TOMO I — Capítulo VI La Regenta · Capítulo 7 de 31
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TOMO I — Capítulo VI

TOMO I

Capítulo VI

El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida

por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de

San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios

jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de

la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el

Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de

abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas

y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía

trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del

pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de

residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.

Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;

lo demás se confesaba que valía poco.

Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la

policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía

creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener

los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les

había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.

En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era

costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que

entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había

visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al

pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien

interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la

Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se

levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de

la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.

Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos

en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,

todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,

con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como

decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas

generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente

dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes

personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de

oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba

la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de

reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes

estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y

los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,

donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca

de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:

siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las

tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las

entrañas de la tierra.

Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los

del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel

antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda

alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los

más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se

revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un

culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga

pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún

joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres

hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.

Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este

culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a

Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.

En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses

eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al

cuarto del crimen en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque

jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era

famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque

si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de

Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron

aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,

tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la

administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.

Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las

ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios

mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para

pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no

sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor espada

de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o

de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para

sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se

le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;

apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos

que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado

está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del monte.

Cuando la suerte le es adversa arriba, baja y se expone a ganar al

tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo

deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las

cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del

Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un

mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo

durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado

provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo

vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos espadas a quien

admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de

su pueblo no le divertía.

Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,

sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y

el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;

pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era

cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban

muchos forasteros, casi todos empleados.

Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí

muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza

solía oírse frases como estas:

--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.

--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues

miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....

Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por

una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los

temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un

genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y

miedosos como palomas.

Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza

necesaria.

Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba

el del Ayuntamiento:

--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.

Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.

Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos

instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo

jamás profanado por ríos de sangre.

El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y

no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y

rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en

un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban

representando la sabiduría de la sociedad el Diccionario y la

Gramática de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo

de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes

respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.

Había además una colección incompleta de la Revue des deux mondes, y

otras de varias ilustraciones. La Ilustración francesa se había dejado

en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían

no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida

radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy

buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de

Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones

inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,

pero la llave de aquel departamento se había perdido.

Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de

mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.

--Sí señor, la crónica de Vetusta....

--Pero ¿usted, sabe que está ahí?

--Sí, señor, ahí está...

--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay

costumbre....

--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media

vuelta y marchaba a paso de tortuga.

El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales

pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia

y Turquía y el Padre nuestro en grabados, que adornaban las paredes de

aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos

en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.

--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.

Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en

la pared.

De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos

desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran

cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de

las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les

ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se

llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos

libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos

Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el

Imparcial del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de

lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba

de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que

desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un

pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El

conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.

Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les

guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y

solía negarse a mudar las plumas oxidadas.

Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos

lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios

amantes del saber no leían más que noticias.

El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de

lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a

Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.

Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba Le Figaro,

después The Times, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y

arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba

dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho

que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,

sobre The Times, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo

era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la Gaceta

sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria

cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra

administración pública.

A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:

escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más

contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de

Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía

en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era

nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.

«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y

alemanes vinieron a las manos, El Corresponsal dudaba de la guerra:

era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta

la rendición de Metz.

El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.

Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en

seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían

publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había

mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que

en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no

podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas

madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las

composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy

señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos

versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz

pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin

pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de

un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».

Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en El Lábaro, el periódico

reaccionario de Vetusta.

Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba

sin haber leído todos los fondos de la prensa que llegaba al Casino.

Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía

fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales

eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de

sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.

--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.

Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no

la habría.

Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:

--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto

que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos

reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible

o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....

Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,

en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez

papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la

noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal

parte se ha escapado con los fondos.

Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros

respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la

servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal

fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la

Correspondencia que los periódicos pobres se van echando, como

pelotas, de tijeras en tijeras.

Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que

parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos

lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y

los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los

ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando

ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del

billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial

el ingenioso buen humor de los señores socios.

A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El

conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la

llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a

dormir a la conserjería.

Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en

traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba

bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al

estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,

tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,

escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a

la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía

echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que

hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,

era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había

perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido

un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser

elegido presidente de un Ateneo de infantería, y vístose en la

necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran

sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en

otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse

solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de

la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los

vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y

el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le

antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a

ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades

científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en

la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era

un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo

sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le

daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes

generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo

sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que

si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera

conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,

como en efecto las había perdido el general inepto.

De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,

estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón

inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,

pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que

encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto

él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con

aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le

antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.

Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de

Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,

el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,

necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!

Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y tutti quanti». Pero

no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en

puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso

manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo

había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.

Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del

hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.

El cuarto del crimen, la sala de los juegos de azar, y más

concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se

llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.

La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y

escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad

pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del Lábaro, se

perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía

perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como

decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del Lábaro, ¿cómo

no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones

de este género en la prensa local?

Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por

ejemplo: ¡Esas palomas! o ¡Fuego en ellas! y en una ocasión el

mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente

que se llamaba a secas: Meretrices, y acababa diciendo: «de la

impúdica scortum».

Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los

socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le

habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese

la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más

decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores

vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados

que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de

perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,

recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,

el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,

como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde

las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,

industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el

tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de

conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,

los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar

donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,

todos los gustos, todos los temperamentos.

No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado

patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La

religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición

al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los

socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el

filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «¡Risum

teneatis!» contestaba Cármenes en la gacetilla del Lábaro.

La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se

manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino

portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,

liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro

de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los

zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás

llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un

jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa

experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida

novena a San Francisco, a la cual acudió toda Vetusta edificada, como

decía Bermúdez.

Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los

porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o

diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran

personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en

Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de

esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a

ella asistían personajes importantes de esta historia.

Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al

gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a

nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el

respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de

la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba

entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la

llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en

la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un

diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios

fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar

café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un

aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los

hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,

sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de

lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que

sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.

Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de

una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de

señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de

animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,

aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor

fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay

inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros

irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,

etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se

refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en

lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,

y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:

--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era

hermana de....

Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los

vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:

--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.

La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las

conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los

socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos

los que recordaban, menos uno.

También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,

sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.

A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables

ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más

grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella

especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.

No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos

o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático

estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.

Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros

civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero

siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,

hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar

a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía

jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros

personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,

cuando él no podía dar sus paseos.

La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.

--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del

rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las

conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.

--¡Qué atolondramiento!--dijo un venerable en voz baja.

--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses

reales de la provincia.

--Únicamente cuando viene el señor Mesía....

--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.

--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman

Economía política.

--Yo también creo en la Economía política.

--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien

he conocido.

Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba

tierra encima y a callar todos.

En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal

y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de

los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.

--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el

Magistral no ha querido confesar a la Regenta?

--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la

capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.

--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.

--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el

Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy

colorado.

--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.

--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a

Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de

Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.

Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro

se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una

mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el

respaldo en la mesa, dijo:

--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don

Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....

--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del

clero--. ¡El secreto de la confesión!

--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.

Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.

Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.

«Aquello era demasiado».

«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el

Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un

imprudente aquel sietemesino, sin duda».

--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere

ponérselas; lo cual es muy distinto.

Todos negaron la probabilidad del aserto.

--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!

El pollo se encogió de hombros.

--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».

--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que

ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el

Magistral y la confesión?

No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de

los curas.

--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al

otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.

--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del

deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,

adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.

--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía

bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de

cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya

notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en

salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y

el Magistral sabe mucho de eso.

El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.

Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.

No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro

cuesta, pero al fin se tocan los resultados.

El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía

la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de

sus gestos y acento.

Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en

ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía

pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se

llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre

las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.

Se llamaba Joaquín Orgaz y se timaba con todas las niñas casaderas de

la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y

tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel

año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella

aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades

flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer

más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en

Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de

semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo

buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había

hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le

tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los

elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que

era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.

Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que

era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.

--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,

digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que

es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, et

nihil humani...

No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de

quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.

Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el

pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios

que le costaba aquel enemigo.

Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que

había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando

algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y

cantó, o se cantó, como él decía:

Ábreme la puerta,

puerta del postigo....

--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!

¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido

irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido

mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas

pisadas que hacían temblar el pavimento.

--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco

pálido.

En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por

qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un

ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios

fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,

desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a

Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la

carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que

Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.

Una vez le preguntaron en un examen:

--¿Qué es un testamento, hijo mío?

--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.

Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica

que él no comprendía.

Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el

Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser

hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.

Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del

Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si

nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el

vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y

se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo

agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en

adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores

de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario

de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y

las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía

que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.

--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo

en las botas».

«Militaba» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el

poder.

--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».

Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra

cosa que no pertenece a esta historia.

Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la

frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía

siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él

animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar

que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que

miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,

daba escalofríos.

Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que

se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía

muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen

oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la

finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban

las manos.

Aborrecía lo que olía a plebe. Los republicanitos tenían en él un

enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los

balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso

arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.

--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!

--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que

valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!

Así entendía él que servía a las Instituciones.

Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.

Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia

para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el

Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y

leían más periódicos del día. Y se dijo:

«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.

Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo

nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por

supuesto.) Sin más que esto y leer La Correspondencia seré el

Hipócrates de la provincia».

Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó

Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.

Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de

Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con

atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo

procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.

Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no

puede llamarse el Cristo, porque era un rotin, y blandiéndolo gritaba:

--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los

terrenos!

Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en

el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más

bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.

Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le

convenía. En tal caso el peligro estaba en los lapsus geográficos.

Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos

invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con

el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.

También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando

sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde

que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas

piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.

--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del

adversario.

--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?

Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del

peón que debía ir a reina.

--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,

dándose un puñetazo en el pecho.

Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.

Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el

peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de

Pernueces.

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