TOMO I — Capítulo VII La Regenta · Capítulo 8 de 31
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TOMO I — Capítulo VII

TOMO I

Capítulo VII

Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito

Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín

imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,

Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran

amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del

marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.

--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.

Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en

hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.

--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada

en el muslo no muy lucido del sietemesino.

Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven

para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De

nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre

tienen algo que decir de los infelices provincianos.

--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,

era hoy la víctima.

Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también espifor? (Espíritu

fuerte en el francés de Trabuco.)

--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,

hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su

atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don

Fermín.... ¡Je, je!...

Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.

Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.

El señor Orgaz se atrevió a murmurar:

--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión

personal!

--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su

valor en este rasgo de energía.

--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la

cuestión personal.

--¿Pero qué cuestión?

--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.

Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le

echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo

que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.

--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!

Ni él mismo sabía lo que exigía.

Foja se encargó de poner las cosas claras.

--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien

pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.

--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió

halagado con la suposición.

--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela

de juicio la virtud de esa señora tan respetable....

--Pero ¿qué señora?

--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.

La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables

del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por

unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba

demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le

enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos

prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de

la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y

virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el

señor Ronzal....

--Es Mesía--interrumpió Joaquín.

--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la

noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que

la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales

cuentos a un establecimiento público....

--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.

--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y

eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz

hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera

de sí al bárbaro de Pernueces.

No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y

dijo:

--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara

a cara y a la faz del mundo, surbicesorbi (a la ciudad y al mundo en

el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños

crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que

escandalizó a los señores del rincón obscuro.

--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la

puerta.

--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!

Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso

Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con

los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco

Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este

había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el

café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del

corro. Quería decir que callaba por pura discreción.

Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía

en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la

ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le

sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba

muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía

el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en

perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en

inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente

del Casino.

Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el

valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el

prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que

confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el

Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.

Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,

su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno

modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz

e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable

patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este

pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos

que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al

Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese

adquirido de mala fe.

Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico

también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba

las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.

Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y

sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la

sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde

el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro

para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que

no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera

enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.

¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el

público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde

la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel

gallo rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero

candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel

plastón (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían

sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos

del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía

supersticiosamente al plastón gran parte en las victorias de amor de

su enemigo.

Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía

al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera

del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y

si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin

ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba

las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de

una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía

paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el

movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de

mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino

de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o

deshonrada cuando menos.

Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba

haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba

sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una

vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama

para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción

ronzalesca.

En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda

mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.

Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.

Negaba las conquistas de Mesía.

--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando

las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que

entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el

actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la

moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.

Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la

murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto

nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo

diría.

Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.

Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de

Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y

le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de

que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas

cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él

le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase

en un espejo de la Rigolade. No le quería mal. Le hubiera hecho un

favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el

otro lo supiera.

Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres

casadas.

Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad

presente, debida a la restauración.

--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo

el alcalde, con su malicia de siempre.

Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:

--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene

incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las

ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero

catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....

--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo

hablara.... Además, todos ustedes saben....

El que empleaba estas reticencias era Foja.

--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no

es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.

--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.

Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no

Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,

Joaquinito y otros dos.

Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del

Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era

la simonía».

El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar

la palabreja.

Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales

del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso

el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el

Obispo.

--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice

de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus

relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y

conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas

esas calumniosas especies.

(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)

--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.

--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de

don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,

y que don Manuel autoriza esto, y....

--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.

--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?

--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró

aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable

sonrisa.

--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se

convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por

todos conceptos.

--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una

pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.

Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo

contestar al liberalote.

Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero

también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.

--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la

provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha

hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de

Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de

Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las

Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más

vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,

que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el

día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre

saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.

El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía

al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La

libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.

Todavía era más usurero que clerófobo.

Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan

desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.

¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar

de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su

papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;

y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja

le constaba que no le quería bien ni mucho menos.

--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él

hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha

dicho.

--Vox populi...

--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a

Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.

--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la

presencia de don Álvaro.

--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....

--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.

Y cogiendo el sombrero añadió:

--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don

Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.

Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará

usted... aquella palabreja.

--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con h...

--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.

--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado

unos callos....

--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que

hay en la biblioteca.

--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran

frecuentes.

--Búsquelo usted primero con h--dijo Ronzal con voz de trueno a

Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de

aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que

tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más

bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.

--¡Qué callada! ¡qué callada!

Orgaz, solemnemente, buscó avena con h. No pareció.

--Será que la busca usted con b; búsquela usted con v de corazón.

--Nada, señor Ronzal, no parece.

--Ahora búsquela usted sin h--exclamó don Frutos, ya muy serio,

queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie

en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de

Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre

un diván y gritando dijo:

--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra

de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con h.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:

--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la

cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe

cómo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:

--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a

dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva

h la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario

será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....

--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la

avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la

avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.

--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal

objeto de burla general, le puso muy contento.

Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de

don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la

economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de

energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de

vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había

diccionario. Pero ya que Foja lo decía....

Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la

noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios

trasnochadores.

La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas

ocupaciones.

¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían

interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de

amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió

espiarlos.

Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El

Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.

--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?

--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes

razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.

