TOMO I — Capítulo V La Regenta · Capítulo 6 de 31
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TOMO I — Capítulo V

TOMO I

Capítulo V

La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete

años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran

molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de

diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La

acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por

su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.

Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún

sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....

Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin

palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la

señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado

por la resignación cristiana.

«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder

de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte

concluían las diferencias de familia».

--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de

Vetusta.

Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.

Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la

enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la

edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la

claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía

oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.

«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la

crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía

unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.

--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.

Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,

huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje

de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre

de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la

catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se

explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al

principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una

somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo

horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía

entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se

sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,

ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.

Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había

vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el

último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido

para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba

hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del

filósofo no había hecho más que ir perdiendo.

--«Es decir, que estoy casi en la miseria».

Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,

poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase

cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser

de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más

que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de

don Carlos olía un poco a azufre.

Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso

levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La

noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de

frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido

coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.

Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el

mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados

necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.

Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien

entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.

--«La dejarán a usted morir, hija mía».

Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con

las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su

padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas

cristianas.

Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.

Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,

abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un

aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de

los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».

Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la

desventurada hija del hermano de sus pecados.

Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio

que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían

imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de

aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas

utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar

con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse

el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!

Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.

Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no

tiene su cruz?

Ana tardó un mes en dejar el lecho.

Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el

viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del

mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más

transparentes.

En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su

convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no

llamaba las cosas por su nombre.

El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.

Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio

que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana

hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la

vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.

En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni

contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo

lo que le daban, y si se le preguntaba:

--¿Cómo estás, Anita?

--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a

veces no oía siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.

No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.

En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente

las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas

santas mujeres.

Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía

con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:

--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía

moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de

caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por

resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar

sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,

a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga

que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa

joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una

abdicación de su señor padre....

--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.

--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza

nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló

en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos

sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,

de su infausta....

--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los

discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;

pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy

callada.

--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.

Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a

Anita.

Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos

como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para

nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada

como sobrina de quien tantos elogios merecía.

Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el

médico esta resolución de la nobleza vetustense.

Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de

trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la

sobrina estaba al otro extremo de la casa.

Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón

de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al

Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas

las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las

tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de

casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la

ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada

existencia. No pagar una visita de clase, les parecía el mayor crimen

que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,

porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su

corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido

incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,

María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas

hubieran asistido a la tertulia.

La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se

gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.

Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían

probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la

cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más

bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se

clavaban en Anita al darle un caldo.

La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme

con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.

La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna

solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella

sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo

que eso era.

Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que

estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos

hermanas de un asunto muy importante.

--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.

--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?

--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te

acuerdas de la carta del aya?

--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,

¿verdad?

--Algo menos, pero peor todavía.

--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?

--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con

aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?

--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.

--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes

(juntando y separando los dedos.)

--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...

--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año

pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,

que soy tambor de marina!

--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de

Ozores. Suspiró su hermana también.

Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las

primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con

dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó

todo el diálogo de sus tías.

No hablaban a solas como delante de los señores de clase; no eran

prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia

decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La

conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les

hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,

historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que

no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se

habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que

se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de

Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de

clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza

solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de

flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida

al cabo, de la sobrinilla enferma?

Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,

se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la

precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la

verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron

aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de

datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la

boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana

que estaba a los pies de su butaca.

«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta

nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera

seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada

más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».

Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que

sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en

adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran

ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.

Había habido algunos minutos de silencio.

Doña Águeda lo rompió diciendo:

--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.

--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....

--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las

mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de

manteca.

Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.

Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores

románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias

canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma

acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:

Esa luna que brilla en el cielo

melancólicamente me inspira:

es el último son de mi lira

que por última vez resonó.

Se trataba de un condenado a muerte.

El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con

un amante; pero una vez que el siglo estaba metalizado y las muchachas

no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura

de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los

Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,

engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no

imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy

galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las

hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una

dolorosa experiencia. Los chicos innobles, que pudiera decirse, de

Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera

apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con

algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar

a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un

americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,

confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un

americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.

Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.

La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en

procurar cuanto antes la salud.

Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,

ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído

aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera

atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso

de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla

como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque

costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.

La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la

voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería

poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el

alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su

ánimo no contradecía estos propósitos.

Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación

providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos

determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero

al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.

En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el

delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los

enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y

de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era

demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia

más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte

como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan

honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que

sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo

la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para

remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento

que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue

el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.

--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y

acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza

las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque

nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del

abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.

Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no

conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó

firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.

Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que

tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías

sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por

ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin

era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al

contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que

lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del

Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena

examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan

profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza

artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de

Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en

la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De

todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le

había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el

cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar

sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,

exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los

animales, a las plantas, a las piedras.

En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta

actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de

comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que

unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más

despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y

heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus

sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza

exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan

todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.

Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el

alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse

tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no

estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la

tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba

columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus

ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,

ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias

purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas

ideales de sus visiones turgentes.

Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas

o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de

cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del

hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se

despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:

--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los

diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.

Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y

además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «El Cocinero

Europeo», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los

platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.

Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el Europeo, según doña

Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la

aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de

Vegallana y entonces recurría al Europeo. En su casa había muy poco

dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.

Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el

estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,

inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a

la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.

Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la

cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su

vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos

llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la

sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se

dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.

Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo

mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático

de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y

de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus

sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia

y la ayudaba a regatear.

La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para

pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo

al mundo.

--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.

Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella

Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo

guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la

caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,

¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un

mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de

otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya

verán ustedes.

En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a

la niña.

El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria

belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido

milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía

orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo

aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.

Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder

de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había

recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era

hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media

era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella

hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del

pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la

catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de

Ozores. Eran las tres maravillas de la población.

Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido

la admiración que el mundo tributó a su Minerva.

--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se

figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un

adorador suyo, amante de las formas abultadas.

--¡Es la Venus del Nilo!--decía con embeleso un pollastre llamado

Ronzal, alias el Estudiante.

--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio

Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.

--¡Es un Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado

y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,

tratándose de cuadros.

Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:

--En mi opinión más parece de Praxíteles.

El marqués se encogía de hombros.

--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque

muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.

No sabían si era un Fidias o un Praxíteles, pero sí que era una real

moza; un bijou, decía la baronesa tronada que había estado ocho días

en la Exposición de París.

Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en la clase,

en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la

modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden

expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo

del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba

con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la

caballeriza y hasta la casa de un potentado.

Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para

ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a

los vestidos, y creían que las proporciones--los novios

aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en

los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a la sobrina

adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos

más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se

casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que

prohibir a su novio formal--el futuro esposo--hacer el amor a la

huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,

pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.

Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos

buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres

buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,

como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano

plebeyo, un vespucio--como también los apellidaban--pagaba caro el

placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo

menos.

El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había

modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se

casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un

ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener

advertida a la niña.

--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten

con ten muy difícil de aprender.

Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco

embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo

todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en

que era indispensable dar instrucciones a la chica.

Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y

menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero

una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la

tertulia íntima de Vegallana.

--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado

en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de Las

Novedades. (Era liberal en materia de folletines.)

--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna

de ustedes. Cuando voy sola....

--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero

de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra

la tertulia de su predilección.

--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.

No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería

más claridad y replicó:

--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco

fina la sociedad de Vetusta?

Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había

disgustado.

--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se

figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....

--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les

consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.

--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una

cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse

tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por

todo. Tú eres de la clase.

--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero

tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....

--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en

pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.

--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su

propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de

remordimiento, como el del artista que se equivoca.

Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos

hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con

ten.

--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una

niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna

experiencia, por lo que se observa.

--Eso es; por lo que observamos en los demás.

--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es

necesario... un ten con ten especial.

--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú

habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más

estricta y meticulosa... eso, decencia.

--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.

--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al

vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse

en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la

clase, ya es otra cosa.

--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,

por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.

