TOMO II — Capítulo XXI La Regenta · Capítulo 22 de 31
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TOMO II — Capítulo XXI

TOMO II

Capítulo XXI

Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos

de la Vida de Santa Teresa escrita por ella misma.

Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y

crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la

recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana,

jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera

de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después

iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y

«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto

alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba

el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el

calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en

cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo,

mucha naturaleza».

La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que

habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la

visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol

hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el

buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había

teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de

minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a

ver un arco de carbón que habían construido....

Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho

llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los

sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra.

Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único

amigo.

La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados

indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos

la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber

por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la

invadían, preguntaba a la doncella:

--¿Anda don Tomás por la huerta?

Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se

calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba

casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a

la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.

Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad

en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,

cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de

tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi

voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque:

incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de

algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y

fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la

hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con

esperanza de salud y alegría para todos.

«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan

diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba

a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos

pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras,

de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en

Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella

prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu

sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de

Cristo.

Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre

sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro

humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se

mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la

cabeza sobre las almohadas y dejarse desvanecer. Pero recobraba el

sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar

aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído,

creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí

estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo

dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.

La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con

la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma

mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra

borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese

convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas

de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y

tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era

guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la

saborea».

«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la

tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada

heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la

carne».

Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo

de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora!

Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera

escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese.

No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos

en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su

educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad

sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza

después de tantos años.

Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de

Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía

los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su

historia.

El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella

cuenta de tamaño atrevimiento.

La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el Tercer Abecedario

por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar

aquel libro. No pareció el Tercer Abecedario, el Magistral no lo tenía

tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte

años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no

parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida.

«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado

aquella piedad en su alma?».

En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a

don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era

uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera

Quintanar, que le tenía prohibidos toda clase de quebraderos de

cabeza.

De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los

progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella

quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas

íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica,

que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras,

le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla.

La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la

recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás,

pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer.

Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos

relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a

Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la

doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al

mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda

del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín

entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular,

bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas

mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra

reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de

pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables

de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían

con más besos.

--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula.

Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no

sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl,

en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos

mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales

valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro

lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase

a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos.

El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo,

pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos».

Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió

de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines

que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y

las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer

aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica

mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le

parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le

inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana

sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el

sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la

lontananza por Oriente.

Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de

boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le

ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros

que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y

melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la

Regenta le había escrito.

«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como

diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la

enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor,

llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida

me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa

olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo

que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no

hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los

mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho

tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo;

¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de

la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso,

donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir;

y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas

asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de

clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé.

Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras,

sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a

millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo

todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta

voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin

encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí

más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y

prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy

querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto,

sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que

ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión

en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto

tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor

querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra

penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber

querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también

«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos

sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo

iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al

salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que

sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos

monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de

Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta

bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo

suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel

confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos

amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un

idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la

gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el

hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que

ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre

de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es

como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los

malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como

se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los

débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no

tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al

río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que

aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya

sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios

cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le

deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en

su Perfecta casada que en cada estado la obligación es diferente; en

el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el

sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi

Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he

de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco

y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de

conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a

nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen

padre, que ya tenía mucha...».

Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que

había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos

celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga,

estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.

«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello

que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que

ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el

Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera

tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos hermanos; no

quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de

otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por

el alma.

Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos

que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más

fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la

realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la

cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba

seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar

satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba

así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba,

al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de

escuela «Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu...» Era un

seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección

de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto,

pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad

en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma,

y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión

innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo,

las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias,

las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,

menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.

¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin

sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el

Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de

teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su

adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo

pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba

para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la

ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,

subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más

que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que

había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos

del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo

cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con

deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las

enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres

ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón

de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto

fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a

nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus

deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar

misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral,

perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta

cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en

su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya

no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo

metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad

refinada de que él no se daba cuenta.

Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le

habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos

sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba,

alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido,

se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al

facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en

voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un

centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían

su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes;

parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca

de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos;

detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y

rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y

amarillo.

En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta,

partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde

sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén

cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey

en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como

por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y

el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino,

misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió

en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse.

Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos

ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este

simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras.

«Bueno era él».

--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué

satisfecho está el Provisor?

Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado:

--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera.

