TOMO II — Capítulo XVII La Regenta · Capítulo 18 de 31
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TOMO II — Capítulo XVII

TOMO II

Capítulo XVII

Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció

a la Regenta, que paseaba en el Parque, entre los eucaliptus de

Frígilis, la visita del Sr. Magistral.

--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la

huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada.

El Magistral pasó por el patio al

Parque. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la

tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se

caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...».

Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se

atrevió a preguntarle por la jaqueca.

«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su

presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.

El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.

Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin

cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.

Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don

Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.

El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque

de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de

ningún modo podía él explicar a aquella señora.

El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio

de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de

espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al paraíso

para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por

cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto

a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al

comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la

noticia a su hijo.

--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.

--Pues yo lo sé por quien la ha visto.

El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en

ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y

todo el mundo devoto consideraban el teatro como recreo prohibido en

toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de Todos

los Santos. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la

noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así

mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran

Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,

tampoco les había consentido asistir.

«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por

devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche

prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos

escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y

precisamente aquella noche...».

El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba

que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra

cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus

enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral

ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él

que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a

doña Ana».

Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,

disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y

manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo,

que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota

de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos los

Santos.

Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de

todo....

El Deán se escandalizó.

--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...

los religiosos... eso es....

Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así

solía él terminar los períodos complicados.

--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el

canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido

regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo

del Notario mayor del reino.

--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las

palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de

usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita

bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....

--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto.

--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.

--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista.

--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser

tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable

Taparelli....

--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores

alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....

--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es....

--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don

Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa al terreno filosófico, y de allí

al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables

dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que

consistía en no querer hablar nunca de cosas altas.

A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para

comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en

aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido

crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a

una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por

las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público

de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre

todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le

avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto

había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba

con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del

teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido

Ana Ozores que nunca asistía».

El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de

Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso....

Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se

había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la

Regenta.... Por eso estaba allí.

¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?

Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un

embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira

y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir

sonriente.

«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si

quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión?

Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror.

¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse

de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera

espiritual a que aspiraba».

No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás»,

era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.

En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de

sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin

hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa

larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba

sentado a la entrada del cenador.

Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no

lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz

en el gabinete:

--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía

ya bien, no era malo estar al aire libre.

El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la

dama que se iba a tratar de algo grave.

Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué

pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por

eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería

decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.

Ana preguntó el motivo con los ojos.

--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta

de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se

alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera

muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad,

pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay

engaño ni asomo de disimulo.

--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y

esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis

enemigos, que son muchos y de infinitas clases.

--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si

puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como

las estrellas.

El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.

Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a

aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se

quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron

al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes

deseos de defenderle contra todos.

--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy

devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten

en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral;

quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las

confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.

La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.

--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en

el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora

ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas

cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los

que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser

tan miserables que nos sigan los pasos....

A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado

que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.

--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique;

mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he

abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero

luz en la obscuridad que tantas veces me rodea....

Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de

ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir

de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.

El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a

su amiga hablar así.

Se animó... y habló de lo que le mortificaba.

--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional

(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un

poco....

Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.

Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó

De Pas.

--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho,

como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué?

--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones

que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le

es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted

distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día

prohibido.

--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció...

--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era

espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es

que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que

exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las

cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la

infracción de ciertas costumbres piadosas....

Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que

en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un

entusiasmo artístico religioso que la había edificado!».

El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un

médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó,

recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente,

hagámosela parecida a lo llano».

--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de

usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono

festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí

es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del

Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al Don

Juan Tenorio, en vez de rezar por los difuntos.

--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña

Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor

Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar....

--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en

ridículo?...

--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita,

esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!...

A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy

responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido

imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo

ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas

insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más

importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su

espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo

creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona

excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.

Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su

mecedora a la Regenta y prosigue:

--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un

médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones

muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a

conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...

sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar

demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor,

si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.

Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por

la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un

hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas

de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del

Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.

D. Fermín continuó tranquilo:

--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos

puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo

prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.

Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas

para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso

hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la

cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se

trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también

indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos

clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer

de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de

negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus

extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es

allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,

sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y

otros muchos....

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la

suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.

Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya

no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,

sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los

caballeros en los tranvías de Nueva--York.

--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad;

no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar

lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he

notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de

que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas

confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.

Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino

que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte

buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree

completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese

análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y

basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero

perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese

modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que

usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o

no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más

pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía

preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por

temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber

asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su

confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las

palabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones

expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,

y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de

sus poéticas ideas.

Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la

buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba

aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar

consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la

cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la

glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la

locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de

partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus

tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del

Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la

tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía

el clérigo, bendita sea tu boca!».

No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de

hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía

sobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra

de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me

arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la

desesperación....

--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!

--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.

--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...

El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice

Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio

horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.

--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la

mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera

remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios

gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía

su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se

decidió a decir al Magistral lo demás, lo que había venido detrás del

hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa

puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.