--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos

tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni

porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la

hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de

pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni

aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni

escandalizarte, ni darte por ofendida.

--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.

--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu

inocencia te sirve para tolerar todo eso.

--Así hacen Pilar, Emma y Lola.

--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....

--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama

mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la

juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;

déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores

formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.

Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna

cosa....

--Es una falta de educación entre la clase....

--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de

ellos....

--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de

haberlo dicho.

Doña Águeda sonrió.

--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en

pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.

--Eres muy orgullosa--añadió.

--Déjala; el que no se consuela....

--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides

lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la

marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una

impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te

alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no

menos elogios del público que tu palmito y buen talle.

--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido

de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.

Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se

figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana

trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella

hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana

era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como

pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la

esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de

esbelta, porque era delgada.

Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,

que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la

figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la

chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas

señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían

en la sombra un embrión de aquelarre.

Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les

gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que

no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre

concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la

observación en cabeza ajena.

--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al

matrimonio.

Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.

Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña

Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa

pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no

había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa

desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para

gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de

las sábanas.

Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban

los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;

pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían

su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos

labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel

perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda

Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba

exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era

verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,

con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de

Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un

porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado

hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,

entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no

vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación

aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de

que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior

de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba

debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban

más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella

carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más

solemnemente las viejas.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida

trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera

decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la

autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel

misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la

falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo

defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este

el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se

le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno

de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si

hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente.

Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.

Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas

solteronas. «¡Una Ozores literata!».

--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en

efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su

célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la

aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,

declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....

--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no

tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos

no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna

literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido

por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso

buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,

aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben

ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular

deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella

lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en

literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería

las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría

ella lo que era el mundo! En cuanto a la sobrinita, era indudable que

había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para

ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido

a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y

recordaba unas Aventuras de una cortesana, que había ella proyectado

allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra

los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y

engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,

volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el

papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del

delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales

disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus

penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma

no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba

en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en

Ana, aprovecharon este flaco para ponerla en berlina delante de los

hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que

Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los

jóvenes desairados Jorge Sandio.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún

se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.

Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera

descubierto.

--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el

baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala

intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que

yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un

idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo

pasado.

--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado

baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues

hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans-culotte.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la

opinión: la literata era un absurdo viviente.

--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no

escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y

desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos

aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero

como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a

los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran

incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,

cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se

refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para

tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio

criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de

arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos

que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le

pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató

de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas

interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba

a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en

efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel

marquilla.

Los pollos de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una

excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud

efectiva.

--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase

media que anhelaban siempre meter la cabeza en la aristocracia,

declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».

--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre

plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos

tienes». Eran dos orgullos paralelos.

Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya

en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los

mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.

La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con

sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las

vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de

Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto

bien.

--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta

ahora».

Y continuó:--«Esa será una de las primeras».

Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en

medio los ojos de la sobrina.

La sobrina también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y

ceja.

Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no

era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con

elegancia... el menos tonto sin duda».

El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:

--«Se ha ido el menos tonto».

Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en

cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su

recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».

El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como

quien oye llover.

--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la

iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.

Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones

improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas

escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con

plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo

para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te

hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.

El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven

para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la

señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor

Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana

suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,

hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia

sabía algo, impondría al novio sin más examen.

--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;

Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia

inmortal: El sí de las niñas».

Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio

soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,

en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada

de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas

las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y

un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las

pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas

morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,

y la despreocupación en materias supersticiosas.

El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a

saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no

estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.

«Era un forastero, palabra de sentido especial en Vetusta, para las

señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa de las

suyas».

--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy

cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de

comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro

antiguo es lo que hay que ver.

Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a

escondidas.

Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin

encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera

de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.

Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el

sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don

Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al

día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.

Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.

La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le

pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las

preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.

Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba

que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella

quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta

era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,

inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello

era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se

reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.

Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias

palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en

tomos como casas.

