciosos, me tomaban la delantera y al esperarme cuchicheaban

mirándome de soslayo. Esto me indignaba. Sentía contra ellos odio súbito.

Probablemente se burlaban de mi jactancia. ¿O habrían tomado una dirección

que no fuera la del Guaracú?

—Oigame, viejo Silva —grité deteniéndole—. ¡Si no me lleva al Isana, le

pego un tiro!

El anciano sabía que no lo amenazaba por broma. Ni sintió sorpresa ante mi

amenaza. Comprendió que el desierto me poseía. ¡Matar a un hombre! ¿Y por

qué? ¿Por qué no? Era un fenómeno natural. ¿Y la costumbre de defenderme?

¿Y la manera de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de solucionar los

diarios conflictos?

Y por este proceso —¡oh selva!— hemos pasado todos los que caemos en tu

vorágine.

* * *

Agachados entre la fronda, con las manos en las carabinas, atisbábamos las

luces de las barracas, miedosos de que alguien nos descubriera. En aquel

escondite debíamos pernoctar sin encender fuego. Sollozando en la oscuridad

pasaba una corriente desconocida. Era el Isana.

—Don Clemente —dije abrazándolo— en esto de rumbos es usted la más alta

sabiduría.

—Sin embargo, le cogí miedo a la profesión: anduve perdido más de dos meses

en el siringal de Yaguanarí.

—Tengo presentes los pormenores. Cuando su fuga para el Vaupés...

—Éramos siete caucheros prófugos.

—Y quisieron matarlo...

—Creían que los extraviaba intencionalmente.

—Y unas veces lo maltrataban...

—Y otras me pedían de rodillas la salvación.

—Y lo amarraron una noche entera...

—Temiendo que pudiera abandonarlos.

—Y se dispersaron por buscar el rumbo...

—Pero sólo toparon el de la muerte.

Este mísero anciano Clemente Silva siempre ha tenido el monopolio de la

desventura. Desde el día que yendo de Iquitos para Manaos oyó noticias del

hijo muerto, cifró su esperanza en prolongar la esclavitud. Quería ser

cauchero unos años más, hasta que la tierra le permitiera exhumar los

restos. La selva, indirectamente, lo reclamaba como a prófugo, y era el

espectro de Lucianito el que le pedía volver atrás.

Aunque la madona hubiera querido darlo libre, ¿qué ganaría con la libertad

si de nuevo debía engancharse, obligado por la indigencia, en la cuadrilla

de cualquier amo que quizás lo alejara del Vaupés? En Manaos recorrió las

agencias donde buscan trabajo los inmigrantes, y salió descorazonado de

esos tugurios donde la esclavitud se contrata, porque los patrones sólo

«avanzaban» gente para el Madeira, para el Purús, para el Ucayali. Y él

quería irse al infausto río que guardaba al pie de su raudal la enmalezada

tumba, distinguida por cuatro piedras.

El turco Pezil no tenía trabajos en esos parajes, pero se lo llevaba al

alto Río Negro, y eso era mucho. Solo que fingía no querer comprarlo, y al

fin accedió a sus ruegos, estipulando con la madona una retroventa, por si

no le satisfacían las aptitudes del «colombiano». Lo trajo a su hermosa

quinta de Naranjal, en la margen opuesta de Yaguanarí, y lo tuvo un tiempo

en oficios fáciles, bajo su vigilancia de musulmán, despreciativo y

taciturno, sin maltratarlo ni escarnecerlo.

Mas cierta vez riñeron unas mujeres en la cocina y despertaron a su señor,

que dormía la siesta. Don Clemente estaba en el corredor, observando el

mapa del muro. En esa actitud lo sorprendió el amo. Ordenóle a gritos que

desnudara a las contrincantes hasta la cintura y las azotara. El viejo

Silva se resistió a cumplir la orden. Esa misma tarde lo despacharon a

siringuear a Yaguanarí.

Una de las cuitadas era la antigua camarera de la madona, la que conoció en

el Vaupés a Luciano Silva cuando su mancebía con doña Zoraida. «No lo vio

muerto», pero sabía el lugar de la sepultura, junto al correntón de

Yavaraté, y le había dado ya a don Clemente todas las señas indispensables

para hallarla.

La desobediencia del colombiano no consiguió indultarla de los azotes,

porque el turco feroz, con un látigo en cada mano, la llenó de sangre y

contusiones. Gimoteando entre la despensa escribió un papel para su

querido, que trabajaba en los siringales, y rogó a don Clemente que se lo

entregara al destinatario, sin omitir detalle alguno sobre la cobarde

flagelación.

Este hombre, que se llamaba Manuel Cardoso, era capataz en un barracón del

caño Yurubaxi. Al saber los percances de la mujer, ofreció matar a Pezil

donde lo encontrara, y, por vengarse interinamente, quiso proceder contra

los intereses de su patrón, aconsejándoles a los gomeros que se fugaran con

la goma que tenían en el tambo.

El viejo Silva aparentó rechazar esa idea, receloso de alguna celada. Sin

embargo, en los días siguientes, comentaba con los peones la insinuación

del vigilante, mientras procedían a fumigar la leche extraída. La respuesta

no cambió nunca: «Cardoso sabe que no hay rumbero capaz de enfrentársele a

estas montañas».

De noche, los caucheros dictaminaban sobre tal hipótesis, tan

sugestionadora como imposible, por tener de qué conversar:

—Es claro que la fuga sería irrealizable por el Río Negro: las lanchas del

amo parecen perros de cacería.

—Mas logrando remontar el Cababurí es fácil descender al Maturacá y salir

al río Casiquiare.

—Conforme. Pero el Río Negro tiene una anchura de cuatro kilómetros. Hay

que descartar los afluentes de su banda izquierda. Más bien, aguas arriba

por este caño Yurubaxí, a los sesenta y tantos días de curiara, dizque se

encuentra un «igarapé» que desemboca en el Caquetá.

—¿Y para el río Vaupés no hay rumbo directo?

—¿A quien se le ocurre esa estupidez?

El barracón estaba situado sobre un arrecife que no se inunda, único

refugio en aquel desierto. Mensualmente llegaba la lancha de Naranjal a

recoger la goma y a dejar víveres. Los trabajadores eran escasos y el

beriberi mermaba el número, sin contar los que perecían en las lagunas,

lanzados por la fiebre desde el andamio donde se trepaban a herir los

árboles.

Pese a todo, muchos pasaban meses enteros sin verle la cara al capataz,

guareciéndose en chozas mínimas, y volvían al tambo con la goma ya

fumigada, convertida en bolones, que entregaban a la corriente en vez de

conducirlos en las curiaras. Acostumbrados a no alejarse de las orillas,

carecían del instinto de orientación, y esta circunstancia ayudó al

prestigio de don Clemente, cuando se aventuraba por la floresta y clavando

el machete en cualquier lugar, los instaba días después a que lo

acompañaran a recogerlo, partiendo del sitio que quisieran.

Una mañana, al salir el sol, vino una catástrofe impresentida. Los hombres

que en el caney curaban su hígado, oyeron gritos desaforados y se agruparon

en la roca. Nadando en medio del río como si fueran patos descomunales,

bajaban los bolones de goma, y el cauchero que los arreaba venía detrás, en

canoa minúscula, apresurando con la palanca a los que se demoraban en los

remansos. Frente al barracón, mientras pugnaban por encerrar su rebaño

negro en la ensenada del puertecito, elevó estas voces, de más gravedad que

un pregón de guerra:

—¡Tambochas, tambochas! ¡Y los caucheros están aislados!

¡Tambochas! Esto equivalía a suspender trabajos, dejar la vivienda, poner

caminos de fuego, buscar otro refugio en alguna parte. Tratábase de la

invasión de hormigas carnívoras, que nacen quién sabe dónde y al venir el

invierno emigran para morir, barriendo el monte en leguas y leguas, con

ruidos lejanos, como de incendio. Avispas sin alas, de cabeza roja y cuerpo

cetrino, se imponen por el terror que inspiran su veneno y su multitud.

Toda guarida, toda grieta, todo agujero; árboles, hojarascas, nidos,

colmenas, sufren la filtración de aquel oleaje espeso y hediondo, que

devora pichones, ratas, reptiles, y pone en fuga pueblos enteros de hombres

y de bestias.

Esta noticia derramó la consternación. Los peones del tambo recogían sus

herramientas y «macundales» con revoltosa rapidez.

—¿Y por qué lado viene la ronda? —preguntaba Manuel Cardoso.

—Parece que ha cogido ambas orillas. ¡Las dantas y los cafuches atraviesan

el río desde esta margen, pero en la otra están alborotadas las abejas!

—¿Y cuáles caucheros quedan aislados?

—¡Los cinco de la ciénaga de «El Silencio», que ni siquiera tienen canoa!

—¿Qué remedio? ¡Que se defiendan! ¡No se les puede llevar socorro! ¿Quién

se arriesga a extraviarse en estos pantanos?

—Yo —dijo el anciano Clemente Silva.

Y un joven brasileño, que se llamaba Lauro Coutinho:

—Iré también. ¡Allá está mi hermano!

* * *

Recogiendo los víveres que pudieron y provistos de armas y de fósforos,

aventuráronse los dos amigos por una trocha que, partiendo de la barraca,

profundiza las espesuras en dirección del caño Marié.

Marchaban presurosos por entre el barro de las malezas, con oído atento y

ojo sagaz. De pronto, cuando el anciano, abriéndose de la senda, empezó a

orientarse hacia la ciénaga de El Silencio, lo detuvo Lauro Coutinho.

—¡Ha llegado el momento de picurearnos!

Don Clemente ya pensaba en ello, mas supo disimular su satisfacción.

—Habría que consultarlo con los caucheros...

—¡Respondo de que convienen, sin vacilar!

Y así fue, porque al día siguiente los hallaron en un bohío, jugando a los

dados sobre un pañuelo y emborrachándose con vino de «palmachonta», que se

ofrecían en un calabazo.

—¿Hormigas? ¡Qué hormigas! ¡Nos reímos de las tambochas! ¡A picurearnos! ¡A

picurearnos! ¡Un rumbero como usted es capaz de sacarnos de los infiernos!

Y allá van por entre la selva, con la ilusión de la libertad, llenos de

risas y de proyectos, adulando al guía y prometiéndole su amistad, su

recuerdo, su gratitud. Lauro Coutinho ha cortado una hoja de palma y la

conduce en alto, como un pendón; Souza Machado no quiere abandonar su balón

de goma, que pesa más de dieciocho kilos, con cuyo producto piensa adquirir

durante dos noches las caricias de una mujer, que sea blanca y rubia y que

trascienda a brandy y a rosas; el italiano Peggi habla de salir a cualquier

ciudad para emplearse de cocinero en algún hotel donde abunden las sobras y

las propinas; Coutinho, el mayor, quiere casarse con una moza que tenga

rentas; el indio Venancio anhela dedicarse a labrar curiaras; Pedro Fajardo

aspira a comprar un techo para hospedar a su madre ciega; don Clemente

Silva sueña en hallar una sepultura. ¡Es la procesión de los infelices,

cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte!

¿Y cuál era el rumbo que perseguían? El del río Curí-curiarí. Por allí

entrarían al Río Negro, setenta leguas arriba de Naranjal, y pasarían a

Umarituba, a pedir amparo. El señor Costanheira Fontes era muy bueno. En

aquel sitio el horizonte se les ampliaba. En caso de captura, era

incuestionable la explicación: salían del monte derrotados por las

tambochas. Que le preguntaran al capataz.

Al cuarto día de montaña principió la crisis: las provisiones escasearon y

los fangales eran intérminos. Se detuvieron a descansar, y, despojándose de

las blusas, las hacían jirones para envolverse las pantorrillas,

atormentadas por las sanguijuelas. Souza Machado, generoso por la fatiga, a

golpes de cuchillo dividió su bolón de goma en varios pedazos para

obsequiar a sus compañeros. Fajardo se negó a recibir su parte: no tenía

alientos para cargarla. Souza la recogió. Era caucho, «oro negro», y no se

debía desperdiciar.

Hubo un indiscreto que preguntaba:

—¿Hacia dónde vamos ahora?

Todos replicaron reconviniéndolo:

—¡Hacia delante!

Mientras tanto, el rumbero había perdido la orientación. Avanzaba a

tientas, sin detenerse ni decir palabra, para no difundir el miedo. Por

tres veces en una hora volvió a salir a un mismo pantano, sin que sus

camaradas reconocieran el recorrido. Concentrando en la memoria todo su

ser, mirando hacia su cerebro, recordaba el mapa que tantas veces había

estudiado en la casa de Naranjal, y veía las líneas sinuosas, que parecían

una red de venas, sobre la mancha de un verde pálido en que resaltaban

nombres inolvidables: Teya, Marié, Curí–curiarí. ¡Cuánta diferencia entre

una región y la carta que la reduce! ¡Quién le hubiera dicho que aquel

papel, donde apenas cabían sus manos abiertas, encerraba espacios tan

infinitos, selvas tan lóbregas, ciénagas tan letales! Y él, rumbero

curtido, que tan fácilmente solía pasar la uña del índice de una línea a

otra línea, abarcando ríos, paralelos y meridianos, ¿cómo pudo creer que

sus plantas eran capaces de moverse como su dedo?

Mentalmente empezó a rezar. ¡Si Dios quisiera prestarle el sol!... ¡Nada!

La penumbra era fría, la fronda transpiraba un vapor azul. ¡Adelante! ¡El

sol no sale para los tristes!

Uno de los gomeros declaró con certeza súbita que le parecía escuchar

silbidos. Todos se detuvieron. Eran los oídos que les zumbaban. Souza

Machado quería meterse entre los demás: juraba que los árboles le hacían

gestos.

Estaban nerviosos, tenían el presentimiento de la catástrofe. La menor

palabra les haría estallar el pánico, la locura, la cólera. Todos se

esforzaban por resistir. ¡Adelante!

Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre, le soltó una pulla a Souza

Machado, que se había detenido a botar el caucho. Esto forzó los ánimos a

resignarse a la hilaridad. Hablaron un trecho. No sé quién le hizo

preguntas a don Clemente.

—¡Silencio! —gruñó el italiano—. ¡Recuerden que a los pilotos y a los

rumberos no se les debe hablar!

Pero el anciano Silva, deteniéndose de repente, levantó los brazos, como el

hombre que se da preso, y, encarándose con sus amigos, sollozó:

—¡Andamos perdidos!

Al instante, el grupo desventurado, con los ojos hacia las ramas y aullando

como perros, elevó su coro de blasfemias y plegarias:

—¡Dios inhumano! ¡Sálvanos, mi Dios! ¡Andamos perdidos!

