TOMO II — Capítulo XXIII La Regenta · Capítulo 24 de 31
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TOMO II — Capítulo XXIII

TOMO II

Capítulo XXIII

«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex

utero ante luciferum genui te». Esto leyó la Regenta sin entenderlo

bien; y la traducción del Eucologio decía: «Tú poseerás el principado

y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que

brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes

del nacimiento del lucero de la mañana».

Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario:

Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia.

¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano

como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba

escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban

los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por

salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música

retozona. Decía el órgano a su manera:

Adiós, María Dolores,

marcho mañana

en un barco de flores

para la Habana.

y de repente, cambiaba de aire y gritaba:

La casa del señor cura

nunca la vi como ahora...

y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar:

Arriba, Manolillo,

abajo, Manolé,

de la quinta pasada

yo te liberté;

de la que viene ahora

no sé si podré...

arriba, Manolillo,

Manolillo Manolé.

Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había

nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al

órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que

perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas

trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para

alumbrar las almas.

El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en

algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las

tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que

aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los

cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,

como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del

pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.

Y no eran más que las doce. Empezaba la misa del gallo.

El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime,

recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y

los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos

años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce,

risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres

y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del

campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros

del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más

sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su

obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra

y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y

se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor

no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles,

que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los

seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en

declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía

alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes

bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que

habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una

delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más

humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar

las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar

sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto

era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal,

cariñosa, artística».

«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo;

la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la

música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres

del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había

olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del

monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que

arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta....

Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se

desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar

de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba,

sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir.

La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se

interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de

hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el

Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio

aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester,

siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada

despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al

canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere

interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo

Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.

Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del

público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en us

y en i y en is: por el tono que se daba al leer no parecía sino que

la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una

composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto

terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus

agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones

alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas

de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el

modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento

interpretaba el brindis de la Traviata y el Miserere del Trovador.

Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el

antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la

emprendió con la mandilona:

Ahora sí que estarás contentón

mandilón,

mandilón,

mandilón.

Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,

hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de

paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios

de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se

olvidaban.

Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran

dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas,

sobre las alas del águila de hierro.

El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos

cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos

acólitos con los ciriales; uno era Celedonio.

«¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!»... cantó Ripamilán,

muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la

última nota.

«¡In illo tempore!»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un

edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto,

muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por

Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía

sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José

se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de

Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a

María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y

envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora

pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los

pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó

su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras.

Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y

sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora

toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en

una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le

pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía

un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel

Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si

acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera».

En tanto el público empezaba a impacientarse, se iba acabando la

formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún

chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la

sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían

en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol

monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la

gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la

tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos

sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los

fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el

ochavo miserable.

Pero llegaba la ronda y el racimo de pillos se deshacía, cada cual

corría por su lado. La ronda la presidía el señor Magistral, de

roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba

el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con

paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La ronda daba vueltas

por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar

abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la

colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en

la misa del gallo, hacían necesarias todas estas precauciones.

Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda.

Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la

verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y

quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que

preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne

repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas

las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa

apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de

Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que

no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la

de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción

de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia

conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy

confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla,

con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de

Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un

oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los

ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de

su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual

amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro

imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.

Todo el elemento joven de que hablaba El Lábaro en sus crónicas del

pequeñísimo gran mundo de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la

catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de

Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza

pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran

profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con

que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia

no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella

selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses

eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de

pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas

señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es

claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba,

que el hacer el oso, que era a lo que llamaba timarse Joaquín Orgaz,

si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí

tenía un cachet. Y para la viuda las cosas con cachet eran las

mejores.

«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos

cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal

curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz,

Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la

misa del gallo.

«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el

hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un

licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había

convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué

asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber,

últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si

alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de

las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la

catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había

protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se

atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío».

--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto,

y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes,

al permanecer en semejante sitio.

--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación....

--No... qué ha de ser... abdicación....

--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso

ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una

compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el Palomo el derecho

de arrojarme del templo a latigazos o a patadas....

--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--.

En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que

los perros en misa.

--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además

esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes

probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un

baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha

nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?

--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.

Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de

Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura

donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un

pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la

encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco.

Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo.

La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una

verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del

Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de

abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las

personas, sólo se veían bultos.

Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a

Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del

Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que

con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y

cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los

oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.

El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos,

aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos;

necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel

instante le pareció ridícula.

Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio

dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca

escandaloso. Nadie sospechaba su estado.

Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus

luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido

de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello

un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba

el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de

aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se

despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire

que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de

San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de

lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía

sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos,

que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en

aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando

aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado,

muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo

más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del

cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del

misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel

señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas

sobre el vientre, rodeado de monaguillos».

Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes

importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío

y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se

levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse.

El órgano se había callado como un borracho que duerme después de

alborotar el mundo. Las luces se apagaban....

