TOMO I — Capítulo X La Regenta · Capítulo 11 de 31
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TOMO I — Capítulo X

TOMO I

Capítulo X

A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas

por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y

se detenía delante del caserón arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy

mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de

blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con

estrépito.

--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?

--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.

Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que

no era responsable de aquella terquedad.

«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía

su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se

ha molestado usted?

--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he

molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo,

delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.

--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....

Don Víctor instó también.

--La vida es Sueño, hija mía, es el portento de los portentos del

teatro.... Es un drama simbólico... filosófico.

--Sí, ya sé, Quintanar....

--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.

--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa.

--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces?

¡Pero si mañana tengo que comulgar!

--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú

al teatro a pecar?

--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj,

temeroso de perder lo de

Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.

Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».

--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa.

--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.

--No señora; es inútil insistir.

Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver

empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.

--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más!

--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches?

Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de

dramas.

Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de

campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con

colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros

días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz

descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un

agujero de tristeza.

Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió

muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los

párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos

a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me

necesitará?».

--¿Querrá algo la señora?--preguntó.

Sobresaltada la Regenta, respondió:

--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.

«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la

Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por

qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?

¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en

aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella

sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de

recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una

pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada

tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que

quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante.

Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que

confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin

miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de

pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su

pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de

malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la

vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de

hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir?

¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus

donde no querían nacer, como Frígilis?».

En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,

entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos

satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era

una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual

suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y

en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a

orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el

Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del

inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de

ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.

Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella

rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del

Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura',

aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen

provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del

tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no

la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo

había dicho Visitación...

«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de

sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro

como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no

había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como

si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso

en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara

suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor;

entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la

cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios

eucaliptus del Parque, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur

blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de

panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre

metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a

dormir su sueño de invierno.

Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,

melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo

desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la

niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento

blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente,

sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad

argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas

de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna.

«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia.

Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La

luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los

eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se

acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo

que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin

amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen

macho de perdiz a todas las caricias conyugales.

«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo

había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta

mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si

se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.

¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y

aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don

Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio.

¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado,

sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se

incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos,

el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre,

como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi

negra, muy espesa y con espuma...

«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían

traído.

«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy

pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al

Parque; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó

algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar

cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré

ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al

Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar;

yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de

dentro, lo de más adentro también».

El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó

tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió

de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie

cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio

un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de

avanzada para evitar un choque....

--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó

horrorizada.

Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la

opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos

en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían

la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo

para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:

--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?

Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió

un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el

pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con

el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la

oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.

Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a

tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con

estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.

--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá,

quítame esto que me oprime como unas tenazas.

Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande

como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.

Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había

caído.

Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores,

serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de

vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del

artefacto.

Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;

si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra

idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del

resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para

detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni

Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien

sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran

sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la

sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la

Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda

del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara

sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que

esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del

resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.

Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que

destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que

magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:

--¡Qué estropicio!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras

materias incalificables que yacían sobre el piso.

--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto

usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha

hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y....

--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta.

Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama.

--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo

amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de

guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe?

--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua.

--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por

qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!...

¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es....

Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.

Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta;

después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso

sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo

singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar

como vasos sagrados de un culto desconocido.

--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos

pedazos, puesta en cuclillas.

Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su

irresponsabilidad.

Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le

dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que

deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo

aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en

aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros!

¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la

luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los

árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas;

comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía

Petra.

«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena?

¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con

lo que le sucedía a ella?».

«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin

caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas

para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico,

ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias,

cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a

su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero

ahora completamente ido, intratable; un hombre que tenía la manía de

la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que

injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y

pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había

llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos

españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta

despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda,

sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y

hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más

relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota

de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca

en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo

ridículo!».

La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la

hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel

modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo

el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en

su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no

había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».

«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la

juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a

que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias

del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y

hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir,

había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese

amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su

luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los

sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí

misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al

despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un

magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que

estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga

de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias

materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo

tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le

sonaba como la frase del miércoles de ceniza, ¡quia pulvis es! eres

polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de

todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a

criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que

podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el

consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las

palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p.

d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás

decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse

para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello

continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada

otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de

hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto

de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le

sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso

sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero

llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;

le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus

caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo

aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor

irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos;

era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en

Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de

confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era

confesarlo».

«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que

pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,

pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y

caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin

esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas

de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta

el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna

era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su

luz en aquel mar de tinieblas».