* * *

«Andamos perdidos». Estas dos palabras, tan sencillas y tan comunes, hacen

estallar, cuando se pronuncian entre los montes, un pavor que no es

comparable ni al «sálvese quien pueda» de las derrotas. Por la mente de

quien las escucha pasa la visión de un abismo antropófago, la selva misma,

abierta ante el alma como una boca que se engulle los hombres a quienes el

hambre y el desaliento le van colocando entre las mandíbulas.

Ni los juramentos, ni las advertencias, ni las lágrimas del rumbero, que

prometía corregir la ruta, lograban aplacar a los extraviados. Mesábanse

las greñas, retorcíanse las falanges, se mordían los labios, llenos de una

espuma sanguinolenta que envenenaba las inculpaciones.

—¡Este viejo es el responsable! ¡Perdió el rumbo por querer largarse para

el Vaupés!

—¡Viejo remalo, viejo bandido, nos llevabas con engañifas para vendernos

quién sabe dónde!

—¡Sí, sí, criminal! ¡Dios se opuso a tus planes!

Viendo que aquellos locos podían matarlo, el anciano Silva se dio a correr,

pero un árbol cómplice lo enlazó por las piernas con un bejuco y lo tiró al

suelo. Allí lo amarraron, allí Peggi los exhortaba a volverlo trizas.

Entonces fue cuando don Clemente pronunció aquella frase de tanto efecto:

—¿Queréis matarme? ¿Cómo podríais andar sin mí? ¡Yo soy la esperanza!

Los agresores, maquinalmente, se contuvieron.

—¡Sí, sí, es preciso que viva para que nos salve!

—¡Pero sin soltarlo, porque se nos va!

Y aunque no le quitaron las ligaduras, postráronse de rodillas a implorarle

la salvación, y le limpiaban los pies con besos y llantos.

—¡No nos desampare!

—¡Regresemos a la barraca!

—¡Si usted nos abandona, moriremos de hambre!

Mientras unos plañían de este jaez, otros halábanlo de la cuerda,

suplicando el regreso. Las explicaciones de don Clemente parecían

reconciliarlos con la cordura. Tratábase de un percance muy conocido de

rumberos y de cazadores y no era razonable perder el ánimo a la primera

dificultad, cuando había tantos modos de solucionarla. ¿Para qué lo

asustaron? ¿Para qué se pusieron a pensar en el extravío? ¿No los había

instruído una y otra vez en la urgencia de desechar esa tentación, que la

espesura infunde en el hombre para trastornarlo? Él les aconsejó no mirar

los árboles, porque hacen señas, ni escuchar los murmurios, porque dicen

cosas, ni pronunciar palabra, porque los ramajes remedan la voz. Lejos de

acatar esas instrucciones, entraron en chanzas con la floresta y les vino

el embrujamiento, que se transmite como por contagio; y él también, aunque

iba adelante, comenzó a sentir el influjo de los malos espíritus, porque la

selva principió a movérsele, los árboles le bailaban ante los ojos, los

bejuqueros no le dejaban abrir la trocha, las ramas se le escondían bajo el

cuchillo y repetidas veces quisieron quitárselo. ¿Quién tenía la culpa?

Y luego, ¿por qué diablos se ponían a gritar? ¿Qué lograban con hacer

tiros? ¿Quién sino el tigre correría a buscarlos? ¿Acaso les provocaba su

visita? ¡Bien podían esperarla al oscurecer!

Esto los aterró y guardaron silencio. Mas tampoco hubieran podido hacerse

entender a más de dos yardas: a fuerza de dar alaridos, la garganta se les

cerró, y dolorosamente, hablaban a la sordina, con un jadeo gutural y torpe

como el de los gansos.

Antes de la hora en que el sol sanguíneo empenacha las lejanías, fuéles

imperioso encender la hoguera, porque entre los bosques la tarde se enluta.

Cortaron ramas, y, esparciéndolas sobre el barro, se amontonaron alrededor

del anciano Silva a esperar el suplicio de las tinieblas. ¡Oh, la tortura

de pasar la noche con hambre, entre el pensar y el bostezar, a sabiendas de

que el bostezo ha de intensificarse al día siguiente! ¡Oh, la pesadumbre de

sentir sollozos entre las sombras cuando los consuelos saben a muerte!

¡Perdidos! ¡Perdidos! El insomnio les echó encima su tropel de

alucinaciones. Sintieron la angustia del indefenso cuando sospecha que

alguien lo espía en lo oscuro. Vinieron los ruidos, las voces nocturnas,

los pasos medrosos, los silencios impresionantes como un agujero en la

eternidad.

Don Clemente, con las manos en la cabeza, estrujaba su pensamiento para que

brotara alguna idea lúcida. Sólo el cielo podía indicarle la orientación.

¡Que le dijera de qué lado nace la luz! Eso le bastaría para calcular otro

derrotero. Por un claro de la techumbre, semejante a una claraboya,

columbró un retazo de éter azul, sobre el cual inscribía su varillaje una

rama seca. Esta visión le recordó el mapa. ¡Ver el sol, ver el sol! Allí

estaba la clave de su destino. ¡Si hablaran aquellas copas enaltecidas que

todas las mañanas lo ven pasar! ¿Por qué los árboles silenciosos han de

negarse a decirle al hombre lo que debe hacer para no morir? ¡Y, pensando

en Dios, comenzó a rezarle a la selva una plegaria de desagravio!

Treparse por cualquiera de aquellos gigantes era casi imposible: los

troncos eran tan gruesos, las ramas tan altas y el vértigo de la altura

acechando en las frondas. Si se atreviera Lauro Coutinho, que nervioso

dormía abrazándolo por los pies... Quiso llamarlo, pero se contuvo: un

ruidillo raro, como de ratones en madera fina, rasguñó la noche... ¡eran

los dientes de sus compañeros que roían pepas de tagua!

Don Clemente sintió por ellos tal compasión que resolvió darles el alivio

de la mentira.

—¿Qué hay? —le susurraron a media voz, acercándole las caras oscuras.

Y palparon los nudos de la soga que le ciñeron.

—¡Estamos salvados!

Estúpidos de gozo repitieron la misma frase: «¡Salvados! ¡Salvados!». Y,

postrándose en tierra, apretaban el lodo con las rodillas, porque el dolor

los dejó contritos, y entonaron un gran ronquido de acción de gracias, sin

preguntar en qué consistía la salvación. Bastó que otro hombre la

prometiera para que todos la proclamaran y bendijeran al salvador.

Don Clemente recibió abrazos, súplicas de perdón, palabras de enmienda.

Algunos querían atribuírse el exclusivo mérito del milagro:

—¡Las oraciones de mi madrecita!

—¡Las misas que ofrecí!

—¡El escapulario que llevo puesto!

Mientras tanto, la Muerte debió reírse en la oscuridad.

* * *

Amaneció.

La ansiedad que los sostenía les acentuó en el rostro la mueca trágica.

Magros, febricitantes, con los ojos enrojecidos y los pulsos trémulos, se

dieron a esperar que saliera el sol. La actitud de aquellos dementes bajo

los árboles infundía miedo. Olvidaron el sonreír, y cuando pensaban en la

sonrisa, les plegaba la boca un rictus fantástico.

Recelaban del cielo, que no se divisaba por ninguna parte. Lentamente

empezó a llover. Nadie dijo nada, pero se miraron y se comprendieron.

Decididos a regresar, moviéronse sobre el rastro del día anterior, por la

orilla de una laguna donde las señales desaparecían. Sus huellas en el

barro eran pequeños pozos que se inundaban. Sin embargo, el rumbero cogió

la pista, gozando del más absoluto silencio como hasta las nueve de la

mañana, cuando entraron a unos «chuscales» de plebeya vegetación donde

ocurría un fenómeno singular: tropas de conejos y guatines, dóciles o

atontados, se les metían por entre las piernas buscando refugio. Momentos

después, un grave rumor como de linfas precipitadas se sentía venir por la

inmensidad.

—¡Santo Dios! ¡Las tambochas!

Entonces sólo pensaron en huir. Prefirieron las sanguijuelas y se

guarecieron en un rebalse, con el agua sobre los hombros.

Desde allí miraron pasar la primera ronda. A semejanza de las cenizas que a

lo lejos lanzan las quemas, caían sobre la charca fugitivas tribus de

cucarachas y coleópteros, mientras que las márgenes se poblaban de

arácnidos y reptiles, obligando a los hombres a sacudir las aguas mefíticas

para que no avanzaran en ellas. Un temblor continuo agitaba el suelo, cual

si las hojarascas hirvieran solas. Por debajo de troncos y raíces avanzaba

el tumulto de la invasión, a tiempo que los árboles se cubrían de una

mancha negra, como cáscara movediza, que iba ascendiendo implacablemente a

afligir las ramas, a saquear los nidos, a colarse en los agujeros. Alguna

comadreja desorbitada, algún lagarto moroso, alguna rata recién parida eran

ansiadas presas de aquel ejército, que las descamaba, entre chillidos, con

una presteza de ácidos disolventes.

¿Cuánto tiempo duró el martirio de aquellos hombres, sepultados en cieno

líquido hasta el mentón, que observaban con ojos pávidos el desfile de un

enemigo que pasaba, pasaba y volvía a pasar? ¡Horas horripilantes en que

saborearon a sorbo y sorbo las alquitaradas hieles de la tortura! Cuando

calcularon que se alejaba la última ronda, pretendieron salir a tierra,

pero sus miembros estaban paralizados, sin fuerzas para despegarse del

barrizal donde se habían enterrado vivos.

Mas no debían morir allí. Era preciso hacer un esfuerzo. El indio Venancio

logró cogerse de algunas matas y comenzó a luchar. Agarróse luego de unos

bejucos. Varias tambochas desgaritadas le royeron las manos. Poco a poco

sintió ensancharse el molde de fango que lo ceñía. Sus piernas al

desligarse de lo profundo produjeron chasquidos sordos. «¡Upa! ¡Otra vez y

no desmayar! ¡Animo! ¡Animo!».

Ya salió. En el hoyo vacío burbujeó el agua.

Jadeando, boca arriba, oyó desesperarse a sus compañeros que imploraban

ayuda. «¡Déjenme descansar!». Una hora después, valiéndose de palos y

maromas, consiguió sacarlos a todos.

Ésta fue la postrera vez que sufrieron juntos. ¿Hacia qué lado quedó la

pista? Sentían la cabeza en llamas y el cuerpo rígido. Pedro Fajardo empezó

a toser convulsivamente y cayó bañándose en sangre por un vómito de

hemoptisis.

Mas no tuvieron lástima del cadáver. Coutinho, el mayor, les aconsejaba no

perder tiempo. «Quitarle el cuchillo de la cintura y dejarlo ahí. ¿Quién lo

convidó? ¿Para qué se vino si estaba enfermo? No los debía perjudicar». Y

en diciendo esto, obligó a su hermano a subir por una copaiba para observar

el rumbo del sol.

El desdichado joven, con pedazos de su camisa, hizo una manea para los

tobillos. En vano pretendió adherirse al tronco. Lo montaron sobre las

espaldas para que se prendiera de más arriba, y repitió el forcejeo

titánico, pero la corteza se despegaba y lo hacía deslizarse y recomenzar.

Los de abajo lo sostenían apuntalándolo con horquetas y, alucinados por el

deseo, como que triplicaban sus estaturas para ayudarlo. Al fin ganó la

primera rama. Vientre, brazos, pecho, rodillas, le vertían sangre. «¿Ves

algo? ¿Ves algo?», le preguntaban. ¡Y con la cabeza decía que no!

Ya ni se acordaban de hacer silencio para no provocar la selva. Una

violencia absurda les pervertía los corazones y les requintaba un furor de

náufragos, que no reconoce deudos ni amigos cuando, a puñal, mezquina su

bote. Manoteaban hacia la altura al interrogar a Lauro Coutinho. «¿No ves

nada? ¡Hay que subir más y fijarse bien!».

Lauro sobre la rama, pegado al tronco, acezaba sin responderles. A tamaña

altitud, tenía la apariencia de un mono herido, que anhelaba ocultarse del

cazador. «¡Cobarde, hay que subir más!». Y locos de furia lo amenazaban.

Mas, de pronto, el muchacho intentó bajarse. Un gruñido de odio resonó de

abajo. Lauro, despavorido, les contestaba: «¡Vienen más tambochas! ¡Vienen

más tambo...!».

La última sílaba le quedó magullada entre la garganta, porque el otro

Coutinho, con un tiro de carabina que le sacó el alma por el costado, lo

hizo descender como una pelota.

El fratricida se quedó viéndolo. «¡Ay, Dios mío, maté a mi hermano, maté a

mi hermano!». Y, arrojando el arma se echó a correr. Cada cual corrió sin

saber a dónde. Y para siempre se dispersaron.

Noches después los sintió gritar don Clemente Silva, pero temió que lo

asesinaran. También había perdido la compasión, también el desierto lo

poseía. A veces lo hacía llorar el remordimiento, mas se sinceraba ante su

conciencia con sólo pensar en su propia suerte. A pesar de todo, regresó a

buscarlos. Halló las calaveras y algunos fémures.

Sin fuego ni fusil, vagó dos meses entre los montes, hecho un idiota,

ausente de sus sentidos, animalizado por la floresta, despreciado hasta por

la muerte, masticando tallos, cáscaras, hongos, como bestia herbívora con

la diferencia de que observaba qué clase de pepas comían los micos para

imitarlos.

No obstante, alguna mañana tuvo repentina revelación. Paróse ante una

palmera de «cananguche», que, según la leyenda, describe la trayectoria del

astro diurno, a la manera del girasol. Nunca había pensado en aquel

misterio. Ansiosos minutos estuvo en éxtasis, constatándolo, y creyó

observar el alto follaje moviéndose pausadamente, con el ritmo de una

cabeza que gastara doce horas justas en inclinarse desde el hombro derecho

hasta el contrario. La secreta voz de las cosas le llenó su alma. ¿Sería

cierto que esa palmera, encumbrada en aquel destierro como un índice hacia

el azul, estaba indicándole la orientación? Verdad o mentira, él lo oyó

decir. ¡Y creyó! Lo que necesitaba era una creencia definitiva. Y por el

derrotero del vegetal comenzó a perseguir el propio.

Fue así como al poco tiempo encontró la vaguada del río Tiquié. Aquel caño

de estrechas curvas parecióle rebalse de estancada ciénaga, y se puso a

tirarle hojitas para ver si el agua corría. En esa tarea lo encontraron los

Albuquerques, y, casi a la rastra, lo condujeron al barracón.

—¿Quién es ese espantajo que han conseguido en la cacería? —les preguntaron

los siringueros.

—Un picure que sólo sabe decir: ¡Coutinho!... ¡Peggi!... ¡Souza Machado!...

De allí, al terminar el año, se les fugaba en una canoa para el Vaupés.

Ahora está aquí, sentado en mi compañía, esperando que raye el alba para

que lleguemos a las barracas del Guaracú. Quizás piensa en Yaguanarí, en

Yavaraté, en los compañeros extraviados. «No vaya usted a Yaguanarí», me

aconseja siempre. Yo, recordando a Alicia y a mi enemigo, exclamo colérico:

—¡Iré, iré, iré!

