TOMO II — Capítulo XXVIII La Regenta · Capítulo 29 de 31
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TOMO II — Capítulo XXVIII

TOMO II

Capítulo XXVIII

--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el Belvedere al

Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia,

corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua

por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.

--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don

Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que

tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.

La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor

ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera.

--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos

un plan!... ¿a dónde me lleva usted?

Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque

continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento.

De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y

bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente,

que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.

--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran

cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos,

blasfemando, contra su costumbre.

--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no

hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once

mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.

Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.

No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en

nombre de la humanidad!

De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y

disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría:

--Parece mentira que sea usted cazador.

--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un

bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a

mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. Nisi

utile est id quod facimus, stulta est gloria ha dicho Baglivio. ¿A

dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe?

--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida....

--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo....

¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros?

¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá

usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas?

El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de

nada en el bosque.

--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo.

--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y

continuando también la ascensión penosa.

--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece

a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense

este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada.

Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso

y no quiso recogerla.

El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre

la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión;

pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo

en silencio.

A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a

un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba

clavadas en el cerebro con clavos de fuego: Ubi irritatio ibi fluxus

decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el

Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte,

combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente

enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra,

con las escenas también campestres en que temía groseramente ver

enredada a la Regenta.

«¡Ubi irritatio ibi fluxus!» iba pensando; es verdad, es verdad... he

estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y

yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí

por completo. Y ese infame....

Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba

Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a

veinte pasos otra vez.

El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas

horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales,

iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de

leones, de sus hilos como de cadenas.

«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más

alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...».

Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz

dulce y suplicante advirtió:

--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos;

hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha....

Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones

embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su

amor propio y le obligó a torcer por la derecha.

Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía,

tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba

ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a

sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos.

«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín,

Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no,

gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de

estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado

trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto

obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y

Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un

idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía,

tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado

que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y

telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en

hilos pegajosos, tenues, entremetidos.

Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables,

retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado

la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas

de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las

ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un

loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que

esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego....

--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que

descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con

fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.

--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían

despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba

a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado,

absurda en él.

Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo.

--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre

dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.

--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una

liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero

sorprendido con el hallazgo por lo raro.

--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto,

admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada.

--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que

me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha

engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se

las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de

Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha

venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he

creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa,

está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es

de Petra.

Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que

había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica,

ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el

cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según

observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los

demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado.

Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente

las ligas de su mujer.

También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos.

No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don

Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso

como todos, estará sospechando... lo que no ha habido».

Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a

las insinuaciones de Petra.

Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí

mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre

todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a

término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había

retrocedido en aquel camino de perdición desde el día en que una

tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No

había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero

en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir

la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que

el amante esposo le había regalado a ella».

«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?».

«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían

hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el

fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente,

había podido...».

La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el

agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.

Por decir algo, don Víctor dijo:

--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro

mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....

Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera

querido estar cinco estados bajo tierra.

Los dos se tenían miedo.

Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.

Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los

llamó de lejos, entre los árboles.

--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí.

--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia?

--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban

en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del

monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora

Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el

toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco

había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de

Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas

las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte

cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos

están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por

usted y... por este señor cura....

--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?...

--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso,

y que ella le decía que ya había salido el carro....

Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je....

Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho

un eciomo, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo

se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco....

Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban

aspecto de náufragos.

--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los

huesos y darles un romantismo....

--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.

--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no

falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría

ponérsela una princesa....

El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde

habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde

hizo sacar su miserable berlina de alquiler.

Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba.

Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel

estado....

--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá

ropa....

No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una

carrera estoy en mi casa....

Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un

trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que

regular.

--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al

cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar

pronto a mi casa.

El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos

latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira

concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos

latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el

rostro de Mesía.

Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras

casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había

anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se

cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían

relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en

tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos.

Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo.

¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de

compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el

confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles,

grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era

él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una

y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los

apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era

de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del

maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con

unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don

Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le

viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía

el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían

quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!».

Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en

el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como

todo».

«¿Y lo que había dicho el médico? Ubi irritatio... es decir que Ana

caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y

tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había

servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia,

como la del universo entero...».

El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa,

la ropa en su madre.

«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar

una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus

anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo

idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el

ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en

el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...».

Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso

al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo

que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en

la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas

lascivas, locas y encubridoras...».

Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera

del canónigo.

--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a

su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!».

Y entró en su casa después de pagar al cochero.

Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su

cabeza.

Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan

formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña

Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.

Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le

atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo.

«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico

durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la

repugnante sotana...».

Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar

de todo durmió, rendido por tanta fatiga.

Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara,

y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos

otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde

al monte, que llamaba el clero del campo la santina, en la casa nueva

todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los

prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se

tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.

Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y

Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más

escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían

aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos

años que tenían varias de aquellas personas tan alegres.

A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita

y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su

cuarto para mudarse de pies a cabeza.

Entró con él la Regenta para ayudarle.

--¿Y don Fermín?--preguntó.

--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar

de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.

Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo

de la liga.

Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo

ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote.

--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada

instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.

«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos,

celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo

huir de él, tiene razón Álvaro».

Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al

Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva,

alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella

escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente.

«El misticismo era una exaltación nerviosa».

