TOMO II — Capítulo XXV La Regenta · Capítulo 26 de 31
Obra Menu

TOMO II — Capítulo XXV

TOMO II

Capítulo XXV

Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería

en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia

se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar

y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se

había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía».

El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias

de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era

la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al

corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el

labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una

expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.

Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a

las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por

viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza

formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar

aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre

no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne;

Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había

atravesado en el corazón....

Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo,

el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la

sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber

encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto

la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer

de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo

que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano.

Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un

refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del

templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un

pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo

espeso y duro, como un turbante.

--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo.

Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.

«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar...

allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la

pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él

para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con

angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad

de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba

como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin

conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!».

--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la

ropa nueva....

Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la

cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón

sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo,

salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila

Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con

las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El

gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de

quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.

«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde

solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un

extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada;

allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella

tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o

sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que

tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo

de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el

alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a

bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una

rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de

su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de

la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo

aquello.... Era un enamorado; el amor no era todo lascivia, era también

aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor

dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave.

Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a

hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían

pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían

inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella

enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella

misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...».

El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de

sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el

tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas....

«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la

capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a

deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual...

don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor

propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!».

Salió al pasillo y gritó:

--¿Vino doña Petronila?

--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó

el saludo en la boca.

--Ahora mismo hay que llamarla--dijo.

--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos.

No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y

entró en el gabinete.

Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran

Constantino que abría.

--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala....

--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la

cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la

criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.

De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego

misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias

íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él

parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un

contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero,

infinito, de la pasión única.

--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con

raíces, en medio de la sala.

--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta

noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca....

Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció

vergonzosa.

--Ya lo sé todo; no necesito historias....

--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es

esto, Ana, qué es esto?...

--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo...

pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la

cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no

tengo madre.... Yo estoy sola...

«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces

el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede

sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos.

--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a

ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral.

Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de

sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que

se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los

recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en

aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las

noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había

hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral

quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el

no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección,

una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma

flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse

allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia

había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de

castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que

se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un

dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo

Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se

movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del

insecto que late en las paredes y se llama el reloj de la muerte.

--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una

hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la

conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido...

yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro!

Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una

imagen confusa del recuerdo formidable....

De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror.

La locura pasó por su imaginación como un mareo.

«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del

clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de

gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de

la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior

incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,

solo él con un cuerpo adorado....

--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la

realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,

tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,

del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que

mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no

se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto

es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí,

confesar....

--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo

también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces

hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso

también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora....

Sí, creí que moría....

--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía,

si me manchaba?...

--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto....

--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo...

pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la

fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una

mujer muy mala....

--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los

diré; los sé yo.

--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?...

Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban,

con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que

era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el

confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor».

--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió

dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto.

--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo?

--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar....

--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar.

Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este

sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un

deber superior la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella

estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!».

--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí

mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa.

--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?

--¡En brazos!... ¡Fermín!

--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse...

bailando con él....

--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios,

Fermín!

Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que

hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo

espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo...

¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en

Dios....

--¡En mi Dios! Fermín, caridad....

--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy

nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó...

Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me

desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un

pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque

estoy preso!...

El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y

descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá.

Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente;

requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar,

buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza.

Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se

sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le

llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le

seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era

verdad.

Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí,

sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían

esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil

horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La

conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que

decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba.

Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también

querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate».

«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que

perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis

entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...».

Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle,

sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado

dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba

enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor

místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría

de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre

que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La

amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo

viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con

amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don

Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de

camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y

varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de

oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía

las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato

eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo

volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas

lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa...

aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y

corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don

Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que

pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el

martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el

estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su

mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más

misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y

sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha

caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así

pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te

clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta

al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de

los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero

silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba

de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su

jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le

quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol

de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a

la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,

aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía

de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era

su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el

martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer.

Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un

gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su

mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué

limpieza!».

Ana alabó el arte de su marido.

Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero

para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos».

La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando

volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado,

sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse

siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había

dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía

el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado

con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su

repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña

Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a

hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar

explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se

había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?».

Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de

zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la

Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para

ir juntos a paseo... a ver las máscaras.

--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No

quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no

quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios,

basta.

--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte

de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le

había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda».

Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo.

Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la

música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella

música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de

tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral

enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al

fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de

la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la

hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado

unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias.

Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había

procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la

espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco.

Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más

influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya

estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación....

Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la

tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad....

Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el

Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella

dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía

muchas cosas. Don Fermín la quería para sí...

«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?».

«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho,

anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no

había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana

encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no

podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía

eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba

asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta

años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el

rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...».

Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas

cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.

Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella

avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento

punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don

Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía

responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella

noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con

ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a

don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma

de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es

canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira,

gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero

con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo

no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no

amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura.

Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es

ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro....

¡Huiré de los dos!».

No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos

los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a

cuestas.

«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela.

¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los

había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana

comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con

esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía

mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo.

¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente,

insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor

agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba

a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le

cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era

martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero

porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas

y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres

domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma

también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida

esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él.

Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez

estaba seguro». Pero no quería brusquer--según pensaba él en

francés--un ataque. «La teoría del cuarto de hora era una teoría

incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de

hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que

pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y

comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor

ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece

más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada,

ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer,

serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos».

«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel

verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La

señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres

vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las

distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio,

más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser

exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo

gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco

Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo

harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba

temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y

cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban

los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la

enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de

la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano

calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en

Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno,

como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia

interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y

calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían

la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto

metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo.

Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales

horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don

Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos

señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que

encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron

sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si

este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se

volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre

mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del

columpio en la huerta de Vegallana.

El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara

sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le

arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y

tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas,

imágenes y aprensiones de este género provocan los actos

correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar

Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con

los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada

de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de

eso que usted me quiere decir».

Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no

volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario

objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía

para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta

dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios

extraviados. Temían otro encuentro.

Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.

Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose

a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los

pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos

padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que

en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y

delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire

libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y

rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las

despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había

salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.

Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado

fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también

por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara

el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un

artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el

Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano

con la garganta y las narices y hablaba de Gomogga y citaba las

grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años

mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que

Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían

triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza,

parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad

de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo

parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus

contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena

de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar color

local a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco

de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera.

El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita

Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas

aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que

le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla!

Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que

había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole

huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el

corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más

aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada,

ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía

saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel

amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba

en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara

consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a

don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía

hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no

había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no

había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto

era lo cierto».

Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por

sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don

Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante.

Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la

iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando

charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena

en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo

a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un

banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que

rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente

retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio

llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a

la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una

inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía

desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz

blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como

gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas

imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un

teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del

gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe

que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la

Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de

ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que

sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese

inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que

un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al

que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que

había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la

religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no

podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones

positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien

decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no

servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca

gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos

tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que

pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona

los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará

prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí,

se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque

la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que

seguirá siendo mala...».

Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas

paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en

que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que

establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los

reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos,

políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público

espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia

multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a

parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el

acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera,

colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la

perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño....

Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del

espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la

distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de

tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se

poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era

enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo

solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad

que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor

del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de

la oración común, el susurro del ora pro nobis de las masas

católicas, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia

sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la

misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más,

parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían

recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la

piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de

esperanza mística.

La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia

excepcional, si se ha de creer lo que decía El Lábaro.

Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como

nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP.

Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción,

colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón

delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de

marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la

Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro

y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San

Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de

zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a

otro jesuita, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy

caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas

del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros

devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más

guapas y las más entrometidas.

La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su

contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en

bote. No cabía un vetustense más.

Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían

ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban

en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban

a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban

por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el

rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, se

timaban, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas,

mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban

relaciones. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya

llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no

hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada

del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo

mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por

naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo

al pueblo para anunciar la alegría nueva.

Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu

para sumirlo en acendrada piedad, oía el rum rum lastimero del

púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del

viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia

silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares

y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella

elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por

la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración

de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la

Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser

molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza

desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal

vagamente comprendido.

Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho

mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía

sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en

Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en

aquella misma iglesia, el Stabat Mater... Y después que el órgano dijo

lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien

ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían

de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban

los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a

llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años,

sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,

cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil;

cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló,

volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan!

Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y

dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le

obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el

órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones

ideales de inefable tristeza consoladora, de la música.

«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no,

no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies;

estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las

penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral.

«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste,

qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le

despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y

ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le

abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo,

por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!,

porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos;

porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el

deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo

también el hermano de su alma, el padre espiritual querido? ¿qué

pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad

haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que

pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy

cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con

imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran

hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está

abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos

alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la

moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me

pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio

que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para

pagar lo que debo a ese hombre?...».

En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio

solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la

piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la

puerta sonaba el tic, tac, de las monedas con que Visitación y la

Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad

distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue.

En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y

suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música.

Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra

vez.... Comenzó el Stabat Mater.

La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una

resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de

manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo

estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los

pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral

estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la

envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y

le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh,

no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo,

sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu».

«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella

resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con

un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está

allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir.

Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta

mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni

malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo

estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo

que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la

relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía,

los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría

caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más.

Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su

pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música

triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la

duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto,

mirado... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente.

1/1
Menu

Fazer anotação