* * *

Al amanecer suscitóse una discusión en que, por fortuna, no perdí el

aplomo. Tratábase de la forma como debíamos demandar la hospitalidad.

Era indudable que la presencia inesperada de cuatro hombres desconocidos

provocaría en los tambos serias alarmas. Uno de nosotros debía arriesgarse

a explorar el ánimo del empresario, para que los demás, que quedarían en

expectativa, con la selva libre, no se expusieran a sufrir irreparable

servidumbre. Al fin se convino en que aquella misión me correspondía; pero

mis compañeros se negaban resueltamente a dejarme ir armado.

Con esta precaución ofendían mi cordura, y, sin embargo, la acepté de

manera tácita. Evidentemente, ciertos actos como que se anticipan a mis

ideas: cuando el cerebro manda, ya mis nervios están en acción. Era bueno

privarme de cualquier medio que pudiera encender mi agresividad; y todo

hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia.

Entregándoles el revólver que tenía al cinto, les repetí mis advertencias:

—Esperadme aquí; si algo grave sucede, escaparé esta misma noche y nos

reuniremos para...

Y partí solo, con el día ya entrado, hacia la vivienda del capataz.

Mientras que marchaba con paso azaroso, empezó a tomar cuerpo mi decisión y

recordé el proyecto del Catire Mesa: asaltar la barraca, apoderarnos del

«tesoro» de don Clemente, coger los víveres que halláramos y huir con el

rumbero por entre los bosques, en busca de las cercanas fuentes del río

Guainía, apercibidos para descenderlo, sin correr contingencias con el

Isana, su tributario.

¿No sería mejor invadir los tambos a plomo y cuchillo? ¿Por qué llegar como

pordiosero a pedir amparo? Me detuve indeciso y miré atrás. Mis camaradas,

sacando las cabezas por entre las frondas, esperaban alguna orden. En otra

situación, les hubiera gritado con ásperas voces: «¡Mentecatos! ¡Para qué

dejan venir los perros!».

Porque Martel y Dólar corrían presurosos sobre mi rastro; y en breve

instante, desesperándome de inquietud, llevaban por las barracas el anuncio

de mi presencia. ¡Imposible retroceder!

Avancé. No creía lo que estaba viendo. ¿Esas pobres ramadas de estilo

indígena eran los tan mentados barracones del Guaracú? ¿Esas viles

casuchas, amenazadas por el rastrojo, podían ser la sede de un sátrapa, que

tenía esclavos y concubinas, señor de los montes y amo de los ríos? Cierto

que los caucheros sólo construyen habitaciones ocasionales y mudan su

residencia de un caño a otro, conforme a la abundancia del siringal; cierto

que el Cayeno, establecido años antes cerca de los raudales del Guaracú,

fue moviéndose Isana arriba, sin cambiarle el nombre a la empresa, hasta

situarse en el istmo de Papunagua para ejercer dominio sobre el Inírida, en

contra de Funes. Pero estas razones no aliviaban mi desencanto ante el mal

aspecto de la cauchería.

Uno de los tambos, a paciencia de sus moradores, estaba casi enmallado por

andariego bejuco de hojas lanudas y calabacitas amarillentas. En el suelo,

espinas de pescado, conchas de armadillo, vasijas de latas carcomidas por

el orín. En sucios chinchorros, tendidos sobre un humazo de tizones que

ahuyentaba zancudos, se aburrían unas mujeres de fístulas hediondas a

yodoformo y pañuelos amarrados en la cabeza. No me sintieron, no se

movieron. Parecíame haber llegado a un bosque de leyenda donde dormitaba la

Desolación.

Fueron mis cachorros los que disiparon el marasmo: en el caney próximo

hicieron chillar a un mico, que amarrado por la cintura, colgábase de un

palo al extremo de la correa. La dueña salió. Gentes enfermas aparecieron.

Por todas partes chicuelos desnudos y mujeres grávidas.

—¿Usted trajo mañoco para vender?

—Sí. ¿El amo está en casa?

—En aquel caney. Dígale que compre. ¡Estamos con hambre!

—¡Mañoco, hay mañoco! ¡De cualquier modo se lo pagamos!

Y con anticipada salivación saboreaban su propio deseo.

El caney del amo no tenía paredes; tabiques de palma dividían los

departamentos. Propiamente carecía de puertas, pero sus huecos se tapaban

con planchas de «chusque». Yo no supe en aquel momento a dónde llamar. Por

encima de la palmicha que le servía de muro a una alcoba, miré hacia

adentro, con sutil sospecha. En una hamaca de floreados flecos fumaba una

mujer vestida de encajes. Era la madona Zoraida Ayram. ¡Y me vio

fisgándola!

—¡Váquiro! ¡Váquiro! ¡Aquí hay un hombre!

No hallé qué decir. Me acerqué a la puerta inmediata. La madona tenía en la

mano un revólver, pequeñito como un juguete. Mis camaradas estarían

observando mis movimientos. El entrar sin sombrero en el barracón era señal

de que el capataz estaba presente. Más tardé yo en pensarlo que él en salir

de la pieza próxima encapsulando la carabina.

—¿Qué quiere «busté»?

—Señor, soy Arturo Cova. Gente de paz.

La madona, como burlándose de sus nervios, dijo con pintoresca

pronunciación, reparando en mí, mientras que guardaba el revólver entre el

corpiño:

—¡Oh, Alá! ¡Lleven a ese mugroso a la cocina!

El Váquiro repuso extendiéndome su cuadrada mano.

—¡Soy Aquiles Vácares, veterano de Venezuela, «guapo» pal plomo y pa

cualquier hombre!

Por lo cual murmuré descubriéndome reverente:

—¡Salud, General!

* * *

El Váquiro ocupó su chinchorro del corredor, con la carabina en las

piernas. Ordenóme que me sentara en el banco próximo. Quedéme perplejo,

pero expliqué mi indecisión con estas razones:

—General, ¿podría ser posible que yo tome asiento al lado de un jefe? Sus

fueros militares me lo prohiben.

—Eso sí es verdá.

El Váquiro era borracho, bizco, gangoso. Sus bigotes, enemigos del beso y

la caricia, se le alborotaban, inexpugnables, sobre la boca, en cuyo

interior la caja de dientes se movía desajustada. En su mestizo rostro

pedía justicia la cicatriz de algún machetazo, desde la oreja hasta la

nariz. Por el escote de su franela irrumpía del pecho un reprimido bosque

de vello hirsuto, tan ingrato de emanaciones como abundante en sudor

termal. Su cinturón de cuero curtido se daba pretensiones de muestrario

bélico: cuchillo, puñal, cápsulas, revólver. Vestía pantalones de kaki

sucio y calzaba cotizas sueltas, que, al moverse, le palmoteaban bajo los

talones.

—¿Cómo hizo busté para adivinar los grados que tengo?

—Un veterano tan eminente debe haber recorrido el escalafón.

—¿El qué?

—El escalafón.

—Dígame: ¿y en Colombia suena mi nombre?

—¿Quién no ha oído nombrar al «valiente Aquiles»?

—Eso sí es verdá.

—¡Paladín homérida!

—Le advierto que no soy de Mérida sino de Coro.

En ese momento, en grupo acezante, aparecieron mis camaradas, desarmados,

en la extremidad del corredor. El Váquiro, sospechoso, se mantuvo en pie.

Hice una modesta presentación.

—Señor General, éstos son compañeros míos.

Los tres, sin acercarse, murmuraron confusos:

—¡Señor General!... ¡Señor General!

Comprendí que era tiempo de improvisar un discurso lírico para que el

Váquiro se calmara. Tergiversé las instrucciones de don Clemente. Pronto

adquirió mi lengua un tono irresistible de convicción. Yo mismo me admiraba

de mi inventiva, riendo, por dentro, de mi propia solemnidad.

Eramos barraqueros del río Vaupés y residíamos en una zona equidistante de

Calamar y de la confluencia del Itilla y el Unilla. Trabajábamos en mañoco,

siringa y tagua. Teníamos en Manaos un cliente espléndido, la casa Rosas,

en cuyo poder me quedaba un ahorro de unas mil libras, que representaba mi

trabajo de penosos meses como productor y comisionista.

Al decir esto, noté que la madona ponía cuidado a mi relato, porque dejó de

sonar la hamaca en el cuarto próximo. Este detalle me produjo cierta

zozobra y viré de rumbo en mis fantasías.

—Señor General, por desgracia, el Vaupés nos opone raudales pérfidos; y

perdimos en un «trambuque», en el correntón de Yavaraté, nuestra cosecha de

ahora tres años.

Y repetí intencionalmente:

—En el propio raudal de Yavaraté, contra las raíces de un jacarandá.

La madona asomó a la puerta, llenando con su figura quicio y dintel. Era

una hembra adiposa y agigantada, redonda de pechos y de caderas. Ojos

claros, piel láctea, gesto vulgar. Con sus vestidos blancos y sus encajes

tenía la apariencia de una cascada. Luengo collar de cuentas azules se

descolgaba desde su seno, cual una madreselva sobre una cima. Sus brazos,

resonantes por las pulseras y desnudos desde los hombros, eran pulposos y

satinados como dos cojincillos para el placer, y en la enjoyada mano tenía

un tatuaje que representaba dos corazones atravesados por un puñal.

¡Entretanto que miraba, absolví mentalmente tu inexperiencia, desventurado

Luciano Silva, y adiviné el desenlace de tu pasión!

—¿Cuáles son los muchachos que conocen el río Vaupés? —preguntó regando en

la atmósfera el cálido perfume de su abanico.

—Los cuatro, señora.

—¿Y el afiliado a la casa Rosas? ¿El comisionista?

—Su admirador.

—¿A cómo le ordenaron pagar el caucho?

—El de primera, a un conto de reis. Poco más o menos a trescientos pesos.

—¿No te lo dije, Váquiro, que no se puede pagar a más?

—¡Mire: no le permito apodarme así! Dígame por mi nombre: ¡General Vácares!

Aprenda del joven Cova, que sí sabe tratar a los jefes.

—Nada tengo que ver con nombres y títulos. Devuélvame mi plata o páguemela

en caucho, a razón de trescientos pesos, menos el flete, porque yo no viajo

de balde. ¡Lo demás me importa un comino!

—¡No sea grosera!

—¡Pues entonces no sea tramposo, no sea canalla, ni tal por cual! Sepa que

a las damas se les atiende con guante blanco. Aprenda también de este

caballero, que me ha dicho «su admirador».

—Calma, mi señora; calma, General.

El sofocado jefe ordenóme con gesto heroico:

—¡Vámonos pa juera, onde no nos vengan a interrumpir!

Al despedirme de la madona hice una profunda reverencia.

* * *

—Y como le decía, la casa Rosas me ordenó que en lo sucesivo esquiváramos

el Vaupés y por Caño Grande descendiéramos al Inírida, hacia San Fernando

del Atabajo, donde podíamos consignarle al Gobernador los productos que

consiguiéramos, pues era agente suyo y tenía el encargo de remitírselos,

por el Orinoco, a la isla de Trinidad.

—¡Chicos! ¿Y no sabían que a Pulido lo asesinaron?

—General, vivimos en el limbo de los desiertos...

—Pues lo descuartizaron, por robarle lo que tenía y por coger la

Gobernación.

—¡El coronel Funes!...

—¡Qué coronel! ¡Está degradado! ¡Escupa ese nombre! ¡Cuidao con volverlo a

mentar aquí!

Y por darme ejemplo, dejó caer ancha saliva y la refregó con los

calcañales.

—Señor General, yo fui precavido: le hice saber a la casa Rosas que en

ningún caso respondería por los accidentes que la nueva ruta ocasionara; y,

aprobada esta base, dejamos nuestras barracas hace ya dos meses, cargados

de mañoco, sarrapia y goma. ¡Pero el Inírida es tan envidioso como el

Vaupés, y al llegar a la boca del Papunagua perdimos todo! ¡Hemos venido

por entre el monte, en el colmo de la miseria, a pedir amparo!

—¿Y qué será lo que busté quiere?

—Que me tripulen una canoa para enviar un correo a Manaos, a llevar el

aviso de la catástrofe y a traer dinero, sea de la caja de nuestro cliente,

sea de mi cuenta; y que nos den posada a los cuatro náufragos hasta que

regrese tal expedición.

—¡No tenemos marina..., estamos escasísimos de mañoco!

—Déme usted un boga conocedor y el mulato Correa se irá con él. Pagaremos

lo que se nos pida. Los jefes no conocen dificultades.

—¡Eso sí es verdá!

La madona, que oía este diálogo, me llamó aparte:

—Caballero, yo le podría vender un boga que es mío.

—¡No interrumpa busté! ¡Déjenos conversar!

—¿Es que acaso no es mío el rumbero Silva? ¿No les probé que era el picure

del personal de Yaguanarí? ¿No saben que Pezil no me lo pagó?

—Señora, si usted desea... Si el General no me lo prohibe...

—¡Qué General! ¡Éste no es el que manda sino el Cayeno! Éste es un pobre

diablo que fanfarronea de administrador.

—¡No sea deslenguada! ¡Le voy a probar que sí tengo mando: joven, puede

contar con la embarcación!

—¡Gracias! ¡Gracias! En cuanto al boga, si la señora me vende el picure, si

me acepta un giro sobre Manaos...

—¿Y qué me da en prenda mientras lo pagan?

—Nuestras personas.

—¡Oh, no! ¡Eso no! ¡Alá!

—No me sorprende la desconfianza. Es verdad que nuestras figuras nos

contradicen la solvencia: descalzos, astrosos, necesitados. Sólo aspiro a

poner en manos de ustedes cuanto poseemos. Escojan el personal que ha de

realizar la comisión. Lo indispensable es que salga pronto con nuestras

cartas y tenga cuidado con los valores y mercancías que solicitamos y que

ustedes mismos recibirán: drogas, vituallas, y especialmente algunos

licores, porque conviene alegrar la vida en este desierto.

—Eso sí es verdá.

Cuando la madona, pensativa, nos dejó solos, le rogué al jefe:

—¡Júreme, General, que contaremos con su valía!

—Joven, poco me gusta jurar en cruz, porque soy ateo. ¡Mi religión es la de

la espada!

Y llevando la diestra al cinto, como garantía de su juramento, murmuró

solemne:

—¡Dios y Federación!

* * *

Al atardecer la madona reapareció. Por frente a la ramada que nos destinó

el Váquiro, me hizo el honor de pasear su tedio, cubierta con un velo de

gasa nívea que la defendía de los «jejenes».

Junto al fogón ocioso bostezábamos en silencio, esperando a los pescadores

que fueron al río a conseguir la cena. Franco vació mañoco del bolsillo y

lo comíamos a puñados, cuando reparamos en la mujer. Al verla, volví la

cara a otro lugar, con el sombrero sobre la frente, avergonzado de la

miseria en que me hallaba.