--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene

usted en asedio a la viudita?

--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.

Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.

Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque

ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz

sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que

no.

--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien

reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo

en la catedral, que el Palomo tuvo que echarlos poco menos que a

escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las

carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...

Pauperum tabernas, regumque turres.

Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:

--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?

--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.

--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....

--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en

la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas

partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a

mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,

para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas

cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué

cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se

disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación

para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia

de la otra....

--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...

ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.

--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales

circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil

blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire

y los brazos un todo al fresco... colorada, excitadota....

El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.

¿Y él?--añadió.

--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue

a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las

suyas, que parecen de cocotte de sacristía....

--¿Qué contestó?

--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta

de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería

feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las

vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas

bromas y se despidió.

--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.

--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su

amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de

esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.

Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata

como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su

Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,

ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco

tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más

contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro

Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los

mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en

ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las

maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don

Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y

cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos

de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito

original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que

le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de

mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy

holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de

los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier

figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas

compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería

los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La

esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el

peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin

rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha

salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la

mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder

todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de

ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las

queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño

a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la

Historia de la prostitución por Dufour, a La Dama de las Camelias y

sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.

Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la

corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no

venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.

Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas

aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como

virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le

dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen

marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:

--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha

una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para

disfrutar de otras lozanías?

No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:

pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un

criminal?

Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.

Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el

Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas

mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y

esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,

su manera de entender los placeres.

--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y

mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,

Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y

Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le

admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía

bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.

--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la

confidencia que esperaba.

Don Álvaro se encogió de hombros.

--Puede ser que esté ella en mi casa.

--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal

a Paco.

Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:

--Muchacho, ¡tú eres l'enfant terrible! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién

te ha dicho a ti?...

--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.

--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido

indiscreto.

--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.

--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.

Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.

El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes

esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del dandy se animaron.

Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de

sus emociones.

Anduvieron algunos pasos en silencio.

--¿Qué has visto tú... en ella?

--¡Hola, hola! Parece que pica.

--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?

Vegallana se volvió para mirar a Mesía.

Este señaló el corazón con ademán joco-serio.

--¡Puf!--hizo con los labios Paco.

--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad

de enamorarse?

--Yo me enamoro muy fácilmente....

--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué

quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?

Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas

mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del

Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión

de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de

parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,

ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del

vicio fácil y corriente.

Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba

por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para

damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa

que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin

pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como

el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y

se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones

de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente algo mejor

que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales

satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera

a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa

que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de

Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un

cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo

sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era

la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.

«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;

pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se

para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras

casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro

y el ordinario».

Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que

Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se

convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La

amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había

dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo

poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;

en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas

pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir

de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a

solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el

seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a

las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo

menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más

a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los

acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de

Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le

aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a

todo Vetusta le parecería indispensable.

Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.

Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué

sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;

¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje

llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía

incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud

absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que

todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con

tales ideas tenía que ser irresistible.

«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.

Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta

la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el

deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que

verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.

«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que

aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era

su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora

con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre

manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un

personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era

otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,

había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en

el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las

cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había

rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el

que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el

Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un

estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así

sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos

con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del

rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían

años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la

carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se

empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la

Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía

que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de

prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia

que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora

de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor

vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta

Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había

conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy

ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y

en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había

que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no

había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que

aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza

y pensaba:

«¡Qué distraído es ese poetilla de El Lábaro! deben de tenerle muy

preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había

Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de

su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido

oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías

parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la

clave.

Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al

gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de

Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante

preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.

El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la

lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo

primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad

era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero

ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta

de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser

para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran

dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales

pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran

antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse

querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el

Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,

constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería

saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de

la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar

honrado?

Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,

y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.

«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La

devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un

cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».

No había más remedio que jugar el todo por el todo.

Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo

esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí

mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la

supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba

más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.

«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y

además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!

¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».

Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que

probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en

la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía

disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo

tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en

corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo

una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.

--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando

alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral

moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica

otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño

se le hace a un marido que no lo sabe?».

Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él

estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen

conservador, no la quería en las Universidades.

«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».

Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño

tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la

elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!

Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre

frío, el dandy desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo

pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices

delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente

indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si

es no es romántico!». Si en vez de la Historia de la prostitución

Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don

Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante

todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin

embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este

una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por

amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.

«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y

prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».

Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido

entre las mozas del ídem, estaba resuelto:

1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,

de la Regenta y Mesía. Y

2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una pasión

verdad, compatible con su afición a las formas amplias y a las

turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.

--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la

Regenta «porque se lo daba el corazón».

--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es

doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la

otra... no sé.

--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días

Visita no se separa de Ana.

A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.

--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,

como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que

hayas notado en ella, que puede serme favorable.

--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no

era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente

él estaba tan excitado en aquel momento....

Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al

vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.

Era la carcajada eterna de Visita.

--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.

--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer

empanadas y no sé qué mas?

--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?

--¿Y qué hacen en la cocina?

Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,

apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la

casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos

negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y

habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos

y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por

encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la

muerte; del pico caían gotas de sangre.

Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer

el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:

--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...

«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».

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