TOMO II — Capítulo XVIII La Regenta · Capítulo 19 de 31
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TOMO II — Capítulo XVIII

TOMO II

Capítulo XVIII

Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste,

tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en

agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como

latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas,

tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y

después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al

mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se

descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar

por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un

penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se

extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea

el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,

fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del

valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua

disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a

lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del

campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza

de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y

paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como

canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino

un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y

arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las

praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde

fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo

espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,

melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de

agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para

estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su

esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca

Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta

silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá

en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro.

«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de

menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,

en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar

compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.

Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las

corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña,

que no tiene puertas.

Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza;

Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la

tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que

le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda

cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por

otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un

lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que

una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se

explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar

su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su

casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que

siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores

hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la

triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen

esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con

negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel

programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había

publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y

por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar

en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta

jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese

honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y

amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre

dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad,

sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado.

Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de

la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y

comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que

suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los

impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí

veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador

que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se

notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el

libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras

cualidades de su oratoria, que parecían señales de una manera

original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.

Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la

conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en

él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en

Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su

oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda,

para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si

la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera

suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo

hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a trabajar, frase suya,

tan bien como cualquiera de esos otros primeros galanes que recorren

las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.

Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado

trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en

las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él

necesitaba con el tiempo crear una familia, y entró en la carrera

judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas

relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y

se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una

edad en que todavía se sentía capaz de representar el Alcalde de

Zalamea con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la

llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es

delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un

artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas

dignamente! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido

lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la

vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de

serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de

ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era

cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían

hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.

Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de

trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía

Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el

poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su

corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La

simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes

no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba

sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por

dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que

cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba

poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión

lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la

influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de

Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro

las ideas de aquel buen hombre, de quien los vetustenses decían que

era un chiflado, un tontiloco.

Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza

de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El

oidium consumía la uva, el pintón dañaba el maíz, las patatas tenían

su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su

oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis

disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del

contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba

pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil

en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los

parques y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del

marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba

de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de

vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el

gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato

que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las

lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San

Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto

los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de

cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en

el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,

claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos

alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra

la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y

más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos

del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la

conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba

de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste

ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.

Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a

los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de

un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una

inmundicia.

«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a

buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera

abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más

digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para

elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de

humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles

estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo

de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de

monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros

puntiagudos!...».

No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa,

alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del

arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el

cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita

era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de

tópico de conversación en las visitas de cumplido.

La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,

esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las

enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor

media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía:

también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los

más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta

mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus

bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno,

inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de

espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.

Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se

resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran

parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual

buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a

las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.

La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su

lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba

deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de

viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia

o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y

la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de

sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban

por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña

Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar

compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia

para un alma tierna, a su modo, como la de la señora Marquesa!

--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía

con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a

oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería...

pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...

lloro... pero no hago alarde de ello.

--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía

el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los

secretos sentimentales.

El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas

de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus íntimos

le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a

la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que

el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve».

Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a

desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y

nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando

votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano

Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.

La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se

metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de

penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban

pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué

habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los

bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales

se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban

antiguas consejas, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder

por fuerza en todo hogar señorial, pero se murmuraba del mundo

entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza

prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del

presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El

gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se

tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién

pensaba en los aguaceros?

En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad

excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de

oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa

de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus

salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las

bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con

estrépito las duchas de los tremendos serpentones de hojalata.... Todos

despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería

y de las charadas representadas.

--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del Lábaro) se

metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto

era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios de

Viernes santo, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de

Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si

bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor

religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco

popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que

se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos

favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta

última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras

muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan

notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en

los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los

viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.

El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene

moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana

aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de

la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los

Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre,

pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral

se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por

su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo

ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la

administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba

sabiamente.

--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo

madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.

Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran

Constantino, las del cónclave, como las llamaba Ripamilán, esperaban

con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera,

que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa

y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada

menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes

como coraceros.

Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba

en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la

iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para

confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a

impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus

peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba

en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos

profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían

reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito

para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación

absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los

libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una

especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la

oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio

inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces,

para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de

conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que

rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora

en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los

peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla

abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían

sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que

ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las

expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar

el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador

del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a

los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la

blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de

ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.

Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a

él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de

aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no

pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se

dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el

de su amiga.

De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en

semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que

ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones

místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas

noticias tenía ya el confesor diligente.

Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de

la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija

mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar

allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo

el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo

cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los

pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los

cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta

retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la

religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma,

pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias.

Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de

encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente,

en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su

talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.

Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la

humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al

lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de

día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza,

entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho.

Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban

inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de

inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de

glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero

y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese

el estudio serio de las matemáticas, de todas las matemáticas, que

tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto

Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes

irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre

que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas,

mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza

de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y

mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a

jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse

metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien

en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era

menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y

cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida

piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a

ser, en cuanto mejorase el tiempo, una beata en el sentido en que el

Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto

todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle;

pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda

negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de

pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando

con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin

poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un

rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al

universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante

hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando

órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana

ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado,

quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida

virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica

de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh

no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar

las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese

hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que

quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos

pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro

volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable,

brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había

clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante dandy la

tarde memorable de Todos los Santos. Entonces Ana se ponía en pie,

recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del

chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y

acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la

frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba

a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con

ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los

castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas

largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no

llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba

Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle.