—¿Me está mirando?

—Mucho, pero aparenta disimular.

—¿Se fue?

—Les está haciendo cariños a los perros.

—Déjate de observarla porque se acerca.

—¡Ya viene! ¡Ya viene!

Levanté el rostro para afrontarla, y la vi venir hollando las yerbas,

blanca, entre la penumbra semilunar. Pasó junto a mí, saludándome con la

mano, y envolvió este reproche en una sonrisa:

—¡Caramba! Estamos esquivos. ¡No hay como tener saldo en la casa Rosas!

Mudo, la vi alejarse hacia su caney, cuando Franco me sacudió:

—¿Oíste? Ya está intrigada por el dinero. ¡Hay que conquistarla

inmediatamente!

—¡Sí! A ver si vuelve a decirme «mugroso». ¡Caerá! ¡Caerá! ¡El desprecio de

una mujer no tiene perdón! ¡Mugroso! Esta noche lavaremos nuestros vestidos

y los secaremos a la candela. Mañana...

La turca extendió en el patio su silla portátil y se reclinó bajo los

luceros a respirar fragancias del monte. Aquella actitud no tenía más fin

que el de fascinarme, aquellos ojos dirigidos a las alturas querían que los

contemplara, aquel pensamiento que fingía vagar en la noche estaba

conspirando contra mi reposo. ¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra

bestial y calculadora, sedienta de provechos, me vendía su tentación!

Observándola de reojo, comencé a sentir la agresividad que precede a los

desafíos. ¡Mujer singular, mujer ambiciosa, mujer varonil! Por los ríos más

solitarios, por las correntadas más peligrosas, atrevía su batelón en busca

de los caucheros, para cambiarles por baratijas la goma robada,

exponiéndose a las violencias de toda suerte, a la traición de sus propios

bogas, al fusil de los salteadores, deseosa de acumular centavo a centavo

la fortuna con que soñaba, ayudándose con su cuerpo cuando el buen éxito

del negocio lo requería. Por hechizar a los hombres selváticos ataviábase

con grande esmero, y al desembarcar en los barracones, limpia, olorosa,

confiaba la defensa de sus haberes a su prometedora sensualidad.

¡Cuántas noches como ésta, en desiertos desconocidos, armaría su catre

sobre las arenas todavía calientes, desilusionada de sus esfuerzos, ansiosa

de llorar, huérfana de amparo y protección. Tras el día sofocante, cuyo sol

retuesta la piel y enrojece los ojos con doble llama al quebrarse en la

onda fluvial, la sospecha nocturna de que los bogas van a disgusto y han

concebido algún plan siniestro; tras el suplicio de los mosquitos, el

tormento de los zancudos, la cena mezquina, el rezongo del temporal, la

borrasca encendida y vertiginosa! ¡Y aparentar confianza en los marineros

que quieren robarse la embarcación, y relevarlos en la guardia, y

aguantarles refunfuños y malos modos, para que al alba continúe el viaje,

hacia el raudal que prohibe el paso, hacia las lagunas donde el gomero

prometió entregar un kilo de goma, hacia los ranchos de los deudores que

nunca pagan y que se ocultan al divisar la nave tardía!

Así, continuando el éxodo repetido, al monótono chapoteo de los canaletes,

debió de medir la inmensa distancia que hay entre la miseria y el oro

espléndido. Sentada sobre los fardos, en la proa del batelón, al abrigo de

su paraguas, repasaría en la mente sus cuentas, confrontando deudas e

ingresos, viendo impaciente cómo pasaba un año tras otro sin dejarle en las

manos valiosa dádiva, igual a esos ríos que donde confluyen sólo arrojan

espumas en el arenal. Quejosa de la suerte, agravaría su decepción al

pensar en tantas mujeres nacidas en la abundancia, en el lujo, en la

ociosidad, que juegan con su virtud por tener en qué distraerse, y que

aunque la pierdan siguen con honra, porque el dinero es otra virtud. Y

ella, uncida al yugo de la pobreza, luchando a brazo partido para comprar

el descanso de la vejez, y volver a su tierra, que le negó todos los

placeres, menos el de quererla, el de recordarla. Quizás tendría madre a

quien mantener, hermanos que educar, deudas sagradas que redimir. Y por eso

la forzaría la necesidad a pulir su rostro, ataviar su cuerpo, refinar su

labia, para que los artículos adquirieran categoría; los cobros, provecho;

las ofertas, solicitud.

Esto pensaba yo con juicio romántico, desposeído de encono, viéndola

ingeniarse por adquirir imperio sobre mi ser. ¿Ambicionaba mi oro o mi

juventud? Bien podía escoger lo que le placiera. En aquel momento sentía

por ella la solidaridad de los desgraciados. Su alma, endurecida por el

comercio, debía pagar tributo a la pesadumbre y a la ilusión, aunque sus

ambiciones fueran siempre vulgares. Quizás, como yo, del amor humano sólo

conocería la pasión sexual, que no deja lágrimas sino tedio. ¿Alguien

habría rendido su corazón? Pareció no acordarse de Lucianito cuando, al

mencionar al Yavaraté, hice veladamente la evocación de la sepultura. Acaso

otros pesares constituirían el patrimonio de su dolor, pero era seguro que

su maciza femineidad no vivía insensible a las sugestiones espirituales:

sus grandes ojos denuncian a ratos una congoja sentimental, que parece

contagiada por la tristeza de los ríos que ha recorrido, por el recuerdo de

los paisajes que no ha vuelto a ver.

Lentamente, dentro del perímetro de los ranchos, empezó a flotar una

melodía semirreligiosa, leve como el humo de los turíbulos. Tuve la

impresión de que una flauta estaba dialogando con las estrellas. Luego me

pareció que la noche era más azul y que un coro de monjas cantaba en el

seno de las montañas, con acento adelgazado por los follajes, desde

inconcebibles lejanías. Era que la madona Zoraida Ayram tocaba sobre sus

muslos un acordeón.

Aquella música de secreto y de intimidad daba motivo a evocaciones y a

saudades. Cada cual comenzó a sentir en su corazón que lo interrogaba una

voz conocida. Varias mujeres con sus chicuelos vinieron a acurrucarse junto

a la tañedora. Paz, misterio, melancolía. Elevado en pos del arpegio, el

espíritu se desligaba de la materia y emprendía fabulosos viajes, mientras

el cuerpo se quedaba inmóvil, como los vegetales circunvecinos.

Mi psiquis de poeta, que traduce el idioma de los sonidos, entendió lo que

aquella música les iba diciendo a los circunstantes. Hizo a los caucheros

una promesa de redención, realizable desde la fecha en que alguna mano

(ojalá fuera la mía) esbozara el cuadro de sus miserias y dirigiera la

compasión de los pueblos hacia las florestas aterradoras; consoló a las

mujeres esclavizadas, recordándoles que sus hijos han de ver la aurora de

la libertad que ellas nunca miraron, e individualmente nos trajo a todos el

don de encariñarnos con nuestras penas por medio del suspiro y de la

ensoñación.

En breves minutos volví a vivir mis años pretéritos, como espectador de mi

propia vida. ¡Cuántos antecedentes indicadores de mi futuro! ¡Mis riñas de

niño, mi pubertad agreste y voluntariosa, mi juventud sin halagos ni amor!

¿Y quién me conmovía en aquel momento hasta ablandarme a la mansedumbre y

desear tenderles los brazos, en un ímpetu de perdón, a mis enemigos?

¡Tal milagro lo realizaba una melodía casi pueril! ¡Indudablemente, la

madona Zoraida Ayram era extraordinaria! Intenté quererla, como a todas,

por sugestión. ¡La bendije, la idealicé! Y recordando las circunstancias

que me rodeaban, lloré por ser pobre, por andar mal vestido, por el sino de

la tragedia que me persigue.

* * *

Franco fue a despertarme por la mañana y encontró el chinchorro vacío.

Corrió luego al caño donde yo cumplía mi ablución matinal y me dio esta

noticia despampanante:

—¡Vístete ligero, que la madona va a proponerte una transacción!

—¡Mis ropas están húmedas todavía!

—¿Qué importa? ¡Hay que aprovechar! Ella salió del baño al amanecer, y ya

nos hizo un presente regio: galletas, café, dos potes de atún. Quiere

hablar contigo, ahora que estamos solos, pues el Váquiro se marchó desde

temprano a vigilar a los siringueros y sólo volverá de tardecita.

—¿Y qué quiere decirme?

—Que la prefieras en el negocio. Que si pides dinero para comprar caucho,

le tomes al Cayeno todo el que tenga en estos depósitos, a ver si él le

paga lo que le está debiendo. ¡Aprisa, vamos!

La madona, en el patio, conversaba animadamente con el Mulato y el Catire,

mostrándoles los encajes y los dedos, cual si quisiera instarlos a

desmayarse de admiración.

—Es un muestrario andante, —advirtióme Franco— nos propone que le compremos

telas, sortijas, joyas, semejantes a las que usa o de mejor laya. Dice que

llegó sola en una curiara, tripulada por tres naturales, y que dejó su

lancha en el caserío de San Felipe, en pleno Río Negro, porque el alto

Isana es intransitable. ¿Pero dónde tiene la mercancía que nos ofrece?

Podría yo jurar que su batelón está escondido en alguna ciénaga, por temor

de que puedan desvalijarlo, y que gentes adictas la esperan allí.

Al calor de la siesta, resolví presentármele a la mujer en su propia

alcoba, sin anunciarme, repensando un discurso preparado y con cierta

emoción que aumentaba mi palidez. La sorprendí aspirando su cigarrillo en

boquilla de ámbar, tendida en la hamaca soporosa, un pie sobre el otro, y

el ruedo de la falda barriendo el suelo en tardo compás. Al verme, logró

sentarse, con fingido disgusto de mi imprudencia, ajustóse la blusa

desabrochada, y, observándome, enmudeció.

Entonces, con ilusoria teatralidad, que, por cierto, fue muy sincera,

murmuré bajando los ojos:

—No repares, señora, en mis pies descalzos, ni en mis remiendos, ni en mi

figura; mi porte es la triste máscara de mi espíritu, mas por mi pecho

pasan todas las sendas para el amor.

Me bastó una mirada de la madona para comprender mi equivocación. Tampoco

entendía la necesidad de mi rendimiento, cuando hubiera podido darle a mi

ánima, ansiosa de un afecto cualquiera, las orientaciones definitivas;

tampoco supo velarse con el espíritu para hacerme olvidar la hembra ante la

mujer.

Disgustado por mi ridículo, me senté a su lado, decidido a vengarme de mi

estupidez, y tendiéndole el brazo sobre los hombros la doblé contra mí,

bruscamente, y mis dedos tenaces le quedaron impresos en la piel.

Arreglándose las peinetas, protestó anhelante:

—¡Estos colombianos son atrevidos!

—¡Sí, pero en empresas de mucha monta!

—¡Quieto! ¡Quieto! ¡Déjame reposar!

—¡Eres insensible como tus cabellos!

—¡Oh! ¡Alá!

—Te besé la cabeza y no sentiste.

—¡Para qué!

—¡Cual si hubiera besado tu inteligencia!

—¡Oh, sí!

Durante un momento quedóse inmóvil, menos pudorosa que alarmada, sin

mirarme ni protestar. De repente, se puso en pie.

—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!

—¡Nunca se equivoca mi corazón!

Y diciendo esto, le mordí la mejilla, una sola vez, porque en mis dientes

quedó un saborcillo de vaselina y polvos de arroz. La madona, estrechándome

contra su seno, prorrumpió llorosa:

—¡Ángel mío, prefiéreme en el negocio! ¡Prefiéreme!

¡Lo demás fue cuenta mía!

* * *

Hasta diez chiquillos panzudos me cercaron con sus totumas, gimoteando un

ruego enseñado por sus mamás, quienes en corrillo famélico los instigaban

desde otro caney, ayudándoles con los ojos en la súplica mendicante:

—¡Mañoco, ay, mañoco!

Entonces, la madona Zoraida Ayram, con su mano usurera y blanca, que aún

tenía la agitación de las últimas sensaciones, quiso demostrar su

munificencia y obtener mi aplauso: ejerciendo derechos de ama de casa,

franqueó la despensa a los pedigüeños y les ordenó colmar sus vasijas hasta

saciarse. Abalanzáronse los muchachos sobre el mapire, como chisgas sobre

el trigal, cuando, de súbito, una vieja envidiosa los alarmó con estas

palabras:

—¡Uiií! ¡Güipas! ¡El viejo!

Y la turba despavorida desbandóse con tal precipitación que algunos cayeron

derramando el afrecho precioso, pese a lo cual, los más listos recogieron

del suelo varios puñados y lleváronlos a la boca con tierra y todo.

El «espanto» de aquellos párvulos era el rumbero Clemente Silva, que,

habiendo ido a pescar, regresaba con las redes ineficaces. Grave recelo

sienten ante el anciano, con quien los asustan desde que salen de la

lactancia, enseñándoles que, cuando crezcan, va a extraviarlos en el centro

de los rebalses, bajo siringales oscurecidos, donde la selva habrá de

tragárselos.

La arisca timidez de los indiecitos crece al influjo de grotescas

supersticiones. Para ellos el amo es un ser sobrenatural, amigo del

«maguare», es decir, el diablo, y por eso los montes le prestan ayuda y los

ríos le guardan los secretos de sus violencias. Ahí está la isla del

«Purgatorio», en donde han visto perecer, por mandato del capataz, a los

caucheros desobedientes, a las indias ladronas, a los niños díscolos,

amarrados a la intemperie en total desnudez, para que los zancudos y los

murciélagos los ajusticien. Semejante castigo amedrenta a los pequeñuelos,

y antes de cumplir cinco años de edad salen a los cauchales, en la

cuadrilla de las mujeres, y con miedo al patrón, que los obliga a picar los

troncos, y con miedo a la selva, que debe odiarlos por su crueldad. Siempre

anda con ellos algún hachero que les derriba determinado número de árboles,

y es de verse, entonces, cómo, en el suelo, torturan al vegetal, hiriéndole

ramas y raíces con clavos y puyas, hasta extraerle la postrera gota de

jugo.

—¿Qué opina usted, don Clemente, de estos rapaces?

—Que en mí le tienen miedo a su porvenir.

—Pero usted es hombre de buen agüero. Compare nuestros temores de hace dos

días con la tranquilidad de que gozamos.

Así dije; y pensando en nuestra pronta separación, nos arrepentimos

íntimamente de haber hablado, y enmudecimos, procurando que nuestros ojos

no se encontraran.

—¿Hoy ha conferenciado con mis compañeros?

—Como amanecimos pescando, estarán durmiendo la siesta.

—¡Vamos a verlos!

