TOMO I — Capítulo XII
TOMO I
Capítulo XII
Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más
importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más
sacrificios pecuniarios en tiempo oportuno. Era político porque se le
había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los
buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su
mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá
en la otra guerra, los cristinos habían ahorcado de un árbol a su
padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de
gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que
tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su
religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él
toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces
naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su
piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para
los suyos y para muchos de fuera.
Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice
infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;
todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido
educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos
primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.
El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de
los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,
que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería
los pies de buen grado.
--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el
señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y
agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.
--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?
--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a
los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita
no está de cuidado?
--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?
--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un
loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.
El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin
lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la
limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único
mueble nuevo era un piano de cola de Erard.
Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.
El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el
arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en
su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se
defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don
Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si
en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en
religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses
entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto
como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído
tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano
no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían
de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era
un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él
todo era flato; ahora todo era cuestión de nervios. Curaba con buenas
palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a
los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba
llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una
persona querida».
Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.
--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que
lo hemos de ver..., etc.».
Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había
hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los
profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante,
pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el
sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de
policía.
«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».
Y no se le había de replicar.
Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía
apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre
de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.
Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas
nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la
cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre
majaderos y hombres de talento.
--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo
mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la
verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,
se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas
exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
porque es una persona ilustrada.
--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?
--Sí, señor; de aquella pocilga vengo.
--¿Cómo está Rosita?
--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor
Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.
Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a
todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
--¡Aquello es el acabose!
El Magistral sintió un escalofrío.
--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo,
distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada
bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña
sigue respirando en aquel medio... no hay salvación, pero si se la
saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un
crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....
Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la
religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es
una letrina; sí señor, una cloaca.
--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están
haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.
--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan
trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.
--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor
de lo que es.
--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya
le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen
de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa
de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro...
y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y
clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no
aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que
las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de
Panurgo?
El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de
Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo
de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no
sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le
faltaba tiempo.
Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».
--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está
supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del
Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese
Torquemada pour rire, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?
--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta
desgracia como usted dice.
--¡Van ya dos niñas al hoyo!
--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache.
--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
opinar en este punto....
--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen
conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo
fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la
ciencia. La higiene pública prescribe....
El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de
folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.
--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.
--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....
--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted,
que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe
libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más
que uno de los términos en que ha de consistir?
Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.
--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia.
¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que
las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de
su existencia? Verá usted el sistema.
Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:
--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no
ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo
que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben
las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón,
según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a
casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda
en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al
mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o
diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...
por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor
don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las
niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los
bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al
sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el
Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en
seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se
ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería;
nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta:
correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las
niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido
en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían
allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se
enamora de cualquiera de las niñas... ¡Vade retro! Se le despide con
cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas;
maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un
padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y
nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso
sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de
lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del
Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen
mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la
baba también ¡mísero Carraspique! y tutti contenti. El Arcediano no es
el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el
demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el
atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor,
cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo
llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil
victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de
templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo
rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con
chistes de cura por todo encanto, resuelven libremente meterse
monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los
liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas
de Carraspique.
El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo,
dijo:
--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a
cien leguas de toda gazmoñería.
--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia.
El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez
monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan.
Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted
dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para
tapar la boca a los profanos.
El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.
«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia?
¿Sabía Somoza que era él y nadie más el cura oculto, el jefe
espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También
los tontos tenían el arte de disimular?».
Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes
lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a
las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en
persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.
Somoza volvió a describir la falta de condiciones higiénicas del
convento.
--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?
--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que
digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su
naturaleza era fuerte; en su constitución no hay vicio alguno; pero no
le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y
no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste;
ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen
alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está
satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos
alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en
un... inodoro.
Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él
quería, sino lo contrario, añadió:
--En un inodoro... que es la antítesis--así dijo--de un inodoro.
--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no
llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con
aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne
y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.
Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al
Magistral y salió murmurando:
--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era
una columna... de este orden; no era un estercolero.
Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las
palabras de su primo que había oído desde lejos:
--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió
Carraspique.
--Pero es un loco... haciéndole favor.
El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que
hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la
Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran
insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello
duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las
monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus
queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».
Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista
religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente
humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran
lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y
tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa
de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a
la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se
diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión
conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se
dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida
radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor
Teresa...».
--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las
manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si
usted le lleva el consuelo de su palabra.
No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.
Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca
directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que
las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación
superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio
era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo.