En el pórtico encontró Ana al Magistral.

Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que

encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la

Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó:

--¿Se ha divertido usted en misa?

--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que

tocan... lo que cantan....

Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía.

En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de

rezagados. Había que separarse.

--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal

humor, casi con ira.

Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa.

Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía

enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con

recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín

noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una

gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel

instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre,

llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le

volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda

a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían

la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles

calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del

mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del

infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para

decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la

doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más

antipática, y más servicial... y más insufrible!».

Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado

discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con

tanto garbo, pensó la criada:

«Están de monos» y sonrió.

La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida;

estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se

encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna,

en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba

un nacimiento que había visto aquella noche a primera hora.

Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al

espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda.

«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla...

pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando

algunos segundos.

A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la

dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella

sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba

pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar

abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía.

«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación

a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba

allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no

muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que

Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento,

gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el

cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía

todos los buenos propósitos de Ana la devota, la hermana humilde y

cariñosa del Magistral.

»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por

qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad

del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una

vaguedad tierna, anhelante».

Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío....

¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas

luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la

vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed

de sacrificios!...

Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el

estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la

galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No

estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana

claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras.

«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de

luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le

cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera

abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don

Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su

Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación

literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los

atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido

frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el

que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y

oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de

un candelabro elástico clavado en la pared.

Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido

se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor,

entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de

una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor

leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera

armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.

Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y

verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de

defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un

su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas

que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era

caballero, atrocidad semejante.

Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los

pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que

repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido,

la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella,

a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la

maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de

Belén y otros recuerdos análogos.

Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba

despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el

lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca,

aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne

rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor

de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo,

quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su

marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que

salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al

rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás

Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda

meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado:

--¡Quién anda ahí!

No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que

se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones.

Y algo más tranquilo, dijo a poco:

--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra?

Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal

los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la

perseguía.

«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?».

--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y

familiar.

Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus

sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su

marido, de sí misma...

«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de

la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un

absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer,

como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar,

pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se

presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la

cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo

carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus

brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida,

buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda,

lloró, lloró sin saber cuánto tiempo.

Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia

de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la

espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su

tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima

a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma

flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal

límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica...

tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de

tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un

rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que

limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando

ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda,

viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al

rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó

su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era

ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un

brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la

frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la

almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora

después se quedó dormida.

Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la

casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la

catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al

balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la

calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y

se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a

la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría

como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando

oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el

coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa,

con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego;

el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero

dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y

pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las

horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se

dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete,

muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se

miraron.

Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin

necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se

encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían

muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de

lo que llamaba El Alerta «el elemento levítico» de la población.

Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes

algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor

Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo

exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La

Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia.

Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal

cortada, recibía a su mundo devoto como si estuviese ella de

cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios

mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de

aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo.

¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en

la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía

antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué

ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!».

El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña

Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la

discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se

atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero

en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la

santidad del Crisóstomo vetustense.

Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el

gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y

saludando con la mano les dijo, desde la puerta:

--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré...

Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella

señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.

--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta

siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase,

dispusiera de ella y de sus actos.

Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como

poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía.

Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por

el verano. En esto pensaba Anita.

--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza.

Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.

--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo.

--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi

bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo

esto, Ana.

--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás?

--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana?

¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré...

--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó...

esto no es nada.

--¿Tendrá usted un ataque?

--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje

usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana

contenía el llanto que quería saltar a la cara.

--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que

tengo derecho....

Ana cayó de rodillas a los pies de su hermano mayor, y sollozando pudo

decir:

--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia....

Mañana... temprano....

--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese

ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos

y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete.

Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas,

sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.

--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo....

--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....

--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión,

Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un

juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba

borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la

madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive...

tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta

ahí!...

Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus

palabras....

--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así

podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó...

Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían

acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él

pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo

soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora,

sin poder contenerse, había dicho: tu rival, con fuerza... aunque

aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.

«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se

conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula;

comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión

exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber

hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el

Fermín de antaño».

Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al

extremo del gabinete y dijo:

--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el

ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como

yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo

entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me

arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No

sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted

me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no

sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo

no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a

pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a

mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué

sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies

del mártir que matan a calumnias....

--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora....

El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se

acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por

la pasión:

--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto

al altar de la Concepción... en frente del púlpito....

--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía

que decir... está dicho....

--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila

se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos

la señora de Rianzares, que decía:

--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo,

repasando su sermón sin duda....

Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la

confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido

que atender a doña Petronila que gritaba:

--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la

misa....

El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había

entrado el ama de la casa.

Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas

manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo:

--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó!

--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón.

Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas

subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al

comenzar el día el Evangelio de San Lucas.

Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción.

--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila.

E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa:

--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los

gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre...,

del Hijo... y del Espíritu.... Santo...

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