Y cuando pasamos ante un caney, cercano al río, vi un grupo de niñas de

ocho a trece años, sentadas en el suelo, en círculo triste. Vestían todas

chingues mugrientos, terciados en forma de banda y suspendidos por sobre el

hombro con un cordón, de suerte que les quedaban pecho y brazo desnudos.

Una espulgaba a su compañera, que se le había dormido sobre las rodillas;

otras preparaban un cigarrillo en una corteza de «tabarí», fina como papel;

ésta, de cuando en cuando, mordía con displicencia un caimito lechoso;

aquélla, de ojos estúpidos y greñas alborotadas, distraía el hambre de una

criatura que le pataleaba en las piernas, metiéndole el meñique entre la

boquita, a falta del pezón ya exhausto. ¡Nunca veré otro grupo de más

infinita desolación!

—Don Clemente, ¿qué se quedan haciendo estas indiecitas mientras tornan sus

padres a la barraca?

—Éstas son las queridas de nuestros amos, se las cambiaron a sus parientes

por sal, por telas y cachivaches o las arrancaron de sus bohíos como

impuesto de esclavitud. Ellas casi no han conocido la serena inocencia que

la infancia respira, ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro de cargar

agua o el hermanito sobre el cuadril. ¡Cuán impuro fue el holocausto de su

trágica doncellez! Antes de los diez años, son compelidas al lecho, como a

un suplicio; y descaderadas por sus patronos, crecen entecas, taciturnas,

¡hasta que un día sufren el espanto de sentirse madres, sin comprender la

maternidad!

Mientras íbamos caminando, estremecidos de indignación, observé un

semitecho de «mirití», sostenido por dos horcones, de los cuales pendía un

chinchorro misérrimo, donde descansaba un sujeto joven de cutis ceroso y

aspecto extático. Sus ojos debían tener alguna lesión porque los velaba con

dos trapillos amarrados sobre la frente.

—¿Cómo se llama aquel individuo que se tapó la cara con la cobija, como

disgustado por mi presencia?

—Un paisano nuestro. Es el solitario Esteban Ramírez, que tiene la vista a

medio perder.

Entonces, acercándome al chinchorro y descubriéndole la cabeza, le dije con

voz tenue y emocionada:

—¡Hola, Ramiro Estévanez! ¿Crees que no te conozco?

Un singular afecto me ligó siempre a Ramiro Estévanez. Hubiera querido ser

su hermano menor. Ningún otro amigo logró inspirarme aquella confianza que,

manteniéndose dignamente sobre la esfera de lo trivial, tiene elevado

imperio en el corazón y en la inteligencia.

Siempre nos veíamos, nunca nos tuteábamos. Él era magnánimo; impulsivo, yo.

Él, optimista; yo, desolado. Él, virtuoso y platónico; yo, mundano y

sensual. No obstante, nos acercó la desemejanza, y, sin desviar innatas

inclinaciones, nos completábamos en el espíritu, poniendo yo la

imaginación, él la filosofía. También, aunque distanciados por las

costumbres, nos influimos por el contraste. Pretendía mantenerse incólume

ante la seducción de mis aventuras, pero al censurármelas lo inundaba

cierta curiosidad, una especie de regocijo pecaminoso por los desvíos de

que lo hizo incapaz su temperamento, sin dejar de reconocerles vital

atractivo a las tentaciones. Creo que, por encima de sus consejos, más de

una vez hubiera cambiado su temperancia por mis locuras. De tal suerte

llegué a habituarme a comparar nuestros pareceres, que ya en todos mis

actos me preocupaba una reflexión: ¿Qué pensará de esto, mi amigo mental?

Amaba de la vida cuanto era noble: el hogar, la patria, la fe, el trabajo,

todo lo digno y lo laudable. Arca de sus parientes, vivía circunscripto a

su obligación, reservándose para sí los serenos goces espirituales y

conquistando de la pobreza el lujo real de ser generoso. Viajó, se

instruyó, comparó civilizaciones, comprendió a hombres y mujeres, y por

todo aquello, adquirió después una sonrisilla sardónica, que tomaba relieve

cuando ponía en sus juicios la pimienta del análisis y en sus charlas la

coquetería de la paradoja.

Antaño, apenas supe que galanteaba a cierta beldad de categoría, quise

preguntarle si era posible que un joven pobre pensara compartir con otra

persona el pan escaso que conseguía para sus padres. Nada le traté a fondo

porque me interrumpió con frase justa: «¿No me queda derecho ni a la

ilusión?».

Y la loca ilusión lo llevó al desastre. Tornóse melancólico, reservado, y

acabó por negarme su intimidad. Con todo, algún día le dije por indagarlo:

«Quiera el destino reservarle mi corazón a cualquier mujer cuya parentela

no se crea superior, por ningún motivo, a mi gente». Y me replicó: «Yo

también he pensado en ello. ¿Pero qué hacer? ¡En esa doncella se detuvo mi

aspiración!».

Al poco tiempo de su fracaso sentimental no lo volví a ver. Supe que había

emigrado a no sé dónde, y que la fortuna le fue risueña, según lo

predicaban, tácitamente, las relativas comodidades de su familia. Y ahora

lo encontraba en las barracas de Guaracú, hambreado, inútil, usando otro

nombre y con una venda sobre los párpados.

Gran desconcierto me produjo su pesadumbre, y, por compasiva delicadeza, no

me atreví a inquirir detalle ninguno de su suerte. En vano esperé a que

iniciara la confidencia. El tal Ramiro estaba cambiado; ni un apretón, ni

una palabra cordial, ni un gesto de regocijo por nuestro encuentro, por

todo ese pasado que en mí renacía y en el cual poseíamos partes iguales. En

represalia, adopté un mutismo glacial. Después, por mortificarlo, le dije

secamente:

—¡Se casó! Sí, ¿sabías que se casó?

Al influjo de esta noticia resucitó para mi amistad un Ramiro Estevánez

desconocido, porque en vez del suave filósofo apareció un hombre mordaz y

amargo, que veía la vida tal como es por ciertos aspectos. Asiéndome de la

mano interrogó:

—¿Y será verdadera esposa, o sólo concubina de su marido?

—¿Quién lo podrá decir?

—Claro que ella posee virtudes para ser la esposa ideal de que nos habla el

Evangelio; pero unida a un hombre que no la pervirtiera y «encanallara».

Entiendo que el suyo es uno de tantos como conozco, viudos de mancebía,

momentáneos, desertores de los burdeles, que se casan por vanidad o por

interés, hasta por adquirir hembra de alcurnia a beneplácito de la

sociedad. Pero pronto la depravan y la relegan, o en el santuario del hogar

la convierten en meretriz, pues su ardor marital ya no prospera sino

reviviendo prácticas de prostíbulo.

—¿Y eso qué importa? Con tal de llevar apellido ilustre que se cotice en el

gran mundo...

—¡Bendito sea Dios, porque aún existe la candidez!

Esta frase me hizo la impresión de un alfilerazo en mi epidermis de hombre

corrido. Y me di a acechar el momento de probarle a Estévanez que yo

también entendía de mordacidad; pero la ocasión no se presentaba y él

expuso:

—A propósito de apellidos, recuerdo cierta anécdota de un ministro, de

quien fui escribiente. ¡Qué ministro tan popular! ¡Qué despacho tan

visitado! Pronto me di cuenta de un fenómeno paradójico: los aspirantes

salían sin gangas, pero rebosaban de orgullo prócer. Una vez penetraron en

la oficina dos caballeros de punta en blanco, elegantes de oficio,

profesores de simpatía en garitos y salones. El ministro, al tenderles la

mano, puso atención a sus apellidos.

“—Yo soy Zárraga —dijo uno.

»—Yo soy Cómbita —murmuró el otro.

»—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Cuánto honor, cuánto gusto! ¡Ustedes son descendientes

de los Zárragas y de los Cómbitas!

”Y cuando salieron, le pregunté a mi augusto jefe:

»—¿Quiénes son los antepasados de estos señorones, cuya prosapia arrancó a

usted un elogio tan espontáneo?

»—¿Elogio? ¡Qué sé yo! ¡Mi pleitesía fue de simple lógica: si el uno es

Cómbita y el otro es Zárraga, sus respectivos padres llevarán esos

apellidos! ¡Nada más!».

Porque Ramiro no advirtiera que su talento provocaba mi admiración,

aparenté displicencia ante sus palabras. Quise tratarlo como a pupilo,

desconociéndolo como a mentor, para demostrarle que los trabajos y

decepciones me dieron más ciencia que los preceptores de filosofismo, y que

las asperezas de mi carácter eran más a propósito para la lucha que la

prudencia débil, la mansedumbre utópica y la bondad inane. Ahí estaban los

resultados de tan grande axioma: entre él y yo, el vencido era él.

Retrasado de las pasiones, fracasado de su ideal, sentiría el deseo de ser

combativo, para vengarse, para imponerse, para redimirse, para ser hombre

contra los hombres y rebelde contra su destino. Viéndolo inerme, inepto,

desventurado, le esbocé con cierta insolencia mi situación para

deslumbrarlo con mi audacia:

—Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por estas selvas?

—La energía sobrante, la búsqueda de El Dorado, el atavismo de algún abuelo

conquistador...

—¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar al que la tenga!

—Mal te cuadra el penacho rojo de Lucifer.

—¿Pero no crees acaso en mi decisión?

—¿Y la tal mujer merece la pena? Si es como la madona Zoraida Ayram...

—¿Sabes algo?

—Me pareció que entrabas en su caney...

—¿De modo que tus ojos no están perdidos?

—Todavía no. Fue una incuria mía, mientras fumigaba un bolón de goma.

Prendí fuego, y, al taparlo con el embudo que se habilita de chimenea, una

rama rebelde que chirriaba quemándose me lanzó al rostro un chorro de humo.

—¡Qué horror! ¡Como si se tratara de una venganza contra tus ojos!

—¡En castigo de lo que vieron!

* * *

Esta frase fue para mí una revelación; Ramiro era el hombre que, según don

Clemente Silva, presenció las tragedias de San Fernando del Atabapo y solía

relatar que Funes enterraba la gente viva. Él había visto cosas

extraordinarias en el pillaje y la crueldad, y yo ardía por conocer

detalles de esa crónica pavorosa.

Hasta por ese aspecto Ramiro Estévanez resultaba interesantísimo; y como,

al parecer, reaccionaba contra el divorcio de nuestra fraterna intimidad,

fuese amenguando en mi corazón el resentimiento y empezamos a hacer el

canje de nuestras desdichas, refiriéndolas a grandes rasgos. Aquel día no

cambiamos palabra sobre la tiranía del coronel Funes, porque Ramiro no

cesaba de hacerme el inventario de sus cuitas, como urgido de protección.

Lo que más me dolió de cuanto contaba fueron las inauditas humillaciones a

que dio en someterlo un capataz a quien llamaban el Argentino, por decirse

oriundo de aquel país. Este hombre, odioso, intrigante y adulador, les

impuso a los siringueros el tormento del hambre, estableciendo la práctica

insostenible de pagar con mañoco la leche del caucho, a razón de puñado por

litro. Había llegado a las barracas del Guaracú con unos prófugos del río

Vestuario, y, queriendo vendérselos al Cayeno, convirtióse en explotador de

sus propios amigos, forzándolos con el foete a trabajos agobiadores, para

demostrar la pujanza física de los cuitados y exigir por ellos óptimo

precio. Gerenciaba también el zarzo de las mujeres, premiando con sus

cuerpos avejentados la abyección de ciertos peones y a fuerza de mala

índole ganóse el ánimo del Cayeno, hasta posponer al Váquiro mismo, que lo

odiaba y reñía.

En el preciso instante que relataba Ramiro Estévanez tan torpes abusos,

principió a llegar a los tambos la desolada fila de caucheros, con los

tarros de goma líquida y las ramas verdes del árbol «massaranduba», que

prefieren para fumigar porque produce humo denso. Mientras unos guindaban

sus chinchorros para tenderse a sudar la fiebre o a lamentarse del beriberi

que los hinchaba, otros prendían fuego, y las mujeres amamantaban a sus

criaturas, que no les daban tiempo para quitarse de la cabeza las tinajas

rebosantes de jugo.

Llegó con ellos y con el Váquiro un individuo que usaba abrigo impermeable

y esgrimía en los dedos un latiguillo de balatá. Hizo limpiar una gran

vasija y se puso a medir con una totuma la leche que cada gomero presentaba

atortolándolos con insultos, con amenazas y reclamos, y mermándoles el

mañoco a que tenían derecho para cenar.

—Mira —exclamó temblando Ramiro—. ¡Mi hombre es aquel sujeto del

impermeable!

—¡Cómo! ¿Ése que me observa por bajo el ala del sombrero? ¡No hay tal

argentino. Ése es el famoso «Petardo Lesmes», popularísimo en Bogotá!

Al sentirse objeto de mi atención, multiplicaba las reprensiones y

trajinaba de aquí y de allí, como para que yo quedara lelo ante sus

portentosas actividades de hombre de empresa y me diera cuenta de lo

difícil que me sería contentar al futuro patrón. Dándoselas de afanoso y

ocupadísimo, marchó hacia mí, fingiendo escribir, mientras caminaba, en una

libreta, para tener pretexto de atropellarme.

—Amigo, ¿el nombre de usted? ¿Los informes de su cuadrilla?

Picado por la insolencia del fantoche, volví la cara hacia los caucheros y

respondí por soflamarlo:

—Soy de la cuadrilla de los «pepitos». Los envidiosos que me conocieron en

Bogotá me apodaron el «Petardo Lesmes», aunque hace tiempo que no les pido

nada, pese a los desembolsos que ocasiona la sociedad. Preferiría empeñar

mi argolla de compromiso en cubículos y trastiendas, aun a riesgo de que lo

supiera mi prometida, con tal de ser munífico, cual lo requiere mi posición

social. Ocupé mis ratos de estudio en dirigir anónimos a mis primas contra

sus pretendientes que no eran ricos o que no eran «chic». Alegré corrillos

de esquinas señalando con dedo cínico a las mujeres que desfilaban,

calumniándolas en mil formas, para acreditar mi cartel de perdonavírgenes.

Fui cajero de la Junta de Crédito Distrital, por llamamiento unánime de sus

miembros. Los cien mil dólares del alcance no salieron todos en mi maleta:

me dieron únicamente el quince por ciento. Acepté la designación con previo

acuerdo de firmar recibo por un caudal que ya no existía. Palabra dada,

palabra sagrada. Al principio tuve vagos escrúpulos de inexperto, pero la

Junta me decidió. Recordóme el ejemplo de tanto «pisco» que saquea con

impunidad habilitaciones, bancos, pagadurías, sin menoscabar su buena

reputación. Fulano de tal falsificó cheques: Zutano adulteró cuentas y

depósitos, Perencejo se puso por la derecha un sueldo adecuado a su

categoría de novio elegante, en lo cual procedió muy bien, pues no es justo

ni humano trajinar con talegas y mazos de billetones, padeciendo

necesidades, con el suplicio de Tántalo día por día, y ser como el asno que

marcha hambriento llevando la cebada sobre su lomo. Vine por aquí mientras

olvidan el desfalco; tornaré presto, diciendo que andaba por Nueva York, y

llegaré vestido a la moda, con abrigo de pieles y zapatos de caña blanca, a

frecuentar mis relaciones, mis amistades, y a obtener otro empleo

fructuoso. ¡Éstos son los informes de mi cuadrilla!