La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía
a desahuciarlo. «Era un impío».
--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique.
--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo
sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.
Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la
casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran
dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan
pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó
antes que asomara.
La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el
nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un
defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien
hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal
hombre, a aquel santo, pensaría mejor».
Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos
disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy
bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.
--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique.
--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los
labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en
la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas
veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen
cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la
Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el
ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad
suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?
--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la
unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es
buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una
Carraspique.
Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia,
les llegaba al alma a los amos de la casa.
Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos.
Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para
Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;
limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la
Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que
vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que
todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros
pudieran!».
Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería
decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las
instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel
santo suponiéndole cargado de oro!».
Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía
límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.
«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».
--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno,
suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una
prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso
y a mucho más.
Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.
Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho
padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo
terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas.
La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios
misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura
entre las flores....
Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos
de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no
salvarse, a pesar de tantos disgustos.
Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba
con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a
duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director
espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.
Salió el Magistral.
Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un
puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa
escalera.
--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de
empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».
Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte,
picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí
ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....
Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la
visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.
«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía
de ser».
«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar
algo con ira...». Se dirigió a Palacio.
Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la
Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que
llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica,
coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el
siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro
parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal,
renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta
y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.
El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy
limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y
parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de
piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor
cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala
donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del
Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno
de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de
pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco
color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio
entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.
--¿Dónde estará, don Anacleto?
--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras....
--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y
sonrió.
Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió
a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.
Después de cruzar salas y pasadizos llegó al salón claro, como se
llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas
particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de
ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal
obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a
cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.
Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también,
de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus
contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en
columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en
jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni
alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y
representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el
gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de
Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los
otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.
Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de
su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba
sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él,
colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón
ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.
El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba
al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había
de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín
para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas
pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,
jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.
--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el
Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las
Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban
en el coro y era una delicia oírlos».
Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se
podía admirar y amar una obra de Dios.
Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este
era su secreto--no estaba a la altura de su cargo».
--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los
poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».
Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los
señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido
contar para nada con el Obispo!
¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en
brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis.
Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una
gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía
voluntad.
Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que
valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar
los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el
hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando
su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de
llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces
aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo,
ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le
tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.
¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga,
de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se
buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.
Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran
escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su
virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía
su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña,
jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó
una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había
mordido al niño.
--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el
paso al borrico.
--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo
por la vida del angelillo.
--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.
--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...
--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.
La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.
Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se
abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya
había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las
alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia
predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a
la Mujer sine labe concepta. De memoria hubiera podido repetir cuanto
han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y
sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto,
del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo
romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases
de cariño paternal, filial y fraternal.
Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después
se regalaban, titulados así: El Rosal de María (en verso)--Flores de
María--La devoción de la Inmaculada--El Romancero de Nuestra
Señora--La Virgen y el dogma.
Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los
daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una
alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del
mundo, al menos las que él había padecido.
En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y
mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería
engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él
lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I.
muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes,
aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los
zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.
--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el
cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de
conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,
y será mejor.
--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos
nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su
oficio, parecerían estos una gloria.
El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no
se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un
recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si
notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un
mitrado, le reprendía con acritud.
--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de Los
miserables, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos
en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como
exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos
pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,
llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?
--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con
ganas de meterse debajo de tierra.
Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé.
¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del
ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro
sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si
eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién
es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas
medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen;
¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?
Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en
Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la
cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad
primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su
elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador
verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión.
Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su
cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa
cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar
en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía
el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La
caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el
mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la
gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el
templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los
cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la
conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los
vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.
Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a
cansarse. Decían que el Obispo se prodigaba demasiado. «El Magistral
no se prodigaba».
--Estudia más los sermones--decían unos.
--Es más profundo, aunque menos ardiente.
--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.
--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.
Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué
gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía
aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de mera
retórica aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».
--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de
nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra
revolucionaria, ni un satánico non serviam librepensador».
En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en
los sermones de la Audiencia. Todos los viernes de Cuaresma la Real
Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística
somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense
predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.
--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo
primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es
necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos
señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y
hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo
había hablado a los señores del margen, a la Audiencia Territorial ni
más ni menos mal que al común de los fieles».
El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un
oidor que el sermón no tenía miga. El oidor había corrido la noticia,
y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.
Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había
hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su
sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días
antes.
--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo
no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso,
leer entre líneas».
La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se
presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había
desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se
dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de
la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún
libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me
alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era
Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio
de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,
preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir
disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la
experiencia de estrados.
Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la
alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía
solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a
Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre
Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún
apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el
grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los
establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero
nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo,
esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.
Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato.
Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la
antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose
de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que
procuraba excitar Glocester.
Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le
hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el
pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso
por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la
idolatría.
--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes
de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan
admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla».
«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!» repetía encarándose con el perro
de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El
perro no se reía.
Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con
tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que
adoraban tales inmundicias?».
Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba
partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
decía:
--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si
proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto
volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios,
adoradores de Isis y Busilis; una gata y un perro según creo».
El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo,
arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió
por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza
de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los
sermones del prelado, que no se preparase y que se prodigara tanto.
Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de
Glocester:
--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el
Magistral».
Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces
la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en
Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria
prevaleciese.
Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato
estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.
Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en
el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos,
lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el
sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba
con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se
veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se
extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho
del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que
llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía,
todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras
su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos
se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....
Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de
Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro,
el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos
crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar;
temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese
tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la
sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el
horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de
maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,
como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su
voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo,
aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba
siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí,
y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia
del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por
vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.
A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba
al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de
ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del
auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los
mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros,
mitad eruptos de la vigilia.
Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta
pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había
descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo».
El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba
para sus adentros. «¡Pero eso es un cómico!» pensaba; y pensaba
repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero eso es
un cómico!».
El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar
el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya
cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los
lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De
Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar
las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
Cada vez que necesitaba repetir lo de: «Y el verbo se hizo carne» en
lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras
encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de
un altar: Et Verbum caro factum est.
En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le
había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería
figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía
de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué
pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de
las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería
la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la
controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había
empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al
entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había
despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los
Caracteres de La Bruyère; de los libros de Balmes sólo admiraba El
Criterio y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las
novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba
costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su
experiencia con la ajena.
¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un
autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos!
¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de
remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener
mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de
teatro se parecen a los reyes».
Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con
la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y
virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en
cuando, para conservar su fama de sabio entre las personas ilustradas
de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se
remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que
descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se
burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de
sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los
Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos
desgraciados están locos!».
No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el
error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola;
nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.
«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las
tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento
natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral,
alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».
El empeño constante del Magistral en la cátedra era demostrar
«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del
auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para
probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no
explica los misterios, es verdad: pero explica que no se
expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo
familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía
entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su
a+b teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor,
con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba
los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se
bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento
contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se
arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los
ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....
Pero ¡ay! esto era perderse. Su público no entendía aquello... y De
Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y
tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de
allí con jaqueca y diciendo:
«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días
deben de ser de cuarenta y ocho horas!».
Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los
alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o
seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del
orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus
sermones de costumbres y él también prefería agradar a las señoras.
Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de la sana razón, en
los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era
un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito.
«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es entenderla».
Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante
aquellas fórmulas de la salvación.
«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en
América, ahora en el país natal, sin moverse de casa, podían ganar
fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los
malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era
mecánico, también lo demostraba por a+b. Pintaba a veces, con rasgos
dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del
embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las
vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que lo peor era
para él.
Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le
presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de
gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...
y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.
Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del
vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las
señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en
sus adentros era este:
«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle
hablar del adulterio. Las más de estas eran mujeres honradas que no
habían sido adúlteras, que no habían hecho más que tontear, como
todas. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que
el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en
el confesonario.
También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al
Obispo.
Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el bello sexo de
todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en
el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y
tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba
mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado
madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras
delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.
Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por rigorosa
antigüedad, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o
criadas. «Era demasiado hacer el apóstol». Se le dejó.
Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros,
albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas
de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este
fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy
afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos
que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».
En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:
--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de
la zapatilla?
Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el Boulevard, entre luz
y luz.
Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la
corrupción creciente de Vetusta.
Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de
Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor
en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.
El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.
Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano,
el segundo millonario de la Colonia.
El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín
sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.
«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a
las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas
señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era
nuevo».
Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que
fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la
virtud, organizado por cierto circulo filantrópico. El círculo se
llamaba La Libre Hermandad, nombre feo, poco español y con olor nada
santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra agregada
de damas protectrices (gramática del Presidente del círculo.)
La Libre Hermandad se había fundado con ciertos aires de institución
independiente de todo yugo religioso, y su primer presidente fue el
señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que
no comulgaba jamás.
Era el círculo algo como una oposición a Las Hermanitas de los
Pobres, a la Santa Obra del Catecismo, a las Escuelas Dominicales,
etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso
y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta
que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de La Libre
Hermandad.
