TOMO I — Capítulo VIII La Regenta · Capítulo 9 de 31
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TOMO I — Capítulo VIII

TOMO I

Capítulo VIII

El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más

reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y

más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era

el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego

natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don

Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario

creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las

inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como

un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los

blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios

conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si

mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y

licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran

gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de

Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y

daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico

en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los

soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las

aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo

sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,

aprovechando el secreto.

Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar

paseos de muchos kilómetros.

Le aburrían las intrigas de politiquilla.

Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.

Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su

Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de

pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí

estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.

Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían

exclamar:

--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para

manejar pueblos.

--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.

Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.

Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de

un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués

agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por

ejemplo:

--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me

carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y

entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.

¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la

Comisión a una de estas sabias combinaciones!

El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un

partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su

temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en

las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la

redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían

manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio

positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un

puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias

electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.

Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los

pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los

kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba

con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba

a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más

satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se

hablaba en primer término del paseo de Vegallana.

--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en

el campo.

--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...

tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con

nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.

Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas

eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo

y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,

pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.

Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y

medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,

congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de

Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,

y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene

tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería

deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si

se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...

filosofía alemana».

En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese

proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o

cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era

el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos

históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las

calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este

argumento:

--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».

Contestaba:--«Señor mío, distingue tempora... (no quería decir eso)

no tergiversemos, no involucremos, post hoc ergo propter hoc (tampoco

quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los

tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos

lleva una gran ventaja».

La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa

del Marqués, por un rasero se había medido.

No había una casa más alta que otra.

Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos

para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el

Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados

«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la

sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo

que publicó en El Lábaro.

La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que

ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy

devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción

consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a

la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco

duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,

mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran

conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al

sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas

las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más

amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de

ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la

nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa

no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y

la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,

según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la

Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes

modificaciones en el salón Regencia.

El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo

diciendo:

--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por

dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran

lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de

vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.

Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del

amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,

y últimamente con raso basteado, capitoné que ella decía, en

almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le

antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el

salón sentaba mal lo capitoné, según su dogma, pero la Marquesa se

reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,

espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que

entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según

el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal

gusto, contestaba que la moda moderna era lo confortable y la

libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero

al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al

segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha

manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez

hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada

artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la

anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi

todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,

confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en

entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza

anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como

pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con

los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a

todos los vientos.

La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,

se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía

novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.

La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al

teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran

rayos; para eso tenía carruajes. Si no había teatro, y esto era muy

frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los

amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía

periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo

intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género

de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves

interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y

un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más

pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no

dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no

lo admitía ella. Cuando alguno salía garante de una virtud, la

Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un

lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase

negaciones. A veces pronunciaba claramente:

--A mí con esas... que soy tambor de marina.

No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las

costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían

referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.

En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había

pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara

de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante

altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los

demás se quejaban. Era una injusticia.

--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto

ofendidos.

Doña Rufina se encogía de hombros.

--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.

No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una

noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y

llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con

una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y

sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por

discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.

Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad

irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la

llave del gas.

De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado

y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella

escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas

vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta

soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de

las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas

linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba

el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como

temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de

lo mejorcito de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos

argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,

pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la

señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de

las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se

entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas

semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas

y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De

noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera

sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero

silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba

sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre

femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. Videor meliora,

le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la

Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las

muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer

compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.

Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los

acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón

amarillo habían salido muchos matrimonios in extremis, como decía

Paquito creyendo que in extremis significaba una cosa muy divertida.

Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se

respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se

contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:

--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales

una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no

se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.

Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa

donde había tantas aventuras.

Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan

estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el

de la clase, aún no era para todos el entrar en la tertulia de

confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las

puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.

«Estaban mejor en petit comité». El espíritu de tolerancia de la

Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual

a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,

las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a

las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de

cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y

quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por

ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las

ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún

canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,

aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí

mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A

los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.

La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo

vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con

gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba

Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba

Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas

decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de

peccata minuta... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este

criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces

seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las

conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;

mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y

nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había

habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había

querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de

sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con

franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin

rodeos.

Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no

tomaba ninguna precaución.

--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».

Y añadía siempre lo de:

--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».

Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y

de su tertulia era Mesía.

«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué

prudencia! ¡qué discreción!».

«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un

escándalo».

A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la

habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en

brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no sabía....

--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No

llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser

cauto y después... tu alma tu palma».

Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:

--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a

Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que

tributaba al Tenorio vetustense.

La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir

siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.

En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia

conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores

tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones

seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los

gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de

las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,

delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia

casera.

Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella

casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una

historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de

los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una

garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la

madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.

En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias

dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las

prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los

asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se

parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos

amorosos.

El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.

«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus

tertulios». Él vivía en el segundo piso.

Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco

la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en

sala de recibir la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.

La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien

fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se

morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y

el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de

la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente

nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la

severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.

La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.

--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.

Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes

del salón de antigüedades pendían tapices más o menos auténticos, pero

de notoria antigüedad.

Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel

museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser

anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba

al cabo obra de los truqueurs, palabra del capitán. El implacable

Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta

le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas

inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II

del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este

los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los

había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este

argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los

viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de

antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del

Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba

cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios

agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la

silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh

triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,

pero no en polvo.

--¿Ve usted?--decía Bedoya.

--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,

se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los

roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen

más que dinero y credulidad; ¡esto es truquage, puro truquage!

Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía

triunfante diciendo por la escalera:

--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay

que decirle una palabra!

Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa

a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de

don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera

ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas

cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él

en semejante disposición de ánimo.

Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,

les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose

los dedos llenos de almíbar.

--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita

preparando la merienda?

Visita se ruborizó levemente.

Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito

Orgaz, que había ido a caza de Obdulia....

Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto

flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la

cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,

no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.

Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se

habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!

habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.

La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían

sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el

haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había

dado sus órdenes.

--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden

a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.

Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:

--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.

Y se había enfrascado en la lectura de Los Mohicanos de Dumas.

Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier

amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La

chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en

el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber

visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y

se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba

ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los

estrechos y obscuros pasadizos:

--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra

esa puerta.

Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a

entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los

pollos de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas

prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,

pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el

vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos

porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba

el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las

cortinillas de tafetán verde:

--Pepe que le doy a usted un cachete.

--Hola, hola, eso no estaba en el programa....

--Niños, niños, formalidad.

--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?

--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o

el Pepe de la bofetada.

Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y

trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había

alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los

treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le

decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala

crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había

querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo

era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo

y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún

dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía

creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.

--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí

el otro día.

--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.

--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!

--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.

--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una

alhaja!

--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca

ladrona.

Donde hacía estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del

armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a

ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.

Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una

comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente

Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el

pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,

los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.

Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro

humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios

la perdonara.

El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de

buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía

de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por

lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;

mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos

coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que

viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo

cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.

Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la

merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.

--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?

--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada

más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No

se hable de eso, no merece la pena.

Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su

esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,

pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel

decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de

la nobleza?

Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había

saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio,

sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía.

Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no

guardaba las apariencias....

Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de

golosa y de gorrona--según la expresión que se usaba en Vetusta como

en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría

intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de

materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no

se cuenta tal o cual descuidillo....

Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus

ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles,

tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que

ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el

tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.

Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de

Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía

un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse;

pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se

le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir

esto.

Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que

él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía

nada más entre hombres, y habían de ser discretos.

Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su

conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin

embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones

anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había

fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba

al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!».

Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo

menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a

consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las

relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de

su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras.

En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no

eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,

refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el

momento de entrar allí.

Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria,

y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía

esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí

se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el

lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo

de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza

de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,

capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como

convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas

horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban

preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse.

A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y

dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta,

en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca

medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como

torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la

obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando

un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela

de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una

hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,

esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de

pino, blanca y pulcra.

También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero

que se preciaba de regalar a su señor las primeras arceas, las mejores

perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo

el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón

despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas

monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos

purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de

retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba

lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los

colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el

cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos

apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras

amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,

montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y

armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más

que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de

la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,

limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.

Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el

bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,

luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en

vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un

gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia

con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que

cría la provincia.

El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué?

¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los

que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial,

flatus vocis?».

El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde

todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de

la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz

imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las

tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor

desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y

peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.

No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se

creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el

mandil y se vestía de señorito.

Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos

maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta

montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su

tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,

colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella

irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no

valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén

mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de

protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa,

después le dio un pellizco. Se animó aquello.

--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz

solemne.

Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a

Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo

contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que

su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de

convertirlos en cucuruchos.

Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a

seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro

se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la

merienda de Visita.

Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad,

y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad

práctica.

«¿Qué se echa ahora?

»¿Qué se tuesta primero?

»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos?

»¿Cómo se envuelve esta pasta?

»¿Lleva esto pimienta o no la lleva?

»¿Será una indiscreción poner aquí canela?

»El almíbar ¿está en su punto?

»¿Cómo se baten estas claras?».

A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.

Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era

cosa hecha.

Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con

sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de

la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de

placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición

arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al

cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír

una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al

parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el

mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer

de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía

al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo

le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con

sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.)

Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de

aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera

consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que

gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los

dulces y sustanciales amores.

Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa

intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba

a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades

culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos

antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel

impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un

periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que

pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las

cocineras. Las llamaba marimachos.

Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía:

--Amigo, el que no sea rico que no coma.

Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias.

Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente

habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los

caseros que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El

fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en

las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.

Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos.

Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que la

donna è movile, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron

los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don

Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo

en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de

aquella tarde arqueológica!

La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar

no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo

gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es

que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.

Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en

carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.

Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas

y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy

distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa

libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no

se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en

lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a

obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las

dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.

No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa

en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos

eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y

de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar

sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se

preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a

marmitón.

Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban

sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y

fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía

falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal

blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un

gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una

antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana

con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que

la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana

descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más

arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si

la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese

perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros

rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a

la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.

Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre

con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los

preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un

encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha?

Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en

las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba

hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;

con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada

con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni

a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable

aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía

Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba

o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería

ya. Aquello se había acabado.

Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía

encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y

alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que

guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán

puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la

urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té

superior.

Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones

humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio

de doña Visita.

Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron

a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el

tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija

segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el

lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo.

Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado

para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo

Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma

jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un

placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol

que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía

en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las

bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia;

una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué.

No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y

hasta algo de la comida del Marqués por chanza.

Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en

el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella

segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos.

El Marquesito soltó una carcajada.

--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia.

--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas

partes. Es chusco ¿eh?

Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se

había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se

movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa.

Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor,

siempre se habían querido; había algo que les unía a pesar suyo. Se

tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran

ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos

en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar;

los arreglos pueden tirar algo más, poco».

--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de

encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en

invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?

--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía

explicarme... y era eso.

Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a

enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde.

Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.

Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los

habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma,

arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro

era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y

don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio,

es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v.

gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo

aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.

La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las

heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el

espíritu de aquella loca al positivismo vulgar, y había atajado las

demasías eróticas de su fantasía juvenil.

Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con

gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.

Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de

sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de

ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes

y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,

muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían

un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.

--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba

interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de

veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a

costar tu trabajo....

Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.

Su política tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle

de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una

conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a

la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras.

Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía

doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su

amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la

molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel

armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:

«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar

aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La

Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco

tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía

aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la

mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de

pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de

la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues

bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se

separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro,

iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,

desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y

en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en

precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz

de resistir a su antiguo novio.

En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.

Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte

arraigado en él por las dificultades.

Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el

placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.

--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.

--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla

uno como puede.

Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación

humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy

interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)

--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.

--Sí, eso a la vista está.

--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo

que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el

cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y

poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!

--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita:

--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los

ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...?

--¿Verdad que tiene razón Frígilis?

--¿Qué dice ese sonámbulo?

--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.

--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la

cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con

la barba redonda y pura....

--¡Hola, hola! ¡el pintor!

Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero

aventado.

--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!...

--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.

Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en

la garganta, dijo con voz ronca y rápida:

--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella

frase.

--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo

cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta

sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el

capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés

americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos

que vinieron el año pasado?

--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso

parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si

las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce.

¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de

lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la

remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas

subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado

y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las

almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los

ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese

estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el

de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;

el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis

inventado toda esa farsa.

Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió:

--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto.

--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los

brazos....

Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a

un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las

turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como

decía Cármenes en el Lábaro. Pero les daba su nombre propio unas

veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos

diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las

más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen

masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de

Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.

Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo

amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,

los criados, el casero... ¡diablos coronados!».

Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que

hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con

entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás:

--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene!

La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado

de lo que era aquella otra ¡y no había comparación!

Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como

una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas

que saltaban de los de Visita.

--Pero te ha de costar mucho trabajo....

--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse.

--Ella tragar... ya tragó el anzuelo.

--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con

una tajada y dejar el pez en el agua.

--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo.

--¿Quién te lo ha dicho?

--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo

sabes?

--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...

--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo

está ella... para echar mis cuentas.

--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión.

Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron,

que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor

es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre

todo. ¡Pasa unas encerronas!

--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada.

--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de

ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de

conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que

tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más

atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los

gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en

último caso ¿qué? Su alma su palma.

--¿No eres su amiga íntima?

--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro

de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.

Por ella no sabré nunca nada.

Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al

Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor.

--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir

al confesonario.

--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.

Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que

no era devoción.

--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé,

arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.

Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está

enamorada, Alvarico, no te quepa duda.

Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una

fe en sí mismo aquellas palabras!

No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir

Visita.

Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos

músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz

temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.

--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros;

hablemos de nosotros. Estás guapísima....

--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)

--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....

--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de

placas de acero.

--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?

Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la

calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel

silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.

Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba

seguro. Se aproximó más a Visita.

Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco,

que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro.

--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió

húmeda y pegajosa.

--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la

Marquesa.

La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de

azúcar en la boca.

Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras

de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban

al riñón».

Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que

aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.

Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una

señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía

de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto

estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la

cabeza.

--Anita, Anita--gritó Visitación.

Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.

Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella

era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita

y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se

difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a

sus ideas.

Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin

turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco

y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la

expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera

dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto

aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué

hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado

aquella mujer?

Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de

dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire

grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su

admirador y mortal enemigo.

--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo.

--¿Con el Magistral, por supuesto?

--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No

subes?

--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin

cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.

--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la

Regenta con los ojos de pies a cabeza.

Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí

de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.

Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y

siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de

Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le

habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar el contacto de

aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,

confundido con el deseo.

Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía

por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló

la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:

--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al

oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió

muy seria:

--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!...

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