Así terminé, remirando a Estévenez y feliz de haber encontrado ocasión de

exhibir mi mordacidad. El Petardo Lesmes, sin inmutarse, me argumentó:

—¡Mis tías y mis hermanas pagarán todo!

—¿Con qué, con qué? Ustedes son pobres, hijos de ricos. Dividida la

herencia, nos igualamos.

—¿Arturo Cova igualarse a mí? ¿Cómo, de qué manera?

—¡De ésta! —Y rapándole el látigo, le crucé el rostro.

El Petardo salió corriendo, entre el ruido del impermeable, gritando que le

prestaran una carabina. ¡Y no me mató!

El Váquiro, la madona y mis compañeros acudieron a contenerme. Entonces un

cauchero corpulentísimo sonrió cuadrándose:

—Eso sí que no sería con yo. ¡Si usté me hubiera tocao la cara, uno de los

dos estaría en el suelo!

Varios del corrillo que nos rodeaba le replicaron:

—¡No se meta de guapetón, acuérdese del Chispita, que en el Putumayo le

echaba rejo!

—¡Sí, pero onde lo vea, le corto las manos!

* * *

—Franco, ¿qué te dice Ramiro Estévanez, qué se murmura en los barracones?

—Ramiro se entusiasma por tu ardentía y se apoca ante tu imprudencia. Los

gomeros aplauden la humillación del Petardo Lesmes, pero en todos veo

cierta inquietud, el presentimiento de alguna cosa sensacional. Yo mismo

empiezo a sentir una desconfianza preocupadora. Ayudado por el Catire, he

procurado cumplir tus órdenes respecto de la insurrección; pero nadie

quiere meterse en sublevaciones, desconfían de nuestros planes y de ti

mismo. Suponen que los quieres acaudillar para esclavizarlos cuando pase el

golpe o venderlos después. Temo haberles hablado a los delatores. El

Petardo Lesmes partió esta mañana en exploración y quería llevarse como

rumbero a Clemente Silva. Gracias a que el Váquiro no convino en que éste

marchara.

—¡Qué has dicho! ¡Es imperioso que la canoa salga esta misma noche para

Manaos!

—Lo lamentable es que sea tan pequeña. Si pudiéramos caber todos...

—¿Pero no comprendes tu desvarío? Aquí debemos permanecer. Nuestra

residencia en el Guaracú es la garantía de los viajeros. Si los atajaran,

si los prendieran, ¿quién velaría por su destino? Hay que darles tiempo de

que desciendan al Isana. Después haremos lo que se pueda para escaparnos.

Mientras tanto, nuestro cónsul estará en viaje y lo avistaremos en el Río

Negro. Dos meses de espera, porque la madona les presta su lancha a los

emisarios y la tomarán desde San Felipe.

—Óyeme: el viejo Silva dice que no quiere dejarte solo, que no puede

admitir favores que provengan de esa mujer, quien lo tuvo esclavo tras de

haber sido concubina de Lucianito.

—¡Si eso quedó arreglado desde ayer! ¡Se irá don Clemente con el mulato y

dos bogas más! Ya les tengo firmados los pasaportes. Los víveres listos.

¡Sólo me falta escribir la correspondencia!

Alarmado por este informe, corrí luego a buscar al anciano Silva y le rogué

con acento apremiante, provocando sus lágrimas:

—¡No se detenga por mis peligros! ¡Váyase, por Dios, con los huesos de su

pequeño! ¡Piense que, si se queda, descubren todo y no saldremos jamás de

aquí! ¡Guarde ese llanto para ablandar el alma de nuestro cónsul y hacer

que se venga inmediatamente a devolvernos la libertad! Regrese con él y

viajen de día y de noche, en la seguridad de hallarnos pronto, porque para

entonces estaremos en el Guainía. Búsquenos usted en el Yaguanarí, en el

barracón de Manuel Cardoso; y si le dicen que nos internamos en la montaña,

coja nuestra pista, que muy en breve nos encontrará. Desde ahora le repito

las mismas súplicas de Coutinho y de Souza Machado, cuando, perdidos en la

floresta, le besaban los pies: «Apiádese de nosotros. Si usted nos

abandona, moriremos de hambre».

Después, estrechando contra mi pecho al mulato Antonio Correa:

—¡Vete, pero no olvides que merecemos la redención! ¡No nos dejen botados

en estos montes! ¡Nosotros también queremos regresar a nuestras llanuras,

también tenemos madre a quien adorar! ¡Piensa que si morimos en estas

selvas, seremos más desgraciados que el infeliz Luciano Silva, pues no

habrá quien repatrie nuestros despojos!

Y aunque el Váquiro, ebrio, y la madona concupiscente me esperaban para

yantar, me encerré en la oficina del patrón, y, en compañía de don Ramiro

Estévanez, redacté para nuestro cónsul el pliego que debía llevar don

Clemente Silva, una tremenda requisitoria, de estilo borbollante y

apresurado como el agua de los torrentes.

* * *

Esa noche, el Váquiro, deteniéndose en el umbral, interrumpía nuestra labor

con impertinencias:

—¡Pida cachaza, pida tabaco y tiros de winchester!

A su vez, el Catire Mesa, provisto de una antorcha, se presentaba a

repetir:

—La canoa está lista, pero no hay quien entregue el quintal de caucho que

deben llevar como dinero para cubrir los costos del viaje.

Y la madona, con fastidiosa desfachatez, entraba en el cuartucho mal

iluminado, me interrogaba familiarmente, me servía pocillos de café tinto,

que ella misma endulzaba, a sorbos, dándome por servilleta la punta de su

delantal.

En presencia del casto Ramiro, apoyó la mejilla en mi hombro, viendo correr

la pluma sobre las páginas, a la resinosa luz del candil, admirada de mi

destreza en trazar signos que ella no entendía, tan diferentes del alfabeto

árabe.

—¡Quién supiera escribir tu idioma! Angel mío, ¿qué pones ahí?

—Le estoy diciendo a la casa Rosas que tienes un caucho maravilloso.

Ramiro, indignado, se retiró.

—Amor, no le digas eso, porque me pedirá que se lo dé en pago.

—¿Acaso le debes?

—¡La deuda no es mía, pero... quisiera que me ayudaras!...

—¿Te obligaste como fiadora?

—Sí.

—Pero el deudor te daba lotes de caucho.

—Eran para mí, no para la deuda.

—¡Y lo mató un árbol! ¿No es verdad que lo mató un árbol, el de la ciencia

del bien y del mal?

—¡Oh! ¿Tú sabes? ¿Tú sabes?

—¡Recuerda que he vivido en el Vaupés!

La madona, desconcertada, retrocedía, pero yo, sujetándola por los brazos,

la obligué a hablar.

—¡No te afanes, no te desesperes! ¿Es tuya la culpa de que el muchacho se

matara? ¡No me niegues que se suicidó!

—¡Sí, se mató! ¡Pero no lo cuentes a tus amigos! ¡Tenía tantas deudas!

¡Quería que me quedara en los siringales viviendo con él! ¡Imposible! ¡O

que nos casáramos en manaos! Un absurdo. ¡Y en el último viaje, cuando

pernoctamos en el raudal, lo desengañé, le exigí que me dejara, que se

volviera! Empezó a llorar. ¡Él sabía que yo cargaba el revólver entre el

corpiño! Inclinóse sobre mi hamaca, como oliéndome, como palpándome. ¡De

pronto, un disparo! ¡Y me bañó los senos en sangre!

La madona, sacudida por el relato, fue ganando la puerta, con las manos

sobre la blusa, como si quisiera tapar la mancha caliente. ¡Y me quedé

solo!

Entonces sentí ascender palabras de llanto, juramentos, imprecaciones, que

salían del caney próximo. Don Clemente Silva y mis camaradas me rodearon

enfurecidos:

—¡Me los botaron! ¡Ah, miserables! ¡Me los botaron!

—¡Cómo! ¡Será posible!

—¡Los huesos de mi hijo, de mi hijo desventurado, los tiraron al río,

porque la madona, esa perra cínica, les tenía escrúpulos! ¡Ahora sí,

cuchillo con estas fieras! ¡Mátelos a todos!

Momentos después, sobre la canoa desatracada, vi erguirse en la sombra el

perfil colérico del anciano. Entré en el agua para abrazarlo una y otra

vez, y escuché sus postreras admoniciones:

—¡Mátelos, que yo vuelvo! ¡Pero perdone a la pobre Alicia! ¡Hágalo por mí!

Como si fuera María Gertrudis.

Y se fue la canoa, y comprendíamos que los viajeros agitaban los brazos

hacia nosotros en la lobreguez del cauce siniestro. Llorando, repetimos las

palabras de Lucianito: «¡Adiós, adiós!».

Arriba, el cielo sin límites, la constelada noche del trópico.

¡Y las estrellas infundían miedo!

* * *

Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Estévanez, distraigo la

ociosidad escribiendo las notas de mi odisea, en el libro de caja que el

Cayeno tenía sobre su escritorio como adorno inútil y polvoriento.

Peripecias extravagantes, detalles pueriles, páginas truculentas forman la

red precaria de mi narración, y la voy exponiendo con pesadumbre, al ver

que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta

insignificante y perecedero.

Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con deseos de notoriedad, al

correr presuroso en el papel tras de las palabras para irlas fijando sobre

las líneas. No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez

con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el curso de mis

pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó

el destino, y logra estimularse para la acción, pues siempre ha sido

provechosísima disciplina para el pusilánime hacer confrontaciones con el

arriscado.

Todo nos lo hemos dicho y ya no tenemos de qué conversar. Su vida de

comerciante en Ciudad Bolívar, de minero en no sé qué afluente del Carona,

de curandero en San Fernando del Atabapo, carece de relieve y de

fascinación; ni un episodio característico, ni un gesto personal, ni un

hecho descollante sobre lo común. En cambio, yo sí puedo enseñarle mis

huellas en el camino, porque si son efímeras, al menos no se confunden con

las demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas, con jactancia o con

amargura, según la reacción que producen en mis recuerdos, ahora que las

evoco bajo las barracas del Guaracú.

Si el Váquiro deletreara las apreciaciones que me suscita, se vengaría

soltándome, libre de ropas, en la isla del purgatorio, para que las plagas

dieran remate a las sátiras y al satírico. Pero el general es más ignorante

que la madona. Apenas aprendió a dibujar su firma, sin distinguir las

letras que la componen, y está convencido de que la rúbrica es elevado

emblema de sus títulos militares.

A ratos escucho el taloneo de sus cotizas y penetra en el escritorio a

charlar conmigo.

—Calculo que la curiara va más abajo del raudal de Yuruparí.

—¿Y no habrán tenido dificultades?... El Petardo Lesmes...

—¡Pierda cuidado! Anda por el Inírida, y en esta semana debe regresar.

—Señor general, ¿él cumple ciertas órdenes de usted?

—Lo mandé perseguir a los indios del caño Pendare, pa aumentar los

trabajadores. Y busté, joven Cova, ¿qué es lo que escribe tanto?

—Ejercito la letra, mi general. En vez de aburrirme matando zancudos.

—Eso tá bien hecho. Por no haber practicao, se me olvidó lo poco que sé.

Afortunadamente, tengo un hermano que es un belitre en cosas de pluma.

Dicen que era de malas pa la ortografía, pero cuando me vine lo vi

«jalarse» hasta medio pliego sin diccionario.

—¿Su hermano también estuvo en San Fernando del Atabapo?

—¡No, no! Ni pa qué.

—¿Mi paisano Esteban Ramírez era amigo suyo?

—¡Cuántas veces le he repetido que sí y que sí! Juntos nos le fugamos al

indio Funes, porque sabrá busté que el Tomás es indio. Si nos coge, nos

despescueza. Y como yo conocía al Cayeno, resolvimos venir a buscarlo.

Remontamos el río Guainía, desde Maroa, y por el arrastradero de los caños

Mica y Rayao pasamos al Inírida. Y aquí nos ve, establecidos en el isana.

—General, mi paisano agradece tanto...

—A él le consta que si me vine no fue de miedo, sino por no «empuercarme»

matando al Funes. Busté sabe que ese bandido debe más de seiscientas

muertes. Puros racionales, porque a los indios no se les lleva el número.

Dígale a mi paisano que le cuente las matazones.

—Ya me las contó. Ya las anoté.

* * *

En el pueblecito de San Fernando, que cuenta apenas sesenta casas, se dan

cita tres grandes ríos que lo enriquecen: a la izquierda, el Atabapo, de

aguas rojizas y arenas blancas; al frente, el Guaviare, flavo; a la

derecha, el Orinoco, de onda imperial. ¡Alrededor, la selva, la selva!

Todos aquellos ríos presenciaron la muerte de los gomeros que mató Funes el

8 de mayo de 1913.

Fue el siringa terrible —el ídolo negro— quien provocó la feroz matanza.

Sólo se trata de una trifulca entre empresarios de caucherías. Hasta el

Gobernador negociaba en caucho.

Y no pienses que al decir «Funes» he nombrado a persona única. Funes es un

sistema, un estado de alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos

son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico.

La costumbre de perseguir riquezas ilusas a costa de los indios y de los

árboles; el acopio paralizado de chucherías para peones, destinadas a

producir hasta mil por ciento; la competencia del almacén del Gobernador,

quien no pagaba derecho alguno, y al vender con mano oficial recogía con

ambas manos; la influencia de la selva, que pervierte como el alcohol,

llegaron a crear en algunos hombres de San Fernando un impulso y una

conciencia que los movió a valerse de un asesino para que iniciara lo que

todos querían hacer y que le ayudaron a realizar.

Ni creas que delinquía el Gobernador al pegar la boca a la fuente de los

impuestos, con un pie en su despacho y el otro en la tienda. Tan contraria

actitud se la imponían las circunstancias, porque aquel territorio es como

una heredad cuyos gastos paga el favorito que la disfruta, inclusive su

propio sueldo. El Gobernador de esa comarca es un empresario cuyos

subalternos viven de él; siendo sus empleados particulares, tienen una

función constitucional. Uno se llama Juez, otro Jefe Civil, otro

Registrador. Les imparte órdenes promiscuas, les fija salarios y los

remueve a voluntad. Los tiempos del Pretor, que impartía justicia en las

plazas públicas, reviven en San Fernando bajo otra forma: un funcionario

plenipotente legisla, gobierna, y juzga por conducto de parciales

asalariados.