Las niñas de las Escuelas Dominicales y los chiquillos del
Catecismo, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el
Santo Dios, Santo Fuerte,
Santo Inmortal,
y lo de
Venid y vamos todos
con flores a María,
inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:
Los niños pobres no quieren
ir a la Libre Hermandad,
los niños pobres prefieren
la Cristiana Caridad.
La cristiana caridad y la perfección de la rima revelaban el estilo de
don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de
las Escuelas Dominicales de niñas pobres.
La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso
sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los
tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y
presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del
fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de
don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas
protectrices ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo
guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que
llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.
Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a
todo. Actualmente era la tesorera de las protectrices.
Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que
fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que
presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le
ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a
propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su
visita le acompañase otra dama de viso. Ninguna quiso ir, no se
atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su
papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.
--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el
Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede
ver...».
Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una
grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al
Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo,
Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de
este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se
llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».
--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba
la correveidile de Glocester».
Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La
Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota,
agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y
lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación
se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes,
y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca
del estómago».
--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.
--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga
S. I.?
--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos
vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...
no oigo....
Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba
como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de
protectrices.
Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de
Páez.
El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un
ateo, era enemiga de la Iglesia...».
--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no
figuraríamos nosotras como damas agregadas.
--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a
papá.
--Pero, señores, si La Libre Hermandad ha cantado ya la palinodia; si
desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda
esa jarana....
--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el
aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....
--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo
menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.
Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó,
envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.
Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al
Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados,
se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar
explicaciones.
El Magistral no pensó en buscarle.
La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del
prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para
saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y
acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:
--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.
--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá
espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted
por convidado.
--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?
--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy
convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos
dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....
Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró,
dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno
eclesiástico.
Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que
allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de
una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los
codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le
esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una
de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así
humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos
pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis
le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le
habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder
aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse
alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un
chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las
noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella
Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y
sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad,
recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una
historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia
suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era
poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato
sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca.
Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada
enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que
sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles,
qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su
culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué
prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo!
«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».
--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los
escarabajos que tenía enfrente.
Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal
afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de
púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de
aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino
tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también
un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.
Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres
cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las
personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del
señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para
arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las
garras de la disciplina. Había habido un soplo, cosa de envidiosos, y
el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de
convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido
echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas
sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había
consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el
párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero
arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado,
que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen
partidario de la causa óptima.
--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.
Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas
muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como
de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las
mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había
visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba,
pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien
puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que
Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un
gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.
El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para
dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el
lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía
bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no
era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y
como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló
con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las
hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el
resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes
sonrió como un oso que supiera hacerlo.
El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había
hablado palabra del negocio y hasta el mismo Peláez comprendió que
había que abordar la cuestión espinosa. Don Fermín, recordando de
repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y
encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a
atacarle--dijo con voz áspera:
--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que
su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el
delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si
usted sabrá que la Constitución Universi Domini de 1622, dada por la
santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables
traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar ad turpia a las
penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y
entregado al brazo secular.
El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a
espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.
--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los
solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,
por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....
--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi
palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «Expositio juris
Pontificii que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran
copia de datos...».
El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca
era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.
--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo
mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no
es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte
que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco
resbalan pero no caen.
El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la
espalda.
--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en
Vetusta!...--gritó.
--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted
en la cárcel de la corona....
Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.
--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes,
no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había
previsto aquel choque de dos malos genios.
--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el
Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su
costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....
--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un
poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad
moral de un Júpiter eclesiástico.
En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el
oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:
--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por
ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con
alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable,
yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él
le comunicará lo que resolvamos.
El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....
--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se
atrevió a decir:
--¡Cuánto siento!... señor Magistral....
--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso.
Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi
mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....
--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....
--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.
--Lo que yo no perdono es el disgusto....
--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no
puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores
de la ley que está terminante.
--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....
--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En
fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....
Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó
que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...
«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como
una fiera en su jaula.
Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto,
tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del
Magistral que hacía allí veces de secretario.
--¿Qué habéis oído?
--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....
--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No
me necesitáis....
--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy
para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el
despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....
--Sí, sí, eso sí.
--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?
--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?
--Ahí la tienes, en ese cartapacio.
--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...
--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A
qué vino?
--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura
de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha
hecho decir don Saturno....
--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el
clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con
violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus
ingleses.
--El cura de Tamaza es un vocinglero....
