TOMO I — Capítulo XIV La Regenta · Capítulo 15 de 31
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TOMO I — Capítulo XIV

TOMO I

Capítulo XIV

Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos

del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy

alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su

arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,

revelando su origen en el ablativo absoluto Rege Carolo III, grabado

en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza

años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de

piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser

el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla

triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos

clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por

invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de

ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,

solitario y lo que llamaban allí recogido, pero esto cuando la Colonia

no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba

por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,

a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los

hoteles que se construían, de la barriada colonial que se levantaba

como por encanto, según El Lábaro, para el cual diez o doce años eran

un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su

intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,

y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la

proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se

transformase de día en día, de modo que a la vuelta de veinte años no

hubiera quien la conociese. Lo cual demuestra que la civilización bien

entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la

Vetusta católica de Bermúdez.

Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de

sacerdotes, magistrados melancólicos y familias de luto, como algunas

señoras notasen que el Paseo de los curas era más caliente que todos

los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de

si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano

Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:

--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;

pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.

Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han

cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor

sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....

En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a

romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía

Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras

aquéllas fueron atreviéndose otras; los pollos advirtieron que el

Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y

esto les convenía. Y en un año se transformó en Paseo de invierno el

apetecible Espolón, secularizándose en parte.

Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por

abandonar su Espolón desparramándose por las carreteras.

--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo

lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras

calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.

Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que

vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de

canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la

invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo

disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos

no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían

en su casa, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia

de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el

gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos

sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la

capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos

mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta

todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba

lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie

tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes

elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del

amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y

rubores. Pero nada más.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,

según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas

mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto

que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas

escasas de ancho.

--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa

inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas

las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas

eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del

boulevard, las chalequeras...».

Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.

--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un

hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me

echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del

Corazón de Jesús!

--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una

columna....

--Como San Simón Estilista--acudió Trabuco, que estaba presente.

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los

curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían

algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a la influencia del

arbolado allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje

de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban

allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero

pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con

abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el

Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios

ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En

nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la

carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso

inopinado, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en

medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don

Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal

usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los

tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

--¡Qué desfachatez!--decía Foja.

--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es

disimulo--advertía Mourelo.

--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado

a comer con ellos....

--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.

--¿Y a dónde van los otros?

--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....

--¡Esas son las clases conservadoras!

--No, señor; esa es la excepción....

--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....

--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.

--Justo; tiene razón este... apearse aquí...

--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está

dejado de la mano de Dios.

--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito

señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con

malicia.

En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio

con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los

otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a

voces:

--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el

Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le

saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le

acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos

disimulo. O era diplomático o no lo era.

El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la

amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.

Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y

mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que

buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...

detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora

desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los

más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.

«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio

habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que

dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le

pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de

murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a

él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como

hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las

posesiones de Vegallana».

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del

Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al

ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su

sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a

los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a

don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le

veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su

rostro.

Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su

costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba

entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no

hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió

como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del

ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un obispo de levita

(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;

se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le

parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.

«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,

ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque

iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en

los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no

parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella

indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando

vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él

otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una

abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las

piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que

lleva debajo el cura».

--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,

deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.

No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los

cortes de la sotana.

--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.

--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir

andando.

--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece

estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!

El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta

inopinada, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores

asegurando que tenía que hacer en Palacio.

No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;

toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier

desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada

fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto

desaparecer entre nubes de polvo los coches.

«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar

nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era

aquello que a él le pasaba?

No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión

especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;

esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había

recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil

formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la

conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?

¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».

«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber

desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el

Vivero?».

Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la

puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo

que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había

hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco

Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el

Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles

y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la

boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces

dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su

respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto

que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía

aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a

Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos

¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella

tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín

estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su

casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el

paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la

Corralada.

«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».

¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta

falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los

cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.

«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era

ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no

como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,

contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.

Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había

pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su

madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le

horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su

madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las

necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he

comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar

aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la

miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días

todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de

malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué

había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión

general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo

cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué

tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!

¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era

indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar

apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no

era un niño, despreciaba la calumnia, etc».

Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los

tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;

mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos

lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando

llamaradas en los cristales.

El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las

pruebas de una pastoral.

Fortunato levantó la cabeza y sonrió.

--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco

mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad

pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le

había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin

saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no

sabía qué, servida por la Marquesa.

Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al

Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que

le reprendiese por su condescendencia con las señoras protectrices de

la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.

--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo

no veo bien.

De Pas se acercó y leyó.

--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?

Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.

--¿Que apesto? ¿por qué?

--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.

De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era

impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.

--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?

