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La Regenta

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La Regenta

Capítulo 1 · La Regenta

Prólogo

PRÓLOGO Prólogo Creo que fue Wieland quien dijo que los pensamientos de los hombres

valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género

humano. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.

Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al

otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos

más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar

fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen

de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.

También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano

recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas

que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo

es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar

siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de

lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.

Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una

labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de

amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo

se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades

vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es

buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la

admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u

oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el

que no admira corre el peligro de morir de asfixia.

El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,

con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la

crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,

guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y

tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los

órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de

creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta

crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de

las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de

temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo

de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por

padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y

que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos

agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son

ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos

todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo,

diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del

sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la

engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que

para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los

censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen

la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que

alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,

todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea.

Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación

especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias,

pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de

prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que

muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente

hemos venido dando el nombre de incensario) por tener las manos

aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la

primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa

oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas,

gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más

señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de La Regenta me

propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces,

creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en

letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me

cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece,

en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven

a los extremos de la popularidad.

Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la

estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su

asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición.

Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una

longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de

salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la

perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en

obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,

arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un

público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde

siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y

tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,

pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones

aguardando el paso del público, si la Prensa diera calor y verdadera

vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a

conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a

los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente

estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y

de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados

mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos

al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos

incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las

muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que

pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa

preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin

ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida

miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,

sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la

sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos

como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de

nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su

propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque

pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él,

basta con lo dicho, y entremos en La Regenta, donde hay mucho que

admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del

pensamiento.

Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella

procesión del Naturalismo, marchando hacia el templo del arte con

menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las

vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos

comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo,

creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su

mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de

ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la

cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el

lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario

usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en

sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos

más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para

sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de

una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era

peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del

Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y

modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a

la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,

caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la

exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes

imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora.

Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en

el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con

toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores

ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían

olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,

que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los

días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la

vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes

por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del

Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al gulf

stream, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la

corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un

humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver

a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión

habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente

convirtieron en humour inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y

Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el

naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en

gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión,

aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma

picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos

del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi

desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel

ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus

viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos

imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;

aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que

le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas

narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca.

Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en

Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las

purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley

en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que

aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de

esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el

rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la

naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde

mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas

pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo,

y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor

perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan

Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa

mística y ascética.

Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que La Regenta, muestra

feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su

origen, empresa para Clarín muy fácil y que hubo de realizar sin

sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande

ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión

literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió

estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena

de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo La Regenta, lo

que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la

descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al

propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas

juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión

equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero

en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras

poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la

que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela

nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de

los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que

Clarín ha derramado en las páginas de La Regenta da fe la tenacidad

con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo

camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas

obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y

la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las

dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por

delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o

reencarnación de los propios personajes.

Desarróllase la acción de La Regenta en la ciudad que bien podríamos

llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en Vetusta

tiene Clarín sus raíces atávicas y en Vetusta moran todos sus

afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres

viven, brindando esperanzas; en Vetusta ha transcurrido la mayor parte

de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella

soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas

literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus

discípulos. Más que ciudad, es para él Vetusta una casa con calles, y

el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de

clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien

el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante

los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la

estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.

Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de

pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a

las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente

del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra

sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que

andan por la Encimada, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia

Mayor.

Comienza Clarín su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de

verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino

provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos

recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros

de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas

admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una

observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del

grupo presenta Clarín la figura culminante de su obra: el Magistral

don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el

lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que

no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera

proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre

llaman Glocester, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado

D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y

asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez,

al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y

el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez

embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando

entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la

beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,

descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.

La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy

restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y

desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas

por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde

viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso

admitir en ellos para hacer bulto lo peor de cada casa.

Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa

del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto

linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,

soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado

en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con

esto se completa la pintura, en la cual pone Clarín todo su arte, su

observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y

revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa

muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,

y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado

espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha

tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales,

consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad

mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima

al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se

ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en

pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como

desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el

aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el

espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja

entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera

piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los

hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,

estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de

reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron La Regenta cuando se

publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella

conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro

atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado

social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las

creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las

intenciones escondidas.

No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector

verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a

su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que

discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y

estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco

simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que

Clarín, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por

el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues

tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,

natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus

audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la

dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al

interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el

principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de

Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de

la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe

serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o

en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable

su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza

de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el

cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos

partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder

fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se

compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes

masas de distinguidos, que aparentan energía social y sólo son

materia inerte que no sirve para nada.

De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de

Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan

el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la

dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y

alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que

atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en

transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el

descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín

de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus

grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad

inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.

Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por

rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la

humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino

de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor

grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de

los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía,

como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas

un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura

que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha

del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno

levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,

modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las

páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino

de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz,

son de las más bellas de la obra.

Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor

Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su

compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo Frígilis; los

marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las

pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los

canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador

fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al

graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la

total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices

y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no

concretar el presente artículo al examen de La Regenta, extendiéndome

a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero

esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además

rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación.

Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de

la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al

compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en

esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.

Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de

Clarín, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte

y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y

rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara

síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el

método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al

ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto

modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía

será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura

oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación,

toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y

la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en

el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo

de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de

inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,

diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como

afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos

todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y

admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,

obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol».

B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901.

La Regenta

Sinopse

Texto original em espanhol de La Regenta, de Leopoldo Alas "Clarín", publicado como edição-fonte vinculada à tradução brasileira no Aurora Literunico.

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