TOMO I — Capítulo II La Regenta · Capítulo 3 de 31
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TOMO I — Capítulo II

TOMO I

Capítulo II

El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por

aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras

otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo

funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del

mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de

cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el

roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los

roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.

Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas

corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se

saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta

de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto

reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano,

golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos

al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el

templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.

Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano

Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la

mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después

de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:

--Hame dado en la nariz olor de...

La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la

cita, añadió:

--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas?

Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco

verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.

Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,

alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino

al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a

punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque,

según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y

despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más,

visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de

los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,

y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un

telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en

nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos

inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo

estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era

de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un

anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser

más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un

ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque

era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de

arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha

del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por

estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino

por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses

eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a

Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de

beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro

de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero.

Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía

dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había

renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo

y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun

contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne

el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad

casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía

que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto

poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de

mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su

juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar

su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención,

cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo

épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán

como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro

de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo,

gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso

excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más

adelante.

Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era

entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas,

bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero

¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de

Meléndez Valdés, ni de las Églogas y Canciones por un Pastor de

Bílbilis, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el

liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero

el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por

maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos

laudatores temporis acti, como decía él; no alababa el tiempo pasado

por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la

revolución no había traído nada bueno.

--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él

decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por

ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede

ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla

contra el pecho?

Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás,

había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.

--En mi tiempo bailábamos de otra manera.

El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que

con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran

tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose

con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los

rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en petit

comité--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del

brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y

conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.

Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en

sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba

en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.

Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón

acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido

escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más

animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de

canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste.

«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y

prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y

gacetilleros de la localidad tenían en él un censor socarrón y

malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por

ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el

eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba

con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y

decíale:

--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de

versate manu. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo!

¿Dónde hay sencillez como aquella:

Yo he visto un pajarillo

posarse en un tomillo?

Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con

lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo

absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se

le tuviera por chocho.

--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y

en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo

no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta

la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones

impropias de una dignidad.

A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido

algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el

Arcipreste diciendo:

--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó

escrito para casos tales, es a saber:

Lasciva est nobis pagina, vita proba est.

Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en

la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era

de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino

que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más

que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.

El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la

catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión

desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a

Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano.

El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se

marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que

solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la

sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín

acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si

llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el Palomo hacía

un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a

su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a

platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los

corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no

tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida

hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban

cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa

el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente:

--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta

y tales palabras significaban:

--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a ese otro.

El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.

Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al

señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba

Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro

derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el

pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo

a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió

hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad

de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de

disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la

derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña

postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose

a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar

intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.

Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y

acaso cabalística relación entre aquella manera de F que figuraba su

cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y

hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía

que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba

al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos

caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba

la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que

no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a

todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él

supone.

Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos

alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera

intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que

fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su

piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía

él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle.

--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que

en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente

en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues

bien, oiga usted el secreto.

Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía

muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía:

--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!

Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,

escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea bolsa,

vio una noche el drama titulado: Los hijos de Eduardo, arreglado por

Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente

jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:

--¡Ahí está el Arcediano!

La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo

para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida

complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía,

presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba

girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al

Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del

poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:

--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta

señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de

Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la

calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien

antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa

del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No

cree en el sexto.

Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír,

inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo

de los oídos. El Arcediano rio sin ganas.

La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como

poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.

El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho

Marcial, salvo el latín.

--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce

en el Espolón esa señora....

--Son bien escandalosos...--dijo el Deán.

--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro.

--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el

Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar

de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta

miserable y una viudedad irrisoria....

--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el

chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos

últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la

célebre querida del célebre....

--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir,

no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra,

agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja

nuevos y tiene tantos y tan ricos....

El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se

interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática

lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a

estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba

los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;

parecía buscar su testimonio.

El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.

Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos

inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres

intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el

más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del

cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano,

incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el

único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,

Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio,

un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que

todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los

supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido,

se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía

más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras

amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que

hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que

aquello era posible, pero importaba menos.

--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se

enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un

Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a

las sabias leyes naturales.

El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba

el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle

ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser

peligrosas. Glocester había olido algo.

--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No,

pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial

enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo

más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas

relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el

terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.

Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,

emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales.

Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado

aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del

Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy

principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias

Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el

pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas

incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir

holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió

llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo

conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.

La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre

familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la advenediza tuvo que

perdonar y contentarse con ser: la otra Regenta. Además, el conflicto

duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto

habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de

Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano,

pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas

pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos

amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga,

pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del

confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen

de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante

ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de

herencia, o mejor, sucesión inter vivos, era muy codiciada en el

cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la

reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido

los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y

congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,

porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había

cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral

que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por

costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por

seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas

continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo

se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.

Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los

milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos

sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del

Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había

averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los

más ricos americanos de La Colonia había pasado, tiempo atrás, del

confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería.

Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando

detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al

Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin

duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar.

¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus

labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se

había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del otro,

había visto, mirando de soslayo, dos señoras; nuevas sin duda, pues no

sabían que aquella tarde no se sentaba don Fermín. Había vuelto a

pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las

sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en

persona.

Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta

sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el

honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar;

el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una

procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del

que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no

pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al

coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la

Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al

Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que

clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo

de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no

tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen

bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba

a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.

Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del

confidente:

--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver

el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de

picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados

delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de

los labios.

--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse

por enterado de la intención del otro.

Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que

era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia

Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el

Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al

pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.

Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto

sin saber a qué atenerse.

El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que

llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción,

motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al

bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había

conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían

venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de

las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión

del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las

personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y

las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la

capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el

turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían

cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por

eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras.

Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo

los días fastos y nefastos, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y

cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había

avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente

para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que

aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar

cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que

con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de

Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una

de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía

un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y

Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser

irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general

con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;

adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las

calumnias de los necios y de los mal intencionados».

«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de

ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana

en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones

imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba

algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el

Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del

Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano

nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos

clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los

asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la

Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De

Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de

Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;

y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores

canónigos; quedaban los tres y el Palomo, que abría y cerraba cajones

con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.

Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle

el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también

quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua,

cortó la conversación diciendo:

--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor

Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...

son intereses espirituales.

Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose

un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello

morado y blanco:

--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».

El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del

Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros

expedientes por el estilo.

--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su

habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen

gallinas!».

Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo

Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso

salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla

del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar

con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba

seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el

Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!».

El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este

descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol

negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del

trascoro, decía para sí:

--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo

explotaré.

Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le

antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos

secretos y escaleras subterráneas.

El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta

estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido

a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer.

--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado

de veras.

--A ver, Rodríguez (el Palomo) corre a la capilla del señor Magistral,

y si está allí una señora....

Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió

en la conversación diciendo:

--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han

ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor

Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a

doña Ana y se la llevó.

--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano.

--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora

Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron

a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.

--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del

Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón!

--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire

tengo yo culpa en cierto modo.

--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el

rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo

inundaba.

--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una

explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino

hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente,

como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad

como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.

--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....

Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la

catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era

la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las

otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro;

las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y

otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.

El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas

no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y

tendió el cuello en actitud de escuchar.

--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.

--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de

ese grillo destemplado.

Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del

templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió,

para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes.

Eran ellos, en efecto.

En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la

levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las

orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de

la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba

de grado o por fuerza a los Infanzones.

--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el

feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes

el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han

visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda,

de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada

Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las

primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del

relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero

sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y

gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir,

del cincel de un Grijalte; y reasumiendo, en toda la Santa Basílica

han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,

puro, sencillo, delicado... Empero aquí, señores, forzoso es

confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han

dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la

mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa

Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia

de la catedral de Vetusta.

Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el

pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo

hacía en elocuencia liquefacta.

Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de

grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y

andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de

historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de

Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más

de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el

jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya

dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al

arco de medio punto; reasumiendo, como decía el sabio; sentía náuseas

invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos

por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una

irreverencia.

--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero

en una catedral!

El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir

la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al

frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.

Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo.

«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de

aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados!

Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban,

sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género

plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que

este señor don Saturnino?».

Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran

de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir;

hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración

de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le

importaba a él que era un compromisario!

La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada,

pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto

hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera

porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de

educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba

escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el

bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él

pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y

la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No

habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían

traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto

estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una

vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y

en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué

desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella

señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra;

y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el

Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y

cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de

probar sus injuriosas afirmaciones.

--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma

quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo,

salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón

que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia

de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas,

medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones

rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por

las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre

del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e

inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!

--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su

esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy

bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando

así de Dios y sus santos!

Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con

un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.

Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.

El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.

«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto

quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde

fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella

inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer

la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al

espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.

Sólo contestó:

--Señora... yo no profano nada.... El Arte....

--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted,

señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.

Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no

profanar, se apresuró a añadir:

--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones

de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto

es plateresco....

--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la

protesta disparatada de su mujer.

--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las

sentía.

--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez.

--¡Rococó!--concluyó Obdulia.

En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera

a besarle las botas color bronce.

Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse.

De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El

viento caliente le sabía a cierzo.

--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita

por la cintura.

Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.

«Amaba y creía ser amado».

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