TOMO I — Capítulo I
TOMO I
Capítulo I
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los
remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón,
parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que
retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La
torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de
dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por
un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una
de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas,
amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era
maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y
proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en
la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el
aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en
las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la
inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su
aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.
Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
badajo formidable de la Wamba, la gran campana que llamaba a coro a
los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
y privilegios.
Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era de la tralla,
según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de
iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
el ilustre diplomático de la tralla disfrutaba algunos días la honra
de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a
los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia.
El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando
posaba para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo
de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.
Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de
un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y
les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.
--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo,
casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a
la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.
--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva
fuerza las llaves para subir a tocar las oraciones--. Tú pués más que
toos los delanteros, menos yo.
--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia,
chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?
--¿Le conoces tú desde ahí?
--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No
ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el
campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo
en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando
ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te
conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.
Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
Bismarck fuera canónigo y dinidad (creía que lo era el Magistral) en
vez de ser delantero, con un mote sacao de las cajas de cerillas, se
daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con
el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.
--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que
en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no,
ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como...
el criao de toos los criaos.
--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda
más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
de carcas (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si
sabré yo!
Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de
la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables pa en
bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó
al orden.
--¡El Laudes!--gritó Celedonio--, toca, que avisan.
Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
badajo.
Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
con cien matices.
Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados
por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla
que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de
la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
blanquecino.
Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor
abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de
la tierra constantemente removida y bien regada.
Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
¿Quién era el osado?
--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso.
--No; es un carca, ¿no oyes el manteo?
Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor
silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de
aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
sintió escalofríos. Pensó:
«¿Vendrá a pegarnos?».
No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir
bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don
Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba
Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de
los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él
hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín
Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un
delantero, y sabía su oficio, huir de los mainates de Vetusta.
Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no
tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba,
encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.
Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.
¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los
ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero
callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.
El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde
actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión
oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los
músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en
funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de
arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y
trataba.
Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada,
como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral
pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los
aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad
beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.
Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se
podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales
provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería
imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra
desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el Palomo,
empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio.
Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior,
obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años
seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
vigilancia.
En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e
inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín
que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande
se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos,
rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
vuelos.
Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y
los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían
los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata,
sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.
Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le
hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se
pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los
reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para
dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un
ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de
rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era
una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola
con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes,
como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección
ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se
inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego,
porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y
pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían
obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir,
amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta
de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en
cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse
que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello
negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el
más apuesto azotacalles de Vetusta.
Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio
doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha,
blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de
ayudar a misa.
Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo
interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el
tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y
luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel
disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al
Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un
monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
fusil, se le reiría en las narices.
Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a
las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los
montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había
visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más
soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o
a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la
provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados
ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más
experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga
sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso
para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los
parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol,
mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu
altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en
sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía
saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la
torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o
por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión,
aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor,
sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores,
mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la
Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como
si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en
medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San
Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del
casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio,
había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una
grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que
se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el
Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación
los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como
el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los
cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio
teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de
Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los
rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad
era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere
estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como
recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo,
guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado
en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le
pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban
haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las
perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos
acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto
deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás,
en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto
más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de
la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los
treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos
idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo
necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
la fuente que está lejos en lugar desconocido.
Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso
él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el
límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la
vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para
vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el
domador le arroja.
Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho
más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de
resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en
una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo
bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.
Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el
nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él
estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la
jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta.
Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio
habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para
qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza;
también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y
eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué
habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la
Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y
él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la
que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto
de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y
gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar,
el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a
sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una
especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus
ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había
soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra
prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y
melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces
algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar
todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal
satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo
pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su
juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho
de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
ánimo.
El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el
mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.
¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el
roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en
el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido
que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al
orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo
de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el
ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le
rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y
gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal
momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de
que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos
recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo,
en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces
el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco
había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el
sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella
infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo
presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba.
Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la
visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.
Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo
recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la
Encimada y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por
Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y
jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más
linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros,
aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la
Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos
antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se
dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus
pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios;
conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá
abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba
sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de
aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la
escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y
callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por
allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la
historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas,
donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos
comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del
convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un
edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que
le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al
consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de
Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida
conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan
sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado;
pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que
reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el
edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y chalets de la Colonia, o
sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las
Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos,
habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían
dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y
jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área
del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques,
cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido
huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas
de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas
sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino,
brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.
A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de
sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la
catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada
era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía.
El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas
al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios,
negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad,
federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les
hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era
con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero
bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de
resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía
ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las
últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba
así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a
pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que
animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo
alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le
parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta
aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría,
parecían parodias de las agujas de las iglesias....
El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la Colonia,
la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una
india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.
Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados
todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de
cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía
suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la
ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se
quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra
ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no
importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que
riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la
infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que
veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren
nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos
no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos;
todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y
otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen
escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres distinguidas
de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás
familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los
Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del
sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las
maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía;
si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha
tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones
hechas, las factorías establecidas han dado muy buen resultado, y no
desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella
su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.
Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a
su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como
dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que
la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y
San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas
polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay
esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos.
Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está
ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no
dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.
Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al
inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona,
era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de
aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera
el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por
utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba
en El Lábaro, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de
haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de
cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera
fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de
lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez
hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del
erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían
descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no
por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía,
ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que
descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más
cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan
mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que
hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el
artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de
obras, sunt lacrimae rerum!».
Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde.
Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza
Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana,
redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente
en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la
iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro,
cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con
cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y
más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba
juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real;
algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le
daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
cadáver.
En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos
a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres
arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí
y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una
devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz
baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se
atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.
--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas,
sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús
Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el
rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una
idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos
afilados, como gastados por el roce de besos devotos.
Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del
trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de
estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre
los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban
culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el
Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don
Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas
encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El
Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas
agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos
don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro.
Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido
con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda
mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de
la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo,
los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su
porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más
grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de
este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el
envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida
con hábito del Carmen.
No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una
costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de
una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como
si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre
los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del
sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don
Custodio.
El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la
sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con
cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos
los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del
país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas
pluviales en los armarios. El Palomo, con una sotana sucia y escotada,
cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía
cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin
mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos,
repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió
adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro
extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la
conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia
atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha
de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una
calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito
de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con
la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi
todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba
un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le
acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada.
Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y
media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como
él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su
inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de
España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido
ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
Bermúdez quería pasar por el hombre más espiritual de Vetusta, y el
más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su
pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos.
Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los
personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas
comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le
había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se
atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
materia de amores.
Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La
primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero
volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras
sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si
el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En
efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con
ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los
ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías
que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las
alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de
Bermúdez:
--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.
Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se
cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso,
aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o
dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de
confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le
veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka)
repetían:
--¡Pero este Bermúdez está desconocido!
¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del
amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero
faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así
como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los
títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran!
¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario,
torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por
la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez,
doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en
filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de
Vetusta Romana, Vetusta Goda, Vetusta Feudal, Vetusta Cristiana,
y Vetusta Transformada, a tomo por Vetusta. Era él, que salía
disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa
le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire
libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a
olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad
de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso
en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser
una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón
inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno
perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
que eran su propio ambiente, cantaba la Casta diva o el Spirto
gentil o el Santo Fuerte, y pensaba en sus amores de niño o en alguna
heroína de sus novelas.
¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara
y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo
así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el
paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él
decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
sobre todo en las noches de luna.
Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía
versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se
acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este
mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos,
ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a
la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de
sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de
la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el
ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y
la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y
se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
doctor en teología.
A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con
tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y
terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con
chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era
la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que
positivamente tenía el ilustre autor de Vetusta Transformada. Después
de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe
creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de
Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro
estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre
hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
grosera!
Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su
amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir
el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?
¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el
lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado.
Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal
vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?...
una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos
maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y
suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio
que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre
hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un
pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al
entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias,
Saturno». Saturno, sin don.
Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había
tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni
ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió
vino y abrió la carta.
Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el
obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.
--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos
de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona
inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si
estuviera en ridículo delante de una asamblea.
--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.
Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me
invita!
Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo
como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a
casa de doña Obdulia.
Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el
mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una
calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado.
Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un
vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en
antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
eran tan notables para Bermúdez.
El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de
pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación,
pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de
comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras,
quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban
ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de
pronto halló esto:
--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!
Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción
proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un
cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:
--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....
--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....
--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón.
Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó
diciendo:
--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
cera... el incienso....
--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a
oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el
encanto de los cuadros antiguos.
--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más
probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
saber qué era pátina.
En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al
saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los
de Palomares que le fueron presentados por el sabio.
--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....
--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de
lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de
besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto
las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba
don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor
del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio
soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a
gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y
los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de
ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían
sabido resistir toda clase de tentaciones.
Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no
había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien
era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces
entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No
había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras
desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos
y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el
Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del
confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de
particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo
peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el
cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser
menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo
parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia.
Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras
partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta
no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas
en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas,
organizaba bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la
mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era
absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por
las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y
ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más
negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía
de aquel bloqueo.
--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?».
A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la
viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era
menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban
de ella muy diferente partido.
Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el
lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia
se miraba como podía, en las altas cornucopias.
El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo
sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se
inclinaron.
--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o
ante el Provisor.)
Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad,
mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades
vetustenses.
Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo;
después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
como diciéndole:
--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión
del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del
Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín,
después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado
roquete, la señoril muceta y la capa de coro.
--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños
admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.
Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos
cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A
la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin
duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y
flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una
copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro
de Murillo San Juan de Dios, del Hospital de incurables de Sevilla. A
la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde
que se ve una vez no se olvida.
--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse.
Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:
--Sí, es bonito; pero muy conocido.
Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
voz baja la reprendió de esta suerte:
--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?
Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la
derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que
interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras
no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía
apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no
convenían a la santidad del lugar.
--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el
arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su Vetusta Goda y
de su Vetusta Cristiana. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía,
siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en
Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y
significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran
pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar
sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar
sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como
si a una hoguera la echasen petróleo....
Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca
fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia
debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando
las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma
que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras
veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes
allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del
descanso eterno de tan respetables señores:
--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y
pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares,
decía ue en vez de oi y otros adefesios.
Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y
elocuencia de don Saturnino.
Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de
piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho
y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el
pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno,
hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar.
--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia.
--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela.
--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y
además, no se pueden leer.
--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón.
--No señora, están borradas.
No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora.
Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º
y 4.º de una de sus Vetustas y ya iba a terminar con el epílogo que
copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:
--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir....
Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las
tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro;
y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de
esta suerte:
--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta
Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica
para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció
tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía,
digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas et sic de
coeteris.
--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia
felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.