En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus

aprensiones.

«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía

pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para

adquirir más y más influencia».

Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían

sido muy íntimas.

De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta

hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y,

como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros

de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes.

«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de

cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero

calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos

me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...».

Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.

La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el

terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.

Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió

por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía?

Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del

canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?

¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!».

Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña,

elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes

naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos

ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...».

Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que

nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral...

«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?».

No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma»,

ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería,

había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que

ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le

sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal

la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía.

El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el

patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor

y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían

juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde

en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando

ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza

de quererla tanto».

Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del

clérigo.

Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro.

En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue

diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran:

--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral?

¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que

él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc.,

etc.

--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo

hace mucho tiempo... porque... porque...».

Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con

acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro

de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca....

«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que

todas las del misticismo».

Cuando hablaban así, como otros dos hermanos del alma, empezaba la

noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los

relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y

Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer

piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a

toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se

preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad

que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era

abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que

se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se

preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa

prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego

aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo».

--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me

consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.

Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más

quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el

gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a

Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban.

Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas

materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos

por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no

tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia

decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el

torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían

en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de

divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y

reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática.

Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco;

Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas

positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y

había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas.

Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo

al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el

horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del

corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta

el cachipote, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en

látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo

encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre.

Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre

aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y

otra de varón, buscaban en el mismo agujero el cachipote; los que

corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por

más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos chicos que

corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del

látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía

las espaldas.

Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y

preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la

galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno,

la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando

deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una

declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda

idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el

estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para

aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con

los treinta.

No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que

se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante

se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo».

«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y

Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del

Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que

había sido mística, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en

el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí,

pero caer al cielo.

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo

presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que

había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un

esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo,

una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era

pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer,

salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo

ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin

trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No,

por allí no se iba a la locura».

Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta;

es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque

le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones,

millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él;

pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar,

de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino vulgar, necio, que

era lo que el vulgo estúpido había querido hacer de él».

Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo estúpido;

para ella la señal de la distinción espiritual estaba en el desprecio

del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez

heredado de su padre: que para distinguirse de la masa de los

creyentes, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del

vulgo idiota, de la bestialidad humana, etc., etcétera.

Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él

capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se

oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo....

Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase

las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la

letra estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba

de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía,

sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y

costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que

había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a

qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel

amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que

había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se

dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado

sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin

querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya

no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero

todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía...

¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...».

A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes

y envueltos en humedad de lágrimas.

También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser

agua del cielo.

«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había

visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su

vida!...».

«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le

interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni

hablar!...».

Ana sentía un placer puramente material, pensaba ella, en aquel sitio

de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio.

Sí, el placer era puramente material, pero su intensidad le hacía

grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a

gozar».

Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le

dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se

le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él,

etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un

mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal

débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural,

hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor

de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces....

Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo,

pudiendo al fin hablar:

--¿A qué jugáis, locos...?

--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están

allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más

fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira.

En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los

demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se

baila a veces la muñeira, sobre todo en el teatro, medían sus

fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima,

que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de

su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar

hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira

venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con

las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez

venció Paco.

Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con

la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no

tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio

en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de

los pies».

«Más valía maña que fuerza».

Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los

relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de

la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a

la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia,

moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los

pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los

varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don

Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le

tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de

Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de

una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el

contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el

contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del

todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de

sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no

fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban....

Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los

pormenores de la declaración amorosa de Mesía....

Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y

excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y

Visita, dejaron de correr y enredar; y muy serios, con la melancolía

del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el

horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que

yacían desgarradas por el cielo.

Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de Favorita y de

Sonámbula y Joaquín salió por malagueñas, como él decía; en su voz

había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los

ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto

dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por

fortuna Joaquín se conformaba con el accèsit.

Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el Spirto gentil y subió.

Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a

los que afinaban más que él, era su delicia por aquella temporada, y

si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.

Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la

luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma

caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como

respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del

cuerpo y del alma.

Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a

Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como

encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no

tardó en abrirle el alma de par en par.

Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las

malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes

libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención

muda, intachable.

--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un

Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas

veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal

mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o

encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la

mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo

el don de la constancia.

--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son

fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy

pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama

mía.... Sin ir más lejos....

Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser

un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las

provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de

resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un

momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre;

bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor

exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su

descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el

conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer.

Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin

decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un

marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía

respecto de su conducta futura con Petra.

--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro

del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer

momento el descubrir aquella prueba de su liviandad.

--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra?

--Ah, sí; estoy absolutamente seguro.

Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.

La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería

precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.

La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido.

--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy?

Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las

mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido....

--¿Pero qué hora es, hija mía?

--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los

Marqueses ya están recogidos.

Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su

cuarto.

--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo

de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural...

y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas....

Tonterías de mamá...

--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del

cuarto contiguo al de Ana.

--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una mica, una borrachera de mil

cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que

está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que

quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al

lado de la suya.... Buenas noches....

Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló

al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto,

haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz

que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos.

--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama.

Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de

acostarse.

--¿Y ustedes?--dijo Quintanar.

--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la

señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y

quedarse a dormir....

--¿De modo?...--preguntó Ana risueña.