«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de

la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y

sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba

ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto,

sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y

aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido

inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola,

unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de

Vetusta!».

Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba

con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un

caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía

adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los

senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero

redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana

eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos

pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos

borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.

A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco

estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía

él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad,

en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.

--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía

en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los

trasnochadores de oficio.

Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca

servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y

llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía

melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también

tienen los descreídos a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina

cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario.

Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo

grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las

mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.

--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el

de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su

casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista

de Frígilis por esos montes.

Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en

Vetusta.

--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara...

histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí.

No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana

estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía

ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por

él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de

tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la

plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el

estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora

vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría

de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah

Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no

esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo

permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española;

pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los

cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y

tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque

la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía,

no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe

inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima,

casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro

cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor

propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi

imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no

le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le

abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado,

como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en

comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las

tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía

había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un

partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué

no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?

Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la

cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:

--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable

rincón!».

--Usted es de la madera de los ministros....

--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro!

¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es

por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta

farsa... tanta mentira....

--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los

perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted....

Subiría mi don Álvaro como la espuma.

Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo

demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo

de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde

Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora

del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo.

Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había

creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo

para retrasar el cambio de vecindad.

¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya

invencible.

Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba

confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había

estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró

tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde

dichosa había pasado acaso para siempre.

Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos

comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había

salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo

había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y

resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero

empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple

decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:

--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella.

Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada,

distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había

conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por

casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé

Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a

Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!»

señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza

retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo

comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de

cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia

que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella

para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo

villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo

agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la

confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque

al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de

resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga

a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de

Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no

era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró

camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer,

que simulaba bien o mal un cuello marinero.

Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo

de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que

era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según

los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más,

sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la

del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba,

y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco

en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de

protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía:

--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses!

Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba

satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le

presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.

Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado

interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde

de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado

distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más

había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía

vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus

costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la

lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de

cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios.

«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina

eléctrica». Esto era humillante para la religión y depresivo para don

Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al

Provisor y le quitaba el sueño.

Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que

Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento.

Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando,

había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de

las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un

libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él

mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos,

había arrojado el libro con desdén sobre un banco.

--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre:

conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas.

Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar.

Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había

retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar

viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y

la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo

de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la

torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco

después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor,

con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don

Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los

otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del

catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don

Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y

daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había

entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y

a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro

habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.

¡Iban al campo!

Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su

confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo.

Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído,

impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste

crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.

En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la

capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,

presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era

que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima

confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo

necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien,

que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad

no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén

sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de

Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y

corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde

estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había

levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder

del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse

que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con

el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía

a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una

afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños

lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su

dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces

¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había

acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar

dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese

caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas.

Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró

en la sacristía y amenazó al Palomo con la cesantía, porque el gato

había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio

y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi

irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El

buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta

de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y

el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un

papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los

dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo

suyo.

Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se

hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces

al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas.

«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las

pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto,

porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se

comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los

sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas.

--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un

dineral?».

--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino

que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de

la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad.

Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus

bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...».

--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera

indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me

corregía.

Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para

acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió

expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender

sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios

párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un

cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.

--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un

gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre!

¡que no da para borona la costera del besugo!...

Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en

Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso

largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los

sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo!

«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado

también con aquella obsesión de estúpido.

--No faltaba más que ahora me volviera loco.

Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas

ante la celosía del confesonario.

Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se

levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya

del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila.

Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la Madre del

Amor Hermoso, con sus ojazos de color de avellana asomados a los

cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda,

los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo

áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección

insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha

de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo

algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen

vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de

charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga,

ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.

Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras

chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a

la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de

agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel

embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón

sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en

el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los

balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día

moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha

salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se

acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la

Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar

el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo

con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo

aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras,

parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda

la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era

tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a

estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero

algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.

Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con

una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de

decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los

ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.

Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.

Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una

voz que se parecía a la del gato blanco:

--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta

resolución....

--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla...

--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le

hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía

tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me

horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y

de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me

figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé

cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de

mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría

lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como

hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré

cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que

nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que

yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de

usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted

sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es

pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es

virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a

esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me

impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por

egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me

mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación,

ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como

ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se

lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro

alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está

aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo

he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como

dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos,

preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente

recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me

antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso

doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por

probarme a mí misma la presencia de Dios?...

--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí,

hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy

seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi

vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es

flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver

con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí,

por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras,

las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si

a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas

buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene

ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide

de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera

penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa

resolución de esta tarde....

--¡Habló usted de un modo!

--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....

--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?

--Sí, sí, padre mío, vida nueva....

Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una

mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la

oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro,

pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y

entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de

la Regenta....

--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja

ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge....

El Gran Constantino besó la frente de Ana.

Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello

de una cofradía mojado en hielo.

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