TOMO I — Capítulo IV
TOMO I
Capítulo IV
La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el
tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la
ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
ilustre linaje.
Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de
Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su
padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama
principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.
El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que
heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso
de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas
batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó
duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a
coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:
prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales
ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos
amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que
ya no es joven.
Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con
una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin
cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
quedó sin ella.
--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón
de Vetusta.
Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.
--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
desigual.
--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas
implacables.
Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,
que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
italiana, su cuñada indigna.
El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
en otra carta fría y lacónica:
«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que
pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta
nobleza».
El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen
viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la
misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin
contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
para que no se derrumbara.
A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su
hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la
rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
suerte de su hija.
Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,
como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho
masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la
aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.
La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
oía el aleteo de los abanicos.
--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el
marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.
--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga
usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.
Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron
lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no
necesitaba comentarios.
Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los
estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de
resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha
excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella
muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía
poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para
lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.
--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de
cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los
medios más adecuados».
No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,
bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.
Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que
se necesitaba para conspirar con progresistas.
Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don
Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se
distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo
se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era
simpático.
De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la
muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se
le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema
representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como
dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de
vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña
sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,
una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no
tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,
hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en
calidad de católica liberal. Se le había dicho:
--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde
ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».
Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras
de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término
medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de
doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.
Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que
por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las
conspiraciones cuestan caras al que las paga.
Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya
escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había
recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe
de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se
vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos
auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,
sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el
conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba
mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;
pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él
entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba
poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un
porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el
programa de su partido, a él no le alcanzaron.
A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
criados y tras ellos el hombre, como llamó siempre la niña al
personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era
Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.
El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa
era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía
descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre
que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le
trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don
Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por
aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró
odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas
ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había
conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.
El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy
especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales
concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez
antes que modista había sido bailarina».
De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y
preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra
se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya
aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada
a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno
fueron sus disciplinas.
Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a
soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la
libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de
la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña
fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
una muerte, figurábase vuelos imposibles.
«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el
azul que veía allá arriba.
Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los
pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa
que centelleaba en su cerebro.
Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,
altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para
ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de
huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a
los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría
sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y
acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los
pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el
jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía
yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A
los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una
parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro
clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían
ser una madre, según la lógica poética de Anita.
La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición
fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes
de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo
corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les
haría hablar de lo que quisiese.
Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y
montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,
porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La
historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las
lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue
nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas
de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,
triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.
La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una
Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le
encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las
aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía
a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.
Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de
reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de
nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar
infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería
matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero
dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y
entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca
navegados.
Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...
¡un tiburón!...
Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,
muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán
correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado
Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable
que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la
grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal
índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con
tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. ¡improper!
¡improper! ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la
educación contra la naturaleza».
Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si
cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila
refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,
rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la
naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino
se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el
caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía
ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace
naturalmente malo, y la mujer lo mismo.
Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.
--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».
Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus
gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.
--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el
hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
porvenir.
--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no
estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.
A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por
este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en
conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de
muerte. Escribió a las tías de Vetusta.
«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
fin Ozores era la niña, aunque indigna».
Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque
el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra c por b,
porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales
escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta
años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos
nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba
en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
podía restituirse a la patria, como él decía.
Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.
Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año
los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de
Loreto.
La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza
virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante
absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba
de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía
esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas
injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu
una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma
que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones
obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué
consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender
que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su
ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia
perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo
distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido
culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal
cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas
culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era
la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres
opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le
impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
traición nunca.
Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo
aquel carácter.
¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los
Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y
reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de
haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no
servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.
Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.
Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el
extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para
España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a
Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían
de los Estados Unidos.
--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
sólo entendemos de tomar el sol».
Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la
decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por
supuesto.
Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la
divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían
que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del
Zodiaco.
Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la
susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué
tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su
padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá
que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el
telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos
religiosos.
Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de
la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se
encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos
propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a
sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le
quedaba aquel reducto inexpugnable.
Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;
doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de
coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús
procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre
de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que
la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del
Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:
--¡Improper! ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del
vulgo?