--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted?

--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes.

Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo....

A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.

Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la

cuenta de los muchos que atribuían al enemigo.

Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa

Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella

institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero

de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito

para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con

sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto

se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella

a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos

una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un

sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para

el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los

bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la

doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos

religiosos.

Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la

plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas

de los árboles.

Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió,

radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó

las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la

sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio

inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de

la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.

--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena,

y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta?

Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba

devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz

que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.

Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y

clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la

Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A

veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos

con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los

catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que

vienen con propósitos profanos.

El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear

por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de

palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría

para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un

angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y

origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo

que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas

alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas

con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y

banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas

cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen

pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de

tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura

tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas

casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces

turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo

avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano.

Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa

que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los

labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y

trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las

señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura

vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios

legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación

natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias,

mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de

malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de

coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el

tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y

los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban,

entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad

quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas

y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los

del kirschen o del ajenjo.

El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran

suyas y no del Ayuntamiento como las del Paseo grande, se recreaba en

los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más

sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores.

Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz

de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por

que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se

adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica

un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra

los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era

rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la

barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de

la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas

armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal

de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía,

expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban

para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no

entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su

arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le

convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la

intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas,

el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar

en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente

de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el

símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del eterno femenino

en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír

ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella

arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza,

por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel

fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de

beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que

no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de

pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio

saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la

Iglesia.

La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones

finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del

vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más

que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo,

podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los

esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los

Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le

zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de

repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que

salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo

olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había

salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela

con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se

morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos

y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que

movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en

otra cosa.

Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha

agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por

sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba

aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De

todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era

por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser

platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus

relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la

Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se

convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle

su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.

Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde

la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él

encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando,

por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como

si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le

parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba.

«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que

ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si

ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a

sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él

vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban,

daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí

semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la

vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos

intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era

más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños

de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros

volatilizándolo, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La

filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él

que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer

deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de

confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su hermano

mayor querido, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y

trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía

arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse

en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había

pensado en escribir novelas, en hacer una sibila verdaderamente

cristiana, y una Fabiola moderna; lo había dejado, no por sentirse con

pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las

novelas era mejor vivirlas».

Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de

pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las

maquinaciones de los conjurados del Casino.

En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al

Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le

pareció envuelto en una aureola.

Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza.

Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado

muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el

Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que

siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la influencia

del sacerdocio en su hogar, o sea el imperio. «El clero era

absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita.

«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... ¡Caveant consules!».

Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos

que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de

modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el

amo de la casa, pero nada más.

Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor,

que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los

dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una

junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero

don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo

vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría.

«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes

la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de

Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió.

La Regenta sonrió a don Fermín y dijo:

--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos

hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta

parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A

veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos

pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para

salvarme.

El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta

hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en

las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse.

No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera

aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo

inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta

la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho

con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella

ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer».

La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el

Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al

hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora

en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.

Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones

místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre

complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a

él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.

Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía

la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras.

Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se

debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando

el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y

venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba».

Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que

dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a

la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al

fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada

momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que

se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de

que por eso Ana llegase a tenerle en poco».

No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los

primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le

olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.

Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio,

sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del

alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre,

con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de

imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.

Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de

levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la

verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la

realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto

más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era

de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras

nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que

duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos

muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban

desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto

de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así

era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para

volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que

antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir

era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí

mismo.

Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía

chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba

a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda

determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto

podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la

vida.

Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla

dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido....

Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que

la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de

puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al

magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le

había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita,

en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una

corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto

continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que

creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba

también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le

parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para

creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer

que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no

le convence nada».

«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que

iba de veras».

Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la

escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y

preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:

--¿Y la señora? ¿dónde está?

Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón,

como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don

Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy

aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba

abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba

con timbre apagado y gutural:

--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten!

Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a

veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre

todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra,

como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una

resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don

Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían

demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus

cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta.

Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en

la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo

leve.

--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo

malhumorado.

Quintanar le consultaba acerca del estado de Ana.

--¿A ti qué te parece de esto?

--Ps... allá ella. Sus razones tendrá.

--Yo creo Tomás, aquí para interinos... que Anita se nos hace santa,

si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en

cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia...

indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo

para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones?

Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba

sandeces de su amigo.

También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su

gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo.

Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba

siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él

no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a

echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara

delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces,

el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas,

venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no

había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo

lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que

debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del

guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le

ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda

morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de

canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo

probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas

cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y

Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión.

De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era

relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no

temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una

falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en

Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner

en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano

de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando

por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro».

Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le

parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién

engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al

Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como

correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus

trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata

bobalicona con que engañaba a todos».

Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su

cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba

con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles

que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral,

del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero

adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar

a valer mucho.

«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que

era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!».

Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la

santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza

de aquella chica. Visitación estaba volada, furiosa. «¡Sus planes por

tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no

envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino el ruido que metía,

lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho

tanta sensación ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como

Ana con su hábito y su beatería. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado

estaba aquel miserable lugarón!».

Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía

sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía

Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de

amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable

cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche

y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito,

intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía

dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era

en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin

falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta,

encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era

optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día

encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas

finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían

los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo;

la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la

materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en

medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era

bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa

que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían,

no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad

sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la

creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa

Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones

de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas

propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a

comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de

actividad piadosa.

«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en

Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la

contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que

el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense

en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el

prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido».

El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido

incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero

ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que

es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que

volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida

circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias,

levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba,

toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura

apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso

acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las

llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas

dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los

ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la

pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún

quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el

pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego

en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral

había prohibido tales tormentos sabrosos.

El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la

conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de

su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido

más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios

el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre».

La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios,

lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en

conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad

verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más

comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los

ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por

pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis

contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había

ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había

redimido a todas las Humanidades repartidas por los planetas, de una

sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de

cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en

tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los

libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras

fútiles y peligrosas».

--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad?

--Sí, hija, sí, y autos sacramentales....

--No es eso.... Quintanar; hablo de La Leyenda de Oro y del Año

Cristiano de Croiset, por ejemplo.

--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación....

--Pues toma el Kempis, la Imitación de Cristo... lee y medita.

Y se lo hizo leer. Y entre Kempis y la Regenta, y el calor que

empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el

humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a

Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de

fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo,

bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida

no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de

la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el

mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a

él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no

quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos.

La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada

esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se

podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En

fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue

tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas

por efímeras. Una tarde, en su Parque, contemplaba a Frígilis que

estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su

operación.

«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura

de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar

cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general

y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces,

¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...».

«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué

iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en

las aguas de Termasaltas?».

«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse.

Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los

santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le

inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida

bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería

quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una

enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus

papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal...

con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía

¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones!

Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo

negocio».

La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella

hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor

de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en

asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del

Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.

Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se

trataba no era material, era simbólico.

--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico,

material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento.

Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso

desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.

El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto

llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el

Magistral.

A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había

confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la

infalibilidad pontificia.

El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se

había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le

recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del

Universo.

Los días para la Regenta se deslizaban suavemente.

El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los

compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero por dentro llena

de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias

inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como

Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura

contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar

ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos,

muchas moradas. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora

debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi

cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama

higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a

la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será

para mí!».

Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin

alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se

marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de

que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería.

Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la

confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle

despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y

pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de

miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con

el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su

amiga para que lo llevase sobre el pecho.

Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo.

--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería

asqueroso....

Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba.

--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un

solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita,

qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del

género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta

piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera

una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde

sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de

criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra

vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al

suelo, entre lodo....

Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó

pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación

le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial

de Dios».

Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había

despedido el día anterior.

«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin

verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas

veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que

es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que

debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y

después otras tantas... y así... toda la vida».

Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias,

ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar

una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al

cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le

derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en

concepto de Ana.

Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en

el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano sentaba bien,

y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre,

vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar

los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un

mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido,

había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de

abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y

después de contarla el paso de comedia del mozo de cordel, gritó de

repente:

--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro?

Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el

pulso a su modo.

Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió:

--¿No sabes lo de Álvaro?

El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con

santidades, pensó; pulvisés, como dijo el otro».

--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé.

--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado?

Nueva alteración del pulso, según Visita.

--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía

relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en

fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.