Y no es raro ver en la población a individuos que, llegados de lueñes

tierras, se detienen frente a un ventorro y dicen al ventero con urgida

voz: «Señor Juez, cuando se desocupe de pesar caucho, hágame el favor de

abrir la oficina para presentar nuestras demandas», y se les responde: «Hoy

no los atiendo. En esta semana no habrá justicia: el Gobernador me tiene

atareado en despachar mañoco para sus barranqueros del Beripamoni».

Esto allí es legal, correcto y humano. Cualquiera tiene derecho de

preocuparse por las entradas del patrón: las rentas son el termómetro de

los sueldos. Bolsillo flojo, pago mezquino.

El gobernador, Roberto Pulido, competidor comercial de sus gobernados, no

había establecido impuestos estúpidos; sin embargo, fraguábase la conjura

para suprimirlo. Su mala estrella le aconsejó dictar un decreto en el cual

disponía que los derechos de exportar caucho se pagaran en San Fernardo,

con oro o con plata, y no con pagarés girados contra el comercio de Ciudad

Bolívar. ¿Quién tenía dinero listo? Los guardadosos. Mas éstos no lo

ahorraban para prestarlo: compraban goma barata a quien tuviera necesidad

de pagar tarifas de exportación. Al principio, los mismos conspiradores

entraron en competencia en este negocio; luego sacaron de allí el pretexto

para estallar: decir que Pulido dictó su decreto, aprovechando la carencia

de numerario, para hacerse vender la goma a precio irrisorio, por

intermedio de compinches confabulados. ¡Y lo mataron, lo saquearon y lo

arrastraron, y en una sola noche, desaparecieron setenta hombres!

* * *

—Desde días atrás —me refiere Ramiro Estévanez— advertí los preparativos

del ominoso acontecimiento. Ya se decía, a boca tapada, que varios sujetos

habían logrado infundirle a Funes la creencia de que era apto para

adueñarse de la región y hasta para ser Presidente de la república cuando

quisiera. No resultaron falsos profetas los de aquel augurio: porque jamás,

en ningún país, se vio tirano con tanto dominio en la vida y fortunas como

el que atormenta la inconmensurable zona cauchera cuyas dos salidas están

cerradas: en el Orinoco, por los chorros de Atures y de Maipures; y en el

Guainía, por la aduana de Amanadona.

«Un día acudí a la casa del coronel, a tiempo que éste ajustaba la puerta

del patio. Aunque intentó cerrarla rápidamente, alcancé a ver que en el

interior había considerable número de caucheros sentados en los pretiles y

en los poyos de la cocina, limpiando sus armas. Estos hombres fueron

traídos de las barracas del Pasimoni, como después se dijo, y llegaron a

medianoche a la población, en compañía de otros barranqueros pertenecientes

al personal de distintos patrones, que los ocultaron con cautela.

»Funes alarmóse al notar que yo había observado a los gomeros y, buscando

mi oído, secreteó con patibularia amabilidad:

»—¡No los dejo salir porque se emborrachan! ¡Son de los nuestros! ¿Qué se

le ofrece?

»—Le debo mil bolívares a Espinosa y me tiene fundido a cobros. Si usted

quisiera prestármelos...

»—¡Yo nací para los amigos! Espinosa nunca volverá a cobrarle. Usted con

sus propias manos tendrá ocasión de saldar esa deuda. Esperemos que llegue

el gobernador.

»Y Pulido llegó al atardecer, de regreso del Casiquiare, en una lancha de

petróleo llamada “Yasaná”. En compañía de varios empleados, recogióse

pronto porque venía enfermo de fiebre. Mientras tanto, sus enemigos, que

habían limpiado de embarcaciones la costa para evitar fugas posibles,

quitáronle el timón a la lancha y lo escondieron en la trastienda del

coronel, cuyas tapias dan sobre el Atabapo.

»Vino a poco la noche, una noche medrosa y relampagueante. De la casa de

Funes salieron grupos armados de winchesters, embozados en bayetones para

que nadie los conociera, tambaleantes por el influjo del ron que les

enardecía la amabilidad. Por las tres callejas solitarias se distribuyeron

para el asalto, recordando los nombres de las personas que debían

sacrificar. Algunos, mentalmente, incluyeron en esa lista a cuanto

individuo les inspiraba antipatías o resentimientos: a sus acreedores, a

sus rivales, a sus patrones. Marchaban recostados a las paredes, tropezando

con los cerdos que dormitaban en la acera: ‘¡Marrano maldito, me hace

caer!’.

»—¡Chist! ¡Silencio! ¡Silencio!

»En el estanco de Cappecci, gente indefensa jugaba a los naipes, acaballada

en el mostrador. Cinco hombres, entre ellos Funes, quedaron acechándola en

lo oscuro, para cuando se abriera fuego en la esquina próxima. Allá, en la

alcoba del sentenciado, ardía una lámpara que lanzaba contra la lluvia

lívidas claridades. El grupo de López, felonamente, se acercó a la ventana

abierta. Adentro, Pulido, abrigado entre su chinchorro, sorbía la porción

preparada por los enfermeros. De repente, volviendo los ojos hacia la

noche, alcanzó a sentarse. ‘¿Quiénes están ahí?’ ¡Y las bocas de veinte

rifles le contestaron, llenando la estancia de humo y sangre!

»Ésta fue la señal terrible, el comienzo de la hecatombe. En las tiendas,

en las calles, en los solares reventaban los tiros. ¡Confusión, fogonazos,

lamentaciones, sombras corriendo en la oscuridad! A tal punto cundía la

matazón, que hasta los asesinos se asesinaron. A veces, hacia el río, una

procesión consternaba el pasmo de las tinieblas, arrastrando cadáveres que

pendían de los miembros y de las ropas, atropellándose sobre ellos, como

las hormigas cuando transportan provisiones pesadas. ¿Por dónde escapar, a

dónde acudir? Mujeres y chicuelos, desorbitados por un refugio, daban con

la pandilla que los baleaba antes de llegar: ‘¡Viva el Coronel Funes!

¡Abajo los impuestos! ¡Viva el comercio libre!’.

»Como una saeta, como una ráfaga, empezó a correr una voz: ‘¡A la casa del

Coronel! ¡A la casa del Coronel!’ Mientras tanto, en el puerto lóbrego

tableteaba el motor de la Yasaná. ‘¡A dejar el pueblo! ¡A embarcarse! ¡A la

casa del Coronel!’.

»Cesaron los tiros. En su sala, en su tienda, trajinaba Funes, recibiendo a

las gentes incautas, separando con sonrisitas a los que pronto serían

asesinados en el solar. ‘¡Usted, a la lancha! ¡Usted, conmigo!’ En breves

minutos colmóse el patio de rostros pavóricos. Tras la puerta del muro que

da sobre el río se situó González con el machete. ‘¡A bordo, muchachos!’ Y

el que iba saliendo, rodaba decapitado, entre los hoyos que dieron tierra

para levantar la edificación.

»¡Ni un grito, ni una queja!

»¡La noche, el motor, la tempestad!».

* * *

«Asomándome a la ventana del corredor, donde parpadeaba una lamparilla, vi

arremolinarse en la oscuridad el rebaño de detenidos, recelosos de desfilar

por la hórrida puerta, escalofriados por la intuición del peligro cruento,

erizados como los toros que perciben sobre la yerba olor de sangre.

»—¡A bordo, muchachos!» —repetía la voz cavernosa, desde el otro lado del

quicio feral. Nadie salía. Entonces la voz pronunciaba nombres.

»Los de adentro intentaron una tímida resistencia: ‘¡Salga primero!’ ‘¡Al

que llaman es a usted!’ ‘¿Pero por qué me acosan a mí?’ ¡Y ellos mismos se

empujaban hacia la muerte!

»En la pieza donde estaba yo comenzaron a descargar bultos y más bultos:

caucho, mercancías, baúles, mañocos, el botín de los muertos, la causa

material de su sacrificio. Unos murieron porque la codicia de sus rivales

estaba clamando por el despojo; otros fueron sacrificados por ser peones en

la cuadrilla de algún patrón a quien convenía mermarle la gente, para poner

coto a la competencia; contra éstos fue ejecutado el fatal designio, pues

debían fuertes avances, y dándoles muerte se aseguraba la ruina de sus

empresarios; aquéllos cayeron, estrangulado el grito agónico, porque eran

del tren gubernamental, empleados, amigos o familiares del aborrecido

gobernador. Los demás, por celos, inquinas, enemistades.

»—¿Cómo es posible que lo encuentre sin carabina? —preguntóme Funes—. Usted

no ha querido ayudarnos en nada. ¡Y eso que ya cubrí su deuda! ¡En este

machete se lee el recibo!

»Y enseñaba contra el farol la hoja sanguinolenta y mellada.

»—No se exponga —agregó— a que el pueblo lo considere enemigo de sus

derechos y su libertad. Es preciso adquirir credenciales: una cabeza, un

brazo, lo que se pueda. ¡Tome este winchester y “rebúsquese»! ¡Ojalá se

topara con Dellipiani o con Baldomero!

»Y cogiéndome por el hombro, muy amablemente, me puso en la calle.

»Por un lado del puerto, hacia la laja de Maracoa, se agruparon unas

linternas y descendieron a lo largo de la orilla, alumbrando las aguas y el

arenal. Eran unas mujeres que gimoteaban al través de los pañolones,

buscando los cadáveres de sus deudos.

»—¡Ay! ¡Aquí le arrancaron los intestinos! ¡Lo tirarían a la resaca, pero

ha de flotar al amanecer!

»En tanto, en los solares, tipos enmascarados movían sus velas, con afán de

esconder entre los hoyos llenos de basuras los cuerpos de las víctimas y la

responsabilidad de los matadores.

»—¡Bótenlos al río! No me los dejen en este patio, que no tardan en ponerse

hediondos.

»Así clamaba una vejezuela, y, al verse desobedecida, amontonó ceniza

caliente en las improvisadas sepulturas.

»A veces ambulaba por las esquinas alguna ronda de hombres protervos, que

se atisbaban con desconfianza recíproca, disfrazando sus estaturas y sus

movimientos por hacer imposible la identidad. Algunos se acercaban para

tentarse la manga de la camisa, que debía estar remangada en el brazo

izquierdo, pero nadie supo de fijo con quién andaba ni a quien perseguía su

acompañante y se separaban sin interrogarse ni reconocerse. Pasó la lluvia,

desaparecieron los cadáveres insepultos, y, sin embargo, el alba indolente

se retrasaba en ponerle fin a tan nefanda noche de pesadilla. Cuando el

pelotón iba a disgregarse, un hombre inclinó la cara sobre el vecino,

alumbrándolo con la brasa del tabaco.

»—¿Vácares?

»—¡Sí!

»Y, en oyendo la voz gangosa, le infirió profunda facada en el ancho

pómulo.

»Hoy me asegura el Váquiro que el mismo Funes fue quien le anduvo por el

carrillo queriendo sajarle la yugular. Sólo que en San Fernando no se

atrevía a revelar el nombre de su agresor, por miedo a las reincidencias

del Coronel, ante quien daba pábulo a la leyenda de que su herida fue

ocasionada en osado duelo, al abatir en la oscuridad a diez contendores

apandillados.

»Y hubieras visto a qué extremos tan deplorables se abajaron los

fernandinos por salvar su débil pellejo, haciéndose gratos al déspota y a

sus áulicos. ¡Qué adhesiones, qué aplausos, qué intimidades! La delación

fue planta parásita que enredaba a vivos y a muertos, y el chisme y la

calumnia progresaron como peste. Los que sobrevivieron a la catástrofe,

perdieron el derecho de lamentarse y comentar, so riesgo de que por siempre

los silenciaran. Cada cual tornóse en espía, y tras de cerraduras y

rendijas, hay ojos y oídos. Nadie puede salir del pueblo, ni averiguar por

el deudo desaparecido, ni inquirir por el paradero del coterráneo, sin

exponerse a ser denunciado como traidor y enterrado vivo hasta la tetilla,

en la excavación que, forzadamente, lo obligan a hacer en un arenal, donde

el calor lo vaya soasando y los zamuros le piquen los ojos.

»Mas no solo a los aledaños del caserío se circunscriben estas tropelías:

por selvas, ríos y estradas va creciendo la onda del sobresalto, de la

conquista, del exterminio. Cada cual mata por cuenta propia, mientras que

muere, y ampara sus crímenes bajo supuestas órdenes del tirano, quien les

da su aprobación tácita, para deshacerse de los autores, que deja

entregados a su mutua ferocidad.

»La especie de que Pulido prosperaba adquiriendo caucho, es inicua farsa.

Bien saben los gomeros que el oro vegetal no enriquece a nadie. Los

potentados de la floresta no tienen más que créditos en los libros, contra

peones que nunca pagan, si no es con la vida, contra indígenas que se

merman, contra bongueros que se roban lo que transportan. La servidumbre en

estas comarcas se hace vitalicia para esclavo y dueño... uno y otro deben

morir aquí. Un sino de fracaso y maldición persigue a cuantos explotan la

mina verde. La selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama

para tragárselos. Los que escapan, aunque se refugien en las ciudades,

llevan ya el maleficio en cuerpo y alma. Mustios, envejecidos,

decepcionados, no tienen más que una aspiración: volver, volver, a

sabiendas de que si vuelven perecerán. Y los que se quedan, los que desoyen

el llamamiento de la montaña, siempre declinan en la miseria, víctimas de

dolencias desconocidas, siendo carne palúdica de hospital, entregándose a

la cuchilla que les recorta el hígado por pedazos, como en pena de algo

sacrílego que cometieron contra los indios, contra los árboles.

»¿Cuál podrá ser la suerte de los caucheros de San Fernando? Causa pavura

considerarla. Pasado el primer acto de la tragedia, palidecieron; pero el

caudillo que improvisaron ya tenía fuerza, ya tenía nombre. Le dieron a

probar sangre y aún tiene sed. ¡Venga acá la Gobernación! Él mató como

comerciante, como gomero, sólo por suprimir la competencia; mas como le

quedan competidores en siringales y en barracas, ha resuelto exterminarlos

con igual fin y por eso va asesinando a sus mismos cómplices.

»—¡La lógica triunfa!

»—¡Que viva la lógica!».

* * *

Calamidades físicas y morales se han aliado contra mi existencia en el

sopor de estos días viciosos. Mi decaimiento y mi escepticismo tienen por

causa el cansancio lúbrico, la astenia del vigor físico, succionado por los

besos de la madona. Cual se agota una esperma invertida sobre su llama,

acabó presto con mi ardentía esta loba insaciable, que oxida con su aliento

mi virilidad.