--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,

hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde

estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que

salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había

pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de

saber algo....

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba

mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera

disimularlos.

--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías

comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de

días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?

--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata

como a un niño!

--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....

--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no

has vuelto a casa?

El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:

--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con

más fuerza de la necesaria.

--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al

Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a

todos como muñecos.

Y continuó corrigiendo la Pastoral.

De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar

cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que

fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo

que le olía mal la boca.

«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo

era un borracho...».

«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír

sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa

anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es

insufrible!...».

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro

agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se

decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por

la que más pronto podría volver al Espolón.

Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más

que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,

después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón

cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba

en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran

indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo

tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;

apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».

«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,

este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales

murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en

que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente

de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de

hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus

ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la

vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,

iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo

paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no

quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana

volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol

podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que

esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos

de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad

cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que

pudiera valer el reloj del Ayuntamiento, que no había podido

secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus

colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.

--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque

añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no

le importaba nada.

Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce

años, pillos de la calle, que jugaban allí cerca, alrededor de un

farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los

espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres

había una niña, que hacía de madre. Se trataba del zurriágame la

melunga, juego popular al alcance de todas las fortunas. La madre

estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;

un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por

el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La

niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de

mano en mano por el corro de chiquillos.

--¡Na!...--decía la madre.

--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,

que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pañuelo pasó a otro.

--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es

Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y

poniéndole un codo delante de las narices.

--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.

--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!

--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por

farolero.

--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el

otro. ¿Na? ¿na?

--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.

--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de

los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la

mano y añadió:

--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la

madre.

--Señas... señas... ¿a que no aciertas?

--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy

rica! ¡muy rica! ¡muy rica!

--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La

comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen

los señores?

--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el

pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a

latigazos con sus compañeros.

--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...

Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la

carretera y el Espolón.

--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la madre.

--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las

naranjas?... ¿y no son cosa rica?

--Pero naranjas las comes tú también.

--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....

--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,

tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la

voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

--¡Natillas!...--¡Zurriágame la melunga!--gritó entusiasmada la

madre--, ¡castañas de catalunga! Y todos corrieron, mientras el

vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a

sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El Rojo no quería correr: protestaba.

--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la

cara, mientras tímidamente el Ratón le castigaba con simulacros de

azotes.

Y añadía furioso el Rojo:

--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

--¡A la oreja! ¡a la oreja!

El Ratón se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de

las orejas.

--¡Zurriágame la melunga!--volvió a gritar la madre, y los pillos se

dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.

La madre dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a

recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?

--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.

--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con

cascabeles... hace poco....

--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si

esos... ¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!--gritó, y la bandada de

mochuelos acudió al farol delante del Ratón. Al ver al Provisor,

todos, menos el Rojo, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que

tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se

limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te

inflo!... Para arriba, señor cura.

--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te

rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se

inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando

vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho

el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los

dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que

volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas

diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba

volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al

animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades

pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja

de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa

mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más

alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta

del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo

de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.

Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de

silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.

Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido

mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros

años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas

tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida

le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una

aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra.

Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él

años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas

veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se

detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a

los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo

alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio

oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír

otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran

ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles,

pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos...

ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el

silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba

seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.

--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la

cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.

Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero,

espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,

después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los

cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros

que parecían gritos, fragmentos de canciones.

--«¡Qué locos, vienen cantando!».

Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento

fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de

Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a

pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no

ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En

el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la

Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en

el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a

la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don

Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo

menos alegres!

«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la

garganta.

Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:

--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de

afición!».

«¡Y venían cantando!».

Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin

algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y

volvían a aparecer, cada vez más pequeñas...

«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».

Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras

en noche de estío....

El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen

paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de

Vegallana.

Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.

«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo

aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta

como un hormigueo...».

Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las

filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo

ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta

carretera.

Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.

«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más,

siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un

majadero...».

Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo.

«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se

lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...».

Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los

Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al

llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores

no vio más luz que la del portal.

--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar

lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que

había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban

también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar

las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles

de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y

metálicas del piano desafinado.

--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago

aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo

sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la

pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones

interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad

descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna

mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego

un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del

gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más

pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear

al canónigo.

«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.

Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la

habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral

recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la

mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo.

Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se

apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como

si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos

que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.

«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo

mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía

ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía

al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa

obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían

pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados

del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se

retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a

la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,

hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves

manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla

por los hombros.

«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!»,

pensó don Fermín, que seguía inmóvil.

La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por

la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.

«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.

A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no

estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese

falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento;

hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente,

el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina

en el primer acto del Barbero.

El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no

quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se

alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era

la otra».

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