TOMO I — Capítulo IX
TOMO I
Capítulo IX
En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el
palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,
de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa
hasta el tejado por las paredes.
Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío.
Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de
resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba
ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y
relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados
golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus
visitas de despedida, próximo el viaje de invierno.
--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....
--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa.
--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados....
--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres
de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin
que encontremos a nadie?
--Pero, si estará todo húmedo....
--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado.
Anda... vamos, Petra!
Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como
una mística que solicita favores celestiales.
Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de
aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y
desconfianza disimulados?
Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de
azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar
deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el
acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación
insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para
todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni
propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un
viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su
atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo
envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy
callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora
estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se
le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita,
discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto.
Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde
húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,
pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del
ama. Otras habían empezado así.
Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la
carretera de Madrid.
--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de
Mari--Pepa.
--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco;
todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente.
Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que
parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos
oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los
lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.
Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles
que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles
azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los
rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana
entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por
aquella frescura del suelo.
Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme
cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie,
varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas
las hojas solitarias de sus extremos.
--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda
más hoja que la más alta, la de la punta....
Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a
coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el
vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza
al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala
fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser
calladas.
Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.
«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse
con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y
reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos».
La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las
últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en
monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por
supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para
la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros
caminos solitarios sabían.
Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos
castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de
iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se
veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más
escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se
levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la
naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,
desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente
otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban
contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el
Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico
sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol
sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del
cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.
Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra
a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por
luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto
del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los
prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no
cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos
en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas
secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban
dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por
donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la
corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una
nevatilla (en Vetusta lavandera) picoteaba el suelo y brincaba a los
pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,
barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto
llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la
zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre,
pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente,
como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto
y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la
atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la
lavandera con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó,
sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha
tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a
buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella
misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había
vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que
el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la
adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y
todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad
piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba
todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por
tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había
dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al
pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de
usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los
desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de
prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del
Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito;
ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares
que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los
libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted,
hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego,
como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,
pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?
¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río
va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y
que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a
tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo
los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin
pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la
arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con
su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de
avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete
blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no
arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se
viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras
dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su
corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella
había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con
los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella
terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa
historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece
que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no
puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está
el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo
que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí
está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte
de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de
utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que
es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El
Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes
establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras
protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es
esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz.
Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella
acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene,
como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico
higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que
oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica
para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se
engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta
los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y
mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una
conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y
descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía
racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar
a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso.
Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de
ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan
y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el
sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta
el pormenor menos importante del rito».
Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta.
¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había
atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría.
Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y
se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste,
que tenía el don de parecerse a los pájaros.
«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina
que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había
sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de
memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su
eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres
Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro!
¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro
temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un
temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta.
Esto era completamente nuevo».
Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como
a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado
autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo
palabras técnicas se guardaba de explicárselas.
«¡Y qué elevación! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello
había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la
cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso
enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de
las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda
ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;
pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más
que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,
si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era
menos costoso y su eficacia mayor por la velocidad adquirida, por la
inercia del bien, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De
Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además,
era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado;
el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres
los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la
vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la
virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su
patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se
conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,
pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede
aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la
Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan
pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no
recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el
deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las
artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras
históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y
ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué
no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí
mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se
encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los
débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de
fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste».
El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero
ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas
bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción
vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una
rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus
ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la
sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y
verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para
otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha
tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda!
De la cuestión personal, esto es, de los pecados de Ana, se había
hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos,
necesitaba conocer la mujer».
Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la
absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro!
--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso
pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar
las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,
pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo
hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía
haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a
don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho
y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber
especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien
absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún
modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de
tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor
plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una
alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche
pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema
nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor
dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio
dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas
morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de
la virtud.
»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa,
llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro
del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus
pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud!
»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el
Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo,
nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era
lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese
pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y
volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro,
radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad.
Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,
detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le
había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío
fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un
charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las
tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas
de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se
rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.
--¡Petra! ¡Petra!--gritó.
Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella?
Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa,
que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su
vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había
estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.
--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una
impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.
Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.
Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan
ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio
que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.
Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de
inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la
doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más
adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a
verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para
calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde
ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué,
sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el
molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a
Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la
fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,
revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué
había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí,
obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de
Ana, a su pesar.
--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa
cuando ya estén encendidos los faroles.
--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la
fragua de tu primo....
--¿Qué fragua? Es un molino, señora.
A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación.
Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz
amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard,
nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.
--¿Cómo me has traído por aquí?
--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la
calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas
calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de
galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de
tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba
orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y
por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde
también. Por esto se llamaba El boulevard, o lo que era en rigor,
Calle del Triunfo de 1836. Al anochecer, hora en que dejaban el
trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era
difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,
planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,
zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar
otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del
Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras
con estridente sonsonete.
Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia;
imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las
conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían
caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a
poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad
solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una
alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la
«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de
los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su
cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada
cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se
pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los
grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda,
carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no
por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los
remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con
las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a
bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se
paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los
grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un
estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando
un levita se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el
sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al
volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas,
suponiendo que el futraque tenía carpanta, o sea hambre. A lo sumo
concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos
improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y
acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban
sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque
había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que
hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni
siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria
perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas
mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero
todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El
estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos
silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel,
oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír
como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa
alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El
obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin
causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.
Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía
salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;
era la hora del correo y aquel el camino de la estación.
Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más
osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y
respeto.
Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana.
--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una
alabanza espontánea, desinteresada.
--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con
acento gallego.
Su entusiasmo le costó una galleta--un coscorrón--de un su amigo, más
respetuoso.
--¡So bruto, mira que es la Regenta!
Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que
era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso.