«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a

abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin

esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».

Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban

con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la

carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como

despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un

mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas

apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,

la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al

cielo, corrió por los senderos del Parque, como si quisiera volar y

torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó

en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la

sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se

destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus

encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,

en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en

la sombra.

Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías

de la gran puerta de hierro que era la entrada del Parque por la calle

de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de

fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como

las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de

impulsos de que no tenía conciencia.

Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un

bulto por la calle solitaria pegado a la pared del Parque.

«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición

fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la

calle o por su cerebro.

Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se

le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido.

«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro,

pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes

de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la chance que decía don

Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus

divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía

vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años

platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel

paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se

le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,

estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma,

atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza

Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al

balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No

importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....

Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el

cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar

en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole!

Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la

calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de

la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a

la calle a que daba la puerta del Parque. Allí no había casas, ni

aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía

en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,

uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la

puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la

corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una

adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores

triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada

verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor

insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las

mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta,

allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué

haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar

el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y

si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;

pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la

nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad».

Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció,

la adivinó antes.

--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te

espera».

Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La

superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí;

aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta

acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera

vez!

Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás,

por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía

hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído

llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete

con la verdadera virtud; ahora o nunca!...».

--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--;

y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando:

--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del Parque no

vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias;

y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la

Washingtonia, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer

sus hojas, su tronco, sus ramas.

Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo

le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la

arena de los senderos.

Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo

pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba,

cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera

perseguirla, atravesando la muralla del Parque. Sí, sentía ella que

don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por

las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle

aparecer de pronto, como ante la verja del Parque.

«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó

seriamente Ana, que no era supersticiosa.

Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al

enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había

despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor

había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a

infestarse.

«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la

obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí!

aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,

era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la

vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo,

la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango.

Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un

conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una

aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.

Lucharía».

Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana

se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró

abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.

La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en

ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a

pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la

égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable.

Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no

había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo

lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le

parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su

mujer?».

--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala....

--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy

nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que

tú me quieras también así.

--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero

decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas

alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría

mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;

pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos

extremos....

--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos

supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata

debajo de una oreja.

--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te

pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo.

Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el

palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que

llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y

hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que

eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire

libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy

resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine

la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus

sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te

pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más

que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando

moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no

me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la

salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal

disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi

pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda

que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este

caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como

si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas

veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es,

todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz».

--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor

amigo.

--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...

--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy

inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....

--Son los nervios, Quintanar.

--Pues guerra a los nervios ¡caracoles!

--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,

y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,

le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio,

que te enamoren.

--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos

veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco

o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones

de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas

de la Marquesa, a las excursiones de la high life vetustense, y a la

catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el

verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar

el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un

programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La

Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y

Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara

con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de

nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga

que no eres feliz....

--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando

lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo

supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.

Ana tembló, como sintiendo escalofríos.

--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo

me estoy cayendo.

Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto

beso en la frente de su mujer.

Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad

misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le

preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios

le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban

compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a

su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había

tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que

estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no

debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el

verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil!

¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin

distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas

sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el

ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal

quiere quitarme la honra

a obscuras, como el ladrón

de infame merecimiento;

pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con

Tirso de Molina (representando):

A satisfacer la fama

que me habéis hurtado vengo:

mi agravio es león que brama;

un león por armas tengo,

y Benavides se llama.

De vuestros torpes amores

dará venganza a mi enojo,

mostrando a mis sucesores

la nobleza de un león rojo

en sangre de dos traidores...?».

Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a

concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:

Desde que sois mi cuñado

ni de palabras me afrento..., etc.,

cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus

tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos

delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de

jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y

botánico, y otras no menos respetables.

--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta

devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la

campanilla.

Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido....

Habrán entrado los gatos.

--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?

Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de

su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se

transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,

comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la

escena y gritando como un energúmeno.

--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si

no me explica esto.

Anselmo compareció. Tampoco había sido él.

En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los

zorros, despedazada, inservible.

--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero,

señor, quién anduvo aquí!

Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.

Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la

verdad al señor?

--Señora, yo... no sabía si debía....

--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender.

--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta

clavando los ojos altaneros en la criada.

Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza.

Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó

solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas

y colecciones.

--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros

Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar

seriamente lo de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos

Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,

espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.

«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella

casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se

le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del Parque, una

voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la

reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de ellos si no!». Y con una

delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,

oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás

había venido a buscarla en el secreto de la noche»...

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