TOMO II — Capítulo XXVI
TOMO II
Capítulo XXVI
Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don
Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos
que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más
fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de
cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de
Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad
ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del
progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos
nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo
todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana,
Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable
señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un
chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en
sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del
miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con
todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el
Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por
Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más
respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la
catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había
llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono....
«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos
infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a
penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la
calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en
adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del
cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer
eses por las respetables naves de la basílica?».
«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la
consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor
Magistral!».
«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas
empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de
Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo
que tengo mujer y cuatro hijas!».
Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a
casa.
Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte
de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada
con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y
corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro
tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de
gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas,
gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea
de un mar lejano.
Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo
en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre
apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía
extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. Los
católicos celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh
ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo
mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los
armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del
andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero
con la Vetusta elegante del Espolón y de los bailes del Casino: y para
colmo del escándalo, según don Pompeyo, so capa de celebrar una fiesta
religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos
«licenciados de seminario» como él los llamaba con pésima intención,
«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y
todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que
respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la
especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los
ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella gusanera
inconsciente», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con
un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano,
pensó, más que ese montón de piedras!».
Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la
Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen
los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se
acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban
sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió
una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al
fin, hay una religión, la del hogar».
A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se
sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada.
Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de
lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que
prepararle», ¿a qué? «A bien morir».
De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su
madre al oír la noticia.
Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al
gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos?
Se lo propuso la hija mayor, Agapita.
--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a
mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?...
--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil,
mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo
ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es
tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba
mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo
os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en
confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone.
Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían
oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media
hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡El Ateo llamaba al
Magistral para que le ayudara a bien morir!».
Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un
perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El
Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en
la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se
andaba de puntillas y se procuraba volar.
Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa
grave, y merecía la pena de infringir la regla general.
--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán....
--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía
los ojos cerrados.
--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo.
--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere
que le vaya a confesar el señorito.
Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín
sentado en su lecho.
Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado.
La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y
el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos.
El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron.
--¿Te hará daño?
--No. Que voy ahora mismo.
--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo
primero y que va allá ahora mismo.
Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante?
--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía
que estaba enfermo.
De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el
fondo de un baúl la ropa de más abrigo.
--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?...
--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es
preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted?
--Sí, claro; tienes razón.
Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para
tenerse en pie.
En su despacho se sentó un momento.
--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A
Benito, aquí en la esquina....
Entró Teresa.--Esta carta para el señorito.
Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre.
Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa....
--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía.
--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán....
Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se
dirigió a la puerta con paso firme.
Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a
insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez
desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus
ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los
más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de
conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella
cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y
la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el
egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que
suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una
reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en
aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera
comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero
la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad
misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre
que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el
dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir
ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y
degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al
pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a
su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a
salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba
después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda,
reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una
intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo
quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua....
Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral
quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero
sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para
mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la
doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado...
algún papel... para el señorito?».
No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado
la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada.
«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó
Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo.
El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba
dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su
madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él,
de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada
por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y
sucios.
Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con
énfasis al cochero:
--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes....
--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y
gritó:
--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que
temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se
confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los
caracteres que se evaporaban ante su vista débil.
«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy
digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la
Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted,
que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea
indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está
usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura
de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la
deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá
cumplir.--ANA».
De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al
cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero
que volvió la cabeza.
--¿Qué hay señorito?
--A la Plaza Nueva... a la Rinconada....
--Sí, ya sé... pero ¿ahora?
--Sí, ahora mismo, y a escape.
El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios,
basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor.
Entonces hablaré, hablaré...».
Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la
cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro
del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un
niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría.
No estaba don Víctor en casa.
El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta
más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante.
Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro
aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos
cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las
hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro
relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que
le rodeaba una aureola.
Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera
en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De
Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus
errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara
al Magistral y sólo al Magistral.
Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en
cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán.
Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba
furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella?
Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron
al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros
clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al
Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de
aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque
sonreía como siempre.
--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos
sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted....
--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero
reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que
muera....
--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero
volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor
don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi
conciencia....
--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no
parece....
--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de
ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar.
El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don
Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban
allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un
color se les iba y otro se les venía.
--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio.
Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral.
Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre.
De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel
satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos
de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud
de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba
la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a
la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima
reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana
era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas,
llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver
a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su
confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos
los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que
le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que
él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo
caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera
vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos
y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una
humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas
en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se
asomaba el asombro mudo.
Quedaron solos el enfermo y el confesor.
De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de
Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se
decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le
venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia
que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que
nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba
seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho
despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies,
fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con
don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una
Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba
todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel
tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros
tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro
sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia
de incalculable valor para la Iglesia.
«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su
maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel
diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de
Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su
madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era
más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había
dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a
hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le
atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y
esputo de flema decía con voz débil:
--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto...
sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño
Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una
ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don
Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!...
pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios,
hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés....
Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por
sollozos.
Después el Magistral le hizo callar y escucharle.
Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de
Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso
pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión
debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de
los creyentes tibios.
--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males
ha hecho....
--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad....
Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he
ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería
a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero
en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh
Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don
Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa!
--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además,
puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal
es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada....
Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don
Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted
ha hecho y piensa hacer!...
A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el
Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era
Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que
religión.
--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a
quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa.
--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo.
--No, un complot.... La verdad era que el papel Provisor subía mucho
más de lo que podían sus enemigos figurarse.
Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan
grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de
cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor
del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de
gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la
conversión milagrosa que había hecho.
No importaba que Mourelo gritase en todas partes:
--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así
hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora....
Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había
hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había
que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes,
doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había
abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las
palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de
la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre
las huestes de Satán.
Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el
ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la
opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín.
«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a
ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, en toda su horrible
desnudez».
Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las
circunstancias, teniendo a su lado al cura de cabecera, a don Fermín y
a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las
puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la
ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien
ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría
descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su
influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.
Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había
equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía
durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar.
Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar
algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero
la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía
durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué?
Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don
Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia
material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba
con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía
admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico
influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don
Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su
enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y
sin más».
En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo.
Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán,
concibió la empecatada idea de consagrar una hoja literaria del
lábaro al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el
enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo
más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual
desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima
composición poética en que se cantaba la muerte del ateo felizmente
restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que
fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así:
¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...?
El poeta iba y venía de la casa mortuoria como él la llamaba ya para
sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria.
--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal.
La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba
con su elegía y continuaba escribiendo:
¡Duda fatal, incertidumbre impía!...
Parada en el umbral, la Parca fiera
ni ceja ni adelanta en su porfía;
como sombra de horror, calla y espera...
Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del
moribundo; con voz meliflua y tenue decía:
--¿Cómo sigue don Pompeyo?
--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción,
anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y
la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con pulso
febril:
Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo
la sentencia se cumple; inexorable...
No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto
fijo, pero le sonaba bien.
Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado
mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y
sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando
llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los
versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto
era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un
flaco servicio si no se moría cuanto antes.
Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron.
También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder
otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte:
No le lloréis. Del bronce los tañidos
himnos de gloria son; la Iglesia santa
le recogió en su seno... etc.
Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual
defecto tenía en los dedos de los pies.
El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. Acompañaron a la
última morada el cadáver del finado las autoridades civiles y
militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia,
la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos
católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo
con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba
presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le
había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en
la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un
cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario
general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es,
aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral».
Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas
impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo,
en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de
servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto
de la Iglesia....
--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el
temporal--decía Foja.
Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne
en una fonda todos los viernes Santos.
«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado!
»¡Vaya un libre-pensador!
»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos?
Morfina.
»El clero, milagros del clero...
»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros...
»Sobre todo era un badulaque...».
El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los
anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un
profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la
jota Aragonesa.
En casa de Vegallana la tal noticia estalló como una bomba. Volvía la
Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con
Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San
Pedro, a la hora en que visitaban los monumentos los oficiales de la
guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa
reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran
Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros
en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre:
--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a
dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....
--Pero Quintanar... no lo consentirá...
--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho
comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su
promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás....
--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de
indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió
acordándose del suyo.
La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era
religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional,
ilustrada, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a
las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar
estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y
darse en espectáculo!...».
--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por
una demagoga, por una Suñera.
--Pues yo, ¿qué he dicho?
--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una nazarena...
La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la
boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta
envidia vaga...
«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más
hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que
hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?
--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...?
--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque
estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de
terciopelo, con franja marrón foncé....
--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor.
--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de
la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado
de todos los pormenores.
--¿Y la túnica es de vuelo?
--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado?
¿sandalias...?
--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo....
--¡Descalza!--gritaron las tres damas.
--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir
descalza....
--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel...
--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas
diabluras?
--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este,
un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....
--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?...
--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los
muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería
meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas
disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo
que hizo el Señor por nosotros pecadores.
--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho.
«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene cachet. Sale de lo
vulgar, es una boutade, es algo... de un buen tono superfino...».
El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.
Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su
tristeza, su decaimiento de ánimo.
Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera
echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él
reputaba una desgracia.
--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y
mucha curiosidad....
--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...
¡No podían vencerme... y me vencieron...!
--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso
en la cabeza?
--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.
--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir....
Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil
veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo
creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía
molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a
lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.
--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie....
--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo,
Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de
Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....
--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía
doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro
detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?...
--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo.
Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad....
--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia.
--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que
no!... ¡Pardiez!
Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El
cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener otra explicación
con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió
encerrarse en el silencio... y en el despacho.
«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era
irrevocable».
El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto
fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería?
Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento
y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su
triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo
convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín
triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos
tragando polvo, dispersos y aniquilados!».
También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó
¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo.
Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo
resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo
que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza
para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había
ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su
adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido
aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los
Dolores, oyendo el Stabat Mater de Rossini, figurándose con
calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies
de su hijo, dum pendebat filius, como decía la letra. Había recordado,
como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer
vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que
encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había
resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo
entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de
aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado,
despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había
remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había
accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña
Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras
sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores
del sacrificio... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se
acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se
abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el
trance de la procesión!».
Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto;
era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no
había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura
aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que
ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas
las calles de la Encimada, dándose en espectáculo a la malicia, a la
envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y
balcones aquel cuadro vivo que ella iba a representar? Buscaba Ana el
fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días,
en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el
entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El
miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por
completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en
Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para
restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en el escándalo de
aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa
honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No,
no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era
una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con
silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había
prometido!».
No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo
el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de
la iglesia de San Isidro.
--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en
los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del
cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de
contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada
de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni
menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.
Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar
la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas
de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la
Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba».
No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido
en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete
espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se
esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del
Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio
churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí
y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,
Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada
aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba
pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de
los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus
gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos,
admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de
Fandiño el bello ideal de la coquetería.
Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a
negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas
vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían
atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un
pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y
también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente,
significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que
dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo
del terciopelo morado de la nazarena! «Y era natural; todo Vetusta,
seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies
descalzos, ¿por qué? porque hay un cachet distinguidísimo en el modo
de la exhibición, porque... esto es cuestión de escenario». «¿Cuándo
llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una
envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria
bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en
aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.
Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,
que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre
inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás
días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de
corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor
maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al
natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el
movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la
frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le
atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la
escuela.
Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su
mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no
sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había
inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a
los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en
aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año,
él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la espectación general, le
llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo;
él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio
tranquilamente muchos años hacía.
La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de
orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de
San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su
cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino
del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se
metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de
aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni
entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero
inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr.
«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba
a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu
sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este
escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el
sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime».
Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los
pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de
charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre
que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque
existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que
un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse;
había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas
como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día.
«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la
Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor
falso, eran ellos, era el Entierro».
Cesaron los comentarios en los balcones.
Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.
Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.
El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.
Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle
estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las
cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba
solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de
la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello,
don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en
la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a
un interlocutor, invisible para Visita.
Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la
secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser
visto, lo que él llamaba la subida al Calvario de su dignidad. Detrás
de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué,
impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que
pudiera.
--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la
arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por
ahí debajo. ¡Secuestrador!
--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro
de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han
fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso
del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la
cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que
ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.
--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador
romano a una esclava... detrás del carro de su gloria....
Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él
se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en
un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el
escenario del Real, una noche que cantaba el Poliuto.
Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se
sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había
tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a
sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios
aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a
la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella».
Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros
del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se
puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle,
y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.
Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón,
arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de
él.
Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor
muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a
himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.
El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.
En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo;
las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia
arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de
cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas
cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,
subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en
confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin
ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas
que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de
ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de
blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros
morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos,
preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer
religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.
Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él;
a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con
manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos
carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba
allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula.
El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz.
Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la
estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto
religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime.
Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo,
con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de
la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel
rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del
sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no
daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba
delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde
su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no
miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies
la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El
choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don
Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba
pensando que Ana, después de aquella locura que cometía por el
confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.
Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a
los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto.
También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz.
Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los
pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de
que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían.
Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de
toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de
prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de
aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la
tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca
sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en
todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel
calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la
Perfecta Casada, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo.
«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy
lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la
Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no
hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí
porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...».
Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía
este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo
triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre
otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio
apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de
las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta
haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado,
prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su
hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando
al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne
flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a
él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los
Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí
tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes
vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies
del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a
veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía
más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos
de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus
relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha
cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la
asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora...
después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba
en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía
arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote».
Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al
suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el
topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez,
como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del
Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura
aparentes: quería decir ¡Vae Victis! La de Mesía no reconocía la
victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente
irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie
es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba
por vencido.
--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la
Audiencia.
--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo
creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué parada! parece
de escayola.
--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa,
Visita.
Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió:
--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días
con los pies hechos migas.
La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en
Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros:
--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas
decentes.
El Marqués apoyó la idea muy eruditamente.
--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin
recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.
Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de
pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la
valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes
graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento».
Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del
Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar
alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de
aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa».
--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a
exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño
descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre.
Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello
porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo
menos, no había sacado bastante.
El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de
aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse,
como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer
descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!».
En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana
preguntó a Mesía:
--¿Están ya ahí?
--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la
cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás.
--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado!
Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba
de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.
Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír
aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su
mujer.
--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el
balcón--. Ya van lejos.
--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!
--Ánimo.... Todo esto pasará...
Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.
El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los
brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de
sollozo:
--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en
brazos de un amante!
--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo
antes que verla en brazos del fanatismo!...
Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.
La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El chin, chin de los platillos,
el rum rum del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes
de Quintanar.
--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no
ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!
--¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!--¡Sí, amigo mío! ¡Primero
seducida que fanatizada!...
--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las
ocasiones son los hombres....
--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me
figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!