--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la
comen.
Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos.
Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en
esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en
aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la chusma, en
la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor
que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos
secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de
enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo
aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones
insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas,
verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin
conciencia de los miasmas de la miseria.
Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí
misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta
del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las
propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a
su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro;
aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí
desconocidas...».
En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un
drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
vestido con blusa azul, gritaba:
--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.
Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego
por los ojos.
--¿Qué es eso?--preguntó Petra.
--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se
descuida la ahoga.
--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió
del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto
a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza;
pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
¡Eran los celucos! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal,
sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!
Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo
iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate
de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de pillos
de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas
golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían
apreciar por conjeturas.
El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos
cerrados.
--Esa se llama pitisa--dijo uno en tono dogmático.
--¡Ay qué farol!; si eso es un pionono, si sabré yo....
También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada
la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres
admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para
ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero,
además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no
habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos
suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse
por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».
--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil.
--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a
nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don
Álvaro.
Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.
--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....
Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El
Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de
sus maneras de hacer esprit, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía
saludó muy formalmente.
De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los
vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro
veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y
notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella
tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca,
tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida,
rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el
triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe
en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».
En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se
aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están
concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son
las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y
siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte
nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,
aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está
durmiendo la chusma. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen
falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La
calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo
disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con
mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un
ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los
precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos
catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son
amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo
Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda;
aquello lo mismo puede significar: «Señorita, abrigo una pasión
secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré
paciencia».
--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con
cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de
percal.
--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor
voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí».
Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no
se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda.
--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo».
El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama
delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de
una nevada....
--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella,
turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y
clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree
que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos
ojos y en cada vara rebaja un perro chico.
Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a
Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.
Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de El Lábaro, no
saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
les queda tiempo para marear a los horteras y tomar varas al sesgo
(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en
voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa,
la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo
diría? No sólo el elemento joven de ambos sexos (de El Lábaro) sino
las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados,
hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de
las tiendas, los días que hace bueno y pueden las damas
«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una
hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para
satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de
notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se
desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero
defiende el carácter del pueblo en masa, y si le sacan de allí suspira
por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo
menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta
la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de
deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las
noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su
misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye
a los que pasan la figura que quiere.
--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.
Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de
su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas.
--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las
eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.
¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se
tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse
mutuamente. Un paseo, cogido por los cabellos, es un placer delicado,
intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la
honrada clase media española.
Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la
calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una
flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus
solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales,
detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel
entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel
encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un
estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es
movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
cabizbajo, lleno de unción (de El Lábaro), a los sermones, a las
novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía
ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían
más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los
hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con
la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según
pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas,
costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,
estudiantes y militares de la reserva.
Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los
cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía
se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque.
--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día
semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de
víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado
por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan
importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa
de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y
a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa
entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a
su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera
puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.
Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era
don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas
le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura
moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes
y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas
deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su
presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener
idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su físico, hay que
figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar
chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que
la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase
en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que
acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de
talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su
experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero
humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado
con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres
gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no
basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes
honradas (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al
buen mozo».
--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de
hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas
cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos
del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo
que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de
la decadencia....
Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas
técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad
femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No
había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas,
lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco
padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación
indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía
muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la Historia de
la prostitución; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era
un sabio.
--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido
princesas y reinas encaprichadas y metidas con monos, así como suena,
monos.
--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela
que en francés se llama El hombre que ríe y en español De orden del
rey.
--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía
diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen
físico.
--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así urbicesorbi (en
todas partes, en el latín de Trabuco.)
Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba
a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la
religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia
y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los
católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a
la exposición, que lo chic era el creer como el carbonero. Sport y
catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro
que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni
bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo
cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido
tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo
eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era ilustrarse,
fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás
ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un
amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó
por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció
excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó Fuerza y materia
de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era chic.
También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con
papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo
era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no
hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio De rerum
natura: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy
largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz
conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las
mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía
en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el
mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él
solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo
del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran
demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus
ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil
de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se
convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro.
Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir
don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:
--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido
una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no
sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.
Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba
para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo
creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él
también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras
circunstancias; más adelante.
Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba
hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las
clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con
ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni
mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y
por algo se empieza.
--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.
Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por
lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión
oportuna.
--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!
--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.
Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella
quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero
ella, Ana!
Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar
una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor
no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella
inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar
o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo
lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el
teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas,
que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?
El primer impulso de Ana había sido inconsciente.
Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía
dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de
sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era
negar la evidencia.
Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos
ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los
vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería
vulgar, obligada:
--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más
distraído.
Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas
palabras, no menos vulgares y frías.
No comprendía él todavía que aquello de hacerse el interesante, si
hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma
contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor
que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si
jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas
partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en
mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de
impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay!
¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada
más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y
escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las
ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería
virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es
decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la
tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único
placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse
tentar!
La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de
vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría
si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no
debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera
tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en
que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que
le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella,
pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura,
una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...».
Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de
diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin
saber cómo, había acertado.
En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le
había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba
ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta?
¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al
mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.
Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El
farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán.
Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban.
--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada.
--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.
Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y
sin poder contenerse, fuera de su plan, natura naturans, exclamó:
--¡Qué monísima! ¡qué monísima!
Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo
importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía
tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza
excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el
más cumplido caballero.
Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,
buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le
pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como
lluvia benéfica en el alma de la Regenta.
--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba
en el día del triunfo.
--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los
caballeros, al ver llegar a Paco.
--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.
--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con
nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la
Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid,
Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen La vida
es Sueño... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se
empeña. Espera vestida.
--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar....
--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En
fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.
Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.
Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía
a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la
había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en
que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro».
Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy
humilde.
--¿Irá usted al teatro?
--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y
entrando en el patio.