--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches.

--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un

poco....

--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que

había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro

de borla de oro.

--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama....

Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las

ventanas y las contraventanas....

Mesía con un mohín le suplicó que esperase....

Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las

bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora

todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería....

Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y

allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se

sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha

se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la

casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a

aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a

veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más

intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las

miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de

Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los

ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se

decían amores, cada vez más elocuentes.

Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al

interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas

rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad

indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana

misma se creyó en el caso de decir:

--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro.

Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y

Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba

de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don

Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando

pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole

seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró

risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el

rostro.

--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró

las contraventanas de golpe y corrió el pestillo.

Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los

alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus

amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y

unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría

aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero

siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se

volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y

campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que

enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran

realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más

poética».

Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además,

solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y

Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a

la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba

pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el

alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y

estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos

de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y

se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos

y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes.

Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro

alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en la

cara de gloria del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo

estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho,

exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la

delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho.

A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían

cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y

buscaron la frescura de la playa.

Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra

y se instaló en el puerto mejor de la provincia, La Costa, villa

floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a

la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a

donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía.

--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un

chiquillo.

La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había

suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por

lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo

del confesor y transigió.

«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía

éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el

Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de

los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena

de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la

Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.

Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de

Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como

perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al

orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía

su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos

de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia

eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las

ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero

parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto.

También Ana prefería aquel modus vivendi; no quería volver a las

andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las

aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo

rompía con el Provisor.

«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y

si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando

siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver

este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así;

quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro».

Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su

declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a

don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de

otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este

particular, comprendía lo que su amigo, nuevo hermano, quería decir y

aprobaba su prudencia.

Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que

en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de

motivos.

Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares,

después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto

se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.

A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se

había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en

el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su

amigo el ex-regente.

Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó

a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud

asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué sólidamente robusta volvía!

A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y

la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los

conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento

estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de

la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya,

completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que

Dios le había otorgado a él....

--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez?

--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo.

--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo,

¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que

parece un chiquillo.

Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado,

añadía Quintanar:

--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono

sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al

siglo no llegas, carcamal....

Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que

no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran

todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los

conocidos, el mundo entero.

Si Mesía le preguntaba en broma:

--¿Qué tal Kempis? ¿Qué dice de esto Kempis?

El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué

Kempis ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a

blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la

piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra

amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero

negruras, no quiero tristezas.

Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a

ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por

el estilo.

Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de

aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no

había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de

fijo.

Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que

conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los

ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones.

Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico,

de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y

ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era

deshonesto y grosero».

«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado.

Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo

de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se

sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como

una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder,

retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que

llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar».

Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él

decía, était déjà sur le retour, se sentía transformado por la

juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don

Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores

platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba

gozando entonces.

La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en

las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos

alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un

remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que

ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para

satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las

generalidades, los sucesos de su vida.

Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para

ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres,

teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se

había establecido una especie de convivencia de que participaban

Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos.

Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería

que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos

parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran

esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran

felices viéndola tan tratable, tan humanizada. Y jamás una alusión

picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie

hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces,

cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se

quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin

buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro,

apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada

semana.

Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se

emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero.

La alegría era extremada, nerviosa. Aquellos chicos, como seguía

llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años,

aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores

recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón

de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota

de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y

picantes del bosque. Jamás Visita hizo la niña de mejor buena fe,

jamás Obdulia consintió a Joaquín más tonterías, según su vocabulario

lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días

antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el

bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo

saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.

Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se

encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche

anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero

se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más

que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día».

Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de

que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo

era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por

sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del

último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la

última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio

mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se

sentó al piano y tocó la polka de Salacia, un baile fantástico de gran

espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. Salacia,

la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a

las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la

impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las

bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía

mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el

pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas

y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de

Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos,

carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música

estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La

bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida

lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo;

aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos,

cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de

precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita

recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de Salacia,

que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su

cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su

pasión irritada.

De pronto se le antojó mirar una Ilustración que estaba sobre un

centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que

clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos

treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una

flor... la última....

--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la

huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles....

Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su

polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu:

--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo.

Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,

zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada.

Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del

buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....

Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce,

después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había

comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber.

Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las

primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en

este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París.

Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño,

a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió

orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la serre

de la princesa Matilde!

Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de

volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban

solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa

del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían

apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden;

sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del

Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de

brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos

finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa

gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los

muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados,

amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años

hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más

experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.

Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro

solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del

salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la

alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna

nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa

del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la

servidumbre en la cocina; carcajadas y el run, run de una guitarra

tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba

con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los

cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio

populoso lejano.

Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias

perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su

juventud, allá en la Almunia de don Godino.

Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don

Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy,

ahora, aquí, aquí mismo!».

Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella

discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a

propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato,

para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:

--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no

señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la

decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué

es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el

valor... y estoy por decir que el deseo....

Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó

atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y

con suprema resolución, casi con ira pensó:

--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere,

que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo....

Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de

confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de

las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí

Anita.

Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si

salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la

algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie.

«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre

las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas

ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus

corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro...

llegó al balcón entornado; lo abrió...

--¡Ana!--¡Jesús!

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