En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;
precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la
lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología
comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.
Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en
cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.
Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que
ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.
¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
educación omnilateral y armónica, como la entendía él.
--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que
libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?
Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don
Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.
De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se
trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía
leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por
Italia.
--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no
hay desnudo! Y suspiraba.
La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de
Israel.
--¡Honni soit qui mal y pense!--repetía don Carlos; y lo otro de: Oh,
procul, procul estote prophani.
Y no tomaba más precauciones.
Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte
antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su
fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.
La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había
soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.
También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con
la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con
cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia
ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había
originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba
todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún
placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los
groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para
todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado
sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del
fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un
polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella
amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era
huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más
amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y
mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía
amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que
Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada
vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como
un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar
Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies
desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a
poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y
la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la
Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera
creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
palmera del Mediodía.
Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,
no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella
turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban
chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a
transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;
estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez
tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo
y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.
--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y
no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió
retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que
se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en
Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que
vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le
caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una
tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella vergüenza,
sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger
los frutos.
Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer
economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero
la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser
trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se
llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el
maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.
Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el
polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.
Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una
de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el
libro cuando leyó en el lomo: Confesiones de San Agustín.
¿Qué hacía allí San Agustín?
Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de
curas, ni de neos, como él decía. Pero San Agustín era una de las
pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.
Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a
quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas
de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que
sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña
y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no
estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la
huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas
del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el
murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio
calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que
brillaban como lanzas de acero.
Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,
ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.
Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,
lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien
había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos
estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo
decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata
hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.
--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.
Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a
llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?
Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo
que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella
voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo
refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía
«Tole, lege» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la
Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y
en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó
erizados muchos segundos.
Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....
Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente
que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.
Y lloró sobre las Confesiones de San Agustín, como sobre el seno de
una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.
Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no
entendía.
De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y
varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el
arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a
solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería
dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las
noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.
Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,
soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en
San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de
palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura
de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a
oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía
amar al universo entero en aquel obispo.
En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
importación de la Bactriana.
No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus
disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,
porque contaba con la ignorancia del concurso.
El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más
ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el
cristianismo.
Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena Batrania te dé Dios;
¿dónde ha leído eso el señor Ozores?
«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San
Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su
padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes
verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
los maniqueos.
--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.
«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que
también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;
como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios
y en el santo obispo de Hiponax».
Después, buscando en la biblioteca, halló el Genio del Cristianismo,
que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le
pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los
argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y
con ella el albedrío.
--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él
tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de
Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana Los
Mártires. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía
pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a
Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?
Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?
Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del Parnaso
Español estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos
pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
León comenzaban así:
Si quieres, como algún día,
alabar rubios cabellos,
alaba los de María,
más dorados y más bellos
que el sol claro al mediodía.
El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos
despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el sentimiento
de la Virgen, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su
locura de amor religioso.
María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de
Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo
en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar
ella misma oraciones.
Don Carlos tenía también el Cantar de los cantares, en la versión
poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
Anita.
--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta amada
podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....
Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus
semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de
más.
Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita
para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre
el mar.
Versos a lo San Juan, como se decía ella, le salían a borbotones del
alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
con la Virgen de aquella manera.
Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza
al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y
aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.
Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca
aguda.
Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre
quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de
empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos
que ella conocía bien; era una obra que días antes había imaginado,
una colección de poesías «A la Virgen».
Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los
tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al
monte no se subía más que a buscar leña.
Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,
el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a
pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que
llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los
tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la
excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad
apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.
Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo
panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía
sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,
más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una
fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de
placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En
los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que
parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de
aquel cumulus de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un
santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola
a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del
sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las
aguas.
Al fin llegó Ana a la hondonada de los pinos. Era una cañada entre dos
lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la
niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El
mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los
pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de
su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».
Meditó, esperando la inspiración sagrada.
Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.
Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,
pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,
como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban
enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y
perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.
Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano
que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los
ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
apretaba.
Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;
calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una
oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron
sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó
un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo
sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados
cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no
tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos
abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral
y pasar sobre su frente.