A don Tomás le llamaban Frígilis, porque si se le refería un desliz de

los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de

moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,

sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:

--¿Qué quieren ustedes? Somos frígilis; como decía el otro.

Frígilis quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la

fragilidad humana.

Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la

adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más

adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo

todo.

Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había

adivinado en Anita tesoros espirituales.

--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y

por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.

Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las

minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es

el arbolado.

--Deje usted la flora, don Tomás.

--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer

orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho

un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese

caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena

no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.

--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que

la niña....

--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme

motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad

que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las

raíces... pues es lo mismo, el alma....

Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor

muchacha de Vetusta.

Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para

recomendarle al señor Quintanar.

«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como

los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.

Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto

que los cuervos duran siglos».

Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de

Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones

que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor

aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía

Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará

más pronto... ya verá usted como pica....

Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.

«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».

No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo

declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de

Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como

Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.

Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?

¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para

esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don

Víctor, tampoco debía casarse con él».

Consultado Ripamilán, contestó:

--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el

Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le

agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.

Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».

Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró

convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una

mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.

--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San

Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que

atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso

de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el

teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen

conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz

a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano

y amigo».

Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le

gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro

era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a

vivir, sino con hermanas más parecidas de fijo a sus tías que a San

Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de

las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado Jorge

Sandio no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el

nuevo antojo.

Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún

trapicheo; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.

«¿Por ventura las demás eran unas tales?».

--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su

marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.

No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron

las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente

era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de

Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor

chalet de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser

diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio

a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió

herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas

para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo

presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la

sobrina.

Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y

terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie

al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra La

Etelvina, novela que había encantado su juventud, y exclamó:

--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en

tu existencia. (Era el estilo de La Etelvina.) Tu tía y yo hemos hecho

por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas

disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las

comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son

nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes

(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos

perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha

sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra

ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que

vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.

--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este

sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo

que se trata.

--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.

--Todo.--Sí, todo, querida tía.

--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera

de aquella locura del monjío....

--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás

quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....

--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....

--Y como nosotras no podemos más....

--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....

--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico

del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.

Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;

no se atrevía a dar una negativa categórica.

Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco

que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la

pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,

multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y

contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había

momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en

la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas

salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.

Doña Águeda misma estaba horrorizada.

La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de

aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo

tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a

leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién

dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el

palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la

mesa; todo lo había comido la niña».

Ana escribió a Frígilis.

Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de

la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la

mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».

«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser

ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería

llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su

sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.

Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y

hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una aurea

mediocritas, como había dicho el latino».

Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... mediocritas... la

cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.

Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que

a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las

condecoraciones.

Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba

fascinada.

«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de

Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de

camisa».

La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su

sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia

de la nobleza, de la clase».

Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda

aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.

La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos

siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de

anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la

Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:

--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía

una boda loca.

La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es

decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.

Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía

por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que

había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.

Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis

tenía lágrimas en los ojos.

--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un

pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta

de Vetusta, Anita.

--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.

--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.

Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.

Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a

obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los

mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil

de don Carlos.

--Y ella va contenta--decía el barón.

--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a

arrancar, desapartarse--gritó el zagal de la diligencia.

Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de

aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.

Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de

verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa

veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que

le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.

Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre

que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don

Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.

Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado

tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por

su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la

cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso

abandono:

--Sí, sí, el primero, el único.

«No le amaba, no; pero procuraría amarle».

Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de

aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido

atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia

desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos

gritos de la despedida.

Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado

de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los

años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera

cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido

en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados

de gorriones y jilgueros.

Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había

puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.

«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;

pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y

adocenados».

Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado

un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.

«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres

que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno

de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias

que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez

demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban

a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido

en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran

cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe

ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se

comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero lo dejan; falta

una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;

los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa

y se hacen jugadores.

Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los

que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.

«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos

hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos

Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en

Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el

héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San

Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien

nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y

escogida...».

«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como

el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la

muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que

rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al

lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».

Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de

viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,

algo arrugado el entrecejo, El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca

de Jerusalén, del inmortal Calderón de la Barca.

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