Y la odio y la detesto por calurosa, por mercenaria, por incitante, por sus

pulpas tiranas, por sus senos trágicos. Hoy, como nunca, siento nostalgia

de la mujer ideal y pura, cuyos brazos rinden serenidad para la inquietud,

frescura para el ardor, olvido para los vicios y las pasiones. Hoy, como

nunca, añoro lo que perdí en tantas doncellas ilusionadas, que me miraron

con simpatía y que en el secreto de su pudor halagaron la idea de hacerme

feliz.

La misma Alicia, con todos los caprichos de la inexperiencia, jamás

traicionó su índole aseñorada y sabía ser digna hasta en las mayores

intimidades. Mi encono irascible, mi rencor perenne, el enojo que siento al

recordarla, no alcanzan a deslucir esa honestidad que, por fuerza, debo

reconocerle y abonarle, aunque hoy la repudie por degradada y pérfida.

¡Cuánta diferencia entre ella y la turca, a quien vence en todo, en gracia

como en juventud! Porque esta jamona indecorosa alcanza los límites de la

marchitez y de la obesidad. Así lo noté desde que la vi. Aunque pasa de los

cuarenta, no se le descubre ni una «cana blanca», por milagro de sus

cosméticos: ¡pero yo se las adivino!

¡Oh, fatiga de la presencia que disgusta! ¡Oh, asco de los besos que no se

piden! Estaba obligado a disimular, en provecho de nuestros planes, esa

repulsión que la madona me produce, y a no tener descanso en mi

desabrimiento, pues ninguno de mis amigos ha podido sustituirme en el ruin

oficio de tenerla propicia. Ella los rechaza porque sabe que el del saldo

en la casa Rosas sólo soy yo. Ensayé, para libertarme, el gesto cansado, la

frase dura, el desprecio que levanta ampolla. Por fin rompí con ella

violentamente. Y hoy no hallo qué hacer para reconquistarla.

Sucede que estas noches los siringueros han invadido el zarzo de las

mujeres, para gozarlas como premio de su semana, según vieja costumbre.

Hediondos a humo y a mugre, apenas acaban de fumigar, se le presentan al

centinela y con gesto lascivo encargan el turno. Los menos rijosos cambian

su derecho a los impacientes por tabacos, por goma o por píldoras de

quinina. Anoche, dos niñas montubias lloraban a gritos en lo alto de la

escalera, porque todos los hombres las preferían y les era imposible

resistir más. El Váquiro, amenazándolas con el foete, las insultó. Una de

ellas, desesperada, se tiró al suelo y se astilló un brazo. Acudimos con

luces a recogerla y la guarecí en mi chinchorro.

—¡Infames, infames! ¡Basta de abusos con estas mujeres, desgraciados! ¡La

que no tenga hombre que la defienda, aquí me tiene!

Silencio. Algunos indígenas se me acercaron. En el otro caney sonrieron

unos jayanes que estimulaban su sensualidad con chistes obscenos. Y,

mirándome, continuaron su ocupación, encendidos en la trémula llamarada de

los fogones, sobre cuyo humo hacían voltear —como un asador— el palo en que

se cuajaba el bolón de goma, bañándolo en leche a cada instante con la

«tigelina» o con la cuchara.

—Oiga —me dijo uno— si tanto le duele lo sucedido, hagamos un cambio:

préstenos la madona pa probarla.

Y la madona se enfureció porque no castigué al atrevido.

—¿Te quedas manicruzado ante lo que oíste? ¿Para mí sí no habrá respeto?

¿Quieres decir que no tengo hombre? ¡Alá!

—¡Los tienes a todos!

—¡Pues entonces me paga lo que me debe!

—¡Nada te debo!

Y esta mañana, cuando por consejo de mis amigos fui a darle satisfacciones

y a reconocerme deudor, la encontré ataviada, energúmena, lacrimosa.

—¡Ingrato, decirme que no cumple sus compromisos!

Cogile la mejilla, sin saber en dónde besarla, cuando, de pronto, retrocedí

descolorido de emoción y gané la puerta.

—¡Franco, Franco, por Dios! ¡La madona con los zarcillos de tu mujer! ¡Con

las esmeraldas de la niña Griselda!

* * *

¿Cómo pintar la impresión penosa que fue ensombreciendo el rostro de Franco

al escuchar mis exclamaciones? Sentado en la barbacoa, en compañía de

Ramiro Estévanez, miraba tejer mapires de palma al Catire Mesa, quien les

explicaba el modo sencillo de urdir la tramazón. Con denuedo instintivo

apenas pronunció el nombre de su mujer, apretó los puños como

apercibiéndose para defenderla; pero luego inclinó la frente, encendida por

el rubor de la honra agraviada.

—¿Qué me importa la suerte de esa señora? —afirmó rabioso.

Y, destejiendo la canastilla, aparentaba tranquilidad.

De repente dijo con tono brusco, como una cuchillada en nuestro silencio:

—¡Quiero ver los zarcillos, quiero convencerme! ¿Dónde está la turca

ladrona?

—Cállate, que nos pierdes —le suplicamos— porque Zoraida venía hacia

nosotros, trayendo en la boca un cigarrillo sin encender. Franco, taimado,

le brindó fósforos, y cuando la madona se inclinó hacia la llama, lo vi

dominar el impulso de agarrarla por las orejas.

—¡Ésos son, ésos son! —repetía al volver. Y se echó boca abajo en el

chinchorro, sin decir más.

Definitivamente, desde ese momento, me abandonó la paz de espíritu. ¡Matar

a un hombre! ¡He aquí mi programa, mi obligación!

Siento en mi rostro el hálito frío, anuncio de las tempestades. A mal

tiempo llega la hora tan calculada, tan perseguida. Lo que pedí al futuro

es presente ya. Mientras avancé sobre la venganza, el conflicto final me

parecía pequeño, por lo remoto; mas hoy, al ver de cerca el desenlace,

hallo desmesurada esta aventura, cuando estoy sin salud y sin energías para

engallarme y arremeter.

Pero no me verán buscarle la curva al peligro. Iré de frente, contrariando

la reflexión, sordo al oscuro aviso que se eleva desde el fondo de mi

conciencia: ¡morir, morir!

Lo que más me agrava el aturdimiento es la opinión unánime de mis amigos

sobre el modo de rematar la situación:

—Si Barrera está por aquí, ¿cuál es mi deber?

—¡Matarlo, matarlo!

Y tú mismo, Ramiro Estévanez, sostienes el fatal consejo, a tiempo que yo,

tal vez por cobardía, esperaba de tu cordura, fórmulas piadosas. Seré

inexorable, pues lo queréis. ¡Gracias a vosotros, vendrá la tragedia!

¡Que conste!

* * *

¡La niña Griselda, la niña Griselda!

Franco y Helí la vieron anoche, sobre el puente de un batelón que ha dado

en venir al rebalse próximo a embarcar el siringa robado. Alumbraba con una

lámpara la faena contrabandista, y si no distinguió a mis compañeros, al

menos ya sabe que la buscamos, porque Martel y Dólar se lanzaron a

agasajarla, y ella, al partir el barco, se llevó los perros.

Fue Ramiro Estévanez quien primero supo que los indios trasponían la goma

de los depósitos, cargándola, entre las tinieblas, hacia embarcaderos

insospechados. Dióle el denuncio mi protegida, cierta noche que le vendaba

el brazo enfermo; y, enterados de la ocurrencia, nos apostó la india en un

escondite para que viéramos sucederse la línea de bultos por entre la

maleza encubridora. Diez, quince, veinte nativos de los que sólo entienden

la lengua yeral, pasaban con sus cargas, pisando en el silencio como en una

alfombra. Para mayor sorpresa cerraba el desfile la madona Zoraida Ayram.

«¡Cogerla! ¡Secuestrarla! ¡Impedir el viaje!». Así cuchicheábamos viéndola

fundirse en la oscuridad. Sin tiempo de echar mano a las carabinas, ocultas

desde nuestra llegada, corrimos al tambo de la mujer. La lamparilla de

encandilar murciélagos latía como una víscera. El equipaje, intacto. La

hamaca, aún tibia, estaba repleta de mantas y cojines, para simular bajo el

mosquitero un cuerpo dormido; aquí las chinelas de piel de tigre; allá la

colilla del último cigarrillo, humeando todavía en el rincón. Estos

detalles nos permitían respirar con sosiego. La madona no había salido para

escaparse. Pero debíamos vigilar.

En la noche siguiente dimos comienzo a nuestros planes: Franco y Helí, con

taparrabos y con fardos al hombro, entraron desnudos en la fila de los

cargadores, por conocer la ruta del incógnito puerto y atisbar las

maniobras de los aborígenes. Mientras tanto, Ramiro entretuvo al Váquiro en

su caney y yo pasé la noche con Zoraida. Sobrevino una imprevisión adversa

o propicia: los perros, viéndose solos, cogieron el rastro de mis

compañeros y encontraron a su antigua dueña, que, mañosamente, se los

llevó, sin decir palabra.

—A no haber sido por los cachorros —me declaraba Franco al amanecer— no la

hubiera reconocido. ¡Tan espectral, tan anémica, tan consumida! Grave error

cometimos al desertar de los indígenas cuando columbramos las luces del

barco. Abiertos de la fila, en la oscuridad, observamos a corto trecho lo

que pasaba. Pero si hubieran descubierto nuestra presencia, nos habrían

asesinado. La pobre mujer, alzando una luz, miraba angustiosa a todas

partes; y en breve desatracaron y se fueron.

—¡Qué desgracia! ¡Corremos el peligro de que ya no vuelva!

Entonces el Catire afirmó:

—Desenterradas nuestras carabinas y en achaques de salir a cauchar,

rondaremos estas lagunas desde hoy. Fácil cosa es hallar la guarida del

bongo. Si la niña Griselda está con los perros, bastará silbarlos.

¡Hace cinco días que se hallan ausentes, y la incertidumbre me vuelve loco!

* * *

La madona está cavilosa. Su disimulo es incompatible con mi paciencia. A

ratos he querido reducirla con amenazas, hablarle de Barrera y de los

enganchados, obligarla a revelar todo. Otras veces, desligado de la

esperanza, intento resignarme a los caprichos del destino, a la fatalidad

de los sucesos sobrevivientes, dándoles la espalda, por sentirlos llegar

sin palidecer.

¿En quién esperar? ¿En el anciano Silva? ¡Sábelo Dios si la tal curiara

habrá perecido! De juro que si bajan hasta Manaos, nuestro Cónsul, al leer

mi carta, replicará que su valimiento y jurisdicción no alcanzan a estas

latitudes, o lo que es lo mismo, que no es colombiano sino para contados

sitios del país. Tal vez, al escuchar la relación de don Clemente extienda

sobre la mesa aquel mapa costoso, aparatoso, mentiroso y deficientísimo que

trazó la Oficina de Longitudes de Bogotá, y le responda tras de prolija

indagación: «¡Aquí no figuran ríos de esos nombres! Quizás pertenezcan a

Venezuela. Diríjase usted a Ciudad Bolívar».

Y, muy campante, seguirá atrincherado en su estupidez, porque a esta pobre

patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos.

Ante la madona, mientras tanto, es preciso vivir alerta. Odié su

idiosincrasia menesterosa, que tiene dos antenas, como los cangrejos;

torpeza en el amor y astucia en el lucro. Hoy, más que eso, me desazona su

hipocresía, apenas inferior a mi sagacidad. Pero su habilidoso fingimiento

data de pocos días.

¿Acaso como piensa Ramiro, le llegó algún aviso contra mí? ¿Qué será de

Barrera, qué del Petardo Lesmes y del Cayeno?

—Zoraida, el que dijera que has cambiado conmigo, tendría razón.

—¡Alá! Como tú prefieres las indias...

—Harto convencida debes estar de lo contrario... Tu desvío tiene por causa

el arrebato aquél... ¡Y hasta me reprochaste que no te pagaba! ¿Qué

testimonio puedo aducir como garantía de mi honradez? Sólo un hombre, con

quien tuve negocios en pasadas épocas y reside en este desierto, podría

darte informes de mi rectitud. Cuando regrese la curiara que bajó a Manaos,

iré a buscarlo a Yaguanarí, porque le debo varios contos. ¡Se llama

Ba–rre–ra!

La madona cambió de postura en el catrecillo y pestañeaba abriendo los

labios.

—¿Narciso? ¿Tu compatriota?

—Sí, que tiene negocios con un tal Pezil. Sin conocerme hízome el honor de

enviarme dinero al alto Vaupés para que le enganchara indios y peones. Más

tarde, recibí orden de suspender aquella gestión porque él mismo pensaba

contratarlos en Casanare. ¡Hombre raro y emprendedor, de audaces ideas! Me

ofrecía, a última hora, cederme a bajo precio cuantos siringueros le

sobraran. ¡Sin reparar en que ya le debía las sumas que me confió! Iré a

verlo, a devolvérselas y a hacer un buen trato, porque hoy a los caucheros

se les gana mucho en el Vaupés. Si pudiera, no negociaría en goma sino en

gomeros.

Al oír esto, la madona, poniéndome sus palmas en las rodillas, hizo la

emocionante revelación:

—¡Los peones de Barrera no valen nada! ¡Todos con hambre, todos con peste!

A lo largo del río Guainía desembarcaban en las casas de los «caboclos», a

robarse cuanto encontraban, a tragarse lo que podían: gallinas, cerdos,

fariña cruda, cáscaras de bananas. Tosiendo como demonios, devorando como

langostas. En algunos sitios era indispensable hacerles disparos para

obligarlos a embarcarse. Pezil subió a encontrarlos hasta su fundación en

San Marcelino. Allí estaban enfermas varias colombianas y me dio una a

precio de costo.

—¿Cómo se llama?

—¡No sé! ¿Te importa saberlo?

—Sí... No... Si hubiera venido hablaría con ella, primero para pedirle

datos de esa gente, y, segundo, para encarecerle absoluta reserva y

circunspección.

—¿En qué asunto? ¿Por qué?

—No daré mi confianza a quien me la quita.

—¡Dime! ¡Dime! ¿Cuándo tuve secretos para ti?

Entonces aboqué el problema de lleno:

—Zoraida, quiero ser generoso con la mujer que me hizo erótica dádiva de su

cuerpo. Pero en ningún caso toleraré que se comprometa, imprudentemente,

confiada en mí. Zoraida, aquí todos saben que de noche transportas el

caucho de los depósitos de Cayeno a tu batelón.

—¡Mentira! ¡Mentira de tus amigos, que no me quieren!

—Y que una mujer llamada Griselda les ha escrito cartas a mis compañeros.

—¡Mentira! ¡Mentira!

—Y que al Cayeno se le avisó lo que está pasando.

—¡Tus amigos! ¡En eso andan! ¡Tú permitiste!

—¡Y que algunos gomeros encontraron el escondrijo de tu barco pirata!

—¡Alá! ¿Qué hago? ¡Me roban todo!

Entonces yo, esquivo a la mano que me imploraba, salí del tambo repitiendo

con sardónica displicencia:

—¡Mentira! ¡Mentira!

* * *

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