TOMO I — Capítulo XI La Regenta · Capítulo 12 de 31
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TOMO I — Capítulo XI

TOMO I

Capítulo XI

El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy

distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas

primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble

misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le

imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y

devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos,

pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana

estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los

jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba

una Historia de la Diócesis de Vetusta, obra seria, original, que

daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de

España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino

Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus

secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no

precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo».

Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana

estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se

entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en

un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo

negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y

las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el

brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal

contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el

mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al

aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín

un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la

alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el

zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba

como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante

personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por

sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi

nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato.

Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;

casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la

antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela

gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a

obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la

honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y

de su vida doméstica.

Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en

un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros.

--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía

muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí,

con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la

cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser

insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un

sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el

Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de

Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su

pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está

vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo

se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes

que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela

escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello

fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a

la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato,

muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una

cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor

es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la

moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas

tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde

no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin

funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su

reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el

Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame

calumnia.

--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba

presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para

murmurar.

--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el

señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más

ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un

gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las

fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo,

en Somieda? ¿Y las acciones del Banco?

--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no

ha visto las pólizas; usted no ha visto nada....

--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don

Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el

Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero

ya hablaré!

--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este

proceso.

--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.

--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.

--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién

es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices,

patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta

hostias....

--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.

--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....

--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato

precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son

enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente

Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las

leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el

verdadero dueño de La Cruz Roja, el bazar de artículos de iglesia, al

que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del

obispado han de venir velis nolis a comprar lo que necesitan y lo que

no necesitan.

--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....

--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de

que La Cruz Roja ocupa los bajos de la casa contigua a la del

Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que

hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....

--Hombre, no sea usted barullón ni embustero.

--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy

obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.

--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para

todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga,

al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio

de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según

él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con

que el bazar, como lo llama, de La Cruz Roja, tenga sótanos y el

Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de

comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea

usted un boquirroto y mire más lo que dice.

--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a

usted derecho para desvergonzarse....

--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo

terciando el manteo.

Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se

decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen

humor consiste en soltarse pullas y frescas todo el año, como en

perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal

educado.

--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito....

--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno

libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese

disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar

lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por

ciento.

--Non capisco--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.

--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo

infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que

sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque

le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá

por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?

--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.

--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.

--¡Me ha llamado usted usurero!

--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al

empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y

recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas

de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la

Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,

cuando hay caso, la prima del seguro....

--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....

--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza....

--Como una esponja a la circulación del agua....

--Y los curas son los zánganos de la colmena social....

--Hombre, si a zánganos vamos....

--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un

alcaldito en tiempos de la Gloriosa...

--¿Qué tiene usted que decir de la Gloriosa? Me parece que la

Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor....

--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor

ciruelo!

--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo

personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por

ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías cuyo soy el

depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis

rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver

con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se

llaman Palacio?

--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo

le dejo con la palabra en la boca....

--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un

viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un

Candelas eclesiástico.

Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era

demasiado fuerte:

--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no

es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy

generoso, y robaba con exposición de la vida.

Además, robaba a los ricos y daba a los pobres.

--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro.

--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un

pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir.

Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis.

Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se

alejaba iba diciendo:

--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora

rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos....

Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el

paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la

Catedral.

De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos

esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el

segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el

seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los

aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero

joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se

apellidaba Campillo.

A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo

que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias.

No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre,

mientras se soplaba los dedos meditabundo.

Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin

poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada

fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro,

rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no

obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le

asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el

margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas,

cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la

celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto,

dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los

ojos!

--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción

religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,

pero no sin vergüenza ante un confesonario!...».

«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias

espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo

espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?».

El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas,

para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué

sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora?

Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho

antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su

valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel

tesoro.

Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.

--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse

con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba

contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la

entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que

eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no

sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le

indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que

yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a

mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la

piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha

escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa;

pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no

me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será

fácil».

El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello,

de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había

dicho después:

--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al

llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo

aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después...

pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora

como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra

le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre

protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era

orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es

desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es

como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como

no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a

reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan».

El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se

acordó también de que él se había puesto como una amapola.

«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don

Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo

para meditar horas y horas.

Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse?

¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón?

El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad

oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas

importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz

como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco

atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa

ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en

el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e

hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los

importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y

cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.

Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al

tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba

las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido

haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba

a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su

manera. La Encimada era toda suya; la Colonia la iba conquistando

poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los

ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en

Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía

que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata

flaquezas de todos los suyos.

Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta

los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban

con él o no confesaban con nadie.

A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular,

hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que

había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su

mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde

era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas

de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras

su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía,

acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo

de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los

vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por

lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le

daba hermosos y abundantes frutos.

La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su

propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo?

Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión

de la Regenta.

«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana

cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del

tertulín.

Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre

espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después

espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y

venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya

lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras

mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al

pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el

confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella

quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo.

--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había

notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama?

--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve....

Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los

pecados de sus abuelos desde Adán.

Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo».