--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia

de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,

la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si

lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una

rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....

El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante

aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la

historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con

exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.

Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en

Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;

que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada

tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad

consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin

límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una

peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que

acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro

para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy

amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su

cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz

potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía

ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.

«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la

pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el

Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en

otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a

pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni

menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué

era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con

semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían

tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu

aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».

«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le

había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.

«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar

para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el

peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la

presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la

repetición de accesos por el estilo».

Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar

más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más

fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había

hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se

burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que

sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que

sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,

entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su

escopeta....

--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en

resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.

--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;

¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es

pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo

demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo

necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!

--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo

siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como

es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser

peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.

El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado

claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un

objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que

vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio

sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,

Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un

globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted

la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted

dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en

todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No

es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda

de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,

usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos

sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales

de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,

pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a

donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo

con esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad

aquella pendiente que le ponía en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,

abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba

aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que

halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosiguió, aflojando la cuerda:

--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas

tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque

no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la

gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar

esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy

antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y

por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas

ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y

hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones

protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de

Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que

satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues

todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,

aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de

una mujer piadosa, de una... beata, para emplear la palabra fea,

escandalosa. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que

usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser beata.

Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la

letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que

contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,

creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las

menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus

pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es

fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:

«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le

haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi

templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la

oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad

que son todo mi culto en resumen...».

Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con

motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas

mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.

La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a

los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que

empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un

aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron

la señal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:

--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....

La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas

hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer

ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde

donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo

abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su

encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a

decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a

tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del

Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el

caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No

le habían hecho llevar cartas sin necesidad de que lo supiera don

Víctor? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de

una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».

Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía

olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el

despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima

del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de

cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía

tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la

prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos

penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.

--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj?

--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....

--¿De modo que son las ocho menos diez?

--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le

preguntaba por el ama.

--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más

cartuchos.

En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a

entender con lo de la vida beata.

«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la

perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si

otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de

la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la

perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar

gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos

lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una

fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían

pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la

rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para

satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa

Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado

aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si

somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones

de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las

fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a

las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,

que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;

al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,

insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de

la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan

humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la

oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en

las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada

más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente

devoción profunda».

--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a

Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en

otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,

amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá

usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos

ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden

antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa

más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y

usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de

pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que

ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de

ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces

si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le

arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....

--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De

Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra

en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas

admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas

dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a

los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los

días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores

que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí

algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,

porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que

exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la

cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,

algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y

aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,

sin que usted se dé cuenta de ello.

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había

de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y

terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa

Teresa y algunos místicos.

«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,

Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para

perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un

gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia

vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para

Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará

usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho

antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del

diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que

comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún

tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el

libro sabrá mejor, y dará más frutos.

»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la

infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,

eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que

importa.

»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro

compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la

inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del

mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es

cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?

¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando

del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,

distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se

necesite y que indicarán las circunstancias.

Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas

secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le

hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí

charlando... charlando...

«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el

parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero

esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en

voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero

temiéndolo.

Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo

maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para

hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del

patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y

pasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que

había recibido al Provisor.

--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta.

--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho.

--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral.

Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan

conmigo!--, pensó Petra con rabia.

--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en

palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...

salúdele usted de mi parte.

--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no

quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy

buenas noches.

--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que

conducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja

dijo:

--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito

para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí,

tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la

puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los

ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que

pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició

con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la

mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

--¿Estás contenta con los señores?

--Doña Ana es un ángel.

--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay

corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....

--Salga usted, salga usted, y por mí no tema.

--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.

--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....

--Muchas gracias... adiós, adiós.

--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la

cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier

ruido.

«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín?

¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla

propicia como a la otra».

La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador

de doña Ana sin ser llamada.

--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal

porque sentía mucho frío.

--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que

estaba aquí D. Fermín.

--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa?

Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:

--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le

diera la gana... pero yo lo hago por el otro....

Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar

a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.

Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con

manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.

No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada:

¿para qué decírselo?».

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el

Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para

su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en

aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el

señor Crespo se los pasaba recorriendo sus dominios, que así llamaba

al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,

según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el

mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba

Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba

haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí

dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de

floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda

morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el

suelo.

Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo

hasta los ojos.

--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas.

Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había

llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los

granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos

monocromos, invención suya.

Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.

--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...

Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un

mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero

Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.

--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche

a destrozarme las semillas?...

--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio.

--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé

allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro

la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este

guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?

--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.

--¡Ira de Dios! De noche digo....

--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la

prenda....

--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que

entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de

canónigo?...

--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué

chiquita... a no ser que haya canónigas también.

--¿Y se usan ahora guantes morados?

--Pues claro... con vestidos de cierto color....

Frígilis encogió los hombros.

--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?

--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que

habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...

En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.

--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué

gato... ni qué...

Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a

Petra, señaló a la galería:

--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y

tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero...

oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo

viese vencer... ¡es mi macho!

Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el

repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del

Magistral.

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