--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta,

al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás?

se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del

andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha

comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que

nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma

el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el

equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón

con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados

y los bebés como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en

la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho

Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo

escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama

de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de

Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de

ministro!...

Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro»,

pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que

le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se

recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco,

y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía

enfermo.

Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de

otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con

gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del pulvisés o sea

de la ceniza universal.

«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego».

Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que

quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte

otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se

retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La

escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas

sinuosas y paralelas grabado en la arena.

Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había

sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que

sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus

demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos

desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la

rebelión en el alma.

«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado.

Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras

veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la

tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la

lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable;

detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido,

desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el

castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su

vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo

más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido

por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar

por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más

que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de

Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién

la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a

Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la

llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El

infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término».

--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con

las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en

calma».

Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de

sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida

en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en

cruz.

Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana

volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos

contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que

entretiene la imaginación».

Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades,

Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la

enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y

bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas

exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las

encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías

ridículas que se dicen a solas.

«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin

sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por

experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues

bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus

nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a

comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran

Constantino.

Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con

una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un

estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana

interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le

dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos

si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni

usted han de agradecerlo».

Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral

tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no

se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el

pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él

creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin

mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una

sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en

el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando

como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más.

¡Gozando, gozando y gozando!».

Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era

aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote?

Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor

para ellas si se hubiera acordado.

--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de

reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de

Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban

solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la

amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían

cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella

amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero

cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y

hembra.

El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más

fresco todavía, contestó:

--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en

la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al

odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me

persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que

tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el

poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a

usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la

que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de

almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a

quien no aprecia en todo lo que vale....

Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el

perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en

manos del clérigo.

Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le

calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba

bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se

acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de

tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro

inverosímil inofensiva casi.

La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que

llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo

se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era

necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado,

buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que

además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el

faro de luz mística, el guía en el camino del cielo.

Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más

felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él,

elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra

una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo

ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo,

primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía

Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay

sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se

pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados

aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al

mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar

algo.

De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella

creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta

vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, elevada, en la

edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más

grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo.

Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se

juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a

quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir

cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo,

cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había

habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita,

seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de

confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!».

«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena

obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la

tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en

Palomares enamorado de la ministra?».

De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello.

Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal

suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él

sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello)

ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a

dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor

descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás,

se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba

rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y

adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos,

¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de

algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí

mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y

ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La

Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello

no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo

de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro».

Y después de una pausa, pensaba el Magistral:

«Y en último caso, ello dirá».

Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de

atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no

haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo,

aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada

del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le

comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales

ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni

el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral

el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les

disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin

vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete

de lectura, Trifón Cármenes repasando Ilustraciones antiguas; en el

tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era

antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin

parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! todo

el mundo se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien

pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora

echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino

leía los periódicos de La Costa: conciertos nocturnos al aire libre,

giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta

música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar...

el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se

volvía a casa.

--«No estaba la señora».

Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder

resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el

chaquet de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y

leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual.

Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en

el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los

árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero

causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor

dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza

de triste y aburrido.

Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo

pasara bien: él no era egoísta».

«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta?

Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos

son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad

era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a

tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro!

¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez

reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía

aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin

mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus

pájaros!».

En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo

conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable;

y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad,

y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables

de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la

religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían

acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave;

pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota,

esta era la que más le agradaba.

El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos

piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las

Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a

la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable

de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila.

Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se

hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de

Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta,

sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve,

«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar».

Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores,

unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de

Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre

estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con

permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.

Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del

pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para

despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la

iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de

Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se

entendían ella y su marido.

Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes

se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y

preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido

por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día,

activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos

a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel

tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa

de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos,

rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca

en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada

estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo

que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no

faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como

siempre. Ya podía vivir sin la señora.

El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si

volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno

el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se

murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que

quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa,

estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba

mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o

cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin,

parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don

Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre

todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y

perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima».

Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados,

aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más

voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre,

la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus

ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi

mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez,

que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era

para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida.

Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo

Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la

limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No

cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo.

--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos.

Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en

reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la

puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía

la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado.

Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el

rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios

finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua,

húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con

dientes de perlas lo partía la criada, y el señorito se comía la otra

mitad.

Y así todas las mañanas.

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