--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....
¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?
--Eso no. Lo pagaríamos en el Lábaro que él inspira y que ahora te
trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «La Caridad» de
Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella
andaba la mano de Glocester.
--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de
algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los
que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que
por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores
jerárquicos hacían la vista gorda.
--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?
--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los
prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los
Papas....
--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.
¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural
de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos
católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;
esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos!
¡bestias, nada más que bestias!
El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
ambiente de necedad....
Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban
en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de
las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....
--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.
Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de
Preces; y algunos asuntos de capellanías....
Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El
Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y
allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo
parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;
era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de
sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero
producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y
malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.
Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que
hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor
de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían,
contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina
como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de
hipocresía impasible y cruel.
Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él,
pero el jefe se contentó con poner una mano delante de la cara como
rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un
expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda
pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño
eterno, cubiertos de polvo».
El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.
--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.
--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con
distintos collares....
--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay
concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....
Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
también ellos querían saber si los expedientes de mansos....
--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,
para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las
oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno
a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se
resolverán nunca los expedientes dichosos....
De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se
encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su
gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios
intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina,
muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos,
puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna
cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,
congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas,
derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras
iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre
sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su
espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica.
Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas;
el Magistral era su instrumento inteligente.
Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias
que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio
de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con
pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver
una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba
nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su
madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su
frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza
de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de
siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el
Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para
engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su
hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al
leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un
sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le
importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se
hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con
la codicia la sed de ambiciones fallidas?».
«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva
manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».
--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre
avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte
minutos!».
Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró
con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir
de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga
y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de
monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la
parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus
resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su
hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro
encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle
del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre
anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la
piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.
Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín,
azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas,
medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el
hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín
grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de
preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier
cosa?».
Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de
bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las
Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico
respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo?
¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire
fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba
los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de
observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en
los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta
debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el
Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás
Vespucios de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos
jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas
doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de
los pájaros.
El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle
Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la
provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los
Normandos.
El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar
estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la
«elegancia sólida consistía en fabricar muros muy espesos, en
desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos ciclopios», según su
incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un
escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y
en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: 1868, que no
indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas
del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas
de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas
águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la
alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico
americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al
Vespucio de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía
el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía
visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien
a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud,
corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la
Corte.
Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único
libro religioso que trajo de América fue el Evangelio del pueblo del
señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase!
sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que
Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había
Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque
guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el
Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el
socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser
el más ferviente partidario de la religión de sus mayores.
«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo
religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si
muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre
estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro
inofensivo.
Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral,
en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos
flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.
Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:
--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes
le pareciera excelente.
El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su
papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban
allí buen tono.
Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos;
no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo
actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un
blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de
satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que
quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por
inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en
figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía
quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena
posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a
Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a
todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en
el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa
inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas;
renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el
alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en
paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje.
No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro
vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse
jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de
merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de
artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran
proporción» en quien no había que pensar.
«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada.
Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba
«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la
cabeza.
A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón
más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos,
como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se
entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no
era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus
millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de
enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo
el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar
al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la
pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su
lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles
para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él
quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella
proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le
hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.
Aquella mañana se le recibió en el hotel--Páez como siempre, bajo
palio, según la frase de don Francisco.
Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes
como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas
blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y
deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía
adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido
para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente
para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar
modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que
era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes
suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el
manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una
distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que
reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo...
o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero
demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin
dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase
esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama
de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la
marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».
Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con
ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.
--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.
El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con
gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo:
no con el gesto... con cierta coquetería epicena.
--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando
las sílabas que parecían salir de la nariz.
--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le
agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
para don Anselmo.
--Agradézcaselo usted a Su Santidad.
--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....
El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.
--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra
vez restituida a su natural frigorífico.
El Magistral se puso un poco encarnado.
Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son
estos pueblos... qué dirían....
No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su
madre como todos los días.
Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial,
que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un
presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar
en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le
habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina
solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas
suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con
gaudeamus, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita
para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses
a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a
esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los
oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta
come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque
a ella la miran como una de la familia».
«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de
los marqueses?».
Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,
el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los
pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de
Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana,
que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz
temblorosa:
--¿Está el señorito?
En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban
dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:
--¡Pues no señor! no son azules....
--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo
palmas.
--¿A que no? ¿a que no?
--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer
piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no
vi nada....
Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y
entró en el patio.