El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y

juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan

descomunal noticia.

«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos

horas!».

En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido

pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y

además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de

su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había

oído hablar así.

«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con

aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era

aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada

más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre.

Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que

compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer,

dominar, conquistar, engañar?».

Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se

preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí,

por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había

orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a

sacrificarse en Jesús... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser

el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde

anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en

las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música

plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de

amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no

soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una

forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder

para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en

más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina,

bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora

que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?».

El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel.

Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales

pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se

puso a escribir.

El último párrafo decía:

«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma

de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día

de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: haec dies quam fecit

Dominus...».

El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina

del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: Prima salus est rectae

fidei regulam custodire; confirmábase la doctrina que los griegos

profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba

y definía, sacro approbante Concilio, que el Romano Pontífice, quum

ex cathedra loquitur, goza plenamente, per assistentiam divinam, de

aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su

Iglesia...».

Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.

«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso

no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La

infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable

de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como

estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....

¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la

batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la

voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica,

parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el

mar».

Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia

entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a

Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando

en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El

tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían

comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con

Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,

legos.

«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas,

con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado

ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como

ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia

de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los

fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando

llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no

aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,

los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que

hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser

impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y

respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!...

Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es

mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en

que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el

templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima

el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal,

¿en qué quedamos?».

El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la

mesa.

--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación

contigua.

El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven

de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente

rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La

palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con

el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos

bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y

noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza

y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon

griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En

esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,

hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un

perfume elocuente de todo el cuerpo.

Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de

la alcoba del señorito. Esta proximidad había sido siempre una

exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no

quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco

consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un

niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura

cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del señorito, por

si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.

En casa el Magistral era el señorito. Así le nombraba el ama delante

de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que

darle.

A doña Paula, que no siempre había sido señora, le sonaba mejor el

señorito que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su

aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las

conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por

si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las

muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos

azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la

posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba

que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la

inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media

palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué

habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su

hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una

evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín

continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era

un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella

creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.

Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su

hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la

espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.

--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?

--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.

Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un

poco la boca, y añadió:

--Apostaría... haber oído....

--No, yo no. ¿Qué hora es?

Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo

la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta

coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.

--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas

del trimestre....

--Bien; tráeme el café, hija mía.

Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de

insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior;

también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que

yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras

Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la

mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para

seguir trabajando o meditando.

Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que

era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver

sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.

Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las

encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto

se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes

rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas

en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba

de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba

frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.

Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho;

quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le

permitían adelantar en su trabajo.

Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el

silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del

café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de

nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las

puertas de cristales abiertas, y se puso a levantar la cama, operación

que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las

sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una

manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,

pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña

Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente

hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.

Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído,

los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las

piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados

colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a

cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las

enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral

seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su

pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de

brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y

mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura,

como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió

a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de

un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre

la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.

--¿Le molesta el ruido, señorito?

El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba

ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta

de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:

--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es

igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.

--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con

voz gangosa y tono de canto llano.

Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de

levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.

El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el

suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de

teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse.

Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los

puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.

Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale

más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba

contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, calamo

currente, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica

que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan

de ataque.

Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a

tener un alma hermana.

Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una

poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de

Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la

memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a

través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de

sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada

parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la

verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico,

incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué

recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver

con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la

Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo

diecinueve, un carca, un obscurantista, un zángano de la colmena

social, como decía Foja el usurero...».

Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De

Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le

quedaba de sus reflexiones de poco antes.

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más

fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la

postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos

cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y

fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus

músculos de acero, de una fuerza inútil.

Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de

color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía

gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de

revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras,

cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del

aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no

se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don

Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que

corrían contra La Cruz Roja, como él llamaba, colectivamente, al

Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando

odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al

murmurar del Magistral añadían:

--«¡Si yo hablara!».

Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se

acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando

aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo

por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en

el espejo, le parecía un otro yo que se había perdido, que había

quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de

Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba

muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En

cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de

la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía

siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida

torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y

bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia

de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante

y escultural.

Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el

suelo, con la expresión de los santos de cromo.

--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.

--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?

--Petra, la doncella de la señora Regenta.

Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su

amo.

--¿No dice a qué viene?

--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el

despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin

rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa

en los labios.

El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en

confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y

paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para

que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que

la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas

de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso

arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había

alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo

impidiesen.

Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan

insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan

alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen

recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el

clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura

sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no

reconocerla.

Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El

Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.

--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?

--Sí, señor; su doncella.

--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.

Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.

--¿Y no es más que eso?

--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía

mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o

tardar en entregarla a Usía.

Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:

--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un

recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda

confianza.

Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del

delantal.

--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.

--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.

Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía

él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte,

sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la

imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de

aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con

despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a

atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta

casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la

figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la

madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de

cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza,

atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;

la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos

de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un

contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella

mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del

Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda

angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña

con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una

amortajada.

Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin

disimulo.

--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.

Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:

--Era un recado para el señor Magistral.

Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable

sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,

como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de

la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra

envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.

Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento

de las maneras finas y de la vida de ciudad.

--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a

solas con su hijo.

--No sé; aún no he abierto la carta.

--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien

leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí

mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,

y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo,

sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre

delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios.

Pero su madre era como era.

Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la

mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea

de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba;

pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de

la familia y algunos amigos íntimos.

El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió

disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo

interior, debajo de la sotana.

--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.

--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y

tengo que hablarle a solas.

--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no

será urgente.

--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o

dejar algún recado; ¿no comprendes?

De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.

Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba

su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué

podía decir la Regenta? Nada de particular».

«Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted

antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos

contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.

Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un

momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.

amiga, q.b.s.m.,

ANA DE OZORES DE QUINTANAR».

--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su

hijo.

--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.

--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña

Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una

tonta o de una loca.

--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía....

Me escribe como a un amigo cualquiera.

--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.

El Magistral calló. Con su madre no disputaba.

--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.

--Se me pasó la hora de la cita....

--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor

Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor

Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos

somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los

necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.

--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han

llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....

--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal?

Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?

--Pero, señora, el deber es primero.

--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se

le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa

herencia?

--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de

alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de

salir pronto.

--¿Qué herencia?--repitió.

--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no

tiene más que hacer que verla a ella.

--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú...

eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.

Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a

las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron

anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación,

esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la

otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....

El Magistral se santiguó y dijo:

--¿Ya murmuran? ¡Infames!

--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te

acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer

aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te

lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber

aparentarla.

--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a

pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?

--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la

fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un

borrego, pero....

--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es

ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da

otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian,

estás perdido.

--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.

--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver

tus escándalos....

--¿Cómo ha de ver eso, madre?

--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos

perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del

Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted

exaltada... ve usted visiones.

--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la

punta del pitillo apurada y sucia.

Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la

catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos

consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al

sermón y que me deje en paz.

--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha

dicho?...

--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden

decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de

señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?

--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El

Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy

amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que

le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no

las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado!

--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?...

--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos

piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar

más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de

nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos

y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida

desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó

a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el

Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;

si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como

esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la

alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si

vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las

parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don

Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a

los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y

primicias en toda la diócesis; si....

--¡Basta, madre, basta por Dios!

--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú

(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo,

como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de

Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está

muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y

la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case

la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que

le agrade... por culpa tuya.

--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a

las niñas de la Santa Obra del Catecismo....

--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el

día menos pensado nos tumban.

--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las

mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas,

erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a

todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más

fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala

intención saben tener.

Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y

siguió diciendo:

--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo

sabes; acuérdate de la otra vez.

--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad?

--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted?

Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la

Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que

había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera

tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la

juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los

treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él

experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso

de la adulación.

«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora

me mortifica».

Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que

le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque

temía para su hijo la caída de Salomón.

La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era

buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa

contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella,

doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición,

el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula

se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su

aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto,

oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por

la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella

de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.

«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una

mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía,

podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso

conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba

de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz

de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba.

Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y

otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces

aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin

estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes:

que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería

enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su

hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por

más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de

Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en

lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen

mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del

amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de

Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;

era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los

Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el

dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y

cuando no lo tenía se quejaba de la falta «de carácter» de los hombres

importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese

dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don

Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre

Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las

suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la

vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no

comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la

Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En

los labios le retozaba esta pregunta:

«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».

No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era

cristiana».

Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera

puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué.

--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse

con la pregunta sacrílega.

Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía:

--¿De modo que hoy tampoco vas a coro?

--Señora, si ya habrá concluido....

--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas.

Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un

estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.

El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El

cielo parecía andaluz.

Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había

puesto nervioso, airado, no sabía contra quién.

«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero

formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía

todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero

que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un

pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que

todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era

superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado

algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se

enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba

de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su

despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz

interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto

filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar

algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a

la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,

humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que

con los demás era un hombre que solía convertirse en león!».

«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella

sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y

en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba

aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?».

En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre

había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las

demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la

influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le

achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era

él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe,

aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos

le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado

a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a

pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la

vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí

mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su

secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a

decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro

palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel

con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;

el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de

acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,

infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,

sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la

Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del

templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno

de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer

era falsa, no me salía del alma, yo no soy el vir bonus, yo soy lo

que dice el mundo, lo que dicen mis detractores».

Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una

reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama.

«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de

conservación que tiene el amor propio.

Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos

actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.

«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había

él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco

escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él

estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el

fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la

diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad

moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que

en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores

llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál

era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería

de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había

arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los

feos, los vergonzosos, los inconfesables».

Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,

iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles

tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas

encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según

costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso,

flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.

Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,

doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni

veía al que saludaba.

Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar

hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.

Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la

alcoba. Vio la cama levantada, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;

salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las

butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas

por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en

el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le

preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la

mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje,

correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo

hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La

despidió.

--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete.

Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay

manera de averiguar nada».

Y, saliendo del despacho, dijo todavía:

--«¡Qué capricho de hombres!».

Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:

--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».

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